Desde 1933, la Falange hace posible el gran milagro de que en el atónico pueblo español, indiferente y envenenado, prendan, resurjan ansias inextinguibles de Patria.
Cuando, muerto ya su sentido entre desganas y odios, las gentes y las tierras de España se partían despojo a despojo.
Milagro indiscutible, propio de la Falange.
Y, como todo para lo por venir de la Falange, concepto y obra, dotado de la soberbia altanería de la perfección.
Era la creación de la necesidad absoluta de la Patria.
Pero de una Patria grande y libre.
La Falange, en la España expoliada y envilecida, inició su tarea animosamente en el quehacer gigante de hacer una Patria.
Y, ahíta de dolores ante todas las fealdades, imperfecciones y desgracias de la España de 1933, la Falange, con amor infinito, desesperado, concibió exactamente y sintió cumplidamente, sobre el caos, la tarea de conquistar sobre las desgracias que hacían amarla más, sobre las imperfecciones que obligaban a amarla más y sobre las fealdades que hacían y obligaban a amarla más y mejor, un Imperio.
Nada de palabras simpáticas.
A un lado actitudes fáciles y emocionantes.
Ni relumbrones bonitos.
Ni evocaciones incompletas.
No patriotería como comedia de color de rosa.
Todo tan repetido, tan insuficiente y tan inútil.
La Falange hizo tan entrañable el afán de Patria, fue su amor tan amor, que hizo el milagro suyo de —por la ruta de perfección—, por voluntad, por quererla, iniciar para España la realidad imperial.
Una España imperial, no por esfuerzos en las voces patrioteras, ni por apariencias.
La Falange siente un amor infinito a la Patria: amor macho, que no puede ser satisfecho así, con retóricos esfuerzos de garganta.
Por eso al lado de su sinceridad todo queda en ridícula simulación:
Sino por el camino difícil y exacto de darle a España un Estado al servicio de su integralidad.
Amada con alientos de infinito, y bien comprendida después de una atención y una meditación de maravillosa serenidad, España, la Falange expresó su primer punto inicial en un anticipo de su dogma.
Afirmando magníficamente el derecho y el deber de la Patria.
Era en el otoño de 1933 la primera inquietud, la primera necesidad.
España, en las postrimerías de un ciclo de centenares de años vergonzantes, derrotista, perdidos sus dominios en el mundo, iba, como víctima decidida, a ser rota en el propio cuerpo de sus tierras.
Cuando fijamente, con la claridad y los medios precisos, eficazmente nada se ofrecía como término de la desgracia y el bochorno, la Falange, abriendo un estilo, gritando a pecho descubierto la necesidad amada infinitamente y la inquietud sentida en brasa, dio su consigna:
Unidad de la Patria.
Esta consigna fue y es natural sentimiento en el corazón de todos los españoles.
La Falange convirtió el sentimiento, encarcelado en razones que dejarían de serlo, en consigna por la magia de un estilo.
El ya para siempre estilo de la Falange, que transformó el doméstico y dulzón sentimiento de la Patria en guerrero mandato de afanes y cumplimientos heroicos.
Imprimiendo en las almas el concepto de la Patria Una, Grande y Libre.
Y encauzando la consigna —expresión del Imperio— en la insatisfacción, modo de empezar a querer la vida: incómodamente, difícilmente.
Vivir hora a hora y hecho a hecho, ensanchando la capacidad de voluntad y sacrificio.
Y la Falange, voz de alerta y clarín de llamada, produjo la sagrada rebeldía en los momentos tristes e infames en que unos razonaban faraiscamente oficiales componendas, que groseramente pretendían ocultar el destrozo de la Patria, y otros verbalizaban vacíamente su fe en España.
La Falange, con su estilo, movió el placentero sentimiento patrio colocando en los españoles con la consigna divina, la noción exacta del derecho y del deber de la Patria imperial.
Exigiendo la obligación, hecha deseo, de actuar inflexiblemente hasta la muerte en el cumplimiento de la consigna convertida voluntariamente en orden.
La Falange, por encima de todo —a derecha e izquierda— falso y miserable, cuando más buenas palabras huérfanas de acción, dio rango de voluntad, de deseo a la obligación permanente de morir por la Patria, Una, Grande y Libre.
En el mismo 1933 tenía ya la Falange su guardia en los luceros por la España imperial.
El anhelo de una Patria Grande y Libre, conmovió con carácter de idea fija, de obsesión, y se fueron nutriendo las filas de la Falange.
Pronto y sucesivamente aparecieron los cabales jalones de la gesta para la conquista del Imperio.
A la verdad del deber imprescindible y glorioso de morir por la Patria —definido como mero acto de servicio— siguieron las verdades del culto completo, exacto y permanente del sacrificio.
Todos los sacrificios iban a ser amados, deseados —persecución, cárcel y heridas—, y para el ideal reducidos a la condición de simples actos de servicio.
Concebida por la Falange la Patria Una, Grande y Libre; despierto su sentimiento y convertido en ansias irreprimibles, en afán idolatrado; hecho por fe el afán y las ansias consigna, la Falange se dio la norma del sacrificio.
Y dio una y otra, y tantas veces, el ejemplo claro de cómo sus palabras escuetas —de orden terminante e irrevocable— poseían la verdad de los hechos; cómo con firmeza y con alegría se buscaban la persecución, la cárcel y la muerte. Porque éstos eran los pilares del puente sobre el abismo por donde había que ir hacia el Imperio.
Consecuencia precisa, en 1934: España ensangrentada, calumniada e indefensa, tuvo de la Falange la caricia de su amor estridente, verdadera convulsión de amor, acto de fe.
Por las piedras venerables de la noble y desgraciada Patria destartalada cayó la generosa sangre de los mejores, bien claro que era sangre generosa —del culto del sacrificio—; porque la Falange marchaba decididamente cara a la muerte, sabiéndola de antemano venir, como manera marxista, desde lejos y por la espalda.
Así murieron Matías Montero y otros falangistas: generosamente, por la consigna y por la verdad de su conquista.
La Falange opuso la esplendorosa luz de sus verdades para acabar con el turbio modo de comodidades y egoísmos de la patriotería de pandereta que florecía en discursos altisonantes, cantos resonadores de Dios y Patria; pero nada más que gorgoritos a masas estupidizadas, incapaces del menor riesgo y en un desenfreno de pereza y bellaquería.
Los directivos y la masa que pretendían emprender la tarea de rehacer a España a golpes teatrales malograron el gesto —del estilo y consigna de la Falange— de José Antonio Primo de Rivera al frente de españoles enfervorizados por una Patria Grande y Libre en la Puerta del Sol, junto al Ministerio de la Gobernación, marcando la oportunidad del 7 de octubre como fecha para comenzar sobre el aniquilamiento de la intentona separatista catalana, la esperanza que trajo a España la batalla de Lepanto.
En los mismos días, en Asturias, y en su misión de hacer la Patria, la Falange luchaba y en ella se moría por España.
La revolución de Asturias y el perjuro intento separatista de Cataluña halló, entre otras de tono menor, tímidas, una respuesta adecuada que, perfilada en el encuentro diario con los acontecimientos, ha perseverado hasta cuajar ejemplarmente el 18 de julio de 1936, en la réplica dura y noble, enérgica y justa, de la Falange, sed de poderío y humanidad, proyecto del Imperio y acción para el Imperio y la Razón.
De la vanguardia de la idea a la vanguardia del peligro, en defensa integérrima de la idea, la Falange, en el octubre rojo-separatista, preparada anteriormente con su conocimiento cabal y su amor absoluto de España, libremente —¡qué podía temer, decidido el sacrificio por penoso que fuese y escogida la muerte cara al sol!— dispuso una colaboración incondicional, eligiendo y exigiendo únicamente los puestos de mayor peligro, la rígida ejecución de las misiones siempre al lado del Ejército y fuerzas armadas, custodia sacrificada y reservorio de la Patria.
Y, oponiéndose con la mayor claridad a la realización del bodrio convencional y esterilizado que con un rotulado de ciudadanía, en inequívoca demostración de incomprensión e insuficiencia, con aires de medida de gobierno, se pretendió oponer en cada lugar, como frente, ante el rompimiento de la Patria y la ola marxista de homicidios.
La Falange se opuso al contrabando de los bloques apolíticos de vecindarios de los hombres cedo-lerrouxistas, ofreciendo en aquella ocasión de octubre la norma de su patriotismo integral, luchando y muriendo por él, junto al Ejército e instituciones armadas, en nombre de la pureza y exaltación de su consigna: Patria Una, Grande y Libre.
La Falange se opuso a perderse en la patriotería absurda de unas híbridas formaciones de título ciudadano para quienes la Patria no era una realidad de exigencias guerreras permanentes, sino un hecho episódico.
Aquellos conglomerados eran el exponente y fueron el anuncio de los hombres de serie que, en un clima de tedio, habían de considerar improcedente y peligroso el patriotismo fanático de la Falange, herida ya —nuevo motivo de sacrificio y de muerte— de los crudos dolores del trabajador.
Mientras la Patria estaba en muchos labios y se sucedían los perdones del traidor Pérez Farrás, del canalla González Peña y de los abyectos tiburones de la Generalidad, y los fusilamientos del sargento Vázquez y de un adolescente y se castigaba a una masa, la Falange —por la realidad imperial de la Patria, Una, Grande y Libre— hacía suya la tragedia del pueblo español y ahondaba en el calvario por los hermanos españoles que habían de hacer el Imperio teniendo pan y justicia.
Cayeron más mejores en las calles, en tanto alternaban en la vida oficial los asuntos Nombela y Straus.
La actitud soberbia y desafiadora y la actuación miliciana —cruz de valor y disciplina— de la Falange en el octubre rojo-separatista fueron la prueba incuestionable del alma vitalizadora existente en los puntos iniciales, expresión de los conceptos Nación-Unidad-Imperio.
Concebida la ambición sagrada de una España de jerarquía imperial; hecha tarea apremiante y seguida la ambición; definida España como una unidad de destino en lo universal; afirmada la voluntad de Imperio; había que mover al pueblo español del marco fácil de la discusión y los aplausos al camino difícil de la acción.
El simulacro, hacerlo verdad.
Transformarlo, de espectador indolente y crítico escéptico de su misión en el mundo, en protagonista afanoso.
En esto está el verdadero milagro de la Falange, obra propia y ni remotamente de nadie más.
La Patria estaba en las palabras de casi todas las bocas; llegó a ser nostalgia tragi-grotesca por falsa y muelle orientación, sutil remedio, en históricos escenarios.
Pero los tiempos exigían para España otra cosa; a España había que ganarla, no en escenarios históricos con concentraciones histéricas, sino precisamente cerrando el camino del menor esfuerzo, acabando con el modo hueco de la oratoria.
Tan sólo podía ganársela con la acción limpia y arriesgada, cara a la persecución y ante las pistolas marxistas, que impunemente reían su odio a la Patria, a no ser por la Falange, a pesar, y mejor aún, a merced de un patriotismo oficial gritado —sólo, ¿eh?— en El Escorial, en Medina del Campo o en donde fuese.
Y a fuerza de que la verdad de la acción acompañase a sus palabras, la Falange, haciendo un rito de la verdad, pudo conseguir que sus palabras, meduladas por la verdad, moviesen muchedumbres.
En la Falange, para el pueblo español, eran siempre orden y sentimiento auténticos, y por verdaderas y necesarias para España mantuvieron diálogo cortado —estilo directo, ardiente y combativo— con lo falso, artificioso, de unos y lo agresivo de otros.
Se creó una organización (Falange Española de las J.O.N.S.) que con su arrogancia, no hubo otras, con sus verdades y aspiraciones de la Patria, no podía haber otras; desde 29 de octubre de 1933 a 18 de julio de 1936 mantuvo la suprema realidad de España, dio a los españoles el sentimiento divino de cómo toda conspiración contra la unidad es repulsiva, cómo todo separatismo es un crimen que la Falange no ha de perdonar.
Tan prendido todo en el corazón, todo ya tan defendido a través del alma y del cuerpo, que, creada una conciencia imperial, José Antonio, el 2 de febrero de 1936, con la verdad conquistada, podía afirmar:
“…si el triunfo electoral fuese adverso a los destinos imperiales de España, la Falange no lo tolerará”.
Y el mismo 17 de febrero la Falange se entregó a la tarea de preparar espiritual y materialmente el Movimiento nacional.
En el aniversario del acto de afirmación imperial nacionalsindicalista de 19 de mayo de 1935, en Madrid, millares de afiliados de la Falange honraban todas las cárceles de España.
Contra todo obstáculo circulaba el profético “No importa”.
La Falange, creadora auténtica de una conciencia nacional por el sacrificio, culminado con el de la vida de sus mejores, mantenido a raudales; consecuente con su historia de cerca de tres años, inmaculada y gloriosa, inició, en absoluto acuerdo con sus palabras anteriores, en 17 de febrero de 1936, cuantos trabajos de todo orden, desde todo punto de vista, se consideraban necesarios para el derrumbamiento y destrucción del Frente Popular.
En marzo de 1936, la Falange, activísimamente, montaba los resortes del Movimiento que había de salvar a España del crimen del bolchevismo, acercando la instauración de un imperial Estado nacionalsindicalista.
Se colocó en condiciones a todos los pueblos posibles, hasta los más reducidos, y según el desarrollo de la organización en cada provincia.
Se hicieron sobre el terreno estudios para determinar las precisas comunicaciones en caso de defensa o de ataque.
Y las reuniones, obligadamente clandestinas y el multiarticulado suministro de armas. Y los viajes constantes.
Todo cara al Frente Popular, vigilante y en espera de presa.
Porque se daba la circunstancia de que en todos los sitios de España era conocido el completo de los falangistas, pues cuantas veces fueron o se consideraron oportunas las J.O.N.S. realizaron públicas actuaciones, siempre fructíferas en hechos.
Precisamente estos falangistas, conocidos, señalados por las tituladas autoridades del Frente Popular, acorralados, fueron los que sin desmayo, sin interrupción, paralizando sus intereses individuales o familiares, con el mayor y mejor entusiasmo, un día y otro, de lugar en lugar, decidían con su propaganda y con su ejemplo, la incorporación de masas por la Patria para la fecha que el Mando fijase.
Precisamente, y únicamente, la Falange, venero de heroísmos, de miras imperiales, de sacrificio y de disciplina.
Dueña de una ejecutoria sin par, podía —y voluntariamente lo quiso, enseñándose a sí— levantar al pueblo español.
Simultaneando las altas tareas de la dirección con la ejecución matemática e impávida de las órdenes, nada ni nadie quedó sin verse y sin recibir la patriótica llamada. La Falange entró su voz —que lo era de España— en cuarteles, fábricas, escuelas, conventos, Sociedades, etc.
Vino la represión, cauta primero, descarada y cínica después. Casares Quiroga, en una sesión de la farsa parlamentaria, declara al Gobierno sedicioso, beligerante contra la Falange.
Sólo la Falange derramando la inquietud de la Patria Una, Grande y Libre, anticipada por su concepto de la Economía y del Trabajo y de la Justicia.
La España imperial que surgiría por la Falange.
En la Falange, para España, con la persecución, la cárcel, los atentados, las heridas y la muerte —como meros actos de servicio—, ejecución de un estilo, estaban la razón y el triunfo que darían alientos imperiales al 18 de julio de 1936.
La idea de la Patria Una, Grande y Libre, frenéticamente nacionalista, compuso los primeros núcleos de la Falange, animados, sobre todo, de un espíritu españolista de alcance imperial.
El ideal de la España imperial absorbió todas las actividades de la etapa inicial de la Falange.
Fue la alta idea que agrupó firmemente, primitivamente, para las tareas que luego habrían de encauzarse; tal arraigo tuvo y tiene en su sentido total la voluntad de Imperio de la Falange, que basta la visión, que aún está en los ojos, de la escena maravillosa de quince mil camisas azules —19 de mayo de 1935— en el Cine Madrid, las banderas en elevada majestad, los brazos al aire, las gargantas monocordes, en un estentóreo “Arriba España”, cuando Julio Ruiz de Alda, vidente, decía:
“…No puede soñarse en el Imperio sin la previa integridad del suelo español; precisamente la idea imperial de España en el pasado dejó de tener realidad cuando Gibraltar…”
Hubiera entonces bastado una palabra de José Antonio para que el Madrid enfadado y triste de la agonía liberal pudiese sentir el asombro de una juventud enloquecida de amor imperial.
“Arriba España” era, más que un saludo jubiloso, dicción de homenaje a un futuro-presente de orgullo y complacencia.
“Arriba España” fue el grito sublimizador de la decisión y el fin de la magna empresa de darle a la Patria todas sus tierras y todos sus pueblos. Y en el dominio de su unidad, la unidad de destino en lo universal, sin oponer resistencia a un obstáculo, cualquiera que fuese la índole, para su logro.
El segundo Imperio de España tenía que tener su punto de partida, y lo tuvo, en la voluntad imperial de la Falange.
Por la voluntad imperial de la Falange, por la razón de ser de esta voluntad, para desgracia de España interrumpida más de tres siglos, en motivos ciertos y exactos, aparte la quimera, la Patria habría de tener, abriendo la era azul de su realidad imperial, el 18 de julio de 1936 saludado con los “Arriba España”.
La Falange, al señalar el comienzo de su empresa española, exigía el hecho imprescindible de la desaparición de los partidos políticos.
En el acto de la Comedia, José Antonio, de manera magnífica y única, rotundo, sentó, sin lugar a vacilaciones, cómo la obra nacional de hacer una España Grande y Libre era obra de y para todos los españoles, librados de los nefastos partidismos.
Ni derechas ni izquierdas: españoles.
La Falange, resueltamente, se lanzó a su inevitable viacrucis de la incomprensión de los demás, deshaciendo a diestro y siniestro cuanto agrietaba —ruina inminente por omisión y por agravio— a España, que únicamente podía salvarse lográndose un Estado totalitario al servicio de la integridad de la Patria.
Estado en el que todos los españoles participaran a través de su función familiar, municipal y sindical. Nadie a través de los partidos políticos.
La Falange aseguró que:
“Se abolirá implacablemente el sistema de los partidos políticos con todas sus consecuencias: sufragio inorgánico, representación por bandos en lucha y Parlamento del tipo conocido”.
La tajante declaración de que había que acabar con los partidos políticos llevaba, desde luego, aparejada la ofensiva por parte de los partidos políticos. Se esperó con idéntica altivez y naturalidad y con la misma decisión que cualquier otro obstáculo; para allanarlo.
Ahora bien, ante la realidad española, pudo esperarse que algunos partidos no opondrían una resistencia impropia de la doctrina que exteriormente representaban.
Eran bien conocidas y mejor calculadas las circunstancias que concurrían en derechas e izquierdas.
Las derechas, de alguna sustancia nacionalista, subsistían ayunas de esencia social.
Las izquierdas, netamente sociales, carecían, con manifestaciones repetidas y evidentes, de alma nacional.
La competencia gubernamental derechas-izquierdas, antisociales unas y antinacionales las otras, hacía que progresase rápidamente la descomposición de la vida española, con lo que la realidad de España resultaba una utopía.
España no intervenía con dignidad en el concierto internacional, donde permanecía aislada y descuidadamente entregada a la política franco-anglófila, sin conciencia de su destino, cada vez más oscuro.
El pueblo español sufría las alternativas de una etapa de patriotería bucal e injusticia social y otra, rabiosamente antiespañola, en la que la justicia social alcanzaba matices diabólicos y se reducía a un insultante, desmedido materialismo.
De un modo y otro, la Patria y su economía encajaban sucesivamente mermas y deterioros.
La Falange, para su imperial obra nacionalsindicalista, vino a terminar las mutaciones de los partidos políticos, negando para el porvenir la existencia de los mismos y contando de antemano cómo habría de ser combatida, ya que lo que se juzgaba Poder era, en último término, un usufructo de las miras partidistas en innoble pugna con las miras de Imperio y justicia social.
Surgió rápidamente el combate desde derechas e izquierdas, en un común punto de vista de incomprensión y de mala fe. Meses enteros todas las sectas políticas abundaron en viles medios para desvirtuar el lenguaje claro y decisivo, los proyectos auténticamente nacionales y digna y justicieramente sociales de la Falange.
Cundieron las insidias, las calumnias y los atentados personales de ejecución rufianesca, desde lejos y por la espalda.
La Falange mantuvo serenamente en la política y los actos sus verdades con su estilo, nuevo en la vida española, derrotista y derrotada. Y se dialogó en todas las partes y ocasiones, imponiendo la razón con las palabras o con las pistolas, sin conceder cara a cara el menor equívoco que ni remotamente pudiera alterar la doctrina o el estilo.
La Falange tenía una doctrina y un estilo; no era un molde hueco o desadaptado con la actualidad; no pretendía una locura o una estupidez, sino una necesidad de carácter apremiante.
España —la Falange lo adivinó y la amaba— poseía una unidad de destino en lo universal que indefectiblemente había que conquistar.
Falange colocaba en sí, para que la obra nacional fuese definitivamente imperial, la ordenación de la vida española propugnando un orden nuevo, una estructuración social que hiciese factibles las ansias imperiales.
De ahí la exigencia de la desaparición de los partidos políticos, modo improcedente, antinatural, de actuar, de mixtificar la realidad española colocando a España en condiciones de servidumbre antinacional, con una raza desvalida y en trance de creciente degeneración, carente de todo estímulo e incapacitada para cualquier sueño de razonable mejora.
A la inicua verdad de gran parte de la población española acarreando una vida imposible, hasta el punto de que bien podía creerse que, ausente de todo contenido espiritual, el español vivía muriendo cada día, sin que toda una existencia dedicada al trabajo pudiese asegurar el mantenimiento racional con decoro y libertad, la Falange opuso su verdad de “La dignidad humana”:
“La integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles. Pero sólo es de veras libre quien forma parte de una nación fuerte y libre. A nadie le será lícito usar su libertad contra la unión, la fortaleza y la libertad de la Patria. Una disciplina rigurosa impedirá todo intento dirigido a envenenar, a desunir a los españoles, o a moverlos contra el destino de la Patria”.
La Falange es, como ha sido y será, indeformable, inconmovible, y no como quieren que sea sus reiterados detractores.
Precisamente para estos desacordes con la realidad; incomprensivos unos y desaprensivos otros, se escribe esta réplica con el deseo de servirla, para demostrar de modo contundente cómo nada padece por la supuesta —no precisada ni en lugares ni en personas— actuación de alguno de sus afiliados.
Aunque, como elemento de juicio para la crítica negativa, demoledora, en las tertulias anónimas, desde los parapetos de mesas de café, se dé desenfadadamente como cierto el defecto.
Además, en los días de plenitud y de responsabilidad que vivimos; cubiertas las etapas fecundas y gloriosas; recorrido el áspero camino de etapas, inminente la última, que es fatal, biológico en la construcción de los pueblos, caso es ya de sentar, con el rigor de una afirmación absoluta, que la desaprensión y la incomprensión hacia Falange son un delito contra España.
Se ataca sin criterio o con un criterio bárbaro a la Falange, con el fantasma de que se producen —no concretando en dónde ni por quién— conductas de un personalismo acusado, parecido a los que abundaban en la política demoliberal.
Pretenden atacar a la Falange, con vagas argumentaciones y hasta en tono de lamentación, los más encubiertos enemigos. Con la misma facilidad que siguen negando cómo en todas y cada una de las actividades de España está presente la Falange.
Cuando hemos pasado las dos primeras etapas, la guerra y la integración oficial al Estado; cuando ya el Estado somos nosotros, los nacionalsindicalistas; nosotros, los que, bajo la invicta Jefatura de Franco, estamos haciendo la Historia de España, no lo olvidemos, es un honor al que acompaña el dolor de que José Antonio, Fundador, Creador, no esté con nosotros en esta tarea impar y gloriosa. El estado de conciencia, la sensibilidad, nuevos, los hemos creado nosotros, cuando ya no estamos al margen del Poder, sino en el Poder.
Es que la tontuna o la mala fe ignoran y olvidan que la guerra y la revolución nacionalsindicalista no pudieron marchar paralelas.
“Mi reino no es de este mundo”, decía el Hijo de Dios.
Si en la grandeza divina la doctrina tiene que pasar por períodos de propaganda, de lucha contra las adversidades; si los cristianos tienen que perecer en las arenas del circo romano, en la política un ideal triunfa en etapas.
Mussolini, en Italia, promete un Imperio que no se consigue hasta 1936, es decir, lustros después de la marcha sobre Roma.
Hitler promete un porvenir cesáreo y empieza a laborar sin colonias, sin autarquía económica, con el Sarre en poder del extranjero y sin ejército; es menester que pasen años desde que se incautó del Poder para realizar una parte de su programa.
Y en España, José Antonio es el Precursor y el Creador del nuevo espíritu nacional. Pero surge la guerra y ésta pasa a primer plano. Los rojo-separatistas asolan la Patria.
Ya el águila del Imperio con el ramo de olivo de la victoria en la boca, Franco incorpora al Estado el Nacionalsindicalismo, y decreta la oficialidad del Movimiento de la Falange, que nutrirá a España en todas las formas. Y, según manda la Historia, llegaremos a la tercera etapa, la de la realización plena del programa de la Falange.
Esto, bien o mal, lo saben todos. Como comprenden todos, cualquiera que sea su grado de discernimiento, que la Falange marcha cara a los siglos, inmaculada, demasiado por encima sus disciplinados y exactos soldados azules, ciegamente fieles en la obediencia al Jefe Nacional, Caudillo de la España nacionalsindicalista, de los tristes y arrinconados comentaristas, cuyas insidias torpemente se lanzan a minar la firmeza de granito de la disciplina, con la malévola intención de hacer ver que el permanente culto a la Jerarquía, por hipertrofia, puede dar lugar a beneficios particulares con ruptura de la hermandad, resultando oportuno y útil repetir al aire, en desafío a las necedades de incomprensivos y desaprensivos, nuestras intactas verdades.
Estamos al servicio de la Falange, no de un determinado individuo, por alta que sea su jerarquía. Porque el servicio de un individuo origina el personalismo, produce el hecho del favor personal y construye inevitablemente las camarillas. Viciación absolutamente contraria al espíritu de la Falange y contra la que se ha luchado desde el mismo octubre de 1933.
El cumplimiento del deber, la persecución, el sacrificio de todo, son meros actos de servicio por y para la Falange, que no pueden prostituirse rindiéndolos al servicio de un determinado individuo.
Fue, es y será dogmático que cualquier afiliado, el último y el más oscuro, por merecimientos propios, por y para la Falange, puede servir toda jerarquía, en tanto el acierto le acompañe. Y que ninguno en su misión puede ocultar merecimientos de otro camarada, ni sostener su jerarquía con merecimientos o sacrificios que no sean suyos, pues esto en sí, además de violar el recto modo de ser de la Falange, sería evidente perjuicio para su mejor desarrollo, porque se impediría a los auténticos valores su tan precisa actuación.
El error, el desacierto, la mayoría de las veces son involuntarios. Acertar no es consecuencia ineludible de la buena voluntad. Pero el personalismo, el favor personal y las camarillas, sí son voluntarios.
Si insólitamente surgiera el personalista, se vulnera el espíritu definido, cortante, de la Falange, porque convertiría a la Falange en instrumento suyo. La Falange exige precisamente lo contrario. En los personalismos se antepone el orgullo personal, el afán de medro personal, el yerro personal, y un puesto creado para el servicio de la Falange sería un puesto de ataque contra la Falange.
En la Falange, si una tarea es bien servida, pero este servicio puede ser mejorado por otro camarada, en estilo o en iniciativas, el puesto, automáticamente, debe ser ocupado por el mejor, y a esto sólo podría oponerse el personalismo, pues si lo que todo afiliado quiere es el triunfo soberano del Movimiento, su afán está cumplido en dar con quien pueda superarle. Lo contrario sería ir decididamente contra la Falange.
El personalismo desvirtuaría a la Falange y, como toda violencia contra lo básico de la Falange, tendría que apoyarse en quienes pueden constituir las camarillas: en advenedizos, sospechosos e ineptos.
COMO PARA MILITAR EN LA FALANGE SE NECESITAN CAPACIDAD Y VOLUNTAD DE SACRIFICIO, LEALTAD ABSOLUTA, HONRADEZ ACRISOLADA, FE IMPERIAL, INQUIETUD DE TRABAJO Y AFÁN CALIENTE DE HERMANOS, LA FALANGE ES INCOMPATIBLE CON EL PERSONALISMO, EL FAVOR PERSONAL Y LAS CAMARILLAS.
La Falange, desangrándose generosa en las trincheras, en el rito de gritar su centinela “Arriba España” a los que hacen su último servicio de guardia en los luceros; la Falange, gozosa en el frente de trabajo de la retaguardia, en vigilia tensa por el pan y la justicia, nada tiene que ver con quienes pudieran actuar en un radio de acción limitado y por un tiempo limitado, en plan de un partido político al peor uso.
Ante la realidad magnífica de la Falange, quienes antes enfrente y ahora acaso dentro escupen al cielo, en su desconocimiento, ansias destructoras, tienen un anticipo de castigo en la soledad del vacío en que se mueven.
