Repito siempre que puedo: es un grave error у una calumnia peligrosa decir con la intención de que se quede en la Historia sin posible rectificación posterior, que la Guerra nuestra fue una contienda civil entre media España y la otra mitad de España. Eso es lo que los enemigos de nuestra Patria han querido y quieren y seguirán queriendo que se diga. Pero la verdad auténtica е histórica es que la nuestra fue una Guerra de todos los españoles, de España entera contra el Comunismo. Una Guerra anticomunista, en la que por primera y única vez hasta ęl día de hoy una Revolución comunista, perfectamente preparada y hasta ensayada sufre una derrota mortal, definitiva y sin condiciones. Porque contra el Comunismo no sólo pelearon en España, en la España guerreante de 1936 a 1939, los hombres, las unidades, las ideas que integraban la Zona nacional, es decir, el Ejército y el pueblo acaudillado por el Generalisimo Franco, sino que se alzarían contra el Comunismo, en la propia Zona roja, cuyo control y cuyos poderes fueron disolviéndose poco a poco, hasta pasar de las manos gubernamentales a organizaciones comunistas o paracomunistas, desde el Coronel Casado y todo lo que su alzamiento representaba, hasta las unidades sindicales y paramilitares de la propia CNT. La derrota en la Guerra española fue del Comunismo y de nadie más, pero esto ni los comunistas ni sus «compañeros de viaje» quieren que se diga, porque a los comunistas y sus «tontos útiles» les ha convenido y les sigue conviniendo olvidar aquella Guerra, acaso la última con matices románticos, donde por última vez morían los hombres a un lado y al otro de las trincheras con coraje y con genio, seguros de que peleaban por causas justas y defendían a España de dominaciones extranjeras y doctrinas que no nos van.
Nunca el Comunismo, una vez alzado y lanzado en una revolución había sido derrotado. Siempre acabó, más tarde o más temprano, con máso menos dificultades, arrasándolo todo enfrente e imponiendo por la fuerza una disciplina férrea у una dictadura feroz. Alguna vez he confesado con absoluta sinceridad que yo no soy comunista; y no porque lo haya decidido fríamente así, sino porque me considero incapaz de serlo. Me faltan cualidades imprescindibles para ser un buen comunista: absoluta obediencia, total entrega, místico convencimiento de que el fin justifica los medios… Desgraciadamente, los guerrilleros fueron siempre malos capitanes, y sobre todo, peores tenientes, obligados a cumplir órdenes que les llegaban de más arriba. Y como el Comunismo no podía consentir que su derrota en España pasara a la Historia como tal, se inventaron las grandes definiciones falsas de que la nuestra había sido una guerra de curas y militares y burgueses contra obreros, proletarios, pueblo llano. Parece mentira que un infundio así, que tan fácilmente puede desmontarse, haya hecho tanta fortuna, hasta el extremo de que ahora, aprovechando rescoldos de la vieja lumbre, quiere hacerse creer a las generaciones que por razón de edad no tienen conocimiento directo de aquella gran tragedia española, que todo ese juego dialéctico con apariencias de grandes realidades que se llaman la democracia, la libertad, la puerta abierta a las grandes consecuciones humanas estuvieron en los militantes del Ejército rojo y sus políticos o dirigentes, y en cambio del otro lado no estuvieron sino la inquisición, la tiranía y la crueldad.
Si se añade que a la habilísima maniobra de cortina de humo empleada por el Comunismo se están uniendo ahora algunos historiadores, algunos políticos, algunos periodistas, aquí y fuera de aquí, no tardaríamos mucho en conocer una historia de la Guerra de España que se parecería a la realidad tanto como un huevo a una castaña, y ustedes perdonen lo castizo de la expresión. Y conste que la trampa a que me refiero no es un invento mío, sino confesión de parte. No voy a utilizar ningún testimonio tomado de obras escritas por personas de algún modo ligadas a la España nacional, en la guerra o en la paz, en la política о en la literatura. Los textos que tengo ahora delante son originales de personas que en la Zona roja y en el Ejército popular o la Política marxista obtuvieron puestos relevantes y ocasión repetida de tomar decisiones de gravedad. Manuel Azaña, en su obra «La revolución abortada», dice en resumen que «el Gobierno republicano se hundió en septiembre de 1936 agotado por los esfuerzos estériles de restablecer la unidad de dirección, descorazonado por la obra homicida -y suicida- que estaban cumpliendo, so capa de destruir al fascismo, los más desaforados enemigos de la República… (y) bajo aquella confusión de frivolidad y heroísmo, de batallas verdaderas y paradas inofensivas, de abnegación silenciosa en unos ruidosa petulancia en otros, la obra sombría de la venganza prosiguió extendiendo cada noche su mancha repulsiva. Los dos impulsos ciegos que han desencadenado sobre España tantos horrores, han sido el odio y el miedo. Odio destilado lentamente, durante años, en el corazón de los desposeídos. Odio de los soberbios, poco dispuestos a soportar la insolencia de los humildes. Odio de las ideologías contrapuestas, especie de odio teológico, con que pretenden justificarse la intolerancia y el fanatismo. Una parte del País odiaba a la otra, y la temía. Miedo de ser devorado por un enemigo en acecho: el alzamiento militar y la guerra han sido, oficialmente, preventivos, para cortarle el paso a una revolución comunista…» ¿Cuántos de los modernos depredadores del esfuerzo y las agonías, y del dolor y la esperanza de cuarenta años de España han leído las obras de don Manuel Azaña, y anotado cuanto dejó dicho sobre la Guerra española, sus causas y sus consecuencias? Sospecho que pocos, porque la moda elige ahora lecturas diferentes, en las que la verdad suele estar teñida de amarillo, que es color de babas, de vomitonas y de diarreas.
Julian Besteiro es personaje histórico poco adecuado para confundirle con un fascista, dicho sea a título de orientación, y sin embargo escribió nada menos que esto: «Estamos derrotados por nuestras culpas (claro que hacer mías estas culpas es pura retórica). Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido, quizá, los siglos. La política internacional rusa, en manos de Stalin, y tal vez como reacción contra su estado de fracaso interior, se ha convertido en un crimen monstruoso que supera en mucho a las macabras concepciones de Dostoievsky y de Tolstoy… (porque) el drama del ciudadano de la República es éste: no quiere el fascismo, y no lo quiere no por lo que tiene de reacción contra el bolcheviquismo, sino por el ambiente pasional y sectario que acompaña a esa justificada reacción (teorías) raciales, mito del héroe, exaltación de un patriotismo morboso y de un espíritu de conquista, resurrección de las formas históricas, que carecen de sentido en el orden social, antiliberalismo y antiintelectualismo, etc.) No es, pues, fascista el ciudadano de la República con su rica experiencia trágica. Pero tampoco es en modo alguno bolchevique. Quizá es más antibolchevique que antifascista, porque el bolcheviquismo lo ha sufrido en sus entrañas y el fascismo no…» ¿Los nuevos socialistas, que tienen una especie de tonalidades que no sé por qué, acaso por deformación profesional, me re- cuerdan la carta de ajuste de la televisión, (del negro absoluto al blanco, pasando por tonos gri- ses), cuanto han leído de Julian Besteiro, cuales de sus obras han estudiado, en qué medida coinciden o no con su concepción intelectual del socialismo? Lo siento, pero soy pesimista: creo que ni el diez por ciento, y que ese diez es precisamente el menos socialista de los socialistas recien salidos del cascarón, parto de huevo, más de incubadora que de gallina real y verdadera, con pepita y todo.
¿Será preciso que diga yo aquí quién es «La Pasionaria»? En el Madrid de hoy se han oído gritos de «Dolores a Madrid», en ocasión u ocasiones aparentemente organizadas sólo para divulgar la cultura musical de los cantantes de la nueva ola, «del pueblo y para el pueblo». Pues bien lean esto, que lo escribió la misma Dolores, «La Pasionaria»… «La Revolución es el motor de la Historia, y en su desarrollo los pueblos realizan maravillosas hazañas. Pero la Revolución es también revulsivo que hace salir a la superficie el limo sedimentado en los bajos fondos de la sociedad. Desarrolla las ambiciones y los turbios afanes de los vividores políticos, de los que quieren poner la Revolución a su servicio. Con esto hay que contar y contra ello hay que luchar, como se vio obligado a luchar el Partido Comunista en el transcurso de la guerra, contra quienes en provecho propio pretendían desfigurar el carácter de la Revolución». Esto y otras muchas cosas puede leerlo el lector curioso en el libro de Dolores Ibarruri titulado «El único camino». Lectura que recomiendo de modo especial, y gratuitamente, por supuesto, a los listos y a los vivales que hayan creído que cambiar de chaqueta, anotarse en una agenda, dar unos cuantos gritos y presumir de marxista es suficiente para acreditarse y asegurar el camino. El Partido Comunista es implacable, es inflexible. No tolera debilidades, ni picardías, ni agua tibia. Al pan le llama pan, y al vino le llama vino, y tengo que decirlo, no engaña a nadie. Desde su nacimiento viene haciéndolo todo exactamente igual. Las revoluciones, las alianzas, las soluciones, los finales del drama. Y sin embargo, la gente sigue picando, sigue haciendo е imbécil. Es como si después de millares de veces de haber sido representado «el Tenorio», una señora nos preguntará a mitad de la función el final de don Juan. Y si es la señora, menos mal, pero ¿y s es el marido, que además resulte luego un notario un abogado del Estado o un millonario? Los comunistas no engañan a nadie. Lo que quieren y adónde van no admite dudas. Y si alguien titubea es que se trata de un retrasado mental. Lo siento.
Largo Caballero también es persona conocida. No es preciso que yo relate aquí su larga biografía. Pues bien, lean todos… «A los amigos nos pareció que no convenía permitir que los comunistas triunfasen en esa maniobra (se refiere a la destitución de Prieto como ministro de Defensa: nota mía) y que debíamos ayudar a Prieto antes de que aquellos ganasen la partida…»> Antes había escrito: «Prieto creyó manejar a Negrín a su antojo, y se equivocó, porque Negrín era prisionero del Partido Comunista»… Todo está publicado en el libro «Mis recuerdos», editado en México en 1954. ¿Les suena Bruno Alonso, Comisario General de la Flota de la República? ¿Y su libro «La Flota republicana y la Guerra civil de España»? Pues en esa obra puede leerse esto tan instructivo y tan claro: «El mismo día 4 (se refiere al 4 de marzo de 1939) la Prensa oficial publicaba un decreto de Negrín entregando los mandos principales del Ejército a los amigos comunistas. Para mandar la Base naval de Cartagena se nombraba al destacado comunista Francisco Galan. Todo el mundo juzgó estos nombramientos como un verdadero golpe de Estado, en virtud del cual el Partido Comunista se apoderaba de todas las palancas del poder, y fue sin duda esto lo que hizo a los jefes militares desistir del acuerdo de no derrocar al Gobierno Negrín…» El coronel Segismundo Casado no tuvo pelos en la lengua a la hora de definirse, cuando lo había perdido todo menos la esperanza y la intención de salvar algo de lo que sabía hoguera arrolladora… Lo dice también: «Como el setenta por ciento de los mandos pertenecían al Partido Comunista, el Jefe de Estado recogía la impresión de que todo el Ejército estaba solidarizado con el doctor Negrín… (añado yo, que la decisión de Casado de sublevarse contra Negrín y sus amigos se justifica porque): ¿De haber estado la España republicana (quiere decir, el día de la rendición incondicional) en poder del Doctor Negrín y los comunistas, ¿cuál hubiera sido el trágico final de la guerra…? (aunque) a las cinco de la tarde del día 6, es decir, algunas horas después, el doctor Negrín, todo su Gobierno y los dirigentes comunistas españoles huyeron como ratas en aviones que tenían preparados y dejaron abandonados a los hombres que lucharon con las armas en la mano, defendiendo la consigna de resistir…» Todo esto y más está en el libro del coronel Casado «Así cayó Madrid».
¿Otro hombre que no necesita presentación? Este: Enrique Castro Delgado. Hablando como comunista que era, dice esto tan claro y tan objetivo: «Gracias, muchas gracias, coronel (se refiere a Casado, por supuesto, ya sublevado)… Sin tu sublevación los que hubiéramos tenido que capitular hubiéramos sido nosotros… Lo que hubiera sido grave… Muy grave… Pero tú fuiste un gran hombre: cuidaste del honor del Partido tan bien, tan bien que ni nosotros lo hubiéramos podido hacer mejor. Gracias, muchas gracias, cоronel»… (y más adelante): «Hemos envenenado de dolor y odio a un pueblo, de lo que no podrá curarse en cincuenta años. ¿Estás contento, camarada Stalin? Si estás contento, camarada Stalin, ¿qué importa todo lo demás? Te seguimos creyendo… Te seguimos amando… Ha muerto la segunda República, pero ¡existes tú! ¡Existe la Unión Soviética! ¡Existe la gran esperanza!»… Lean los curiosos «Hombres made in Moscú». Es muy interesante y a más de uno acaso le quite el sueño. ¿Quién no ha oído hablar de un tal Valentín González «el Campesino»? Escribió esto en su libro «Comunista en España y antiestalinista en la URSS»: «Se dice que yo fui principalmente una creación de la propaganda comunista y que actué, sobre todo, al servicio del comunismo español y de los hombres enviados a España por el Kremlin. En gran parte es cierto, pero esto exige también una breve explicación. Nadie cultiva tanto el mito del endiosamiento como el comunismo. En la URSS el más zafio y brutal de los militantes bolcheviques ha hecho eliminar por el terror a todos los que le eran superiores o le hacían sombra, y concentrando sobre sí toda la propaganda, ha acabado convirtiéndose en un dios omnipotente e infalible». No estaría de más que quienes se sientan llamados al protagonismo político bajo el paraguas rojo del comunismo y sus afines leyeran despacio a estos hombres… Todo eso del endiosamiento y de la eliminación sistemática е implacable de aquel que se atreve a hacer una leve sombra al jefe, empieza a ser programa y doctrina de gente que a cada instante nos encontramos en lo periódicos y las revistas, en los nodos y el cine, en la radio y la televisión… Porque si hay algo eminentemente humano es aquello tan cierto que «nadie escarmienta en cabeza ajena». Un amigo mío me decía riendo bondadosamente: «Usted ve comunistas hasta debajo de la cama». Y puso cara de asombro cuando me oyó responderle con toda seriedad: «Es que están, mi querido amigo».
De pronto han empezado aparecer fantasmas llegados de ultratumba, recibidos aquí con algazara y coheteria, empeñados en contarle a las nuevas generaciones que la Guerra española que ellos perdieron fue una especie de juego de los tres dados, frecuente en la picaresca para ganarle el dinero a los estúpidos. La Guerra la habían ganado ellos, pero nosotros (y lo digo con orgullo, porque yo era un soldado de Franco) se la robamos con malas artes, y puede que llegue la hora de que el vencedor tenga que rendir cuentas al vencido del uso hecho de aquella victoria fraudulenta. Pero la verdad es absolutamente distinta, y para que nos la diga no voy a recurrir a los discursos del Generalisimo ni fuente parecida, sino al libro «España heróica. Diez bocetos de la guerra española», del general Vicente Rojo. Oído, amigo mío: «… al contemplar el cuadro del drama español, también podemos decir nosotros que hemos perdido la guerra porque fuimos cobardes por inacción política antes de la guerra y durante la guerra: al no tener valor para destruir corruptelas, venalidades y toda la gama de vicios de que no supo enterarse la República, conformándose con la sanción fácil y el menor esfuerzo; al no afrontar resueltamente las nacionales aspiraciones de regeneración, respetando, en cambio, servidumbres o influencias de poderes extraños, y al preferir egoístamente que se perpetuasen los mezquinos intereses partidarios o personales, o de secta, o de casta…>
Y para terminar, que ya estoy cansado, recurriré a alguien que tampoco admite dudas y que nadie confundiría con un fascista, ni siquiera con un franquista, que es lo menos fascista que se puede ser ahora mismo. Me refiero a don Salvador de Madariaga: «En España, el marxismo es muy popular entre los universitarios, sobre todo entre los intelectuales, a quienes atrae por su aspecto de ciencia bien construida. Los intelectos más vigorosos no tardan en rechazarla, puesto que el marxista está demasiado carcomido de contradicciones para seguir aspirando a ser ciencia, y demasiado desmentido por los hechos para seguir aspirando a ser profecía. Pero precisamente, por esta causa, el sovietismo leninista se apoya en el uso sistemático de la tortura… (porque)… el marxismo progresa entre los burgueses, por vía de los menos preparados (estudiantes, periodistas, políticos) gracias a su ateísmo; y entre los obreros y aldeanos, a pesar de su ateísmo, gracias a sus promesas de mejora material. En ambos casos, el progreso del marxismo se debe a defectos ya de inteligencia, ya de cultura, ya de prejuicios científicos… (y además) el uso sistemático y desalmado de la tortura para la conservación de la dictadura del Partido Comunista sobre media Europa revela que, también en este terreno, no pocos extraviados del pueblo español, sea por ignorancia, sea por indiferencia, pasan por la tortura sin dárseles un bledo ni la caridad ni el quinto mandamiento, que lo reprueba…» El libro es reciente: «Dios y los españoles». Vale la pena, pero su lectura va a defraudar a muchos españoles, enfermos repentinamente de un sarampión o una alergia o un asma de difícil diagnóstico, que se manifiesta por un deseo tremendo de incorporarse al tranvía que pasa, tirándose en marcha del que les traía antes, con peligro de resbalar y partirse las dos piernas… Pero casi siempre es inútil avisar a quien decididamente se sube a la baranda y se tira al vacío… Gracias a Dios los suicidas son uno de vez en cuando, y los que pelean para sobrevivir se cuentan por millones.
