Franco en el Valle de los Caídos
El hablar de memoria histórica referida a la Guerra Civil, evoca para muchos españoles la nítida imagen del Valle de los Caídos. Por eso, y por todo lo que significa, se encuentra en el punto de mira de algunos políticos de la izquierda que, durante la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, han establecido como una de sus prioridades la «recuperación» de lo que han dado en llamar La memoria histórica en una más que sospechosa campaña que supuestamente trata de recuperar no la memoria común de todo los españoles – caso de que fuera necesario – sino más exactamente la de uno de los dos bandos enfrentados en la Guerra : el republicano por supuesto. No se trata, desde luego, de fijar la memoria colectiva de los españoles en relación con aquel dramático episodio sino de fabricar un producto artificial susceptible de ser utilizado como arma arrojadiza contra los adversarios políticos.
Peligroso propósito que nos sugiere una realidad amenazante ; que, para algunos representantes de la clase política, la Guerra Civil sigue vigente y los españoles, por tanto, divididos en aquellos dos mismos bandos que entonces se enfrentaron a muerte o, cuando menos, que aquel enfrentamiento atroz, concluido hace ya 69 años, puede utilizarse aún con fines políticos.
Porque cabe preguntarse a qué viene ahora ésta campaña cuando apenas quedan supervivientes que tomaran parte en la contienda y la sociedad española hace ya muchas décadas había optado por una convivencia pacífica, sin rencores. Como muy tarde desde la Transición Democrática cuando así lo acordaron los partidos mayoritarios haciéndose eco de la voluntad popular. Desde entonces habían transcurrido 30 años y el PSOE había gobernado España durante décadas sin mostrar la menor intención de promover la supuesta » recuperación » cuando, recién llegado al poder, Zapatero decide, con carácter de urgencia, preparar su polémica campaña, a la que, súbitamente, y de manera sorprendente – y sospechosa – viene a sumarse el juez Garzón.
Para entender el porqué analicemos, ante todo, quienes son sus promotores : el sector más retrógrado del PSOE – que controla el aparato del Partido y gobierna España desde 2004 – y los diputados de Ezquerra Republicana de Cataluña, un partido antañón, separatista y que – gracias a nuestro sistema electoral – goza de una desproporcionada representación en el Parlamento español.
Se trata de una coalición de marxistas ( aunque no se reconocen como tales ), teñidos de New Age y nacionalistas catalanes de inspiración jacobina. En la filiación masónica de algunos de los principales jefes de ésta coalición podemos
encontrar una de las claves para entender su beligerancia no solamente contra la Iglesia sino contra el Cristianismo, que pretenden borrar – como si ello fuera posible – de nuestra sociedad. El símbolo visible de la religión que obstaculiza sus fines de control absoluto de la vida nacional es la Santa Cruz. La misma que identifica y preside el monumento que se levantó en Cuelgamuros para – entre otras cosas – enterrar a los muertos de las dos Españas. Los de todos. Los de la auténtica memoria histórica.
Esa grandiosa Cruz, visible desde Madrid es, seguramente, uno de los motivos del rechazo que sienten hacia todo aquel conjunto monumental.
