FALANGE Española de las J. O. N. S. no podía estarse quieta. ¡Si su Jefe, Señor, había decidido que fuese un Movimiento y se había abierto a los vientos de España como una rosa estrellada de treinta y dos puntas agudas! Su propaganda era precisamente esa vitalidad, esa vivacidad dinámica que inquietaba cada día aun Gobierno estólido que pretendía desanimar y enfriar con toda una gama variadísima de chinchorrerías a la ardorosa juventud alineada en sus escuadras. Ni chinchorrerías ni tiros por la espalda podían desviar de su camino a la Falange.
El 14 de abril tocó «la china» a la Falange de Sevilla. Esta Falange sevillana que supo muy pronto del olor de la pólvora y el sabor de la sangre, se había fundado por Sancho Dávila, pariente e íntimo de José Antonio. Desde el 12 de febrero, en que se autorizó su apertura, disponía de un Centro que, como todos los nuestros, era hogar y cuartel, claustro y tertulia, oficina y hospitalillo de urgencia para chichones y contusiones leves. Un gran emblema, un tintero, un frasco de árnica y cuatro sillas eran poco más o menos el ajuar de que disponía el Centro de Falange en Madrid, en Sevilla, en Cáceres, en Vigo, o en Barcelona. Una excepción era el de Toledo, instalado por Pepe Sainz con toda desenvoltura en su oficina del Patronato del Turismo, en la misma plaza de Zocodover, sobre el Arco de la Sangre, y cuyos balcones aparecían decorados con unas flechas enormes. La apertura del Centro en Sevilla fue un acontecimiento, y el valor de los falangistas plantando en sus balcones de la Avenida de la Libertad nuestras flechas, tan grandes como las de Toledo, animó a muchos reacios a pedir el alta en nuestras filas. Desde el día de la apertura al 14 de abril, los afiliados de la capital andaluza aumentaron de 150 a 1.500.
Por los pueblos de la provincia se hacía intensa propaganda, y la doctrina salvadora de José Antonio corría como un novillo bravo por los campos bellísimos, con un ceceo gracioso. Tres camaradas impetuosos y decididos -Sancho, Miranda y Ruiz Arenado-, con sus falanges de estudiantes y obreros, la hacían como quería José Antonio, «con la ejemplaridad de su conducta». El Centro, «desde el día de su apertura, fue pasto de toda la expectación sevillana». Y al paso que su vida se vigorizaba y manifestaba, crecía el odio de unos y la malquerencia solapada de otros; odio y malquerencia que se mantenían, es verdad, inéditos, pues jamás se tradujeron, no ya en ataques o en agravios, sino ni siquiera en una proximidad que el más riguroso protocolista pudiera calificar de irrespetuosa».
«El rumor y el comentario, sin embargo, crecían, y el 14 de abril se aproximaba. El desfile militar que para tal fecha se había ordenado, debía discurrir precisamente ante los balcones de nuestro Centro. Por mentideros y tertulias se formulaban los juicios más contradictorios sobre nuestra probable actitud; se concertaban apuestas sobre si engalanaríamos o no; se susurraba también, por algún recinto, sobre la posibilidad de aprovechar aquella coyuntura para intentar un asalto…»
«El 10 de abril convoqué ( Todo lo entrecomillado pertenece a la Historia de la Falange de Sevilla, de Sancho Dávila y Pemartín.) a la Junta Directiva para, entre otros asuntos, tomar acuerdos en relación con el próximo desfile. Nuestro camarada Antonio Suero Rodríguez me transmitió el ambiente de expectación y los indicios de que podría ser utilizado para intentar una agresión impune, con numerosos datos que le proporcionaba su inseparable José Caraballo Reina» (Uno de los camaradas más antiguos de la Falange sevillana, Teniente de la Guardia Civil.).
«Resumimos la situación de esta manera: ya que íbamos a ser tan observados y vigilados, debíamos con nuestros actos ofrecer una sencilla pero clara demostración de nuestras convicciones; por tanto, nada que pudiese significar adhesión o acatamiento de un régimen que constantemente se manifestaba tan francamente antinacional, pero tampoco una inhibición absoluta que pudiera interpretarse por achicamiento o por frialdad hacia los soldados que desfilarían por delante de nosotros. Así que mantendríamos exteriormente la compostura y ritmo habitual, y sólo en los momentos del desfile gritaríamos en dos vítores nuestro amor a España y la adhesión fervorosa hacia su primera institución: el Ejército.»
»Ya decidido, se cursaron las órdenes oportunas para que el 14 de abril concurrieran al Centro buen número de afiliados, y se decidieron interiores medidas de precaución.»
«El 14 de abril amaneció sevillano. Alrededor de las diez y media salí de mi casa para ir al Centro, y ya encontré por las calles, sobre todo por la Avenida de la Libertad, animación extraordinaria. Por la Avenida comprobé grupitos y grupos que ya tomaban posiciones para ver el desfile y sus consecuencias. Por la composición, atuendo y actitud de algunos de ellos, principalmente en las proximidades del Centro, vi claramente que tales posiciones, más que visuales, eran literalmente estratégicas…»
«Al llegar a nuestro domicilio encuentro ya en él a numerosos afiliados. Las órdenes de precaución, todas cumplidas. La primera escuadra, destinada a despejar el callejón de acceso a nuestra puerta, al mando de nuestro valeroso camarada Paco el Legionario, toda en su puesto… Me alegro, porque por minutos los grupos aumentan, y en algunos balcones cercanos aparecen y desaparecen en nerviosa velocidad elementos en realidad ya nada sospechosos. A las horas en que suenan los clarines estamos en el local unos ciento cincuenta camaradas, pocos menos de los convocados. Nuestros balcones y las azoteas se pueblan de falangistas que aplauden con todo entusiasmo a la sección de la Guardia Civil, que viene en cabeza. Después pasa la Infantería española. En ese momento Martín Ruiz Arenado grita con su voz de capitán: «¡Arriba España!», y segundos después repite: «¡Viva el Ejército!» Gritos que son contestados unánimemente por todos nuestros camaradas al tiempo que saludan con el brazo en alto. Ni un grito más, ni ninguna otra manifestación. Después de nuestros vítores hay un estrecho intervalo de silencio, cortado de pronto por la gritería que se levanta de los grupos que hay frente a nosotros: «¡Muera el Fascismo! ¡Muera el Fascio! ¡Viva la República!» Se inician las carreras y algunos grupos se unen, se concentran y parece que se aproximan. Gritando mucho, muy descompuestos de ademanes, avanzando muy lentamente, pero se aproximan. Nos invade la engañosa ilusión de que van a decidirse y van a presentar refriega. Ya han llegado algunas piedras y ya se ha roto algún cristal. Inicio el descenso, y Paco el Legionario, con los suyos, sale a despejar. Pero a la sola presencia de los primeros escuadristas se evapora el avance. No solamente el callejón, sino toda la Avenida en las proximidades del Centro queda totalmente limpia de personas; y sólo en los balcones vecinos y en el borde de la multitud lejana persisten los improperios y los mueras. Cuando creíamos que el asunto terminaría con un paternal despeje de los guardias municipales, hacen repentina y velocísima irrupción en el espacio desierto las camionetas de los de Asalto, y tras ellas, extraña previsión, varios coches celulares. Nada menos que el comandante jefe de todas las fuerzas de Seguridad, dirige el servicio. Como llega tan de repente, se tropieza casi con Paco el Legionario, que aún permanecía en el zaguán y no tuvo tiempo de ocultar su pistola. He llegado a aquel sitio en estos momentos y me percato de la situación: por lo menos cuatro años por tenencia de armas. Cruzo una seña con algunos camaradas y organizamos la confusión precisa para que el Legionario pueda desasirse de sus aprehensores y vuele escaleras arriba. Allí, en un minuto, despoja de las gafas a uno del S. E. U., estupefacto; del sombrero al más próximo que lo posea…, y queda convertido en el más inofensivo y cándido de nuestros simpatizantes… Pero entretanto la situación se está haciendo intolerable. Los de Asalto han acordonado nuestro local, no a mucha distancia, y tras ellos hay una fila de guardias montados. La gentuza, ahora valiente, se aproxima de nuevo entre las grupas de los caballos, arrecia en sus denuestos y en las pedradas. Yo increpo al comandante: «Ya que usted no quiere despejar, saldremos y nos entenderemos con esos que nos insultan…» El comandante me contesta: «Saldrán ustedes, pero para ir conducidos a la cárcel.» Y, efectivamente, cursa órdenes perentorias para que sus subordinados procedan rápidamente a la detención de todos los que se encuentren en el Centro. Comprendo que la autoridad gubernativa había decidido, como los que vociferaban enfrente, aprovechar el desfile, y paso con los camaradas a los coches celulares. Avanzan éstos veloces, dejando la estela consiguiente de los puños en alto y de tumulto, y, con el intermedio de unas horas de Comisaría para los necios interrogatorios de costumbre, nos llevan camino de la cárcel. Al desembocar en la calle de Alfonso XII un grupo, esta vez adicto, con una mayoría femenina y familiar de los conducidos, prorrumpe en aplausos y vivas a España, y esta vez el grupo es disuelto violentamente bajo las coléricas órdenes del comandante. En el mismo momento en que entramos en la cárcel pasa por delante de ella el Cónsul de Italia, que nos reconoce y nos saluda a la romana. Yo le contesto y recibo el empellón de un guardia. Varios de éstos se lanzan a maltratar o detener al Cónsul, pero hay tiempo de que yo en voz alta lo identifique; y los celosos antifascistas tornan malhumorados y murmurantes…»
«Mientras en el rastrillo de la cárcel nos someten a los requisitos de admisión me llegan las últimas noticias: entre los numerosos cacheos y el escrupuloso registro de nuestro local, los guardias y la Policía han encontrado tres pistolas, una de ellas inservible, y cinco porras.»
«Cuando salió detenido el último falangista, un valiente, apoyándose en la vigilancia oficial que mantenía el acordonamiento, escaló los balcones de nuestro Centro y comenzó a arrancar el emblema y las iniciales. A la mitad de su tarea creyó descubrir tras los cristales cerrados sombras temerosas, y con la agilidad del terror ganó un balcón más abajo, desde donde trató de azuzar a la multitud y a los guardias regocijados contra los «pistoleros fascistas que aún quedaban dentro…» Mientras el escalador arrancaba nuestro emblema, un viejecito en la acera de enfrente, sin ocuparse de quienes le rodeaban, gritaba, llorando: «De oro, de oro las vais a poner más pronto de lo que pensáis.»
«Al día siguiente el Gobernador, al recibir a los periodistas y hablarles de la brillantez con que se había celebrado el tercer aniversario de la República, dijo, entre otras cosas: «Únicamente tengo que dolerme del incidente promovido por jóvenes de Falange Española, desde su domicilio social. Es de lamentar que cuando en Sevilla se ha logrado apaciguar las luchas, contribuyendo a ello la sensatez de las masas obreras, que están dando hoy ejemplo de cordura, sean unos cuantos señoritos desocupados los que se propongan con su actuación convertir nuevamente a la capital en un foco de perturbación, pero me interesa hacer público que mientras yo esté en este Gobierno Civil esos elementos no perturbarán la ciudad. Por de pronto, he ordenado la clausura del local, y propondré que esta clausura sea definitiva, por tratarse de un Centro dispuesto a alterar el orden sistemáticamente. También he dado orden de que se proceda a la detención de la Junta Directiva, a la cual impondré la máxima sanción a que me autoriza la ley de Orden público. Vuelvo a repetir lo que dije a la manifestación que llegó a este Gobierno Civil, de que no admito lecciones de republicanismo, que hay en Sevilla un Gobernador republicano y dispuesto por todos los medios a que la ciudad recobre su paz de siempre y no consentir que sean unos señoritos los que pretendan reanudar la vida azarosa que ha padecido esta capital.»
Falange Española respondió duramente en la Prensa defendiéndose de las falsas acusaciones del Gobernador (Llamado Álvaro Díaz-Quiñones, «señorito- asturiano, rico por su casa, tránsfuga de varios partidos políticos y asentado al fin en el radical-socialista para hacer carrera política. Carrera que se le frustró, en parte, por esa su acertada y digna actuación en Sevilla. Era abogado con muy pocos pleitos en Madrid, aficionado a la buena vida, campechano y no mala persona. El pobre hombre, -pequeño burgués y pequeño «beligerante contra el fascismo-, no pudo resistir después la competencia del «señorito» Casares Quiroga. La «cordura de la masa obrera» casi le arruinó en la revolución de octubre del 34 -¡oh sus minas!, ¡oh sus pomaradas!- y le olvidó en la del 36, en que vagaba como un fantasma por Barcelona, sin encontrar un destinito en el extranjero ni decidirse a coger un fusil para combatir a los “fascistas” que tanto odiaba. En resumen, un personaje de tragedia grotesca de los muchos alumbrados por la República de trabajadores de todas clases, en una de las cuales figuraba.) y rebatiendo con toda dignidad sus injurias. Le emplazaba a demostrar que eran unos «señoritos desocupados» y despreciaba olímpicamente sus amenazas. El día 9 se puso en libertad a los detenidos, condenándoles a multas que unánimemente se negaron a pagar. Después de mil gestiones para lograr la reapertura del Centro -José Antonio lo intentó con todas las llamadas autoridades de la época: Director de Seguridad, Subsecretarios y Ministros de la Gobernación y Presidentes del Consejo-, y varios incidentes ruidosos, procesos y toda clase de historias, se logró su reapertura, ¡a los cuatrocientos cuarenta y dos días!, siendo Ministro de la Gobernación Portela Valladares. Todos los detalles de tan largo asunto están contados garbosamente en el libro tantas veces citado de Pemartín y Dávila, al que me remito. José Antonio felicitó a la Falange de Sevilla y se frotaba las manos de gusto. Aquel incidente estrepitoso era la mejor y la más barata propaganda de F.E. de las J.O.N.S. en Andalucía. Ni los marxistas habían corrido su pólvora ni los nuestros su sangre; pero sí habían demostrado en todo momento la gallardía requerida, el valor, la camaradería y la alegría. Andalucía entera repetía las frases de la réplica al Gobernador -que dos meses más tarde era sustituido por otro de la misma cuerda- con su proverbial zumba. F. E. estaba suspendido también, y no se pudo comentar el acto ni publicar la fotografía del momento inicial del suceso, en que aparecen -en cuatro pisos- dos miradores, seis terrazas y dos azoteas llenas de falangistas brazo en alto, y al fondo, la esbeltez insuperable de la Giralda, que también parece otro brazo gigantesco alzado al cielo para saludar al azul de la mañana radiante.
Contra su deseo de ir a Sevilla a felicitar a los camaradas, José Antonio se contentó con escribirles el 28 de abril -no había de ser la única carta que dirigiera a la magnífica Falange sevillana- estas letras que Sancho y sus camaradas apreciaron más que la libertad y más que todo, pues les compensaba con su sencillez de todas las amarguras: «Querido Sancho: Recibo tu carta y la fotografía, que se publicará en cuanto vuelva a aparecer F.E. Han vuelto a suspendérnoslo tan pronto como declararon el estado de alarma. Nos tienen fritos: casi todos los Centros cerrados; casi todos los Estatutos detenidos, y mientras tanto, el Ministro sonriente cuando va uno a él con sus protestas. Pero nada podrá contra gentes del espíritu que mostráis los de Sevilla, y a su cabeza, tú, modelo irreprochable de militantes y jefes. Saluda a todos y recibe un fuerte abrazo. José Antonio.»
No podía ir, pues tenía que multiplicarse. Aunque Falange Española de las J. O. N. S. carecía todavía de Jefe Nacional por el sistema triunvirista, las provincias donde ya la Falange andaba con paso firme o aquellas donde era menester crearla reclamaban la presencia majestuosa de José Antonio. Su presencia y su voz encendían fogaratas en los corazones juveniles. Sus consejos, sus ironías centelleantes, su valor personal impresionaban a los jóvenes como no sé de nadie. Irradiaba de su frente ancha y despejadísima -profundas entradas anunciadoras de calvicie prematura- un halo glorioso. Verle era presentir la fe. Oírle, sentirla en las entrañas. Seguirle -lo que sucedía en seguida de verle y oírle, si no se tenía el alma corrompida por la chabacanería y la estolidez del ambiente- era ofrendarle alegremente la vida en servicio de la España que él quería. Por todo eso le reclamaban las Falanges de todas partes. Por eso no pudo ir a Sevilla a abrazar a los camaradas presos por vitorear a España. Tenía que estar en Madrid y en Santander, en San Sebastián y en Bilbao. Aquellos días anduvo por el Norte a fundar la falange donostiarra -la de los gloriosos Manuel Carrión, José Manuel Aizpurúa y los hermanos Iturrino-; a visitar la incipiente Organización bilbaína, creada en medio del bramar iracundo del muera España de los azkatutos. En este viaje a Bilbao le acompañaban dos hombres de su confianza: Chichi Illera (que ha muerto de oficial de Regulares) (Hermano de Manolo Illera, Consejero Nacional de F. E. de las J. O. N. S.) y otro camarada de Santander. Con ellos y con los triunviros provinciales visitó las oficinas de la Organización y pasó revista a las milicias mandadas por Florencio Milicua, milicias que apenas formaban una centuria. Dirigió a los escasos escuadristas unas palabras magníficas, explicándoles el sentido de la Sagrada Hermandad de la Falange:
«Los camaradas -dijo- deben ser como hermanos; deben saber no sólo dónde viven, sino que deben conocer hasta el color del pelo de sus novias.»
Estos datos figuran en un artículo publicado en El Correo Español del 8 de noviembre de 1938 por Wenceslao Piqueras, en el que también se cuenta lo siguiente:
«Entre las personas que estuvieron a visitarle figuraba una distinguida dama, que le dijo: “Es una lástima que ustedes no se declaren monárquicos, pues me gusta el espíritu de la Falange. Si lo hicieran, me inscribiría en ella.” »A lo que contestó José Antonio: “Si volvieran Fernando e Isabel, en este mismo momento me declaraba monárquico” (La réplica de José Antonio era siempre prodigiosamente vivaz y oportuna.). »
Después de comer le llevamos a tomar café al Adrada, y luego le acompañamos en coche hasta cerca de Laredo, pues se dirigía a Santander. Por cierto que en el camino tropezamos con un entierro, y como Felipe Sanz estaba herido de un balazo en la rodilla y la conversación girase en torno al incidente, pues le habían alcanzado los marxistas cuando colocaba unos pasquines en la Gran Vía, José Antonio aprovechó la ocasión para relatarnos con aquel gracejo andaluz ( Es muy frecuente hablar del gracejo «andaluz» de José Antonio, que había nacido en Madrid, y si por la rama paterna tenía sangre jerezana, por la materna pertenecía a la Castilla que tanto amaba.) el cuento de la viuda a la que van a consolar unos amigos, a la que tan bien consuelan que todos salen bailando. »
Os he contado este cuento -decía el Jefe- para señalaros el poco miedo a la muerte que ha de tenerse en la Falange, pues morir por ella y por España es tal honor que más bien es para bailar que para llorar.»
