El valor de los datos
España en estos años se había aproximado de forma imparable a las economías más prósperas de la Europa del Mercado Común, con índices de convergencia superiores al 80% (en 1975 el PIB per cápita español con respecto a la UE de los 15 era del 73,2%, el porcentaje más alto hasta esa fecha que no se recuperaría, tras su caída, hasta 1989); si atendemos a la evolución del PIB neto y real en 1975 se situaba en el 83,2% del valor medio de la UE, cifra que no se superaría hasta el año 2000). Si comparamos el PIB por habitante entre 1960 y 1975, entre España, Francia, Italia o el Reino Unido, podríamos apreciar el enorme esfuerzo realizado de aproximación por la economía española. En 1960, si tomamos el índice 100 dólares Geary-Kamys de 1990 para España, veremos:
El PIB del Reino Unido con respecto a España estaba en 249,90, en 1975 había descendido hasta 127,90; el de Francia se situaba en 1960 en 217,40 y en 1975 había descendido hasta 143,20. España estaba en condiciones de superar a Italia y Japón, que se situaban en 115,40 y 119,90 dólares respectivamente con respecto al índice 100 español. No muy distante es la conclusión si entramos, siguiendo el trabajo de Guisán y Aguayo, a las diferencias comparadas sobre los salarios medios. Estos, entre 1965 y 1975, se aproximaron a los de Francia, Inglaterra, Alemania y en menor medida a los de Italia por una mayor proximidad salarial, reduciendo la diferencia. Así en 1975 la diferencia en el salario medio de los españoles con respecto a estos países estaba entre los 7.500 y los 3.800 dólares según los países. En 1985 estaba entre los 8.200 y los 3.100 dólares.
Tras este esfuerzo de aproximación, en la primera mitad de los 90, las diferencias volverían a ampliarse. Así en 2005 los salarios medios tendrían una diferencia situada entre los 12.600 y los 6.100 dólares. Datos que muestran un retroceso en la convergencia salarial con las economías de nuestro entorno.
Si para cerrar atendemos a las conclusiones de Martín Aceña y Martínez Ruiz, el crecimiento del PIB desde 1959 se produjo a “una velocidad siete veces superior a la centuria precedente y el doble del último cuarto de siglo”. Poco más se puede anotar.
Como anota Maluquer, al comparar con la Europa anterior a 2004, “la evolución de España fue de clara convergencia con Europa hasta 1975 y de divergencia en los diez años siguientes”. Si recurrimos, como hace García Delgado, de forma comparada, a la evolución del producto real per cápita, en tasas medias anuales acumulativas, para el período 1960-1975, tendremos que España creció a un 6,7%, mientras que Italia lo hizo al 4%, Francia al 3,8%, Alemania al 2,9% y EEUU al 2,1%.
La renta per cápita española había escalado puestos de forma continua durante una quincena de años. Muy pronto dejó atrás países como Turquía, Portugal, Israel o Grecia y las previsiones eran superar a Italia y situarse cerca de Inglaterra desde un punto de vista macroeconómico. Lo que en la planificación del “Horizonte 1980”, último de los planteamientos económicos del régimen de Franco, se preveía factible. España, según tienen que reconocer historiadores económicos nada “profranquistas”, como Carreras o Tafunell, tuvo entre 1960 y 1973 una auténtica “edad de oro” económica que no se ha vuelto a repetir. O como reconoce el crítico Moradiellos, “la economía española entró en una etapa de desarrollo sin precedentes”. La resultante, apunta Velarde Fuertes, es que en 1975 “España formaba parte del grupo de los 25 países industrializados no socialistas de las Naciones Unidas, lo que cuarenta años antes hubiera parecido un sueño imposible. Por lo que se refiere al PIB global, España se situaba en el séptimo puesto de los países industriales, exactamente entre Canadá, el octavo, y Gran Bretaña, el sexto. Igualmente se disponía de un Estado de Bienestar”. Aunque hoy algunos autores quieran negar la existencia de ese Estado del Bienestar que es el punto de partida del actual.
Los datos están ahí y es difícil contradecirlos, por ello los historiadores antifranquistas, que buscan aún como negar las evidencias, se refugian en la insostenible tesis de que el crecimiento y el desarrollo, social y económico, se dio “a pesar de Franco” o que fue “inferior a lo que se podía haber alcanzado de poner en práctica otras recetas económicas”. Los hechos, como anotan Carreras y Tafunell, en su estudio sobre la economía española entre 1789 y 2009, son que “a partir de 1960 la economía española progresó más rápidamente que en ningún otro momento… el contexto de la época se caracteriza por la existencia de un gran número de países del mundo occidental que crecían a tasas explosivas. Sin embargo, España —con un ritmo de incremento medio del 8,3 del PIB y del 6,9 del PIB per cápita en el período 1960-1974— figura en primera posición entre las economías de la OCDE, exceptuando Japón”. En 1971, la OCDE situaba a España en la cabeza del crecimiento industrial con un 20,4%. Los españoles y los europeos de aquellos años calificaron a este tiempo como el del “milagro español”. Franco se mostró en diversas ocasiones, públicamente, en desacuerdo con el término “milagro” por lo que implicaba de consecución ajena a lo que había sido en realidad, el resultado del trabajo y del sacrificio de los españoles. Pero lo cierto es que, entre 1971 y 1975, España se situó entre los cinco primeros países del mundo con mejores resultados económicos.
La España aislada del mito antifranquista —el lector ya puede juzgar esa realidad a tenor de lo apuntado en los capítulos precedentes—, o “arrinconada”, como prefieren ahora mantener algunos historiadores ante el peso de la evidencia de que no era exactamente así, atraía turistas e inversores. Lo que casa muy mal con la España odiada de Franco o con la caricatura, ya hecha tópico, de la “España en blanco y negro”. La España de los sesenta ya era en color si queremos utilizar la metáfora y con la misma explosión de la cultura pop que se producía en otros lugares de occidente.
En este sentido, el periodista Waldo de Mier escribe: “Toda esa España negra de Gerald Brenan, de Gutiérrez Solana, de Eugenio Noel desapareció con los treinta y seis años de la ‘oprobiosa’. Aldeas, pueblos y villorrios están alienados a cabeza de partido judicial y a capitales de provincia en cuanto lo que suponga la última novedad de la vida moderna”.
Entre 1959 y 1973, apuntan Carreras y Tafunell, “dejando a un lado las economías más industrializadas, no hubo ninguna en el mundo que ingresase una magnitud comparable de capitales extranjeros. La práctica totalidad de estos —más del 99%— eran privados. Las inversiones predominaron sobre los créditos y préstamos… Esta forma de captación de recursos no imponía excesivas hipotecas ni cargas para nuestra economía… En términos globales, más del veinte por 100 de la inversión bruta industrial procedió del exterior, un porcentaje con muy pocos, acaso ninguno, precedentes históricos”. Y eso solo es posible, añadimos, cuando existe un grado altísimo de confianza con respecto a la estabilidad del régimen político existente. Reproduzcamos su resumen:
“Desde los meses finales de 1960 —una vez superada la recesión causada por el Plan de Estabilización [menos de un año]— hasta 1974, la economía española vivió un crecimiento explosivo, de una magnitud mayor que en ningún otro momento histórico. Durante estos tres lustros gloriosos —por emplear un término que se ha utilizado a menudo para otros países— el crecimiento estuvo por encima del cuatro por 100, cifrándose en los instantes de máxima aceleración en tasas de dos dígitos. Semejante progresión condujo a que durante el período se triplicase el Producto total y se multiplicase por 2,5 la renta por habitante. A la vista de estos registros se entiende que en la época, tanto en el interior como en el extranjero, se hablase de “milagro económico español”. Nosotros preferimos denominar el período como “edad de oro”, empleando la misma expresión que usan los historiadores económicos para designar el extraordinario crecimiento económico que vivió el mundo en la segunda posguerra mundial. Una edad dorada que, en el caso español, consistió en un proceso de industrialización acelerada”.
En la misma línea, historiadores que no se pueden considerar “profranquistas”, como Abdón Mateos y Álvaro Soto, indican: “fueron años en los que España cambió mucho. Pasó de ser un país agrícola, a otro industrial y de servicios, y de ser un país rural a un país urbano, convirtiéndose en una sociedad de consumo”, impulsando una “profunda transformación social”. A diferencia de otros países España realizó al mismo tiempo, y en un breve espacio, su industrialización, la terciarización y la urbanización, poniendo las bases de la España actual.
