El siguiente texto está extraído del libro 1973. El año que volaron a Carrero, del escritor e historiador Fernando Vizcaíno Casas, una de las obras más documentadas sobre los acontecimientos políticos y sociales que marcaron el último tramo del régimen de Francisco Franco.
En este fragmento, el autor aborda el progresivo deterioro de las relaciones entre el Estado español y la Iglesia católica durante 1973. A través de la correspondencia entre Franco y Pablo VI, la publicación del documento La Iglesia y la Comunidad Política por la Conferencia Episcopal y las reacciones que provocó en los distintos ámbitos políticos y religiosos, Vizcaíno Casas describe un episodio que consideró decisivo para comprender el complejo contexto institucional de aquellos meses, pocos antes del atentado que acabó con la vida del presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco.
El pasaje refleja la interpretación del autor sobre unos hechos que marcaron profundamente la evolución de las relaciones entre el régimen franquista, la jerarquía eclesiástica española y la Santa Sede.
A pesar de las conciliadoras palabras del Jefe del Estado en su mensaje de final de año, las relaciones entre el Estado español y el Vaticano atravesaban momentos difíciles. El 12 de enero, el Papa Pablo VI recibía al ministro de Asuntos Exteriores, Gregorio López Bravo, que le hizo entrega de una carta personal de Franco, fechada el 29 de diciembre anterior. La audiencia había sido aplazada días atrás, lo que motivó suspicacias; lo cierto fue que Su Santidad había padecido una gripe.
La entrevista resultó bastante violenta; la carta del Caudillo estaba redactada en términos de evidente dureza, pues en ella acusaba «a algunos eclesiásticos y a ciertas organizaciones que se llaman apostólicas de querer convertir a la Iglesia en instrumento de acción política». El Pontífice la recibió de manos de López Bravo, indicándole que la leería con calma; pero el ministro no solo se la leyó íntegra en aquel momento, sino que incluso glosó alguno de sus párrafos. Pablo VI reconoció que le producía un gran dolor, aunque prefería ver la situación futura con mayor esperanza.
Todavía se iba a enrarecer más la situación cuando, el 23 de enero, la Comisión Episcopal publicara su documento La Iglesia y la Comunidad Política, que constaba de dos partes, sesenta y dos apartados y una conclusión. Había sido redactado tras largas deliberaciones de los obispos, presididos por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón y, según éste, previamente consultado con el Papa. Suponía una acerba crítica del régimen franquista, resaltando los cambios operados en la sociedad española en los últimos años y la necesidad de terminar «con una larga y azarosa tradición que, desde los albores del siglo VI, mantiene secularmente vinculada a la religión católica con la comunidad política nacional».
Se censuraba en el extenso texto la participación de los eclesiásticos en los órganos de decisión política (en clara alusión a la presencia de obispos en las Cortes y en el Consejo del Reino); se hacía expresa declaración de que la Iglesia «favorece la pluralidad de opciones políticas»; y la crítica política, como denuncia profética (sic); tras agradecer «los servicios que a través de los años pasados ha recibido la Iglesia del Estado español», la Conferencia Episcopal se pronunciaba por una profunda revisión del Concordato con la Santa Sede y por la renuncia por parte de aquél del privilegio del derecho de presentación episcopal, ofreciendo como compensación su decidida voluntad de desistir de todos los privilegios concedidos por el Estado, incluido el del fuero.
La Declaración, «esperada con pasión y con pasión recibida», al decir de sus propios autores, provocó, en efecto, las más dispares reacciones en los medios religiosos y políticos. Afianzó la rebeldía del clero llamado progresista y fue especialmente celebrada por la oposición al Régimen. Para Francisco Franco, cuya profunda fe religiosa era notoria, supuso un golpe muy doloroso: aferrado a convicciones y criterios que el Concilio Vaticano II había hecho tambalear, creyó honradamente que la Iglesia era injusta con él.
