Los manuales al uso suelen, dependiendo de la orientación y la intención, hacer una descripción, un tanto sesgada, de los apoyos sociales del régimen de Franco y del propio Franco, quizá porque buscan enmascararlo o hacerlo extraño a todo apoyo popular. Es usual iniciar el recuento de los apoyos políticos y sociales hablando del Ejército, la Iglesia y FET de las JONS, a los que se añaden sin problemas los terratenientes, el empresariado, los medianos y pequeños propietarios agrarios…
Se suele prescindir de recordar que Franco empezó contando con el apoyo social y político de todos los partidos políticos de la derecha, la “extrema derecha” y de no pocos centristas republicanos; sociológicamente se colocaron a su lado los campesinos católicos y las clases medias católicas urbanas (la inmensa mayoría del extenso catolicismo militante de los años treinta).
La realidad es que, al menos, como apunta Moradiellos, “media España estuvo con Franco, que no fueron tres generales, dos banqueros y cuatro obispos, sino que el país estaba partido por la mitad”. Algo que Franco, además, nunca ignoró.
Lo que casi todos esquivan es indicar que durante su mandato, por un lado, como ya hemos indicado en este trabajo, consiguió mantener a su favor tanto a las corrientes políticas como sociales que le apoyaron en la guerra, que equivale a decir tanto como media España, pero que por otro fue ampliando su base de aceptación social como efecto del desarrollo económico y social.
Franco fue muy popular y ahí están las fotografías y los reportajes cinematográficos con multitudes que acudían a los actos en los que participaba.
Por otro lado, como muestra de ese apoyo popular, era de sobra conocida la posibilidad del recurso directo al Caudillo.
Es curioso, cuando se miran las fotografías o se repasan las grabaciones cinematográficas de las inauguraciones, reparar en las pancartas reivindicativas que exhibían las necesidades del lugar ante Franco sin el mayor problema. Y subrayar lo receptivo que era Franco ante este tipo de mensajes, pasando por encima de las propias decisiones de sus gobiernos. Su hija Carmen reveló en una entrevista su pasión por las pequeñas cosas en las que reparaba para poner en marcha los proyectos de mejora:
“Acompañar a mi padre en sus viajes proporcionaba conocimientos sorprendentes. Iba haciendo observaciones sobre lo que veía. Se preocupaba por todo, pero ponía un acento especial en sus deseos de repoblar de árboles las zonas deforestadas. Llevaba un cuadernito con notas sobre las tierras por las que pasábamos, con detalles minuciosos, geográficos, de producción, de población y sobre todo de las zonas deforestadas, cuya comprobación le permitía después señalarlo a los organismos competentes. Además, y en eso se adelantaba a su tiempo y al sentir de las asociaciones ecologistas actuales, insistía en que esas repoblaciones se hiciesen con las especies adecuadas al lugar, a la vista de las plantaciones indiscriminadas de pinos”.
Quedan en el archivo personal de Franco numerosos documentos referidos a peticiones hechas directamente al Jefe del Estado solicitando su intervención; igual sucede en el Archivo de Palacio donde se custodia la documentación de su secretaría. Escribir a Franco no era tan extraño y, de hecho, era un derecho de los ciudadanos consagrado en el Fuero de los Españoles (1945). Y lo hacían personajes influyentes para ayudar a otros o gentes humildes.
En 1968 era el Cardenal Primado quien, por ejemplo, escribía a Franco alarmado por el posible cierre de la fábrica de armas de Toledo, tras la visita que le habían hecho los obreros del Jurado de Empresa, porque “no hay en la ciudad otras industrias capaces de contratar a los 700 trabajadores que se verían en la calle y a los que no les quedaría más remedio que emigrar”. El Caudillo le contesta inmediatamente “he de participarle que me interesaré sobre el particular con sumo gusto” (AFNFF 1478).
Y cuando Franco se interesaba se obraban milagros. Hace unos meses, conversando con un sindicalista de la época, me comentaba cómo en una fábrica del estado se produjo un conflicto entre la dirección y los trabajadores, él estaba entonces como sindicalista falangista. Ni corto ni perezoso escribió a Franco sobre lo que estaba pasando y se ordenó abrir una investigación.
Como anota el historiador Antonio Cazorla, poco sospechoso de simpatías franquistas y que forma parte del nutrido grupo de escritores que procuran disfrazar la realidad, “el apoyo popular a Franco fue más allá de los que se beneficiaron material o culturalmente de su victoria”. Tiene razón al subrayar que Franco, en la década de los cuarenta, ofrecía la paz frente a la convulsa situación anterior a la guerra y a la guerra misma; que además, en los primeros años cuarenta, se produjo el vaciado de las prisiones, los prisioneros de guerra republicanos volvían a sus casas.
Los intentos de quebrar la paz a finales de la Guerra Mundial, primero con la invasión comunista que buscaba una nueva guerra civil, después con las conspiraciones monárquicas o del exilio y finalmente con la injusta y falsa acusación en la ONU y la posibilidad de que se produjese una intervención militar extranjera, aumentaron el apoyo a Franco: “para entonces —anota Cazorla— Franco ya era mucho más popular que su régimen”.
La visión que de él tuvieron la inmensa mayoría de los españoles, que en los años sesenta habían dejado atrás las consecuencias de la guerra civil mediante la fusión familiar de los que estuvieron en zonas distintas, de las generaciones siguientes a la guerra, fue la de alguien que se pasaba el tiempo inaugurando carreteras, pantanos, industrias, estaciones, hospitales, barriadas de viviendas, pueblos nuevos, dando premios a las familias numerosas, casas a los que la necesitaban, extendiendo la protección social, abriendo escuelas, recibiendo a los niños del “plus ultra”…
Un Caudillo aplaudido con fruición y entusiasmo en campos de fútbol y plazas de toros cuando asistía a algún evento… Ello dio a Franco una mayor legitimidad social y popular, algo que difícilmente es negado por la mayoría de los historiadores.
A pesar de la mitología de la oposición, lo cierto es que en los últimos quince años de su régimen el apoyo popular a Franco, lejos de reducirse, se había ampliado por el factor de legitimación que conllevó el desarrollo social y económico.
Para una mayoría nada despreciable de españoles de aquel tiempo el régimen de Franco no era una “dictadura” como sinónimo de “tiranía”, al contrario era un régimen positivo para España y para la mayoría de los españoles. De ello quedan como testimonio las encuestas que el gobierno tenía en esa época y que curiosamente no se han difundido.
¿Hasta dónde llegaba realmente la oposición a Franco? Según el citado Antonio Cazorla se podría cifrar en un 30% la “población que nunca había aceptado el régimen”, pero la “mayoría de la población apoyó al Caudillo hasta el final”.
En 1946 se encargó lo que hoy podríamos denominar como un “sondeo de opinión” previo a la vista de la convocatoria de un referéndum, siendo quizás la primera “encuesta” realizada por el régimen. Según los resultados, que nunca fueron divulgados, los apoyos a Franco se podían cifrar en un 63% de la población (las cifras más bajas de apoyo se daban en zonas como Vizcaya y Guipúzcoa).
Franco convocó dos referéndums, uno en 1947 y otro en 1966, que tuvieron connotaciones plebiscitarias. No es necesario recordar que el Sí defendido por Franco tuvo una victoria incontrovertible. Los historiadores suelen hablar de pucherazo, independientemente de que la propaganda a favor del No tuviera poco espacio y de que el voto era obligatorio.
Resulta curiosa la preocupación sobre los resultados de 1966, si estaban los resultados apañados de antemano, mostrada por el régimen.
Curioso, porque los avances informativos sobre el referéndum y sus resultados eran materia reservada y remitidos a Franco. Curioso, porque es el propio General Muñoz Grandes de su puño y letra el que va anotando los resultados en pueblos y los va remitiendo. Como nota destacable anota: “Alicante- Los argelinos con pancartas con Oui a Franco”. En Vallecas los votos a favor fueron en número redondos 93.000 a favor y 5.000 en contra o en blanco (AFNFF 3500).
La realidad es que, pese a todos los reparos, la mayoría de los historiadores reconocen que Franco gozaba de un amplio respaldo. Paul Preston tiene que reconocer que en 1966 el Caudillo “contaba aún con un apoyo popular considerable [el referéndum] fue, no obstante y en términos generales, una victoria para Franco. Muchos habían votado sí en agradecimiento por el pasado y la creciente prosperidad”. En la misma línea Bachoud escribe: “no hay duda de que el éxito del referéndum se debe en parte a la popularidad del Caudillo”.
En 1972 un nuevo sondeo indicaba que el 52% de los españoles estimaba que el régimen de Franco pasaría a la historia como un tiempo positivo para España. Según una encuesta realizada en noviembre de 1975 una mayoría amplia de la población sintió tristeza ante la muerte de Franco. A los pocos meses de la muerte del Caudillo una nueva encuesta, absolutamente reservada, indicaba que “la mayoría de la población se identificaba con Franco aún después de muerto”.
Todo ello es fácilmente perceptible cuando se revisan algunas encuestas realizadas mucho después de la muerte de Franco en un ambiente de amplia crítica a su figura y de batalla histórica, mediática y política contra su persona, que llevaba al 20%-30% de los encuestados a no dar su opinión (opinión oculta a favor de Franco). Quizás la más significativa fuera la realizada en 1985, diez años después de la muerte de Franco. El 42% de los españoles tenían una opinión positiva de Franco, un porcentaje que se ampliaría significativamente si se prescindiera de la opinión de quienes habían nacido después de 1965 que poca experiencia directa podían tener.
En 1995 una encuesta preparada por el CIS indicaba que el 11% de la población estimaba que el régimen de Franco pasaría a la historia como un periodo positivo y un 49% que tuvo cosas buenas y malas. El 48% consideraba a Franco como el gobernante que garantizó la paz y el 26% como uno de los mejores del siglo.
En el año 2008 el CIS cocinó una encuesta convenientemente preparada en la que, sorprendentemente para no pocos, un 23% de la población mostraba sentimientos positivos hacia Franco frente al 32% que se pronunciaba negativamente. El resto prefería optar por el recurso a que hubo cosas buenas y malas.
Ahora bien, en 1975 la mayoría de la población tenía como valores fundamentales: la paz, el orden y la estabilidad. Y eso era lo que había ofrecido Franco.
