El secuestro del empresario navarro Felipe Huarte Beaumont, cometido por ETA el 16 de enero de 1973, constituyó uno de los acontecimientos que marcaron el inicio de un año especialmente convulso en la historia reciente de España.
El siguiente texto está extraído del libro 1973. El año que volaron a Carrero Blanco, de Fernando Vizcaíno Casas, obra en la que el autor reconstruye, con abundante documentación y siguiendo un orden cronológico, los principales acontecimientos políticos, sociales y terroristas que desembocaron en uno de los años más decisivos del final del franquismo.
En este fragmento se describen el desarrollo del secuestro, las condiciones impuestas por ETA para la liberación del industrial, la reacción del Gobierno presidido por Francisco Franco y las consecuencias inmediatas que tuvo aquel episodio tanto en la lucha contra el terrorismo como en la opinión pública española.
El 16 de enero, un comando de ETA secuestra en Pamplona al industrial don Felipe Huarte Beaumont. A las siete y media de la tarde, los terroristas se presentaron en la residencia del señor Huarte, Villa Adriana, en las afueras de Pamplona; pero sólo encontraron a los criados y a los niños, el mayor, de ocho años. Los maniataron, encerrándolos en los sótanos y aguardaron el regreso de don Felipe, que estaba en el cine. Cuando llegó, le colocaron un saco sobre la cabeza, le introdujeron en su propio coche, un Dodge-Dart, y huyeron hacia paradero desconocido.
Desde Bayona, ETA comunicó sus condiciones para liberar al industrial navarro: pago de un rescate de cincuenta millones de pesetas y readmisión de los obreros despedidos en la factoría Tornifasa, propiedad de Huarte, donde se había declarado una huelga de carácter reivindicativo. Al conocer la declaración de los terroristas, los trabajadores de la empresa volvieron a sus puestos espontáneamente, a la vez que repudiaban el secuestro y se solidarizaban por completo con la familia de don Felipe.
El día 26, el vespertino Informaciones publica unas fotos exclusivas del industrial, en su cautiverio. Esa misma noche, el señor Huarte es liberado: parece que la familia pagó los millones pedidos a la banda terrorista. Desde el bar Arzac, de Irún, don Felipe telefonea a su casa, comunicando la buena noticia. Barbudo y desaliñado, allí le toman por un inmigrante portugués; quizás, por un delincuente. En la rueda de prensa que celebra al siguiente día, como es natural, ofrece muy pocas revelaciones. Se desata en los medios de información y en las esferas políticas una dura controversia sobre la licitud de pagar los rescates en estos casos; Emilio Romero y Gonzalo Fernández de la Mora centran la parte más interesante de la polémica.
El 19 se había reunido el pleno del Consejo de Ministros (pese a que en principio sólo estaba convocada la Comisión Delegada de Asuntos Económicos) para tratar el tema Huarte. La actitud de Franco fue terminante: había que pasar a la ofensiva contra ETA. «Los terroristas —dijo— nos tendrían que tener más miedo a nosotros, que nosotros a ellos.» Lamentó la participación de menores en actos de terrorismo e insistió en que era preciso desarmar a los delincuentes.
Tres meses más tarde, Eustaquio Mendizábal (a) Txikia, cerebro de la operación del secuestro del señor Huarte, y alto responsable del frente militar de ETA, era muerto en Algorta, en un tiroteo con la policía. A finales de febrero ya había sido detenido en San Sebastián Manuel Isasa (a) Fangio, autor material del secuestro.

Bravo por los ciudadanos y en este caso obreros que se reincorporaron al trabajo al conocer la peticiones de los sanguinarios. Aun la sociedad no estaba acobardada por esa banda de asesinos marxistas.