La figura de Francisco Franco ha sido objeto de numerosas interpretaciones y valoraciones a lo largo del tiempo. Sin embargo, junto a su dimensión política y militar, también existen numerosos testimonios de personas que trataron directamente con él y que se refirieron a aspectos de su carácter y de su vida cotidiana.
El texto que presentamos reúne testimonios centrados especialmente en cinco cualidades: sencillez, humildad, austeridad, prudencia y serenidad. Personas de distintos ámbitos describen, desde su propia experiencia, una imagen de Franco alejada de la solemnidad asociada habitualmente a su posición y destacan su trato personal, sus hábitos de vida y su manera de ejercer la autoridad.
Las referencias recogidas ofrecen así una perspectiva concreta sobre la personalidad de Franco, basada en testimonios de quienes fueron colaboradores, interlocutores o personas próximas a él. El propósito del texto es presentar esas apreciaciones y dejar al lector la valoración de las mismas.
Impresiona ver estas tres virtudes en un hombre que estuvo cerca de cuarenta años en la cúspide del poder de su Patria. También antes, como militar, tuvo que ejercer el mando, desde su juventud. Y aún impresiona más el número de veces que consignan esto sus inmediatos colaboradores y personas que trataron con él. En el nuevo Misal promulgado por Paulo VI se han suprimido en los santos que ejercieron el poder temporal, las expresiones que antes miraban a la suprema autoridad del estado, para poner la mente en el cuidado, preocupación y humildad en el ejercicio del poder. Así, por ejemplo, en la oración de San Enrique, emperador, se dice que movido por la gracia divina lo llevó a la contemplación de las cosas eternas «desde las preocupaciones del gobierno temporal»; en la oración de San Luis, rey de Francia, se recuerdan sus afanes del gobierno temporal; San Fernando es considerado como defensor de la Iglesia en la tierra.
Don José Antonio Girón Velasco dice que Franco era «sencillo, afable y austero»; Don José Luis Arrese atestigua que la visión que tuvo de Franco es magnífica también «por la austera norma de su vida franciscana»; Don Mariano Navarro Rubio afirma que Franco «era bueno, sencillo, humilde» y que se pueden contar anécdotas a centenares que dejarían atónitos a los que tienen formado de él un juicio congruente con su aspecto político, porque por encima de su figura política sobresalía su natural modesto.
Subraya la sobriedad de Franco para con los gastos ordinarios y su largueza para con los de inversión y añade que «su sobriedad personal no cubría siquiera los límites de las exigencias normales»; Don José María Oriol y Urquijo siempre lo encontró «afable, sencillo y extraordinariamente considerado con sus interlocutores»; Don Laureano López Rodó afirma que «desde el primer contacto con él se producía una impresión de llaneza, bien distinta de la supuesta imagen de hombre autoritario; por el contrario era abierto y practicaba constantemente la autocrítica»; Don Juan Castañón de Mena piensa que no es muy conocida la imagen de Franco como hombre con gran espíritu de humildad y sin embargo lo tenía; sencillo lo ve también el señor Garicano Goñi; Don Enrique Fontana Codina hace un estudio acabadísimo sobre la humildad, sencillez y austeridad de Franco: jamás aparecía ni semejaba a un Caudillo, ni los gestos ni el aspecto ocasionaban arrebato o entusiasmo, ni se producía la magnificación del pensamiento ni nada contribuía a provocar la lejanía, la exaltación heroica, el halo lumínico que rodeaba siempre a un Caudillo; piensa que el propio Franco era el que «apagaba los focos», rebajaba las tensiones y se ofrecía en discreta y humana naturalidad, no obstante ser el Jefe del Estado; Don Licinio de la Fuente asegura que Franco nunca tuvo pretensiones de brillantez; Don Vicente Mortes recuerda que la dotación de El Pardo era realmente increíble y respondía, sin duda, al concepto de austeridad que tenía el general Franco; cuando los ministros querían hablar por teléfono había que utilizar el de los ayudantes, el personal civil estaba constituido por el taquígrafo-mecanográfico, señor Lozano Sevilla, y su máquina de escribir era una Underwood casi prehistórica; lo mismo atestigua Utrera Molina y Fernández Sordo que siempre admiró la figura sencilla, «ejemplarmente sencilla» de Franco.
PRUDENCIA, SERENIDAD, MODERACIÓN
Tres virtudes que han de regir toda la vida de un buen gobernante. Son muchos los que han comprobado estas virtudes en Franco. He aquí unos testimonios que lo acreditan:
González-Bueno dice que en ninguna ocasión vio a Franco de mal humor, ni excitado, sino con gran tranquilidad que inspiraba confianza; González Gallarza puntualiza que su tranquilidad llegaba casi a la impavidez; «de una excepcional serenidad», lo califica Girón; Rein Segura afirma que esa serenidad se manifestaba hasta en los momentos más críticos; «escuchaba con paciencia, no se irritaba prácticamente nunca y no le gustaba imponer sus criterios personales», asegura López Bravo, y añade que cuando en los Consejos de Ministros aparecían opiniones divergentes, esperaba con gran paciencia hasta que se produjera la unidad y podía lograrse una fórmula aceptable por todos. Su prudencia era proverbial en las muchas cuestiones espinosas que, naturalmente, aparecen en el gobierno de una nación.
Cuando en cuestiones internacionales algunos sugerían medidas duras, Franco lo rechazaba prudentemente, si así lo exigía la cuestión como, por ejemplo, en el caso de Gibraltar, y cuando se le dijo que un destacado personaje británico había dicho que Inglaterra no entregaría jamás Gibraltar a Franco, la reacción de éste no se hizo esperar: «tómenle la palabra y que sirva para que cuando no viva yo, lo entreguen», cosa que no ha sucedido, y lo mismo con respecto a la cuestión terrorista, antes al contrario, se han complicado más las cosas. Don Juan Castañón de Mena ha manifestado que Franco, «como prudente, escuchaba, ponderaba y decidía en el momento precisos. En unos casos, lo prudente fue esperar; en otros, actuar rápidamente», pues prudencia y audacia no son incompatibles.
Lo mismo afirma don Julio Salvador y Díaz-Benjumea, que piensa que lo que verdaderamente contribuyó a sus éxitos políticos fue su eximia prudencia. García-Ramal admira en Franco su saber estar y saber decir en cada momento lo exacto, su prudente consejo, su ejemplar serenidad y buen juicio, su manera de distribuir la prudencia en cuestiones muy diversas y difíciles. Don Luis Rodríguez Miguel cree que su prudencia era casi instintiva. Son muchos los casos que se citan, sobre todo el referente a Hitler, de tal modo que pudo mantener a España libre de la guerra mundial y negar el paso por el territorio español de las tropas del Eje. Lo mismo hay que decir de su actuación después de la guerra mundial, por la difícil e injusta determinación de los vencedores.
