Sólo en Madrid, doscientas veintiséis
– Especial ferocidad en las del Partido Comunista
– Sus organizaciones y responsables
El capítulo IV tiene un título que a más de un español le hará estremecer: «Las Checas». Haré lo que pueda y aprovecharé las mejores herramientas de mi oficio de escritor y periodista, para extractar el texto del informe que estoy siguiendo paso a paso, sin que se pierda fuerza dramática, pero a la vez, sin que parezca que me recreo en la suerte del horror. «La institución soviética de la checa, empleada como instrumento de terror, fue conocida desde el primer momento revolucionario en todo el territorio español sometido al Frente Popular»…
¿Quiénes podían tener una checa a su servicio?:
«Los partidos políticos extremistas y las sindicales obreras, así como la Federación Anarquista Ibérica, tanto en Madrid como en las demás poblaciones, establecieron en los numerosos edificios incautados para la instalación de sus respectivos centros, comisiones represivas, con facultades ilimitadas para realizar detenciones, requisas y asesinatos»…
Eran las checas.
Datos irrefutables, y Dios querrá que irrepetibles: «Puede afirmarse que sólo en Madrid funcionaron bastante más de doscientas veintiséis checas, plenamente comprobadas, inspiradas en el modelo soviético…» Algunas estaban «directamente conectadas con las Autoridades oficiales rojas», tales como el Comité Provincial de Investigación Pública, checa de Bellas Artes y Fomento; y las de la Escuadrilla del Amanecer, Brigada Ferret, Checa de Atadell, checa de la calle de Marqués de Riscal n.º 1, checa del Palacio de Eleta, checa de la calle de Fuencarral, y checa de los Linces de la República, aparte de los llamados Servicios Especiales, dependientes del Ministerio de la Guerra.
¿Nada más? Desgraciadamente, no:
«También con carácter oficial fueron creadas en Madrid treinta y cinco checas, llamadas “Puestos Especiales de Vigilancia”, bajo la dependencia de la Inspección General de Milicias Populares…»
El informe avisa que si bien funcionaron en Madrid centenares de checas, se reducirá la información a algunas de notoriedad tristemente especial… Y la relación es impresionante: sólo siete páginas de letra casi invisible, de tan menuda. Yo no voy a reproducir esa relación. Está por orden alfabético. Usted podrá encontrar si quiere, la que estuvo más cerca de su casa, o la que por alguna razón estuvo no cerca sino en la propia entraña de su familia.
En esos centenares de checas y «dentro de esta identidad criminal entre todas… se caracterizan las del Partido Comunista por su ferocidad y ensañamiento, ya que no conformes con asesinar a sus víctimas, les hacen antes objeto de los martirios más crueles, no habiendo una sola checa comunista de Madrid en que estos martirios no se aplicasen con carácter casi general».
Usted estará preguntándose en qué consistían esos martirios… El informe del Ministerio de Justicia es muy abundante en datos: «… palizas (y) aplicación de hierros candentes y en arrancamientos de las uñas…»
Y no pierda de vista éste dato, también del informe oficial:
«Las checas anarquistas, si bien asesinaban y robaban en gran escala, no solían aplicar a sus víctimas trato tan cruel, siendo menos frecuentes que entre los comunistas los casos de esta índole».
Lo malo que tienen los datos históricos para algunos protagonistas es que una vez confirmados y registrados no hay manera de borrarlos. Se puede, y es lo que se intenta casi siempre, hacer que a la gente se les olvide, a fuerza de no encontrar dónde enterarse.
Es cierto que a primeros de agosto se celebró en el Palacio del Círculo de Bellas Artes una reunión, convocada y presidida por el Director general de Seguridad (Manuel Muñoz Martínez, Diputado a Cortes por el Partido de Izquierda Republicana, y Grado 33 de la Masonería). Asistieron representantes de todos los partidos políticos y organizaciones sindicales que integraban el Frente Popular.
Y se tomó el acuerdo de crear el llamado Comité Provincial de Investigación Pública, que en estrecho contacto permanente con la Dirección General de Seguridad se encargaría de la política represiva, con amplias atribuciones. Hay testimonios irrefutables: «quedó claramente aceptada por el Director de Seguridad la atribución de amplias facultades al referido Comité para que, erigido en checa, acordase, sin limitaciones ni formalidades de ninguna clase, los asesinatos que estimara conveniente»…
Los testimonios constan en el informe del Ministerio de Justicia. Es cuestión de consultarlos.
¿Procedimiento? Es largo de explicar, pero procuraré reducirlo al máximo. Comparecía el detenido ante el tribunal, era interrogado y sin más trámite, por supuesto sin posibilidad de defenderse, se tomaba por sus juzgadores una resolución definitiva. Podían ser puestos en libertad, encarcelados o muertos de cualquier manera. En estos casos se ponía en la hoja correspondiente al juicio una L con un punto detrás. El punto era la contraseña. Una orden: matadlo. Enseguida era entregado al juzgado y a una de las brigadillas ejecutoras. Estaban constituidas, por lo general, con un Jefe o responsable y cuatro individuos. Si los asesinatos eran muchos aquella noche, se recurría a la colaboración de los milicianos que integraban la guardia de prevención en la checa. Es tremendo, pero es verdad:
«De modo fehaciente, por denuncias formales presentadas por las familias de las víctimas, constan denunciados ante la Causa general de Madrid bastante más de mil asesinatos cometidos por la checa oficial de Bellas Artes y Fomento, obrando los nombres y circunstancias de las víctimas, así como la fecha de su detención…»
¿Nombres, circunstancias, detalles sobre las víctimas? Todos los que usted quiera. Están en el informe del Ministerio de Justicia, como está éste que parece argumento de película de miedo:
«los chequistas tratados con más confianza por el Director general de Seguridad, Manuel Muñoz, y que visitaban a éste con mayor asiduidad, eran el ya mencionado Tomás Carbajo, el comunista Arturo García de la Rosa y el correligionario de Manuel Muñoz, Leopoldo Carrillo Gómez. Pero quien visitaba al Director de Seguridad casi diariamente en el edificio de la Dirección, para hacerle entrega de la mejor parte de las alhajas u objetos de valor productos de los saqueos realizados por la checa en los domicilios de sus víctimas, era el también miembro de Izquierda Republicana, Virgilio Escámez Mancebo, que ejercía en la checa el cargo de tesorero»…
Un testigo confirmaría que vio como «el Tribunal presidido por De la Rosa, juzgó en el espacio de media hora a unas doce personas… (y) …dándose cuenta el visitante de que la casi totalidad de los examinados, que habían sido insultados durante su interrogatorio, eran condenados a muerte, para ser ejecutados de madrugada…» El nombre de éste testigo consta en la Causa general. Era un abogado. Quizá lo sea todavía.
Todo es como una pesadilla y cuesta trabajo creer que son sucesos que tuvieron lugar ayer mismo y aquí mismo. Tres tribunales funcionaban ininterrumpidamente. Los crímenes no eran sólo perpetrados en personas individuales, sino en grupos numerosos, como los cincuenta detenidos ejecutados en Boadilla del Monte, adonde fueron llevados desde la checa en autobuses, cuando ya estaba lista la fosa común en que serían enterrados.
Mientras las tropas nacionales llegaban a las inmediaciones de Madrid, estos chequistas entregaron al Gobierno, aparte de lo que habían venido entregándole cada día, nada menos que cuatrocientas setenta y dos cajas de alhajas y objetos de oro y plata, «procedentes de las expoliaciones realizadas en los domicilios de las víctimas, de cuyo tesoro dispuso en su beneficio el Gobierno rojo». No son cosas mías, sino datos bien verificados por el Ministerio de Justicia. A cada cual lo suyo.
La checa de Fomento
– El «Comité de Orden Público»
– «La Escuadrilla del Amanecer»
– Nombres y apellidos
– La «Brigada de Servicios Especiales»
– El «Servicio de Información Militar»
– «Los Linces de la República»
– El Partido Socialista manchado de sangre
-Un asesino llamado «Matacuras»
– Un excura, verdugo ejemplar
– «Comité de Defensa de la CNT
– La falsa Embajada de Siam
Cuando la llamada «Checa de Fomento» quedó disuelta, lo primero que hicieron sus miembros fue repartirse el dinero que habían conseguido en las incautaciones; realmente, robos. Debe decirse que el reparto se hizo «con autorización del Gobierno». El que manda, manda, y en paz.
No cupieron a mucho, pero «treinta mil pesetas» por barba era un dinerito en aquellos tiempos. Como no iban a quedarse brazo sobre brazo, y lo de ir al frente resultaba peligroso, porque allí tiraban a dar, los chequistas «formaron inmediatamente un Consejo de Policía». Sabemos perfectamente quienes compartían la presidencia. Hemos oído hablar de ellos últimamente: Santiago Carrillo y Segundo Serrano Poncela.
Estos dos y quienes estaban a sus órdenes tomaron a su cargo «de un modo exclusivo el orden público en la Capital abandonada por el Gobierno rojo».
¿Qué medidas se tomaron por este Consejo de Orden Público para que se notara su existencia y…
¿Qué medidas se tomaron por este Consejo de Orden Público para que se notara su existencia y se palpara su eficacia? Está escrito y probado en la «Causa general»:
«… Repartió a sus miembros entre las diversas cárceles de Madrid, y tras una brevísima selección, que ya había sido comenzada por el disuelto Comité de Investigación Pública, fueron extraídos de las prisiones, entonces abarrotadas, varios millares de presos de todas las edades, profesiones y condiciones sociales, que fueron asesinados por las Milicias de Vigilancia improvisadas por el Gobierno rojo, en Paracuellos del Jarama, Torrejón de Ardoz y otros lugares próximos a Madrid…»
No hay ninguna duda:
«Las órdenes que sirvieron para realizar estas extracciones aparecen firmadas por las Autoridades rojas de Orden Público».
Las pruebas documentales son abrumadoras, abundantísimas y suficientes para enloquecer a un hombre, sólo con pensar que otros hombres son capaces de alcanzar tan terribles cotas de crueldad.
A título de ejemplo, y con las menos palabras posibles. Un detenido, Francisco Ariza Colmenarejo, dirigió un escrito a la Dirección General de Seguridad, suplicando que no le pusieran en libertad «hasta que las Autoridades puedan responder de su seguridad personal». Tales Autoridades, accediendo a lo solicitado, pero al revés, pusieron en libertad al pobre hombre, quien dio con sus penas en la Checa de Fomento y automáticamente sería asesinado. Ocurrió el 23 de septiembre de 1936. Es fácil comprobarlo. Como éste, todos los casos que se quieran.
Por ejemplo, el capitán de Asalto don Gumersindo de la Gándara Marvella, detenido en San Antón, entregado a la Dirección General de Seguridad, ésta a su vez lo mandó al temible Comité de Investigación Pública, y éste lo asesinó rápidamente.
Cada uno de éstos y los otros miles de ejecutados eran personas conocidas o innominadas, habían manifestado alguna vez su repulsa a las conductas equívocas, o acaso, ni siquiera habían hecho manifestación alguna, salvo ir a misa, jugar al tute con el cura del pueblo o haberle negado el saludo al alcalde comunista o socialista, o lo que fuere por un quítame allá estas pajas. Es imposible catalogar los fundamentos para decretar fríamente tanto asesinato, porque es indudable que en algunos casos habría y hubo sin duda causas más o menos justificadas, siquiera en apariencia, pero en millares de oportunidades todas las causas se cimentaban en una implacable ferocidad.
Pero la «Checa de Fomento» y el famoso «Comité de Orden Público», no fueron sino un par de muestras. Para quienes dudan de que todo aquello sucediera alguna vez, y para quienes todavía sonríen dubitativos cuando se habla de «aquello», aunque saltan como picados de tábano cuando se les llama a una Comisaría o se les retira el pasaporte, la «Causa general» es una fuente inagotable de información.
Por otra parte, en uso de las libertades que cualquier ciudadano disfruta en un sistema demócrata como el nuestro, si en esa «Causa general» hay alguna mentira nadie va a impedir que se denuncie, incluida la vía de los contactos internacionales, siempre dispuestos a echar las campanas al vuelo si se les sirve una noticia que pueda perjudicar a España de algún modo.
Los ejemplos son tantos que llenarían tomos y tomos.
Antes de seguir, tomen nota de esta información:
«Desde el principio de los sucesos revolucionarios la Secretaría Técnica del Director de Seguridad, dirigida por José Raúl Bellido, puso a disposición de las checas y milicias todos los elementos informativos extraídos de sus archivos y ficheros, para que aquellas cumpliesen mejor su criminal tarea»…
Cuando las checas o las milicias querían hacerse cargo de alguien que estaba detenido en alguna cárcel, la Secretaría Técnica ordenaba la libertad del sentenciado, y sus ejecutores se hacían cargo de él para matarle inmediatamente.
Para que nadie tuviera una mínima posibilidad de escape, la Secretaría ideó algo increíble, si no estuviese probado hasta la saciedad. Al margen de checas y milicias, la Dirección de Seguridad creó en su seno «un grupo de represión dedicado a detenciones, asesinatos y saqueos, que unas veces se realizaban por órdenes superiores y otras por iniciativa de los propios componentes de este grupo, que radicaba en la propia Dirección»…
¿Sabe usted cuál fue el título que se dieron aquellos sujetos? Un título tristemente famoso:
«La Escuadrilla del Amanecer», porque con el alba llevaban el terror y la muerte a los domicilios elegidos para cada día.
Sabemos quiénes fueron miembros de la temible «Escuadrilla». Tome usted nota, que acaso valga la pena recordarlo: Valero Serrano Tagüeña, Eloy de la Figura, León Barrenechea, Francisco Roig y Carmelo Olmeda, entre muchos, algunos de ellos individuos del Cuerpo de Asalto. A éste pertenecía Tagüeña.
Como subordinados preeminentes, más nombres en el censo: Marcos de la Fuente Alonso, Federico Pérez Díaz, Antonio Serrano Pontones, Abilio Sánchez…
Todos los que usted quiera.
Por supuesto, entre los grupos de la «Escuadrilla del Amanecer», dicho sea en honor de la verdad, hubo alguno que destacó en sus actividades específicas, como aquél que mandaba Luis Pastrana Ríos, «bajo cuyo mando se realizaron numerosos saqueos y asesinatos».
Sabemos por supuesto los nombres de sus víctimas y las circunstancias de los crímenes:
Blas Riaza, Luis Naranjo, Julio González, José María Sánchez Valero, José Luis Toca, Domingo Soria, María Mercedes García Vallejo…
Llegaron los de la «Escuadrilla» a tal grado de perfección en su tarea, que en octubre de 1936 fueron enviados a Albacete tres de sus elementos, porque las Autoridades rojas no estaban satisfechas del celo que mostraba la Policía en la represión. De su paso por Albacete quedó recuerdo doliente en las familias de la ciudad, y para justificar sus métodos, tras el asesinato de doña Consuelo Flores redactaron un informe en el que daban cuenta de lo hecho y justificaban el procedimiento porque «el momento esencialmente revolucionario obligaba a prescindir de formas legales».
Gente muy revolucionaria pero a la vez adicta al bien vestir y mejor vivir, los de la «Escuadrilla del Amanecer», se repartieron los relojes de oro de la colección que guardaba en el Banco de España el marqués de Retortillo. Se puede ser un revolucionario de punta a cabo, sin que por eso deje de usarse un buen reloj de oro, sobre todo, si se consigue gratis. Cómo se puede ser ateo integral, sin que por ello cause ninguna repugnancia el hecho de almacenar cálices, custodias y objetos de culto, hechos en metales nobles y con piedras preciosas, cuantas más mejor.
Sabemos todo sobre la «Escuadrilla del Amanecer», en especial desde su traslado, con la Secretaría Técnica de Seguridad, a la calle de Alcalá, n.º 82. Aparte de los robos y los asesinatos, cuando la víctima elegida era una mujer, sobre todo joven y guapa, los de la «Escuadrilla» no dejaban pasar la ocasión de someterlas a todo tipo de ultrajes antes de matarlas.
Ya he dicho que la memoria y los archivos son elementos decisivos algunas veces. Si usted puede encontrar un ejemplar del diario «Heraldo de Madrid», del 13 de agosto de 1936, podrá leer una crónica elogiando el trabajo que realizaba la «Escuadrilla del Amanecer», que ya entonces había llevado a cabo cuatrocientas ochenta y seis detenciones y unos doscientos registros.
Que lo pregunten a las familias de don Melquíades Álvarez, del doctor Albiñana, del capitán Valdivia, del capitán Gándara, del general Araujo…
En los ratos libres y para ayudar a sus hermanos, la «Escuadrilla» llevaba de vez en cuando algún detenido a las checas anarquistas o comunistas más o menos incontroladas o independientes, como la tristemente célebre de la calle de Méjico, n.º 6.
El tema de las checas y el historial de cada una ha sido, y es dentro de la temática total de la Guerra, objetivo principal de cortinas de humo y muros de silencio, por quienes quisieran borrar todo rastro de sus crímenes y sus latrocinios. La heroína del silencio adormece de tal modo a los pueblos que bastan dos o tres generaciones para que de aquello que no se habla no quede ni la ceniza.
Pero las checas estuvieron ahí, y sus historias son perfectamente conocidas, y están censadas y probadas a pesar de los pesares.
«En el mes de septiembre de 1936, una titulada “Brigada de Servicios Especiales”, directamente subordinada al Subdirector General de Seguridad, Carlos de Juan Rodríguez, se incautó de varios pisos en la casa n.º 19 de la calle del Marqués de Cubas, preparando uno de estos pisos para el servicio particular del Subdirector de Seguridad, y dedicando otros de ellos a checa, en los que eran almacenados muchos objetos de valor procedentes de los registros realizados en los domicilios de las víctimas»…
No es cosa mía, que conste… Está en la «Causa general». Como dicen los castizos, reclamaciones al maestro armero.
Instalada la checa en Marqués de Cubas, n.º 19, toma el mando de ella un mallorquín llamado Elviro Ferret Obrador, de no muy buenos antecedentes, sindicalista de afiliación, con un equipo de agentes de la Policía y una serie de sujetos reclutados en los más diversos estamentos de la delincuencia profesional.
Había uno, Esteban Martínez Sánchez, que acabaría siendo nada menos que Gobernador civil de Granada, claro, residente en Baza, porque en Granada le habría ido bastante mal.
Oído al tambor:
«La checa de Marqués de Cubas se distinguió tanto por sus asesinatos y por los crueles malos tratos que hacía sufrir a los detenidos, como por sus actos de rapiña…», etc., etc.
En la calle de Montera n.º 22 había una checa auxiliar, que dirigía Felipe Ortiz. Cada día, los milicianos de Felipe iban a Marqués de Cubas y recibían instrucciones. En cumplimiento de ellas, cada noche iban a detener a los señalados para ser asesinados sobre la marcha.
Había en la checa de Montera un sujeto conocido por «el Chato». Si vivo o muerto, que no lo sé, podría ser un ejemplo de miliciano chequista.
Siento decirlo, pero consta en la «Causa general». Iban por allí Carlos de Juan, Subdirector de Seguridad, y Ángel Pestaña.
También consta en la «causa» nombres y circunstancias de algunas personas asesinadas en la checa de Marqués de Cubas: los hermanos Coso Langa, Emilio Llopis, Manuel Laguillo, Juan Vázquez Armero, Carlos Pajares, José Sureda…
Como Madrid se les quedaba chico, los chequistas de Marqués de Cubas se extendían a los pueblos cercanos, sobre todo a los territorios de Navalcarnero. Hay abundante información sobre lo que allí hicieron.
El tal Elviro Ferret se haría famoso —tristemente famoso— por su actividad en la Cárcel Modelo. Él fue quien, acompañado de varios milicianos, se presentó en la prisión el 23 de agosto de 1936 y sacó de las celdas al general Capaz, al político Rico Avello y al ex-jefe superior de Policía, Pedro Rivas, que por supuesto fueron asesinados sin más trámites.
Cuando las cosas se pusieron feas en Madrid y el riesgo empezó a representar fiebres para los chequistas, Ferret y sus muchachos se trasladaron a Barcelona, «siempre al lado de Carlos de Juan, que ya era Director general de Seguridad».
Llegado a Barcelona, checa nueva… Paseo de Gracia, n.º 54. Fructífero trabajo el de Ferret, quien, acompañado de su esposa y el abogado catalán José María Xammar Salas, fue detenido en la frontera por los servicios rojos, en el pueblo de Llansá, «cuando trataba de marchar a territorio francés, siéndoles ocupada una importante cantidad de dinero, así como doce cuadros…», etc., etc., etc…
Tanto Ferret como Xammar llevaban salvoconductos especiales del director general de Seguridad, el conocido De Juan.
¿Qué decía el salvoconducto? Lo sabemos también:
«El coche B. 944 P., conducido por Antonio Soler Riau, y en el que viaja don José María Xammar Sala, va hasta la frontera y continúa luego su viaje a Francia, efectuando un servicio especial interesado por esta Dirección. Ordeno a todas las Autoridades y fuerzas a mi mando no le pongan obstáculo alguno y le den facilidades para el cumplimiento de su misión».
Como diría un flamenco, «así cualquiera».
En agosto de 1936, hizo el Gobierno de Madrid numerosos nombramientos de agentes de Policía. Casi todos los nombrados eran militantes del socialismo, y por supuesto gente de toda confianza. Distribuidos entre los diversos servicios policiales, un grupo fue agregado a la tradicional Brigada de Investigación Criminal.
Este grupo estaba a cargo de un adicto de Indalecio Prieto llamado Agapito García Atadell, obrero tipógrafo. Por lo que fuere, Agapito cogió a sus muchachos, se desligó de la Brigada, tomó por las buenas un hotel en la calle de Martínez de la Rosa y, con el título de «Milicias Populares de Investigación», empezó a funcionar.
No crea usted que eran dos o seis o diez, sino nada menos que cuarenta y ocho los agentes, ninguno de ellos, dicho sea para que la verdad quede en su lugar, agente auténtico de la Policía oficial. Todos agentes de nuevo nombramiento, socialistas y de confianza a toda prueba.
El segundo de García Atadell era Ángel Pedrero García, y los jefes de grupo, Luis Ortuño y Antonio Albiach.
Protección y ayuda no les faltaba. De una parte, la Agrupación Socialista Madrileña y, de otra, toda la minoría parlamentaria socialista, cuyos miembros, alguno incluso ministro como Anastasio de Gracia, «acudían a visitar la checa a alentar a sus componentes…».
Si busca usted en la Prensa de aquel tiempo encontrará más de una vez informaciones y fotografías de García Atadell y sus visitantes. Por ejemplo, en el semanario «Crónica» de 13 de septiembre de 1936: allí están con García Atadell y un grupo de sus milicianos «los diputados socialistas Lamoneda y Anastasio de Gracia, Bujeda y Alvar…».
¿Cómo funcionaba una checa semejante? A muchos les gustaría borrar todo esto de la Historia de España, pero es imposible borrar nada ya.
Por lo pronto, una serie de milicianos especializados recogían diariamente de boca de los porteros de las casas informes sobre sus inquilinos. Información canalizada por la «organización sindical socialista de los porteros de Madrid».
En ocasiones, la propia Dirección de Seguridad oficiaba a los jefes de las Prisiones para que determinado preso fuese entregado a los agentes de García Atadell. Luego, en la checa, todos eran sometidos a un juicio sumario por el Comité, y si eran condenados a muerte, que estaba ya previsto en un noventa por ciento de los casos, los milicianos de la checa les llevaban en automóvil a la Ciudad Universitaria u otras afueras de Madrid, les mataban, y aquí paz y después gloria.
No quisiera molestar a nadie, pero el curioso lector puede encontrar en el avance de la «Causa general» publicado por el Ministerio de Justicia, en la página 96, una relación de algunos de los asesinados por los chequistas de García Atadell. Quizá encuentren algún apellido conocido.
García Atadell, Luis Ortuño y Pedro Penabad decidieron un día de finales de octubre de 1936 dar por acabada su tarea revolucionaria, llevarse todo lo que pudieran, vender lo más valioso en Marsella y embarcarse para América, donde con una tan saneada fortuna podrían vivir como millonarios.
Las cosas salieron mal, el barco en que iban a las Américas tocó en Santa Cruz de la Palma y Atadell con Pedro Penabad acabarían siendo condenados a muerte y ejecutados en Sevilla.
Claro que en la Zona roja se apresuraron a poner a García Atadell como no digan dueñas, de traidor abajo. Como consecuencia de este fallo, la checa se disolvió, pero sus mejores elementos serían aprovechados en tareas similares por el Ministro de Defensa, Indalecio Prieto, para los distintos departamentos de su «Servicio de Información Militar», cuya jefatura encomendó a Ángel Pedrero, que había sido el segundo de García Atadell en la checa.
De las checas hay mucho que hablar. Hubo tantas que se podrían hacer varios tomos con sus hazañas. Si tiene usted alguna curiosidad por el tema, lea «Checas de Madrid» de Tomás Borrás. Es un monumento tan firme que no hay quien lo tire abajo.
Dejamos antes a García Atadell y a Ángel Pedrero, aquél ejecutado en Sevilla tras un consejo de guerra que le condenó a muerte, y éste elevado por Indalecio Prieto a categoría de Jefe del «SIM», siglas que todavía, a cuarenta años de distancia, encoge el corazón de muchos españoles. De muchos digo. Unos de allá y otros de acá, porque para todos hubo qué dar y qué tomar en el «SIM»…
Y vamos a seguir muy sobre la marcha, porque sería inacabable este trabajo si no recortáramos la inmensa riqueza de datos fehacientes que constan en la «Causa general», por otras checas tristemente famosas. Por ejemplo, la escuadrilla de «Los linces de la República». Título algo acursilado, que no sé por qué imagino salido del caletre de un poeta frustrado, de un escritor pedante. El pueblo llano no habría dicho nunca «los linces», sino «los lobos» o «los leones».
Este grupo fue también creado por la propia Dirección General de Seguridad, con personal de Seguridad y Asalto bien seleccionado, dependientes de la Secretaría particular del Director General, a cargo de Manuel Muñoz.
¿Tareas especiales?: «realizar los registros, detenciones y demás servicios que la Inspección de Guardia o la Secretaría particular del Director ordenasen, en virtud de confidencias o noticias recibidas». Más claro, el agua… El agua clara, por supuesto.
Era el terror dirigido desde la propia Dirección de Seguridad. Sabemos los nombres de algunos de «los linces»: Felipe Marcos, García Redondo y Virgilio Llorente, Juan Tomás Estalrich, Emilio Losada… Éste era capitán de milicias; el anterior, teniente profesional.
También la Prensa les dedicó elogios y alabó sus servicios. Está probado con los propios protagonistas en la «Causa general» que el producto de los saqueos era llevado directamente al despacho del mismísimo Director General de Seguridad. Para catalogarlo, seguramente, y que no se perdiera nada…
Tan bien se portaron los muchachos del teniente Estalrich, que fueron premiados con un destino de categoría: escolta personal del teniente coronel Julio Mangada, cuyo puesto de mando estaba en la Casa de Campo.
La tarea en que ya eran especialistas siguió siendo la misma, sólo que los registros, saqueos y detenciones, con posteriores asesinatos, en lugar de proceder de órdenes del Director de Seguridad eran dispuestos por el teniente coronel Mangada.
El contacto con las checas de Fomento y la de García Atadell sería constante y fructífero.
¿Cuántos crímenes cometerían los famosos «linces»? Es imposible saberlo. Muchos… Hipólito Gete, Luis Gete, Eusebio y Tomás Merás… Suma y sigue…
Laura López, y sus hijos Isabel y Salvador, con la señorita María de la Luz Álvarez, y luego, Laura Renedo de quince años, enferma…
A otros les mataron «los linces» por su cuenta o les llevaron a la checa de Fomento para que les mataran allí, pero a estas mujeres y a esta niña enferma las asesinaron por resolución del Cuartel del teniente coronel Mangada, sito entonces en el Palacio de Oriente.
Por supuesto, esta obediencia tuvo su premio, y así el teniente Estalrich acabaría mandando una Brigada, y Felipe Marcos, que era cabo de Asalto, ascendería a Capitán.
Estalrich, casi no hace falta decirlo, era comunista, y como tal intervino con su Brigada en marzo de 1939, en el intento de consolidar en la Zona roja una dictadura personal de Negrín, de signo comunista, naturalmente.
En el informe que estoy siguiendo paso a paso se dicen a veces cosas que impresionan:
«Una de las checas de más sangrienta actuación fue la que establecieron en la calle Marqués de Riscal, n.º 1, de Madrid, unas milicias del Círculo Socialista del Sur…»
Los socialistas tenían mucho prestigio, mucha fuerza y vara alta. Los elementos de esta checa acabarían siendo la «1.ª Compañía de enlace de la Inspección General de Milicias, bajo la inmediata dependencia del entonces ministro de la Gobernación, Ángel Galarza Gago, dedicadas al servicio de escolta personal del mismo y a la protección del edificio del Ministerio de la Gobernación…»
En la checa de Marqués de Riscal, como hermanos de los socialistas, había también gente de la Izquierda Republicana. Precisamente era de éste partido político el jefe de la checa, Alberto Álvarez, que por su cuenta se ascendió de un golpe a capitán.
Más informes de la «Causa general»:
«Los detenidos solían ser maltratados cruelmente y ejecutados en los altos del Hipódromo y en la Pradera de San Isidro».
Republicanos y socialistas hicieron siempre buenas migas. Quien tenga curiosidad que lea el «informe»…
¿Listas de asesinados?: hay muchos identificados y figuran en la «Causa general» sus nombres, apellidos y circunstancias. Supongo que además estarán vivos en alguna parte sus parientes, sus familiares, sus amigos… Y quién sabe si alguno de sus asesinos…
Como está mandado, cuantos objetos y alhajas eran conseguidos en los saqueos acababan en el taller de un platero que los convertía en lingotes para ser puestos sobre la mesa del Director General de Seguridad. Este platero también pertenecía al Círculo Socialista del Sur.
Anécdota interesante… Cuando los ministros se marcharon a Levante y abandonaron Madrid en noviembre de 1936, Galarza, que lo era de Gobernación, encomendó a su amigo el titulado capitán Alberto Vázquez un servicio muy especial… Transportar de Madrid a Barcelona unas maletas con valioso contenido; pero también para los socialistas el hombre propone y Dios dispone, y los milicianos de la CNT barceloneses detuvieron a los maleteros y se quedaron con las maletas.
Como todo tiene una explicación, hay que decir que la checa de Marqués de Riscal tenía sus sucursales como todas las grandes empresas: en Fernández de la Hoz, n.º 7, y en Caracas, n.º 17.
¿Quién mandaba la Inspección General de Milicias, de la que dependían las checas citadas? Alguien tristemente famoso: el comandante Barceló.
¿Y quién era su mano derecha en el régimen de las checas? Su ayudante, Justiniano García.
Quizá para no ser menos que Prieto con su SIM, la checa de Marqués de Riscal, instalada en Valencia, creó la de Santa Úrsula, fundándose con sus elementos el DEDIDE, o sea, el Departamento Especial de Información del Estado. ¡Dios nos coja confesados, si aparecieran de pronto los archivos del famoso departamento!
Otra checa de historial bien comprobado fue la de una entidad sin confusión posible: «Agrupación Socialista Madrileña».
Por iniciativa de su dirigente, Enrique de Francisco, diputado socialista, se instaló esta checa en la calle de Fuencarral, n.º 103, en un palacio que el Partido Socialista había incautado.
Maniáticos de la información, la checa se denominaría oficialmente «Comisión de Información Electoral Permanente», con sus siglas naturales, CIEP…
¿Por qué es eso de «electoral»? Por algo muy sencillo: «por haber tenido a su cargo durante los períodos electorales el estudio del Censo de la capital, poseía una información bastante completa acerca de la ideología política de los vecinos de Madrid».
El jefe del centro era Julio de Mora Martínez, socialista, que también estaba encargado del cobro de las rentas «de unas mil fincas urbanas de que el Partido Socialista se había apoderado en Madrid, reemplazando a los propietarios en el cobro de las mismas, que quedaban en beneficio del dicho partido».
La checa de Fuencarral, n.º 103, «realizó multitud de asesinatos y detenciones…»
Le asignaron un grupo de agentes de Policía de nuevo ingreso, todos afiliados al Partido Socialista, al mando de un agente profesional, marxista por supuesto, llamado Anselmo Burgos Gil, que luego sería nombrado como escolta del Embajador Soviético, y de otro agente también profesional y también marxista, David Vázquez Baldominos, que luego sería Comisario general y estaría implicado en la desaparición de Andrés Nin.
También hay una relación detallada de los asesinados por esta checa. Basta hacerse con un ejemplar del libro que estoy resumiendo. Quizás haya alguien a quien le recuerde algo… Echeguren, Peñalver, Tovar, García Robles…
Sé que a muchos les parecerá un disparate, pero lo que sigue ocurrió de verdad… Hay pruebas en la «Causa general».
Un miliciano preguntó delante de un testigo que luego lo declararía:
—Mora, ¿qué hacemos con las monjas que hemos detenido?
Y el tal Julio Mora respondió sin mayor titubeo:
—Matarlas.
Este Mora dejó rastros por doquier. A él se le encomendó la tarea de ocuparse en que se abrieran en las cercanías de Boadilla fosas suficientes para enterrar en ellas a las personas que desde las checas madrileñas eran llevadas allí para ser asesinadas…
¿Qué pasó con este sujeto? Lo natural… Largo Caballero, socialista como él, siendo ministro, elevó al albañil hasta el cargo de Inspector del Ministerio de la Guerra, con el grado de Coronel, y luego, Presidente de la Comisión depuradora del Cuerpo de Asalto, y también, Jefe del Departamento Especial de Información del Estado (DECIDE), de Madrid…
Nadie podrá decir que no hizo buena carrera. Qué se lo pregunten a los muertos por su mano o por su orden. O a los socialistas de entonces y de hoy y de siempre, correligionarios suyos.
Acabaré con las checas. Es un informe tremendo. Duele escribir sobre todo esto, porque parece increíble, o como si se tratara de crímenes ocurridos en países salvajes.
Desgraciadamente, y bien sabe Dios que lo siento por quiénes lo son de buena fe, el Partido Socialista y su entorno con su contorno se llenó de fango y de sangre hasta las rodillas.
Cuando Luis Omaña, agente de Policía, fue ascendido de golpe a Comisario, y se le encomendó el mando de la Comisaría de Buenavista, creó bajo su presidencia un Consejillo político, en noviembre de 1936.
Elementos fuertes en el mismo fueron dos antiguos y siniestros miembros de la checa de Fomento: Bruno Carreras y Benigno Mancebo.
Milicianos de rompe y rasga, pasaron a engrosar el grupo de Omaña, que según consta en la «Causa general» «practicaba el saqueo en gran escala, llevándose sus miembros a casa cuanto podían, en ocasión de los registros realizados».
Como es lógico, a la Comisaría de Buenavista no le faltaban visitas. Una de las asiduas era un chófer del Puente de Vallecas a quien sus camaradas habían dado el significativo nombre de «matacuras», al parecer ganado a pulso. Un buen amigo de la Comisaría, en la que llegó a ser segundo jefe, fue Santiago García, quien se jactaba de sus fechorías, entre las que abundaban abusos con las pobres mujeres que acudían a interesarse por la suerte de su padre, su marido o su hermano. La lista de las personas asesinadas por este grupo es larga. Si usted quiere verla por si hay en ella alguien de su familia, le será fácil comprobarlo.
Como sería la cosa, que un italiano llamado Ángel Lorito, comandante de una de las Brigadas Internacionales, fracasado en su intento de salvar la vida a una de las detenidas en la Comisaría de Buenavista, doña Teresa Polo Jiménez, asesinada con crueldad y alevosía, denunció el hecho ante el Juez, y dijo que se volvía a su casa en el extranjero porque él había venido a Madrid a defender la causa, pero no a hacerse cómplice de asesinatos.
Otra checa tristemente famosa fue aquella que el Frente Popular creó en el Ministerio de la Guerra inmediatamente después de iniciada la Guerra, con el nombre de «Servicios Especiales de Prensa y Propaganda SS». Teóricamente dependía de la 2.ª Sección del Estado Mayor, y en la práctica eran sus jefes Fernando Arias Parga y Prudencia Sayagües, con la colaboración muy significativa de Pablo Sarroca, que era un Capellán castrense, amigo de Azaña y separado de la dignidad eclesiástica por alcohólico. El ex-cura era el encargado de los interrogatorios, y de la ejecución de los mandatos se ocupaban unos milicianos, entre los que destacaban, y ya es destacar, dos comunistas hermanos apellidados Colinas Quirós. Las actividades de este servicio, por llamarle de algún modo, se extendió poco a poco a las provincias de Madrid y Toledo, pueblo a pueblo.
En Navalucillos (Toledo) ocurrió algo que podía dar material para una novela de terror. Un comisionado de la checa llegó al pueblo, consiguió por la fuerza una buena suma de dinero y luego sin más trámites mandó asesinar a numerosos vecinos que ni siquiera era gente de significación política.
Como una cosa era andar matando gente y robando casas, y otra esperar sentado la llegada del Ejército Nacional, cuyos tiros podían oírse ya en la Puerta del Sol, los responsables del Departamento de Servicios Especiales del Ministerio de la Guerra se marcharon tras el Gobierno a Levante, y lo dejaron todo en Madrid a cargo del anarquista Manuel Salgado, que viendo aquello abandonado tomó el mando, porque se lo encargó el Secretario Regional de Defensa de la CNT, Eduardo Val.
Así la checa se convertía de hecho en un servicio más del Comité de Defensa de la CNT. Salgado trasladó su sede al Ministerio de Hacienda, quizá porque da la sensación de que es un edificio sólido, y continuó los saqueos y los asesinatos, para los que recibiría enseguida la valiosa ayuda de un grupo socialista procedente de la disuelta checa de García Atadell y mandados por Ángel Pedrero.
Hay material informativo sobre las actividades de este grupo suficiente para horrorizar al más templado. Asesinatos no de uno en uno o de dos en dos, sino doce en doce, y en algún caso, como el diplomático belga Barón Jacques de Borchgrave, sin detenerse a mirar el pasaporte de la víctima.
Esta gente fue la inventora de la falsa Embajada de Siam, de triste memoria. Es irrefutable la acusación. Hay datos fidedignos, de los nombres y apellidos de los asesinados, sus circunstancias, su martirio y el lugar exacto en que recibieron la muerte. Por ejemplo, en el kilómetro cinco de la carretera de Chamartín a Alcobendas.
Es posible que los belgas no se acuerden ya del señor Borchgrave y de todo lo que provocó su asesinato después, con implicaciones internacionales, investigaciones judiciales y hasta planteamiento del caso ante el Tribunal Internacional de La Haya. Y también es posible que a muchos les interese olvidar y borrar de la historia todo lo relativo a la falsa Embajada de Siam, aunque nadie podrá borrarlo porque está escrito y bien escrito.
Su sede, Juan Bravo, n.º 12. Su creador, Manuel Salgado. El cerebro, Antonio Veradini, comandante de las milicias, estafador de oficio.
¿Procedimiento de trabajo? Una maravilla de ingenio. Veradini actuaría como Embajador, y un agente provocador selecto, antiguo miembro de un partido político de derechas, conocedor de las personas que podían tener interés en escapar de la Zona roja y tenían dinero para pagarlo, llevaba engañadas a las víctimas a la falsa Embajada. Cuando hubo un número adecuado, unos milicianos de la CNT sacaron a los engañados y les asesinaron sin más trámites.
Se saben los nombres de todos. Mejor dicho, sobre la Embajada siniestra no queda casi nada por saber, pero con lo que se sabe el equipo clásico del traidor y del cobarde, del asesino y el inocente, del ladrón y el verdugo… no faltarían ahora gente adecuada para la interpretación de tales papeles.
Al final se haría cargo de todo Ángel Pedrero, el antiguo lugarteniente de García Atadell, enseguida ascendiendo por Indalecio Prieto a Jefe del Servicio de Investigación Militar, el inolvidable, para tantos, «SIM».
Insisto: lea usted «Checas de Madrid», de Tomás Borrás. Le levantará ampollas como un cáustico, pero más vale quemarse a sabiendas que dejarse morir abrasado, en una lumbre encendida mientras el que va a ser quemado aplaude a los mismos que van a ponerle en la parrilla como a San Lorenzo.
