Sobre las seis y cuarto de la tarde del 23 de febrero, más de un centenar de guardias civiles al mando del teniente coronel Tejero asaltaron el Palacio del Congreso de los Diputados para interrumpir la sesión parlamentaria durante la que se producía la segunda votación constitucionalmente exigida, por ausencia de mayoría absoluta en la primera, para la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como Presidente del Gobierno.
Este proceso constitucional se había abierto por la dimisión del Presidente investido tras las elecciones generales de 1979, Adolfo Suárez, el 28 de enero de 1981 (9). Los asaltantes penetraron en el salón de sesiones ante los medios de comunicación, lo que produjo un efecto inmediato de conocimiento y alarma social. La repercusión de esta acción en los Poderes del Estado es momentáneamente elevada, por la presencia en el pleno y lugares aledaños de la práctica totalidad de los diputados y de todos los Ministros del Consejo en funciones (10) con su Presidente al frente. Entre los diputados se encontraban también los principales lideres de los Partidos Políticos.
A las diecinueve horas, el Capitán General de la III Región Militar, Jaime Milans del Bosch, declara lo que denomina como «Estado de Excepción» en la demarcación que comprende su Capitanía (Levante y la antigua región de Murcia). Una hora después de materializarse la entrada en el Congreso se presenta una situación de evidente golpe de Estado con la toma de algo más que una única sede institucional, ya que en esas horas el Palacio del Congreso recibe y aúna lo más relevante de dos Poderes: una Cámara del Legislativo y la cabeza del Ejecutivo, con el Gobierno entendido en sentido estricto. En cuanto a la presencia física en la calle de la subversión (organizada, no los conatos de manifestantes o espontáneos), se reduce a la ciudad de Valencia, por la que circulan vehículos militares con intenciones intimidatorias. En las siguientes horas, se trata de materializar acciones convergentes con estas dos iniciales, a fin de producir un efecto multiplicador. La más destacable es el intento de hacer visible en las calles de Madrid a la División Acorazada Brunete. En realidad, entre las dieciocho horas del 23 de febrero y las dos horas del día 24, solo elementos aislados de unidades militares participan en acciones de bloqueo de objetivos estratégicos: la toma de las instalaciones de Televisión Española, en Prado del Rey, y la de la emisora La Voz de Madrid (11), ambas por escasas horas, y el segundo objetivo sin interferencia practica. El tercer movimiento que se materializa, fuera ya de las previsiones de los golpistas, es el de una columna de camiones militares al mando del Comandante Pardo Zancada, que se incorpora a los asaltantes del Congreso durante las primeras horas del 24 de febrero.
Una vez fracasan las adhesiones en cascada que tradicionalmente acompañaban a los pronunciamientos en España, durante los siglos XIX y XX, por la abstención del resto de Regiones Militares; al amanecer del día veinticuatro la subversión se reduce al recinto del Congreso de los Diputados y las tropas en Valencia son acuarteladas, tras la retirada de las ordenes por parte de su Capitán General. Al mediodía del martes 24 de febrero, se entregan las fuerzas que ocupan la Cámara Baja y finaliza en menos de dieciocho horas el golpe de Estado.
Estos son los hechos asépticos tal y cómo se tratan hoy en día en las Universidades de periodismo, pero hay mucho más detrás de esta sencilla explicación.
¿Por qué naufragó el 23-F?
A pesar de que muchos españoles, parecen no haberse enterado aún, el fallido “golpe de timón” (no golpe de estado) que tuvo lugar el 23 de febrero de 1981 ya está esencialmente aclarado.
“Para verdades, el tiempo, para justicia Dios” decía mi madre que en gloria esté. La primera parte del aserto ya se ha cumplido: Falta ahora que la justicia divina enmiende la injusticia terrena, condenando al “Elefante Blanco” (que no fue imputado por el golpe de timón) como ya lo ha condenado la historia de España.
Porque gracias a un hombre de honor que aceptó su responsabilidad, y tomó su cruz, en lugar de avenirse a la cómoda solución que se le ofrecía, se ha podido conocer, definitivamente, lo que sucedió el 23F de 1981.
La verdad ya está establecida y la incógnita despejada. Lo que antes podía leerse entre líneas, ahora puede leerse a páginas llenas. Lo que antes eran fundadas sospechas, hoy son contrastadas certezas. Basta con leer “23-F: LAS DOS CARAS DEL GOLPE” de Ricardo Pardo Zancada, “23-F, EL REY Y SU SECRETO” de Jesús Palacios y “LA GRAN DESMEMORIA” de Pilar Urbano (por citarlos según su orden de “aparición en escena”) para disipar toda sombra de duda.
No obstante bueno es recordar la génesis del 23F y su posterior evolución, que desemboca en la actual situación de España. Y para ello nada mejor que narrarlo en clave náutica, como corresponde a un fracasado “golpe de timón”.
….No hace tantos años la nave del estado estaba en situación dramática. En plena rompiente y a la deriva. Sin gobierno, pues el comandante la había abandonado a su suerte poniéndose a salvo. Él y su familia. En tan caótica situación uno de los oficiales, por propio honor y espíritu, pero también por amor a la nave y a la dotación que estaban en trance de perderse, asume el mando. Primero debe dominar un motín a bordo que, como suele suceder, se suscita cuando ante el peligro inminente de zozobrar el comandante abandona la nave y esta queda al garete.
El nuevo comandante asume el mando en una situación de vida o muerte. Domina el motín, y luego, tras penalidades sin cuento, restablece la situación. Auxiliado al principio por parte de la dotación que le ha sido fiel. Luego por todos, al comprender que gracias a él la nave ha recuperado su rumbo, alejándose del peligro. Y que ha sorteado posteriormente, con su pericia, otros muchos escollos que acecharon en las nuevas singladuras. En definitiva, que el providencial comandante, tras reparar los destrozos del temporal, consiguió navegar en bonanza durante casi cuarenta años.
Y tras pilotar la nave del estado con mano firme y experta, en demanda del magno puerto que le correspondía por su gloriosa historia, cuando por ley de vida rinde viaje, entrega el mando al nieto de aquel comandante que abandonó la nave en lo más recio de la tempestad.
No ofrece el mando al hijo, pues desembarcado también con el padre en aquella dramática situación de las rompientes, cuando la nave vuelve a estar en peligro durante su difícil travesía histórica, pretende que aquellos amotinados que fueron obligados a desembarcar tras ser dominado el motín -una vez salvada la nave- le quiten el mando al comandante salvador y se lo entreguen a él.
El nuevo comandante -nieto del desertor- asume el mando por obra y gracia del Salvador: no el de los cielos, el de la patria. Para ello jura sobre los Santos Evangelios cumplir las normas de navegación y demás disposiciones que salvaron a la nave del naufragio, y que son la garantía de que nuevamente no se halle en trance de perderse.
Pero ufano del alto puesto alcanzado (y sin sentir agradecimiento alguno al considerarlo su derecho por ley de herencia) comienza a escuchar los cantos de sirena. A escucharlos, y a seguirlos.
Y entre esos cantos de sirena se encuentran los de de su augusto padre. Transcurren los años, singladura tras singladura. Y el nuevo comandante, en lugar de amarrarse al palo mayor del juramento empeñado, para no sucumbir al encanto de las sirenas -como hiciera Ulises- se deja adormecer por ellas y sigue el rumbo de la perdición que estas le marcan por boca de sus cortesanos y de sus enemigos. Desoye el sabio consejo con que concluye la fábula del perro y el cocodrilo: “O que docto perro viejo, yo venero su sentir en eso de no seguir, del enemigo el consejo”.
Y como era obligado, al seguir el mismo rumbo que condujo a su abuelo a los escollos, pronto se ve ante ellos. Consciente del peligro pretende corregir la derrota con un “golpe de timón”, pero naturalmente es una maniobra delicada y la nave acusa la virada. Crujen las cuadernas y la escora asusta al comandante. Por ello, antes de que concluya la maniobra, ordena al oficial de derrota que desista de ella. Y se llevan preso a la sentina al inocente timonel, a quien se había encargado accionar la rueda del gobernalle para la audaz maniobra.
El desenlace al abortar el golpe de timón, no podía ser otro que persistir en el rumbo que conducía al desastre. Y aunque el susto que produjo la violenta virada, mantuvo un tiempo en sosiego a los que ya amenazaban de nuevo con amotinarse, pronto volvieron en sus demandas. Y el caso se agravó cuando, merced al desgobierno propiciado por la nueva ordenanza implantada en la nave -según la cual al comandante solo le correspondía pasear por cubierta “moderando la navegación”- (las decisiones y el mando deben ser responsabilidad del “segundo”) quedó este puesto, de importancia vital, en manos de un grumete: Bobo solemne para mayor desgracia.
Como ya se ha dicho, pasado el susto y con el bobo solemne en el puente dirigiendo la navegación, la chusma, so amenaza de amotinarse, exigió la que era la más vil de todas sus demandas. Y al mismo tiempo la que más saciaba su rencor: Pidió la profanación del cadáver y de la memoria de aquel providencial comandante que había sofocado el motín, y que tras salvar la nave, había entregado el mando a quien ahora lo ostentaba “moderando” la navegación.
Y como en el caso que nos ocupa la nave no es una de las que surcan los mares, sino la de un Estado que surca la historia, el cuerpo del difunto comandante no había sido echado a la mar con los honores que le correspondían, sino que permanecía en tierra bajo una gran cruz. Grandioso monumento a la reconciliación de los españoles en el mutuo perdón, como auténticos hermanos hijos del mismo Padre.
Pero los enemigos de España -y también de la Corona- siguieron pidiendo a gritos su cuerpo para profanarlo, como antaño se pidiera el de Jesucristo para crucificarlo.
En Jerusalén la autoridad de Roma entregó al Justo, aun sabiendo que lo era, por cobardía, por contentar a sus enemigos -que también lo eran de Roma- y como es sabido la historia se repite.
El nuevo comandante de la nave, obedeciendo las exigencias de los cuervos -que no obstante siguen esperando el momento de poder sacarle los ojos- sancionó con la firma, “de su real mano” que quien salvó la nave del naufragio y tras engrandecerla se la entregó, fuera fondeado en lo más negro de la historia. Y así se hizo. Pero además, queriendo sepultarlo en el abismo del olvido, ni tan siquiera se le dieron los honores de ordenanza. No; tenía que hacerse con escarnio. Y en lugar de hacerlo con las salvas de honor, que sería lo obligado, se le despide con los salivazos de una chusma que espera el momento de la revancha. Y en vez de con una bala de cañón amarrada al cuerpo amortajado, se lastra su memoria con el peso de un odio y un rencor inextinguible. Colgándole con una infamante cuerda de esparto un texto abyecto: la Ley 52/2007 “de la memoria histórica”. Que al igual que sucede con el INRI, perpetuará a través de la historia la infamia cometida.
Y volviendo al 23 de febrero, como epílogo, conviene hacer una reflexión:
Resulta increíble que cerebros privilegiados, inteligencias superiores, -al menos así se consideraban ellos- no hubieran leído (o si leído no asimilado) las enseñanzas de “El Príncipe” de Maquiavelo. Sorprende que el general Armada y el comandante Cortina, “maquiavelos de vía estrecha” no hayan penetrado la agudeza de su amoral maestro cuando sentencia que “El príncipe no debe confiar en el hombre que no pueda comprar” aseveración que, aún rezumando amoralidad, dice mucho sobre el conocimiento de la condición humana.
Si para el “trabajo sucio” del plan (la entrada en el Congreso de los Diputados con el secuestro amañado de sus señorías) hubieran buscado un mercenario, luego habrían podido, merced a un justiprecio, presentarlo como cabeza de turco o chivo expiatorio.
Y entonces el autor de la entrada en el hemiciclo hubiera aceptado la oferta, poniéndose a salvo junto a su familia y facilitando así el “arreglo”. Pero obviando las enseñanzas de Maquiavelo, eligieron a un hombre de honor. Al que no podían comprar. Y así sucedió.
Confirma la condición de “maquiavelos de vía estrecha” que se adjudica a los ideólogos de la “Operación De Gaulle” el hecho de que la condición honorable del elegido para la entrada en el Congreso, debía ser conocida por los estrategas del golpe de timón. Pues estaba sobradamente acreditada durante toda su trayectoria vital.
Por eso, cuando comprendió, cuando se dio cuenta, que había sido engañado, que la acción encomendada no era con el fin que se le dijo, reaccionó como lo que era: como un hombre de honor. Como un hidalgo. Prefiriendo honra sin barcos que barcos sin honra.
Y para incrementar aún más el garrafal error, en la elección de quien había de dar el “golpe de timón” que habría de enderezar el rumbo de la nave, el general Armada -por prepotencia, o porque le traicionaron los nervios- cuando entra en el Congreso de los Diputados para “reconducir la situación” y explica sucintamente a Tejero que ha llegado el momento de pasar al segundo acto de la farsa, este, como hombre de honor, se siente engañado y le responde: No era para eso mi general, para lo que yo me había comprometido a entrar en el Congreso….
Y es en ese preciso instante cuando se hunde toda la tramoya de la representación. Porque el general Armada, -ya se ha dicho- por prepotencia o por no ser capaz de controlar sus nervios, se olvida de quien es el hombre cabal que tiene delante y le espeta: Pues esto es lo que hay… o lo aceptas o treinta años de cárcel.
Y es en ese momento, precisamente, cuando toda la “Operación De Gaulle” se va a la mierda…. Salta por la borda, puesto que estamos en clave marinera. Porque una “eminencia gris” como el general Armada (o el comandante Cortina) había confiado para su maquiavélica operación -desoyendo los consejos de su maestro Maquiavelo- en un hombre que no podían… y que no pudieron comprar.
Y la fuerza de la corriente que se pretendió encauzar (tras haber derribado la obra de contención; es preciso recordarlo) terminó arrastrándolo también a él. Y ello a pesar de las astutas providencias que había tomado para salvarse en caso de que se torciera la “Operación De Gaulle”. Pero había olvidando que, al haber elegido como actor principal de su sainete, a un hombre de honor, este iba a rechazar la “Solución Armada” con una nueva versión de Sansón y los filisteos: “Yo sí… treinta años… ¡y tu también cabrón!”.
El comandante Cortina salió mejor librado. La información es poder. Y en ciertos lances el mejor escudo. Además, El Código de Justicia Militar vigente en aquellos momentos, como fórmula eficaz para desmontar pronunciamientos establecía para el delito de rebelión: “cualquiera que sea el grado de implicación, quedará exonerado de culpa quien tomare las providencias necesarias para que el delito fracase: siempre que lo consiga -precisaba- Y este fue, precisamente, el caso del comandante Cortina, jefe de los “servicios especiales” del CESID.
Tomó parte activa en la intentona, proporcionando el imprescindible apoyo de información y logístico, pero cuando se dio la orden de “abortar misión” tomó con igual diligencia las providencias necesarias para su fracaso…. Y lo consiguió.
También pudo haber influido, en su extraña absolución, una frase apócrifa que se le atribuyó por aquel entonces: “Si salgo condenado, tiro de la manta y aquí se cae hasta el del cuadro”.
El 23F ya forma parte de la historia de España. Para verdades, el tiempo, para justicia, Dios.
Tejero pagó un altísimo precio por ser fiel a la divisa de su querida Guardia Civil. Culto al honor, que sin duda ya había aprendido en el hogar; antes de ingresar en el Benemérito Instituto.
Por su parte, muchos cientos de miles de españoles disfrutaron -y siguen disfrutando cada vez que lo reponen en TV- de aquellos momentos estelares en la reciente historia de España, que la sabiduría popular recogió días después en la letra de un simpático tanguillo -posteriormente proscrito- que decía así:
Estaba la gente
“cagaita” de miedo
bajo los escaños
“tiraos” por los suelos
Y prosiguió en la “Oda al 23 de Febrero”
Teniente coronel Tejero
que del honor al arrullo
fuiste de la Patria orgullo
y honra de la humanidad..
La verdad de aquel malogrado golpe de timón ya está establecida. Y puesto que no se enderezó el rumbo, la nave prosiguió navegando hacia la rompiente y está ahora en trance de perderse. Es oportuno pues finalizar esta alegoría histórica en clave marinera… “Para que cada palo aguante su vela”
Pero no debe finalizarse sin resaltar la hidalguía de quienes, ya con el naufragio consumado, subieron a bordo.
Cuando el comandante Ricardo Pardo Zancada llegó al Congreso, Tejero le advirtió que todo estaba perdido, que no entrara. Pardo Zancada lo sabía… y a pesar de ello ¡entró!
Adoptó la decisión más propia de su honor y espíritu, como preconizan las ordenanzas ante los casos dudosos. Y quiso hacerlo porque como muchos otros, estaba comprometido en aquel golpe de timón. Que avalado por el general Armada, nadie ponía en duda que contaba con el preceptivo nihil obstat. Por eso, cuando corrió la voz de ¡sálvese quien pueda! quiso confortar con su compañía al estoico timonel a quien tras haberle encargado la “audaz maniobra” lo dejaban solo. Y junto al comandante Pardo Zancada lo hicieron también los oficiales que le acompañaban. Como el capitán Arenas, que siguieron lealmente al jefe, aún sabiendo que tras la aparición de S.M. en televisión todo estaba perdido y los dejaban solos a bordo. Pero lo demandaba su honor, y a él obedecieron.
También fue mártir de la lealtad el capitán de navío Camilo Menéndez, que sin estar comprometido a nada, se sintió moralmente unido al honor de aquella sufrida dotación de una nave a la que, interrumpido el golpe de timón en plena virada y con la mar de través, se la había convertido virtualmente en un pecio.
Cuando el tiempo entierre las miserias de la política, la historia resucitará, con admiración y gloria, a unos hombres que llevados de su honor y patriotismo fueron víctimas de ella.
“Para verdades, el tiempo. Para justicia Dios”
¿Qué fue el 23-F?
En los años 30 del siglo pasado, tres judíos holandeses apellidados Strauss, Perlowitz y Lowan inventaron un juego de ruleta eléctrica con el cual la banca se aseguraba ganar cuando le daba la real gana, dado que un botón controlaba la rueda sobre la que discurría la bolita y, al accionarlo, podía detenerla en cualquier momento. El dispositivo terminó siendo prohibido en Holanda, y en 1934 sus autores decidieron introducirlo en el casino de San Sebastián —previo soborno a un sobrino de Lerroux, a la sazón jefe del Ejecutivo español—, donde pronto se descubrió el engaño que encerraba ese artilugio conocido como Straperlo. Aquel timo menor sería alzado a la categoría de escándalo nacional por las izquierdas, cuya campaña azuzando el fantasma de la corrupción de las derechas acabaría llevándose por delante al Partido Radical y serviría de caldo de cultivo de lo que pasaría en las elecciones de febrero de 1936, ésas que mediante la manipulación de las actas otorgaron el triunfo al Frente Popular como preludio de la Guerra Civil.
Por todos son archiconocidos los sucesos acaecidos la tarde del lunes 23 de febrero de 1981: a las 18:23, un grupo de guardias civiles bajo las órdenes del Teniente Coronel Antonio Tejero Molina penetraba en el Congreso de los Diputados, donde a esa hora se estaba celebrando la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como nuevo Presidente del Gobierno, tras la dimisión de Suárez apenas un mes antes. Para la posteridad quedaron el “¡Quieto todo el mundo!”, los tiros al techo del Hemiciclo —37 impactos contabilizados— y el forcejeo entre Tejero y Gutiérrez Mellado, imágenes todas ellas captadas por una cámara de televisión que su operador había dejado en funcionamiento para encubrir su momentánea estancia en el bar del Parlamento. Pero ¿qué fue realmente el 23-F? Casi cuarenta años después, esa pregunta del millón sigue constituyendo uno de los secretos mejor guardados de nuestra Historia más reciente. Valga por delante, pues, que sólo con la modestia de simples conjeturas será posible acercarnos al trasfondo del asunto; documentadas, verosímiles y fundamentadas si se quiere, pero conjeturas al fin y al cabo.
Para empezar, debemos situarnos en el contexto sociopolítico de la época. Transcurridos únicamente seis años desde la muerte del Generalísimo, el panorama patrio había dado un giro de 180 grados: a finales de 1976 las Cortes franquistas se practicaban el harakiri aprobando la Ley para la Reforma Política, que aniquilaba los últimos vestigios del régimen anterior; en abril de 1977 —un Sábado Santo, para más inri— Suárez traicionaba su palabra dada poco antes a la cúpula militar y legalizaba el Partido Comunista, quizá el instante más crítico de toda la Transición; y en diciembre de 1978 entraba en vigor una Constitución que se sacó de la chistera el Estado de las Autonomías, germen de ese café para todos que acabó disolviendo la unidad de España en azucarillos de taifas, contando para ello con la inestimable ayuda de una normativa electoral que concedía una representación desproporcionada a los mal llamados partidos nacionalistas. Mientras tanto, el terrorismo de los grupos de extrema izquierda continuaba tiñendo de sangre las calles de nuestros pueblos y ciudades, como demuestra el número de asesinados por ETA durante esos años: 65 en 1978, 76 en 1979 y 89 en 1980; la inmensa mayoría de esas víctimas eran militares, guardias civiles y policías, cuyos féretros se sacaban a escondidas por las puertas laterales de las iglesias donde se oficiaban deprisa y corriendo sus funerales para afrenta de la memoria de las propias víctimas, para escarnio de sus familiares y para humillación de toda una Nación.
Ante semejante estado de las cosas, el 23-F ha de interpretarse como una maniobra para reconducir la deriva que había tomado la política española; y sólo bajo ese prisma podrá valorarse correctamente lo que movió a Tejero a dar un paso tan importante. El CESID —el organismo de inteligencia antecesor del actual CNI— puso en marcha la Operación De Gaulle, llamada así en alusión a la manera en que se zanjó en 1958 la gravísima crisis guerracivilista desatada en Francia por obra y gracia del proceso independentista argelino: atribuyéndose el General francés plenos poderes con el plácet de los partidos galos e instaurando la V República.
La posibilidad de que el Ejército interviniera en España fue barajada desde 1980, si bien nuestros antecedentes requerían no precipitar un remedio más nocivo que la enfermedad que pretendía curarse. Así que, para darle a la trama ideada una apariencia de mal menor, el CESID optó por articular un plan dividido en dos fases: un detonante de gran magnitud, que consistiría en la toma del Congreso de los Diputados por un militar; y una vuelta a la normalidad mediante su posterior liberación por otro oficial de mayor graduación que, tras negociar una salida airosa para los ocupantes, propondría a los representantes de la Cámara Baja un gobierno que incluyera a militares y a civiles de distinto signo ideológico. En suma, la crisis nacional que se respiraba en el ambiente encontraría su salvación a manos de quienes iban a montar un desaguisado que a continuación tendrían que enmendar… Un lío digno de folletín, si no fuera por la gravedad que encerraba el problema.
Si para la primera fase se había escogido a Tejero, para la segunda el elegido fue el General Alfonso Armada. En aras de que no apreciara su actuación como una simple pantomima —a la cual se habría negado—, los intríngulis políticos de esta segunda fase debían serle ocultados a Tejero; su misión una vez penetrado en el interior del edificio se limitaría a impedir la salida de los diputados y esperar a que arribara ese superior que cogiera las riendas de la situación. Dicho de otra forma: en esa traicionera escenificación de la táctica del poli malo/poli bueno, a Tejero le tocó ser el cabeza de turco. Algo que él mismo dejó bien claro en el juicio celebrado en Campamento en 1982, cuando respondió al Fiscal Togado: “Mi General, lo que yo quisiera es que alguien me explique lo del 23-F… porque yo no lo entiendo”.
Hasta la irrupción de Tejero en el Congreso, todo estaba saliendo según el guion diseñado. A partir de ahí debía entrar en liza la segunda fase de la Operación De Gaulle: la Solución Armada; de hecho, desde la tribuna de oradores un Capitán tranquilizaba a sus señorías y les anunciaba que no tardaría en llegar “la autoridad competente, militar por supuesto, que será la que determine qué es lo que va a ocurrir” —el famoso Elefante Blanco que habría de identificarse ante Tejero con la consigna “Duque de Ahumada”—. Pero poco después, a las 19:30, la maquinaria accionada por los servicios secretos del Estado sufriría el primer imprevisto: el Teniente General Milans del Bosch, jefe de la III Región Militar con sede en Valencia, dictaba un bando en virtud del cual asumía en su demarcación el poder judicial y administrativo y el mando sobre los Cuerpos de Seguridad del Estado, militarizando los servicios públicos de interés civil y prohibiendo las huelgas y todas las actividades de los partidos políticos. Esa proclama la acompañaba de una medida tangible: sacando los tanques a las calles de la capital del Turia.
A las 23:50, Armada se dirigió a la Carrera de San Jerónimo. Tras invocar la contraseña “Duque de Ahumada” —es decir, tras presentarse como la autoridad militar competente a la que se aguardaba—, lo primero que le exigió a Tejero es que sacara las fuerzas del Congreso y dejara libres a los diputados que estaban en sus escaños; luego, le expuso la constitución de un gobierno de concentración presidido por el propio Armada y del que formarían parte políticos del PSOE —Felipe González sería Vicepresidente Político, Peces-Barba ministro de Justicia, Enrique Múgica de Sanidad y Javier Solana de Transportes y Comunicaciones— y hasta del PCE —Ramón Tamames aparecía como ministro de Economía y Jordi Solé Tura de Trabajo—. Una vía a la que Tejero se opuso en rotundo, por cuanto las instrucciones que él tenía pasaban por un gobierno estrictamente castrense en obediencia al mandato regio que creía estar siguiendo al pie de la letra: “Esto no es lo tratado ni para lo que nos hemos comprometido”, le contestó. Armada no se dio por vencido en sus propósitos de presidir un gobierno multipartidista e insistió en ello a Tejero, brindándole un avión para que pudiera abandonar España junto a su familia sin represalia alguna. El Teniente Coronel le volvió a dar largas: “La otra noche me ordenó que ocupara el Congreso… ¡y hoy me ofrece un avión!”. Ante este revés inesperado —el segundo contratiempo serio de la jornada—, Armada telefoneó a Milans informándole sobre la tozuda resistencia con que acababa de toparse; el Capitán General de Valencia —ajeno a ese gobierno mixto que se había sacado de la manga Armada— intercedió para que Tejero reconsiderara su negativa y transigiera en la propuesta, pero éste fue tajante: “No me puede ordenar ni pedir eso, mi General; antes que aceptar una cosa así, prefiero morir”. Y en ese momento, definitivamente, lo que murió fue la Solución Armada. Sin espacio para las dubitaciones, y sin alternativa sobre la mesa, tocaba inventarle un colofón decoroso al monstruo creado.
A la 1:30 del ya 24 de febrero, Televisión Española emitió el célebre mensaje de Juan Carlos I. Un mensaje grabado alrededor de las 22 horas en su despacho del Palacio de la Zarzuela —antes incluso de que Armada hubiera acudido al Congreso y, por tanto, antes de frustrarse la Operación De Gaulle— y cuya ambigüedad encajaba en cualquiera de los posibles desenlaces que hubiera adoptado el complot urdido: “He ordenado a las autoridades civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor que tomen todas las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente” y “Cualquier medida de carácter militar que en su caso hubiera de tomarse deberá contar con la aprobación de la Junta de Jefes de Estado Mayor”, rezaban los párrafos segundo y tercero de los cuatro que contenía el discurso.
Finalmente, el 23-F se resolvió al mediodía siguiente con un aparente y estrepitoso fracaso. Las fuerzas políticas —esas mismas que en los meses previos, por boca directa de Armada, habían estado al tanto de todo lo que se estaba cociendo— se congratularon por la victoria de la democracia y erigieron al Rey en adalid de la defensa constitucional. Los tres principales protagonistas de la asonada fueron condenados a 30 años de prisión. Armada y Milans del Bosch serían indultados y excarcelados en 1988 y 1990, respectivamente; Tejero saldría en libertad condicional en diciembre de 1996.
Dejando a un lado la versión oficial de los hechos, cabe volver a preguntarse qué fue en realidad el 23-F, porque resulta imposible creer que sus muñidores tejieran una chapuza tan simple y burda como la que se llevó a la práctica. ¿Pudo tratarse de un autogolpe orquestado por el CESID a la mayor gloria de Juan Carlos I para arrancarle el lastre de ser heredero de Franco a título de rey, pasando a convertirse a partir de entonces para la opinión pública en el principal valedor de la democracia española? Una manera indigna de hacerse perdonar, al más puro estilo borbónico; pero probable, qué duda cabe. ¿No sería sino una acción para estigmatizar al Ejército y así poder decapitar paulatinamente a unas Fuerzas Armadas que en 1981 aún estaban copadas por militares que habían ganado la Guerra Civil? La jugada sería un guiño a la izquierda, pues no en vano estaba claro que el PSOE iba a gobernar España en cuanto se celebraran elecciones generales. ¿Se debió quizás a una conjunción de ambas tretas? Desenmascarando a unos cuantos y supuestos golpistas involucionistas, el Rey ya podría ser Jefe de un Estado realmente democrático moldeado en el futuro a los caprichos de esa progrez gobernante a la que todo lo que huele a cuartel le produce sarpullidos. Y un último interrogante: admitiendo la hipótesis de que el plan pergeñado por el CESID únicamente contemplara enderezar los derroteros por los que deambulaba la Transición, ¿se fue al traste por la sola razón de que no contó con el presumible rechazo de Tejero a un gobierno que incluyera a socialistas y comunistas? O lo que es lo mismo: ¿qué habría ocurrido si Tejero hubiera aceptado la Solución Armada?
Sea como fuere, todo parece indicar que la apuesta del 23-F era a caballo ganador. Como en aquel amañado juego de ruleta de los años 30 del siglo pasado llamado Straperlo, se trataba de que el crupier se limitara a cantar “23, rojo, impar y pasa”. Y después de perpetrado el trampantojo… cada cual a esperar viéndolas venir hasta recoger su montón de fichas. La ruina sólo alcanzó a quien desconocía el engaño que escondía aquel envite, tal y como Tejero advirtió tardía y amargamente ante Armada: “De modo que este gobierno del que me habla Usted se forma porque yo he entrado en el Congreso y he tenido éxito, y sin embargo yo tengo que salir; y si falla, tengo que permanecer aquí. Total, que yo perdería siempre”. Efectivamente, don Antonio: usía fue utilizado como mero chivo expiatorio; como víctima propiciatoria de no se sabe qué; en definitiva, como ejecutor de una solución a los problemas de España que se le vendió en nombre del Rey y de la que casi cuarenta años después seguimos ignorando su verdadero porqué.
El golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 se jugó en tres escenarios distintos con cuatro actores diferentes, pero todos con la misma importancia
En el palacio de la Zarzuela con el Rey Juan Carlos, en Valencia con el general Jaime Milans del Bosch, en el Congreso de los Diputados con el coronel Tejero y en Madrid con el general Armada. En este artículo el periodista Julio Merino recuerda su entrevista con Milans del Bosch en prisión en 1983 y lo que el militar contó sobre aquella noche.
Ya sé que intentar cambiar la Historia sólo está al alcance de los del «agit-pro» y la «Memoria Histórica», pero eso no va a ser óbice para que este humilde periodista cuente lo que se vivió aquel fatídico 23 de febrero de 1981 y lo que le contaron los principales protagonistas de aquella noche: En la Zarzuela, el Congreso de los Diputados, en Madrid, y en la Capitanía General de la III Región Militar, o sea Valencia.
Del cuarto protagonista, el general Alfonso Armada, a pesar de las tres entrevistas que tuve con él no conseguí sacar ninguna razón, ni ningún argumento, válidos, pues en las tres ocasiones dijo cosas distintas: Sólo pude sacarle en claro que él todo lo que había hecho en su vida lo había hecho «en nombre del Rey».
Es necesario aclarar lo que fue de verdad la noche del 23-F de 1981, los papeles que jugaron don Sabino, el Secretario del Rey, aquel día, y luego Jefe de la Casa Real, y el del general Milans del Bosch, el único de los Capitanes Generales comprometidos con la «Operación Armada», en su doble versión: con la «Moción de Censura», legal, constitucional y apoyada por el Rey Don Juan Carlos, y la ilegal, anticonstitucional y no autorizada por el Rey, protagonizada por el teniente coronel Tejero y el «traidor» (así lo calificó el Rey) general Armada.
Y hecha esta puntualización sigamos con el general Milans, en la Prisión Naval del Ferrol del Caudillo año 1983 y lo entonces me contó:
«La primera llamada de la Zarzuela se produjo sobre las 21,15 horas. Cogió el teléfono el Coronel Ibáñez (15), que estaba, junto con el Teniente Coronel Mas, en mi despacho y me lo pasó en cuanto vio que era el Rey en persona. Yo me puse de pie rápido y hasta firme, casi con alegría, creyendo que Su Majestad me llamaba para felicitarme y darme ánimos. Y por ello exclamé con un tono alegre:
– A las órdenes de vuestra Majestad, Señor.
– ¡Jaime! déjate de formalismos y dime qué estás haciendo, respondió casi en un grito, que a mí me dejó de una pieza.
– Señor -y juro que no me salían las palabras- lo que estaba acordado.
– ¡Cómo acordado! ¿Con quién?, y su tono seguía desconocido para mí.
– Majestad, con el general Armada.
– ¿Cómo? ¿Con el general Armada?… Pero, ¿qué es lo que teníais acordado? ¡Locos¡, estáis locos.
– Pero, Señor, vuestra Majestad ¿no está enterado del …?
– ¿Enterado de esa locura que se está cometiendo en el Congreso de los Diputados? -y gritó- ¡Yo no estoy enterado de nada!… ¡Y ahora mismo pones freno a todo lo que estás haciendo!
– Pero, Majestad, esta misma mañana Armada me confirmó que Vos le habíais dado el Visto Bueno y que incluso habíais aprobado el Gobierno que va a proponer.
– Eso es mentira, Jaime. Yo no he aprobado nada ni sé nada de ningún Gobierno. Jaime, te ordeno que pares todo, cojas un avión y te vengas a Madrid.
– Pero, Señor, yo no puedo hacer eso. Ya es tarde para frenar lo que hemos acordado entre todos.
– ¡Cómo entre todos! ¡Jaime, cuelga el teléfono y cumple mis órdenes!
Y sin más, ambos colgamos el teléfono. Eso sí, y no me importa reconocerlo, me temblaban las piernas y el corazón se me quería salir. ¡Dios, Dios, Dios!, comencé casi a gritar, con gran asombro del Coronel Ibáñez y el Teniente Coronel Mas!(16).
– O sea, que el general Armada nos ha traicionado, dejó caer Diego Ibáñez.
-¡Ponedme urgente con Armada!, exclamé.
Conversación con Alfonso Armada
Y en dos minutos tuve esta extraña conversación con él.
– ¡Alfonso! ¿Qué está pasando aquí? Me ha llamado el Rey.
– Jaime, ahora no puedo hablar contigo.
– ¡Cómo que no puedes hablar conmigo¡
– No puedo, general, no puedo, y el muy cabrón me colgó.
– Mi general, esto se pone feo, dijo Mas. Creo que Diego tiene razón, Armada nos está traicionando.
– Hay que hablar con los demás. Ponedme rápido con Campano y mientras yo hablo con él llamad a Merry, a Pascual Galmes, a Elísegui y a todos. Necesitamos saber qué está pasando en las Capitanías Generales.
– Ángel ¿Qué pasa por ahí? ¿Has visto ya el Bando que te he enviado?, le dije al general Campano en cuanto lo tuve al teléfono.
– Jaime, sí, lo he recibido, pero me tiene mosca Armada… ¿por qué no está en la Zarzuela como estaba programado?, respondió Campano, el Capitán General de la VII Región Militar.
– Eso quisiera saber yo, Armada, sí, está muy raro.
– Oye, Jaime ¿Y el Rey? Me ha llamado varias veces, pero no me he querido poner. El Rey me da miedo, no puedo olvidar que es un Borbón.
– Ángel, y si se tuercen las cosas ¿qué hacemos? , y todavía me callé que yo sí había hablado con SM y lo que había hablado.
– ¿Has hablado ya, después de sacar el Bando, con Pascual y Merry?
– No, pero voy a hablar con ellos en cuanto te cuelgue. Oye, habla tú también con los que puedas.
– ¿Y Armada? ¿Qué hacemos con Armada?
– Yo sólo te puedo decir una cosa, ya no puedo dar marcha atrás.
-¿Y con «el Rubio»?, añadió muy serio, refiriéndose al Rey, que así le conocemos entre nosotros. ¿Estás seguro de él?
– Pues, si te digo la verdad ya no estoy tan seguro. Creo que Armada ha actuado muy a lo suyo.
– Y yo, sólo te digo otra: Con el Rey o sin el Rey, tenemos que echar a esta gente.
– ¡Por España!
– ¡Por España!
Y sí, fui hablando con ellos. Primero con Merry y después con Pascual. Merry estaba exultante, ansioso de sacar sus tropas y proclamar el Estado de Guerra, a la espera de que Armada le llamara desde la Zarzuela. Lo cual era lógico, porque esa era la «luz verde» para salir todos a la calle, la presencia de Armada junto al Rey.
– ¿Y no te basta que yo haya sacado ya los carros?, le dije, para ver cómo respiraba.
– Jaime, yo haré lo que acordemos todos. Esta tiene que ser una Operación de todos.
– No, si al final me dejáis solo.
– Eso ni hablar… ¡y lo celebraremos juntos… Tengo los motores en marcha.
Y más o menos así fue con todos, menos con el de Canarias, Del Hierro no quería saber nada de nada. A esas horas la pelota todavía estaba en el tejado, por eso lo de Madrid iba a ser decisivo, si la Brunete asoma la gaita por la Castellana ya no hay quien lo pare y las llamadas del Rey y Sabino, yo diría mejor las de Sabino. Sabino con su «ni está ni se le espera» a Juste y la indecisión de Rojas para hacerse con la acorazada fueron la puntilla».
Pero, terminada mi lectura, Milans, y al ver que yo me quedaba callado, preguntó:
– Bueno ¿y qué?
– Mi general, hay muchas cosas que no veo claras.
– Mira, Merino, para entender todo lo que pasó aquella tarde noche hay que situarse en medio de la tormenta. En primer lugar tendrías que preguntarte por qué saqué yo los carros y lancé el Bando de Guerra antes que los demás, cuando lo hablado era hacerlo al mismo tiempo para que no hubiese capacidad de reacción, pues, tiene fácil respuesta, porque no estaba muy seguro de mis «compañeros» y pensé que si yo tiraba para adelante ellos, todos, ya no tendrían más remedio que seguir, pero, ni así lo hicieron. ¿Y por qué, te preguntarás?, pues porque unos no se fiaban de Armada ni de que el Rey estuviese, ciertamente, detrás y apoyando y reclamaban un gesto público del «Rubio» y otros ¿quieres que te diga la verdad? Porque en el fondo lo que querían era traer una República. O sea, nosotros, Armada y yo, o al menos yo, sólo pretendíamos cambiar de Gobierno y reconducir la penosa situación que estábamos viviendo, pero, otros querían mucho más.
– ¿Y lo del Rey? ¿Creyó de verdad que el Rey aprobaba el Plan B de Armada? ¿Y no se le ocurrió hablar con él para comprobarlo todo?
– Pues, claro que sí, no una sino varias veces le solicité audiencia y siempre lo dejaba para más adelante, eso sí, siempre con cariñosas palabras y la última vez unas semanas antes del 23, que estuvo en Cartagena y me acerqué a saludarle. No te puedes imaginar el abrazo que me dio en público y allí en un momento que pude se lo volví a decir: «Majestad, ya sabe que tengo mucho interés en hablar con Vos ¿cuándo me podriáis recibir? Es verdad, Jaime, hace tiempo que no hablamos. Habla con Sabino, que lo tienes aquí mismo, y le dices de mi parte que te fije día y hora. Además, en esta ocasión tenemos mucho de qué hablar». Y hablé con Sabino, pero llegó el 23 y Sabino no me había llamado. La primera vez que hablé con él, con SM, fue cuando me llamó esa noche, que ya te he contado.
– Y esa noche ¿no volvió a hablar con él?
– Sí, Sí… dos veces más. Pero, sigue leyendo, todo lo tienes ahí.
Y seguí revolviendo folios. Aunque enseguida me aparecieron los dos Bandos de Guerra que decretó el Capitán General de la III Región Militar con su firma original, Jaime Milans del Bosch.
– Sí, ahí los tienes, los dos Bandos que dicté aquella noche: El de las 9, declarando el Estado de Guerra, y el de las 4 de la madrugada que lo retiraba.
– Mi general, eso son 7 horas de diferencia ¿y qué pasó en ese tiempo?
– Muchas cosas, como te puedes imaginar.
– Mi general -exclamé sin pensarlo al terminar de leerlo-, el primer bando parece que acababan de entrar por los Pirineos las divisiones de Hitler y el segundo bando es como la Rendición de Breda.
– Pues, no andas descaminado. El primero lo redactó Diego (se refería al coronel Diego Ibáñez, su ayudante y hombre más fiel), aunque, eso sí, le indiqué que tuviese en cuenta el del general Mola del año 36, y el segundo me lo envió ya redactado Sabino, aunque yo le añadí algo para disimular la bajada de pantalones.
– ¿Y cómo fue la segunda llamada de SM y a qué hora?
– Pues dura, pero en otro tono de la primera. En cuanto me puse al teléfono ya lo noté. Pero sigue leyendo, esa segunda conversación si la escribí para mi Defensa en Campamento aunque luego, por consejo de Santiago (en este caso se refería a Santiago Segura Ferns, su abogado defensor y mi coautor de «Jaque al Rey», como ya he dicho en otra reportaje) no la presentamos.
– ¿Cómo van por ahí las cosas, Jaime?, me preguntó de entrada.
– Señor, ¿y cómo quiere que vayan?… Lo del Congreso va mal…
– Pero, no has retirado el Bando de Guerra, o sea, que no estás cumpliendo mis órdenes.
– Majestad, antes de eso tenía que hablar con mis compañeros.
– Sí, ya lo sé, ya sé que has hablado con todos, menos con González del Hierro que no ha querido saber nada.
– Señor, el honor.
– Por favor, Jaime, no hablemos de honor en estas circunstancias.
– Majestad, pero al menos me permitirá que hable de lo que está pasando, y mejor de lo que ha pasado.
– No creo que sea este el mejor momento para hablar del pasado.
– Señor, pero yo no puedo quedar como un bandido, cuando vos sabéis de mi lealtad, os puedo asegurar que todo lo que he hecho ha sido porque creí que Alfonso (se refería al general Armada) sólo era su mensajero.
– Y hasta cierto punto lo fue. Porque yo sí le acepté lo de la «Moción de Censura», y con el apoyo del PSOE, como modo de apartar a Suárez del Gobierno y reconducir la horrible situación que vivíamos, pero, la dimisión de Suárez lo cambió todo y cuando me propuso el otro Plan se lo negué en redondo.
– Pues él me aseguró -y perdone Majestad que le interrumpa- el día 14 que lo de Tejero seguía e incluso me hizo llegar la lista de un Gobierno que, según él, SM le había aprobado el día anterior.
– Pero, por lo que veo, te ocultó que le obligué a jurarme que no haría nada, pero nada ¡y lo juró! Eso es una traición. ¿Y por qué no me llamaste directamente para confirmarlo?
– Señor, intenté hablar con vos en varias ocasiones, la última el día 22, y no pudo ser.
– Bueno, Jaime, ahora lo más importante es que esto acabe y que acabe bien. Por eso te pido que hables con Tejero y le convenzas de que abandone. Hay que evitar males mayores para todos y tú retira tus tanques y el Bando de Guerra. Después te llamará Sabino y os ponéis de acuerdo para hacer las cosas bien. Quiero que salves tu honor.
– Majestad, yo creo que lo deberíais pensar mejor.
– Jaime, no hay que pensar nada, todo está ya pensado.
– Señor, sé que Vos también habéis hablado con los demás Capitanes y sé lo que os han dicho, pero…
– Pero ¿qué? Jaime, habla claro.
– Majestad, hay algunos que no son muy monárquicos…
– ¡Eso no es verdad, Jaime!
– Señor, a Vos no os lo dirán, pero a mí sí y sé que esto podría tomar otros derroteros.
– ¡Jaime, cuelga, te volveré a llamar!
Y yo quedé anonadado. En ese momento, en verdad, no sabía cómo podía terminar todo.
– ¿Y qué pasó?, le pregunté yo asombrado y con toda la curiosidad del mundo.
– Sigue leyendo, Merino… Sí, hubo otra tercera conversación y hasta una cuarta.
Pero aquí lo dejo por razones de espacio. Aunque queda mucha tela que cortar. Sobre todo repasar bien lo que estaba «programado» si Tejero dejaba pasar a Armada al Hemiciclo y se aprueba el “Gobierno Armada” pues no hubiera sido constitucional y hubiera sido necesario cambiar la Constitución del 78 y empezar de nuevo. De todo eso y de la «Trama Civil» habrá que hablar, aunque sólo sea para que el»23-F» no pase a la Historia como algunos han querido que pase.
El Padre Calvo también opina de los hechos, siendo amigo personal del Tte Coronel Tejero.
Hay historias que aburren por su tozudez incomprensible contra toda evidencia, legalidad, historia y sentido común ciudadano, como es el caso de este falso problema catalán, inventado por las fuerzas del “poder del rostro oculto” para desmantelar la sagrada nación católica, tierra de María Santísima y reserva espiritual de Occidente.
España y los españoles estamos en el punto de mira de los irredentos enemigos de Dios, del sentido cristiano universal y… de las fronteras de las Patrias.
El sello masónico es innegable por aquello de que “por sus frutos les conoceréis”. Quien no quiera ver la mano negra de este culebrón satánico –rescoldo de negocio de políticos y hoguera de odios cuyo afluente consecuente es la anarquía práctica cuando al faltar la verdadera autoridad, florecen los odios sin sentido, el libertinaje y los parasitismos, en el charco de ranas de las autonomías, los nacionalismos y los separatismos-, es que es ciego o ignorante de la verdadera historia patria. O las dos cosas.
No es el caso del inolvidable 23 –F, pero Tejero por su heroico, patriótico y cristiano gesto de salvaguardar el orden y la vida de inocentes frente al terrorismo – también inoculado por esa odiosa masonería, como ella misma reconoce, como fuente de todos los terrorismos en los “Protocolos de los Sabios de Sión”-, acabó siendo sacrificado por el Rey.
Ni el abogado don Julio Merino , ni el escritor don Fernando Vizcaíno Casas, han dado con el “alma” de ese acontecimiento ya histórico. Solo el inteligente abogado don José Luis Jerez Riesco (14) acertó en su justísima defensa y le sacó de la cárcel, tras 15 años de vergonzante condena, no para él, sino para quienes se la impusieron, injustamente.
El separatismo catalán, declarado por los citados enemigos de la auténtica España – no todos los catalanes, ya lo sabemos -, sí fue una declaración de golpe de Estado. El 23 – F, en cambio, fue solo un Pronunciamiento Militar a favor del orden, la Justicia y la Unidad de España. Posturas absolutamente opuestas en fines, medios y… en recursos.
El insobornable Teniente Coronel don Antonio Tejero Molina fue el cerebro heroico que saltó contra aquél estado caótico de los años 80, en el nuevo coto sin vallas de los eternos enemigos de nuestra Patria, en la que sin autoridad, ni miedo al castigo en aquel vacío de poder, sembraron el caos y el genocidio de militares y civiles.
Don Antonio Tejero fue la cabeza visible de lo que el Rey sabía y respaldaba para su futuro presidente del gobierno (Alfonso Armada), que iba a poner sin votaciones ni referéndum (luego, ¿quién daba el golpe?), y que Tejero impidió, dando así un contragolpe, por verse traicionado del plan previsto para un gobierno de “salvación nacional”, y no de “concentración nacional”, en el que iban a quedar socialistas, comunistas y una mezcolanza ministerial, quedando todo lo mismo, y encima ponerse “las medallas” de salvador de la democracia, tratando de restablecer el prestigio de aquella monarquía desacreditada tras la burla agresiva que padeció en Guernica.
El hipócrita Borbón metió en la cárcel a sus propios amigos intervinientes en el golpe, para salvar su puesto parasitario, como que nada sabía del asunto…
Mis renovadísimos elogios y gratitudes a mi gran amigo don Antonio Tejero, en nombre de todos los españoles de bien, y a toda su familia, que tan bien conozco, y que con él estuvo en todo momento, como a su hijo Ramón (Moncho), que además de heroico misionero en Perú, ahora es Párroco de Marbella y lo fue de Mijas y Totalán, donde preparó la “intendencia” en su salón parroquial para atender a los guardias civiles y mineros asturianos del caso del pozo del niño Julen, y que no ha sido entrevistado ni publicitado, excepto por El Correo de España por ser… el hijo de Tejero.
Así paga esta demoniocracia a sus fieles patriotas y a quienes testimonian de cualquier modo su sentido católico de la vida y de las virtudes.
Quien no ama a Dios sobre todas las cosas, mal puede amar a la Patria y a la Justicia, y así prolifera esta dictadura del parasitismo.
España necesita una voz firme que te diga como a Lázaro: ¡Levántate y… anda!
…Y continúa el Padre Calvo.
El Rey quiso ponerse las medallas de “salvar democracia” en aquel momento caótico en que casi le escupen tras aquella ofensa que sufrió en Guernica, quedando la monarquía por los suelos.
Su familia ya la tenía en Italia…, por si acaso.
Iba a aponer de presidente del gobierno a su amigo, Armada, monárquico, sin plebiscito alguno.
Y Miláns del Bosch, también monárquico, recibió la orden de no secundar a Tejero, quedando éste sin fuerza armada a última hora, cuando impidió el “gobierno de concentración nacional”, en lugar del “gobierno de salvación nacional”, en que habían quedado previamente…
Por ese engaño no pasó el teniente coronel, quedando el gesto de fuerza en un “pronunciamiento militar”, y no en un golpe de estado.
De haber sido éste, se hubiesen quedado con todo cuando lo tuvieron en la mano como un vulgar atraco a la autoridad.
Carece de sentido obedecer y soltarlo, si hubiese sido por afán de poder dictatorial.
El “monaguillo”, ferviente católico “a machamartillo” –como él se define-, tocó las campanas, pero el “cura” estaba detrás negando la implicación y, para salvar la culpa, tira a la cuneta a los mismos con los que contaba como leales colaboradores.
“Los borbones –me dijo un día Tejero- nunca terminan lo que empiezan”.
Si el teniente coronel se hubiese limitado a cumplir su parte intimidatoria en el Congreso, hoy sería un desconocido, subordinado anónimo.
Amenazó a Aramburu con pegarle un tiro sacándole la pistola, y después pegarse otro él.
Iban a hacer un tribunal militar para juzgar a Carrillo por crímenes de guerra, pero Tejero dijo que “por su cuenta no iba a mancharse con la sangre de ese miserable, ilegalmente”. ¿Qué hubiese hecho Carrillo si en semejante ocasión hubiese tenido de frente a Franco…?
Y sale del Congreso tras haber puesto la mano en el hombro de Fraga.
Hice declaraciones en el Diario de León en fecha 22 de febrero de 1998, sin denuncia alguna por mis aseveraciones contra el Rey y su traición a los militares utilizados.
Tras años indagando resquicios bajo las piedras del 11-M, ¿por qué no lo han hecho con el 23-F?
En el castillo de San Fernando (Figueras) donde le visité en cuatro años consecutivos, le vi pintando cuadros al óleo que vendía a sus amigos para pagar la beca de su hijo sacerdote, Ramón, que estaba doctorándose en Roma de Teología dogmática, por orden de su Obispo de Cuzco (Perú), sin ayuda económica de ese Obispado.
Recibe dinero de la suscripción nacional que se hizo para ayudarle a pagar los “desperfectos” del techo del Congreso, pagó y el resto lo repartió entre sus guardias colaboradores de aquella noche, quedándose él sólo con una mínima parte para gastos de viajes familiares obligados.
No acepta el soborno que le ofreció el monarca de 200 millones y el avión para exiliarse del país con su tropa y le cuesta la cárcel, con la misma gravedad que si hubiese ejecutado a toda la platea de diputados.
¿Qué pensar de la nobleza de este hombre insobornable, de moral granítica y convicciones patrióticas imbatibles?
Por el contrario, ¿qué pensar de la ruindad y traición de quienes estaban detrás entre bambalinas inconfesables?
Íntimo amigo de Tejero y su familia, tengo cartas de él y le sigo visitando cada año en su casa, siendo uno de los seis sacerdotes que le hemos defendido en público y en privado, más dos Obispos (Guerra Campos y don Marcelo).
Es cobardía que la Iglesia no haya dado la cara ante esta injusticia e hipocresía regia.
¿Dónde está la “luz y taquígrafos”, la insobornabilidad y las cuentas claras de la democracia?
Mi testimonio de lealtad a todos los hombres que viven para la nobleza de carácter, de españolidad en defensa de Dios, la Patria y la Justicia.
Sería una injusticia arrinconarles y olvidarles sin agradecer sus sacrificios en estos pérfidos tiempos reclamantes de héroes.
