El Cortejo de lo que cuesta la Victoria
A las nueve en punto de la mañana del día 29 de noviembre del Año de la Victoria se encuentra el Cortejo en la embocadura del Puente de la Princesa. Hemos llegado a Madrid. José Antonio vuelve a estar en Madrid; el paso suena más firme, más prieto, sobre los adoquines de sus primeras calles. Y Madrid se ve ya, se abre ya-calzada limpia, aceras y balcones repletos sintiendo la proximidad de José Antonio.
Hay que llevar muy dentro del alma la Falange, hay que sentirla también muy en la punta de los dedos, para comprender exactamente lo que José Antonio es para Madrid, aunque José Antonio esté muy por encima de este localismo, y lo que Madrid es para la Falange y para José Antonio. Madrid es el primer pasquín, el primer discurso, el primer grito de lucha, la primera orden de combate, la primera sangre sobre el asfalto, el primer presente ante el primer caído. Madrid es también la primera victoria política de José Antonio, ganada al perder unas elecciones a las que fue por defender la memoria de su padre. Madrid es la ciudad que crucificó a sus mejores camaradas y la capital donde con más saña se destruyeron sus símbolos, se aniquilaron sus consignas y se persiguió a los hombres que creyeron en él; Madrid es también la ciudad donde más viva se mantuvo la fe que él supiera encender, donde más ardientemente se aceptaba la muerte, donde más abnegadamente se luchó en la clandestinidad, donde de una manera más seria, más amplia, más exacta se comprendió la misión que incumbía a sus amigos de alas cortadas por la línea geográfica de la guerra. Todo eso es Madrid. ¿Que extraño, pues, que la emoción apretara muchos corazones cuando en la mañana del 29 de noviembre del Año de la Victoria, el cuerpo de José Antonio enfilaba al Puente de la Princesa y hacía su última parada antes de adentrarse por sus calles pletóricas de silencios?
El relevo del Puente de la Princesa se cumplió con el mismo ritual sencillo y solemne de -la carretera. El Jefe Provincial de Burgos invocó el nombre de José Antonio y el Jefe Provincial de Madrid contestó con. un escueto ¡PRESENTE!, igual que se había repetido cuarenta y cuatro veces desde la salida de Alicante nueve días antes. En tanto se firman las actas y se efectúan los relevos de portadores y escoltas, unos cañones junto al río dejan oír sus salvas que tienen, a un tiempo, de homenaje y de anuncio. Tres descargas de fusilería dicen que el relevo ha terminado. Se ordena rápidamente la comitiva, y, junto al féretro una escuadra de portadores, en las andas otra, al frente de ésta Foxá; en su puesto el Jefe de Ruta; una orden breve: «Portadores, alzad el féretro…».
Solemne, segura, lenta, la Falange madrileña alza el féretro sobre sus hombros; sin un gesto, sin una brusquedad, trescientos kilos se despegan del suelo y van a apoyarse sobre los hombros de los camisas azules madrileños; presente está, José Antonio, deja guardia que recuerda tu voz presentes también jóvenes falanges que saben de tu muerte, y… adelante. Se cruza el Manzanares. Las pisadas exactas, marciales, suenan ya sobre las calles madrileñas. Madrid, la ciudad ruidosa por excelencia, ofrece a José Antonio su silencio emocionado; un silencio como no se recuerda otro, entre líneas de brazos en alto y monorrítmico, acorde y urgente paso militar. El Cortejo mantiene su formación de carretera con ligerísimas variantes. Quizás la única digna de mención es el mayor distanciamiento de los grupos del mismo.
Delante, muy destacados, tres motoristas; junto a ellos, dos coches de servicio. Después, la calle limpia, libre. A continuación la escuadra de gastadores de la Centuria «José Antonio», su guión y sus banderas, y una falange de esta misma Centuria en formación compacta. Otro gran hueco y una escuadra de Madrid. Otro hueco y la Cruz parroquial de La Concepción-la parroquia de José Antonio-y la Cruz de las Navas. Clero y órdenes religiosas. Otro claro y el féretro con sus portadores, relevo y escolta, encuadrado por los Jefes de Ruta y sus auxiliares. Tras otro espacio libre el Jefe Provincial con dos jerarquías y dos escuadras de honor. A continuación, encuadrada entre líneas laterales y posterior de fusileros, una presidencia numerosísima en la que figuran múltiples Jerarquías del Estado y del Movimiento, entre ellas Pilar y Miguel. En esta presidencia figuran también una nutrida representación de caballeros mutilados. Finalmente una Centuria de portadores, tras ellos otra falange armada de la Centuria «José Antonio», y, finalmente las ambulancias y el resto de los coches de servicio del Cortejo.
Así pasó éste por las calles de Madrid, hasta llegar a la Plaza de España -donde había de tener lugar la ceremonia oficial. Como se ve, el Cortejo presentaba como variente, casi única, esos grandes espacios libres entre sus diversos grupos o partes. Pero esos espacios no estaban vacíos, no eran huecos. En ellos formaban en una última parada, en un postrer desfile, invisible para los ojos del cuerpo, los miles de caídos; de todos esos españoles que murieron junto a él-junto a José Antonio-y que en esta última formación también junto a él habían de marchar.
El Cortejo en marcha remonta el paseo de las Delicias hacia la puerta de Atocha, cruza ésta, recorre el paseo del Prado y llega a Cibeles, atravesando un Madrid volcado íntegramente en el recorrido y ungido por el más solemne de los silencios. Nunca, por nada, se ha interesado tanto Madrid como por el traslado de José Antonio; nunca han sido tan compactas sus muchedumbres y nunca ha sido tan profundo su silencio. La Cibeles y las embocaduras de la calle de Alcalá presentaban un aspecto impresionante; frente al local de la Secretaría Nacional de F. E. T. y de las J. O. N. S. una compañía de cadetes rindió honores; los balcones llenos, las calles repletas y ninguna fachada que no estuviera materialmente cubierta de banderas y crespones. Y la acusadísima nota de un silencio profundo, solemne, inigualado e inigualable. Así presenció Madrid el Cortejo de lo que cuesta la Victoria; así veneró el nombre y la memoria de José Antonio, de este primer camarada ejemplar que cruzó los campos de España llevado por sus Falanges, más sobre el alma que sobre los hombros. Y sobre todos estos signos, uno más acusado, más trascendental todavía, realidad presente de la más cara ambición de José Antonio: la unidad de los hombres de España, de todos los hombres del pueblo nuestro. Ricos y pobres, aristócratas y obreros, campesinos y marinos, paisanos y militares, sacerdotes y monjes, hombres y mujeres, ancianos y niños, poetas y burócratas, generales y soldados, azules y hasta rojos, se han sumado con honda emoción al Cortejo; no se han limitado a verlo pasar; han formado en él, han sido carne de su carne, emoción de su emoción y dolor de su dolor. Entre todos han levantado a España sobre sus hombros, contagiados por el esfuerzo y el tesón de quienes sostienen las andas sobre los, suyos y por el sacrificio y el ejemplo del que encarnó aquel cuerpo que, ya roto, caminaba por tierras de España. Por tierras de España que habían sufrido el dominio rojo y que hoy, ya liberadas y atravesadas de punta a punta por el negro enlutado del traslado de José Antonio,, componen simbólicamente los colores de la bandera que él supiera lanzar y que hoy ondea en todos los ámbitos de España.
Aquel Capitán General
GRAN Vía arriba, ya Avenida de José Antonio, el Cortejo destaca su ritmo ágil y escueto, su estilo rígido y militar. En la Red de San Luis ríndense a su paso los estandartes del Fascio italiano; y junto a los rascacielos, el canto rotundo y funeral de las órdenes religiosas de España adquiere resonancias de históricas leyendas. Las formaciones de Falange se suceden densas, ininterrumpidas. Y un agudo toque de clarín anuncia muchedumbres cuajadas de brazos en alto. Una madre cumple el último encargo de su hijo caído también bajo él asesino plomo marxista. Al paso de José Antonio, grita el ¡presente! de aquel hijo cuyas últimas palabras fueron: «Si muero, dile al Jefe que caí en mi puesto».
Después de atravesar la densa formación de la C. N. S. llegamos a la Plaza de España; junto a sus jardines socavados por trincheras cubiertas y refugios militares, entre las ruinas de sus casas mal heridas y con el aliento caliente del Cuartel de la Montaña a la espalda, Gobierno, y Jerarquías se acercan a las andas. Va empezar el Cortejo oficial de tránsito por Madrid; se van a rendir a José Antonio honores de Capitán General. Los justos para este joven Capitán que supo llegar a serlo de todas las falanges combatientes de España.
Ante ellos tiene lugar el relevo, también sencillo y austero. El Cortejo está ya bajo el mando del general Saliquet, jefe de la primera región militar. El Coronel señor Ortega da el ¡PRESENTE! cuando los marinos se hacen cargo del féretro. Se reza un responso y la comitiva se pone en marcha precedida por motoristas, un escuadrón de lanceros, un batallón de infantería del regimiento número 2 con bandera y música; primera bandera de cadetes de Madrid; Clero de la Concepción y órdenes religiosas. El general Saliquet marcha a la derecha del féretro con su Estado Mayor.
Cubren la carrera fuerzas de los Ejércitos de Mar, Aire y Tierra.
El Gobierno en pleno iba a la cabeza de la comitiva oficial, formado en este orden:
Ministro sin cartera, vicesecretario del Partido, señor Gamero del Castillo.
Ministro de Agricultura, señor Benjumea.
Ministro de Obras Públicas, señor Peña.
Ministro de Hacienda, señor Larraz.
Ministro secretario del Partido general Muñoz Grande.
Ministro de Marina, contralmirante Moreno.
Ministro de la Gobernación y Presidente de la Junta Política, señor Serrano Súñer.
Ministro de Asuntos Exteriores, coronel Beigbeder.
Ministro del Ejército, general Varela.
Ministro del Aire, general Yagüe.
Ministro de Justicia, Esteban Bilbao.
Ministro de Industria y Comercio, Alarcón de la Lastra.
Ministro de Educación Nacional, Ibáñez Martín.
Ministro sin cartera, vicepresidente de la Junta Política, Rafael Sánchez Mazas.
A la misma altura que el Gobierno, pero detrás de éste, estaba formada la Junta Política, con el siguiente orden:
Primera fila: Pilar Primo de Rivera, Miguel Primo de Rivera, José Luna Meléndez, José Finat Escrivá de Romaní, Conde de Mayalde; Dionisio Ridruejo, José María Oriol Urquijo y José María Alfaro.
Segunda fila: Demetrio Carceller, José María Areilza, Blas Pérez González, Ricardo Jiménez Arnáu, Gerardo Salvador Merino, Sancho Dávila y Alfonso García Valdecasas.
Detrás de la Junta Política formó el Consejo Nacional, figurando en primer lugar Raimundo Fernández Cuesta, Manuel Valdés, José Guitarte, Julián Pemartín, Joaquín Bernal, Manuel Mora, Jesús Suevos, Jesús Muro, Luis Santa Marina y Eduardo Rojas.
A continuación varias filas integradas todas ellas por Consejeros Nacionales en este orden:
Primera fila: Presidente del Tribunal Supremo, señor Clemente de Diego; Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, general Fernández Pérez; Rector de la Universidad Central, don Pío Zabala; Presidente de la Comisión general de Codificaciones, don Elías Tormo; Mercedes Sanz Bachiller y José Antonio Girón, Delegado Nacional de ex combatientes.
Segunda fila: señor Llopar, Delegado Nacional de Comunicaciones; Jorge Lloveras, Delegado Nacional de Tesorería; José María Rey, Delegado Nacional de Provincias; don José Félix de Lequerica, Embajador de España en Francia; General don Juan Vigón y Manuel Halcón.
Tercera fila: Jesús Rivero Meneses, General Sagardía, Laín Entralgó, General Asensio, Antonio Tovar, General García Valiño, Alfonso de, Hoyos y Sánchez, Tomás Domínguez Arévalo, Juan José Pradera, Muñoz de Aguilar, José María Pemán, López Ibor.
Cuarta fila: José Lorente Sanz, Rafael Garcerán, Ricardo Baletena, General Aranda, Joaquín Miranda, Er nesto Giménez Caballero, General Dávila, Eugenio Montes, Higinio París, José Antonio Jiménez Arnáu, Juan Manuel Fanjul y José María Taboada.
Quinta fila: Carlos Mendoza, General Alonso Vega, Ramón Carnade, Fernando del Pino, Miguel Mateu, Antonio Iturmendi, Juan Ignacio Luca de Tena, Luis Carrero, General Monasterio, Julio Salvador Díaz Benjumea, Francisco Moreno, Herrera, Francisco Rivas y Jordán de Urríes, Manuel de Torres López, Pedro González Bueno, Juan Granell Pascual, Romualdo de Toledo, Francisco Sáez de Tejada, Antonio Correa Veglisón, Ladislao López Basa, Pedro Muguruza Otaño, Raimundo García García, Leopoldo Panizo, Yanguas Mesía y Aurelio Joaquinet.
Sexta fila: Eduardo Aunós, Embajador de España en Bruselas; José María Mazón, Mariano Romero, Manuel de Goitia y Marcelino Uribarri.
La Comisión de la Marina iba presidida por el Almirante Ruiz de Atauri, General del Cuerpo Jurídico don Eugenio Blanco y General de Intendencia don Miguel López, y estaba formada por jefes y oficiales de todos los Cuerpos de la Armada.
Presidía la Comisión del Ejército de Tierra, el General Solans, con sus ayudantes, y como la anterior, estaba integrada por numerosísimos jefes, oficiales y clases.
El General Barrón, Subsecretario del Ministerio del Aire, con el Coronel Galarza, Secretario general del Ministerio; Comandante Iglesias y Jefe de Estado Mayor, señor Gallarza, presidía la Comisión del Arma de Aviación tan nutrida como las otras.
Seguían los generales Valdés, Cabanilles, Guerra Zabala, Alvarez Arenas, Sáez de Buruaga, Gobernador militar; Alonso Vega, Cano Ortega y Piñols.
Todas las representaciones militares, las autoridades locales, con el Ayuntamiento y la Diputación con sus maceros. Reales Academias, Universidad, Colegio de Abogados y otras Corporaciones de Madrid y muchas de provincias que se habían hecho representar en el Cortejo.
El general don José Millán Astray iba al frente de los Caballeros Mutilados por la Patria, que, ocupando el puesto de honor que les corresponde, se sumaron al homenaje a José Antonio.
Cerraban las presidencias, tras los secretarios provinciales y jefes de servicio de Falange Española Tradicionalista y de las J. Q. N. S., las autoridades provinciales y mandos de Milicias, en una presidencia formada por el camarada Jaime Foxá y autoridades locales. Cerraban la marcha fuerzas de Caballería del primer escuadrón, del grupo de Exploradores, y Milicias de segunda línea.
Mandaba las fuerzas que cubrieron la carrera el general Barbón.


Por el Madrid heroico
A hombros de marinos inicia el Cortejo su marcha pausada y solemne. Ante el palacio. de Liria se hace cargo del féretro el Arma de Aviación; flores y oraciones se derraman sobre el Cortejo en tanto que sucesivamente se relevan en las andas jefes, oficiales, clases y soldados dé aviación. Se llega a la Cárcel Modelo, cuajada de recuerdos dolorosos, última morada de tantos españoles que traspusieron sus rastrillos camino de la muerte o en brazos de la muerte misma. También de aquí salió José Antonio para. la tierra en que había de caer, para la tierra de donde ahora llegaba. Crespones en sus fachadas, luto en millares de almas. El De Profundis adquiere aquí tonos más patéticos; más trascendentales; con lágrimas en los ojos las Secciones Femeninas, con un duro mirar los hombres, todos con el corazón apretado, el Cortejo, lento, pasa.
Ya en las andas el Ejército de Tierra, camino de las glorias, en ruinas y árboles secos de la Ciudad Universitaria. Muchedumbres inmensas en todas las alturas y en todas las almas emoción honda. Las piedras rotas y los árboles muertos son testigos mudos de este lento pasar del Cortejo y refuerzan su emoción sin límites. Más gente que nunca. Madrid, volcado a todo lo largo del recorrido, se amontona ahora en la desolación de la Ciudad Universitaria, cubriendo con su cuerpo sus ámbitos más heridos, en un doble homenaje a la Victoria y a la muerte por España.
Generales, Jefes, Oficiales y clases se relevan en las andas y así se llega a la Plaza de la Ciudad Universitaria. Aquí termina la comitiva oficial y el Cortejo ha de volver en adelante, nuevamente, al ritmo de la carretera. En el centro de la Plaza queda el féretro; todo el perímetro cubierto por Milicias del S. E. U.; allí también la nota parda de las organizaciones nazis; dando cara al féretro, formada en triple columna, la Centuria «José Antonio». Sobre una alfombra de flores descansa el cuerpo roto del Joven Capitán. A la derecha del féretro se sitúa el Gobierno en el siguiente orden:
Ministro sin cartera, señor Gamero del Castillo; Ministro de Obras Públicas, señor Peña; Ministro de Agricultura y Trabajo, señor Benjumea; Ministro de Hacienda, señor Larraz; Ministro Secretario del Partido, General Muñoz Grande; Ministro de Marina, Vicealmirante Moreno; Ministro de la Gobernación, señor Serrano Súfier; Ministro de Asuntos Exteriores, Coronel Beigbeder; Ministro del Ejército, General Varela; Ministro del Aire, General Yagüe; Ministro de Justicia, señor Bilbao; Ministro de Industria y Comercio, Teniente Coronel Alarcón de la Lastra; Ministro de Educación Nacional, señor Ibáñez Martín, y Ministro sin cartera, señor Sánchez Mazas.
Al lado izquierdo del féretro, el Consejo Nacional, y detrás la Junta Política, y en ella Pilar y Miguel Primo de Rivera. El Cuerpo Diplomático y la representación especial italiana que ha venido para ofrendar a José Antonio una corona de bronce del Duce, y las demás jerarquías y autoridades se colocan en la amplia Plaza e inmediatamente empieza el desfile.
José Antonio Primo de Rivera, Capitán General de los Ejércitos de España va a pasar su última revista. Han sonado los estampidos de los disparos de cañón; suena una marcha militar y el desfile empieza. Motoristas, Centuria de Cadetes de Falange y el Ejército. Después la Caballería, «el vista a la izquierda» y el «Viva España» de las fuerzas en desfile son afirmaciones de deber cumplido más allá de la muerte misma.
Terinínado el desfile el Jefe Nacional del S. E. U., Guitarte, contesta a la invocación de un oficial del Ejército con su ¡PRESENTE! palpitante de emoción. Y el S. E. U. en las andas el Cortejo reanuda su marcha pasando entre dos monumentales columnas erigidas en aquel lugar. Ya otra vez en la carretera; atrás queda Madrid y en la Plaza de la Universidad Gobierno y Jerarquías contemplan el alejarse de esta nave de los caminos de España hasta que la silueta se pierde en la distancia.
En el Puente de la Universitaria las Secciones Femeninas del S. E. U. rinden un emocionante homenaje al Caído y otra vez carretera adelante hasta Puerta de Hierro, donde la Provincial de Madrid se hace cargo nuevamente del féretro relevando al S. E. U.
A las tres menos cuarto, tras un rosario al que asisten altas jerarquías, entre ellas el señor Serrano Súñer, la Provincial de Madrid es relevada por la de Segovia. Estamos ya camino de El Escorial.
A las tres menos cuarto del día 29 de noviembre de 1939 se hizo cargo del cuerpo de José Antonio, en el kilómetro 7 de la carretera de Madrid a El Escorial, la provincia de Segovia. Pasadas las invocaciones y las descargas, hechos los relevos de escolta armada y, portadores, un magnífico coro de sacerdotes segovianos cantó un admirable, responso. Y el Cortejo volvió a su lento, espacioso caminar por tierras de España, esta vez, ya, hacia el último relevo, en demanda de la mole gigante y solemne de San Lorenzo de El Escorial.
La Cuesta de las Perdices, escenario también de la guerra, se subió en pleno día de sol que había sido capaz de vencer la niebla mañanera con que empezara la jornada. Hasta el final mismo de esta cuesta, donde ardía una gigantesca hoguera, cubrían densamente la carrera las Centurias de Madrid. Más adelante hace acto de presencia en el Cortejo la redacción de Arriba, el periódico de José Antonio, y con ella José María Alfaro, que transportan los restos de su fundador en las últimas luces del día. Los pueblos próximos se han volcado materialmente sobre la ruta y seguían con ojos emocionados el caminar del Cortejo. Entra en las andas, ya de noche, cerca de El Plantío, a catorce kilómetros de Madrid, la provincia de Soria, relevando a la de Segovia; la carretera es un continuo rodar de automóviles y vehículos de todas clases que desde Madrid se desplazan, colmos de gentes, para admirar la, grandeza escueta y solemne del Cortejo en carretera; sigue un continuo desfile de personalidades en el mismo; lo que comenzó siendo presencia casi continua de Bernal, que lo fué después de Fernández Cuesta, y la muy frecuente también de Serrano Súñer que en numerosas ocasiones se incorporó al Cortejo, ha prendido en todas nuestras, Jerarquías; y las gentes campesinas T aldeanas de esta alta meseta, de rodillas al borde de los caminos, rezan o lloran, en tanto que una constelación de luceros vuelve a alumbrar, parpadearte, como durante todo el camino, la última noche del Cortejo.
Una mujer lo acompaña desde Madrid; nadie sabe quién es y se niega a decir su nombre; sólo se sabe que vino andando hasta Madrid desde su pueblo natal, El Ferrol del Caudillo, y que está cumpliendo una promesa que hiciera, en los primeros meses de la guerra. La Falange de Soria preside el Cortejo.
Siete kilómetros más adelante toman las andas los camaradas de la Provincial de Tenerife. Vinieron desde sus islas lejanas y risueñas como antes aquellos otros de Baleares, como después los de Las Palmas-para llevar por las tierras altas y secas de la meseta castellana él cuerpo roto ,de José Antonio. La carretera sigue, como lo estuviera todo el recorrido desde Alicante, cubierta de gentes llenas de-emoción y respeto, venidas de todos los pueblos próximos del recorrido y aún de otros considerablemente alejados. Ahora los hay de Torrelodones, Colmenar Viejo, Talamanca, Colmenarejo, Moralzarzal, Fuencarral… Las hay que se mantienen al borde del camino; otras muchas, cuando pasa el Cortejo, se unen a él. Y José Antonio, allá en su guardia de luceros, recoge toda la emoción de estas buenas gentes lugareñas; porque hasta él, tan lejano y, sin embargo, tan intimamente cerca, llegará este caminar emocionado y él verá también que a su Cortejo no se le acompaña, se le sigue. En el Cortejo, José Antonio pudo ser también proa de multitudes que seguían su lento marchar, como antes siguieron sus consignas y como después seguirán su ejemplo. Estamos ya cerca de Galapagar, en plena serranía madrileña; cruje la escarcha bajo las pisadas y en el silencio destacan lejanos ruidos; el ladrido de un perro, el chisporroteo de las hogueras, una lejana voz de mando… La noche de vísperas que estamos viviendo está cuajada de emoción y los ámbitos de la sierra se pueblan de silencios. Los cruzan los restos caminantes de José Antonio en una obra de misión; pueblos en ruinas lo han visto pasar con un mirar lloroso y esperanzado. Ahora, entre quebradas y fragosidades, sigue un camino jalonado de cruces de otros tantos caídos; de otros tantos camaradas que rindieron su vida por la Victoria y por sus ideales. Cruces al borde del camino y al borde del camino armas y banderas rendidas… Cruces, banderas y armas en el Cortejo, unidas al frente de los hombres, abrazadas en su simbolismo de fuerza, honor y sacrificio… Cruces, banderas y armas, marchando juntas como en la guerra justa. Y entre ellas José Antonio, que supo decir desde sus años jóvenes que todas tenían un mismo camino que recorrer sobre las tierras de España.
Bajo las andas marcha ahora la Falange Exterior; los camaradas del extranjero, llegados desde muy lejos, la mayoría de allende el Atlántico, desde las tierras de América., lo llevan en las horas más duras-de más honor-de la última noche. Frío y sierra vive ahora el Cortejo; atenuado aquél por el calor de los corazones; allanada ésta por la voluntad disciplinada de hombres que venidos desde otros continentes, hablan a la historia futura de nuestra lucha, de nuestros afanes y de nuestras pasiones. Y junto a ellos siguen los camaradas de la vieja guardia madrileña. Fueron primero a Alicante, y después, desde Corral de Almaguer, no han abandonado el cuerpo de quien supiera inflamar en fe sus corazones, prestos a lanzarse a los sacrificios nuevos; han hecho su camino a la intemperie sostenidos por aquella «alta temperatura espiritual» que les ayudó a vencer el frío y el cansancio; han hecho su recorrido en mangas de camisa, ncluso en las noches más crudas de la sierra madrileña, y si se les preguntaba si tenían frío,, invariablemente contestaban «sí, pero no importa» mientras se subían un poco más las mangas, por encima del codo. Estuvieron ahora, como antes, como siempre, en el puesto y en la ocasión del sacrificio; en el puesto y en la ocasión en que el dolor, la fatiga o la muerte rondan; en el puesto y en la ocasión que José Antonio marcara con su palabra y con su ejemplo a todos los hombres de España.
Las Falanges americanas dejan ya el Cortejo y vuelven a él Falanges canarias, esta vez de Las Palmas. Galapagar y Colmenarejo, últimos pueblos antes de El Escorial, han volcado sus gentes en la carretera y han encendido la sierra en hogueras múltiples. Avila en las andas ahora. Ya día, se ve, allá lejos, San Lorenzo; y este postrer caminar en los últimos kilómetros, lleva a todos congojas de despedida.
Estamos ya en pleno día; dentro de unas horas el cuerpo de José Antonio habrá terminado su último viaje que ha sido también su último gran discurso; el discurso solemne, insuperable, del ejemplo. Son ya los kilómetros postreros. Me adelanto hasta El Escorial que es un bullir inmenso de camisas azules. ,¿Cuántos? Miles y miles; decenas de millares, y cientos de banderas; hombres, mujeres y banderas venidos desde toda la rosa de los vientos para que José Antonio tenga insuperable calor de multitud en sus últimos pasos sobre las tierras de España.
Todavía un relevo: la Falange de Marruecos ocupa su puesto en las andas; con ellos una representación de camisas azules de El Escorial y otra de Majadahonda. Hay que forzar un poco la voluntad de todos para que todos tengan su parte de esfuerzo; son demasiados para la distancia que queda y todos quieren y deben llevar las andas. También otra vez la Centuria «José Antonio» en su puesto de servicio que ahora ya es de honor, premio de sus esfuerzos y sacrificios pasados. Al aire todavía tres descargas de fusilería. Tras el ritual del relevo, el canto litúrgico de los Padres Franciscanos de Marruecos. Y otra vez adelante, después de otro responso ante la cruz de los Caídos de El Escorial de Abajo.
Ya se cruza el paso a nivel, ya se sigue la carretera del Monasterio, ya llega el Cortejo a la puerta de los jardines de la Casita del Príncipe; escueto, puntual, exacto; como ha sido el camino todo. Un último rosario a la entrada en la tierra última donde todavía será ritmo de carretera. Y luego, cuesta arriba, hacia el Monasterio, por, entre sus jardines dorados por el otoño, con el mismo ritmo y el mismo paso que había comenzado junto al mar, ante la puerta de la Casa de José Antonio.
Ya está el Cortejo junto a la salida posterior de los Jardines. Allí espera el Consejo Nacional y a su frente el Secretario General del Movimiento, General Muñoz Grande. Hace alto el Cortejo. Se efectúa el relevo y la invocación a José Antonio del Jefe de la Falange de Marruecos es contestada por el General Muñoz Grande con el ¡Presente! de ritual. Campanas y cañones lanzan al aire sus voces de bronce. El Consejo Nacional ocupa su puesto en las andas. Ha tenido lugar el último relevo de camino y comienza ahora la última ceremonia. Sube el Cortejo sobre una alfombra de rosas y hojas secas. Estamos en San Lorenzo de El Escorial. Se ha cumplido la misión que ha sido servicio y pasión; que ha sido verdad y hondura. Diez días y diez noches de incesante caminar entre multitudes y llamas, entré armas y cruces, entre rezos y lágrimas, entre promesas y banderas, han traído a José Antonio desde el mar hasta la roca. Han marcado con trazo indeleble, sobre la tierra de España, la ruta de la Falange.
EL ESCORIAL
En esta población actuaron los camaradas siguientes: como enlace directo de Mario Peña para las Unidades de primera línea, el camarada Luis Nieto Calvo, que tenía a sus órdenes y al mando de la fuerza de cada provincia a los camaradas Marcelo Riaza, Miguel López Dori, Francisco Morales llins, Miguel Cerqueiro, Valcárcer, Prieto Lavin, Javier Millán Ástray e Isidro García Crespo.
De los servicios de tráfico, control y aparcamiento, el camarada Roberto Ortiz Isla, teniendo a sus órdenes a los camaradas Francisco Gómez, Domingo de López, Mijares y 18 camaradas del Distrito del Centro con ocho motoristas de tráfico del Ayuntamiento de Madrid.
De los servicios de investigación y vigilancia, el camarada Luis Valdés Socuéllamos, con 60 agentes de la Delegación Provincial del Servicio de Información e Investigación de Madrid.
De los servicios de sanidad, compuestos de socorro, ambulancias, cte., se encargó el camarada Antonio González Allas, por el Delegado Provincial de Sanidad de Madrid.
De los servicios de intendencia, el camarada Fernando Peña Lomas, auxiliado por el personal de la fábrica Matías López, lugar donde se instaló la intendencia, y puesta gentilmente a su disposición por el Gerente de la Sociedad explotadora.
Como ayudantes del Jefe, los camaradas Víctor Felipe y Francisco González Barrera.
MADRID quedó atrás, mirando con ojos de espanto la marcha del Cortejo hacia la última etapa de su camino. El pueblo de Madrid había comprendido, a la vista de José Antonio muerto y a hombros de su Falange, que la muerte estaba prendida por su propia mano en aquel que fué y continuaba siendo lo más entrañablemente suyo. La delirante pasión popular, capaz de matar por razones de urgente posesión, salió de su locura con calofríos de espanto y ardientes lágrimas de remordimiento.
En los barrios pobres de Vallecas, en las avenidas lujosas y, en los descampados de la Ciudad Universitaria -donde la guerra edificó las ruinas más gloriosas-, el pueblo, integrado por todas las clases de españoles, se había arracimado para contemplar el paso del Cortejo, y aun lloraban los ojos y temblaban las conciencias cuando dió vista la comitiva al Monasterio de El Escorial. Fué a las tres de la tarde del día 30 de noviembre de 1939.
Todo había sido más tenaz en la noche de la última jornada. Más tenaz el frío y el fuego de las hogueras, el cansancio y el coraje, la emoción del hombre y la serenidad del falangista.
A la comitiva se incorporaban incesantemente jerarquías y camaradas con el deseo de sentir sobre sus hombros el cuerpo de José Antonio. Al amanecer, el pueblo de El Escorial hervía en multitud desparramada por todos los lugares y ordenado en concentraciones que ocupaban los puestos previstos por el mando. En los alrededores, la gente, en grupos compactos, alteraba un paisaje que es inalterable.
Con muchas horas de anticipación acudieron a la Basílica los invitados a la ceremonia por Su Excelencia el Generalísimo.
En los patios de las fachadas, las formaciones densas y los bosques de banderas parecían parte misma de una arquitectura fabricada para no admitir añadidos. Todos los cortejos que la Historia llevó a El Escorial fueron sólo cortejos: algo transitorio y mudable que no logró cuajarse y fundirse a las mismas piedras como este Cortejo que llevó a José Antonio hasta su fosa y como estas milicias firmes que le aguardaron entonces y le guardarán, en el futuro.
En las proximidades dé la Casita del Príncipe esperaba el Consejo Nacional para efectuar el relevo de los portadores de andas hasta la entrada de la Lonja, donde aguardaban su turno el Secretario General del Movimiento con la Junta Política.
Se encuadran en el patio de la Lonja bloques de doscientos cincuenta hombres en formación densa de treinta en fondo. Limitan el estrecho paso libre desde el acceso al patio hasta la Puerta de los Reyes las banderas de Valladolid, Cataluña, Zaragoza, Avila y Segovia. Junto a la puerta principal sé hace muy compacto el bosque de banderas, integrado por todas las Provinciales, con sus Jefes y Delegados de Servicios al frente. A la derecha de esta formación, de frente a la puerta, representaciones fascistas y nacionalsocialistas con sus guiones de combate. En la parte izquierda, compañías de fuerzas del mar, de fuerzas aéreas y del Ejército de Tierra con equipo de campaña. Siguen junto a la fachada, a derecha e izquierda de la puerta, hasta cubrir toda la piedra de la singular arquitectura, tres mil camaradas de la Sección Femenina de todas las Provinciales con sus Jefes y Delegadas. Tienen de fondo mil quinientas banderas Nacionales y del Movimiento.
En el porche de entrada al Patio de los Reyes da guardia la Quinta Centuria de primera línea de Madrid. Dentro del Patio de los Reyes, en primer término a la izquierda, una banda de trompetas y tambores, y en el lado contrario, la capilla clásica de Palma de Mallorca. Sobrecoge el ánimo la austera severidad del Patio de los Reyes. Nido del silencio sobre cuyo rectángulo se paran las nubes del cielo con vocación de convertirse en piedra como las losas donde el tiempo no deja huella. Delimitan sus lados, desde la puerta de acceso al porche, hasta la puerta de la Basílica con sus escalinatas, cinco líneas de falangistas. Los hombres de la primera línea portan hachones encendidos. En el zaguán de entrada a. la Basílica se componen dos bloques angulares en la Primera y Segunda Centuria de la primera línea de Madrid, y en el interior de la Iglesia, la Tercera y Cuarta Centuria. Limitan el paso, formando el pasillo central, la Centuria de escolta al Cortejo; que lleva el nombre dé José Antonio.
A las tres y media de la tarde llega el Generalísimo, que penetra en la Lonja por la puerta donde debe aparecer el Cortejo. Entra el Generalísimo en el Monasterio, por la Puerta de Felipe II y le rinden honores la Bandera, de Falange de Cáceres y una compañía del Ejército de Tierra a los acordes del Himno Nacional.
Las campanas rompen el silencio anunciando con sus toques fúnebres la llegada del Cortejo a la Casita del Príncipe. Desde muy lejos llega el rumor de los pasos que vienen sonando sobre la tierra desde la costa mediterránea. El silencio ancho y profundo que se ha adueñado de España se lo reparten durante largos minutos, el apagado rumor de los pasos que acercan a José Antonio y el firme tañido de las campanas, que ponen alas inmensas a su memoria.
A las cuatro menos diez aparece en la Puerta de Reyes el Caudillo y segundo Jefe Nacional de la Falange, seguido del Gobierno, Jefes de su Casa Militar y Civil, Tenientes Generales, Embajadores y Generales. Rinden honores las fuerzas congregadas.
Se efectúa el último relevo con el mismo ritual que se ha repetido en todas las jornadas del camino, compartidas por todas las Jefaturas Provinciales. Corresponde este último relevo a los camaradas que ostentan las Palmas de Plata, presididos por Agustin Aznar. Son estos camaradas los que deben depositar el cuerpo de José Antonio en su nicho.
Jamás la política española ha dado un paso como este paso que díó el Cortejo al penetrar en el Patio de Reyes presidido por el Jefe de Estado y segundo Jefe Nacional de la Falange, Francisco Franco Bahamonde. Como el eslabón perdido y encontrado de nuestra Historia, fue este instante solemne en el que se cumplía un destino del que estaba pendiente la Patria. Fué para todos como la clara conciencia dé la Victoria que el reposo definitivo de José Antonio ofrecía a la totalidad de los españoles. Fué cómo el símbolo de una falange que rebasaba el ardor de la fundación para convertirse en política de ayer y de mañana y en historia común del pueblo español.
Rinden honores al Cortejo todas las fuerzas y entonan el Himno todas las músicas, entre el batir de los tambores y el son de las trompetas. Comienzan los salmos de la capilla clásica y el tiempo pierde su medida mientras el Cortejo cruza solemnemente el Patio de Reyes. Depositan el féretro los «Palmas de Plata» al pie de la sepultura abierta frente al altar. A ambos lados, las Jerarquías del Movimiento, Autoridades, altos cargos y representaciones del Cuerpo Diplomático presencian la última ceremonia, presidida por el Caudillo.
Se suceden los cantos litúrgicos, que marcan mejor la obligada lentitud de depositar el féretro en su nicho de piedra. Bajo la cruz y su nombre grabados queda el cuerpo de José Antonio, ante el que repite el segundo Jefe Nacional las palabras-que pronunciara el Fundador frente al primer caído de la Falange: «Que Dios te conceda el descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que se recoja la cosecha que siembra tu muerte».
Ya está José Antonio en su sitio. El lo dijo y Dios le escuchó no concediéndole el descanso hasta que la paz del Caudillo lo hiciese posible. Ya está la cosecha de la muerte de José Antonio en la vida de todo un pueblo, que por fin ha mirado al Fundador como él quiso que le mirasen: con espanto de amor.
Lo que fué temblor entre las movedizas corrientes de la vida, entre los ignorados e ignorantes latidos del corazón, ya es, para siempre, el fijo e inconmovible bloque de piedra que cubre su cuerpo y descubre su espíritu para todos los tiempos y todos los hombres.
No estaba cerrado el cielo del quehacer español en la historia del mundo-como él dijo-, ni estaba completo El Escorial. El «Plus Ultra de la tierra» abrió con otras columnas el camino del cielo, y así, en la piedra que parecía imposible de colocar donde las piedras tienen su número y en la tarea que parecía agotada por ser redondo el mundo, está cumplido el milagro.
El mar que le vio partir aprieta su seno en el lejano litoral, hasta hacerse mar de piedra, cuando. cierran la fosa de José Antonio. Y la tierra que lo acoge se llena, a su vez, del infatigable y eterno rumor del mar, que cumple cada día la constante misión de llevar sobre su inquietud las naves con ruta y destino.
Todo el pueblo ha mirado y ha visto a su José Antonio. Por eso fué lento el último viaje. Y por eso todos los ojos se juntaron por él en una misma mirada para las futuras perspectivas. Ya tienen ojos iguales todos los rostros, desde el más humilde artesano a la más encumbrada dignidad, desde el camarada primero al más rezagado que venga.
Ya sabe el pueblo dónde tiene a José Antonio. Fué de ellos y porque era suyo lo mataron. Ahora le queda el llanto de su tremendo destino de matar lo propio, que desde siempre acompaña al pueblo de España.
Ya está José Antonio en el sitio para el que nació. «El peso perece cuando alcanza la posición deseada». Así, el peso de la vida alcanzó este ser lo que era en José Antonio, cuajado en piedra, en cruz y en nombre inconmovible y eterno.
Cuando se sale de la Basílica es de noche y los hombres de la Falange cantan por la carretera: «Cara al sol». Hace frío y se levanta, con la voz, la primavera. Desfilan lentamente miles de camaradas con disciplina rígida para su dolor, y queda la losa cubierta con flores humildes y las dos monumentales coronas enviadas por Hitler y Mussolini.

