Uno quisiera pedirle a Dios un sentido especial, una gracia singular, para, llegado cierto momento, poder reflejar ante nuestros semejantes los más profundos sentimientos y emociones del corazón humano. Tenemos una promesa que es más que una esperanza y hemos de aceptarla como un auténtico Dogma de Fe: la asistencia del Espíritu Santo. Pero a veces, el hombre es tan pequeño en su cultura, tan corto en su expresión de lenguaje, tan falto de autoridad y personalidad para ser atendido, que esas gracias del Espíritu, que sin duda le llegan al corazón, no encuentran los caminos fisiológicos y culturales necesarios para transmitirlos a la sociedad en la que convive.
Lo que antecede me ocurre a mí y les ha ocurrido a otros hombres a la hora de querer poner de manifiesto todo ese conjunto de sentimientos y de ideas en torno a la muerte, al más allá, al martirio y al heroísmo, a la ruptura de los afectos y al ensañamiento con los inocentes. Sobre víctimas y verdugos, ¡se ha escrito tanto!, tanto, que apenas debe quedar una frase para verdugos miembros, hermanos e hijos, de la propia Nación.
Se comprende que nuestra guerra causara asombro en el mundo. Ninguna revolución en la historia de las naciones, ninguna guerra civil, fue tan terrible como la nuestra. La Revolución Francesa, que tantas cosas cambió de signo, no alcanzó, proporcionalmente a su población, las víctimas que la nuestra. Y si en Rusia o en la China comunista el número de víctimas puede contarse por millones, hemos de tener en cuenta no sólo el tiempo, más de 60 años en la primera y más de 30 en la segunda, sino, también, su crecido, enorme, número de habitantes, en cifra aplastante sobre nuestra despoblada España en 1936.
Nunca será posible precisar cuántos fueron nuestros muertos, mártires o héroes, pero, desde luego, y a la vista y estudio de las estadísticas de antes y después del período bélico, estamos más conformes con la cifra del «millón de muertos» que con la que ahora pretenden algunos minimizar la contienda y no la hacen pasar de los 250.000.
Antes de seguir adelante quiero aclarar, como un servicio a la verdad, algunos extremos que por ahí andan confusos o pretenden confundir. Durante nuestra guerra de Liberación se produjeron muy diversas clases de muertes y que vamos a reflejar en un triste esquema cronológico:
1.º) La eliminación, a mano armada, casi directa, personal y sin juicio previo, de jerarquías de uno y otro bando, por motivos de adhesión o no adhesión a la causa que cada uno representaba. Así, mientras en Madrid, Barcelona y otras provincias los altos militares y políticos fueron ejecutados en los primeros días de la guerra, dentro del propio mes de julio, en la España nacional, tanto en Marruecos como en Burgos, Zaragoza y Sevilla, se procedía de igual manera. La consigna a alto nivel era clara: o conmigo o contra mí.
2.º) La perturbación que produjo el estallido del conflicto, la apertura de las cárceles republicanas para dar salida a los delincuentes comunes, dio lugar a que se formara un campo propicio para el ajuste de cuentas privadas y personales. Así, en forma aislada, aunque numerosa, se llegó al asesinato por venganzas personales: el oprimido saciaba su sed de justicia, tomándosela por la mano; el deudor mataba al acreedor para librarse del pago; el fracasado y el despechado complacían su orgullo dejando expedito el camino para ascensos y puestos con los que habían soñado y que de otra forma nunca hubieran podido alcanzar.
3.º) Las bajas de los combatientes que luchando en áreas militares, frente a frente, morían por ideales bajo las balas del enemigo.
4.º) Las detenciones masivas y posteriores ejecuciones, las auténticas masacres que en forma muy numerosa y significativa se producían en el bando rojo e insignificantemente en el bando nacional, por la razón que ya veremos.
5.º) La represión o depuración que el bando victorioso efectúa al término de la contienda.
Censuramos por igual las ejecuciones que consignamos en el primero y en el segundo de los apartados: ni las ideas merecen la pena de muerte, ni las venganzas pueden tomarse por propia mano. Nada tenemos que decir respecto de los combatientes, unos cayeron luchando inequívocamente por la Verdad, pero no quita mérito a los que, con ideales equivocados, también tuvieron la gallardía de morir.
Resultan inadmisibles las grandes matanzas del bando rojo-republicano: fueron asesinatos indiscriminados en el que infinidad de las víctimas no habían tenido ni implicaciones políticas, ni económicas ni de mando. En un matadero de reses se lleva mayor rigor y control que la que se produjo en las grandes fosas comunes abiertas en Paracuellos del Jarama. Ni juicio, ni defensa, ni en muchos casos se identificaba a la persona.
Estas matanzas masivas obedecen a causas claras y absolutamente determinadas en la historia:
A) La entrega de las armas y el poder de la calle a un populacho indocumentado.
B) La crisis total de autoridad de un Gobierno de incapaces que no sólo no supo ganar la guerra, sino que no fue capaz de mantener, el orden, la paz y la disciplina en su propio territorio.
C) La llegada a la zona rojo-republicana de las brigadas internacionales, formadas por apátridas, indeseables, prófugos, excarcelados y demás escoria proveniente principalmente de los países norte y centroeuropeos. Hombres sin fe, sin credo, incultos, sin más principios que la destrucción y sin otra norma que el abuso sobre un suelo y un pueblo que les eran totalmente extraños. Su perniciosa influencia pronto se dejó sentir hasta en el refinamiento de la instalación de checas de tortura y martirio que somos incapaces de describir.
Por el contrario, en la zona nacional, y aunque sin duda, como ya he dejado dicho, se cometieron abusos individuales e incluso ejecuciones a todas luces improcedentes, su número, su porcentaje proporcional, es de enorme desequilibrio en comparación con lo ocurrido en el otro bando. Las razones las tenemos que encontrar en que, pasados los primeros momentos de iniciativas personales, cuando se unificó; el mando, la autoridad se impuso y las normas fueron claras y terminantes; la vida humana era algo tan sagrado que no podía manipularse por cualquiera. El sentido cristiano del respeto a la vida no solamente lo imponía el criterio personal de un Caudillo católico, sino que la iglesia, que se mantenía al lado de ese Caudillo, velaba porque la Ley, la Ley de Dios y la Ley de los hombres, se aplicara conforme a Derecho. Y así, en la zona nacional nunca se produjeron asesinatos en masa, sino juicios individualizados, siempre mediante proceso legal, con asistencia de abogado defensor, y únicamente se consumaron ejecuciones de aquellos que por haberse probado la culpabilidad, por tener las manos manchadas de sangre, tenían que ser castigados con el peso, tremendo sí, de la Ley.
Y este imperativo de la Justicia, de restituir la ley quebrantada, de sancionar conforme a unos Códigos vigentes y promulgados en el siglo XIX, fue la normativa que el general Franco ordenó mantener al término de la guerra de Liberación.
Algún historiador, mal informado, (como Crozier) afirma, sin datos en que apoyarse, que después del final de la guerra unos 200.000 republicanos fueron ejecutados, en contradicción manifiesta con las informaciones de sus correligionarios de que el total de víctimas en la guerra de Liberación fue de 250.000 personas. Si esto fuera así, durante la guerra, entre asesinatos y bajas en las distintas batallas solamente habrían muerto 50.000 españoles. No hubiera sido malo.
Por su lado, el historiador Hills niega de plano, en sus controversias con Gabriel Handson, con Crozier y con Herbert R. Southworth, las cifras que unos y otros han manejado alegremente y razonan y sostienen, después de investigar, entrevistar y examinar archivos y expedientes, que fueron menos de 10.000 las personas ejecutadas. ¡Ahí es nada la diferencia!
Personalmente, puedo traer a estas páginas informes de absoluta fidelidad. Durante muchos años fui amigo personal, hasta que le sobrevino su nunca bastante llorada muerte, de D. Eduardo Comín Colomer a quien considero el máximo especialista e historiador sobre este período tan trágico de la Historia de España.
Muchas horas y en muchas ocasiones hemos hablado sobre el tema, examinando libros y mostrándome documentos precisos y preciosos y puedo afirmar en síntesis que los muertos en la Cruzada Española podría quedar determinados así:
Ejecuciones cometidas en la España Nacional durante la contienda
40.000
Ejecuciones cometidas en la España rojo-republicana durante la contienda
210.000
Muertes por acción de guerra en el bando nacional
160.000
Muertes por acción de guerra en el bando rojo-republicano
290.000
Ejecuciones por los tribunales de represión, años 1939-1940 y 1941
10.000
Muertes por causa de bombardeos, enfermedades por desnutrición, epidemias, cárceles y campos de concentración
60.000
Muertos violentamente en el exilio a manos de marxistas o nazis
70.000
Total de víctimas durante y por las secuelas de la cruzada
840.000
Como el lector observará se trata de cifras absolutas y redondeadas, pues nadie ha podido saber ni sabrá nunca el detalle exacto las circunstancias de aquellos que en esa época nos precedieron. Lo cierto es que son casi un millón de muertos.
Don Eduardo Comín tenía sobrados motivos para poder informar sobre estos datos que hoy someramente transcribo: comisario principal del Cuerpo General de Policía; director después de la Escuela General de tan heroico Cuerpo y director también de su revista; con archivos y ficheros a su alcance. Miembro del «Tribunal especial de represión de la masonería y del comunismo”, y de la Comisión Especial Interministerial para la extinción de responsabilidades, sus relaciones personales con unos y otros ministerios, su prodigiosa biblioteca, su descomunal archivo y su memoria privilegiada, le habían dotado de tan profundos conocimientos sobre la materia, como para ser el historiador indiscutible de estos temas. Conocimientos en buena parte que ha dejado vertidos en sus libros, conferencias y artículos.
Lógicamente, la represión del año 39 como principio para el restablecimiento del Derecho perturbado era una medida absolutamente necesaria. ¿Si las brigadas internacionales y los asesinos indígenas habían producido 210.000 asesinatos en la zona rojo-republicana, qué de extraño que andaran por ahí, sueltos o en cautiverio, 30 ó 40.000 verdugos obligados a rendir cuentas de su acción al brazo de la Justicia? Y si los tribunales de la represión solamente ejecutaron 10.000 manos manchadas de sangre, es porque el resto, en su gran mayoría, traspuso la frontera o (una pequeña minoría) quedó en las tinieblas del escondite.
Ahora han aparecido alcaldes y políticos en todos los puntos cardinales de nuestra geografía que con la paciencia de Job, pero sin su santidad, han sabido esperar, debajo de la cama, en el desván o en la alcantarilla, a que Franco muriera, o la prescripción de los delitos. Algunos como el genocidio nunca debieron prescribir. Que Franco no fue un dictador con ansias represivas está patente: murió con el pulso cansado de haber firmado indultos y conmutaciones de penas de muerte, a extremos tales que disgustó a sus propios colaboradores.
Prueba evidente de ello es que a su muerte han reaparecido muchos de aquellos que con desvergüenza en la cara y las manos manchadas de rojo aún debieran haber permanecido en sus hogares agradecidos a quien no en una, sino en varias ocasiones, les salvó la vida.
Yo conozco a un cierto aspirante a senador, analfabeto él, pendenciero, habitual infractor de la ley, reo permanente ante los tribunales de justicia, que condenado tres veces a la última pena, tres veces fue indultado por el Caudillo Franco, contra cuya memoria ahora se levanta para difamarle, injuriarle y, como alma perversa y desagradecida, volver a amenazar a sus vecinos con nuevos ríos de sangre.
Blando o generoso, con gran respeto a las Leyes de Dios y al Derecho promulgado por los hombres, Francisco Franco podrá ser tachado de gobernante personalista, pero jamás de dictador sanguinario, que era algo que estaba lejos de su conciencia cristiana y de su sentido de la humanidad.
Ahora se habla mucho y se organizan auténticas campañas en favor del olvido y del borrón y cuenta nueva. ¿Por qué, pregunto yo? A un niño que ha caído rodando unas escaleras abajo se le advierte del peligro cada vez que inicia un paso por el escalón. Quien haya sufrido la coz de un caballo o la picadura de un alacrán andará por el campo entre los animales con las prevenciones necesarias para que su cuerpo no vuelva a sufrir.
Está claro que los pueblos que olvidan su historia vuelven a incurrir en idénticos errores y estas páginas de la historia nuestra, tristes, dolorosas, sangrantes, son también esa historia que no debe olvidarse para no volver a sufrir las sacudidas de la picadura del alacrán.
Es precisamente el horror al pasado, la lección de lo ocurrido, el luto que queda en los corazones de los hijos, las madres, las esposas y los hermanos, la mejor advertencia y salvaguardia de una convivencia en paz.
Personalmente, como cristiano perdoné, pero también como español procuro no olvidar y no tengo el propósito de hacerlo porque considero que con ese recuerdo —el recuerdo que hoy trae este libro a los lectores— contribuyo a la paz.
Pero debo preguntarme, ¿no será que los que propugnan el olvido, el borrón y cuenta nueva lo están haciendo por sus propios remordimientos de conciencia? ¿No será que propugnando el olvido general quieran que se olvide su protagonismo nefasto de otras horas?
Los que cuentan mis años fuimos testigos, pero no protagonistas, de ahí que recordar sea una inclinación constante.
La muerte es algo inexorable, el acto más trascendental en la vida de un hombre, y por ello sabemos que solamente a Dios le incumbe disponer el día, la hora y el lugar. Cambiar o perturbar este Plan Divino es querer enmendar los designios del Creador.
Por ello, el suicidio o el asesinato son de suyo acciones intrínsecamente perversas, no pueden estar regidas nada más que por la demencia o por la maldad. Somos contrarios a la muerte violenta.
Tan contrarios nos manifestamos contra la muerte violenta que abogaríamos —quizás temerariamente— por la supresión de la pena de muerte como castigo tipificado en los códigos penales, pero, claro está, tendríamos que contar con que o no hubiera asesinos o éstos se comprometieran a despachar sus criminales instintos con escorpiones, sabandijas, víboras y demás animales dañinos, pero con un absoluto respeto hacia la vida de la persona humana.
De no ser así, ¿qué defensa le queda a la sociedad para defender sus vidas y las de sus seres queridos?
Es indudable que en la muerte violenta existen distingos especiales. El hombre que lucha en la trinchera o en la calle por un Ideal Trascendente y muere por la acción enemiga entra de lleno en el cuadro de Honor de los Héroes de la Patria y, además, en él se da la circunstancia de que, sin buscar la muerte, no la ha rehuido.
El mérito al heroísmo es algo que los pueblos que tienen sentimientos deben honrar perpetuamente.
¿Cómo vamos a suprimir de nuestra historia a los combatientes de «el 2 de mayo de 1808», ni los de «Annual», ni los de «El Alcázar de Toledo» o «Santa M.ª de la Cabeza»? Ni a los de Belchite o Brunete, y con igual razón a los del Cuartel de Simancas.
Los héroes son algo que no se inventan ni se compran ni se pueden improvisar en los pueblos ni en las naciones. La Patria que ha tenido en su destino el sino de producirlos, debe sentirse honrada porque su sangre fecunda su suelo y ha hecho posible una conciencia nacional de altos atributos de Independencia, Unidad, Tradición y Dignidad.
Los mártires, estoy seguro, en la vida perdurable tendrán por el gran Juzgador otro tratamiento distinto: fueron forzados al encuentro con la muerte y en muchos casos hallaron un tránsito horrendo e inhumano. Porque si la muerte siempre es lo finito de lo humano y deshumano al fin, mucho más lo es cuando no existe el respeto a la dignidad de la persona, a su integridad física y a la consoladora despedida de los suyos.
Un libro entero podríamos escribir, lleno de patetismo, para que el lector supiera de la existencia de los distintos trances de la vida a la muerte y de los estados de ánimo de los que son sujetos en ese fin inexorable. Y otro libro, uno más entre los cientos que ya hay escritos, para tratar el tema de la muerte. Ello no cabe en esta introducción.
Tampoco cabe, pero es un libro que sí que habrá que escribir, la descripción de los horrores que supusieron los asesinatos en la zona roja y especialmente en Málaga, Extremadura, Barcelona y Madrid. Se ha contado cómo murieron heroicamente nuestros hermanos en la guerra, se ha escrito sobre las checas catalanas y sobre el ensañamiento en los pueblos de la media Extremadura, pero aún queda mucho por escribir sobre las madrugadas de agosto a noviembre de 1936, en este Madrid que diariamente se regaba con sangre mártir, vertida en la Casa de Campo, en la pradera de San Isidro, en las tapias de la Almudena y en las fosas comunes de Paracuellos del Jarama.
Un testigo de excepción que padeció y escapó de esas persecuciones, nos deja un documento imperecedero: Tomás Borrás en su obra «Las Checas de Madrid».
El Movimiento Nacional estalla el 18 de Julio de 1936 en plena canícula de un verano tremendamente caluroso. Las detenciones se producen de forma inmediata, los asesinatos se prodigan ininterrumpidamente cada mañana, pero la víctima que logró sobrevivir hasta el mes de noviembre no sólo pasa el trance del asesinato, sino que, además, es conducida durante las madrugadas ya invernales del mes de noviembre, en lo alto de los camiones, con las manos atadas con alambres y la misma ropa veraniega, ligera y destrozada, con que fuera detenido unos meses atrás.
Hombres maduros, ancianos, débiles mujeres, junto al pavor, junto al humano instinto del temor por la vida que se perdía, el hambre, la enfermedad y el frío. No hemos tenido todavía el gran escritor que haga el dramático canto a estos mártires cuya memoria pretende ser borrada.
Es doctrina común de la Iglesia, con cuyas citas más conocidas podríamos llenar varios folios, que el cristiano tiene derecho a defender su vida. Santo Tomás hace la afirmación y agrega que le es lícito repeler el ataque con las mismas armas que emplea el enemigo. Y un sacerdote de nuestros días, el Padre D. Jesús Urteaga, tan conocido por su labor apostólica, pregunta en un libro de singular valor: ¿Por qué el cristiano ha de dejarse matar?
La vida nos viene de Dios y a él corresponde fijar el día y la hora en que, abandonando ésta, pasemos a la otra. Un hombre puede perderla lícitamente en lucha armada y de cara al enemigo. La noble muerte del héroe puede ser considerada como un deber y elección singular del Altísimo, porque incluso puede no entrañar castigo para la parte que le infirió.
El martirio es otra cosa. Presupone la existencia de un verdugo o de un asesino y también, por tanto, de una penalidad de consecuencias irreparables.
Viene aquí a cuento traer la conocida estrofa de mi admirado Calderón de la Barca:
Al rey la hacienda y la vida
se le ha de dar, pero el honor,
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.
Al lector, medianamente inteligente, no se le escapa que el genio del autor de los Autos Sacramentales emplee aquí la palabra rey como una metáfora para aleccionar al pueblo de cuánto está obligado a dar en favor de la Patria, de su Unidad, de su Defensa y de su Gallardía. Pero como la explicación le resultaba larga al poeta, nos mete la metáfora.
Desde el año 31 para acá el pueblo español ha vivido tres épocas que la historia dejará perfectamente diferenciadas y que podríamos nosotros anticipar, metafóricamente también, como tres grandes ríos que han bañado sus años:
- El río de la sangre — 1931 a 1939.
- El río del agua y la prosperidad — 1939 a 1975.
- El río de las alcantarillas y traiciones — 1975 a ?
Ahora, viviendo en esta tercera etapa es cuando más podemos apreciar la inmediata anterior en la que, como fruto de la paz y la prosperidad, un corazón generoso, reconciliador, levantó ese monumento imperecedero que se llama el «Valle de los Caídos» para que en él, fundidos en lo español, rojos y azules, combatientes de una guerra inevitable, descansaran en el sueño de la muerte corporal y resucitaran a la eterna vida del espíritu.
Con ellos y por ellos tenemos que dirigir la mirada arriba y entonar al unísono un mismo salmo.
De los revanchistas
De los traidores
De los desmemoriados
¡¡Líbranos Señor!!
Alberto Vassallo de Mumbert
