Los hechos son los hechos, aunque se insista en tratar de negarlos de forma obtusa. Entre el 13 de septiembre de 1936 y el 20 de noviembre de 1936 trasncurrirían, casi ochenta días, poco más de dos meses. La simple enumeración de los intentos realizados desde la zona nacional, ya desmorona parte de la interesada aseveración de que no se hizo todo lo posible por sacar a José Antonio de la prisión y evitar que fuera ejecutado/asesinado en el amanecer del 20 de noviembre de 1936: en total una quincena de operaciones –pudiendo incluirse alguna más no muy creíble– puestas en marcha, superponiéndose en el tiempo varias de ellas. Dejando a un lado las 2 iniciales, bajo la autorización de la Junta de Mando falangista, y la que nunca se consultó al ya Jefe del Estado, casi todas las demás fueron autorizadas y apoyadas por el general Franco, participando en el diseño de una de ellas y proponiendo directamente otra (Tabla VI). Estos son los hechos.
| Tabla VI: Los intentos de rescate (septiembre-noviembre 1936) | |||
| Tipo de intento | Fechas | Propuesta | Autorización |
| Campaña | Agosto 1936 | José Rivas Seva en Italia | Su continuidad no debió ser autorizada por el mando falangista. |
| Canje | 3-9-1936 | Mauricio Carlavilla y Miguel Primo de Rivera se trasladan a Portugal para negociar un canje. | Autorizado por la Junta de Defensa Nacional sita en Burgos. |
| Canje | Septiembre 1936 | Canje de José Antonio por el hijo de Largo Caballero. Relacionada con la anterior. | Llevaron el tema Eugenio Montes desde Francia. También Mauricio Carlavilla vía Gibraltar. |
| Campaña de prensa a favor de José Antonio | Septiembre-noviembre 1936 | Dirigida por Eugenio Montes. | Autorizada por Franco. |
| Comando falangista | 5- 9-1936 al
5-10-1936 |
Operación dirigida por Agustín Aznar. Cuenta con un millón de pesetas para sobornos. Con ayuda y colaboración alemana. | Autorizada por Franco. Franco consigue la colaboración alemana. |
| Canje y soborno | 1-10-1936 | Posibilidad de conseguir la libertad de José Antonio a través de Indalecio Prieto. Se piden seis millones de pesetas y 30 destacados republicanos. | Propuesto por Hedilla a Franco y autorizado por este. |
| Canje | Octubre de 1936 | Por la familia del general Miaja. | No se consultó a Franco. Este ordenaría después que se gestionara el canje por Miguel Primo de Rivera. |
| Canje | Octubre de 1936 | A través de Negrín ofreciendo el canje por la actriz Rosita Díaz y la hija de Casares Quiroga. | Propuesto por Mercedes Formica. Por su testimonio se estima que se debió proponer a Aznar o a Hedilla, desestimándose. Necesitaba la autorización de Queipo de Llano. |
| Canje | Octubre-Noviembre 1936 | Por el hijo del general republicano José Asensio Torrado | Probablemente a propuesta del propio general que no debió obtener autorización. |
| Soborno en Alicante | 6/9-10-1936 al
16-10-1936 |
Intento de soborno del Gobernador Civil de Alicante. Con el concurso alemán. | Autorizado por Franco. Se envían a Alicante 4 millones de pesetas. |
| Operación de comandos | 10-10-1936 hasta finales de octubre
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Comando falangista, reforzado con legionarios, con apoyo del crucero Canarias. | Autorizado y con el concurso en su planificación de Franco. |
| Canje | 4-11-1936 | 4 millones de pesetas y el diputado socialista, héroe de la Revolución de Octubre, Graciano de Antunia por José Antonio. Con el concurso alemán. | Propuesto por Franco. El 11 los alemanes informan que es viable. |
| Soborno | Segunda semana de noviembre | A través de los alemanes se ofrecen dos millones de pesetas en oro para sacar a José Antonio y llevarlo probablemente al Deutschland. | Desbaratado según testimonio de Vidal Gil Tirado. |
| Soborno a la Guardia de Asalto para que entregue a José Antonio. | 18/19-11-1936 | Ofrecimiento probablemente realizado por los alemanes con el dinero que está en Alicante. | Descubierto y frustrado por el juez Enjuto Ferrán. Se debe poner en relación con el dinero que estaba en Alicante.
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| Gestiones en Francia | 19-20/11-1936 | Envío del conde de Romanones a Francia para conseguir la conmutación de la pena. | Autorizadas por Franco. |
| Mediación de Alfonso XIII | Noviembre | A través de Francia. | |
| Gestiones finales de Eugenio Montes | 18-20 de noviembre. | Con diversas personalidades para conseguir la conmutación de pena o el indulto. | Contó con el apoyo de Franco. |
| Gestiones en Argelia | Después del 20 de noviembre. | Ofrecimiento de los Croix de Feu. Agustín Aznar, pese a que ya se conocía la ejecución, pero no se tenía seguridad, se trasladará a Argelia. | Autorizadas por Franco. |
No existe en lo referido a los intentos de rescate/liberación de José Antonio documento o testimonio alguno que indique que Franco se opusiera a conseguirla o que negara autorización para cualquiera de los múltiples planes barajados que, según Ian Gibson, en algunos casos, eran dignos de las novelas de Ian Fleming, creador del personaje de James Bond. Por ello, Casilda Peche Primo de Rivera, sobrina de José Antonio, declaraba en 2009, en el diario digital YA: es «mentira» que Franco «pudo salvar a José Antonio y no quiso […]. Es una infamia. No solamente no pudo, sino que además lo intentó […] hizo lo posible por salvar a José Antonio, lo que pasa es que la gente que quiere tirar por tierra a Franco sostiene que no le quería ayudar para que no le hiciera sombra. No es verdad. Franco siempre quiso salvar a José Antonio y no pudo». Algo más de 30 años antes, Pilar Primo de Rivera anotaba en sus memorias: «no es verdad todo lo que se dice de que el Caudillo no tuvo interés en liberar a José Antonio».
Lo que sí contamos, aunque a veces no se citen, es con testimonios que avalan el apoyo de Franco, lo que el lector podrá comprobar en el relato sobre los intentos. En este sentido, Carmen Franco recordaba que su padre dijo a quien llevaba las gestiones, refiriéndose a Agustín Aznar o a Sancho Dávila, que «por él todos los medios estaban a su disposición para canjear a José Antonio»[1]. Testimonio similar dieron décadas atrás Pedro Gamero del Castillo y Agustín Aznar, protagonistas de los intentos de rescate en Alicante con el apoyo de Franco.
En 1941, Felipe Ximénez de Sandoval, en su Biografía apasionada, durante décadas la biografía fundamental de José Antonio en España, afirmaba, a través del testimonio de Agustín Aznar recogido en 1936, que Franco entonces tenía «el mismo interés que cualquiera de nosotros porque vuelva José Antonio». Recordemos que Aznar no era entonces, ni durante la guerra, un falangista con simpatías hacia Franco[2].
En 1949, Franco visitó la cárcel de Alicante, entró bajo palio portado por la Vieja Guardia falangista de Elche, rezó en la capilla y depositó cinco rosas en el lugar donde José Antonio fue ejecutado. En aquellos años era gobernador civil Jesús Aramburu Olarán. Este reiteraba: «Franco me apretó el brazo derecho y me dijo: “Aramburu, yo hice todo lo posible por salvar a este hombre”. Eso dijo».
El relato que cuestiona la posición de Franco ante los intentos de liberación de José Antonio, incorporando la idea de que los dificultó hasta hacerlos fracasar por razones de ambición política personal, comenzó a difundirse en plena guerra, pero no antes de noviembre de 1938 cuando oficialmente se confirmó la noticia de su muerte el 20 de noviembre de 1936. Más que como un argumentario se expandió como «relato de guerra». Son los momentos en que Indalecio Prieto quiere jugar la baza de abrir disensiones en la zona nacional usando para ello a los falangistas, tal y como lo intentó con Fernández-Cuesta. Según el secretario general de FE de las JONS el fin del relato era «difamar a Franco a los ojos de los falangistas poco informados y, consecuentemente provocar en éstos una reacción adversa que les empujase a una rebelión armada, dividiendo y debilitando la potencialidad de las fuerzas nacionales durante la guerra». Sin citar a los autores del «infundio», parece que dirige el origen del mismo hacia la zona republicana y a los intentos de Prieto para que él encabezara dicha rebelión. Lo que coincide con las maniobras iniciadas por el dirigente socialista a principios de 1938 desde la prensa socialista afín dirigida por Julián Zugazagoitia, quien, probablemente a finales de 1939 o principios de 1940, sabiendo perfectamente por qué había sido ejecutado José Antonio y cuál había sido el papel real desempeñado por su jefe directo, Indalecio Prieto, escribió en sus memorias:
«Exactamente la misma suerte que hubiese corrido en Salamanca Primo de Rivera (como Hedilla condenado a pena de muerte), ya que su decepción por cuanto ocurría en la España nacional hubiera sido infinitamente mayor que la de sus secuaces. Esta extraña política de encrucijada tenebrosa tiene un epílogo unificador: el día 19 de abril, Franco decreta el nacimiento de Falange Española Tradicionalista… ¿Qué papel hubiera tenido Primo de Rivera en esta lucha? No hay forma de saberlo. Se puede creer todo. Las esperanzas que se pusieron en Fernández Cuesta fracasaron. Era otro tiempo. Y otra persona. Cuando los informes nos hacían conocer sucesos como los relatados, me planteaba la misma cuestión: ¿por qué se ejecutó a Primo de Rivera? Nunca supo nadie contestarme satisfactoriamente… El único beneficiario, con su ejecución, fue Franco, que, con juicio de Dios o de los hombres, se iba quedando sin competidores: Calvo Sotelo, Sanjurjo, Goded, Primo de Rivera…»[3].
Aderezado el relato, después de la guerra, con sucesivas declaraciones acerca de que a José Antonio se le fusiló sin el enterado del gobierno, ocultando, hasta la publicación de nuestro trabajo El último José Antonio, la verdadera fecha del consejo de ministros presidido por Largo Caballero que votó a favor de la ejecución, acumulando muestras de testimonios alejados de las posiciones de 1936 de dirigentes frentepopulistas que se lamentaban de la ejecución, buscando desdibujar lo que fue la posición real del anarquismo que dominaba en Alicante, a mediados de los años sesenta se recuperó como pregunta la posible responsabilidad de Franco en la muerte de José Antonio por omisión, justificada por razón de la ambición política y la oposición anímica entre ambos personajes (algún autor llegará más tarde a hablar de que fue el choque entre «dos ambiciones»). Volvió a cobrar fuerza cuando determinados sectores del falangismo disidente con el régimen de Franco, autoposicionados en la izquierda, buscaron en esta cuestión una de las razones para intentar disociar a la Falange, y sobre todo a José Antonio, del régimen nacido de la rebelión del 18 de julio; a ello se sumaron también los escritores monárquicos que construían el mito del irreal Juan III y buscaban saldar cuentas con Franco. El relato fue asumido también por la historiografía antifranquista del último tercio del siglo XX y principios del XXI, en unas aportaciones que, más que en fuentes primarias, recurrían a la cita de lo escrito por otros en las décadas anteriores sin la suficiente revisión crítica de los testimonios.
En este relato, ficticio, se transformó en carga de la prueba, además de la tesis, también falsa, de que por lo visto nadie quería la ejecución de José Antonio entre los dirigentes republicanos, por el hecho del fracaso que demostraría que no se hizo lo suficiente[4]. A renglón seguido había que incluir el porqué. La respuesta, variada, aportada es: por envidias, por odio personal de Franco, por desprecio de Franco, por afán de acabar con posibles rivales políticos…, amparadas usualmente en las sugerencias de Serrano Suñer.
Entremos en esta última cuestión: envidia, odio y celos políticos. Dependiendo del autor la expresión puede ser más o menos elaborada, con mayor o menor altura, pero con igual intención, se puede llegar a escribir que Franco, diez años mayor, tuvo celos personales de José Antonio por ser este alto y guapo, por su diferencia intelectual… Lo que curiosamente no hacen estos autores es afrontar críticamente ese tipo de afirmaciones recurriendo a la lógica y a la realidad del momento, a la realidad de 1936.
En 1935 o 1936 el fundador de la Falange era el jefe nacional de un partido minúsculo que se sobredimensionaba por la propia personalidad y capacidad de influencia social de su dirigente máximo. José Antonio era el jefe de ese partido, marqués de Estella e hijo de Miguel Primo de Rivera, aunque idolatrado por sus seguidores más allá de ellos aún no tenía la aureola que le daría el martirio y la mitificación posterior impulsada por los falangistas durante lo que se han venido a denominar los «años azules» del régimen de Franco.
Franco, profesional y socialmente difícilmente, podía tener razones para sentir algún tipo de envidia o celos de José Antonio, tenía en su hoja de servicios: ser el heroico jefe de la Legión, el jefe de la vanguardia de Alhucemas, el general más joven de Europa, el director de la Academia General Militar, el jefe del Ejército de África, el jefe del Estado Mayor Central, gentilhombre de cámara –como José Antonio–, el director de África. Revista de Tropas Coloniales, poseedor de numerosas condecoraciones por hechos de armas (2 medallas militares individuales, 1 colectiva, 2 cruces María Cristina y varias más al mérito militar, Comendador de la Legión de Honor francesa); había conseguido llegar a lo más alto de su profesión, con reconocimiento general incluido, en un tiempo asombroso y, además, era el general pretendido por radicales, cedistas, monárquicos y también por José Antonio.
José Antonio y Franco, personalmente, no se conocían, no habían tenido trato, más allá de algún encuentro esporádico. No es posible establecer a partir del reconocimiento de esta realidad ninguna oposición anímica, ni ningún desprecio mutuo. Recordemos que esos encuentros fueron: un saludo y algunas palabras en la boda de Serrano Suñer, alguna misiva indirecta, una carta dirigida a Franco por José Antonio en 1934, y el encuentro no muy extenso de 1936 por el que el general, como hemos explicado, no pudo guardar resentimiento alguno. Es dudoso que, dado el carácter de José Antonio, que lo había incluido como ministro de Defensa Nacional en un proyecto suyo en 1935 y que por escrito le merecía la máxima consideración como militar, tras el «enfado» por no conseguir arrancarle un compromiso (como no lo había conseguido con la UME y otros militares)[5], tuviera algún resentimiento personal, más allá de que el general acabara desesperando a todos por su indecisión a la hora de dar el sí definitivo a la sublevación. Más parece que algún autor, mirando hacia atrás, se refugiara en la novela histórico-romántica del XIX con Juan sin Tierra dando dinero para que no se liberara a su hermano Ricardo Corazón de León. Los hechos no avalan la posible existencia de una aversión personal, más allá de alguna frase repetida que tiene su origen en Serrano Suñer después de la muerte de su cuñado.
El «no se llevaban bien» no tiene mayor base que el testimonio, siempre esquivo, de Serrano Suñer que luego otros autores, en una línea similar, como Dionisio Ridruejo, extendieron sin mayor carga probatoria que su opinión. Y poco más. Pero, qué pensaba Franco de José Antonio. Es realmente interesante la falta de interés de no pocos autores a la hora de entrar en esta cuestión o el afán a la hora de esquivar o difuminar los testimonios.
Según su hija Carmen, Franco «decía [de él] que era un chico inteligente y le gustaba su manera de pensar, su doctrina, pero al pobre, como lo mataron bastante pronto»[6]. Por otro lado, el Tebib Arrumi, pseudónimo del periodista Víctor Ruiz Albéniz, hombre cercano a Franco, cuyo hijo Alberto, «apodado por los rojos el cejas»[7], era un falangista destacado del entorno de José Antonio, testimonia que, en una conversación, ya en Canarias, Franco le preguntó ¿qué opinaba de José Antonio?: «No vacilé, dije cuanto llevaba en mi pensamiento respecto del hijo de mi gran amigo el marqués de Estella. Le conocía bastante, por mí y por lo que de él me decía mi Alberto constantemente. Hasta en más de alguna ocasión había merecido el honor de que José Antonio me hiciese alguna pregunta referente a mi conocimiento de personas y cosas del Ejército de Marruecos. Creo mi general, que de todo cuanto existe en nuestra España de hoy fuera del Ejército, el único que merece verdadera atención es José Antonio».
Independientemente de la retórica habitual de quien es conocido como el «cronista de Franco», lo que este registra es la opinión positiva que el general tenía de José Antonio cuando estaba en Canarias y de que buscaba algún contacto con él encargando al periodista que trabajara en ello[8]. A finales de julio de 1936 Franco concedió una extensa entrevista al periodista Jay Allen. En ella hablaron de José Antonio, aunque el periodista no hiciera mención a ello hasta la introducción que realizó para su artículo sobre la entrevista que consiguió o le encargaron a principios de octubre con Primo de Rivera en la cárcel. Refirió a Franco las noticias que corrían sobre el asesinato del jefe falangista. Este le dijo, preocupado por su suerte, que no tenía noticias de él[9].
El segundo elemento del relato es afirmar que la razón de la oposición o falta de interés se derivaba del antagonismo político combinado con la ambición política del general que convertía al líder falangista en un rival; lo que Franco buscaría era utilizar la doctrina de José Antonio sin José Antonio.
La tesis hizo fortuna y, de un modo u otro, se ha mantenido gracias a la insistencia de mirar hacia atrás desde el presente. El problema es que en noviembre de 1936 Franco no tenía un proyecto de futuro político establecido, mucho menos en septiembre o en octubre. Tampoco estaba escrito cuál iba a ser el papel de una Falange en expansión en el futuro régimen y, sobre todo, cómo iban a actuar los políticos falangistas en las décadas siguientes. Nada de lo que sucedió estaba escrito ni fue fruto de un determinismo inexorable. Más adelante plantearemos esta cuestión en las coordenadas de septiembre-noviembre de 1936 y no en las de 1967, 1975 o entrado el siglo XXI.
Vamos, siguiendo esta línea, a analizar paso a paso todo lo referido a los intentos de rescate o liberación de José Antonio, revisando críticamente el relato, las fuentes y los testimonios, incluyendo la lectura crítica de los análisis que ha aportado la historiografía de las últimas casi seis décadas en las páginas siguientes.
Antes de ello hay que asumir algo que con demasiada facilidad se olvida o no se contempla, que las posibilidades objetivas de que alguien de la entidad de José Antonio pudiera salir con vida de la prisión alicantina eran prácticamente nulas. No tanto en septiembre de 1936, como en octubre o en noviembre. Entre otras razones porque la Falange se había convertido en la zona nacional en el principal grupo político capitalizador del apoyo civil a la sublevación militar y los frentepopulistas tenían en su poder a su máximo dirigente. En gran parte de la zona rebelde el azul se convirtió en el color de la España nacional mientras José Antonio seguía en prisión.
La única posibilidad real que José Antonio tenía de salir de Alicante vivo era que el gobierno de la República o en su defecto las autoridades de la ciudad, los anarquistas de la FAI, aceptaran un canje o un soborno. El mito, la asunción del relato al que aludimos, hizo que en los análisis sobre los hechos desapareciera la importancia que, en el fracaso de los intentos de rescate, tuvieron las decisiones de los diversos gobiernos del Frente Popular. Sobre todo cuando tanto socialistas como anarquistas acabaron siendo partidarios de su ejecución.
Por mucha literatura que se haya vertido, en determinadas ocasiones, realmente solo intentaron proteger la vida de José Antonio, en la maraña de grupos que era el Frente Popular, los republicanos de Azaña; pero estos, políticamente hablando, fueron quedando marginados entre agosto y noviembre del primer año de guerra. El eje político, en ese tiempo, ya no lo constituían los políticos republicano-burgueses, sino que el poder se traspasó a los hombres del PSOE. Esos gobiernos, presididos por Largo Caballero, tuvieron la oportunidad, aceptando liberar a José Antonio, de obtener la libertad de decenas de políticos de izquierda mediante un canje, y, en muchos casos, salvar sus vidas, también de exprimir la posibilidad de abrir la peligrosa dialéctica de los enfrentamientos internos entre sus enemigos; pero ante las opciones descritas prefirieron ejecutar a José Antonio.
Incluso, cabría estimar, que, si alguno de los intentos de canje/rescate hubiera prosperado, es posible que el prisionero de Alicante no lo hubiera aceptado, salvo que también salieran sus familiares. Reflexión que tampoco ha tenido cabida entre los diversos autores que han escrito sobre el tema. Es evidente que no dejaría a Miguel, pero mucho menos a Margot, Carmen o la Tía Ma en Alicante, ya que podrían pagar con sus vidas su fuga. Algo que parece que no se tuvo en cuenta en la mayor parte de los intentos.
El recurso a la ucronía
Cuando Franco se sumó a la rebelión no existía ningún proyecto político concretizado, más allá del establecimiento de una junta/directorio militar presidido por el general Sanjurjo. El contenido de sus escritos iniciales en los días de la sublevación, con pequeñas diferencias con respecto a otros manifiestos, en su parte política, inciden en la necesidad de mantener los avances sociales y continuar en esa línea.
Recordemos que la muerte en accidente del general Sanjurjo y el fracaso del golpe del general Mola, colocó a los rebeldes en una situación inesperada. Fueron las circunstancias y no ningún plan preconcebido las que llevaron al general Francisco Franco a la jefatura de un estado que, en la realidad, aún no existía. La suerte de la guerra en octubre de 1936, con la progresión hacia Madrid, no permitió grandes declaraciones políticas sobre el futuro. El primero de octubre Franco se limitó, en su discurso, a enunciar futuras acciones de gobierno en las que se recogían presupuestos de las fuerzas políticas que capitalizaban la vida política en la zona nacional con notorio predominio de tesis próximas a la Falange.
En julio de 1936 Franco era el más apolítico de los generales rebeldes y también el más joven. Inicialmente ni tan siquiera formó parte de la Junta de Defensa Nacional formada en Burgos con el general Cabanellas como presidente. En una situación militar difícil si no precaria, en la que los avances son los de las tropas de Franco, quien tiene la iniciativa táctico-estratégica y hacia quien se dirigen las ayudas internacionales al juzgarlo como el militar más capacitado, para muchos el auténtico jefe de los rebeldes, se instala en la mayoría de los generales el convencimiento de que solo con un mando único se puede ganar una guerra que, sobre el papel, favorece a la República; lo que lleva a impulsar, a principios de septiembre, la candidatura de Franco a la jefatura de la ya denominada zona nacional. Pero el uno de octubre Franco continúa sin tener un programa para la creación de un nuevo estado y su principal preocupación es avanzar sobre Madrid, algo que le va a ocupar de forma permanente hasta principios de noviembre cuando se inicie la desigual batalla para intentar su toma. Para todos los rebeldes, si no se gana la guerra no habrá nada sobre lo que debatir. Esa era la situación cuando se plantean a Franco una serie de intentos de rescate/liberación del prisionero de Alicante que él autorizará.
Franco era un hombre pragmático y a principios de noviembre, en el Cuartel General, tras el fracaso de sucesivos intentos, es más que probable que se estimara que la liberación quizás no fuera posible. Algo que podemos confirmar por el contenido de un informe remitido a Gil Robles el 9 de noviembre de 1936. Según este, la opinión que flotaba en el Cuartel General no hizo que Franco dejara de apoyar las propuestas que se le hacían, pues no quería que «nadie pudiera lanzar sobre él una acusación» por no haber «hecho todo lo posible»[10]. Décadas después, en los años 60, Patricio González Canales, que había figurado entre los hombres que iban a ir a Alicante para asaltar la prisión, explicó a Stanley G. Payne que «para Franco la cuestión era muy delicada, dada la poca confianza política que la Falange tenía en él. Si se hace cargo de la operación y fracasa, cae la responsabilidad sobre sus espaldas. Si no hace nada, se le culpa de omisión. Dejó la iniciativa a la Falange y ayudó en la medida que pudo»[11].
Es evidente que, si José Antonio hubiera sido liberado en esos meses, entre octubre y noviembre de 1936, la historia se hubiera escrito de otra manera. Un sector importante, mayoritario, de quienes se han acercado al tema indican que hubiera chocado con Franco y, por las mismas razones, y probablemente en mayor medida, aunque en ello no se entre, con los generales Mola y Queipo. Es muy dudoso que José Antonio hubiera caído en el error, el mismo que se cometió en la zona republicana, de subordinar la necesidad de ganar la guerra a los objetivos políticos. Por otro lado, él era consciente de que la Falange se había subordinado al difuso planteamiento político de los militares y que solo la expansión del partido, la conversión del mismo en el elemento político catalizador que él preveía, sería la que acabaría decidiendo el futuro de su movimiento y su posible transformación en el basamento ideológico del régimen político que naciera de la rebelión. Pero para ello necesitaría apoyarse en ese poder militar. Es lo que intentaron hacer sus seguidores.
Franco era, tal y como apunta su biógrafo Crozier, un «hombre de principios, no un ideólogo»[12]. En esos meses primeros dejó las cuestiones políticas en manos del reducido equipo que le acompañó desde el inicio de la sublevación en el que los hombres fuertes eran su hermano Nicolás Franco, cuyos referentes políticos eran los radicales y los agrarios, y quizás el monárquico autoritario José Antonio de Sangróniz, su jefe de gabinete diplomático. En septiembre entendía que era posible la unidad en un corpus ideológico de las diversas fuerzas políticas de la zona nacional, pero no tenía un camino trazado para la creación de un partido único. En todo caso, tras ser elevado a la categoría de Jefe del Estado por sus compañeros de armas, ante esa posibilidad que estaba en el debate político del Cuartel General y de la Falange, en menor medida entre los tradicionalistas, estimó que debía aguardar hasta ver si tenían éxito los intentos de liberación de José Antonio. Decisión sobre la que tenemos constancia documental [13].
Estima Serrano Suñer que si José Antonio «hubiera llegado a la zona nacional en el momento propicio, antes de que se hubiera podido montar el aparato de poder personal total, no se hubiera producido la concentración de todos los poderes en Franco… Hubiera sido un poder compartido», aparato que el cuñado del Generalísimo contribuyó de forma trascendente a formar. Serrano, aunque en el razonamiento oculta que la Falange era una fuerza importante, pero solo una fuerza más de la zona nacional, con todo lo que una basculación de tal índole podría suponer por las resistencias que se plantearían, tanto civiles como militares, y que él fue, en gran medida, el artífice e impulsor de ese aparato de poder personal, subraya la viabilidad de esa posibilidad: «Franco –prosigue– no hubiese asumido el poder político, limitándose a ejercer las más altas funciones militares». Probablemente sea excesiva la afirmación, aunque como él mismo reconoce, el Franco que le recibió y le encumbró a su llegada a la zona nacional en febrero de 1937, era un hombre que «de buena fe, quería ser ayudado… que se apoyaba en mí frecuentemente» al que «yo y el grupo intelectual que colaboró conmigo dimos alas políticas»[14]. Pero ya habían transcurrido varios meses desde la ejecución/asesinato de José Antonio. Función que, llegado el caso, también hubiera podido asumir el fundador de la Falange. En el fondo, recordemos, esa era la posición táctica de José Antonio.
A la pregunta sobre si hubiera sido posible un entendimiento entre Franco y José Antonio su hija responde: «No lo sé. El ideal falangista estaba muy arraigado en el Movimiento en aquella época, qué duda cabe de que José Antonio sería una cabeza importante y querría haber hecho, a lo mejor, que le dejaran la parte política a él. No lo sé».
Puestos a especular cabría pensar que, si José Antonio hubiera sido liberado en aquellos meses, hubiera podido jugar un puesto similar al que Serrano Suñer desempeñó después: un presidente del gobierno y jefe político sin nombramiento oficial. Además la posición política de José Antonio hubiera quedado reforzada con la llegada de Serrano Suñer, dando una dimensión probablemente distinta a la institucionalización del «estado campamental» de los nacionales.
Finalmente, según el testimonio del tantas veces citado cuñado de Franco, es propio de «gente ligera» dar pábulo a la leyenda de que José Antonio hubiera sido igualmente fusilado en la zona nacional: «los que dicen eso no saben lo que dicen». Es una «tontería», José Antonio hubiera llegado a la zona nacional como «un semidiós», se hubiera impuesto, pero no como jefe único, Franco hubiera conservado el mando militar y la jefatura del Estado y él «hubiera sido el jefe político». Esos eran los parámetros de 1936. Probablemente tenía razón, pero la historia se escribió de otra manera[15].
El debate historiográfico: un último apunte
La cuestión sobre la posición de Franco con respecto a los intentos de rescate/liberación de José Antonio ha experimentado una curiosa evolución a lo largo del tiempo.
El primer estudio clásico sobre José Antonio y la Falange realizado por un historiador lo publicó, a mediados de los sesenta, el norteamericano Stanley G Payne. Recurrió a numerosas fuentes orales y su conclusión, en este apartado, fue taxativa: «pese a las acusaciones de algunos falangistas no existen pruebas que justifiquen las sospechas sobre la conducta de Franco en esta cuestión»[16]. La aparición, en la misma editorial, la antifranquista Ruedo Ibérico, del trabajo de García Venero, cuyo hilo conductor era el testimonio de Manuel Hedilla, también sobre fuentes orales, recogía la mayoría de los intentos de rescate deduciéndose de la lectura que no existió oposición alguna por parte de Franco a los mismos[17]. Herbert Southworth en su estudio crítico al anterior tampoco culpabiliza a Franco de los fracasos[18].
Es el hispanista, izquierdista y antifranquista, Gabriel Jackson, quien en esos años plantea, sin otro fundamento que su opinión, lo que es habitual en su obra, la «tibieza de Franco» y de los alemanes. A principios de los 70 apareció el trabajo del periodista Ramón Garriga que, recuperando tesis de Zugazagoitia y Prieto, presenta a Franco como el gran beneficiado de una ejecución que se realizó sin el permiso del gobierno republicano, añadiendo que este sentía «odio» por José Antonio y que, por tanto, no hizo todo lo posible por salvarlo («¿qué político ambicioso de poder hubiera alargado su mano para salvar a un hombre que en un cercano próximo podría convertirse en un peligroso adversario suyo?»)[19]. Garriga no duda a la hora de manipular los hechos cuando no a tergiversarlos para mantener su tesis[20]. Curiosamente se convirtió para diversos autores en fuente de referencia y nota de autoridad en vez de recurrir al trabajo de archivo[21].
El primer trabajo que sobre fuentes de archivo abordó el tema de los intentos de rescate de José Antonio, centrándose en la perspectiva alemana, fue el de Ángel Viñas en 1976, siendo aún hoy un trabajo fundamental[22]. De esta aportación nos iremos ocupando al compás del relato de los diversos intentos. La conclusión es que, pese a algunas reservas en un momento dado, pese a la posición del autor, Franco aprobó los proyectos que le presentaron e incluso propuso personalmente el último, el 4 de noviembre, desconocido hasta ese momento que, a nuestro juicio, diluye cualquier duda. Las aportaciones de Viñas, a veces leídas de forma superficial y otras, probablemente sin siquiera consultarlas en toda su extensión, se han utilizado como indubitable prueba de lo que no es: la oposición de Franco a la liberación de José Antonio, sobre todo tras ser nombrado jefe del estado[23].
El hispanista Ian Gibson publicó en 1980 su aproximación biográfica a la figura del fundador de la Falange. Para este autor, Franco no solo no hizo lo posible, sino que se desentendió de la cuestión. Sustenta su tesis en una cita de autoridad con lo que prescinde de todo aparato crítico: «una mayoría de los investigadores serios que han estudiado el tema de los varios intentos realizados por los nacionales en este sentido parecen opinar que no… El Caudillo por la gracia de Dios se fue convenciendo cada vez más de que no le interesaba para nada la vuelta de José Antonio a la zona nacional»[24]. El problema es que la mayoría son solo cuatro, de ellos dos no pueden ser considerados investigadores serios (Ramón Garriga y Bravo Morata[25]), Carlos Rojas en realidad no se pronuncia sobre la cuestión en su trabajo; solo Viñas lo hace con muchas reservas.
Otro ejemplo de utilización sesgada de los trabajos de Viñas es la obra de Sheelagh Ellwood, quien sostiene que Franco se opuso al rescate/liberación. Forzando los párrafos de Viñas, explica que el caudillo se habría arrepentido, a finales de octubre, de haber aprobado el rescate pero prefería dar la sensación de que lo había frenado el mando alemán, pues no podía perder el apoyo de la Falange al «saberse que él mismo era responsable de la suspensión de las operaciones de rescate». Es, sin duda, un argumento digno de su mentor, Paul Preston. Lo que ocurre es que Franco se debió volver a arrepentir porque la operación de rescate no solo continuó, sino que además propuso una nueva acción el 4 de noviembre que los alemanes comenzaron a ejecutar. Propuesta que, al desmontar su tesis, naturalmente, la historiadora británica prefiere no mencionar[26]. Corriente que han seguido otros autores usualmente vinculados al falangismo[27].
A principios del siglo XXI, hasta la fecha, comenzaron a aparecer una serie de trabajos que iniciaron una revisión de la figura de Primo de Rivera desde diversas ópticas[28]. Incluyendo algunas biografías de Franco que prestaron atención al tema de los intentos de rescate y la posición del Generalísimo[29]. Repasemos brevemente estas aportaciones:
- a) Gil Pecharromán no entra en la polémica, registra los sucesivos intentos y subraya la aprobación de Franco a los mismos, recoge las reservas del Generalísimo citadas por Viñas e indica que los alemanes abortaron finalmente la operación; indica, en nota a pie de página, que los alemanes siguieron realizando «algunos intentos de canje y soborno por su cuenta», cuando lo cierto es que lo siguieron haciendo por órdenes directas de Franco[30].
- b) Payne publicó en 1997, su revisión de la historia de la Falange bajo el título de Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español. Reitera y matiza en ella sus tesis anteriores. Con respecto a la cuestión de los intentos de rescate matiza citando a Paul Preston y ese es su error. «los primeros intentos de liberar a José Antonio fueron aprobados por Franco. Dio su consentimiento de mala gana por la razón obvia que negarlo hubiera implicado el riesgo de perder la buena voluntad de la Falange»[31]. Juicio de intenciones sin otra base que la opinión personal del antifranquista Preston y que no puede ser considerado ni científico ni histórico. Aunque Payne directamente no lo indica en su trabajo, sí lo hará en algunas de las entrevistas que concedió con motivo de la presentación de su libro, sumándose a la tesis de que a partir de que Franco fue nombrado jefe del Estado varió su criterio, comenzó a poner restricciones e incluso a oponerse a algunas gestiones [32].
- b) Imatz registra los intentos de rescate y el apoyo que todos tuvieron de Franco. Solo introduce una variante: «nadie se opone abiertamente a un proyecto de liberación, pero son numerosos los responsables falangistas y adheridos de última hora que temen su regreso. Muchos saben que desaprobaría sus conductas e incluso les destituiría», una más que interesante y sugerente deducción. Con respecto a la polémica estima que la tesis de la «ambigüedad o del poco interés de Franco por la liberación de José Antonio, lanzada por ciertos ambientes de izquierda y por falangistas hedillistas, es retomada por el historiador socialdemócrata Ángel Viñas… pero no aporta ningún hecho concreto al margen de sus suposiciones o los habituales se comenta, que son indemostrables»[33].
- c) Thomàs, por su parte, anota el apoyo de Franco a los intentos de rescate, añadiendo que, a su juicio, Franco era partidario del canje como única vía efectiva posible, lo que es rigurosamente cierto. Desde un punto de vista racional era lo más sensato, ya que una operación de comandos, como la que se desechó, podía llevar al asesinato inmediato de José Antonio[34].
- d) Preston, sostiene la tesis del desprecio mutuo entre Franco y José Antonio. Exonera al gobierno de la república de cualquier responsabilidad, manteniendo, pese a la documentación, que fue ejecutado «antes de que el gobierno diera la aprobación». Con respecto a los intentos de rescate apunta que el Caudillo aceptó de mala gana las primeras propuestas, pero hizo muy poco «para facilitar los intentos de salvarle de la ejecución» por el inconveniente que supondría su presencia en Salamanca[35].
- e) Suárez Fernández estima que, ateniéndonos a la documentación y los testimonios, es «injusto decir que Franco no hizo nada por salvar a Primo de Rivera». La propuesta, realizada por Franco, el 4 de noviembre, fue contestada por los alemanes el 11 de noviembre confirmando que seguían adelante y se mostraban optimistas.
- f) César Vidal expone que «no se corresponde con la realidad histórica afirmar que semejante resultado (el fracaso) se debió a la desidia o la mala voluntad de Franco. Se hizo realmente todo lo posible –desde el golpe de mano al soborno– y en el empeño intervinieron desde camisas viejas a agentes del III Reich. Con todo, al igual que sucede en tantas ambiciones humanas, al final, la voluntad por muy firme que fuera no logró vencer el curso de los acontecimientos»[36].
Por otra parte, también de forman novelada se han realizado algunas aproximaciones a esta cuestión, como es el caso de Carlos Rojas o Pérez Reverte[37].
La posición alemana
Nadie podía prever que la posibilidad de liberar a José Antonio, entre septiembre y noviembre de 1936 acabará dependiendo, en gran medida, de la voluntad de las autoridades diplomáticas y militares alemanas, a la hora de utilizar el margen de discrecionalidad operativa con que iban a actuar en España en los primeros meses de la guerra.
Recordemos que fue una decisión personal, por razones exclusivamente geoestratégicas, de Adolfo Hitler, el 26 de agosto de 1936, algo más de un mes después de iniciarse el conflicto, apoyar sin reservas al general Franco, uno de los pocos generales rebeldes conocidos en Alemania. En pocos días llegaban a la zona rebelde los que actuarían como representantes y enlaces para la gestión de las ayudas mientras que algunas unidades de la nueva armada alemana eran enviados a las costas española, probablemente con una intención de exhibición de estos navíos[38]. En esas fechas Alemania también firmaba el Acuerdo de No Intervención en España. El vicealmirante Carls realizó eficazmente el despliegue en base a dos flotillas, una ligera y otra pesada. Sus órdenes eran proteger la salida de súbditos alemanes de la zona republicana y asegurar los transportes de suministros que chocaron con la flota republicana en el mes de agosto. Todo ello sin entrar en enfrentamiento con los navíos republicanos. La base operativa de los navíos germanos quedó establecida en Cádiz.
A principios de septiembre el escuadrón ligero de la Armada alemana en el Mediterráneo, quedó a las órdenes del contraalmirante Hermann Boehm[39], nucleado en torno al acorazado de Admiral Graf Spee quien recibió órdenes de operar en la zona mediterránea cubriendo desde Almería a Valencia[40].
A principios de septiembre llegaba a España el teniente coronel Walter Warlimont para organizar la ayuda germana, entrevistándose con Franco el 6 de septiembre, a sus órdenes estaba el teniente de navío Luca[41].
En Berlín la sublevación militar no era esperada de forma inmediata pese a los informes que hablaban del deterioro de la situación política. Lo que llevó a las autoridades del Reich a considerar que «la implantación de un régimen rojo que se mantenga a base de terror es solo una cuestión de organización», aunque en abril de 1936 descartaban una intervención militar ya que la «atmósfera que reina en el ejército no es de determinación»[42].
A pesar de la distancia política que les separaba, las relaciones entre el Tercer Reich y la II República nunca fueron tensas hasta los prolegómenos de la celebración de las Olimpiadas en Berlín[43]. La renovación y ampliación de los acuerdos comerciales iniciados en 1934 se produjo sin problema alguno en marzo de 1936 ya con el Frente Popular en el poder. También se había iniciado la colaboración para la adquisición de material bélico, lo que se produjo cuando Franco ocupaba la jefatura del Estado Mayor Central. Desde 1934 operaba en España el espionaje alemán desplazándose al territorio varios agentes de la Abwehr. En los informes remitidos a Berlín se subrayaba que los «mejores líderes militares» eran los generales Franco y Goded.
España no era uno de los puntos importantes en la política exterior alemana anterior a 1936. De hecho, desde 1933, la embajada estaba sin titular tras el traslado del conde von Welczeck. El 24 de julio, ya estallado el conflicto, fue nombrado un nuevo embajador, pero este, Eberhard von Sthorer, presentaría sus cartas credenciales a Franco, al reconocer Alemania a la España nacional el 18 de noviembre de 1936. Como es usual en estos casos los intereses alemanes quedaron en manos del encargado de negocios de la embajada Hans-Hermann Helmuth Völckers, quien iba a desempeñar un papel fundamental en la frustración de los intentos de rescate de José Antonio realizados con la colaboración alemana. Aznar, reflexionando sobre su papel, muchos años después, se plantearía si quiso apuntarse el tanto de ser él quien consiguiera la libertad para José Antonio o, por el contrario, se dedicó a impedir que los españoles llevaran a cabo sus propósitos en Alicante.
Los diversos informes remitidos por Völckers a Berlín, analizados por Viñas, nos permiten situar las líneas maestras de su pensamiento y explicar cuál era la posición sobre el terreno de los representantes alemanes.
Para el nuevo responsable de la embajada alemana, la posibilidad de que estallara una revolución en España era un hecho objetivo en la primavera de 1936. Esta era animada por el sector del PSOE liderado por Largo Caballero, quien «aboga abiertamente en pro de una revolución proletaria a realizar por la violencia». Völckers deja constancia del crecimiento de la Falange derivado de la persecución y la situación política. Sin embargo, en marzo de 1936 consideraba a la Falange «políticamente eliminada». Lo interesante de los informes remitidos a Berlín, en especial uno enviado el 15 de julio de 1936, es que dejan constancia del proceso de basculación de una parte de la sociedad española hacia las soluciones de fuerza. Para Völckers el «movimiento fascista» que está emergiendo en España es algo que sobrepasa a la Falange, pese a su conversión en polo de atracción icónico. De ahí que estime que ese movimiento, impulsado fundamentalmente por el rechazo a la España que quiere crear el Frente Popular, no tiene ni «un programa fascista claro ni una personalidad líder reconocida». Se trata de un movimiento en el que están los falangistas, pero sobrepasados por la agregación de las organizaciones juveniles católicas, de los miembros de los partidos monárquicos, de miembros del ejército y de hombres sin partido de «todas las capas sociales. Este movimiento, surgido de la dolorosa situación del momento, pero por el momento sin la sumisión absolutamente necesaria de todos los intereses particulares en aras de un gran objetivo, ha declarado la lucha al marxismo»[44]. Ese movimiento acabará encontrando en Francisco Franco su líder natural.
Al estallar el conflicto, aunque Alemania, que reconocería el gobierno de Franco la tarde del 18 de noviembre de 1936, se disponía a ayudar a los sublevados con material y hombres, quería mantener abiertas las relaciones diplomáticas con la República el mayor tiempo posible. Por su parte, las autoridades republicanas, que también habían intentado gestionar la compra de armamento en el Reich, estaban interesadas en no precipitar una ruptura que podría arrastrar a otros países, debilitando aún más el inútil acuerdo de la no intervención. Internacionalmente la situación fue variando conforme transcurrieron los primeros meses del conflicto. La lenta escalada de envío de armamento a ambas zonas y el juego de intereses geoestratégicos podía conducir a una internacionalización del conflicto, especialmente si se producía el choque entre Francia e Italia.
A Hitler también le interesaba mantener el conflicto localizado y cerrarlo con rapidez, y, sobre todo, cuando él aún no era un elemento destructor del orden internacional, pese a la remilitarización de Renania, no provocar un enfrentamiento directo con Inglaterra. Conviene no obviar que Alemania estaba inmersa en el programa de reconstrucción de su flota y había firmado con Inglaterra, en julio de 1935, un acuerdo naval que le permitía ampliar sus unidades hasta alcanzar un 45% de las británicas. A la armada alemana, por su parte, le resultaba conveniente enviar buques a las costas de guerra para probar sus nuevas unidades bajo el paraguas del Comité de No Intervención, pero evitando cualquier tipo de incidente, por lo que participar en una acción hostil para rescatar a José Antonio era un riesgo que los marinos germanos se mostraban remisos a aceptar[45]. Además, el líder falangista era para la mayoría de ellos un perfecto desconocido.
Cualquiera que haya estudiado en profundidad tanto la organización del Estado nacionalsocialista como el funcionamiento interno del mismo es consciente de su semejanza a un buque lleno de compartimentos estancos que actuaban, en muchas ocasiones, de forma independiente y a veces, incluso, contrapuesta. La disparidad de criterio y actuación entre los organismos oficiales, el partido, las fuerzas armadas y los servicios secretos, se hicieron en numerosas ocasiones evidentes, sobre todo en los primeros años de gobierno de Hitler. En España convergían intereses diversos: del Partido nazi y su representación española, de la Wilhelmstrasse que constituyó una sección española, del ejército y de la Abwehr. Hitler había decidido, unilateralmente, prescindiendo de la Wilhelmstrasse, apoyar a Franco, pero hasta el reconocimiento oficial del gobierno nacional por parte alemana, el choque entre los intereses y los planes de cada uno de estos sectores con respecto a España fue una realidad difícilmente prescindible en el caso del rescate de José Antonio Primo de Rivera. Para todos se trataba de un asunto no prioritario, por lo que solo la petición directa de Franco, a principios de septiembre, les obligará a prestar su colaboración en los intentos de rescate, pero no sin objeciones en algunos momentos determinantes, primando siempre su autonomía en la decisión. El hecho es que los falangistas que en barcos alemanes llegarían a Alicante eran para los alemanes los delegados de Franco.
Ni la representación diplomática en la zona republicana, ni la Wilhelmstrasse, ni la Armada consideraron como prioritaria otra cosa que no fuera evitar comprometer la posición alemana en la España republicana aunque con matices a partir del retorno del almirante Carls al mando de las unidades navales. Coincidentes en ello eran Hans-Hermann Völckers y el director general de Asuntos Políticos del Ministerio de Asuntos Exteriores del Tercer Reich, Hans-Heinrich Dieckhoff. Para la Kriegsmarine también era fundamental «evitar a toda costa cualquier colaboración con nuestros barcos que llame la atención»[46]. Así pues, salvo orden superior, participar de forma directa en los intentos de rescate de José Antonio era un riesgo que, tanto la Armada germana como Asuntos Exteriores, consideraban excesivo salvo que las gestiones se mantuvieran dentro de la vía de la diplomacia.
Quedaba en Alemania sin precisar la posición del partido nazi, pero este carecía de relaciones con la Falange antes de la guerra. Es absolutamente improbable que los dirigentes del NSDAP consideraran que José Antonio fuera la versión española del nazismo y, por tanto, su interés era muy limitado. De ahí que las instrucciones remitidas por Berlín sobre las relaciones que se debían mantener con la Falange fueran de «buena amistad sin más». A la inversa cabría anotar que en las filas falangistas nadie buscó apoyos para la acción en las representaciones del partido en España.
La legación diplomática alemana se trasladó de Madrid a Alicante, instalándose en el Hotel Victoria, el mismo en el que habían estado, antes de su traslado a prisión, las familiares de José Antonio. El encargado de negocios desplazaba como máxima autoridad al cónsul honorario en la ciudad, barón Hans Joachim Kindler von Knobloch y von Zawadasky, quien desempeñaba el cargo desde 1936 y que había asumido como algo propio la consecución de la liberación de José Antonio en agosto de aquel año. Llevaba tiempo en España como representante de la Sloman Neptun Shipping. Según testimonios posteriores mantenía, desde antes de la guerra, relaciones con la Falange alicantina[47].
Alicante se había convertido en esas fechas en la puerta de escape de la zona frentepopulista. En el muelle del puerto o en las proximidades de la bahía era usual ver atracados buques de guerra de las más diversas nacionalidades dispuestos a proteger a sus representaciones o navegando por sus costas. Era también el lugar de evacuación de los residentes extranjeros. Un éxodo que se incrementó a partir de las matanzas del verano del treinta y seis en la zona frentepopulista. Para la nueva autoridad diplomática germana, como sabemos, lo fundamental era, al contrario de lo que se dimanaba de las actuaciones del cónsul, no comprometerse para poder continuar actuando en la zona republicana.
Al iniciarse las operaciones de rescate en Alicante, el doctor Hans-Hermann Völckers presionaría a los mandos de la flota para reducir al máximo las posibilidades operativas que les confería el margen de discrecionalidad con el que podían actuar; pues ellos, operando sobre el terreno, tenían la autoridad para juzgar hasta dónde podían comprometerse. Para reducir al máximo ese margen y centralizar en su decisión las líneas del posible rescate, buscó el encargado de la embajada apoyo de la Wilhelmstrasse. En este sentido coincidimos en la conclusión de Viñas al estimar que «Berlín consideraba importante el mantenimiento de esa ficción en la capital alicantina y a ella iban a terminar sacrificándose los intentos de liberar a José Antonio».
El problema para el doctor Völckers era que el origen de todos los intentos de rescate con cooperación alemana era externo, provenía de la zona rebelde, lo que debía compaginar con sus propias gestiones. Como era lógico el Alto Mando de la marina alemana, entendiéndose de militar a militar, apoyó las peticiones de Franco. Parece claro que la colisión de intereses en Alicante es la que llevaría, en varias ocasiones, como veremos, en el transcurso de las diversas operaciones, a pedir confirmación a Berlín antes de actuar, dado el riesgo que cualquier acción conllevaba. Cabría estimar que fueron estas prevenciones las que contribuyeron al fracaso o limitaron las posibilidades de éxito de algunos de los intentos de canje o rescate.
Los alemanes, reiteremos, como anota Viñas, no utilizaron de forma amplia el «margen de discrecionalidad» que tenían: «Parece claro que los alemanes destacados en la España republicana interpretaron de forma restrictiva el margen de maniobra que Berlín les otorgaba: el rescate del jefe de la Falange no compensaba, en su opinión, los riesgos que la empresa entrañaba»[48].
[1] PALACIOS y PAYNE: op. cit., p. 28.
[2] Ver nota de este trabajo. Página 000000.
[3] ZUGAZAGOITIA: op. cit., pp. 278-279.
[4] No conozco argumentación alguna que presente, más allá de vaguedades, qué más se podría haber hecho.
[5] Los razonamientos de estos autores no resisten la menor revisión crítica y lo que demuestran es o un desconocimiento amplio de la realidad del momento, o un afán de no detenerse a leer lo que realmente están escribiendo. Cuando se aborda el elemento clave, el único por otra parte, la raíz de la posible aversión de José Antonio, que no de Franco, tras su entrevista en marzo de 1936, no perciben que lo que están diciendo es: José Antonio le propone a Franco que intervenga militarmente, es de suponer que protagonizando un golpe a favor de la Falange, o que el previsible golpe diera el protagonismo político a la Falange, que es lo que estaba planteando a la UME. Como no logra el compromiso de Franco, este rompe su aprecio por el general, que sí consta por escrito y no por testimonio indirecto. Lo que no deja muy bien a José Antonio.
[6] PALACIOS, Jesús y PAYNE, Stanley G.: Franco, mi padre. Testimonio de Carmen Franco, la hija del Caudillo, Madrid: La esfera de los libros, 2008, p. 28.
[7] Fue acusado del asesinato de Juanita Rico y en el Mundo Obrero se le señalaba como diana. José Antonio, preocupado, consiguió que lo mandaran a la Guinea. Su padre trató de impedir que volviera a Madrid. Se encontraron ambos en Canarias con Franco. Este advirtió a Alberto del peligro que corría, pues se había convertido en un propagandista falangista en Santa Cruz de Tenerife. Franco trató de tranquilizarlo encomendándole que esperara y que llegado el caso se presentaran en los cuarteles o en los puestos de la Guardia Civil («dilo a tus amigos» le dijo).
[8] La excesivamente retórica reconstrucción de aquel encuentro por parte del periodista dice: «yo vengo observando a ese muchacho desde sus primeros pasos, y creo sencillamente que su obra y su temple es algo providencial para España en estos momentos… El hombre que ha puesto en pie nuestra juventud cuenta ya con el triunfo mayor que se podía imaginar. Y es esa juventud, esos que son como tu hijo, que adoran a José Antonio y por él y por lo que él ordene lo dan todo, y desde luego su vida joven con la sonrisa del héroe en los labios, esa juventud será la que salvará a España cuando el ejército diga la última palabra en este drama… hay que contar con José Antonio íntegramente, ya he enviado a mi primo a Madrid para buscar el contacto necesario. Yo quiero conocer hasta el último repliegue de su ideal y que él conozca el mío. Haz tú lo que puedas para que se logre esa inteligencia… Yo puedo darle quizá el ejército, que me dé él la juventud y seremos invencibles. Y puesto que vas a Lisboa, háblale de esto a don Pepe [Sanjurjo]».
[9] «General Franco –escribe Allen– himself told me in Tetuan on July 27 that it was untrue, and added ominously that he had heard nothing of José Antonio». Aunque es correcto traducir «ominously» por preocupado se trata de un término que enfatiza la preocupación en el sentido de tener un mal presagio. OCEC, vol. II, pp. 1.576-1.577.
[10] Carta informe de Luciano de la Calzada a Gil Robles tras una entrevista en el Cuartel General (9-11-1936). AFTG/Documentación Luciano de la Calzada, Correspondencia.
[11] Stanley G. Payne, Ian Gibson y Sheelagh Elwood preguntaron a falangistas destacados, que conocían los hechos y habían participado en ellos, sobre la oposición o desinterés de Franco obteniendo respuestas similares negándolo. Ellwood, discípula de Paul Preston, entrevistó a falangistas de todas las tendencias en los años 80 (Alcázar de Velasco, Agustín Aznar, Hedilla (hijo), Vicente Cadenas, Eduardo Ezquer, Fernández Cuesta, Narciso Perales, Ximénez de Sandoval, Gamero del Castillo, David Jato y Jesús Suevos). Les planteó, apoyándose en Viñas, esta cuestión: «La implicación de Franco en el fracaso de las tentativas de rescatar a Primo de Rivera se mostraron, por regla general, reticentes a manifestar su opinión; ninguno expresó la firme creencia de que tal hubiera sido el caso». En una línea similar, Serrano Suñer escribió en 1977: «no puedo admitir, sin embargo, que Franco fuera culpable –como se decía– por omisión deliberada de la muerte de José Antonio o, dicho de otro modo, del fracaso de las tentativas que para su rescate se ensayaron cuando aún era tiempo», pese a que igualmente sostenga que «la supervivencia de José Antonio no representaba una perspectiva agradable desde el punto de vista político», pero Serrano no estaba en la zona nacional, ni al lado de Franco en esos momentos, tardaría aún varios meses en llegar. Cfr. ELLWOOD, Sheelagh: Prietas las filas. Historia de Falange Española (1933-1983), Madrid: Madrid, 1984; SERRANO SUÑER: Memorias…, pp. 169-170.
[12] CROZIER, Brian: Franco. Historia y biografía, vol. I, Madrid: Magisterio Español, (primera edición 1967), p. 343.
[13] El documento que contiene esta reserva tiene fecha de 9 de noviembre de 1936, el día 4 fue el propio Franco quien propuso un nuevo intento. Mal casa con la idea de que la ambición, torpedeando cualquier posibilidad de rescate, le llevara a olvidarse de José Antonio. TORRES GARCÍA, Francisco: «Entre la supervivencia, la reconstrucción y la unificación: la política de la CEDA (Acción Popular). 1936-1937» en Revisión de la Guerra Civil Española, Actas, Madrid 2002, pp. 420-421.
[14] SAÑA: op. cit., pp. 49-69.
[15] PALACIOS y PAYNE: op. cit., p. 29. El testimonio de Serrano Suñer en el documental «José Antonio», emitido en el programa ARTESEROS, Alfonso: España en la memoria, Madrid: Factoría de la Memoria-Intereconomía, 2009.
[16] PAYNE, Stanley G.: Falange. Historia del fascismo español, París: Ruedo ibérico, 1965, p. 232.
[17] García Venero fue uno de los encargados, a instancias de Fernández Cuesta, de preparar una monumental historia de la Falange fundacional. De la misma se redactaron varios tomos que no llegaron a ser impresos y cuyo destino se desconoce. Cuando se publicó el trabajo de Hedilla, segundo jefe nacional de la Falange, condenado a muerte con consejo de guerra por los sucesos derivados de la Unificación, conmutada la pena por Franco, publicó su Testimonio, que es básicamente la misma obra que la de García Venero, no incluyó modificación o matización alguna a lo escrito por el anterior en lo referente al apoyo brindado por Franco a los intentos de rescate de José Antonio. HEDILLA, Manuel: Testimonio de Manuel Hedilla, Barcelona: Acervo, 1972.
[18] Inicialmente, el trabajo de Southworth debía aparecer en forma de introducción y notas complementarias a la edición por parte de la editorial antifranquista Ruedo Ibérico de la obra de García Venero que no había pasado la censura española. Al leer las notas que eran críticas o contradictorias con su texto García Venero se negó, apareciendo como obras independientes. SOUTHWORTH, Herbert Rutledge: Antifalange. Estudio crítico de «Falange en la guerra de España: la Unificación y Hedilla» de Maximiano García Venero, Bordeaux: Ruedo Ibérico, 1967.
[19] El periodista Ramón Garriga, que, en sucesivos libros publicados por la editorial Planeta continuaría dando muestras de un antifranquismo anímico, tenía muchas cosas que hacerse perdonar. Hombre del entorno de Serrano Suñer en la cima de su poder, había sido, según Heleno Saña comenta a Serrano Suñer sin réplica de este, uno de sus «colaboradores informativos» en la Alemania nazi, no pudiéndose decir que sus escritos de entonces fueran críticos, sino que figuraba entre los «germanófilos». GARRIGA, Ramón: La España de Franco, 2 Vols., Madrid: Gregorio del Toro, 1977; SAÑA: op. cit. p. 86.
[20] Garriga oculta la reunión y la votación en el consejo de ministros del 19 de noviembre y acepta el testimonio falso de Largo Caballero afirmando que estaban discutiendo la cuestión cuando se les informó que había sido fusilado; anota que si de los anarquistas hubiera dependido no hubiera sido ejecutado, pero había 4 ministros anarquistas en el gobierno, entre ellos el ministro de justicia que había sido el impulsor del proceso e intervenido en el mismo; también oculta que en Alicante el poder efectivo lo tenían los anarquistas de la FAI; inventa que fue decisión del gobernador comunista, Jesús Monzón, enemigo de Prieto, que no quería que lo fusilaran, quien propició la ejecución, pero entonces no era gobernador de Alicante sino que el cargo lo ostentaba el republicano Francisco Valdés; borra las palabras que sobre José Antonio y su significado habían pronunciado públicamente Ángel Pestaña e Indalecio Prieto; amplía el odio o el desinterés a los generales Queipo de Llano y Mola; insiste en la decisión comunista pese a que el pelotón que ejecutó a José Antonio estaba compuesto, básicamente, por anarquistas… Cierra un largo listado de manipulaciones y errores afirmando que en caso de haber llegado a la zona nacional recogiendo una confidencia sin nombre: «no descansaría ahora en el Valle de los Caídos, pues habría sido asesinado o fusilado». Como no podía ser de otro modo, Garriga no cita ni una fuente ni un documento.
[21] Así, por ejemplo, el escritor falangista García de Tuñón, que prefiere evitar pronunciarse con respecto a la posición de Franco, recurre, para afirmar indirectamente su oposición, a Ramón Garriga como cita de autoridad reproduciendo una de sus torticeras conclusiones «no existe documento alguno que pruebe que Franco se interesó directamente por la vida de José Antonio», lo que tampoco es cierto. GARCÍA de TUÑÓN AZA, José María: José Antonio y la República, Oviedo: TARFE, 1996 (segunda edición), p. 185.
[22] La investigación apareció por vez primera, con tintes sensacionalistas, en los dos primeros números de la revista Historia 16. La portada del número primero en la que aparecía José Antonio con la bandera nazi de la marina alemana al fondo motivó una protesta de la aún Delegada Nacional de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, denunciando que las gestiones que pudiera hacer Berlín «no justifican esa portada en la que, sencilla y llanamente, se le identifica, en toda la fuerza que supone la imagen, con una doctrina con la que nada tuvo que ver». De sus obras, decía Pilar, «ni una sola línea tiene sabor nazi». La redacción indicó que Historia 16 no buscó tal identificación que además tampoco se hace en el artículo. Carta de Pilar Primo de Rivera en Historia 16, n.º 2 (junio 1976), p. 6. En 1984 Viñas publicó una revisión de estos trabajos que no aparece citada en algunas de las biografías de José Antonio realizadas en los últimos años. Cfr.: VIÑAS, Ángel: «Berlín salvad a José Antonio», Historia 16, n.º 1 (Mayo 1976); «Intentos torpedeados», Historia 16, n.º 2 (Junio 1976); «Intentos alemanes para salvar a José Antonio» en Guerra, Dinero, Dictadura. Ayuda fascista y autarquía en la España de Franco, Barcelona: 1984 Crítica, 1984, pp. 60-97.
[23] Sería muy prolijo referir las veces en que se ha usado así, incluso mutilando las aportaciones de Viñas al no cuadrar con la tesis que se quería transmitir. En los años iniciales de la Transición fue recurso habitual entre los falangistas que se presentaban como antifranquistas como supremo argumento. Así, por ejemplo, el boletín Patria Sindicalista, órgano de Falange Auténtica, presentaba en 1978 un extracto del trabajo de Viñas para demostrar la oposición de Franco al rescate/liberación. En la misma línea, aparecía el recurso a Viñas en la novela del secretario nacional de formación de dicha organización publicada en 1985. Así, al comparecer a juicio, en esta novela, José Antonio explicaba que el régimen del 18 de julio, «y por supuesto de quienes se decía que eran sus aliados, los alemanes, se entorpeció alguno de los intentos mejores» avalándose la afirmación con la aportación de Viñas: «Se cita, en investigación hecha en los archivos alemanes, las trabas y condiciones que imponía el General Franco para mi libertad, con lo que hacía prácticamente inviable cualquier intento». Opinión que mantuvo en la edición corregida de 2007 ampliándola: «El general Franco –explicaría José Antonio– nunca mostró un especial interés ante el gobierno alemán para una eventual operación a mi favor y, sin embargo, como ha escrito el señor García de Tuñón Aza, sí existe documentación sobre la preocupación por su hermano y la posibilidad de su canje». Cfr. LÓPEZ PASCUAL, Eduardo: Proceso a un hombre muerto, Murcia 1985, pp. 22-23; Proceso a un hombre muerto, Barcelona: ENR, 2007, pp. 30-31.
[24] GIBSON, Ian: En busca de José Antonio, Barcelona: Planeta, 1980, p. 222.
[25] El libro de Morata no pasa de ser un panfleto antifranquista poblado de deducciones y juegos retóricos del autor, con clara tergiversación en la revisión que hace de algunos intentos de rescate. La versión que ofrece de Primo de Rivera no es muy positiva destacando su «amor a la violencia» y recordando que ««ninguno de los dos hace falta ninguna a España». Incluso estima que José Antonio y Franco tienen en común su «predisposición a conectar en varios sentidos con nobles, clero y banca»; hablar de política «sin entender una palabra de economía»; estar «lejos de la realidad popular». BRAVO MORATA, Francisco: Franco y los muertos providenciales, Madrid: Fenicia, 1979, pp. 99-146.
[26] ELLWOOD, Sheelagh: Prietas las filas. Historia de Falange Española (1933-1983), Madrid: Crítica, 1984, pp. 88-89.
[27] Los ejemplos podrían sucederse. Gómez Molina tiene que aceptar el apoyo inicial de Franco, para después ampararse en la tesis de que cambió de opinión al ser nombrado jefe del Estado citando las restricciones fechadas a finales de octubre, reveladas por Viñas, para, a renglón seguido, ocultar a los lectores la propuesta de Franco del 4 de noviembre que destruye su teoría. En una línea similar el periodista Manuel Barrios, con un desconocimiento amplio de la documentación, trató de demostrar que Franco no disparó pero permitió que lo hicieran. En su revisión se ampara en citas erróneas o de autores que manipulan la información, siendo típica la afirmación de que Franco negó los permisos para la gestión del intercambio por la familia de Miaja, cuando la fuente original indica que ni tan siquiera se le consultó. Otros autores, directamente, aceptan cualquier tipo de testimonio sin mayor revisión crítica, defecto muy acusado entre quienes no dominan la metodología de la investigación histórica. Es el caso de Mas Rigo, empeñado en demostrar que Franco se opuso a los intentos de rescate, que suele admitir cualquier testimonio siempre que avale su tesis sin la mayor crítica. Así, por ejemplo, se hace eco de lo escrito por Anson y Sainz Rodríguez, sin más base que su palabra, y recoge como aval el testimonio increíble de Manuel Serna, quien como todas las personas mayores mezcla lo que sabe con lo que ha ido conociendo a lo largo de los años y lo que directamente inventa por agregación en la recreación del pasado, para que otro afirme lo que él quiere sostener y aparezca como cita de autoridad: «hubo hasta cuatro intentos de canje, el último con un juez de Extremadura. El canje iba a realizarse de la siguiente manera: cuando José Antonio estuviera a bordo del buque alemán Emden [no está mal la cita teniendo en cuenta que era un buque escuela de cadetes que es dudoso], los nacionales liberarían al juez. No fue posible porque Franco siempre contestó no a todas las propuestas de canje, alegando que no se fiaba del Gobierno del Frente Popular». Ni una corrección de Mas Rigo al testimonio cuando sabe perfectamente que Franco autorizó los intentos de canje y propuso uno de ellos. Cfr. BARRIOS, Manuel: Consigna: matar a José Antonio. Crónica de una traición, 2005; GÓMEZ MOLINA: op. cit. pp. 268-269; «Juan Serna y el proceso de José Antonio en Alicante», en Altar Mayor, n.º 91, consultado en www.plataforma2003.org/hemos_leido/58.htm, (entrada 25-5-2004).
[28] Los principales trabajos han sido: José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario (Pecharromán); Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español (Payne); Lo que fue la Falange (Thomàs); José Antonio, Falange Española y el nacionalsindicalismo y José Antonio: entre odio y amor (Imatz); José Antonio Primo de Rivera (Aguinaga y Payne); José Antonio: madurez de su pensamiento (Simancas); Sobre José Antonio (Aguinaga y González Navarro); El hombre al que Kipling dijo sí (Martín Otín); Las gafas de José Antonio (Gómez Molina); Historia de la Falange Española de las JONS (Rodríguez Jiménez); El último José Antonio y La vida por José Antonio (Torres); La pasión de José Antonio (Zavala); José Antonio. Realidad y mito (Thomàs).
[29] Franco y los Borbones (Casals); Franco. Caudillo de España, Las tres Españas del 36 y Palomas de Guerra (Preston); Franco. Crónica de un siglo (Suárez Fernández); Franco. Retrato psicológico de un dictador (Ashford).
[30] GIL PECHARROMÁN: op. cit., p. 510.
[31] PRESTON: Franco…, p. 245.
[32] «Hizo intentos de rescate, pero en la etapa final empezó a mermar recursos. Mi conclusión es que no le convenía salvar a un hombre que podía constituir un estorbo, pero no sería correcto decir que negó todo su apoyo a los falangistas. Fue ambiguo, como siempre». Resulta cuanto menos censurable la conclusión, sobre todo si se conoce la bibliografía, de que «empezó a mermar recursos», que, claro está, no especifica. La realidad como iremos viendo es todo lo contrario porque el último ofrecimiento, no escaso precisamente de recursos, es una propuesta personal de Franco. ABC, 19-11-1997.
[33] IMATZ: op. cit., pp. 377-378 y 559.
[34] THOMÀS: Lo que fue…, pp. 108-111.
[35] PRESTON, Paul: Las tres Españas…, pp. 135-139. Como es natural, Preston, que pasa como una exhalación por los intentos de rescate, no menciona la propuesta de Franco del 4 de noviembre que hunde las especulaciones. PRESTON: Franco…, pp. 246-247. Sin más referencia que Preston, Gabrielle Ashford, estima, que «el Generalísimo hizo una desvaída contribución, por no decir activamente obstructora, a los intentos falangistas de facilitarle la fuga de la prisión». ASHFORD: op. cit., p. 157.
[36] VIDAL, César: «¿Se hizo todo lo posible por rescatar a José Antonio?», Libertad Digital, 12-12-2003, https://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/se-hizo-todo-lo-posible-para-rescatar-a-jose-antonio-1276209581.html (entrada 2-3-2009). En la misma línea, ESPARZA TORRES, José Javier: «¿Dejó Franco que mataran a José Antonio?», La Gaceta, 6-12-2015.
[37] Pérez-Reverte ha incluido un relato ficticio sobre los intentos de rescate en su novela FALCO. Este personaje recibe la misión de ir a Alicante a liberar a José Antonio. Inicialmente porque «el Caudillo están personalmente interesado en esto», pero descubre que lo envían «para que ayudes a hacerla fracasar», la operación no tiene éxito y ello precipita el juicio de Alicante, porque hubo un cambio de planes a media operación, detrás de ello estarían Franco y su hermano. Como tampoco querían a José Antonio «ni ellos, ni los rojos, ni los rusos» pues llegaron a un acuerdo. PÉREZ-REVERTE, Arturo: Falcó, Madrid: Alfraguara 2016.
[38] A finales de julio un grupo con los acorazados Deutschland y Admiral Scheer se trasladó a las costas españolas. A lo largo de mes de agosto llegaron nuevos navíos con el acorazado Graf Spee y el crucero Nürnberg. A estas unidades acompañaban cargueros y petroleros. Inicialmente cubrieron la zona norte, la zona atlántica hasta Tánger y la costa mediterránea. Al frente de todo el despliegue estaba el almirante Carls quien se entrevistó con Franco a bordo del Deutschland en Ceuta el 3 de agosto.
[39] Veterano de la I Guerra Mundial con mando en torpederos desarrolló después su carrera en el estado mayor. En 1934 alcanzó el empleo de contralmirante. Al estallar la guerra civil en España, entre agosto de 1936 y agosto de 1937, asumió el mando de las fuerzas navales que operarían en el Mediterráneo. Ascendido a almirante alcanzó el grado de almirante general en 1941. En 1943 pasó a la reserva.
[40] Para toda la cuestión de la intervención alemana en España durante la II República y la Guerra Civil los estudios fundamentales son los del profesor Ángel Viñas que vamos a seguir en muchos aspectos; también son imprescindibles, en el aspecto de la ayuda militar, los trabajos de Lucas Molina.
[41] Veterano de la I Guerra Mundial fue enviado a España como plenipotenciario militar ante Franco, actuaba como enlace con el mariscal Werner von Blomberg. Tras su paso por España pasaría a ser Jefe de Operaciones del OKH y uno de los autores de la Operación Barbarroja (invasión de la URSS). Alcanzaría el grado de teniente general. Al acabar la guerra sería juzgado en los procesos de Núremberg, condenado a cadena perpetua fue liberado en 1967. Cfr. WARLIMONT, Walter: Inside Hitler’s Headquarters, Presidio Press, 1991.
[42] VIÑAS, Ángel: Franco, Hitler y el estallido de la Guerra Civil. Antecedentes y consecuencias, Madrid: Alianza, 2001, p. 240.
[43] Se iniciarían en julio de 1936 y el Frente Popular había decidido que España no asistiría para boicotear el fascismo convocándose la Olimpiada Popular en Barcelona a la que acudirían representaciones de asociaciones de la izquierda de 22 países. A Berlín acudieron las representaciones oficiales de 49 países.
[44] Informe Völckers (15-7-1936), VIÑAS: op. cit., p. 294.
[45] Así la armada alemana envió dos submarinos en noviembre de 1936 que operaron sin que Franco fuera informado. El U-32 y el U-33 actuaron en aguas españolas y hundieron el submarino republicano C-3 el 12 de diciembre de 1936, encontrando la muerte 34 tripulantes; lo que obligó a cancelar la misión.
[46] Ibid., p. 426.
[47] De origen aristocrático, combatiente en la I Guerra Mundial, al acabar la guerra en España, en reconocimiento de su labor, se rotuló con su nombre la Plaza de Dicenta en Alicante (hoy Plaza del Mar), concediéndosele la medalla de oro de la ciudad. Se estima que había colaborado en la huida de varios miles de personas (entre 2.000 y 5.000) que huían de la posible muerte a manos de los frentepopulistas. Colaboró en esta acción el cónsul argentino Leonardo Lorenzo. Durante la guerra fue capitán en la Legión Cóndor. En 1939 volvió a ocupar su puesto de cónsul. Finalizada la II Guerra Mundial fue solicitada a Franco su entrega por los aliados. Según testimonio de su hijo, su esposa, Carmen del Alcázar y de Victoria, se dirigió a Carmen Polo pidiendo que no se le entregara. Se quedó en España estableciéndose en Cádiz entrando en el negocio turístico. Entre sus actividades destaca la decoración del Parador de San Marcos (León). Fue condecorado con la Encomienda de Isabel la Católica, la Orden Imperial del Yugo y las Flechas y la Cruz del Mérito Militar. Cfr. MORENO SAEZ, Francisco: «Von Knobloch y el consulado alemán en Alicante» en https://archivodemocracia.ua.es/es/represion-franquista-alicante/documentos/estudios-complementarios/von-knobloch.pdf; IRUJO, José María: «Los 104 de la lista negra», El País, 30-3-1997; BELDA, Ismael: «La plaza de la Virgen, el actor y el nazi», El Mundo, 2-1-2017.
[48] VIÑAS: Intentos…, pp. 61-76.
