Invasión y destrucción de templos – Un baño de sangre – Los obispos, los pobres curas de pueblo, los frailes letrados, las monjas humildes, asesinados cruelmente – Los católicos, por el simple hecho de serlo, caza para la jauría
El Capítulo V tiene un título que para muchos clérigos ha de ser interesante: «Persecución religiosa». Para mejor entendernos, sigo enseguida la misma distribución de datos que hizo el redactor del informe de la «Causa general» que estoy extraсtando. Los titulillos, o ladillos, como decimos los periodistas, son de por sí explicativos sin necesidad de añadirles explicación alguna: a) asaltos a iglesias y conventos; b) detenciones y asesinatos; 1) obispos; 2) otros asesinatos; c) sacrilegios y profanaciones; d) destrucciones y saqueos; e) incautaciones…
La «Causa general» es clara: «En los primeros días que siguieron al 18 de julio de 1936 son invadidos por las turbas rojas todos los templos y conventos, tanto en Madrid como en su provincia у resto de la zona marxista…» Ya sé, lo he repetido antes, que es desagradable para muchas personas volver sobre esto, pero es necesario, porque no es una broma, sino que son hechos ocurridos de verdad, ayer como quién dice, con un baño d sangre que sería criminal esconder, como quién en vez de cambiarse de ropa y ponerse camisa limpia se empeña en disimular dando la vuelta al cuello para que no se vea la suciedad. Las camisas sucias no tienen otra solución que ser echadas a la lavadora. Ojalá y otras cosas pudieran lavarse con tanta facilidad.
Un caso entre tantísimo: en la carretera de El Pardo apareció el cadáver de don Anselmo Pascual, con un rótulo que decía «muerto por ser cura»; era un modo de justificar el asesinato, aunque luego se averiguaría que no sólo no era cura, sino hombre casado, sin más crimen que las dos mil y pico de pesetas que llevaba encima y que sus asesinos le quitaron sin mayores dudas. Quiero decir que no hacia falta estar ordenado para ser reo de muerte, sino que bastaba a veces tener cierto aire eclesiástico en la voz o el aspecto físico para ser asesinado. Dice la «Causa general»: «La consigna marxista de detener y asesinar a los ministros de la Religión católica fue cumplida con tal precisión que en la primera semana siguiente al 18 de julio caen por Dios y por España multitud de religiosos y todos los sacerdotes que a la sazón regentaban parroquias o ejercían su ministerio y que no pudieron ocultarse…»>El resumen es elocuente: «sucumben desde las altas personalidades eclesiásticas hasta los más humildes sacerdotes».
¿Obispos? Tome usted nota: el de Jaén, don Manuel Basulto Jiménez… ¿Le cuento cómo? Lea con calma: con su hermana, su vicario general de la diócesis y doscientas personas detenidas en Jaen y enviadas en un tren a la prisión de Alcalá de Henares, llegó el Obispo a las inmediaciones de Madrid, después de haber soportado durante el camino toda clase de burlas e insultos; en Villaverde pidieron los marxistas que les fueran entregados los presos para su ejecución inmediata, y como el jefe de la escolta pidiera instrucciones al Ministro de la Gobernación, éste le ordenó retirar las fuerzas de escolta y que los milicianos hicieran con los presos del tren lo que les diera la gana; desviado el convoy hasta el lugar que ya se llamaba «Pozo del Tío Raimundo», allí les fueron sacando por tandas y fusilándoles sin más trámites; Josefa Coso (a) «La Pecosa» se ofreció voluntaria para matar con su propia mano a la hermana del Obispo, única mujer de la triste expedición; esto está todo absolutamente probado, y ocurría a lo largo de la mañana del día 12 de agosto de 1936; por supuesto, acabada la matanza, los cadáveres fueron registrados y despоjados de todo lo que pudiera ser de algún valor; quién pudo se quedó con algo, pero la mayor parte de lo robado se entregó en el denominado «Comité de Sangre de Vallecas», cuyos dirigentes habían sido los instigadores de semejante crímen.
Otro Obispo: el de Lérida, R. P. Silvio Huix Miralpeix… En los primeros días se refugió en casa de una familia amiga, pero para evitarles posibles peligros decidió presentarse voluntariamente en un cuartel de la Guardia civil, para pedir protección, y de allí fue llevado a la cárcel. El 5 de agosto de 1936, se presentó en la prisión un sargento de Asalto, Venancio Crespo, con milicianos y guardias, con una orden para que le fueran entregados veintidos presos, entre ellos el Obispo, que serían trasladados a Barcelona; cuando pasaban por delante del cementerio, pararon el camión, echaron abajo a los detenidos y les fusilaron sin mayores problemas. Naturalmente, el Palacio episcopal ya había sido saqueado y maltratado. ¿Más obispos?: el de Segorbe, don Miguel Serra, muy anciano, fusilado por una patrulla de «Izquierda Republica», que se autodenominaba nada menos que «la desesperada», el día 9 de agosto de 1936, en la carretera de Algar, con otras personas seglares y religiosos, у por supuesto, cuando el Palacio episcopal había sido asaltado y la Catedral profanada, como otros templos de Segorbe; profanados y robados, claro.
¿Otro?: el de Teruel, Fray Anselmo Polanco. Prisionero del Ejército rojo cuando éste tomó la ciudad, fue llevado a la prisión de San Miguel de los Reyes, en Valencia, en enero de 1938, y más tarde, a Barcelona; cuando las tropas nacionales se acercaban a la Ciudad Condal, en enero de 1939, el Obispo empezó a peregrinar de cárcel en cárcel, más de una vez a pie; en la madrugada del 7 de febrero le sacaron de la prisión de Pont de Molins treinta milicianos y un teniente, con su inevitable Comisario político, a la vez que a todos los presos que procedían de Teruel; siguiendo la norma, le robaron cuanto tenían, le maniataron por parejas, les llevaron al barranco de Can Tretze, allí cerca, les fusilaron, rociaron los cadáveres con gasolina, les prendieron fuego y les abandonaron… Y así, señor mío, el de Barbastro, don Florencio Asensio; el de Tarragona, don Manuel Borrás; el de Barcelona, don Manuel Irurita; el de Cuenca, don Cruz Laplana; el de Guadix, el de Ciudad Real… Una nota al paso: «En la misma provincia de Ciudad Real fueron asesinados, además del Obispo y su capellán, ciento ochenta y ocho sacerdotes, seculares y regulares, novicios y colegiales, cuyos nombres constan…» Trece fueron los prelados que los rojos asesinaron, si contamos entre ellos a don Juan de Dios Ponce, administrador apostólico de Orihuela… ¿En los palacios episcopales de hoy no pasearán de noche nostálgicos los fantasmas de aquellos obispos?
Parece increíble, pero es cierto, señor mío: sólo en Madrid fueron asesinados noventa religiosos agustinos, y por supuesto están comprobados sus nombres y las circunstancias de la muerte de todos y cada uno de ellos; en El Escorial fueron asesinados cincuenta y tres agustinos; la misma suerte corrieron veinticinco dominicos en Madrid; infinidad de Hermanos de San Juan de Dios, jesuitas, monjas… Cada caso tiene material para una novela impresi nante: a unos les fusilaban sin más trámites, a otros les juzgaban sumariamente, a muchos le engañaban poniéndoles en libertad para que les mataran a la salida de la cárcel, a algunos les arrastraron a la zaga de un automóvil y les dejaron luego destrozados en mitad del campo, o incluso en las calles de un pueblo, alguna monja moría sólo porque se negaba a un ayuntamiento carnal con algún miliciano; el cura de Daimiel fue obligado a cavar su fosa y echado en ella todavía con vida, dejándole la cabeza fuera para destrozársela a patadas… Y por favor, señor mío, no se olvide de esto: «Acción Católica de España, Adoración Noсturna y otras entidades análogas, vieron asaltados y saqueados sus centros, y sus miembros fueron despiadadamente perseguidos». No, no son exageraciones, aunque lo parezcan. Todo está probado, todo ocurrió con los horrores que señalo y aún mayores, nadie quitará de los partidos y organizaciones implicados en la Revolución roja la sangre que derramaron lejos de los frentes de batalla, donde al menos se mata y se muere con dignidad.
Una abundante documentación gráfica, los pеriódicos, las revistas; usted puede encontrar todo en las heremotecas y las bibliotecas, aparte de tenerlo a mano en la «Causa general». Los milicianos revestidos con ornamentos sagrados haciendo burlas sacrílegas en los templos profanados; el Niño Jesús vestido de miliciano en la puerta de ‘la madrileña iglesia de San José; las Sagradas Formas pisoteadas; un vaso sagrado como vaso de agua para que se afeitara un miliciano mientras juzgaban ante el Comité de Sangre de El Pardo al párroco don Cipriano Martínez; parodias de la Santa Misa en San Juan… Todo y de todo, las mayores aberraciones, que parecen planeadas por locos furiosos. Templos destruidos, el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús atropellado, hogueras enormes alimentadas con imágenes de cristos, vírgenes y santos; las catedrales despojadas de sus riquezas artísticas; los monasterios arrasados; obras de incalculable valor, destruidas, robadas, desapаrecidas… No hubo en la historia de las persecuciones contra la Iglesia católica una tan feroz como la llevada a cabo en la Zona roja a partir de julio de 1936… Alguna vez me pregunto desolado, mientras escucho homilias y sermones, si será la propia Iglesia la que quiere que se olvide todo aquello, ahora, y desde hace ya muchos años, que los templos han sido reconstruidos y las catedrales ornamentadas y los palacios episcopales amueblados, y los templos de toda España han recuperado, a veces los auténticos si se llegaron a encontrar, a veces hechos de nuevo y expresamente, sus imágenes, sus ornamentos, sus riquezas… Para más detalles, véase la «Causa general». Es un drama con muchos actos y muchos personajes, pero si allí ha podido recogerse todo, hasta los menores detalles, en este pequeño libro, señor mío, apenas puedo darle pistas para que usted se asegure y se convenza si de verdad quiere saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Lea esto: «Todos los partidos políticos del Frente Popular se incautaron de los edificios pertenecientes a iglesias y conventos, que fueron destinados a muy diferentes fines, como checas, cárceles, casas de vicio, cuadras;, bodegas, garajes, almacenes, cinematógrafos…» Un ejemplo: en la iglesia madrileña de los Santos Justo y. Pastor instalaron los milicianos un almacen de vinos y su correspondiente taberna, y para ambientar el cuadro, en el altar mayor pusieron un gran retrato de Manuel Azaña. Margarita Nelken mitineó desde el púlpito de la iglesia de los Capuchinos. Miles de sacerdotes de todas las jerarquías y congregaciones fueron asesinados por los rojos. Hay material suficiente para sentir escalofríos. Siete mil novecientos treinta religioso entre obispos, sacerdotes, frailes… Son mucho, señor mío, para que se quiera en alguna parte decir que no fueron tantos, y que al fin y al cabo eran combatientes implícitos, por su sola condición sacerdotal. Si a usted le interesa mucho esta cuestión de la persecución religiosa en España durante la Guerra civil no le faltaran fuentes dignas de absoluto crédito. Para empezar, por ejemplo, vaya a buscar en la hemeroteca la colección de «Solidaridad Obrera» de Barcelona, y en el número del día 26 de julio de 1936 encontrará esta reconfortante noticia: «No queda ninguna iglesia ni convento en pie, pero apenas han sido suprimidos de la circulación un dos por ciento de los curas y monjas. La hidra religiosa no ha muerto. Conviene tener esto en cuenta y no perderlo de vista para ulteriores objetos». El 25 de mayo de 1937, firmado por el Secretario de la Federación Local de Sindicatos Unicos de Castellón de la Plana, en un oficio dirigido al Consejo Municipal de la Ciudad, a cuento del derribo de una iglesia, se dice de los templos todos que no son sino la «genuina representación de la ignorancia, del crimen, y de la prostitución de la Humanidad»; de las Ordenes religiosas, que se las podría llamar «ordas salvajes» (las faltas de ortografía y de mecanografía son tremendas en el escrito); el final es inefable: «Y sin nada más por hoy esperando sabréis interpretar lo elevado (el mecanógrafo esciribió «el» en un renglón y «evado» en el siguiente) fondo espiritual de este comunicado quedan vuestros incondicionalmente de la causa antifaxista (debieron confundirse con taxista)…»
Y para terminar éste capítulo quiero reproducir el texto de un artículo publicado en «Mundo Gráfico» de Madrid el 30 de diciembre de 1936. A confesión de parte es innecesario insistir en las pruebas. El trabajo está ilustrado con tres fotografías, de tres confesionarios en la calle. De uno dice el pie: «El confesionario que escuchó pecados en el templo sirve ahora de puesto de recaudación de donativos para los combatientes». Para las otras dos, un sólo pie dice: «En lugares tan madrileñísimos como la Glorieta de Bilbao y la Plaza de Olavide están ahora, abiertos a la generosidad de los transeúntes, estos confesonarios, que antes recogieron secretos en voz baja». Firmante: J. M. Arana. Texto, aquí lo tiene usted, señor mío:
«Los confesionarios en la calle.- De la penumbra del templo a la luz de las plazas más concurridas. Sobre la puerta del convento abandonado a la Revolución, un gran lienzo con los emblemas del Partido Comunista, y bajo ellos, una gigantesca imagen de Stalin, es lo único que señala que el edificio ya no es lo que fue. En el interior apenas si se ha realizado también alguna mudanza. El lugar ofrecía capaz acomodo, y hubiera sido tonto no utilizarlo para instalar alguno de los organismos al servicio de la Revolución -es la explicación que dan los responsables-. El partido Comunista, en la Revolución española, ha preferido, con el aleccionador ejemplo de Rusia por delante, mejor que destruir, aprovechar. No era contra el sujeto, sino contra su objeto, contra el que creían debían ir. Y así, mientras en el santuario, desalojados ya de sus ámbitos los ceremoniales del culto, constituían un centro de propaganda o un almacén de abastos, las residencias de los religiosos servían para hospital de combatientes, o escuela, laica, o guardería infantil. Lo que el enemigo abandonaba podía tener para nosotros una utilidad. Destruir un templo de costosa construcción para tener que edificar, luego, un grupo escolar con un coste de un millón de pesetas, y que acaso no reúna las condiciones de amplitud y salubridad del edificio destruido, no es hacer, sino dificultar, la Revolución. Porque la Revolución se hace resolviendo los problemas económicos que toda gran convulsión social plantea y destruir lo que puede servirnos después no es resolver problemas económicos, sino agravarlos -dice el Partido Comunista por la palabra de cada uno de sus miembros.
>>Para lo que sirve un confesionario.- Los bancos que servían de asiento a los concurrentes al templo sirven hoy para coger al auditorio en el Salón de conferencias de un Centro de cultura, o a los alumnos de un Instituto de enseñanza. Y las cocinas del convento, para un comedor popular. Y para algo revolucionario han servido también los confesonarios que Radio Chamberí del Partido Comunista sacó de las penumbras de la iglesia a toda la luz de las plazuelas más concurridas.
Antes, en el templo de Jesús, estos confesionarios fueron recipientes de pecados, casi todos ellos de sordidez. Ahora quisímos, aventando ya en medio de la calle el polvo de su antiguo destino, cambiarlos en recipientes de generosidad. Y ahí están, en la plazuela de Olavide, y en la Glorieta de Bilbao, convertidos en puestos de recaudación de donativos para los combatientes populares, a los que acude, con un ancho ademán de solidaridad, la mejor voluntad de la retaguardia -pondera el responsable de la Sección de Organización y Propaganda de aquel Radio.
>La recaudación en los confesonarios.- La iniciativa fue del Partido Comunista para todos los combatientes agrupados en el Frente Popular.
«Queríamos que en esas fechas que, sobre su significación religiosa, con una expresión aún más señalada y más sincera, tienen en el pueblo tradiciones de familia y de hogar, nuestros milicianos sintieran en torno cómo hasta las trincheras más avanzadas la gran familia social llevaba, con los víveres más escogidos, sensaciones de calor hogareño. Y para esto han servido los confesonarios, en los que, turnándose al cuidado de la cuestación, nuestras camaradas han recaudado cada día de quinientas a seiscientas pesetas.
Y aún podrán seguir sirviendo -¿para qué destruir?- para algo revolucionario.»
El artículo no tiene desperdicio.
Lo siento señor cura.
Lo mismo digo, señor Obispо.
En el tomo que estoy extractando viene, completando el «anexo V», una relación de sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas asesinados por los rojos en Barcelona. Son más de catorce páginas de letra menuda. Como los asesinados están relacionados por orden alfabético, no le será difícil a nadie encontrar a la víctima que busca. Quién sabe si al azar encuentre alguien su propio apellido, o los apellidos de otro alguien que ahora alborota marxistizando su entorno y su contorno.
Es injusto que se quiera minimizar en algunos sectores de la actual sociedad española el sacrificio de aquellos miles de personas entregadas al servicio de Dios y de la Iglesia, asesinados, a veces con crueldad y ferocidad increíbles, sólo porque eran sacerdotes o monjas o frailes. Es más que injusto, punible moralmente, que se quiera también minimizar la actividad criminal de quienes ordenaron tales asesinatos, o los consintieron, o los ejecutaron, queriendo hacer creer a las nuevas generaciones que se ha exagerado mucho, que no fue para tanto, que los comunistas o los socialistas o los republicаnos apenas tomaron parte en crímenes, que sólo realizaron milicianos incontrolados, y que las autoridades se ocuparon inmediatamente de reprimir todos los excesos…
Lo hecho, hecho quedó.
Y no hay quién lo tire abajo.
