Entre el personal que dependía directamente del Consejo de las Obras del Monumento Nacional del Valle de los Caídos existía una elevada proporción de empleados que habían llegado allí para redimir sus condenas por el trabajo en el Valle. Sí, hubo presos que pasaron a depender directamente del Patrimonio Nacional con todas las ventajas que esto suponía, lo que demuestra que la equiparación entre trabajadores libres y penados se dio allí a todos los niveles.
Al examinar las nóminas que debía pagar el Consejo, comencé a reconocer los nombres de algunos presos de los que ya tenía referencias. Al principio era uno solo por lo que lo consideré un caso aislado, un afortunado que por algún motivo había llegado a gozar de tales privilegios, pero poco después – al ir conociendo la historia del Valle más profundamente – fui «localizando» con sorpresa más. En éste último apartado de mi comunicación hablaré de ellos : Don Angel Lausín, Don Luis Orejas, Don Gonzalo de Córdoba y – el caso mas significativo – Justo «el Matacuras».
A los tres primeros les entrevistó Daniel Sueiro para incluir sus testimonios en su citada obra sobre el Valle de los Caídos.
– Don Gonzalo de Córdoba había sido comandante de Infantería del Ejército Republicano y tenía 30 años al inicio de la Guerra Civil que pasó en el frente de Guadarrama. Al finalizar la misma fue juzgado y condenado a muerte. Conmutada la pena por la de 30 años de prisión había cumplido una mínima parte cuando se le propuso acogerse al sistema de redención de penas. Estaba en aquel momento en la cárcel de Carabanchel. Allí fue contratado por la empresa San Román y cuando llegó a Cuelgamuros se encontró con que ya vivían allí unas 20 familias.
Inmediatamente, al saber que era maestro nacional, se le propuso que ejerciera su oficio dando clase a los niños que vivían allí. Al principio eran hijos de capataces, funcionarios de prisiones o personal técnico a los que muy pronto se unirían los hijos de los trabajadores, incluidos los de los presos. Entre éstos últimos estaban sus propios hijos, los de Dr. Lausín y los del practicante Orejas. Llegó a tener alrededor de 60 alumnos, número muy superior al de muchas escuelas rurales de su época. De allí saldrían universitarios como sus propios hijos o los de Lausín.
Al acabar las obras fue readmitido en el escalafón y pasó a ser maestro en Canillejas
– Don Angel Lausín era médico antes de la Guerra. Juzgado y sentenciado, se apresuró a solicitar su traslado al Valle como prueba el hecho de que ya en 1940 estaba allí. El arquitecto D.Pedro Muguruza gestionó que se le pusiera al frente de la enfermería desde el mismo momento de su llegada. Tenía 33 años. Allí trasladó a su familia cuando consiguió que se le concediese una vivienda digna, la que había dejado libre uno de los ingenieros que trabajaron en las obras. Al terminar éstas, Lausín consiguió una plaza en el ambulatorio de San Blas, precisamente el barrio madrileño donde tantos antiguos presos habían acabado viviendo por las razones que hemos visto.
– Don Luis Orejas era, antes de la Guerra un estudiante de Medicina afiliado a la UGT de Madrid donde trabajó en hospitales de sangre durante la misma.
Fue juzgado y condenado a 9 años de prisión. Coincidió con el doctor Lausín en la cárcel de Yeserías y, como él, solicitó inmediatamente su traslado al Valle de los Caídos donde trabajó como practicante en la misma enfermería
que dirigía Lausín. Gracias al sistema de redención de penas muy pronto cumpliría su condena, solicitando y obteniendo permanecer en la misma enfermería, ya libre, durante muchos años realizando el mismo trabajo que
había realizado desde su llegada.
También como el doctor, solicitó – y se le concedió – instalar allí a su mujer. En el Valle de los Caídos nacieron sus cuatro hijos que empezarían a estudiar el Bachillerato con D. Gonzalo de Córdoba.
Terminaría su carrera profesional como practicante en el servicio de urgencias del madrileño Hospital de la Paz
– Justo » el Matacuras» es un caso especialmente representativo de cómo un preso político – que había llegado a serlo con todos los agravantes – podía llegar a alcanzar una vida no digo solamente normal, sino incluso mejor que
la previsiblemente le aguardaba antes de la Guerra en su lugar de origen.
Natural de Valdepeñas, allí en su pueblo y otros cercanos, había asesinado, en el verano de 1936 a cinco sacerdotes – solamente en la provincia de Ciudad Real fueron asesinados 188 clérigos, incluido el Obispo de la Diócesis, durante la dominación roja – y dos guardias civiles, aunque solamente se le juzgó por tres de sus crímenes con el resultado de ser condenado a muerte y posteriormente, como en tantos otros casos, tras la conmutación de su condena, a 30 años de prisión que también él solicitó cumplir en el Valle por obvias razones.
A su llegada allí, trabajó en cocinas para ocuparse posteriormente del economato y terminar – él, el mismísimo » Matacuras» – nada menos que como portero de la Abadía con acceso directo, en su calidad de clavero, a todas las dependencias de la misma. Alguien que le trató asiduamente fue D. José Alburquerque a quien entrevisté en su domicilio madrileño en Diciembre de 2005. A principios de los cincuenta subía con sus tíos, Pedro y Latino Dueñas, desde Peguerinos para surtir a las cocinas del poblado obrero de carne de vacuno y cordero. Su tío Pedro llegó a hacerse amigo del » Matacuras» cuando éste trabajaba en cocinas y les convidaba a comer con él fritos de cordero.
Cuando le hicieron portero – según parece por recomendación del arquitecto Diego Méndez que le favoreció cuanto pudo – les enseñó todo el interior de la Abadía antes de la llegada de los benedictinos.
En Noviembre de 2003 los monjes fundadores, venidos de Silos, aún le recordaban perfectamente y contaban anécdotas sobre él reveladoras de una personalidad cuando menos desconcertante para los que no le conocimos. Como la conversación «intrascendente» que mantenía cierto día con uno de aquellos primeros monjes en la que le preguntó, inopinadamente, si conocía el origen de su sobrenombre para contarle a continuación (y no se estaba confesando, por supuesto) que la causa era el haber matado a 5 curas durante la Guerra. Después continuó la charla tranquilamente sin que el perplejo religioso le pidiera ninguna aclaración adicional.
Tenía la costumbre Justo » el Matacuras» de, tras saludar respetuosamente a los monjes, cuando creía que nadie le veía, hacerles con el dedo índice el gesto inequívoco, en cualquier latitud, de ir a cortarles el cuello. ¿ Humor negro y
macabro o reminiscencias atávicas de su pasado » miliciano» ¿. En cualquier caso parece que a nadie, en la comunidad benedictina ni fuera de ella, le inquietaba lo más mínimo lo que no deja de ser sorprendente viniendo el gesto de quien venía.
Sueiro al transcribir el testimonio de Fray Justo Pérez de Urbel recoge una anécdota muy característica del «Matacuras» – aunque se guarde mucho de darle éste sobrenombre, lo que bien pudo obedecer a omisión caritativa de Fray Justo – cuando relata la reacción de Justo cuando, sospechoso de un robo ocurrido en la Abadía, replicó indignado que él era capaz de matar a 7 curas y 7 guardias civiles pero » robar… eso nunca» ¡ Peculiar escala de valores la de aquel hombre
Lo que me parece destacable es que, en el Valle de los Caídos, un antiguo miliciano, asesino de curas y guardias civiles, podía llegar a depender del Patrimonio Nacional y bendecir el nombre de Franco (según el testimonio de Fray
Justo) cuando a Valdepeñas, su pueblo, no podía ni pensar en volver por miedo a las represalias que pudiera sufrir por su actuación durante el sangriento verano del 36.
De los tres primeros presos citados se conserva, naturalmente, muy abundante documentación en el Archivo del Palacio Real.
Allí están las nóminas que el Consejo de las Obras del Monumento a los Caídos pagaba en aquellos años , divididas siempre en tres apartados : Gerencia, Oficina Técnica y Personal Diverso. En éste último aparecen invariablemente
D.Gonzalo de Córdoba, D. Angel Lausín y D.Luis Orejas con los recibos firmados de sus mensualidades, pagas extraordinarias de Navidad y del 18 de Julio y su plus de cargas familiares.
Así, por poner un ejemplo, en Marzo de 1951 por dicha mensualidad, Córdoba percibía 1.449 pesetas con 60 céntimos ; Lausín, 1.581 ptas. con 60 céntimos y Orejas 1.305. Si examinamos en la misma nómina el apartado de la Oficina Técnica comprobamos que ese mismo mes en arquitecto Sr. Arellano cobraba 1.938 pesetas y el delineante Sr. Haro, 1.430 con 70 céntimos. Es decir que el arquitecto cobraba más que los tres antiguos presos aunque la diferencia no era grande si se tiene en cuenta el puesto que uno y otro desempeñaban en las obras, pero, en cambio, el delineante cobraba 125 pesetas más que Orejas, pero tanto Córdoba como Lausín ganaban más que él.
En Julio de ese mismo año D. Gonzalo de Córdoba percibía un plus de 400 pesetas por cargas familiares y un complemento ( el 31 de ese mismo mes) de 960 pesetas.
Al maestro le correspondían 8 puntos por esposa y tres hijos, algo menos que a Orejas que era ya padre de 4 hijos. Además de éste cobraban otro plus de » carestía de vida «.
Al terminar el año, el 10 de Diciembre, » según lo dispuesto por el Ministerio de Trabajo «, cobraban la paga extraordinaria de Navidad que era ya el equivalente a una mensualidad completa.
En el caso del Dr. Lausín, a su nómina había que añadirle lo que ganaba por los seguros de enfermedad y accidentes que cubrían a todos los trabajadores del Valle.
A través de las obras del Valle, podemos seguir los cambios que, en materia laboral, introducía la legislación franquista en aquellos años, lo que desde luego excede ampliamente mi propósito.
No es posible – ni lógico – añadir más información sobre ésta cuestión en una comunicación como ésta, por lo que he tenido que elegir solamente algunos datos representativos de lo que cualquier investigador podrá confirmar : cuanto más se profundiza en el estudio histórico del Valle de los Caídos más sorprendente resulta la distancia entra la verdad y la burda deformación de que ha sido objeto, practicada con una absoluta falta de rigor o incluso de respeto hacia el público al que se dirige al que se pretende engañar intencionadamente con la mayor desfachatez.
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