Hace años le preguntaron a uno de los locutores más conocidos de la radio española, Matías Prats, también director del célebre NO-DO, por la presencia continua de Franco en este informativo cinematográfico, con la intención de atribuirlo a la propaganda y a la manipulación de la realidad que conlleva esa omnipresencia. Lacónicamente contestó: “es que siempre estaba inaugurando cosas y eso era noticia”.
Esa era la imagen que, desde mediados de los años cincuenta, muchos españoles comenzaron a tener de Franco. El Caudillo cortaba cintas, bajaba a la mina, colocaba primeras piedras y luego ponía en marcha la instalación. Pantanos, centrales energéticas, industrias, carreteras, escuelas, centros de formación laboral, barriadas de viviendas, hospitales, centros deportivos, pueblos enteros, ferias… constituían la agenda política de Franco, pero también repartía viviendas sociales, premios a la natalidad, becas…
También eran habituales las giras de inauguraciones de ministros como Fernández de la Mora o Silva Muñoz. Un ejemplo ilustrativo es el programa del viaje de Silva Muñoz en el final de 1967: inauguraciones de la estación de Albacete, de las defensas contra avenidas en Alboraya, del ensanche del puente del Ángel en Valencia y del embalse de Loriguilla.
El paisaje español urbano con sus coronas industriales, el paisaje rural y hasta los pelados montes cambiaron de forma casi revolucionaria. El paisaje de la España de 1975 se parecía en muy poco a la de 1939.
No es objeto de este trabajo biográfico adentrarnos en las relaciones, los datos y los balances, pero sí apoyar el limitado recorrido fotográfico sobre el que el lector podrá reflexionar en las páginas siguientes. Empecemos por apuntar que Franco debía de tener algo de “ecologista”. Siempre le gustó el contacto con la naturaleza. Sus pasiones, la caza y la pesca, estaban en consonancia con ello por esa proximidad con el medio natural.
En este sentido apunta Silva Muñoz: “sentía pasión por el campo y sabía andar por él muy bien”. Fue su designio, desde la primera hora, desde sus primeros discursos, cambiar el paisaje seco de España. Transformar grandes áreas de secano en manchas verdes, en pulmones de desarrollo, con la ampliación de los regadíos. Al mismo tiempo, repoblar forestalmente el país.
Los españoles pudieron ver cómo esas promesas se hicieron realidad. La política de Franco iba a realizar lo que tantos habían propuesto.
La inversión en el agua iba a dar sus resultados conforme se fueran inaugurando las obras emprendidas desde los años cincuenta. El agua embalsada salpicaría la España interior de lagos artificiales. El país se convirtió en el tercero con más embalses del mundo, pasando a ser una potencia mundial en embalses. Según Waldo de Mier, en 1942 la capacidad de los embalses españoles era de 2.300 millones de metros cúbicos. En 1975 se alcanzaban los 24.000 millones de metros cúbicos. Otros datos indican que el cambio en la capacidad pasó de los 4.000 millones a los 36.000 millones.
Las cifras serán siempre variables porque al morir el Generalísimo aún estaban en proceso de construcción otros pantanos. Teniendo en cuenta los inicios de obra deberíamos incluir la práctica totalidad de los inaugurados hasta 1978, lo que arrojaría un número superior a los 600.
Pero no ignoremos que otra porción de las obras hidráulicas inauguradas con posterioridad habían sido iniciadas por decisión de Franco. Recordemos que el necesario milagro de la ingeniería que supuso el trasvase Tajo-Segura, un sueño que se arrastraba desde la II República, se le planteó al Caudillo al inaugurar el embalse del Cenajo en 1963, respondiendo: “estúdiese y hágase”. En 1966 se realizaba el proyecto y la obra se inauguró en 1979. Según Silva Muñoz la tramitación de aquella obra fue “un ejemplo de pulcritud administrativa”.
Por no entrar en todo lo que fue la continuidad del Plan Badajoz (obras del denominado Plan Badajoz B) que llevaría a la construcción del embalse de la Serena (1989), el segundo por su capacidad de acumulación de aguas en España.
Esta política tuvo tres vertientes: el incremento de la producción hidroeléctrica (de 5.000 millones de kilovatios a 25.000 millones); la constante ampliación de los regadíos (de unos 1,4 millones de hectáreas existentes en 1936 a los cerca de 2,5 millones en 1975, pero que si prolongamos por la continuidad inmediata de las obras que se terminaban podríamos decir que más de 3 millones de hectáreas de regadío fueron creadas por las obras de Franco); asegurar el consumo de agua para una población desigualmente distribuida (la mayor parte en la España seca) en constante crecimiento, no siendo exagerada la usual afirmación de que “en verano bebemos agua gracias a los pantanos de Franco”; la reforestación (cerca de 1,8 millones de hectáreas repobladas, España fue premiada internacionalmente en 1966 por esta política).
Los españoles vieron cómo empezaban a cambiar las infraestructuras de transporte mientras crecía imparablemente la expansión del sector automovilístico. Desde los primeros momentos, el régimen de Franco estimó la modernización y ampliación como fundamental (Instrucción de Carreteras de 1939 y Plan General de Obras Públicas de 1940 de Peña Boeuf).
Las viejas carreteras se transformaban con sucesivos planes (Plan de Modernización de 1950), en los sesenta (Plan de 1961 y Plan REDIA de 1967) se acometerá la mejora de las carreteras (ampliación de calzada y arcenes) y el desarrollo de las autovías y autopistas (las primeras comenzaron a inaugurarse en 1964, aunque en 1963 se inauguró el tramo de peaje del túnel de Guadarrama).
Al mismo tiempo que se extendía el uso del automóvil se transformaban los servicios del ferrocarril, las viejas máquinas cedieron el paso a modernos trenes (TALGO y TER) que cubrían las distancias en menos tiempos y desaparecían los vagones de tercera. Los cambios en España tenían resonancia, así los ministros Silva Muñoz y Fernández de la Mora ocuparon la vicepresidencia (1968 y 1969) y la presidencia (1970) de la Conferencia Europea de Ministros de Transportes.
Otro de los grandes cambios fue la que se operó en el sector de la vivienda. Un problema que se transformó en acuciante en los años cincuenta y se incrementó con el traslado masivo de población del campo a la ciudad. Tanto las nuevas infraestructuras como el turismo, el incremento de la población y la urbanización condujeron a la expansión del sector de la construcción en España.
El gobierno asumió como propia la necesidad de hacer real el acceso a la vivienda para todos los españoles, tal y como figuraba en su propuesta programática desde los tiempos de la guerra. Inicialmente, Franco se inclinó por continuar con el modelo de vivienda en alquiler habitual, pero con precios controlados.
A finales de los años cincuenta, atendiendo a la propuesta de José Luis de Arrese, asumiendo la buena acogida del acceso a la propiedad desde el alquiler, se varió el objetivo inclinándose por hacer a los españoles propietarios de su vivienda. El Estado, en sus diversos niveles, se va a convertir en constructor, en impulsor y en facilitador. La base de esta política fue la construcción de viviendas protegidas que permitió el acceso a la vivienda en propiedad. Entre 1957 y 1973 se construyeron 2,6 millones de viviendas protegidas, lo que permitió a más de 10 millones de españoles tener una vivienda.
De acuerdo con la política puesta en marcha por el Plan Nacional de la Vivienda de 1961, cerrando los datos en 1976, en España no habría problema de vivienda porque se preveían construir 3.713.900 viviendas. Entre 1961 y 1975 se construyeron 4.080.619 viviendas (el 53% eran viviendas de protección oficial, del resto una parte también tenían ayudas).
Independientemente de las críticas actuales habituales sobre el crecimiento de las ciudades, lo cierto es que millones de españoles se hicieron dueños de su vivienda y entendían que ello era algo positivo. Cierto es que, al mismo tiempo, implicaba deseos de cambios políticos a través de la evolución del régimen, tal y como se reconocía en 1974 en uno de los habituales informes del SECED (Servicio Central de Documentación creado por Carrero Blanco y antecedente de lo que hoy es el CNI):
“la propia dinámica del Régimen, que ha puesto los cimientos indispensables de la evolución política mediante el desarrollo económico y social y, en cierta medida, cultural”. Y según estos servicios, aunque siempre quede el propio interés político de los autores, lo que era evidente, como se indica en informes de 1971, es que “queda a salvo la adhesión popular al Caudillo, no tanto a las Instituciones” y “el pueblo se siente satisfecho por el periodo de paz que ha presidido el país”.
Algo que resume Juan María de Peñaranda en su encomiable trabajo sobre los servicios de información al resumir la situación en 1973:
“Se pensaba que la masa de la población estaba con el Régimen, pero más bien lo estaba con la persona de Franco, y este agotaba su existencia terrena”.
