No es cierto que la Falange predicase la violencia. Es ésta una afirmación que debe quedar bien sentada cuando nos disponemos a relatar y, en cierta manera, a enjuiciar la actuación falangista en los años que precedieron al Alzamiento Nacional. Falange Española fue ante todo un movimiento doctrinario, cuyas ideas salvadoras se basaban principalmente sobre un concepto revolucionario de lo social y otro profundamente entrañable de lo nacional.
Un movimiento de este tipo, intelectual, redentor, revolucionario y patriótico no es que predique o no la violencia, es que no cuenta con ella, como fin se entiende.
La Falange nació para convencer a las gentes, para imponer un ideario de justicia, paz y concordia. Mal se aviene esto con predicar la violencia. José Antonio tuvo que utilizar todo su poder de persuasión, toda su enorme fuerza personal, para contenernos, cuando nuestros primeros caídos comenzaron a poblar los luceros de España. La fuerza de José Antonio, su acción de mando sobre nosotros, estaba constituida a la par por una mezcla de energía y seducción. Como se dice vulgarmente, todos nos hubiéramos dejado matar por él. Pero esta entrega supo ganársela paso a paso, desde que un núcleo no muy extenso, pero fervoroso, se reunió en su torno para proclamar el nacimiento de Falange Española.
Era valiente sin jactancia, sereno y capaz, sin embargo, de los más ardientes apasionamientos. Era cordial, cariñoso y en un momento sabía convertirse en el jefe lleno de autoridad; era joven, casi como nosotros, y era ya dueño de una muy antigua y madura experiencia. La Falange de las primeras horas vivió una íntima camaradería, hecha de amistad y de ilusión en torno a su figura. Por eso fue tan duro saber que los nuestros eran asesinados, que se nos temía ya y que trataban de eliminarnos por el atentado y la emboscada.
Corrían los años 1933 y 1934. España era un caos de huelgas, sabotajes, paro, incendios de iglesias, robos, melancolía y abandono. Falange Española traía a este desconcierto la Patria antigua y la Revolución nueva. Nuestras filas se ensanchaban, a ellas venían llenas de esperanza gentes de los más diversos estratos sociales. La soñada unidad de España comenzaba a realizarse, y entonces no por la razón, sino por la violencia, intentaron reducirnos. Y comenzaron los cobardes atentados.
A nuestro clamor de venganza, José Antonio respondió hablándonos del franciscanismo de la Falange, del valor ejemplar del sacrificio y la abnegación, del amor a todos, incluso a los enemigos.
Ahora, con el tiempo serenándome ya, pienso que José Antonio debió sufrir mucho aquellos días, dudoso entre su propósito de paz y el ardor combativo de su sangre, acuciado por todos nosotros y deseando, no obstante, no tener que desencadenar la ofensiva.
Pero esto era inevitable. Se encontraba en peligro algo más que unas vidas, se encontraba en peligro nuestra doctrina. Una doctrina no prospera si sus hombres carecen de energías para defenderla, sea como sea y donde sea. José Antonio dio la orden.
Debió de ser un día difícil para él. Estaba muy serio y ya siempre conservó algo de esta seriedad, de esa especie de ansia contenida con la que esperaba el resultado de alguna represalia o algún asalto llevado a cabo por orden suya, pero en la que él no podía estar presente.
Porque cuando actuaba volvía a ser el José Antonio joven, bravísimo, sereno, irresistible, que siempre conocimos y del que llevamos la imagen imborrable en el recuerdo. El José Antonio que encabezaba la manifestación de la Puerta del Sol en octubre de 1934, el José Antonio que se batía cuerpo a cuerpo para defender a un camarada en peligro, el mejor jefe y el mejor corazón de toda nuestra juventud.
Cuando la Falange decidió responder a la violencia con la violencia, España pudo comprobar cómo nuestra fe no retrocedía ante la muerte, ante ninguna clase de muerte. Este modo de actuar fue eficaz y además de un modo inesperado casi puedo decir que nos sirvió de propaganda. El español ama el valor.
Lo que en un principio fue lo más difícil para nosotros, soportar silenciosamente las primeras agresiones, siguiendo las órdenes del jefe, hizo que se nos considerase con cierto desdén; cuando combatimos libremente, sin trabas ni leyes, que ignorábamos porque no eran justas entonces, la gente nos admiró. Cuando sonaron nuestros primeros disparos comprendieron que algo era posible. Entonces, a mi juicio, despertaron muchos a la empresa tan bella, tan honda, de rescatar a España.
No puedo describir todos los hechos en los que, inmersa ya en una lucha que era prácticamente guerra sin declarar, tomó parte la Falange. Creo que lo más ejemplar sería coger alguno de entre los muchos campos en los que combatimos contra fuerzas distintas en apariencia, pero unidas por una misma dirección y un mismo propósito antiespañol. Esto lo veo ahora, cuando evoco aquellos días, ya lejanos, y se me aparecen como una película borrosa en que destacan más claramente algunas figuras.
Todos son jóvenes; muchos no están ya con nosotros. El recuerdo de los heroísmos resulta siempre ejemplar y triste.
Tres campos de batalla se nos ofrecían principalmente; a ellos fuimos sin vacilar, actuando todos en todos porque éramos muy pocos y la cizaña, que no la mies, mucha.
Estos campos eran el universitario, el social y el de las milicias, que ya formaban con fines fácilmente comprensibles, socialistas, anarquistas y comunistas.
El universitario, naturalmente, correspondió al S. E. U. El Sindicato Español Universitario en el que todos los estudiantes falangistas figurábamos encuadrados, se enfrentó con una Universidad difícil y ensoberbecida, una Universidad que había derribado a la Monarquía e implantado su ley en los altos puestos del Ministerio.
La F. U. E. era algo más que una asociación de estudiantes; era un arma política con derivaciones mucho más amplias de lo que su nombre y sus estatutos permitían.
Pero se la atacó sin cuartel. Creo que el golpe más duro fue el que se le asestó con ocasión del asalto a sus locales el 25 de enero de 1934. Días después de que cayera Baselga en Zaragoza, con dos traidores balazos en la espalda. Los camaradas de Zaragoza declararon la huelga general, la primera huelga general decretada por el S. E. U., y los de Sevilla arrasaron los locales de la F. U. E. en la Universidad. Pero nuestros contrarios de Madrid nos hostigaban de continuo. Aquello no podía continuar así, debíamos responder a las provocaciones que se nos hacían y además el cobarde atentado a Manolo Baselga hacía hervir nuestra sangre. Para tratar del asunto nos reunió Julio Ruiz de Alda, nos dimos cita para el 25 en San Carlos. Todo el mundo lo supo, la F. U. E. también, naturalmente; aquello parecía un cartel de desafío.
Ya digo que he elegido un ejemplo entre cientos, y en otras provincias tuvieron lugar muchos hechos semejantes. Además, esto no fue difícil. No, de verdad no fue difícil.
Abrimos las puertas de la Facultad y convencimos con razones, quizá poco académicas, a un bedel irascible y al decano, Dr. Covisa, que farfullaba no sé qué sobre la legalidad. Los fueístas se refugiaron en sus locales.
Se cruzaron muchos disparos; el que la gravedad y el número de heridos de la F. U. E. fuese mayor que el nuestro se debió a la suerte, o tal vez a la buena puntería, y como ellos dispararon primero, parapetados tras una ventanilla, puede considerarse, con un poco de buena voluntad, como un acto de legítima defensa.
Lo importante es que se consumó victoriosamente el asalto y que aquella tarde ganamos el respeto de la Universidad.
José Antonio puso en claro los fines y la significación de la F. U. E. en un extraordinario discurso pronunciado en las Cortes pocos días después.
El fiscal anuló el proceso de los falangistas detenidos por falta de pruebas. Sin embargo, la lucha continuaba. Poco a poco, el panorama se iba ensombreciendo.
El 9 de febrero era asesinado Matías Montero. Había dicho: «Se acabaron en mi vida los actos frívolos.» Lo enterramos al día siguiente. José Antonio pidió sobre su tumba que se nos negase el descanso hasta que supiéramos ganar para España la cosecha que sembraba su muerte.
En el campo de lo social, la lucha tomaba idénticos o quizá mayores caracteres de violencia. José Antonio había dicho que España no nos gustaba y era doloroso este amor nuestro por una Patria con cuya organización política y social no podíamos mostrarnos conformes. Un régimen de injusticia capitalista había sido sustituido por otro de anarquía social; los dirigentes políticos engrosaban sus arcas y las gentes del pueblo desfallecían por los campos y las calles en un patético y vano esfuerzo por sobrevivir. Las familias se agrupaban en torno a un pañuelo, solicitando la limosna de unos céntimos porque estaban en paro. Eran enjutos, silenciosos, y tenían los ojos enloquecidos. Otros mataban a los patronos, incendiaban las mieses, destruían las máquinas; éstos tenían enloquecida el alma.
Y en nombre de la libertad se daban mítines comunistas los domingos, se acusaba a las monjas de repartir caramelos envenenados y se hacían grandes negocios, suculentos negocios, importando un trigo que nunca habría de ser pan, favoreciendo fletes que nunca habrían de llegar al pueblo.
Quisiera ser imparcial, aunque en caso tan doloroso como éste resulte difícil serlo. La Falange vino al campo de lo social con su doctrina de unidad. Ni de derechas ni de izquierdas: patronos, técnicos y obreros unidos en un sindicalismo de tan antigua raigambre gremial española, jerarquizados en vertical. Todos al servicio de esa causa tan noble y tan olvidada, tan nauseabundamente interpretada en otras ocasiones, como es la justicia social. Para ello había que dañar muchos intereses, arremeter contra personas que se consideraban unidas a nosotros por ese término vago y blando que entonces llamaban derechas. Quedó bien establecido que la Falange no era de derechas ni de izquierdas, que el burgués estaba tan alejado de nosotros como el mismo cabecilla socialista.
El burgués cobarde, egoísta, atento a sus digestiones y olvidado del hambre de los demás, que presumía de admirador de Moscú; el burgués que obtenía una renta del esfuerzo ajeno, sin preocuparse de sus deberes, ni del abandono, ni de la transida desesperación de los que para él trabajaban. El burgués que falsificaba las elecciones para que los políticos le garantizasen sus tapujos. El burgués estaba también enfrente de nosotros.
Falange explicó claramente a los oprimidos sus derechos y sus deberes, les devolvió su dignidad. Fue la fuente de agua clara que se abre a la ciénaga con el loco y maravilloso propósito de limpiarla de impureza.
Y la locura se cumplió. De todas partes vinieron a nosotros, y nuestros Sindicatos se cuajaron de hombres en el fondo de cuyas miradas comenzaba a titilar, como una estrella que se acerca, una esperanza jamás adivinada hasta entonces.
Gentes de bien, de todas las clases sociales, nos ofrecieron su ayuda y su experiencia. La unidad social podía ser posible. También intentaron romperla por el crimen y la violencia.
¿Qué podía hacerse si Vara, jefe del grupo de panaderos de nuestra Central Obrera Nacionalsindicalista, era asesinado a traición cuando salía de nuestro centro en la Cuesta de Santo Domingo?
¿Qué podía hacerse si Cuéllar moría a manos de las turbas y su cadáver era salvajemente profanado?
¿Qué podía hacerse si en el negro telón de fondo de nuestras concentraciones aumentaba cada día el número de nuestros caídos y al lado de los estudiantes y empleados aparecían obreros y campesinos?
¿Qué podía hacerse si los jueces venales o atemorizados condenaban fuera de toda justicia a nuestros camaradas?
José Antonio habló de la dialéctica de los puños y de las pistolas y supo emplearla cuando comprendió que se había agotado toda clase de posibilidades.
A la muerte del camarada Cuéllar, la primera línea de la Falange puso el contrapunto de sus pistolas y se lanzó abiertamente a la lucha.
¿Quién de la vieja Falange no recuerda las manifestaciones, tiroteos y asaltos a centros comunistas y socialistas por toda la geografía española?
¡Cuántos y cuántos hechos podrían relatarse! ¡Cuántos episodios heroicos y desprendidos de aquellos camaradas nuestros que sentían a España y que le habían hecho previamente la oferta de sus vidas!
Buen título este de la Falange en la calle. La calle era la que había que conquistar; las gentes que paseaban sus preocupaciones, los trabajadores que ocupaban las obras, los oficinistas que acudían a sus empresas, los comerciantes que alzaban sus cierres, los estudiantes que se agolpaban a las puertas de la Universidad, los militares que iban a sus cuarteles… Todos, todos. En la calle estábamos luchando y en la calle estaba trémula, desorientada, mísera, herida y admirable, nada menos que España.
Cuando en un último esfuerzo el Gobierno del Frente Popular detuvo a José Antonio y a casi toda la Junta Política para desarticular aquella Falange cada día más poderosa, para dejarla desorientada y sin mando, también fuimos a la calle.
Era preciso demostrar que la Falange vivía su propia vida, que nada, ni siquiera la detención —o el asesinato— de su Fundador podía detenerla ya en su camino, que José Antonio mandaba estuviese o no presente. La calle de Alcalá, castiza y poblada, vio salir a nuestras escuadras en un despliegue espectacular y conseguido. Fue una fecha decisiva.
Era una gloria escuchar «Arriba España» en aquella avenida tan nuestra, tan madrileña, que nos querían arrebatar, la calle de Alcalá que se había ensombrecido de pasquines, de letreros blasfemos, de miseria y abatimiento.
Sí, había que ganar la calle, y aquel día la ganamos. Costó sangre una vez más, pero la ganamos.
Quiero terminar aquí un relato que podría ser interminable. Nunca olvidaré la imagen. La calle de Alcalá, desierta, ya ante nuestro paso se abría como un gran surco, como una promesa de cosecha. El 18 de julio de 1936 los falangistas, con todos los buenos españoles, continuaban la reconquista de España.
La Falange volvió a la calle con el corazón en paz y el vítor en los labios. Fue el 17 de julio de 1961, para conmemorar el XXV aniversario del Alzamiento Nacional. Había combatido en todos los frentes, tenía heridas de todas las metrallas. Con otoño en las sienes y juventud en el paso desfiló ante su Jefe, Francisco Franco. Su aire era alegre bajo las banderas victoriosas. Sabía que el triunfo había llegado, pero también sabía que la Revolución debía continuar.
AGUSTÍN AZNAR GERNER
