Mientras la atención política de España se concentraba en el nombramiento de Luis Carrero Blanco como presidente del Gobierno y en la evolución del régimen franquista, otro acontecimiento ocupó las portadas de periódicos y despertó una enorme expectación popular: la detención de Eleuterio Sánchez Rodríguez, «El Lute», el delincuente más buscado del país.
Su extraordinaria capacidad para escapar de la justicia durante años había alimentado una leyenda que trascendía el ámbito policial para convertirse en un auténtico fenómeno social. Admirado por unos, condenado por otros, «El Lute» simbolizaba para muchos el desafío permanente a un sistema que parecía incapaz de capturarlo definitivamente.
El texto que sigue está extraído del libro «1973: El año que volaron a Carrero Blanco», de Fernando Vizcaíno Casas, donde el autor reconstruye la trayectoria criminal de Eleuterio Sánchez, sus espectaculares fugas, la operación policial que culminó con su captura definitiva y la posterior evolución de un personaje que acabaría formando parte de la memoria colectiva de varias generaciones de españoles.
Este mes de junio va a estar lleno de sorprendentes novedades, que tendrán en vilo a la opinión pública. Pues al mismo tiempo que los ciudadanos nos enterábamos de que cambiaba el presidente del Gobierno y se formaba un nuevo gabinete, la Dirección General de Seguridad comunicaba la noticia, ciertamente espectacular, de la detención del famoso delincuente Eleuterio Sánchez (a) el Lute. Un gitano quincallero (quinqui), convertido en mito popular por su asombrosa capacidad de huida, que desde hacía más de dos años estaba siendo buscado infructuosamente por las fuerzas de Orden Público.
El primer conocimiento que de él se tuvo fue en mayo de 1965, cuando en compañía de Raimundo Medrano y Juan José Agudo atracó una joyería en la calle Bravo Murillo de Madrid. Tras un botín de 150.000 pesetas, sorprendieron al vigilante del establecimiento, Tomás Ortiz; dispararon contra él (nunca pudo precisarse cuál de los tres), matándole. Aunque consiguieron escapar, seis días después la policía sorprendió en un restaurante de la calle Galileo a Medrano y a un compañero; al darles el alto, respondieron con disparos; replicó de la misma forma la fuerza pública, y un disparo alcanzó a la niña de siete años Raquel Campina, que jugaba en la acera y que moriría poco después, a consecuencia de las heridas recibidas.
Detenidos el Lute, Medrano y otros varios centenares más, fueron acusados de varios centenares de faltas y delitos menores contra la propiedad y por ellos y por los dos últimos hechos. Fue condenado, juntamente con Medrano, a la pena de muerte, después conmutada por la de treinta años de prisión mayor. Estaría Eleuterio cumpliéndola, cuando tuvo que ser trasladado (con la natural custodia policial) desde el Penal del Dueso a Madrid, para que interviniese como testigo en la vista oral de un juicio que se seguía contra Medrano. Durante el trayecto, saltó del tren, que marchaba a 70 kilómetros por hora, cayó sobre el canal de Castilla, lo atravesó a nado (con una clavícula rota) y anduvo 170 kilómetros, hasta que doce días después era nuevamente detenido por la Policía de Tráfico.
Internado en el Penal del Puerto de Santa María, en Cádiz (considerado de máxima seguridad), el primero de enero de 1971, aprovechando la relajación de los vigilantes por la festividad del día, escaló de manera inverosímil el muro de la prisión, ayudándose con un cable, y se ocultó en paraje desconocido. Desde entonces, sin embargo, había realizado varias apariciones sonadas, con manifiesto desafío a las fuerzas de seguridad, que una y otra vez montaron aparatosas operaciones de captura e incluso consiguieron cercarle en varias ocasiones. Pero el Lute se escabullía siempre.
En junio del 71 y en un alarde de intrepidez, se presentó en el pueblo de Villaverde, junto a Madrid, para llevarse con él a los dos hijos que tenía de su matrimonio con la Chelo. La Guardia Civil le buscó al mes siguiente por la provincia de Málaga, donde había sido visto; pero de nuevo la persecución resultó inútil.
En febrero de este 73, el Lute se casaba por segunda vez, por el rito de su raza, con una gitana de quince años, Francisca.
La pequeña familia de los Gato, Inés Fernández Amador, la familia de Eleuterio, con asistencia de parientes y amigos, en la provincia de Alicante. Nuevamente supo escabullirse, esta vez con su mujer, de la persecución policial. Sería ser convertido en personaje de leyenda.
Finalmente fue capturado de nuevo, el 2 de junio, al anochecer, en el barrio de Juan XXIII, de Sevilla. Treinta miembros de la B.I.C. y su policía, alertada por algún vecino, disfrazados con ropas raídas para no llamar la atención entre los habitantes de las chabolas de Las Alatayas, se acercaron relevándose, dos días seguidos. Al anochecer aparecieron el coche matriculado de Cádiz que se sabía que estaba utilizando el Lute (y que había sido robado).
Los policías vestidos de mendigos fueron acercándose, sin levantar la menor sospecha en los dos ocupantes, que eran, en efecto, Eleuterio y el Lolo. Los cuales, al descender, se vieron rodeados; el primero fue apresado en el acto, ya que la agencia (dijo la nota facilitada por la Jefatura Superior de Policía de Sevilla) materialmente se le echaron encima, impidiéndole movilizarse. Su hermano pudo sacar una pistola y disparar; repelió la agresión la policía, hiriéndole en el pómulo derecho.
El Lute llevaba barba, un pantalón gris claro, camisa blanca y chaqueta oscura. Fue trasladado (la nota oficial precisaba, de modo evidentemente obvio, «con todas las precauciones») a la Jefatura de Policía de Sevilla; su hermano, a la Ciudad Sanatorial Virgen del Rocío. Según sus apresores, las primeras palabras pronunciadas por el famoso quinqui tras ser detenido fueron:
—Estaba ya cansado de tanto huir…
Ingresado en distintos centros penitenciarios (en donde aprendió a escribir y leyó mucho), Eleuterio Sánchez acabó siendo indultado y se insertó perfectamente en la vida normal.
Incluso alcanzó cierta notoriedad en los primeros años de la transición, llegando a pronunciar conferencias, una de ellas nada menos que en la Universidad de Salamanca. Ha escrito dos libros contando (según su punto de vista) sus peripecias y con base en ellos, Vicente Aranda realizó unas películas de notable éxito comercial. Es, sin duda, una persona de relevante interés humano.
Ya lo anticipó el capellán del Penal del Puerto que, al producirse su última captura, declaró en la prensa:
«Volverá a huir, si puede: es natural. Pero se trata de un hombre perfectamente recuperable para la sociedad.»

Si mataron al vigilante de la joyeria, y por su maldita culpa murio una niña. , debio ser colgado en la plaza Mayor de Madrid y su cuerpo exhibido hasta la putrefaccion.