19 de julio de 1936. En el día glorioso de su aniversario, bien se está el bullicio popular en las calles y la alegría jubilosa en los corazones, que al fin y al cabo, ella fue la fecha inicial de nuestra liberación y de nuestra ventura; mas opino que en jornadas como ella resulta también conveniente la meditación y el recuerdo.
Meditemos, pues, sobre el valor y sobre el alcance de aquella jornada barcelonesa del 19 de julio de 1936, y ofrendemos nuestra meditación en holocausto de los Caídos, que no son únicamente los Caídos de aquel precioso día, sino también los que fueron después cayendo a lo largo de todo el terror marxista, en su esfuerzo por mantener vivo y fecundo, bajo las garras del monstruo, el ímpetu inicial del Alzamiento, y para redimir al precio de su sangre generosa, el horrendo pecado que otros cometieran por tan largos años de egoísmo, de incomprensión y de traición antiespañola.
Con su sacrificio consumaron el milagro de transformar el perfil espiritual de Cataluña en los sectores en que su transformación resultaba de urgencia más imperiosa y apremiante, porque en la fecha —tan cercana y tan lejana— del 17 de julio de 1936, un porcentaje pavoroso de la población del Principado andaba todavía tocada, en mayor o menor medida, de la torva obsesión del hecho diferencial.
Aparte de una honrosa y esforzada minoría, los catalanes no sentían su españolidad o, por lo menos, no la sentían como los demás españoles querían que se sintiera. Lo cual resultaba de una gravedad tremenda, porque el sagrado sentimiento de la Patria no es cosa que admita matices ni modalidades, ni que cada cual pueda interpretar libremente y a su antojo, sino que ha de ir transido de indestructible unidad, siquiera se vista en las distintas comarcas y regiones de pequeñas variaciones, siempre accidentales y de detalle.
Unidad de destino, unidad en la conciencia de esa unidad de destino y unidad en la forma de tener conciencia de la propia unidad. Unidad de la unidad de la unidad, o triesencia de la unidad, que es pilar y fundamento de la grandeza y de la libertad de los pueblos.
De su anómalo sentir de su españolidad nacía el alejamiento de los catalanes —aun en sus capas mejores y más cultivadas— de muchas de las cosas esencialmente españolas y de ahí nacía también la hosquedad correlativa de los demás españoles frente a las cosas y a los hombres catalanes.
De suerte que, por inconsciente iniciativa de los unos y de los otros, se consumaba la catástrofe del mutuo divorcio y se avanzaba hacia la tragedia de la escisión final, cada vez más próxima e inevitable.
Y no era en ello lo menos grave la actitud de las sectas y partidos oficial y declaradamente separatistas, harto flojos en sus mesnadas y desacreditados en sus cabecillas para ejercer una influencia decisiva; ni aun la de otros separatistas vergonzantes, mucho más briosos y pujantes en sus actividades, pero reclutados entre los mismos sectores en que se reclutaba por todas las provincias la escoria de la anti-España.
Lo verdaderamente trascendental era la actitud de los sectores unidos por sus intereses a la cruzada antimarxista, pero separados de ella en cuanto atañía a esa peculiarísima noción de la españolidad. Y acaso haya pecado yo de excesiva indulgencia por este alambicamiento de mi lenguaje, con el que piadosamente trato de encubrir vergonzosas complacencias y concesiones lamentables, cuando no precoces iniciativas en las más torpes y abominables empresas.
Esos eran, precisamente, los sectores cuya reconquista para la españolidad genuina y auténtica resultaba más urgente y perentoria y cuya feliz consecución constituye, acaso, el más glorioso timbre que pueda ostentar nuestro Movimiento. Pues si la lucha contra una España roja era empresa de premura angustiosa y obsesionante, la lucha contra una España rota resultaba de trascendencia histórica mucho más profunda todavía. Y nada amenazaba tan gravemente con romper a España como la actitud de esos aliados tan cautos y reticentes, erizados de reservas, de distingos y de matizaciones.
Mas la reconquista, para ser verdaderamente lograda, no ha de terminar en su conversión, sino que hemos de asimilar el hecho mismo de su existencia anterior y ver cómo fue ésta, no el frustrado desgajamiento de una adherencia mal soldada, sino un fenómeno producido por profundísimas corrientes de la vida española. Que sólo podríamos dar a Cataluña por verdaderamente rescatada y no por dominada y sujeta, tan sólo, de los demás españoles, cuando demostrásemos que su separatismo o autonomismo no fueron simple reacción de un ser históricamente distinto y tradicionalmente sojuzgado que, aprovechando la momentánea mala ventura del sojuzgador, trata de emanciparse y de recobrar su antigua personalidad y su viejo albedrío, sino peculiar localización de un fenómeno más general de desintegración nacional y, por consiguiente, a través de su misma apariencia secesionista, confirmación esencial y entrañable de la unidad que aparentemente quiere destruir.
Este milagroso y paradójico rescate no debe procurarse tan sólo en lo que al nacionalismo catalán se refiere —y al nacionalismo burgués de que vengo haciendo méritos hasta ahora—, sino que también se ha de alcanzar en cuanto a los demás aspectos y modalidades de la monstruosa locura roja. Lo cual pienso que es una de las tareas de mayor alcance y trascendencia en que los españoles podamos empeñarnos. Nada más nocivo, en efecto, para nuestro futuro destino que empeñarnos en creer, como algunos creen, que todo lo sucedido a España en estos últimos tiempos no tiene otra razón de ser ni otro motivo que la acción propagandista y subversiva de la Tercera Internacional.
Si diéramos en convencernos a nosotros mismos de que todo el mal nos vino entonces de fuera y de que de fuera nos ha de venir ahora el remedio, apartando la vista de las faltas y de los defectos internos que, en el mejor de los casos, nos hicieron campo abonado para aquella propaganda, la ruina de España estaría ya completamente consumada.
No podemos conformarnos, en efecto, con reunir bajo la común y negativa denominación de anti-España a la mitad de la población española y dar a su aberrante y criminal posición esa explicación tan cómoda y simplista de la propaganda extranjera. Un pueblo en que la mitad de sus pobladores se pone, sin más ni más y de la noche a la mañana —porque treinta o cuarenta años de propaganda no suponen otra cosa en la historia de nuestra Patria al servicio de extraños y de torpes intereses—, es un pueblo prácticamente moribundo y sin posible remedio para sus males.
Sólo cuando esa extraña posición responde a más profundas causas y sirve, por designio más o menos oscuro de la Providencia, el propio destino, puede mirarse el porvenir con la gozosa esperanza con que hoy lo podemos mirar los españoles.
Contemplando muchas veces la admirable grandeza a que en nuestros días ha llegado la estirpe germánica, he vuelto la mirada a aquellos otros días en que, rota y pisoteada por los ejércitos napoleónicos, parecía próxima a su desaparición de la lista de los pueblos libres. En lo más negro de aquel su infausto período, cuando a principios de 1807 daban guardia los soldados galos en todas las plazas teutonas, compuso Juan Teófilo Fichte, al son de los tambores enemigos, sus inmortales Discursos a la Nación Alemana. Son regalo inapreciable para nuestro espíritu, singularmente en los momentos de tribulación nacional y patriótica. Por tales, resultan universalmente reputados y conocidos.
Pero, ¿cuántos españoles saben que en instantes de vigilia de grandes catástrofes para España, fue compuesto otro libro cuya lectura nos resultaría a nosotros, por muchos puntos, no menos saludable y conveniente que la de aquellos Discursos de Fichte les pudieran resultar a los alemanes? Me refiero al Idearium español, de Ganivet, donde yo encontré profetizada con maravillosa lucidez la clave de ese angustioso problema de nuestra reconstrucción espiritual y del rescate para nuestro ser histórico de las tristes mesnadas de la anti-España.
Cuando Ganivet escribía aquello, España asistía con estólida impavidez al derrumbamiento de los últimos restos de su primer Imperio. Y frente al pavoroso espectáculo de abulia moral que contemplaba, el genial granadino evocó aquel relato horripilante que leyera, cuando niño, de los sucesos acaecidos en uno de esos países próximos al Polo: un hombre viajaba en trineo con sus cinco hijos; a la mitad de su viaje fue acometido por una manada de lobos hambrientos. Cada vez le aturdían más con sus aullidos y le estrechaban más de cerca, abalanzándose sobre los caballos que tiraban del trineo y, en tan desesperada situación, tuvo una idea terrible: cogiendo al menor de sus hijos, lo arrojó a la manada de los lobos y, mientras éstos, excitados, se disputaban la pobre presa, él prosiguió velozmente su camino y pudo llegar a donde le dieron amparo y refugio.
«Pues España —decía Ganivet— debe de hacer como aquel padre amantísimo; que por algo es patria de Guzmán el Bueno que dejó degollar a su hijo ante los muros de Tarifa. Algunas almas sentimentales dirán de fijo que el recurso es demasiado brutal; pero en presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio en que está el corazón, y hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos».
España no tenía pulso. España se moría sin remedio en aquella charca hedionda de su decadencia y, para salvarla, fue necesario recurrir a la tremenda solución que Ganivet ofreciera. Y aun fue preciso exagerarla, pues que en lugar de un millón, fueron diez los millones de españoles que se hubieron de arrojar a los lobos de la masonería y de la Tercera Internacional para que, sacudiendo así los demás la modorra de su conciencia histórica, resultara posible la gloriosa recuperación imperial que hoy conocemos.
Así se hicieron carne de España las mesnadas de la anti-España y así llegaron a morir por ella, no cuando en algunos cesó el puro aliento fisiológico de su vida material, sino cuando corrompieron inconscientemente sus espíritus, llevados de un sino tremendo e inexcrutable, para que pudieran salvarse los espíritus de los demás españoles.
Cuando fueron arrojados con rigor inexorable a la voracidad de los lobos para que el conjunto de sus compatriotas no se sumiera en la inmundicia de los cerdos. Y algo parecido fue lo sucedido en Cataluña con ese nacionalismo a que al principio hice referencia. Hasta el advenimiento de nuestra Falange, el nacionalismo catalán había sido atacado tan sólo como catalán y no como nacionalismo.
Fue José Antonio quien primero condenó el nacionalismo como tal nacionalismo y situó el problema en un plan infinitamente superior y más cercano a su justa y verdadera solución.
Frente a la noción de España como una de tantas nacionalidades europeas —y acaso una de las peor logradas— se alzó así la concepción de la Hispanidad como unidad de destino en lo Universal, y sobre la variedad regional de la península quedó proclamada la identidad del destino hispánico en el orbe universo.
El nacionalismo, especie de individualismo de las naciones —según lo motejó exquisitamente la misma palabra del Fundador—, es un sentimiento demasiado estrecho para construir sobre él una auténtica grandeza. Es una pura ecuación entre la carne y el terruño y, por lo mismo, un sentimiento elemental y primitivo, un anhelo inconsciente de vida agradable y cómoda en el seno del mismo ambiente en que siempre residimos y del que recibimos, al bajo precio de la rutina, las fuerzas espirituales que no solemos hallar en el fondo de nuestra conciencia al precio excelso de nuestro sacrificio.
Imperio es, en cambio, voluntaria adscripción a un gran destino. Milicia abnegada y vigilante al servicio, no del propio egoísmo individual o nacional, sino de una empresa fecunda y redentora, en que el pueblo que se siente elegido monta la guardia de su noble ambición y de su gloria. No es simple unidad de raza, ni de territorio, ni de idiomas, ni siquiera simple deseo de unidad estática e intrascendente, sino unidad trascendental y dinámica, unidad en lo universal y para lo universal, unidad de superación y de entrega sublime del propio ser a una empresa más alta y perdurable. Es maternidad de pueblos y de culturas, de servicio prestado, al precio de la propia extenuación, a todo el conjunto de la estirpe humana.
Eso es lo que fue España en los siglos áureos de su grandeza y lo que dejó de ser al llegar la hora triste de su desgracia. Eso es lo que hizo primero nuestra unidad por encima de las diversidades regionales y locales, y lo que cesó después de unirnos, cuando dejamos entrar en nuestros pechos la renuncia, desesperanzada y la conformidad egoísta.
Y aquí recobran entera actualidad para los españoles de la decadencia las palabras que Fichte puso en el primero de sus inmortales Discursos para los alemanes de 1807:
«Un pueblo había muerto por su egoísmo, perdiendo a la vez su personalidad y la facultad de elegir el mismo su destino… Su egoísmo había llegado ya al límite en que, ganados todos los sujetos gobernados —salvo raras excepciones— y luego los mismos gobernantes, llega a ser el único móvil de sus actos… Le ilusiona hasta el punto de hacerle creer que tiene paz mientras sus fronteras no son atacadas, y en el interior se ve la dirección enervada, femenina, del Estado, que se llama en lengua extranjera humanidad, liberalismo, populismo, pero que, en buen alemán, debería llamarse cobardía y conducta indigna… Y… cuando el egoísmo es tan completo como hemos dicho arriba, la unidad nacional se deshace a los primeros choques… Entonces los hombres que en los combates por la Patria habían llevado lejos sus armas, van a servir bajo las banderas extranjeras y aprenden a luchar denodadamente contra sus conciudadanos. Así el egoísmo mata al egoísmo, llegando hasta el fin, y los que no querían obedecer más que a su propio interés, se dejan imponer por una fuerza extranjera un destino bien distinto del primero».
Pero España no había muerto todavía en julio de 1936. Había muerto únicamente la patulea de la anti-España, la masa de los españoles arrojados a los lobos para que no murieran los demás entre la inmundicia de los puercos. Y una minoría esforzada y valerosa pugnaba por superar aquel mismo y pavoroso problema que Fichte le brindara a los alemanes:
«Para que una nación caída tan bajo se levante, hay que crear las piezas de un poder nuevo de cosas en el orden antiguo. Investiguemos por qué el orden antiguo debía fatalmente caer. Veremos así, por contraste, qué principio nuevo levantará a la nación caída y le dará vida nueva… La razón entregada únicamente a los cálculos materiales, rompió la unión establecida por la religión entre la vida presente y la futura. Presentaba como vanas y engañosas las imágenes de amor a la gloria y a la Patria… después de la debilidad de los gobernantes, dejando impune la desobediencia a las leyes, rompió el lazo del temor…; el lazo de la esperanza, en fin, desapareció también cuando las recompensas no fueron entregadas según los servicios al Estado. La ruptura de estos lazos entrañó la dislocación de la unidad social».
Extraña y pavorosa exactitud la que tenían en 1936 palabras pronunciadas ciento treinta años antes. Y esperanzadora esplendorosa la que entrañaba el espectáculo de la actual realidad de aquel mismo pueblo que, en 1807, inspiró palabras tan sombrías.
En el ambiente sofocado de aquellas jornadas estivales, surgió el milagro redentor y fecundísimo. Alzados contra la opresión y la vergüenza un puñado de españoles, pronto la enseña sagrada y genuina de la Patria fue barriendo a la hez encanallada y restableciendo por toda la haz de nuestro suelo los valores eternos e inmutables de la hispanidad triunfante.
Aquella pesadilla de otrora se había hecho pilar de un renacer glorioso y sobre la realidad gozosa de la heroica jornada pudieran grabarse aquellas mismas palabras con que Fichte terminó su primer Discurso:
«Ya luce la aurora de un nuevo mundo que dora la cima de los montes y precede al día que llega. Yo quiero coger los rayos de esta aurora y proyectarlos sobre un espejo para que esta época pueda mirarse. Entonces se sentirá vivir aún, y en ese espejo reconocerá la vitalidad que llevó siempre consigo, al mismo tiempo que la verá desarrollarse como en una visión profética».
De la aurora rosada de 1807 se hizo para los alemanes el sol radiante de sus victorias de hoy. ¿Qué se hará para nosotros, los españoles, de aquella aurora de 1936? Brindémosle nuestra esperanza a los Caídos de entonces y de los treinta y dos meses de epopeya que se siguieron. Y recogiendo el hacha fulgurante que ellos alzaron en la noche de nuestra desgracia, hagámosle voto de seguir alumbrando con ella, al precio de la propia vida, la senda de nuestra grandeza y de nuestro Imperio restaurados.
A. Escarpizo-Lorenzana
Barcelona, julio de 1941.
