Prisionero en Leningrado.
El servicio de propaganda soviético Hacia el medio día del 10 de febrero, el puñado de hombres de la 5ª II/262 que había sobrevivido al combate fue conducido hacia la retaguardia enemiga. Por primera vez avanzaban hacia Kolpino. En el camino pudieron ver un gran número de cadáveres de enemigos, en algunos puntos varios cientos, ya recogidos y amontonados, para ser quemados casi con toda seguridad, al igual que habían hecho los alemanes en el entorno de Stalingrado y en otros lugares. Con el ojo sano Montaña fue captando imágenes que reproduce para nosotros. Entre los oficiales soviéticos había una mujer, hecho que le causó una enorme sorpresa. Llegaron a Kolpino, unos dos kilómetros andando, temerosos, claro. Él se movía con dificultad, cuando se salía de la fila o se trastabillaba le ayudaban a reincorporarse. Les hicieron fotografías, que luego utilizaría el servicio de propaganda soviético, para animar al personal de la División 250 a desertar. Les juntaron con otros prisioneros españoles, de otras compañías, no los conocía. Los soviéticos no mataron a ninguno, quienes les habían capturado les protegieron de otras tropas que desde la retaguardia se dirigían al frente y que se acercaron para agredirles. Siguieron andando por un camino subterráneo que llevaba desde la zona industrial a las afueras de Leningrado. Una vez aquí, los heridos fueron conducidos a un hospital de campaña, los demás a uno de los cuarteles de la ciudad, para ser interrogados y después enviados a un campo de prisioneros.
El capitán Palacios fue interrogado antes de llegar a Leningrado2. Junto con el alférez Castillo fue conducido a un puesto de mando situado en el entorno de Kolpino. En el momento de separarse del resto de sus hombres les dijo: «Hoy habéis luchado como unos valientes, en lo sucesivo espero de vosotros sepáis seguir cumpliendo con vuestro deber». Oficiales del Ejército Rojo le preguntaron datos sobre la División 250: emplazamiento de la artillería, puestos de intendencia y municionamiento, puestos de mando de la división y regimientos, lo habitual. Palacios les dijo que no podía responder a esas preguntas. Al ser interrogado sobre la moral de las tropas afirmó que era muy alta, que las posiciones perdidas no eran más que una línea de vigilancia, y que la línea de resistencia se encontraba en la zona del Ishora. A continuación fue conducido a Kolpino, despojado de su uniforme y llevado a declarar ante un general, al que acompañaban varios oficiales y un intérprete. Se negó a decir su nombre hasta que le devolvieran su uniforme. Ante varias preguntas y amenazas no cedió. Entonces le devolvieron el uniforme y le presentaron un plano de la zona de despliegue de la División 250. Fue requerido para señalar diversos emplazamientos, en especial los de la línea del Ishora. Respondió que no sabía leer el plano. El general soviético le dijo que sería bueno para él y para sus hombres, para todos los españoles, que colaborase con el servicio de propaganda soviético, es decir, que se dirigiese a sus compañeros a través de los altavoces desplegados en la línea del frente, invitándoles a la rendición. Palacios se indignó, dijo sentirse insultado. El general soviético añadió que el general de la División 250 estaría también prisionero al día siguiente. Palacios no cedió. Un
interrogatorio semejante debieron de sufrir los tenientes Miguel Altura Martínez, Antonio Molero y el alférez José del Castillo. Los cuatro fueron encerrados en una misma celda de las dependencias militares, que no tenía una altura superior a un metro y medio. Palacios ya conocía de antes a los otros tres oficiales, ya que Castillo era alférez de una de las secciones de su compañía y los otros dos habían servido a sus órdenes en un tabor de Regulares durante la Guerra Civil. Allí estuvieron dos días, sin mantas. Estaban convencidos de que serían ejecutados. En ese momento desconocían los crímenes cometidos por los alemanes en el territorio soviético. Pero sabían que formaban parte de un ejército invasor, que este ejército bombardeaba ciudades, que Leningrado y su entorno industrial habían sido atacados con todo tipo de armamento, habían vivido la Guerra Civil española, en fin, lo más probable es que no se hicieran ninguna ilusión sobre el respeto a los prisioneros por parte soviética. La tercera noche un pelotón de soldados fue a buscar a Palacios. El capitán se despidió de sus compañeros con las siguientes palabras, que, por ser pocas y pronunciadas en un momento muy especial, tanto él como sus compañeros recordarían bien años después: «Hasta el Valle de Josafat, cuando resuciten los muertos».
Los soldados llevaron a Palacios a otro puesto de mando, a la presencia de un general distinto al que vio el primer día de cautiverio. Los modos habían cambiado, aunque el propósito fuera el mismo. El general le recibió de pie, se mostró cortés y le dijo que soldados del Ejército Rojo habían dado sepultura a los españoles en las mismas posiciones donde habían caído. Le ofreció té, que Palacios no aceptó, no por descortesía, sino porque sus compañeros llevaban tres días sin recibir otra cosa que agua. El general le respondió dando la orden de que les enviaran té. Entonces Palacios cogió el vaso. Unos días después fueron trasladados a Leningrado, donde permanecía el grupo de cautivos españoles. Se repitieron los interrogatorios, y fue de nuevo invitado a dirigirse a las tropas de la División 250, no con un mensaje explícito para que se rindieran, sino con unas palabras dirigidas a la familia, para que supieran que estaba vivo, pero prisionero, que era el contenido que interesaba al mando soviético. No aceptó. Otros sí lo hicieron.
Nunca antes el Ejército Rojo había capturado a un grupo numeroso de españoles, más de 300, situación que no volvería a repetirse. Al igual que ya estaba haciendo con prisioneros de otras nacionalidades, alemanes, austriacos, italianos, rumanos y húngaros, el servicio de propaganda soviético confiaba en sacar rendimiento a los prisioneros, al igual que lo obtenía de los desertores. Palacios no tardó en enterase de esta circunstancia. A su regreso del citado interrogatorio, el teniente Francisco Rosaleny, a quien acababa de conocer, le dijo que el teniente Honorio Martín Batuecas y el alférez José Navarro se habían dirigido por radio a la División 250, dando sus nombres y graduación, y con el siguiente mensaje: «Vendidos y abandonados por nuestros jefes, hemos sido hechos prisioneros. ¡Pasaros!»3. Además, los soldados estaban siendo interrogados en una sala contigua sobre religión, ideas políticas y motivo de su alistamiento en la División. Por miedo, la mayoría respondían que no profesaban ninguna religión, que habían militado en partidos izquierdistas y que se habían enrolado por motivos económicos, lo que era cierto en algunos casos. El capitán Palacios y otros oficiales pidieron testificar, para dar ejemplo a la tropa. Afirmaron ser de religión católica y miembros de FET y de las JONS, y varios de los soldados que declararon después siguieron su ejemplo. Esta forma de actuar sería una constante en Palacios durante todo el tiempo que duró el cautiverio. Le ocasionó numerosos problemas con las autoridades soviéticas, con prisioneros de otras nacionalidades y con algunos españoles, tanto oficiales como soldados.
En marzo los españoles fueron trasladados. Su destino era el campo de prisioneros de guerra número 158, el de Makarino, que había sido construido a las afueras de la ciudad de Cherepovets, un hermoso puerto fluvial situado a unos trescientos kilómetros al sureste de Leningrado. Aquí estaban siendo concentrados los prisioneros procedentes del frente norte. En Makarino tuvieron como compañeros de cautiverio a más de mil alemanes, un número inferior de finlandeses y presos de otras nacionalidades, incluidos unos cincuenta desertores de la División 250. La propaganda soviética era muy activa. Tenía dos fines, uno a corto y otro a largo plazo. Lo primero era el control de los presos, provocando divisiones entre estos, para así disminuir las posibilidades de una acción de resistencia. En segundo lugar, la labor de captación tenía como objetivo utilizar a quienes entraban a formar parte de los denominados «grupos antifascistas», si demostraban una continuada y total fidelidad al ideario comunista, como infiltrados en la retaguardia enemiga, si la guerra se prolongaba, o como agentes comunistas en sus respectivos países. Pero no de forma inmediata. Por desconfianza, algo lógico. Prueba de ello es que los desertores de la División Española de Voluntarios estaban en campos de prisioneros y que casi todos permanecerían cautivos el mismo tiempo que el resto de españoles, ni un día menos; en general recibieron un mejor trato, pero las condiciones de vida fueron muy parecidas.
El Gulag soviético y los prisioneros de guerra
Más de quince millones de ciudadanos de la URSS sufrieron cautiverio en campos de concentración tras ser acusados de forma individual o colectiva de delitos «políticos y económicos». Este sistema penitenciario se basaba en el agrupamiento de los presos en lugares alejados de las grandes ciudades, en barracones rodeados de alambradas y torres de vigilancia, y en su obligación de trabajar para el Estado soviético. Era el «Gulag», el «archipiélago Gulag» en palabras de uno de los intelectuales perseguidos. Esa palabra es la abreviatura en ruso de las siglas correspondientes a la Dirección General de Campos de Trabajo (Glávnoye Upravleniye Ispravitel´no-trudovíj Lagueréi). El «Gulag» estuvo inicialmente a cargo de la «cheka, de che y ka», las iniciales del Comité de la policía secreta de la Rusia soviética, organismo creado en tiempos de Lenin para regular el funcionamiento de las cárceles y campos de concentración, básicamente centros de trabajos forzados para el castigo y el adoctrinamiento de «los enemigos de la revolución». Ese Comité fue unos años después sustituido por la OGPU y, a continuación, por el Narodnyi Komissariat Vnutrennikh Del (NKVD), el Comisariado del Pueblo para Asuntos Interiores, que fue la principal organización de seguridad soviética, dirigida entre 1938 y 1953 por Lavrenti Beria.
No es posible establecer la cifra exacta de personas víctimas de la represión leninista y stalinista. No se contabilizaron las familias campesinas expropiadas y enviadas a campos de trabajos, como los situados junto al canal del mar Blanco o en las minas de oro de Magadán, en los años veinte y treinta, y tampoco los deportados en vagones de ganado a las regiones de los
territorios del norte y de Siberia, para que murieran durante el viaje o a su llegada, y tampoco hubo interés en identificar por su nombre a los «enemigos de clase» que, hasta alcanzar los ¿diez o doce millones de personas?, fueron fusiladas sin más trámites. Los últimos estudios realizados concluyen que la cifra de víctimas alcanzó los 14,5 millones, sumados los que fallecieron prematuramente y los que lo hicieron en los campos de trabajo. A esta cifra hay que añadir varios millones más de personas que fueron ejecutadas o condenadas a morir por hambre y enfermedad en la década de 1940. Por orden de Stalin, conforme el territorio soviético era liberado, unidades del NKVD actuaron contra ciudadanos soviéticos que, por circunstancias ajenas a su voluntad, habían vivido bajo dominio alemán o, simplemente, entrado en contacto con condiciones de vida que no eran las de la URSS: población civil de territorios ocupados, prisioneros civiles y militares conducidos en calidad de mano de obra esclava a Alemania y Austria, y otros prisioneros de guerra. Todos fueron considerados sospechosos de traición, por supuesta colaboración con el enemigo, o de contaminación de ideas subversivas. El castigo fue la deportación, a menudo de toda la población de pueblos y ciudades, y el envío a campos de concentración de nueva construcción en la retaguardia, en el caso de los militares: más de medio millón ya en 1943. Cuando terminó la guerra, los aliados occidentales favorecieron el regreso de 2,7 millones de soldados y oficiales rusos, de los que la mayoría fueron condenados a muerte, al exilio en Siberia o a penas de cinco, diez y veinticinco años de internamiento en campos de concentración y «reeducación», por el delito inventado de haberse dejado capturar por el enemigo, equivalente a traición. Así pues, la antigua población de los campos de concentración, que había ido mermando, fue repuesta e incrementada al final de la guerra. Cualquier adjetivo aplicado al sistema totalitario de Stalin resultaría poco descriptivo. Es preferible utilizar los hechos. Solo dos, como ejemplo, aparte de los ya citados. El primero, la esposa de Molotov, su ministro de Exteriores, fue declarada culpable del delito de traición y enviada a un campo de concentración, por ser de origen judío y haber sido muy amiga de la esposa de Stalin, Nadezhda, y la última persona con quien ella había hablado antes de suicidarse. El segundo, en los años cuarenta, muchos presos políticos que ya habían cumplido su condena fueron obligados a permanecer para siempre en los distritos del norte del país.
Por lo que se refiere al trato dado por los alemanes a los soviéticos, debe tenerse en cuenta que, a diferencia de lo ocurrido en el frente occidental, donde los alemanes respetaron el tercer tratado de la Convención de Ginebra (1929) para prisioneros de guerra, Hitler, la cúpula dirigente del Partido Nazi y el alto mando de la Wehrmacht habían concebido la campaña del Este como una guerra de exterminio, de limpieza racial. De esta «limpieza» se encargaron el Servicio de Seguridad, dependiente de la Oficina Central de Seguridad del Reich, y las Waffen SS, una nueva sección, armada, de las Escuadras de Seguridad del Partido Nazi, que fueron desplegando en el territorio ocupado unidades móviles de exterminio, las Einsatzgruppe, con la colaboración, o participación en el genocidio, de unidades de la Wehrmacht, de acuerdo con las órdenes dictadas por los altos mandos del Ejército del Este. El trato dado por los soviéticos a los prisioneros hechos a los alemanes y a los aliados de estos fue distinto. Unos días después del ataque de Alemania y sus aliados, las autoridades del Kremlin habían propuesto ante la Cruz Roja internacional que todos los contendientes respetasen las normas de la Convención de Ginebra. Al negarse Alemania, en contra del parecer de Italia y Eslovaquia, la URSS dijo no quedar sujeta al tratado. Sin que mediase orden en este sentido, soldados y oficiales alemanes, así como italianos y rumanos, fueron abatidos inmediatamente después de su captura durante los primeros meses de la guerra, y en no pocas ocasiones torturados antes de la ejecución. Un número mayor falleció de hambre y enfermedades durante las largas jornadas, a pie, hasta los campos de prisioneros, situados a una distancia prudencial de la línea de frente, por seguridad militar, o fueron ejecutados durante el camino si no eran capaces de avanzar. Una vez en los campos, la mayor parte murió de distrofia, dada la escasa ración alimenticia asignada para este tipo de prisioneros. No obstante, el gobierno emitió normas prohibiendo el asesinato o humillación de los prisioneros, las cuales tardaron en ser respetadas.
Las previsiones de prisioneros alemanes fueron rápidamente sobrepasadas en cuanto la guerra en el frente del Este cambió de signo. Esto sucedió a partir de las batallas del frente del Don y del desenlace de la batalla de Stalingrado, y una vez que, meses después, comenzó la contraofensiva del Ejército Rojo frente a la Wehrmacht y los ejércitos aliados del Tercer Reich. No había nada preparado para atender a las situaciones creadas con la concentración de tal número de seres humanos que, de acuerdo con las leyes de la guerra, deberían ser repatriados cuando se firmasen los pertinentes tratados de paz. Pese a la existencia de grandes masas combatientes, a estas alturas de la guerra ningún ejército había hecho previsiones en este sentido, ni de instalaciones ni de abastecimiento, excepto el gobierno de Berlín, que había planificado ya su exterminio o empleo como mano de obra esclava. En el entorno de Stalingrado, miles de prisioneros fueron acribillados, en particular los oficiales, y pocos de entre los heridos recibieron asistencia médica. Aún así, decenas de miles de militares capturados fueron llegando a los campos de prisioneros políticos, no siempre a recintos separados. Estos presos quedaron bajo la responsabilidad de la Dirección General de Prisioneros de Guerra e Internados, organismo dependiente del NKVD, y este del Ministerio del Interior de la URSS, el MVD. Mientras se construían nuevos campos de prisioneros, fueron utilizados para albergarlos cuarteles de las fuerzas soviéticas de reserva, en todos los casos en situaciones de hacinamiento. El hambre, que también afectaba a la población civil, y las epidemias de tifus causaron numerosas víctimas. A lo largo de 1943, de forma precipitada, se prepararon otro tipo de campos para prisioneros, que eran de concentración y de trabajo, en Asia Central, Siberia y los Urales, al este de la línea que delimitaba los frentes de guerra; y así se siguió haciendo en el transcurso de los dos años siguientes. Los campos eran designados por el nombre del distrito donde estaban situados y un número, por orden de construcción. Beria había propuesto la utilización de los prisioneros como mano de obra esclava.
El número de prisioneros españoles fue muy bajo si lo comparamos con el de otras nacionalidades. Aunque las cifras siguen siendo discutidas, los prisioneros alemanes y austriacos alcanzaron la cifra de tres millones, de los que existe registro en los campos para 2,5 millones, de los que serían repatriados cerca de 2,2 millones. Los húngaros fichados fueron más de medio millón, los rumanos casi 200.000, los eslovacos 70.000, los polacos 60.000, los italianos unos 50.000, los franceses y yugoslavos más de 20.000, y también hubo más prisioneros holandeses, finlandeses, belgas, luxemburgueses y daneses que españoles. Para hacer un cálculo aproximado de los prisioneros españoles utilizamos varias fuentes. Sabemos que en 1954 fueron repatriados 246 hombres de la División Española de Voluntarios, Legión Española de Voluntarios, Escuadrilla de Caza y combatientes clandestinos en la Wehrmacht y Waffen SS4. A estos 246 efectivos militares o militarizados hay que sumar los miembros de la División, casi todos desertores, que decidieron permanecer en la URSS, que suman 515, los muertos en los campos en el transcurso de los catorce años en que hubo personal de la DEV en el «Gulag», que son por lo menos 115 según las declaraciones efectuadas por los prisioneros, tras su repatriación, a personal del servicio de información del Ministerio del Ejército6. Tendríamos así un contingente de 411 hombres, a los que deberíamos añadir los que murieron o fueron ejecutados nada más ser apresados sin que quedaran testigos españoles de los hechos, situación que pudo afectar sobre todo a quienes vestían el uniforme de las SS, y los que, combatientes clandestinos capturados en el centro de Europa o los Balcanes, tuvieron que recorrer un largo camino hasta los campos soviéticos. Debe tenerse en cuenta además que elaborar un listado de prisioneros es una tarea complicada. Baste señalar que en el trabajo del profesor ruso Elpatevskiy sobre este tema, resultado de la consulta de la bibliografía existente y de los archivos soviéticos, se reconoce la dificultad de distinguir, cuando se accede a los archivos de los organismos de seguridad, entre prisioneros de guerra e internados (pilotos, marinos, cierto número de «niños de la guerra»); este autor apunta que la cifra total de prisioneros de guerra españoles fue 408, y que en marzo de 1952, dos años antes de la repatriación, la Dirección Central de Prisioneros tenía contabilizados a 3057. En conclusión, los españoles capturados en acción de guerra habrían sumado unos pocos centenares, casi con seguridad un número inferior a 600.
Retirada del frente de la División Española de Voluntarios
En 1943, la guerra mundial evolucionaba de forma negativa para Alemania en todos los frentes. En el norte de África, los alemanes, replegados a Túnez, fueron derrotados en mayo. En la URSS, en junio, fracasaron las operaciones para intentar recuperar la iniciativa. El mes siguiente las fuerzas de Estados Unidos y Gran Bretaña desembarcaron en Sicilia. En agosto el Gran Consejo Fascista, en connivencia con el rey de Italia, depuso a Mussolini y procedió a su encarcelación. ¿Qué pasó entonces por la cabeza de Franco? En septiembre, el nuevo gobierno de Italia firmó el armisticio con los aliados y pasó a combatir a su lado. El servicio de propaganda soviético lanzó sobre las líneas españolas panfletos en los que se invitaba a la tropa a rendirse: «¡Italia ha capitulado! ¡Salvaros!». Presionada por Washington y Londres, que decían todavía entonces que la URSS era su aliada, y deseosa de salir cuanto antes del atolladero en que se encontraba, la diplomacia española volvió a solicitar en Berlín la retirada del frente de la División 250. Pero no era tan sencillo. Franco ni quería ni podía romper con Hitler, por lo menos mientras Francia permaneciese ocupada por la Wehrmacht. Franco también valoraba la repercusión en España de una ruptura apresurada con el Tercer Reich. Los monárquicos habían comenzado a hacer campaña para el restablecimiento de la monarquía en la persona de Juan de Borbón, a quien su padre, el exrey Alfonso XIII, había cedido poco antes sus supuestos «derechos» a la corona de España. Ahora que la guerra cambiaba de signo, Franco percibía que al menos una parte de la derecha conservadora no le manifestaba un apoyo tan entusiasta como meses atrás. El apoyo más firme para su persona lo tenía en la derecha más tradicional, entre la joven oficialidad del Ejército que había combatido en la Guerra Civil a sus órdenes y, sobre todo, en los falangistas, y viceversa. Pues, visto lo ocurrido en Italia, donde los dirigentes fascistas fieles a Mussolini que no consiguieron huir fueron ejecutados o encarcelados, los cuadros del partido sabían que un cambio de régimen tendría para ellos repercusiones funestas: serían los primeros, y posiblemente los únicos, junto con Franco y sus consejeros más allegados, a los que se exigirían responsabilidades por la represión sobre los vencidos en la Guerra Civil.
Franco decidió aferrarse al poder. Meditaba largo tiempo cada paso que daba y procuraba extremar las precauciones. En septiembre, su gobierno acordó transformar la División en una unidad de menor tamaño, una legión. Y el 1 de octubre declaró la neutralidad en la guerra. Este paso suponía cuestionar la capacidad de la Wehrmacht para derrotar al Ejército Rojo. Podemos suponer, por lo tanto, que Franco consideraba ya imposible que Alemania derrotase a la URSS, Estados Unidos y Gran Bretaña. El embajador alemán en Madrid pidió explicaciones al gobierno. Pero no había nada que explicar. El embajador español y el general Esteban-Infantes llevaban varias semanas en la capital alemana negociando la reducción de efectivos de la División. El día 7 de octubre, la División quedó disuelta. En noviembre nació la Legión Española de Voluntarios, con personal que ya estaba en el frente ruso, algo más de 2.200 hombres. Dada la evolución de la campaña, esta fuerza fue obligada a batirse en retirada, en dirección a Estonia. En marzo de 1944 se retiró la Legión. La contribución militar española a la campaña alemana en la URSS había concluido.
Para algunos divisionarios la guerra no había terminado. Unos pocos cientos se alistaron de forma clandestina en la Wehrmacht y en las Waffen SS, para seguir combatiendo contra la URSS. Pero el tema que ahora nos interesa es el de los miembros de la División 250 que fueron capturados por el Ejército Rojo en el transcurso de la guerra, y más en concreto los prisioneros de la batalla de Krasnyj Bor.
Prisioneros en Cherepovets
Las condiciones de vida en el campo de Makarino eran distintas para soldados y oficiales. Los soldados fueron encuadrados en brigadas de trabajo y cada mañana salían del campo, vigilados, para realizar trabajos de zapa y cavado de tierra, transporte, troceo y rachado de leña y, en menor medida, en las minas de carbón. La jornada era larga y extremadamente dura, pero no diferente a la del resto de habitantes de la URSS. La situación general en el territorio soviético no ocupado por los ejércitos invasores imponía condiciones de vida que resulta difícil valorar para quienes, hoy, vivimos en sociedades ricas, con o sin crisis económica. Más bien habría que decir que la situación había sido de semiesclavitud para la inmensa mayoría de la población hasta poco antes del derribo de la monarquía zarista, que prolongó el sistema feudal todo el tiempo que pudo, mientras iba desapareciendo en la mayor parte de los Estados europeos, y que la vida siguió siendo muy dura, con pocos alicientes, durante las primeras décadas del régimen comunista, sobre todo en las zonas agrarias, por las condiciones climáticas de determinadas regiones y por el descenso de las cosechas al ser eliminados una parte de los propietarios y por la desaparición de los incentivos a la producción. Ahora el país estaba en guerra y había sufrido cuantiosos daños en sus ciudades y campos. Como se ha indicado, el círculo de Beria planeó el empleo de los prisioneros como fuerza de trabajo, para que costeasen su alimentación y para que colaborasen en el esfuerzo productivo, durante y después de la guerra. Piénsese que casi todos los varones jóvenes y de mediana edad estaban ahora en los frentes de guerra y que en torno a veinte millones de ciudadanos de las repúblicas soviéticas morirían durante la guerra, en su mayoría varones.
Como decíamos, los prisioneros trabajaban fuera del campo, una larga jornada que ocupaba la mañana y parte de la tarde. Solo los soldados y suboficiales, pues durante esta etapa las autoridades soviéticas respetaron el artículo de la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra, de 27 de julio de 1929, según el cual los oficiales prisioneros no podían ser obligados a trabajar, excepto en los casos de epidemia, inundación o incendio. A su regreso disponían de tiempo para reposo y alimentación y después, a veces, recibían una charla de contenido político, lo que violaba el contenido de la citada Convención. Siguiendo el modelo ya aplicado a los prisioneros alemanes, estas breves conferencias corrían a cargo de comunistas españoles exiliados en la URSS al término de la Guerra Civil o, casi siempre, de desertores de la División 250. Estos colaboradores del MVD hablaban al resto de prisioneros de la «bondad» del régimen soviético, cuya realidad desconocían, contraponiéndolo a la dictadura existente en España, y animaban a todos a sumarse a las actividades del grupo antifascista como forma de granjearse la simpatía de sus carceleros e ir integrándose en la sociedad comunista. Estas charlas o discursos se programaban para un día o dos a la semana y solían ser breves. Casi nunca había preguntas, al principio porque nadie se atrevía a preguntar nada, después porque no resultaba conveniente para los oradores. No obstante, en privado, los desertores recibían multitud de preguntas, una de difícil respuesta: ¿por qué también ellos estaban prisioneros, aunque durmieran en un barracón distinto?
Pasadas unas semanas, el grupo antifascista se mostró más activo, siguiendo las instrucciones del personal del MVD destinado en los campos de prisioneros. Se pidió a los presos que redactaran cartas dirigidas a la División 250, a ser posible incluyendo nombres de soldados y oficiales que conocieran, en las que debían de figurar dos cosas: que en la URSS las condiciones de vida eran buenas y que ellos estaban siendo bien tratados; y que abriesen los ojos, que despertaran a la realidad, que desertaran. Las condiciones imperantes en la prisión doblegaron la voluntad de más de la mitad de los prisioneros. Ahora casi todos trabajaban retirando troncos del río Sezna, un afluente del Volga, y cargándolos en camiones con destino a las centrales térmicas de la ciudad, y cargando y descargando otros materiales en la estación. Y varios habían fallecido, víctimas de la distrofia, la disentería y la difteria, y varios más habían enfermado de tuberculosis. El capitán Palacios se ha referido a este episodio en varios textos, con especial detalle en la ya citada declaración jurada que redactó en las semanas posteriores a la repatriación, que es el único documento en el que figuran los nombres de todos sus colaboradores y de todos sus antagonistas. Aquí relata que una de las cartas había sido firmada por 160 españoles, y que tanto este texto como otros fueron recogidos por él, el teniente Rosaleny, el alférez Castillo, los sargentos Salamanca, Moreno y Quintela y el soldado Jiménez, muy atento este a las conversaciones de la tropa, y a continuación destruidos. Fue durante este tiempo cuando Palacios y Rosaleny establecieron una relación de amistad basada en las experiencias compartidas y una misma actitud frente a las autoridades soviéticas; Rosaleny, había tenido que asumir en el Ishora el mando de la tercera compañía del I/263, pues su capitán, Vicente Marzo, dijo sentirse enfermo al comenzar la batalla, y había combatido en situaciones de extrema dificultad, con pocos efectivos, pese a sufrir dos heridas leves. El grupo dirigido por Palacios también consiguió frenar otras iniciativas de la policía política soviética y de los cabecillas del grupo antifascista. Se trata de un episodio que ha sido narrado en documentos secretos y confidenciales por otros prisioneros españoles, y que también figura en varias cartas que prisioneros de otras nacionalidades remitieron a España una vez que ellos recuperaron la libertad. Por lo tanto, no cabe duda de que ocurrió así. Tampoco de que la acción dirigida por el grupo dirigido por Palacios resultó efectiva, pues no hay constancia de que algún documento relevante elaborado por el grupo antifascista llegase a la División 250.
En parte sucedió así porque la División no tardaría en ser retirada del frente. Pero no debe minusvalorarse el trabajo hecho por el grupo de Palacios, por los riesgos que entrañaba. En este mismo campo el grupo antifascista comenzó a redactar un texto, con formato de libro y título de Yo acuso, que recogía relatos de soldados sobre episodios reales o inventados sobre las marchas a través de Polonia y Rusia hasta su llegada al frente y acerca de las situaciones vividas después en el frente y la retaguardia. Al parecer, la mayor parte de estos relatos fueron destruidos por los propios soldados que los habían escrito y ninguno llegó a ser publicado. El capitán Palacios fue interrogado por personal del MVD, dirigido por un teniente coronel, quien le ordenó poner fin a su labor de boicot dentro del campo: «Nos son conocidas sus actividades antisoviéticas. La Unión Soviética es lo suficientemente fuerte para destruir el ejército alemán y sus satélites; de usted nos desharemos como de una mosca»8. Palacios le respondió que sus actividades eran «simplemente españolas» y que como capitán del Ejército español tenía unas obligaciones que cumplir. Ese mismo día personal militar comunicó a los oficiales españoles que tenían prohibido hablar con sus soldados, y estos recibieron la misma advertencia. Pero el contacto se mantuvo, a través de enlaces que transmitían mensajes verbales, sobre todo las consignas del grupo de Palacios.
El jefe del campo decidió separar a los prisioneros españoles. A comienzos de mayo, Palacios, los tenientes Molero, Altura, Martín Batuecas, el alférez Castillo y un pequeño grupo de soldados fueron trasladados al campo nº 27, situado en Krasni Gor, próximo a Moscú. Era un campo grande, con muchos prisioneros. Palacios se encontró aquí con la desagradable sorpresa de que jefes y oficiales de otros ejércitos colaboraban con los distintos grupos antifascistas organizados. En parte gracias a la labor realizada por exiliados comunistas, los alemanes estaban muy organizados, ya desde el año anterior, en el Comité Nacional Alemania Libre y la Unión de Oficiales Alemanes. La propaganda era básicamente de contenido internacionalista: el hombre sin fronteras, el mundo como patria de todos, etc, contenidos que contrastaban con la retórica de la Gran Guerra Patriótica manejada desde el Kremlin contra el invasor alemán. Palacios conoció en este campo a varios oficiales alemanes, con los que comenzó a intercambiar breves clases de idiomas. Este era un tema fundamental en semejante escenario. Conocer datos sobre la marcha de la guerra y las experiencias de otros exigía un rudimentario conocimiento del idioma dominante en ese campo, que era el alemán. Además, a falta de otro entretenimiento, o de libros, aprender un idioma ayudaba a pasar el tiempo, y desde luego resultaba divertido y quién sabe si útil en el futuro. El jefe alemán más importante que conoció Palacios, y con el que llegó a hacer una buena amistad, fue el general jefe del Estado Mayor del 6º Ejército de la Wehrmacht, Arthur Schmidt, quien ingresó en el citado campo en el mes de junio. Para entonces Palacios tenía la sospecha de estar rodeado de oficiales alemanes dispuestos a confraternizar con sus carceleros. Una tarde pidió a un comandante de Artillería alemán que le sirviera de intérprete con el general Schmidt. Palacios le informó de cuanto consideró conveniente de la vida en la prisión y se puso a sus órdenes. Unos días después, el jefe del campo aisló al general Schmidt. Prohibió a los oficiales de todas las nacionalidades hablar con él. Palacios fue uno de los oficiales que mantuvo el contacto, a escondidas, en el barracón del general alemán, o a través de enlaces. Otro tema que sería muy problemático en el futuro se planteó por primera vez en el campo nº 27: el mando soviético requirió a los oficiales para que se sumaran al trabajo, aduciendo que todos los brazos eran necesarios. Los oficiales españoles figuraron entre quienes se negaron a trabajar. Palacios ha contado, en el libro que escribió con Luca de Tena, que se negaron por dos motivos: para no ayudar a un país enemigo en tiempos de guerra y porque ofrecía un espectáculo denigrante ver a oficiales haciendo de peones a las órdenes de sus guardianes, en algunos casos desertores españoles.
¿Prisioneros o muertos?
La situación de los prisioneros era desconocida para el mando de la División, y la misma circunstancia afectaba al servicio de información del Ministerio de Ejército. Lo único que aquí sabían era que un número indeterminado de combatientes habían sido capturados por el enemigo. Era lógico que fuera así, dado que el ataque del Ejército Rojo sobre el subsector de Krasnyj Bor había desarticulado el dispositivo de defensa, dejando aislados a varios cientos de hombres. Además, el servicio de propaganda soviético se había encargado de hacerlo saber mediante altavoces y una emisora de radio que podía sintonizar, y de hecho sintonizaba, el Estado Mayor de Esteban-Infantes y posiblemente las estaciones de los regimientos, batallones y compañías, aunque lo tuvieran prohibido. Es seguro que los soviéticos dieron varios nombres. Dado que estos coincidían con los de desaparecidos durante los combates de los días 10 y 11 de febrero, cabía pensar que los datos recibidos se correspondían con la realidad. Pero con la realidad a una determinada fecha, ya que no se sabía si las autoridades soviéticas habían dado la orden de conservarles la vida o si habían ordenado lo contrario. No existía experiencia al respecto, la única la de la guerra civil española y sabido era que, entonces, los asesores soviéticos habían aconsejado a los dirigentes comunistas que eliminaran a los cuadros políticos y militares capturados en Madrid y otras ciudades.
En el mismo mes de febrero de 1943, la familia del capitán Palacios supo que este figuraba entre los posibles prisioneros de la batalla de Krasnyj Bor. Los medios de comunicación españoles dieron escasa información de la batalla, ninguna de las bajas producidas y de los prisioneros. Estaba prohibido tratar este tema. Pero a la familia Palacios le llegó alguna información de fuente militar. Entonces, a la búsqueda de datos concretos, acudió a la unidad a la que pertenecía el capitán Palacios, el Grupo de Regulares nº 6. De esta gestión, y de la mayor parte de las que se harían en los años siguientes, se ocupó Ramón Bustillo, el esposo de Amelia. Desde la jefatura del citado Grupo de Regulares se le telegrafió el 15 de marzo, a Santander, que según información proporcionada por el agregado militar en Berlín, el capitán Palacios figuraba entre los «desaparecidos» en los combates del 10 y 11 de febrero. Eso ya lo sabían, lo que quería la familia era que se le dieran esperanzas, es decir, que hubiese una información, contrastada, de que estaba vivo en algún lugar de la URSS. No lo consiguieron. En junio, ante su insistencia, el Ministerio del Ejército se limitó a ratificar el contenido del escrito anterior9.
El tema de los prisioneros era y seguiría siendo un tema tabú, y por lo tanto desconocido por el conjunto de la sociedad española de la posguerra. Por cuatro motivos. El primero y principal, la ausencia de relaciones diplomáticas entre los gobiernos de la España nacional-católica y de la URSS, situación que dificultó y retrasó la obtención de información fehaciente sobre los prisioneros y el inicio de negociaciones para su repatriación. En segundo lugar, porque la escasez de datos no permitió al Ministerio del Ejército determinar las cifras correspondientes a desaparecidos (presumiblemente fallecidos en acción de guerra, pero cuyos cuerpos no han sido recuperados), muertos en combate, desertores y prisioneros. Debido a las dificultades para la identificación de cadáveres y a la convulsión que a efectos administrativos ocasionó la más importante de las batallas en las que participó la División, decenas de soldados fueron dados por muertos, y así se notificó a sus familiares, cuando en realidad estaban vivos, prisioneros de los soviéticos. Así sucedió en el caso de un sobrino de Enrique García, teniente de aviación, que se había interesado por su familiar después de que los padres esperaran en vano durante cuatro meses alguna carta desde el frente, y a quien el coronel Antonio García, jefe de la Legión Española de Voluntarios, comunicó que el soldado «encontró gloriosa muerte en acción de guerra frente al enemigo» y tenga «la seguridad de que su cuerpo pudo recibir cristiana sepultura justamente con los heroicos caídos en la batalla de Krasnyj Bor». La misma situación afectó a los padres de Francisco Moreno, a los que un teniente médico y el capitán jefe de Sanidad remitieron cartas en las que les decían que su hijo fue inhumado en el bosque de Oderes. Asimismo, a la esposa de Miguel Sainz, quien recibió el siguiente escrito del capellán del primer batallón del Regimiento 262: «Con el mayor pesar de mi alma tengo que comunicarle la muerte heroica de su estimado esposo»10. Este tipo de situaciones se han dado en todas las guerras y la Segunda Guerra Mundial no escapa a esta circunstancia.

El tercer elemento que ayuda a comprender el desconocimiento por la sociedad española del tema que tratamos es que los gobiernos de ambos Estados habían clasificado la información relativa a prisioneros de guerra como material «secreto»: el soviético se negaba a admitir de forma oficial que tenía en su poder a prisioneros de guerra, y el de Franco procuraba silenciar todo aquello que pusiese de manifiesto su participación en la guerra mundial. No obstante, según el texto del decreto relativo a esta cuestión, de fecha de 6 de diciembre de 1941, España había participado en acciones de guerra: para legalizar los derechos de los componentes de la División, así como los correspondientes a sus familiares, el Gobierno había declarado «acciones de guerra a todos los efectos los hechos en que intervengan fuera del territorio nacional las fuerzas españolas enviadas a luchar contra el comunismo, cualquiera que sea el lugar en que se realicen y su causa». Aún así, y aunque por entonces estaba convencido de la victoria alemana, Franco trató de justificar la implicación española de cara al interior del país y sobre todo ante los gobiernos de Londres y Washington. Lo hizo mediante la teoría de «las tres guerras»: la primera, que enfrentaba al Tercer Reich y la Italia fascista a las democracias, en la que España sería, supuestamente, neutral; la segunda, la que enfrentaba a Japón y a los países occidentales en el continente asiático, respecto a la que Franco se declaraba proamericano e incluso dispuesto a intervenir tras el asesinato por tropas japonesas de religiosos y otro personal español; y la tercera, entre la URSS y Alemania, en la que España no podía ser neutral, al interpretar esta guerra como una continuación de la «cruzada contra el comunismo» iniciada en tierra española. La colaboración con el nazismo pasará factura al régimen de Franco en los años siguientes, y será así pese a que Stalin no declaró la guerra a España tras la incorporación de la División al frente, pues de haberlo hecho habría comprometido aún más el futuro del franquismo. Como ya hemos relatado, el gobierno español se vio pronto obligado a acometer rectificaciones de su política exterior, pero esto no impedirá la exclusión de España del organismo internacional nacido tras la contienda mundial, la Organización de Naciones Unidas, y una situación de relativo aislamiento internacional. Este aislamiento impedirá la apertura de negociaciones directas con la URSS y convertirá en una ardua tarea el conseguir la mediación de otros Estados de cara a la liberación de los prisioneros. Además, el establecimiento de nuevos gobiernos, de signo democrático, en los países europeos derrotados en la guerra y su importancia a nivel tanto político como geoestratégico una vez iniciada la Guerra Fría, mayor que la que pudiera tener la España de Franco, situará a los gobiernos de Italia, Austria y República Federal Alemana en una posición ventajosa para encarar las negociaciones para el retorno de sus prisioneros, si bien una parte de los alemanes y personal de otras nacionalidades también serán liberados en fecha muy tardía. Por otro lado, no debe olvidarse que en España la censura aplicada a los medios de comunicación ocultaba muchos temas a los ciudadanos, entre estos el que nos ocupa. Al contrario de lo sucedido en los años veinte, cuando la prensa sí informó acerca de los prisioneros de la guerra de Marruecos, y se trató esta cuestión en el Parlamento, en el marco del debate sobre las responsabilidades por el desastre de Annual, de los prisioneros de la División Española de Voluntarios la prensa franquista no dirá absolutamente nada hasta cinco años después de terminada la guerra. Finalmente, para entender la falta de información sufrida por las familias de los prisioneros hay que contemplar un dato especialmente doloroso para ambas partes: a los prisioneros españoles no se les reconoció el estatus de prisioneros de guerra y tenían prohibido, como castigo suplementario, impuesto en un principio también a los alemanes y prisioneros de otras nacionalidades, el recibir y enviar correspondencia.
A lo largo de 1943 y 1944 fueron llegando a la oficina de la Representación de la División Española de Voluntarios solicitudes de información por parte de las familias que habían dejado de recibir correspondencia desde el frente ruso. A una parte se les respondió, notificando la defunción. Por el momento a nadie se le notificó que la persona por la que se había interesado podía estar prisionera en la URSS. No convenía hacerlo así, por motivos políticos, y además no se podía trasladar a un documento del Ministerio del Ejército lo que no era más una mera sospecha en relación a lo sucedido a algunos oficiales, que es de quienes más rumores irían llegando. Después de que una hermana del capitán Palacios escribiera a la Representación de la División, para interesarse por el cobro de la pensión alemana, a mediados de junio de 1944 el Estado Mayor del Ministerio del Ejército notificó a la Pagaduría Central Militar-Comisión Liquidadora de la División que el capitán Palacios era considerado baja por desaparecido y que «en la ficha de la División aparece anotado que, según informaciones enemigas, este capitán se encuentra prisionero». En otro documento, de la misma fuente, se dice que se ignora su paradero y situación concreta, que figura en la relación de bajas sin que sea posible «obtener informes de solvencia que confirmen esta última situación del interesado». Lo mismo se dice de otros «desaparecidos». Los padres de Emilio Sainz de Baranda no recibieron respuesta a sus preguntas, simplemente el Ministerio del Ejército comunicó a la correspondiente capitanía general: «No hay más datos que desapareció el día 10 de febrero de 1943, y en la ficha que tenía la en la División hay una cruz hecha con tinta. Yo no puedo dar más certificado que el que di ya, de desa-parecido». Tampoco tuvieron respuesta las cartas remitidas al Ministerio por la madre de Antonio Jiménez Quevedo en el transcurso de los dos años siguientes, solicitando algún dato sobre el paradero de su hijo. Lo mismo sucede con otros centenares de casos. Se pensó que habían muerto durante el combate y que sus cuerpos habían quedado en el territorio cedido a los soviéticos, o bien que habían sido hechos prisioneros11. Atendiendo a la evolución de la situación política en España y a la militar en Europa, el gobierno se había inclinado por el silencio oficial.
En el campo de Susdal En agosto de 1943, los oficiales españoles fueron trasladados al campo nº 160, en Susdal, a orillas del río Lamenka, en la región agrícola de Wladimir, que era una prisión para oficiales. Aquí su estancia fue más prolongada, de tres años, lo que permitió que los españoles se conocieran mejor, para bien y para mal, y que, además de algunas amistades entrañables surgidas entre ellos, establecieran fuertes lazos de amistad con prisioneros de otras nacionalidades, con algunos alemanes y un número mayor de italianos. La prisión había sido instalada en un lugar precioso, un monasterio-fortaleza, que sería dibujado una y otra vez por la mano de Giuseppe Bassi para ofrecer regalos a sus nuevos amigos. Pero la belleza de la iglesia, de las murallas, de los jardines, con pérgolas, agua abundante y arbolado suponían un contraste brutal con la alimentación recibida. En el otoño llegó al campo Gerardo Oroquieta Arbiol, capitán de la 3ª compañía del Batallón de Reserva Móvil. Había resultado herido de metralla el 10 de febrero en un hombro y una pierna, capturado con una docena de sus hombres y después hospitalizado en Leningrado durante cuatro meses. Cuando se recuperó hizo las etapas de cautiverio ya cubiertas por los otros oficiales españoles, Cherepovietz y Susdal. Oroquieta ha descrito con las siguientes palabras su reencuentro con Palacios, con el que le unían muchas cosas:
«Unos días más tarde, cuando volvía a mi alojamiento después de haber pasado un rato de charla con el teniente Altura en el pabellón de los húngaros, inesperadamente me vi enfrente de mi compañero Palacios. Sin poder articular ni una sola palabra nos abalanzamos el uno hacia el otro estrechándonos en silencioso y entrañable abrazo, cargado intensamente de elocuencia. Pero mi alegría por el encuentro se trocó en dolorosa impresión por el aspecto en el que lo hallaba. Los seis meses de cautiverio se habían cebado bien en su persona. Alto de complexión y de por sí delgado, tan inconcebiblemente demacrado y débil estaba que parecía un cadáver viviente. Recio de nervios, sin embargo, su ánimo inquieto y el vigor de su espíritu estaban intactos y se traslucían en su febril mirada12.»
La trayectoria militar de Oroquieta y Palacios había sido muy semejante. Oroquieta, estudiante de Químicas y falangista en el momento de comenzar la Guerra Civil, se había alistado voluntario en el bando nacional y formado como oficial provisional. Los dos eran capitanes. Oroquieta era más antiguo en la escala, pues había salido de la Academia de Transformación unos meses antes que Palacios. Sin embargo, cuando Oroquieta llegó a Susdal, Palacios se había ganado el reconocimiento de los otros oficiales como cabeza del grupo. A partir de entonces ambos asumieron la responsabilidad de mantener la moral de los hombres bajo su mando y el honor del grupo en tanto que militares españoles, pero en varias fases del cautiverio estuvieron separados y Palacios, posiblemente por carácter y por ser cinco años mayor, tomó casi siempre la iniciativa para el rechazo de la propaganda soviética.
Nos faltan datos para seguir todos los episodios relacionados con el cautiverio. Al parecer, en julio de 1944 el gobierno soviético cursó la orden de que en la medida de lo posible los oficiales prisioneros costeasen su manutención. Así lo hacían los soldados, la mayoría animados por la posibilidad de salir de las prisiones, de compartir el trabajo con civiles rusos, sobre todo con las mujeres, y de aprovechar la oferta de un pequeño sueldo para quienes cumplían con las cuotas de producción establecidas, situación que acababa de ser regulada. Hasta entonces numerosos oficiales habían realizado diversos trabajos sin ser presionados para hacerlo, pero ahora el mando del campo de Susdal cursó la orden de trabajo obligatorio. Casi todos los oficiales se negaron. Unos días después, por la mañana, el jefe del campo, coronel Krasnik, mandó formar a todos los prisioneros, con la guardia armada de fusiles ametralladores cortos, lo que los españoles habían llamado «naranjeros», y los perros de vigilancia. Les dirigió unas palabras. En resumen, que faltaban brazos para recoger la cosecha y que, en consecuencia, estaban obligados a trabajar. Cuando terminó de hablar dio la orden de abrir el portón y ordenó la salida hacia las explotaciones agrícolas. Según han contado varios españoles, todo el mundo se puso en marcha, con la excepción de cinco oficiales españoles. Una vez más, Palacios asumió el papel de portavoz. Durante su breve estancia en las academias militares poco le habían hablado de los derechos de los prisioneros, pero se había puesto al día gracias a oficiales de otra nacionalidad. Así que le dijo al coronel soviético que los reglamentos internacionales sobre prisioneros de guerra, que habían sido suscritos por la URSS, estipulaban que los oficiales no podían ser obligados a trabajar, a no ser que mediase una orden especial procedente de un mando de la nacionalidad de los propios prisioneros. Los españoles fueron castigados con un arresto de diez días. No obstante, se ganaron una buena fama entre un buen número de sus compañeros. Por su actitud y porque unos días después el coronel cambió de idea. A los oficiales se les leyó una nueva orden: el trabajo era conveniente para mantener las condiciones físicas, sería bien valorado y recompensado, pero tendría carácter voluntario.
Como se ha indicado ya, en Susdal el capitán Palacios conoció a numerosos jefes alemanes e italianos, entre estos los generales Humberto Ricagno, Batisti y Pascualini. Años después recordaría que fueron llegando, entre finales del 1944 y primeros meses de 1945, hasta treinta generales alemanes, de los cuales la mayoría, excepto siete, quitaron de su uniforme las águilas con la cruz esvástica. También que el general Ofner fue pronto trasladado a otra prisión, por su labor de boicot al grupo antifascista alemán, bien nutrido de jefes y oficiales. Los grupos antifascistas habían aparecido ya en todos los campos de prisioneros. Entre sus actividades figuraba la elaboración de periódicos murales. Dado que el régimen de Mussolini había caído meses atrás y el nuevo gobierno italiano había cambiado de bando en la guerra, para luchar junto a los aliados contra Alemania, el mural italiano se cebaba en otros gobiernos fascistas y aliados de Berlín. Palacios se quejó de las notas contra el gobierno de Franco al redactor, capitán Angelosi, que había combatido en España y se había casado con una española, y al oficial que actuaba como comisario italiano. Hubo un cruce de notas insultantes, pero los italianos se avinieron a no publicar más referencias a España.

Quienes se integraron en estos grupos, con más o menos entusiasmo, lo hicieron para agradar a los carceleros y para obtener suplementos de comida. Precisamente porque sus miembros eran, más que ninguna otra cosa, estómagos agradecidos que disfrutaban de un suplemento energético, aunque no siempre, en el argot de los campos se los denominaba «caschistas», pues «cascha» es puré en idioma ruso. La vinculación a estos grupos fue también una forma de escapar a la humillación de la derrota, alineándose con los previsibles vencedores en la guerra, o, simplemente, de participar en actividades políticas, deportivas y culturales que permitían ocupar una parte del tiempo, algo que resultaba apetecible cuando llegaba la primavera. Por la información que las propias autoridades soviéticas les proporcionaban, la derrota alemana era segura. Todos querían creer que cuando terminase la guerra serían puestos en libertad, como había pasado en las guerras recientes acontecidas en Europa. A su vez, no pocos quisieron creer que ciertas muestras de identificación con la política soviética les ayudaría a sobrevivir y, quién sabe, tal vez a formar parte de los primeros contingentes de repatriación. Por este motivo incumplieron sus deberes militares e incluso traicionaron a sus compañeros.

El grupo antifascista alemán realizaba numerosas actividades, por la sencilla razón de que los alemanes componían el grupo más numeroso de prisioneros, y porque numerosos oficiales se ofrecieron para colaborar con el personal del MVD. El motivo debió de tener poco que ver con ideas políticas. Más bien habría que buscarlo en la insensatez de las órdenes dadas por Hitler, y cursadas por el alto mando, en relación a la campaña en la URSS, que estuvo plagada de errores en su planificación, que no se limitaron al frenazo a la ofensiva sobre Moscú, la extensión de las líneas alemanas y el absurdo sacrificio de numerosas unidades en Stalingrado sin obtener beneficio alguno. Muchos oficiales mostraban ahora su indignación ante órdenes erróneas, cuando no sencillamente estúpidas, ante los padecimientos pasados en el frente, y prolongados en el cautiverio, y ante la sensación de abandono que habían sentido cuando el cerco soviético se fue estrechando en torno a sus líneas y la que creían todopoderosa Wehrmacht no acudió a socorrerles. Como forma de rechazo a todo esto, cuando fueron pasando las semanas, los meses, el primer año de cautiverio, el segundo, el tercero, una parte de ellos se incorporó a los grupos antifascistas, aunque no hubieran renegado de sus ideas anticomunistas y siguieran siendo una parte de ellos antieslavos y antisemitas; no todos, ni mucho menos, pues la colaboración Alemania-URSS en los años veinte era bien conocida, especialmente para los militares, ya que fueron las autoridades de Moscú las que colaboraron en primera instancia con el programa de rearme alemán, tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, un programa secreto, contrario a los intereses de París y Londres.
A Susdal había llegado también el general Schmidt. Estuvo varias semanas incomunicado. Después Palacios lo vio a diario. Mantuvieron una estrecha relación, por sintonía personal y por compartir el propósito de boicotear la acción de los grupos antifascistas. Sin embargo, ante la vigilancia a la que era sometido por personal del MVD, el general alemán consideró que la presencia de ambos en el campo de Susdal era imprescindible y que no debían dar motivos para su traslado. Así que pidió a Palacios que limitaran sus encuentros y que se comunicaran mediante enlaces. Así lo hicieron. Durante este tiempo, Palacios fue interrogado varias veces por la policía política, simplemente por ser señalado ya como uno de los oficiales dispuesto a mantener una actitud combativa tras ser vencido en el campo de batalla. Distintas fuentes, que iremos desgranando, apuntan en esta dirección. En los interrogatorios siempre mantuvo una actitud retadora. Cuando se le dijo que la amistad con el general Schmidt era poco conveniente, respondió que las amistades, convenientes o no, las elegía él. Y a la pregunta, repetida, de por qué había ido a luchar contra la URSS respondió con una frase que se había extendido nada más organizarse la División Azul: «Es proverbial la cortesía española, vine para devolverles la visita que, tan gentilmente, nos hicieron ustedes en 1936», en referencia al apoyo soviético al gobierno republicano y al envío de consejeros militares y políticos para asesorar al Partido Comunista de España.

En mayo de 1945, el capitán Palacios se enteró de la capitulación de Alemania a través del coronel Kaiser, jefe de los servicios de sanidad del 6º Ejército. Le dijo además que el ejército alemán había sido disuelto y que, en consecuencia, los jefes y oficiales alemanes habían acordado quitarse del uniforme los grados y las insignias. Le dijo que le estaba hablando en su nombre, para que los oficiales españoles se las quitasen también. Las versiones de los oficiales españoles no coinciden al narrar este episodio, pero Oroquieta relataría después que entonces se despojaron del águila simbólica de la Wehrmacht, de los espejuelos del cuello y de las hombreras de graduación militar, y que conservaron el escudete rojo y amarillo que fue distintivo particular de su División. La derrota, las imágenes en Pravda de la capital alemana bombardeada y rendida, del desfile de la victoria del Ejército Rojo en Moscú y de los estandartes de los regimientos alemanes arrojados al suelo, a los pies de Stalin, hicieron su efecto. El ambiente en la prisión se hizo agobiante. Hasta el punto de que el capitán Palacios y sus compañeros aceptaron el trabajo forzado para salir de la hermosa prisión. Disfrutaron del buen tiempo, trabajaron en labores de siega, convivieron con la población civil y vieron mejorada su ración alimenticia.
Entre tanto, en «la Casona» de Potes, estaban de luto. No por el capitán Palacios, sino por el padre, que falleció el 24 de marzo, sin ver cumplida la mayor ilusión de sus últimos años. Para entonces, todos allí daban por muerto a Teodoro. Sus hermanas Maruja y Mercedes colocaron varias fotos de él sobre un arca de madera, al lado de su gorra y un sable. Maruja decidió hacerse un abrigo para el invierno con el capote de Regulares.
Primeros contactos Madrid-Moscú
En Madrid, Franco y las fuerzas que le respaldaban siguieron con nerviosismo el final de la guerra en Europa. No por el resultado, previsible desde hacía tiempo, sino por algunas de las circunstancias del hundimiento de los regímenes fascistas y sus consecuencias. A finales de abril de 1945 Mussolini había intentado huir de Italia en dirección a Suiza, acompañado de su amante. Detenidos por los partisanos el día 27, el Comité de Liberación de Milán decidió su ejecución al día siguiente. El 28 sus cadáveres fueron expuestos, colgados boca abajo del techo de una gasolinera, en la plaza del Loreto de la ciudad milanesa, y sus cuerpos no tardaron en ser golpeados y pisoteados por la multitud. Mientras cientos de fascistas eran ejecutados en las ciudades capturadas a los alemanes y a las tropas italianas que habían permanecido fieles a Mussolini, la mayoría de la población se mostraba deseosa de olvidar a toda prisa el pasado fascista. Dos días después, Hitler y Eva Braun se suicidaban en el búnker de la Cancillería en Berlín, para no caer en manos de las tropas soviéticas, y lo mismo hicieron varios de los dirigentes nazis. Alemania quedó completamente ocupada por tropas de la URSS, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y otras naciones. Pero lo peor para el régimen franquista estaba por llegar. Las potencias vencedoras emitieron una condena explícita del régimen franquista en las conferencias de San Francisco y Potsdam, celebradas respectivamente en junio y julio de 1945: mientras Franco permaneciese en el poder, España no sería admitida en Naciones Unidas, el organismo internacional destinado a garantizar la resolución pacífica de los conflictos entre naciones que estaba a punto de nacer, además los líderes nazis serían juzgados por los delitos de genocidio y crímenes de guerra, y los dirigentes europeos que hubiesen colaborado con el Tercer Reich debían ser depurados.
Franco no estaba dispuesto a abandonar el poder, pese a las presiones de los monárquicos para que lo hiciera, en beneficio de Juan de Borbón, hijo del exrey Alfonso. Franco reaccionó siguiendo el curso de los acontecimientos. Las teorizaciones sobre el estado totalitario habían comenzado ya su declive y ahora fueron definitivamente sustituidas por un nuevo recurso propagandístico, el de la «democracia orgánica», fórmula presentada como una tercera vía entre fascismo y democracia parlamentaria, como algo original y propio de la idiosincrasia española. Al mismo tiempo, el aparato de propaganda franquista enfatizó el anticomunismo del régimen español y el papel desempeñado en la defensa de la «civilización cristiana» y disminuyó los contenidos antiliberales. Nada de totalitarismo y nada de fascismo. El franquismo solo se identificaba con el catolicismo, que sería la base principal de todas las familias del régimen. Para hacer creíble esta retórica, Franco promulgó, en julio, el Fuero de los Españoles y remodeló el Gobierno. Algunos de los ministros más favorables a Alemania, como el general Asensio, Miguel Primo de Rivera y José Luis de Arrese fueron cesados, y el ministerio de este último, la Secretaría General del Movimiento, quedó vacante. Otros falangistas continuaron en el Gobierno, en ministerios de segundo orden, pero lo fundamental era que Alberto Martín Artajo, figura destacada de Acción Católica, recibía la cartera de Asuntos Exteriores, y otros católicos dirigían Educación y Obras Públicas. Además, mayor peso que cualquiera de ellos tenía quien mejor representaba el nacional-catolicismo, el capitán de navío Luis Carrero Blanco, subsecretario de Presidencia del Gobierno. El 11 de septiembre quedó abolido oficialmente el saludo fascista, y paulatinamente el uniforme falangista dejó de ser algo habitual en las oficinas de la Administración.
Por lo que al tema de los prisioneros se refiere, las autoridades españolas tuvieron que esperar todavía varios meses para disponer de algunos datos, fragmentarios y no siempre fiables, sobre la presencia de nacionales en los campos soviéticos. Cuando en febrero de 1946, el ministro de Asuntos Exteriores solicitó al del Ejército una relación de «voluntarios que se cree se hallan en cautividad», al objeto de realizar las gestiones que permitan la repatriación, la respuesta remitida el día 12, y referida a «personal que no consta regreso a España ni situación actual», incluyó a 406 posibles prisioneros: 34 oficiales (eran bastantes menos, lo que indica que de más de veinticinco nunca se recuperó el cuerpo), 140 suboficiales y 232 cabos y soldados, listado al que meses después se añadieron tres nombres más. A petición de los familiares, se abrieron procedimientos para determinar la situación definitiva que debía ser atribuida a cada uno de los desaparecidos. Pero, por el momento, se avanzó muy poco, ya que se desconocían los nombres de los suboficiales y soldados prisioneros13.

Ese año de 1946 nos depara una sorpresa, en forma de contactos no oficiales entre negociadores soviéticos y españoles. En cuanto a la cronología se refiere, se sitúan después del fracaso del intento de penetración en España de las fuerzas guerrilleras organizadas en Francia y de que Stalin hubiera desestimado el reconocimiento del gobierno de la República Española en el exilio, para inclinarse por la acción diplomática contra el gobierno de Madrid, a la búsqueda de una situación propicia para el cambio de régimen en beneficio de los comunistas. Asimismo, esos contactos tuvieron lugar en el mismo momento en que la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) ultimaba el documento de condena del régimen de Franco. Tras el debate en uno de sus subcomités, el Consejo de Seguridad había establecido que «Franco era culpable, en unión de Hitler y Mussolini, de conspirar para el desencadenamiento de la guerra contra aquellos países que en el curso de la contienda se agruparon accidentalmente bajo el nombre de Naciones Unidas», que Franco había prestado «una ayuda muy considerable a las potencias enemigas» y que, «por su origen, naturaleza, estructura y comportamiento general, el régimen de Franco es un régimen fascista, organizado e implantado en gran parte merced a la ayuda de la Alemania nazi y de la Italia fascista de Mussolini». Aunque, en función de los intereses norteamericanos y británicos, el Consejo de Seguridad no llegó a acordar una actuación contra España, en diciembre la Asamblea General de la ONU aprobó tres recomendaciones a los Estados miembros respecto a la España franquista. La primera, que se prohibiera al gobierno de Franco pertenecer a los organismos internacionales creados por Naciones Unidas hasta que se formara en España «un gobierno nuevo y adecuado». La segunda, que «si dentro de un plazo razonable no se establece en España un gobierno cuya autoridad proceda de sus gobernados y que se comprometa a restablecer la libertad de expresión, de religión y de reunión y a celebrar cuanto antes elecciones en las que el pueblo español pueda expresar su voluntad, libre de coacción y de intimidación y de coacción de partido, el Consejo de Seguridad estudie las medidas para remediar tal situación». Y la tercera, que los Estados miembros de Naciones Unidas retirasen sus embajadores acreditados en Madrid. El régimen de Franco había quedado aislado, por lo menos con un nivel de relaciones internacionales muy disminuido. Franco reaccionó demandando un apoyo inquebrantable a la derecha católica, y sobre todo de los militares y los falangistas, más obligados que nunca a ofrecer ese tipo de lealtad. Al «Caudillo» le esperaban unos meses de dificultades en el exterior, y también en el interior, por las maniobras de los monárquicos, pero se aferró al poder y paulatinamente consolidó su posición, en parte gracias a la respuesta nacionalista de muchos españoles frente a la condena internacional.
El primer contacto Madrid-Moscú se estableció en Roma en septiembre de 1946, y fue seguido por otros cuya razón de ser habría sido, por parte soviética, el deseo de abrir relaciones comerciales para la compra de distintos productos y, por parte española, crear inquietud en los gobiernos británico y norteamericano sobre un posible giro en política exterior, para que estos mostrasen una mejor voluntad en su relación con Franco14. Las fuentes no son seguras y, en cualquier caso, en esta primera fase no se habría tratado el tema de los prisioneros. Esta cuestión sí fue planteada en febrero de 1947 en Ginebra, ciudad suiza a la que el Ministerio de Exteriores desplazó a un diplomático de la embajada en París, Terrasa, después de que un oficial miembro de la delegación suiza en Moscú, capitán Schaerer, agente al servicio del Ministerio de Exteriores soviético, hubiera planteado el deseo del gobierno de Moscú de abrir relaciones comerciales y su disponibilidad a tratar la repatriación tanto del personal de las Brigadas Internacionales y los asesores del Ejército de la República hechos prisioneros durante la Guerra Civil15 como de los refugiados políticos rusos en España. En realidad esta sería una cuestión menor, lo importante habría sido la sugerencia por parte del agente soviético de que España se desvinculase de las potencias occidentales, cuando en realidad no existía en ese momento una relación estrecha con estas, a cambio del cese de la hostilidad de Moscú. Tanto el subsecretario de Presidencia del Gobierno, Carrero Blanco, como el jefe del Estado fueron informados por el ministro de Exteriores, y el primero preparó para Franco un documento que contiene las instrucciones dadas a Terrasa. En sus páginas se contemplaba la posibilidad de un acuerdo comercial con la URSS a través de Suiza y se estipula lo siguiente respecto al canje de españoles por presos comunistas no españoles: cada gobierno debía informar al otro «de los individuos de su nacionalidad que se encuentran en su territorio y que desean repatriarse», y el canje debería hacerse «sin correspondencia mutua, es decir todos los rusos que quieran volver a Rusia por todos los españoles que deseen regresar a España»16. Por lo tanto, el texto nos muestra el desinterés por parte franquista acerca de los desertores de la División y sobre el posible regreso de los «niños de la guerra» si esto implicaba la entrega de los refugiados rusos en España (se considera el número de repatriables inferior a doscientos), varios de los cuales estaban empleados en los medios de comunicación, donde tenían a su cargo programas de propaganda anticomunista. Las negociaciones prosiguieron en las semanas siguientes pero no se llegó a ningún acuerdo, y unos meses después quedaron rotas. El gobierno de Franco no estaba dispuesto, a diferencia de lo hecho por otros Estados europeos, a entregar a los exiliados rusos. Además, la mejora de relaciones entre Madrid y Washington, evidente ya en el otoño de 1947 como consecuencia del inicio de la Guerra Fría, supuso el fin de las conversaciones secretas con los soviéticos. Más que nada porque los rumores de su existencia, recogidos por medios de comunicación y fuentes diplomáticas, desagradaron a los norteamericanos17, y la intervención de Estados Unidos estaba resultando decisiva para paralizar cualquier nueva decisión del Consejo de Seguridad de la ONU contraria al gobierno de Franco.
A partir de ahora las gestiones acerca de los prisioneros, muy esporádicas, quedaron reducidas a las realizadas por la Cruz Roja internacional, a petición de la delegación española, y por las embajadas de algunos Estados centroamericanos y sudamericanos, de escaso peso internacional, con los que el régimen de Franco mantenía una buena relación.
NOTAS
1 Entrevista a Joaquín Montaña González, en Villafranca del Bierzo (León), el 23 de mayo de 2011.
2 Para reconstruir la etapa del cautiverio utilizamos varias fuentes: declaraciones de Palacios al final del cautiverio, declaraciones de otros repatriados, cartas de prisioneros italianos y alemanes, cartas enviadas por familiares de Palacios a distintas autoridades, documentación procedente de archivos soviéticos. Esta documentación nos parece más útil y fiable que el relato firmado por Torcuato Luca de Tena con el propio Teodoro Palacios. Para el itinerario y vicisitudes del cautiverio, consideramos que es fuente principal el documento que Palacios elaboró para el servicio de información militar: «Relación jurada que, de sus hechos, presenta el Capitán de Infantería, Teodoro Palacios Cueto, desde el 10 de febrero de 1943 al 26 de marzo de 1954», Potes (Santander), 6 de junio de 1954.
3 «Relación jurada», 6 de junio de 1954, p. 7.
4 Elaboración propia a partir de diferentes documentos contenidos en Archivo General Militar de Ávila (AGMA), Fondo División Española de Voluntarios (DEV), caja 3755/8, entre ellos. «Relación nominal de los españoles repatriados de Rusia», realizada por la cuarta sección del Servicio Histórico Militar en febrero de 1984.
5 Archivo del Partido Comunista de España, Sección Emigración Política, caja 98, carpeta 1.3.
6 «Relación nominal de prisioneros de la DEV muertos durante el cautiverio, fecha y lugar de fallecimiento, naturaleza y familiares más allegados, según los datos que figuran en esta Delegación», AGMA, DEV, C-3755/8.
7 A. V. Elpatevskiy: «Sobre los prisioneros de guerra españoles y los internados en la URSS» (en ruso), Vestnik Archivista, números 2-3 (92-93) y 4-5 (94-95), 2006, pp. 273-286 y 156-172. También hay datos numéricos sobre los españoles, a partir de documentación de la KKVD, en Mª T. Giusti: I prigionieri italiani in Russia, Il Mulino, Bolonia, 2003, p. 97.
8 «Relación jurada», 6 de junio de 1954, p. 9.
9 AGMA, DEV, C-4886/ 23.
10 AGMA, DEV, C-4655/24, C-4851/22 y C-4983/35.
11 AGMA, DEV, C-4886/23, C-4365/19 y C-4728/2.
12 Oroquieta Arbiol, G. y García Sánchez, C.: De Leningrado a Odesa, Editorial AHR, Barcelona, 1958, p. 204.
13 AGMA, DEV, C-3704/3 y C-4886/23 (documento del Estado Mayor del Ministerio del Ejército, de 11 de junio de 1946).
14 Luis Suárez: Franco y la URSS. La diplomacia secreta (1946-1970), Rialp, Madrid, 1987, pp. 46 y ss.
15 Una parte de estos prisioneros estaban en el campo de concentración de Nanclares de la Oca (Vitoria), antes en los de Miranda de Ebro y San Pedro de Cardeña, ambos en Burgos. José Antonio Fernández: Historia del campo de concentración de Miranda de Ebro (1937-1947), El Autor, Miranda de Ebro, Burgos, 2003, varias pp., y Carl Geisser: Prisoners of the Good Fight. The Spanish Civil War, 1936-1939, Lawrence Hill&Company, Westport, Connecticut, 1986, pp. 233 y ss. Sobre Nanclares, Juan J. Monago Escobedo: El campo de concentración de Nanclares de Oca 1940-1947, Gobierno Vasco, Vitoria, 1997, pp. 124 y ss: en 1939 quedaron retenidos más de 500 brigadistas, la mayoría alemanes, algún búlgaro, yugoslavo y checo, pero no se cita la presencia de soviéticos.
16 Luis Suárez: op. cit. pp. 49-51, el documento en pp. 68-71.
17 Varios documentos en el Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco (AFNFF). Por ejemplo telegrama del encargado de Nego
