El 20 de noviembre de 1975, en el número extraordinario que sacó ABC, con ocasión de la muerte de Franco, se publicó el siguiente editorial, que encaja perfectamente a estos años a que nos referimos de la vida espiritual de Franco:
«Una cosa es cierta, sin el menor género de dudas: el amor profundísimo de Franco a España, su patriotismo sin un minuto de flaqueza; su enamoramiento de la Patria, su incondicional entrega al servicio del pueblo español.
En este sentido quizá cabría decir que desde la primera juventud sintió el futuro de nuestro país como una esperanza inmarcesible. Creció y se formó en la oposición al pesimismo crítico de la llamada Generación del 98, de la que en muchos órdenes del pensamiento no se entendían exactamente por aquel tiempo de la niñez y de la juventud de Franco, ni el alcance de la doctrina, ni la hondura de los propósitos.
Resonaban voces lúgubres acerca de la decadencia y derrota de España en sí misma y ante los ojos del mundo; y a tales clamores contestaba una parte de la opinión pública afirmando resueltamente, y si se quiere heroicamente, la certidumbre de una nueva plenitud, siempre que se acometiera con seriedad y con energía la reforma de las instituciones y las renovaciones de los métodos de gobierno.
Importa, ante todo, restaurar el prestigio de las Armas, evidentemente erosionado, como consecuencia de los dolorosos acontecimientos de Cuba, Filipinas y Puerto Rico. En fin de cuentas, la responsabilidad del desastre ultramarino debía recaer sobre toda una política, y no sólo sobre las Fuerzas Armadas, que habían sido ejemplo de sacrificio y derramado generosamente su sangre en un holocausto inútil.
En nombre de estos ideales, Franco se sintió atraído por las tesis que defendían ciertos doctrinarios propagandistas del tradicionalismo español, con Vázquez de Mella a la cabeza y andando los años acogería complacido las ideas nacionalistas de Ramiro de Maeztu y llegaría a sentir como suyos algunos de los esquemas nacionales de la Falange Española.
Tanto más esto último cuanto que el falangismo de José Antonio Primo de Rivera planteaba a la España conservadora la exigencia de una audaz política social, y ello se acordaba bien con las convicciones de una generación de militares jóvenes.
A este tipo de inquietudes y de anhelos sirvió Franco desde sus años de mocedad, poniendo en juego su coraje, sus excepcionales dotes para el mando que, andando el tiempo, habrían de superar pruebas excepcionalmente difíciles.
La obra que deja en su estela es muy importante. La tarea que ha cumplido en el servicio de España, incalculable.
En el balance de aciertos y errores que ofrece, inevitablemente, toda existencia humana, el caudal positivo del Gobierno personal de Franco es tan abundante que, a nuestro juicio, prevalecerá históricamente y consagrará, palabra, de los más revolucionarios en la Historia moderna de España».
