José Luis de Arrese anunció en el discurso pronunciado en Valladolid (4 de marzo de 1956), tras los incidentes del mes de febrero, su programa inmediato. Fue un error de táctica. Tenía aún sin resolver la consolidación del nuevo equipo de la Secretaría General del Movimiento. Con alguna antelación a todos aquellos acontecimientos le había enviado yo una carta al Caudillo mostrándole mi preocupación por algunas cuestiones y, en particular, por la lentitud con que venía ejecutándose el proceso institucionalizador del régimen. Terminado el cerco diplomático y superadas las etapas iniciales de dificultad, ese momento era, naturalmente, cuestión que no podía demorarse. Me extrañó que alguna de las cuestiones abordadas en el discurso de José Luis de Arrese coincidieran tan milimétricamente con mis observaciones al Jefe del Estado.
El ministro secretario general del Movimiento hizo un discurso brillante, cuya tesis, como un retablo de ejecución para el porvenir inmediato, residía en tres puntos: institucionalización, paso a la juventud y ganar la calle. Creo que la calle estaba ganada por Franco y que las «familias)) convergentes en el Movimiento Nacional empezaban a moverse en una acción radial que era exactamente lo contrario de lo que solicitaba Arrese. Unos y otros, dirigidos como he dicho por disciplinas ajenas a la de la Jefatura Nacional, buscaban incluso en el exterior la conexión con el exilio, pensando en que envejecía lentamente. Por el contrario, los falangistas estaban en la órbita del poder reclamados por la Jefatura Nacional o por los personajillos de turno o vivían a su aire, inmersos en unas fórmulas de encuadramiento obsoletas, a todas luces inoperantes, pero obedeciendo las órdenes que emanaban del poder, aunque el poder no estuviese protegido por la autenticidad falangista necesaria. Este hecho se acusaría después de a crisis de 1957. Pues bien, Arrese puso las cartas boca arriba en Valladolid y a Franco no debió disgustarle el hecho. La Falange cobró en aquellos momentos de 1956 una singular actividad que se pondría de manifiesto en el viaje del Generalísimo por Andalucía. En un memorable discurso, el Caudillo se mostró vehemente: definió el Movimiento como democracia orgánica a la que el espíritu falangista daría su savia y su sangre. Hubo un momento de especial interés: «Somos, de hecho, una monarquía sin realeza. No somos una provisionalidad: el Movimiento encarna a la nación: la Falange puede vivir sin la monarquía; lo que no podría vivir sería ninguna monarquía sin la Falange…»
Sin embargo, aquella voluntad fue anegada por muchas corrientes contrarias, empezando por las que nacían en los propios manantiales de la Falange. La «tercera fuerza» a la que había aludido, como he dicho en uno de estos recuerdos, Raimundo Fernández Cuesta, en el Congreso Nacional de Falange Española, se puso en marcha de forma sinuosa, pero operante. Más allá de los Pirineos, los vencidos conectaban, por su parte, con grupos y organizaciones que en España funcionaban con absoluta normalidad. Esto es: en 1936 todas las familias políticas encontraron en la Falange el punto de apoyo para escalar el poder; veinte años más tarde esas mismas fuerzas miraban a la tecnocracia naciente como el nuevo sistema de supervivencia. Falange Española tampoco era, como digo y diré cuantas veces sea necesario, un ejemplo de coherencia… El proyecto Arrese fue como un castillo de fuegos artificiales que se abrasaría en unos meses. El discurso pronunciado por Franco en Sevilla tuvo todavía dos nuevas expresiones: el 17 de julio, ante el Consejo Nacional del Movimiento, y el 7 de octubre, al inaugurar uno de los pueblos del Plan Badajoz: Valdelacalzada. ¡Todo muy bien! Pero Arrese se equivocó, a mi ver, en dos cuestiones: no haber provocado la crisis a tiempo y adelantar el proyecto de reforma a ese hecho, que debió ser inicial. En febrero de 1956 habían cesado dos ministros, Raimundo Fernández Cuesta, en Secretaría General, y Joaquín Ruiz-Giménez, en Educación Nacional… Fue una faena de aliño ante los sucesos estudiantiles. Pero la crisis seguía latente. Preparar la reforma del sistema desde Alcalá, 44 en estas circunstancias era una ingenuidad. Lo que ocurre es que como en toda operación hay que buscar un chivo expiatorio, en cierto modo la subida de salarios que afrontaba el Ministerio de Trabajo en aquellos momentos fue un buen pretexto para que otras fuerzas plantearan en 1957 la «contrarreforma» de Arrese… De la crisis del 57 podrán escribirse hasta tratados de ciencia política. Yo no voy a discutir eso. De lo que sí estoy seguro es de que en aquellos momentos, el más lerdo pudo predecirla a un golpe de vista. En los primeros días de enero de 1957, al salir de un Consejo, Franco me pidió que me quedase.
— Girón, voy a hacer un reajuste profundo del gobierno y tendré que prescindir de usted.
— Gracias, mi general.
— Le ruego que no diga una sola palabra hasta que tenga más perfilada la solución de la crisis. Hasta ese momento, todo seguirá igual.
Me recluí en Trabajo y me dediqué de forma tranquila y sin dar muestras de emoción alguna a resolver asuntos pendientes para dejar libre el camino a quien me sucediera. La crisis fue, naturalmente, un zambombazo, que José Luis de Arrese, proponiéndoselo o sin proponérselo, complicó bastante. Se corrió la noticia de que había abandonado la Secretaría General y se había refugiado en su casa solariega de Corrella, Navarra. En Madrid, el vicesecretario general del Movimiento, Diego Salas Pombo, se reunió con la primera línea del SEU. Los jóvenes universitarios falangistas desbordaron, razonablemente, todos los límites de la disciplina, cayendo en una especie de santa ira, frente a la bondadosa figura de Salas Pombo. Desde el SEU se trasladó a la sede de la Secretaría. Allí le esperaban los delegados del Frente de Juventudes de todos los distritos de Madrid, muchachos entre los veintiuno y veinticinco años, nacidos, formados y crecidos en las filas falangistas. Con ellos, los jefes de centuria más caracterizados. Hace años que tengo amplios relatos de lo que allí sucedió. Cuando Diego Salas Pombo inició el diálogo, dijo, muy inoportunamente, por cierto:
— ¡Camaradas…, vengo de que jueguen conmigo en el SEU al pim-pam-pum! Del grupo que formaba la numerosa audiencia, salió una voz:
— ¿Y por qué has dejado que jueguen contigo? ¿O es que estás jugando tú con nosotros?
En realidad, los mandos del Frente de Juventudes lo que querían era saber qué pasaba con el ministro. Salas Pombo trató de calmarlos de nuevo.
— El ministro no quiere que por su culpa se derrame una sola gota de sangre.
En ese momento, un muchacho delgado, y en aquel momento furioso, le dijo:
— ¡Ah! ¿Es que ahora os preocupa la sangre? Pues dile al ministro que en España se han vertido metros cúbicos y no gotas…
Aquello terminó como el rosario de la aurora. La tarde siguiente el Frente de Juventudes, ya al margen de la disciplina, organizó una manifestación en la plaza de Salamanca, para llegar a la casa de José Luis de Arrese. Fuerzas de la policía armada intentaron disolver a estacazos a los concentrados, pero los jefes de los distritos de Madrid se responsabilizaron de la concentración y fueron conducidos a la Dirección General de Seguridad, donde permanecieron detenidos a lo largo de la noche. Por la mañana se personó en la Puerta del Sol el delegado nacional de la organización, Jesús López Cancio, que había sustituido a José Antonio Elola en noviembre de 1955. Los jóvenes falangistas fueron saliendo a la calle. Uno de ellos se encaró con el delegado nacional y le sacudió dos castañazos.
Hasta mi despacho llegaban informaciones de toda índole, pero ni a los más íntimos iba a revelarles, como es lógico, aquello que el Jefe del Estado me había confiado a mí. Eso explica las distintas versiones que se han dado de mi cese. Por fin, la crisis se produjo. Lo más sorprendente de todo —lo más sorprendente para los que no estaban en algunos secretos— fue que José Luis de Arrese había aceptado la cartera de Vivienda, creada para él, que había sido el promotor de aquella efusión de entusiasmos y desengaños. José Solís Ruiz se hacía cargo de la Secretaría General del Movimiento. Nunca había sido falangista y creo que se murió —Dios le tenga en su gloria— sin saber con exactitud qué era la Falange. Todos los falangistas supieron sin embargo desde el primer instante que con Solís llegaba para la Falange Española la etapa más triste y oscura. Pasado algún tiempo, Franco lo definió, como creo haber dicho ya, con una frase rigurosamente exacta: «Luz en la calle y la casa a oscuras.» Para Trabajo fue designado Fermín Sanz Orrio, antiguo delegado nacional de Sindicatos. Solís mantenía como ministro la Delegación Nacional de Sindicatos. En una de sus primeras reuniones les dijo a sus colaboradores:
— Hasta ahora, de cada cien cosas que pedíamos, noventa y seis eran imposibles. De ahora en adelante será al revés: de cada cien cosas que solicitemos, sólo cuatro serán imposibles.
La toma de posesión en el Ministerio de Trabajo de Fermín Sanz Orrio fue tensa y estuvo a punto de ser violenta. Del mismo modo a como la joven Falange se revolvió en la Secretaría General, la Falange madura no aceptaba mi marcha. Hubo panfletos, reuniones y situaciones ciertamente delicadas. De todo ello me mantuve al margen. Para mí estaba bien claro que el mando me había encomendado una tarea y que yo la había cumplido. En el acto de toma de posesión pronuncié un discurso que los periódicos jamás publicarían y que ahora, al cabo de los años y como homenaje a cuantos colaboraron conmigo, camaradas o amigos, vivos o muertos, quiero dedicar con la serenidad de mi «alta cronología» y no digo de mi falta de pasión, porque el ideario joseantoniano es para mí —presente de indicativo— norma de conducta, santo y seña hasta que el Señor quiera cerrar mis ojos.
He aquí aquel texto:
La toma de posesión en el Ministerio de Trabajo de Fermín Sanz Orrio fue tensa y estuvo a punto de ser violenta. Del mismo modo a como la joven Falange se revolvió en la Secretaría General, la Falange madura no aceptaba mi marcha. Hubo panfletos, reuniones y situaciones ciertamente delicadas. De todo ello me mantuve al margen. Para mí estaba bien claro que el mando me había encomendado una tarea y que yo la había cumplido. En el acto de toma de posesión pronuncié un discurso que los periódicos jamás publicarían y que ahora, al cabo de los años y como homenaje a cuantos colaboraron conmigo, camaradas o amigos, vivos o muertos, quiero dedicar con la serenidad de mi «alta cronología» y no digo de mi falta de pasión, porque el ideario joseantoniano es para mí —presente de indicativo— norma de conducta, santo y seña hasta que el Señor quiera cerrar mis ojos. He aquí aquel texto:
»Esto ha sido un campamento y, como tal, ha sido incómodo. Hasta el aposentamiento material tal vez es feo y anticuado y duro. No lo sé. Ahora, al detenerme para pasar el umbral de esas puertas y mirar hacia atrás, por primera vez tengo tiempo para caer en la cuenta de que toda incomodidad tiene aquí su asiento. La verdad es que no habíamos caído. Pedimos perdón.
«Cuando el jefe nacional de la Falange, Jefe del Estado, Caudillo de España, se propuso acometer orgánicamente la lucha para instalar en la patria la justicia social y la paz entre los hombres de trabajo, aún no habíamos sacudido el polvo de la guerra. Como no hemos tenido tiempo en dieciséis años para quitárnoslo de encima, con el polvo de la guerra nos vamos. Porque nunca hemos parado de luchar. Aquí sólo se ha hecho librar batallas. Una cada día. Aquí sólo se ha hecho vencer, y con psicosis de victoria nos vamos y dejamos a otras manos la administración de un triunfo de la revolución nacionalsindicalista, un triunfo de la Falange, un triunfo de los ex combatientes, un triunfo de Franco, a quien habéis servido, camaradas, sin un desfallecimiento y sin un distingo en la obediencia ciega a sus órdenes.
«Franco se propuso arrancar de manos de la subversión el arma parricida de la huelga, pero se propuso entregar al obrero, levadura de la patria española, un arma más poderosa y más lícita para defenderse contra el egoísmo y la injusticia de una sociedad feudal. Y a sus órdenes lo hicisteis. España se ha ido rehaciendo gracias a la disciplina y al patriotismo de los trabajadores que han dado ocasión al genio empresario para desarrollarse en libertad, y no es el momento de decir si al patriotismo de unos ha respondido en la misma medida el patriotismo y, sobre todo, el buen juicio de otros. Eso la Historia lo dirá, y ojalá diga que sí. Porque eso será una prueba de que no os equivocasteis al obedecer a Franco, ni vosotros, camaradas de los sindicatos, ni vosotros, camaradas del Ministerio de Trabajo, unidos fraternalmente. La bandera roja de la huelga ha sido arriada y en la cúpula del Estado nuevo habéis izado la bandera de la ley.
«Franco se propuso arrancar de la querella de los partidos la augusta función del trabajo y elevar a la condición de un derecho lo que la sociedad había hecho un castigo. Y nos mandó incorporarle al cuadro de los derechos del hombre. Y vosotros, a sus órdenes, lo hicisteis. Una magistratura ejemplar ha ido dotando de experiencia a la conciencia nacional y estableciendo una jurisprudencia sobre la que se asienta la paz en las relaciones laborales.
«Franco se propuso arrojar de los hogares el fantasma de la adversidad, que se instalaba en sus dinteles con la muerte, con la enfermedad y con el accidente. Y a sus órdenes lo hicisteis. Hasta la fisonomía exterior de la patria ha sido transformada; hasta su geografía turística ha sido revolucionada en el servicio titánico de obediencia que esta consigna os exigió. Ya no son como eran las ciudades españolas, porque acertasteis a obedecer a Franco, y junto a las catedrales, templos de la fe, y los castillos, alcázares de poder político de pasados tiempos, habéis alzado el obelisco atrevido y arrogante de las residencias sanitarias del Seguro Obligatorio de Enfermedad: monumento vivo e irrevocable a la victoria de la revolución; sacro memorial de nuestros muertos por la justicia.
«Franco ordenó que el hombre español tuviera un hogar digno y saliera de la caverna en que toda incomodidad y todo peligro hacen su nido, en que toda inocencia está acechada y en que toda contaminación ronda. Y a sus órdenes lo hicisteis. La batalla de la vivienda que estáis dando desde hace dieciséis años ni cesa ni cesará, y hasta la seguridad de que es larga y es áspera, y de que la victoria es difícil y está lejos, agranda a los ojos de España la magnitud de vuestra hazaña en la obediencia a esta consigna. El hogar del español se va aclarando, y, gracias a la orden y gracias a la disciplina con que se está cumpliendo hasta la lejanía de los pueblos españoles, va siendo otra para los ojos del caminante, y la mancha blanca de las viviendas nuevas ondea en el horizonte de millares de pueblos como bandera de paz clavada en las posiciones de la miseria.
»Franco se propuso acudir, con la mano amiga de la patria en vela, allí donde el espectro del paro hace su aparición implacable con las sequías y con las temporadas neutras en que la vida del campo sestea, o allí donde la catástrofe o el meteoro inclemente azotaban parcelas doloridas de la Patria. Y en obediencia a Franco, lo hicisteis. Y las obras, al mismo tiempo que enjugaban el paro y ponían en marcha los brazos inertes por toda el área española, iban embelleciendo los pueblos de adobe y de bálago, convirtiendo en barriadas blancas las chozas de los labriegos, alumbrando aguas, abriendo caminos, haciendo la vida del español más bella y más digna hasta donde pudisteis materialmente llegar. Una gran parte de la reconstrucción de España se ha hecho con los auxilios contra el paro, en cumplimiento de la orden recibida. Y España, cada vez, se parece menos a aquella nación entristecida y mísera que atravesaban los turistas entre nubes de polvo, moscas y mendigos, y provincias enteras, como la provincia de Madrid, por ejemplo, han cambiado de rostro, y brilla en ellas la sonrisa del agua y de la cal, que hacen más noble la verticalidad del hombre.
»Franco se propuso dotar al trabajador de armamento intelectual propio para conocer sus derechos y defenderlos, y para conocer sus deberes y cumplirlos. Quiso hacer al español dueño de sus destinos y arrancarle de tutelas políticas que le esclavizaban a voluntades ajenas. Y en obediencia a este propósito, ahí están las escuelas de capacitación social, que han lanzado sobre el mundo laboral español cien promociones de obreros instruidos en la doctrina social de la revolución. Un equipo de formadores, dirigidos por un hombre abnegado y lleno de pasión por la justicia, han conformado la solera de un ejército laboral que, agrupado en las Asociaciones de Antiguos Alumnos, constituyen hoy, para el progreso sindical de España, la tropa escogida, la guardia vieja, que muere pero no se rinde.
»Os mandó el jefe que empezarais a romper eslabones de esclavitud llevando al obrero a la jerarquía de protagonista de la empresa, entregándole el honor y la responsabilidad de dirigir para sentirse en el camino del poder. Y lo hicisteis. Están en marcha los jurados de empresa, dura y áspera victoria, para obtener la cual ha habido que romper parapetos de siglos, muros de prejuicios y derribar torres soberbias.
»Os mandó que liberarais al trabajador de la argolla de la ignorancia y que le incorporaseis de pronto al honor de la plena ciudadanía, poniéndole desde la sombra en la luz, sacándole de la caverna al ágora, entregándole el arma propia, invencible y duradera, de la cultura, mediante la cual llegara, por una escala de oro, al mando y al disfrute de los bienes de la civilización. Empresa abrumadora, camaradas, para la que había que sentirse cíclopes. Y lo hicisteis. Y ahí están, en funcionamiento, para la gloria de Franco y vuestra, esas cinco universidades piloto: Gijón, Zamora, Tarragona, Córdoba y Sevilla, cuya sola contemplación, como realización a beneficio del ser más desamparado de la patria, nos produce, por ser hija de vuestra obediencia a Franco, el orgullo necesario para no poder ocultarlo en este instante y sentirnos conmovidos de gozo hasta lo más profundo de nuestras entrañas.
»Se os mandó cerrar con un broche práctico y útil el ciclo de las libertades y dar al trabajador el arma sutil que parecía reservada precisamente a quienes menos la necesitaban: el crédito con el que elevar el nivel económico del trabajador, al mismo tiempo que se le pone en condiciones de vivir con dignidad y de cooperar al aumento y al abaratamiento de la producción. Y lo hicisteis. El crédito laboral funciona ya en su sentido ortodoxo, no como un préstamo piadoso, sino como un instrumento legítimo que se alcanza con la conducta y con la iniciativa desde cualquier posición económica, por modesta que sea. Y los ingenios que se perdían en la ignorancia y en la miseria, ya no se perderán más.
»0s mandó el jefe de la revolución que recorrierais España llevando a los trabajadores la solidaridad de la patria, la palabra veraz de la revolución, las consignas más duras y más difíciles, entre las que figuró alguna vez la de trabajar más y cobrar menos, porque así lo requería un momento de agobio de la patria. Y lo hicisteis. Y los obreros obedecieron, y aclamaron a Franco, y echaron el hombro con un coraje cuyo recuerdo nos hace ahora mismo que se nos anude la voz en la garganta ante tanta belleza moral.
»Pero cuidado, amigos, que yo no estoy echando cuentas. He dicho que esto no es una elegía ni es un himno. Es una simple y sobria acta de dieciséis años de obediencia y de rigor falangista, de los que quiero dejar constancia ante vosotros, antes de trasponer estos umbrales. Y ni acta habría de estos dieciséis años, y me marcharía con la misma sencillez de labriego con que entré en esta casa si esta obra, que acabo de enumerar a paso de carga, y que he querido meter en unos minutos tan vanamente como el ángel de san Agustín quería meter en una concha el agua del océano, no hubiera sido la obra exclusiva, personal, directa y tenaz del hombre que nos rige, del hombre que guerreó por la justicia, y si no hubierais contribuido a ella vosotros, con las mejores y más bravas voluntades, las inteligencias más preclaras, las técnicas más finas y los espíritus más acrisolados de España. Y representando estas cualidades excelsas figuran dos nombres que servirán de ejemplo en vuestra vida y que jamás se borrarán de mi corazón: Enrique Ojea y Salustiano Orejas, que, ansiosos de saber para mejor servir a España, murieron en acto de servicio, lejos de la patria. Vuestra es la satisfacción de haber obedecido a Franco, entrañables camaradas míos de tantos desvelos, de tantas congojas, los que hicisteis posible, en tiempos que serán durante siglos tiempos de récord, transformar el erial social de la patria española, donde estaba por hacer, en este vergel exuberante y grandioso. Llegasteis un buen día a ocupar una avanzadilla en un desierto, y el Caudillo os ha conducido a un paraíso lleno tal vez de espesura en algunos sitios, pero lleno también de vida y de savia pujante en todos. Habéis conquistado España, camaradas.
«Otra vez a las órdenes del mismo capitán, la habéis conquistado todos, los altos y los bajos, los subsecretarios, los directores generales, los subdirectores, los jefes de servicio, los jefes de negociado y de sección, los oficiales, los auxiliares y hasta los subalternos, como aquel bravo segoviano Román Domingo, nudoso y enhiesto como una encina, que montó, octogenario imbatible, incansable, la guardia más incómoda que jamás subalterno alguno de ningún departamento haya montado a la puerta de un despacho ministerial y que algunas veces, terminada la jornada a las ocho de la mañana, seguía a su ministro a un viaje de cientos de kilómetros, atento a una orden, por minúscula que fuera, con la sonrisa en los labios y la satisfacción de haber cumplido con su deber. Estoy seguro, camaradas, de que os ha complacido el que haya personificado en vuestros fieles compañeros a quienes halló la muerte en su puesto de trabajo, las virtudes de un equipo de hombres que se extiende por toda la península y que hace posible que ante el nuevo ministro de Trabajo, nuestro camarada Fermín Sanz Orrio, se abra todo un mundo de esperanzas y de posibilidades.
»Señor ministro: Mío, nada dejo aquí. Todo lo que aquí queda es obra de estos hombres que dejo bajo tu mando con la cerrada fidelidad con que me han seguido. Con estos hombres y tu talento, con estos hombres y tu preparación puedes llegar donde tú quieras. Y si yo no he llegado más lejos es porque mi armamento intelectual es pobre y porque mis limitaciones son, desgraciadamente, muchas. Tantas, que no han acertado a neutralizar la capacidad de estos generosos colaboradores.
»Y ahora, camaradas, un ruego: que me perdonéis. He sido un ministro incómodo, ya lo sé; pero creo que he sido vuestro amigo, y ya sabéis a lo que yo llamo ser amigo. Os he querido como vosotros me habéis querido: con nuestros defectos y todo. Yo sé que los míos son enormes. Nada de esto se rompe, porque nada de esto depende de otra cosa que de nuestro propio corazón, que queda abierto, por lo menos el mío, para una amistad fraguada a lo largo de dieciséis años de común combate. Y nada de esto se rompe, porque el combate continúa y la causa es la misma, y el ministro nuevo trae de refresco su iniciativa, su potencia intelectual, y su capacidad de organización; trae la misma capacidad de obediencia a la revolución y a su Caudillo que yo traje aquí el día en que aquí entré. Y con la que he vivido hasta el día de hoy, y con la que viviré hasta el fin de mis días. Pero trae, además, la fuerza arrolladora de una preparación dirigida concretamente a la victoria en la política social de Franco.
«Ayudadle, camaradas, con denuedo y con fe, porque él os conducirá a la victoria. Esa victoria ni será la suya, ni la mía, ni la vuestra. Será la victoria de la revolución nacionalsindicalista, que ha recorrido, por la aspereza de un desierto con el que se encontró, las primeras duras jornadas hacia la meta final. Será la victoria del Caudillo laboral de España, Francisco Franco, formulador, autor, ejecutor de todas las victorias que hemos ido obteniendo en colaboración con vosotros y con los trabajadores españoles, y que nos exige la victoria final con el establecimiento del reinado de la paz y de la justicia para no ser derrocado jamás. Y será, en fin, la victoria de ese ser entrañable, perpetuamente desconocido, sorprendente y magnífico, capaz de todas las inmolaciones, capaz de todos los holocaustos; ese ser a quien nos debemos, a quien tú te debes también, y desde ahora, más que nadie, camarada Fermín; ese ser sin pareja y sin segundo que es el trabajador español, a quien un día le pedimos que aguante las encarnizadas acometidas de la escasez, y aguanta; a quien un día pedimos que trabaje más, y trabaja; a quien un día pedimos que resista en su puesto las tentaciones de la subversión, y resiste, y que otro día, sin pedírselo nadie, porque le sale de las entrañas, ¡porque sí!, porque le espolea en el corazón el acicate del patriotismo, colma, como la lava de un volcán, las grandes plazas históricas de España, y vitorea hasta enronquecer a su Caudillo y a su Patria ante cualquier ataque al honor de España, que él quiere defender, con el sudor de su rostro, en el campo del trabajo, pero que defendería con su sangre, hasta la última gota, en el campo de batalla.
«Terminemos, amigos, que ha llegado la hora. Hora de trabajar, hora de combatir, hora de vencer, y no hora de separarse, sino hora de partir. Camaradas: aquí entramos desde el campamento y no hemos tenido tiempo de sacudir el polvo de la guerra, porque la guerra ha continuado. Tenemos a nuestros pies, sujeta, ahogada y sometida, a la sierpe del egoísmo y de la injusticia. Después de cientos de años de esclavitud, el trabajador español, ese ser que es el más responsable del mundo, empieza a ser libre. La guerra contra la injusticia prosigue victoriosa.
» Después de todo aquello, fui a despedirme del Caudillo. La verdad es que desde el día en que me enrolé en las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, no había hecho otra cosa que servir a mi ideal de España y de la revolución nacionalsindicalista. Tenía cuarenta y cinco años y una familia Iba a empezar una vida nueva. Franco me recibió con todo afecto, aunque, al iniciarse la conversación, probablemente le sorprendió mi brusquedad:
— Mi general, ha tenido usted muy mala suerte. Mi sustituto no es el adecuado.
Me despaché a gusto. Él apretaba los labios. Sabía que le molestaba bastante que le señalaran un desacierto o que se criticara a una persona que acababa de ser designada por él para ocupar un cargo. Después de oírme en silencio, dijo:
— Bien, Girón: esté usted tranquilo, porque la obra social no sufrirá ningún daño. Nos queda todavía mucho por delante.
— Eso espero. — ¿Qué piensa usted hacer?
—Ganarme la vida, como cada hijo de vecino.
— Bien. Pero he pensado que usted puede ir de embajador…
— Pero, mi general, ¡si yo antes de ver una alfombra, ya he patinado!
Franco se sonrió. Luego añadió:
— No tiene que ser necesariamente en Europa. Puede usted ir, por ejemplo, a Argentina, donde el régimen está más cerca de sus propias concepciones…
— Pues no, señor; es que, además, no quiero marcharme de España. Usted imagine que acepto, y me paso cinco o seis años allí. Cuando vuelva no tendré ni idea de lo que aquí sucede; y a mí me interesa mucho saber lo que va a pasar en España.
— Entonces acepte usted la presidencia de Butano, o de otra empresa nacional…
—Tampoco. Me explicaré: yo creo que tenemos que demostrar al pueblo español que cuando se ha prestado un servicio, no es necesario acogerse a la ubre del Estado para vivir.
Franco sonrió y, después de unas palabras que ahora mismo no recuerdo, dio por terminada la entrevista. Le noté emocionado. Me dio la mano con efusión y, tras la despedida, inicié mis pasos hacia la salida. De pronto oí que decía:
— Girón.
—A sus órdenes, mi general.
—Si en algún momento necesita algo, antes que a nadie, venga a decírmelo a mí.
— Gracias, mi general. ¡A sus órdenes!
Como nota más festiva y distendida de aquellas jornadas recuerdo que una de esas noches, cenando en Chipén, se acercó a mi mesa la popularísima artista Lola Flores, quien, con la simpatía y la gracia que la caracterizan, me dijo:
—Señor ministro, ¿quiere usted que yo le haga un beneficio?
— No, muchas gracias; se lo agradezco pero no es necesario.
A pesar de la actitud que claramente expuse al Caudillo, mi nombramiento de presidente de Butano salió publicado en el Boletín Oficial del Estado, pero mi rechazo siguió firme y no ocupé el cargo.
