La campaña de Marruecos marcó profundamente la trayectoria militar de Francisco Franco y contribuyó a forjar la imagen de un oficial que destacó por su capacidad de mando y su serenidad bajo el fuego enemigo. Entre los episodios más recordados figura la grave herida que sufrió en junio de 1916 durante un ataque en la zona de El Biutz, la única lesión de consideración que padeció a lo largo de su carrera militar.
El siguiente relato está extraído del libro Franco, mi padre, obra de los historiadores Jesús Palacios y Stanley G. Payne, basada en el testimonio de Carmen Franco, hija del protagonista. En este pasaje, Carmen reproduce cómo su padre le narró aquella jornada decisiva, combinando la crudeza del combate con la serenidad con la que afrontó una situación que pudo costarle la vida. Más allá del episodio militar, el texto también ofrece una visión de la concepción providencialista con la que, según su hija, Franco interpretaba el riesgo y el destino.
Respecto a la grave herida que sufrió a finales de junio de 1916 —la única en su carrera militar— dirigiendo un ataque de un tabor de Regulares contra las posiciones de los insurrectos marroquíes en la zona de El Biutz, Carmen recuerda cómo se lo contó su padre:
«Pues contaba que había tenido una suerte tremenda, porque en aquella época tener una perforación de estómago, que era lo que creía que tenía, era mortal, te morías. Estaba en Regulares todavía y siempre contaba que cuando le hirieron tenía un moro, un marroquí, que era su asistente. Asistente se llamaba en aquella época a una persona que tenías casi como un criado; que te traía la comida, que te cuidaba; y es a ese asistente al que le decía que él se encontraba bien con la herida, que no le dolía, que respiraba bien. Hacía un día precioso, un día con sol.
Pasaron los médicos y dijeron: “No, a éste no, que no se le lleve en camión a la retaguardia, porque éste está muerto. Tiene un tiro en el vientre”.
Mi padre entonces le dijo al moro que tenía que él no quería morir, no quería morir en un día tan bonito y que además no se encontraba como para morir. Y le dijo al moro:
“Toma mi fusil y ahora mismo encañonas a los sanitarios para que me metan en el camión”.
Y así fue; si no les dice eso, se muere allí desangrado. Los médicos le explicaron luego que tuvo mucha suerte. La herida la había recibido en inspiración y si tú estás aspirando, la bala te entra y no te roza el intestino. A mi padre le rozó un poquito el hígado, pero no le rozó el intestino. En aquella época, si te rozaba el intestino, te morías seguro. Tuvo suerte, tuvo baraka, como decían allí.»
Franco siempre se mostraría desafiante ante el peligro, ante el riesgo de morir en una acción de campaña. Carmen tiene su explicación:
«Era muy providencialista. Creía mucho en la Providencia y eso a lo mejor también le influyó en su paso por Marruecos. Era fatalista, o sea, creía que tú tienes que poner todos los medios para que una desgracia no ocurra, pero si ocurre, no puedes hacer nada».
Este pasaje constituye un testimonio de interés histórico porque recoge el recuerdo transmitido por Carmen Franco sobre uno de los momentos más críticos de la vida militar de su padre. La narración combina el dramatismo del combate con la explicación de cómo una serie de circunstancias, unidas a una rápida evacuación, hicieron posible su supervivencia cuando las heridas abdominales solían ser mortales.
Asimismo, el texto aporta una dimensión personal al describir la actitud que, según Carmen Franco, caracterizó a su padre durante toda su carrera: una mezcla de determinación, serenidad ante el peligro y una profunda confianza en la Providencia. En ese sentido, el relato no solo documenta un episodio de la campaña de Marruecos, sino que también ofrece una perspectiva sobre la forma en que el propio protagonista interpretaba el riesgo, el deber y el destino, aspectos que formarían parte de la imagen que proyectó a lo largo de su trayectoria histórica.
