La primera comparecencia del nuevo presidente del Gobierno ante las Cortes Españolas había levantado una indudable expectación en los medios políticos. El 20 de julio, Carrero Blanco exponía a los procuradores las líneas generales de su programa. Ya entonces, Lorenzo Contreras definió su discurso como «autorretrato»; posteriormente, los historiadores han confirmado tan aguda síntesis.
Pues el almirante dejó bien clara, antes que nada, su ubicación ideológica. «Soy un hombre —dijo— totalmente identificado con la obra política del Caudillo (…) mi lealtad a su persona y su obra es total, clara y limpia, sin sombra de ningún íntimo condicionamiento ni mácula de reserva mental alguna. Y como consecuencia lógica de esta identificación mía con la obra política del Caudillo, declaro igualmente mi lealtad, con la misma claridad y la misma limpieza, al Príncipe de España, su sucesor, a título de rey, en la Jefatura del Estado.»
El autorretrato no iba a ser solamente político; alcanzó, incluso, a sus aspectos más personales: «Ni tengo ni he tenido nunca el más mínimo interés en entidad o empresa de ningún tipo, ni agrícola, ni industrial, ni de servicios. Todo mi interés está concentrado en la gran empresa de todos que se llama España.»
Precisó que se sentía al margen de cualquier tendencia: «Si entre los hombres del Movimiento, si entre la enorme masa de españoles que aceptan sus Principios, se admite la posibilidad de matices, sectores, grupos o lo que se ha venido en llamar “familias políticas”, quede bien claro igualmente que estoy con todos en general, con ninguno en particular.»
La «continuidad» sería, sin duda, el eje de actuación de su Gobierno, si había de resumirse en una sola palabra. Pero siguiendo tres líneas de actuación: «desarrollo político y espiritual, desarrollo económico y desarrollo social», además del mantenimiento del orden, de la seguridad y de la paz.
A continuación afirmó que las condiciones de la España del 73 eran totalmente distintas a los marcos institucionales anteriores y que debían adecuarse a las nuevas circunstancias históricas, creando nuevas fórmulas que hicieran posible una mayor participación desde la fidelidad a los Principios.
Aludió a las relaciones con la Santa Sede, confiando en que pudieran revisarse y actualizarse las cuestiones derivadas del Concordato. Repasó también los asuntos económicos, sociales, industriales, agrícolas y de transportes, y defendió la modernización de las Fuerzas Armadas.
En política exterior hizo una referencia concreta a la integración en Europa y prometió que su Gobierno procuraría eliminar incomprensiones y recelos, despertando la buena voluntad de los países europeos. «España no puede estar ausente del proceso de perfeccionamiento de las instituciones integradoras entre los pueblos de nuestro continente.»
El tema de Gibraltar recibiría una atención especial, pues constituía «una herida que, desde hace 269 años, se halla en permanente estado de irritación en el sentimiento de todos los españoles». La actitud del Gobierno británico, tras el fracaso del intento de «pensar juntos», anticipó que podrían plantearse dificultades para el uso del aeropuerto de Gibraltar, lo que, según el ministro, produjo resultados positivos.
Terminó así:
«Al presentarme hoy por primera vez como presidente del Gobierno ante estas Cortes, suprema representación del pueblo español, quiero ofrecer a éste nuestra firme voluntad de servirle y que para ello siempre tendremos como norma que una medida de gobierno es buena si beneficia al bien común, aunque una minoría se sienta perjudicada en sus aspiraciones y proteste; y que es mala si perjudica al bien común, aunque una minoría se considere beneficiada y aplauda.
El discurso satisfizo más a los conservadores que a los progresistas y renovadores. El diario Ya comentó que era el que se podía esperar de su largo historial. El Alcázar recogió que en él «no hubo sorpresas ideológicas, programáticas, ni siquiera operativas». La prensa extranjera, en general, opinó que el nuevo presidente del Gobierno español seguiría fielmente la línea política de Franco y que las innovaciones serían cautelosas y lentas.
