El título que damos a este apartado es deliberadamente equívoco: la mayor parte de las perfidias que se atribuyen a Franco son tontas, falaces y contradictorias entre sí. Se inventan, difunden, subrayan y perpetúan por intención deliberadamente malvada en la mayor parte de los casos y con escaso juicio en los restantes. Esas acusaciones sí son pura perfidia. Su secuencia es otro itinerario, caricatura del original.
Nos hemos ido refiriendo a ellas a lo largo del relato y ahora las recordaremos juntas en sucesión:
1.- Franco es el último que se adhiere a un Movimiento del cual luego se apoderará. Incluso su carta a Casares Quiroga es una muestra de indecisión o de doblez.
Como si no importara que estuviera ya en la reunión que fue raíz de la conspiración de Mola, se mantuviera en contacto con él y con otros, ni que muchos militares requirieran su participación en la aventura para sumarse a ella. Tampoco hace al caso, al parecer, que hasta el magnicidio de Calvo Sotelo –y aun después– tuviera razón demostrada en cuanto a la falta de suficientes apoyos militares e irritación colectiva. Y eso que bien se comprobó cuando, aun con la repercusión del asesinato obrando a su favor, el golpe fracasó y derivó en larga y cruenta guerra. Acertó en diagnóstico y momento.
2.- Decidido por el asesinato de Calvo Sotelo a sublevarse, trama inmediatamente y consigue que se ejecute el asesinato del general Balmes, tan sólo como pretexto para salir de Santa Cruz de Tenerife sin alarmar al gobierno.
Lo necesitó, lo diseñó y lo hizo ejecutar a distancia en tres días. ¡Un gran logro, aunque fuera criminal! ¡Lástima que Balmes sido elegido por él directamente para sustituir a Bosch en el sometimiento de la revolución socialista de Asturias! No era en absoluto enemigo, sino el colaborador con el que contaba y cuya tarea hubo de sustituir en Las Palmas las primeras horas[1].
3.- No muestra su voluntad de volver contra el pueblo las armas que éste le había confiado[2] sino cuando se le confirma que en Melilla y todo Marruecos lo han hecho ya primero los que serán sus subordinados.
Sin embargo, es el primer general que reacciona y hace pública su posición, lanzando un manifiesto a todos los españoles además de a todo el Ejército. No secundó a ninguno, sino al contrario. Otra cosa es que, simplemente, no tenía sentido que aterrizara en son de rebeldía en un aeropuerto todavía hostil.
4.- No cumple con el horario establecido de la conspiración. Deja abandonados durante 24 horas a los sublevados en Marruecos y ocasiona el fracaso del golpe rápido buscado y previsto.
Cuantas más fuentes se examinan acerca de los planes y consignas de alzamiento, más versiones aparecen. Franco no estaba –y no podía estarlo– al tanto de todos los planes, alteraciones, contraórdenes y retrasos. Sabía que se confiaba en él para dar el primer grito, pero creía contar con más días, mientras otros querían apresurarse. Y, al final, a unos y otros se anticiparon los sucesos imprevistos de Melilla, que obligaron a improvisar (inmediatamente sólo a los más decididos, como Yagüe, Franco y Queipo).
5.- Aun así, se convierte en responsable máximo de toda la sangre vertida en la represión de la resistencia al Alzamiento.
Todos los jefes y oficiales comprometidos se jugaban la vida en el intento. Lo cual era aún más claro porque, desde la pequeña guerra desencadenada por el PSOE en 1934, se había producido un fenómeno sorprendente: la plena amnistía de los rebeldes y la culpabilización y hasta el procesamiento de militares y guardias civiles obedientes al poder civil bajo la bandera tricolor.
Los rebeldes de 1936 debían vencer el peso de la oposición de sus jefes directos[3]. De modo que el enfrentamiento interno iba a ser fuerte y la represión dura. Franco, recién llegado con retraso, por más que no fuera culpa suya, ni podía controlarlo todo, ni aplicar por sistema la indulgencia, comenzando precisamente por su primo.
6.- Se arroga facultades de relaciones internacionales que no le corresponden, e inmediatamente se entrega a los gobiernos fascista (italiano) y nazi (alemán)[4] mediante los fascistas y nazis tetuaníes.
Franco hizo un perfecto análisis estratégico de una realidad inesperada y completamente adversa. La flota en manos de la marinería impedía por completo el paso de las decisivas tropas de Marruecos a la Península. Convenía evitar que dicha flota pudiera basarse permanentemente en Tánger y sólo se la podía contrarrestar o contornear su bloqueo con bombarderos-transportes. Los enemigos de Francia, aliada de los republicanos, eran la opción natural. Franco tomo disposiciones inmediatas (eran necesarias y cuando se dirigió a Alemania faltaba ya Sanjurjo) y obtuvo un éxito completo por despertar personalmente crédito. Por cierto: al final de la guerra no hubo pago político o militar ninguno que comprometiera la soberanía española.
7.- En la Península impulsa el avance de las fuerzas africanas hacia Madrid a sangre y fuego.
Después de consolidar una Andalucía inicialmente imposible, las tropas de África –cuyo número crecía por aire muy poco a poco– eran las únicas que podían deshacer el equilibrio en el que Mola se había detenido en el Norte. La suerte de los nacionales dependía de la profundidad y rapidez del avance de la columna extremeña y del Tajo. Franco la impulsó así, y sin duda hubo represión; entre otras cosas porque tampoco la zona por la que avanzaron había imperado precisamente una impecable legalidad republicana sino crímenes previos y sin precedente.
8.- Desaparecido Sanjurjo, su ambición incontenible le conduce a maniobrar para constituirse en dictador personal, sin limitación de poder ni de tiempo, contra los demás generales, cuyos méritos ignora. Llega a emplear a fuerzas de la Legión para coaccionar solapadamente a los miembros de la Junta.
Franco no tenía motivo para ser menos ambicioso que ningún otro aspirante al mando único. Y mostraba bazas muy superiores de todo género. Políticamente se situaba en un término medio entre los generales conspiradores monárquicos y los republicanos Queipo, Cabanellas y Mola. Y al final salió mediante el voto de aquellos generales como mejor opción. Desde luego, se opuso a recibir un mando supervisado por una Junta y sólo lo aceptó sin cortapisas ni plazo. Yagüe y Millán Astray estuvieron fuera del barracón y no había fuerzas intimidatorias presentes. En realidad, ya antes era el líder cantado, sin alternativa real.
9.- Decide la liberación del irrelevante Alcázar de Toledo por exclusivo interés personal, aunque hay discordancias en las causas alegadas:
– ya fuera para ganar puntos propagandísticos con vistas a su elección como Generalísimo;
– ya fuera por incompetencia profesional, olvidando apresurarse hacia Madrid;
– ya fuera por cálculo retorcido de prolongar la guerra lo suficiente para consolidar su poder en su bando y deprimir por largas décadas la oposición de los vencidos.
Liberar el Alcázar a punto de sucumbir era punto de honor y victoria moral realizable en pocos días, que protegía el flanco derecho del avance a Madrid de una concentración peligrosa. El retraso no fue mucho mayor del que hubiera exigido el descanso y reorganización de las columnas. El avance a ritmo regular sobre Madrid entraba en lo meramente hipotético, y mucho menos sin problemas, cuando la resistencia ya encontrada era creciente y con fuertes contrataques. La crítica no se dirige tanto a la conveniencia militar concreta de la decisión, sino a sus pretendidos fines y consecuencias políticas. Lo demuestra que no se haya criticado el desvío de una masa de unidades proporcionalmente importante para liberar Oviedo. Y sorprende que cuanto más ‘republicano’ sea el crítico, censure con más ahínco ese ‘error’, en vez de congratularse de haber hecho posible la única victoria republicana: Madrid.
10.- Aunque es cierto que colaboró en los intentos de salvar a José Antonio ¡no hizo todo lo que pudo! En el fondo le venía bien que desapareciera.
Los críticos sabrán todo lo que se podía, ¿de verdad y en la realidad?
Sí parece claro que entienden que Primo de Rivera, en la hipótesis de su llegada a zona nacional, se habría comportado como un político partidista que entorpeciera la unidad del bando nacional, baza fundamental para alcanzar la superioridad.
Incluso algunos falangistas, para denostar a Franco, no dudan en oscurecer de ese modo la hipotética conducta de José Antonio, que se supone incluso más obstaculizadora que la mantenida por los carlistas, que tenían más fuerzas iniciales y motivos.
11.- Fracasa en el asalto a Madrid y se obsesiona con su conquista cinco largos meses de repetidos avances parciales, pero fracasos, al fin y al cabo. Obsesión que vuelve a demostrar pocas luces. O sabio cálculo en prolongar la guerra favoreciendo su afincamiento en el poder.
La detención ante Madrid se intentó superar desbordándolo por ambos flancos y de revés, antes de desistir. En el frente del Centro el Ejército Popular se fue convirtiendo en un enemigo poderoso. Pese a ello, Franco mantuvo la iniciativa y levantó a su vez un ejército que ya no dependiera de las tropas africanas. Lo cual llevó su tiempo… Y el enemigo también jugaba. Con tal de desmerecer a Franco se minusvalora el esfuerzo de sus enemigos.
12.- Su ambición le lleva a colocar bajo su control de Generalísimo los dos partidos que movilizaban los mayores contingentes armados de voluntarios. Se encumbra así políticamente, elimina oposiciones y crea un aparato de culto a la personalidad.
La Unificación fue un mal para los partidos Falange Española de las JONS y Comunión Tradicionalista, o más bien para sus cúpulas ideologizadas, no así para sus combatientes recién afiliados. Para el interés nacional (ya sea de España o de los ‘nacionales’) fue un bien, acogido sin resistencia para garantizar la unidad de esfuerzos en pro de la victoria.
Y Franco consiguió esta operación sin derramamiento de sangre. La comparación con los Sucesos de Mayo de la zona republicana resulta elocuente sin más palabras.
Por otra parte, el ‘partido único’ nunca fue el dueño del Estado, sino servidor del mismo.
13.- Se manifiesta inferior en ciencia militar a Rojo, a cuyas ofensivas de distracción acude, perdiendo tiempo estratégico (o, repitamos, ganándolo para su ambicioso interés de consolidarse y perpetuarse aumentando la huella de dolor y sangre).
Desde abril de 1937 el objetivo republicano es el mismo, repetido en muy distintos lugares: atraer la atención del Ejército de Franco para ganar tiempo y salvar el frente por él atacado en ese momento. Sólo lo consiguieron en Brunete, Teruel y el Ebro (batallas donde quedó claramente destruida su capacidad operativa por un tiempo), pero no en Belchite ni Peñarroya, por no citar ya intentos menores como La Granja, Huesca o la ‘batalla olvidada’ del alto Tajuña (que ha sido tal con perfecto criterio).
Franco tenía muy buena comprensión de las posibilidades propias, percepción de la cual carecía Rojo, cuyos primorosos planes reclamaban un instrumento de ejecución a la altura, con el cual no contaba.
La gran victoria de Franco fue culminar la liberación del Norte, luego el avance por Aragón hasta el Mediterráneo y, por último, la liberación de Cataluña; en ellas demostró su libertad de maniobra. Por lo demás se mostró prudente: ya fuera en acudir a castigar el ejército de maniobra enemigo donde hizo acto de presencia desafiante y masiva, ya fuera en no provocar a Francia con un avance hasta Barcelona, cuando el gobierno galo era propenso a interpretarlo como una amenaza repentina en el Pirineo (de ahí la campaña del Maestrazgo, incorrecta desde el punto de vista meramente militar, prudentemente plegado al diplomático superior).
En resumen: existen defectos personales y errores políticos en la dictadura de Franco, pero no las terribles perfidias pretendidas.
[1] Este infundio ha sido relanzado a bombo y platillo por Ángel Viñas en polémica con Moisés Domínguez Núñez. Sin embargo, el historiador canario y antifranquista Ramiro Rivas García afirma sin vacilar que no hay el más mínimo indicio fiable acerca de que su muerte constituyera un asesinato urdido por Franco. No sólo era de derechas y trataba a Orgaz, sino que había sido maltratado por el gobierno republicano y los nacionales le consideraron siempre ‘uno de los suyos’. En 2018 no dudó en escribir:
“A lo largo de toda su obra [no se refiere a la posterior El primer asesinato de Franco, de 2022], el profesor Viñas –reiteramos– no presenta pruebas, y los indicios en que se apoya son muy endebles. En el mejor de los casos, siempre se quedan en meras conjeturas. Su relato está plagado de especulaciones, algunas de ellas absurdas, otras faltas de lógica. En ocasiones, Viñas está mal informado. Además, semejantes conjeturas y sus pretendidas ‘demostraciones’ están basadas en un uso poco cuidadoso de las referencias, que aparecen mal citadas o que simplemente no existen” (…Y Franco salió de Tenerife, pp. 269-270).
[2] Muchas veces repetido este argumento como descalificador definitivo de los alzados, nunca lo he visto empleado contra los Guardias de Asalto que recibieron del pueblo sus armas y medios, para proteger los derechos de los ciudadanos y no para secuestrar a un jefe de la oposición so capa de falsa orden de detención, asesinarlo a sangre fría, abandonar su cadáver y negar los hechos. De polvos como ése y de muchos abusos anteriores vinieron los lodos del Alzamiento y Guerra.
[3] Resulta curioso que en Melilla la cabeza de la conspiración fuera un militar retirado: Seguí. En el ‘unánime’ Marruecos se posicionaron contra el Alzamiento dos de los tres generales existentes (el tercero estaba ausente); junto con ellos se opusieron el Alto Comisario, los jefes de dos aeródromos, el inspector del Tercio y dos de los cinco jefes de grupos de Regulares. El Jefe del Estado Mayor de las tropas de ocupación se negó a adherirse hasta la comparecencia personal de Franco y uno de los jefes de las dos legiones del Tercio estuvo preso inicialmente por desafecto. La rebeldía era secundada masivamente sólo en escalones más bajos y jóvenes.
[4] Siendo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas el primer régimen de partido único del siglo XX, nunca se sustituye el apelativo de su estado por el del partido imperante: hablar de diplomáticos, militares y barcos bolcheviques o comunistas serían el correcto uso simétrico del lenguaje. Se trata de una asimetría que salvar en cualquiera de los sentidos: se debería adjetivar según la procedencia nacional o el partido gobernante en todos los casos.
