1.
La ayuda prestada inicialmente por Alemania e Italia —que se redujo a permitir la venta de cierto material de guerra o de transporte, cosa que los Gobiernos han hecho, y siguen haciendo del modo más natural en toda clase de conflictos intestinos— permitió, sin duda, establecer el puente aéreo entre Marruecos y la Península, invirtiendo la iniciativa en las operaciones. Así como en el exterior este hecho fue utilizado por la propaganda adversa para presentar los sucesos españoles como una acción a distancia de los regímenes totalitarios, en el interior también incrementaba el riesgo de que los sectores políticos más afines al fascismo y al nacional-socialismo incrementasen su influencia. Brotaron, en consecuencia, algunas moderadas tensiones entre los diversos sectores —falangismo, tradicionalismo, derecha nacional— que se habían sumado con entusiasmo al Alzamiento. Esto significaba un peligro para los nacionales, tanto más grave cuanto que la autonomía de los diversos grupos estaba permitiendo actos de represalia que entenebrecían la imagen del movimiento nacional. Franco había tenido que destituir fulminantemente al comandante militar de Larache por esta causa.
Desde principios de agosto comenzaron a multiplicarse las voces que reclamaban la unidad de mando; ahora ya no se referían sólo a la dirección de las operaciones militares, como algunos autores después han pretendido, sino también a las decisiones políticas profundas que tenían que ser adoptadas. La obra fundamental de Franco será precisamente la de haber logrado que en torno a su persona se hiciese la unidad, frenando poco a poco los ímpetus. En torno a su persona pero también en torno a un principio básico de acomodación a la doctrina cristiana, que fue formulado el 6 de agosto de 1936, por dos obispos a los que se suele presentar como nada entusiastas del Movimiento: Marcelino Olaechea, que lo era de Pamplona, y Mateo Múgica, prelado de Vitoria, que era entonces la única diócesis vascongada.
2.
En la redacción de esta carta intervino, sin duda alguna, el cardenal primado Isidoro Gomá, arzobispo de Toledo, a quien el Alzamiento sorprendió en unas cortas vacaciones en Tarazona, circunstancia que probablemente le salvó la vida. A falta de relaciones diplomáticas normales entre la Junta de Defensa y el Vaticano, el primado hubo de asumir el papel de portavoz y presidente de la Iglesia española estableciendo un hilo de comunicación directo con el Secretario de Estado, el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío XII. En la carta de 6 de agosto de 1936, dirigida a los fieles de la diócesis vasca que habían permanecido al otro lado de la línea de fuego, se les recordaba la imposibilidad de colaborar con un Gobierno que se había declarado enemigo absoluto de la religión. En Bilbao se dijo que la carta era falsificada. Pero entonces Múgica se acercó a los micrófonos de Radio Vitoria para repetir, en términos muy contundentes, esta expresión: «Nos, con la autoridad de que nos hallamos investidos, en la forma categórica de un precepto que deriva de la doctrina clara e ineludible de la Iglesia, os decimos: Non licet». No es lícito, de ninguna manera, ayudar a los enemigos de Dios.
El 13 de agosto de 1936 Gomá envió a Roma su primer informe. La elección de campo por parte de la Iglesia no ofrecía al cardenal ninguna duda. De no haberse producido el Alzamiento nacional se hubiera implantado en España la dictadura comunista; aun ahora la victoria del Frente Popular conduciría inevitablemente al mismo resultado. La Iglesia no está en condiciones de elegir: ha sido aplastada, suprimida y martirizada en uno de los dos campos y no se sostiene más que en el otro, donde se le ofrecen garantías de respeto y libertad.
En el momento de redactar este informe, el cardenal primado no había establecido aún ningún contacto oficial ni con la Junta de Defensa ni con el general Franco, que es todavía para él una figura lejana que dirige la guerra en el frente sur; sus relaciones estaban reducidas a las de los medios tradicionalistas de Pamplona, adonde había llegado en busca de refugio. Lejos de todo entusiasmo, el informe refleja las grandes preocupaciones que llenan su mente: ante todo por la actitud de los católicos vascos que están ayudando a la victoria de una causa que, si triunfase, les impondría el abandono de su fe; después, por la ingente tarea que aguarda a la Iglesia española para reconstruir el catolicismo español tras un quinquenio de destrucciones y persecución; finalmente por la tenue amenaza, que no se le oculta, de contagios con movimientos europeos. Hay, dentro del bando nacional, un sector que preconiza y defiende el laicismo del Estado; «falta ver el alcance que se dará a esta proposición».
3.
Franco era un católico sincero, practicante devoto, aunque hubiese eludido siempre alardear de esta condición. Años después de su muerte, los ministros que con él colaboraron, desde diversas tendencias, han coincidido sin embargo en señalar que su preocupación fundamental se hallaba siempre en sopesar los aspectos morales de cada problema. Sentía un profundo amor por la imagen histórica de España, y esto le movía a identificar su obra con el restablecimiento de los principios básicos que, durante siglos, la llenaran de contenido. Era la antítesis de Manuel Azaña en el sentido de que pretendía, precisamente, que España nunca «dejara de ser católica», acomodándose en sus leyes a los ejes morales de la religión cristiana. Objetivo éste que posee una lógica interna muy clara, pero que resultaba excesivo e intolerable para los agnósticos, masones, marxistas y jacobinos para quienes el catolicismo era, precisamente, el gran obstáculo.
Esto no significa, en modo alguno, que Franco haya albergado el pensamiento de un retorno a cualquier situación pasada: es curioso que en ninguna de sus intervenciones, orales o escritas, haya utilizado la palabra restauración. En sus primeras declaraciones a O Seculo de Lisboa y al World Telegraph —el Generalísimo puso exquisito cuidado en evitar los diarios alemanes— anunciaba, ya en agosto de 1936 que, partiendo del hecho comprobado de la desaparición del Estado no había otro medio de iniciar su reconstrucción que la dictadura militar, la cual debería ser de corta duración, teniendo como tarea fundamental la de agrupar a personas relevantes, dotadas de la adecuada preparación técnica y capacidad política para ejercer el gobierno. Pero aclaraba a este respecto que «la administración quedará a cargo de elementos técnicos y no políticos, ya que intentamos, y lo conseguiremos, transformar por completo la estructura de España», evitando la lucha de clases. Durante algunos años, concluía, no deberán celebrarse plebiscitos: hay que apagar la inquietud política de los españoles para evitar que los sufragios se produzcan por motivaciones puramente emocionales.
