La designación del almirante Luis Carrero Blanco como presidente del Gobierno en junio de 1973 marcó uno de los cambios institucionales más importantes del régimen de Francisco Franco. Por primera vez desde el inicio de la Guerra Civil, la Jefatura del Estado y la Presidencia del Gobierno quedaban separadas, inaugurando una nueva etapa política cuya evolución sería determinante para el futuro de España.
El siguiente texto está extraído del libro 1973. El año que volaron a Carrero Blanco, de Fernando Vizcaíno Casas, donde el autor analiza el proceso de formación del primer Gobierno presidido por Carrero Blanco, la composición del nuevo Ejecutivo, las reacciones de la prensa nacional e internacional y las interpretaciones surgidas en torno a la posible influencia de La Zarzuela y del entonces Príncipe de España, don Juan Carlos, en la configuración del gabinete ministerial.
A través de un detallado recorrido por los acontecimientos y las opiniones de la época, Vizcaíno Casas ofrece una visión de las expectativas que despertó el nuevo Gobierno y del contexto político que precedió a los decisivos acontecimientos que marcarían el final de 1973.
España se impresiona; incluso se conmueve. Hasta la prensa de los principales países del mundo dedica sus primeras planas a la noticia: el Boletín Oficial del Estado del sábado 9 de junio ha publicado una ley que deja en suspenso la ya histórica vinculación de la jefatura del Estado con la presidencia del Gobierno. Y un decreto, por el que se nombra presidente del Ejecutivo al almirante don Luis Carrero Blanco. Al cabo de 35 años de ejercer ininterrumpidamente como jefe del Gabinete, Francisco Franco declina sus facultades al frente del Consejo de Ministros.
La decisión (como todas las suyas) venía madurándola desde mucho tiempo atrás. Pero ha sido necesaria la constante presión de sus colaboradores más íntimos, e incluso del propio Príncipe de España, para que la materialice. El 3 de mayo se la comunicó ya a quien iba a ser su primer sucesor; el Almirante no le ocultó que aceptaba el cargo tan sólo por obediencia y sentido del deber. López Rodó preparó el borrador del proyecto de ley; también comentaría con don Juan Carlos el nombre de los posibles nuevos ministros. Oficialmente, sin embargo, Franco no le daría la noticia al Príncipe hasta el 4 de junio, cuando celebró con él su habitual reunión de los lunes.
«Quiero efectuar un cambio profundo de hombres y mentalidades», precisó. Juan Carlos le dio un abrazo, exponiéndole su alegría.
Los comentaristas políticos prestan especial atención al nombramiento, no sólo en España. El Daily Telegraph la analiza en cinco columnas; New York Times resalta, en primera página, la fidelidad de Carrero a Franco; Le Monde considera que, ahora, el Consejo del Reino adquiere una importancia clave; Frankfurter Allgemeine Zeitung entiende que se abren nuevas perspectivas para el futuro español. Aquí, el ABC tiene buen cuidado en precisar que el presidente del Gobierno continúa siendo el jefe nacional del Movimiento. Sin embargo, en Ya, Luis Apostua genera la polémica. Aunque quizás el comentario más positivo, la reacción más significativa, sea la espectacular alza que se registra en la Bolsa.
Van conociéndose detalles de la gestación de la crisis. Rodríguez de Valcárcel le cuenta a Fraga que el Almirante le ha comentado que «ahora los gobiernos se han de nombrar de otra manera», aunque reconoce desconocer el alcance de la frase. Se sabe también que la terna del Consejo del Reino para la designación del nuevo presidente del Gobierno la formaban, con Carrero, Raimundo Fernández-Cuesta y Manuel Fraga Iribarne. Éste, que ocupaba en ella el segundo lugar, se marcha de pesca el mismo día en que el almirante toma posesión de su cargo.
El martes, 12, se hace pública la composición del nuevo Gobierno, que es la siguiente:
Presidente: almirante don Luis Carrero Blanco.
Vicepresidente y ministro secretario general del Movimiento: Torcuato Fernández Miranda.
Asuntos Exteriores: Laureano López Rodó.
Justicia: Francisco Ruiz-Jarabo.
Ejército: teniente general Francisco Coloma Gallegos.
Marina: almirante Gabriel Pita da Veiga.
Aire: teniente general Julio Salvador y Díaz-Benjumea.
Hacienda: Antonio Barrera de Irimo.
Gobernación: Carlos Arias Navarro.
Obras Públicas: Gonzalo Fernández de la Mora.
Educación y Ciencia: Julio Rodríguez Martínez.
Trabajo: Licinio de la Fuente.
Industria: José María López de Letona.
Agricultura: Tomás Allende y García-Baxter.
Comercio: Agustín Cotorruelo Sendagorta.
Información y Turismo: Fernando de Liñán y Zofío.
Vivienda: José Utrera Molina.
Subsecretario de la Presidencia: José María Gamazo Manglano.
Planificación del Desarrollo: Cruz Martínez Esteruelas.
Relaciones Sindicales: Enrique García-Ramal.
Al conocerse la lista, la opinión general considera que Carrero ha hecho un Gobierno a la medida del Príncipe; incluso éste comenta que podía etiquetarse como «gobierno de la Zarzuela». Aunque un nombre no deja de causar extrañeza, el del titular de Gobernación, Arias Navarro; dicen que ha sido el único impuesto por Franco y algunos insinúan que más bien por doña Carmen.
Varios de los ministros salientes se enteraron de su cese con absoluta sorpresa. Alberto Monreal estuvo exponiendo ante la Comisión Delegada para Asuntos Económicos las líneas generales de su proyecto de reforma fiscal, sin saber que en aquellos momentos ya había dejado de ser (de hecho) ministro de Hacienda. López Bravo estaba presidiendo en París la reunión anual de ministros de la OCDE; fue López Rodó quien le comunicó telefónicamente su relevo. Al regresar a Madrid, despachó las preguntas de los periodistas que le estaban aguardando en el aeropuerto, con una frase que se haría célebre:
—Yo ya no soy noticia…
Las interpretaciones que se dieron al nuevo Gobierno fueron, obviamente, muy diversas. Cambio-16 destacaba los nombres de López de Letona, Barrera de Irimo y Cruz Martínez Esteruelas y adelantaba que «el nuevo Gobierno parece prometer creciente dinamismo en el terreno económico». Según La Vanguardia Española, en comentario de Ortí Bordás, se daba «un gran paso adelante en la evolución homogénea del Régimen». En ABC, el conde de los Andes escribía que era llegado el momento de crear unas asociaciones políticas, al menos con fines electorales, para evitar que la participación quedara en manos de la plutocracia. Y recordaba: «Hasta Vázquez Mella, los Blancos y Negros, la tarea más importante del Gobierno iba a ser «asentar las bases de una pacífica y armónica convivencia nacional»». Emilio Romero, en su diario Pueblo, no vacilaba en afirmar «no es un gobierno de concentración». En el semanario Blanco y Negro, Lorenzo Contreras analizaba la crisis Carrero para concluir que Fernando Miranda era el gran triunfador y que la gran sorpresa del nuevo Gobierno residía en la sustitución de López Bravo por López Rodó.
Comentando la composición del Gobierno Carrero, ya con la perspectiva de los años transcurridos, Fraga coincide en que «lo que más llama la atención» es el cese de López Bravo, a juicio. La Cierva le define como «pintoresco personaje ultra (…) que se dedicó a jugar a ministro durante los meses que lo fue».
A salvo estas consideraciones personales, lo cierto es que, en aquel momento, el nuevo Ejecutivo fue recibido con general satisfacción. Estaba extendida la creencia de que, aun garantizando la continuidad del Régimen, incrementaría la participación política, fomentaría las exigencias sociales del desarrollo económico, cuidaría las relaciones con Europa (sin olvidar la reivindicación de Gibraltar), velaría por la independencia entre la Iglesia y el Estado y, por supuesto, iba a mantener con firmeza el orden público. En el diario Ya comienza su colaboración —que se hará famosa— un grupo colectivo de opinión, acogido al seudónimo Tácito y lo hace, precisamente, comentando el nombramiento de Carrero y la designación por éste de su Gobierno; sus criterios son favorables, si bien con alguna reticencia.
Algunas curiosidades sobre estos ministros, que juran sus cargos ante el Jefe del Estado y el presidente del Gobierno el día de san Antonio de Padua, 13 de junio: ocho son mayores de cincuenta años, o sea que se integran en la llamada por Ansón generación de la guerra. Los demás están entre 40 y 50 años; aunque la media sea de 53 años, la estadística induce a error (como casi todas), pues la desnivelan los más viejos, Ruiz-Jarabo (71), Arias Navarro (65) y Pita da Veiga (64). El más joven es Martínez Esteruelas, con 41.
El sueldo de un ministro (en 1973) era de 954.000 pesetas anuales, distribuidas en una dotación de 357.000 pesetas, complemento por dedicación absoluta y especial responsabilidad, 357.000 pesetas y 79.500 pesetas para gastos de representación.
Sus incompatibilidades, según el artículo 17 de la Ley Orgánica del Estado, son desempeñar cargo retribuido que no siendo inherente a sus funciones figure en los presupuestos o al servicio de la Administración del Estado, Movimiento o de los organismos de ellos dependientes y los de la Administración Local. Desempeñar cargos de cualquier orden en empresas o sociedades concesionarias, contratistas o administradoras de monopolios, obras o servicios públicos del Estado, provincia o municipio, salvo que actúen por delegación gubernativa. Desempeñar cargos que lleven anejas funciones de dirección, representación o asesoramiento en toda clase de compañías, sociedades mercantiles o civiles y consorcios con fin lucrativo. Continuar en el ejercicio de la abogacía o en cualquier otro al que pudieran dedicarse por razón de sus títulos o aptitudes. Gestionar, defender, dirigir o asesorar asuntos particulares, cuando por su índole competa a la Administración Pública resolverlos.
Por último, en el nuevo Gobierno había diez abogados, tres economistas, tres militares, dos ingenieros y un licenciado en Ciencias Exactas y Farmacia (Julio Rodríguez). A Barrera de Irimo le gustaba tocar el violín y a Martínez Esteruelas, el órgano. Cotorruelo se declaraba hincha del Atlético de Madrid; no en vano era hijo del socio número uno del club rojiblanco.
