RAZA: La novela escrita por Francisco Franco con el pseudónimo de Jaime de Andrade (Capítulo 3)
El deber, el honor y la tragedia de Ultramar en la España finisecular de RAZA
Las llamadas del Estado Mayor de la Base ponen siempre una interrogante en el mañana. Las noticias de las Antillas son cada día más inquietantes. España se asemeja a un barco sin gobierno.
La llegada de un oficio del General del Departamento, en el que reclama la presencia urgente de Churruca, despierta en este un triste presagio.
A su llegada a la Capitanía General, un grupo de Jefes, antiguos camaradas, se ocupan en comentar los acontecimientos coloniales. Lleva la voz cantante un Jefe de Marina llegado hace días de La Habana.
Churruca abraza a los antiguos amigos con efusión.
CHURRUCA.— ¿Murmuraban ustedes de Ultramar?
EL JEFE DE ESTADO MAYOR.— Sí, está todo tan liado. ¿No ha estado usted por Filipinas? ¿Qué nos cuenta de allá?
CHURRUCA.— Poco. En Filipinas… las mismas perturbaciones fomentadas por el extranjero, la perenne rebeldía de las gentes de Joló. Las intrigas extranjeras y…, lo que es peor, la invasión de la masonería. Allí no puede estar quien no sea masón; ni el concepto del honor acaba con aquello. ¡Qué enemigo más difícil de vencer! No se le ve, está en todas partes y mediatiza a las más altas jerarquías. Por eso paré poco; no quería me contaminasen el barco.
EL COMANDANTE DE INFANTERÍA DE MARINA.— Algo parecido a lo de Cuba, aunque esto es aún más serio. Los insurrectos tienen protecciones poderosas; las mismas logias, pero una nación grande detrás. Abandonados de España, mejor dicho, prisioneros de España. Yo he leído, en el Estado Mayor del Capitán General de la Isla, cartas que destilaban sangre. “El Gobierno no quiere aventuras…; hay que contemporizar…; no se pueden enviar más hombres…; la guerra no es popular…”
OTRO JEFE (Con energía.)— ¿Qué han hecho para que lo sea? ¿Sabe siquiera el país lo que aquello representa? ¡Cuánta vergüenza!
EL JEFE DE ESTADO MAYOR.— Y, al final, sin armas, sin efectivos, sin política exterior, aislados del mundo, tendremos la culpa los militares.
EL COMANDANTE DE INFANTERÍA DE MARINA.— Por ello me vine yo. Estaba aburrido…
Suena un timbre y sale de la sala el Ayudante.
CHURRUCA.— Todo es tristemente verdad; y, en el peor de los trances, sólo nos quedará nuestra propia estimación, el concepto del Deber; mas entre morir de asco o morir con gloria no hay vacilación.
Todos asienten.
Entra de nuevo el Ayudante.
EL AYUDANTE.— El General te espera. (Dice dirigiéndose a Churruca.)
Sale Churruca seguidamente hacia el despacho del Almirante; el Ayudante le acompaña y abre la puerta.
EL ALMIRANTE DEL DEPARTAMENTO (Alargándole la mano.)— Hola, Churruca. Le llamaba para prevenirle que esté usted preparado; seguramente saldrá usted para Cuba a tomar el mando de uno de nuestros cruceros en aquellas aguas. El Capitán de Navío destinado se encuentra enfermo, tiene que tomar una licencia y no está en condiciones de salir.
La situación es grave; la intervención de los Estados Unidos parece cada vez más clara y desenfadada; nos esperan días difíciles.
Me han pedido el nombre del mejor Capitán de Navío. (Disculpándose.) Yo no he tenido más remedio que dar el suyo.
CHURRUCA.— Gracias, mi General. (Con firmeza y alegría.)
EL ALMIRANTE DEL DEPARTAMENTO (Excusándose.)— Yo hubiera preferido dejarle aquí, que descanse un poco y librarle de aquello. Hombres como usted los necesitamos.
CHURRUCA.— No, mi General, es mejor así; aquí me moriría de vergüenza. Muchas gracias.
EL ALMIRANTE DEL DEPARTAMENTO (Lo abraza y, al separarse y dar la vuelta, se enjuga furtivamente una lágrima.)— ¡Qué marino! (Murmura.)
Cuando sale le pregunta uno de los Jefes:
EL JEFE.— ¿Qué te ha dicho, que parece que vienes contento?
CHURRUCA.— Nada, que ya no me muero de asco; seguramente iré a mandar el Lepanto. Adiós; hasta pronto.
Y, sin más comentario, abandona el despacho.
En un amplio dormitorio, presidido por un soberbio Cristo de marfil, Isabel, arrodillada ante dos grandes baúles de alcanfor, va colocando con amorosa atención las ropas y uniformes de su esposo, diseminados por las sillas próximas.
Churruca, de pie, recostado en el muro, junto a la ventana, contempla el jardín. ¡Qué corto es el verano en las tierras del norte! Los primeros temporales han arrastrado el verde ropaje de los árboles, acortando las distancias.
CHURRUCA (Volviéndose hacia Isabel, murmura.)— ¡Qué distinto está todo!
ISABEL (Mostrando a su esposo el contenido de las cajas.)— En la número dos va lo de siempre, lo que usas menos: las galas, la capota, las ropas de respeto, las charreteras, las cruces… ¡Con qué gusto se deshacen y qué pena produce tener que prepararlos!…
CHURRUCA.— El Deber, Isabel…
ISABEL (Con tristeza.)— Sí, el Deber… En esta otra va lo de empleo inmediato. Debajo del sextante, la ropa de uso; los uniformes de diario, encima. Los libros, el catalejo… (Furtivamente se seca una lágrima.)
CHURRUCA (La ayuda a levantarse.)— Isabel, ¡qué sola te quedas!
ISABEL.— Más solo te vas…
CHURRUCA.— Es verdad… Aquí os dejo… y, sin embargo, conmigo vais…
CHURRUCA.— Adiós, hijo. Eres el mayor. Tienes que ser un hombrecito.
A la esposa la besa con honda emoción, separándose rápidamente de ella para saltar al bote, donde, ya repuesto, sonríe hacia los suyos.
CHURRUCA (Al timón.)— Alza; ¡avante!
Mientras el bote se aleja, hasta confundirse con la nave, Isabel, rígida, con los niños a sus lados, agita su pañuelo.
