En el día 26 de marzo de 1939 las tropas rojas sabían que la ofensiva del Ejército Nacional era inminente, no ignorando que ante su empuje arrollador nada podían hacer y que la resistencia que opusieran se traduciría en una cantidad considerable de bajas, por lo que los jefes y oficiales abandonaron los frentes y muchos de los soldados huyeron en busca de sus hogares.
En la tarde del 27, el coronel Adolfo Prada, informó a Segismundo Casado López, jefe del Ejército del Centro, que algunas unidades se pasaban al enemigo en la Casa de Campo y en la Ciudad Universitaria. También fue informado por el teniente coronel Zuleta, que algunos de sus batallones estaban en terreno de nadie, confraternizando con los nacionales, con guitarras, botas de vino, bailes y canciones. Los soldados “habían hecho la paz”.
A última hora del día 27, todas las fuerzas de los Cuerpos del Ejército I, II y III habían abandonado el frente, quedando solamente los Estados Mayores. En la mañana del 28 todos los del Consejo Nacional de Defensa se trasladaron a Valencia, excepto Julián Besteiro.
El general Miaja ya se había trasladado anteriormente a la capital levantina en avión, haciéndolo también Casado en un avión Douglas, regalo personal que habían hecho al Jefe del Ejército del Centro los norteamericanos simpatizantes de los rojos.
La conquista más buscada de toda la guerra civil
En su libro «Cinco historias de la República y de la guerra«, Palacio Atard describe como Madrid se entregó a las tropas de Franco, en unas horas y sin lucha, el 28 de marzo de 1939.
“La ofensiva final se puso en marcha la madrugada del día 26 de marzo de 1939 en los frentes señalados al efecto. Pero esta vez ocurrió un hecho insólito: esta vez la ofensiva no buscó beneficiarse del factor sorpresa, porque dos horas antes se anunciaba por radio al mando enemigo, al mismo tiempo que se comunicaban a las filas adversarias las instrucciones para que las unidades en línea se entregaran sin resistencia y en orden. Las cosas ocurrieron de este modo en Madrid y prácticamente en todos los frentes. Una cesación total de la voluntad de lucha, una entrega incondicional efectiva de las unidades del ejército vencido, que no se atuvo a ninguna capitulación formal ni a la firma de ningún acuerdo. Madrid y toda la zona republicana conocieron este final súbito, pero no inesperado, de la contienda. El acta de capitulación espontánea, no escrita en ningún documento, pero suscrita por el unánime deseo de quienes se negaban a prolongar una lucha ya imposible de sostener con un mínimo de esperanza.
La principal misión de la «quinta columna» de Madrid, como las organizaciones análogas en otras ciudades, además de los servicios de información militar y de asistencia o socorro a los presos, perseguidos y personas adictas, en general, fue la previsión de la anarquía final. Se contaba en Madrid con once banderas de la Falange clandestina y cierto número de agentes de la autoridad comprometidos. El 28 de marzo de 1939 llegaba la hora triunfal de la «quinta columna». Desde la tarde anterior las tropas republicanas de la Ciudad Universitaria y de la Casa de Campo se pasaban a las filas contrarias o confraternizaban con el hasta entonces enemigo. Antes de que la ciudad fuera ocupada militarmente, la «quinta columna» se adueñaba de la calle, tomaba los edificios públicos y daba protección a los servicios de gas, agua, electricidad y transportes urbanos, cuyo funcionamiento quedó de este modo garantizado. El último director del diario El Socialista, Ferrándiz Alborz, cuenta cómo mediada la mañana del día 28 abandonó la redacción justo en el momento en que unos muchachos armados de la «quinta columna» tomaban el edificio. Desde las primeras horas de ese día Madrid aparecía engalanado con colgaduras y banderas para recibir a los vencedores, ya fuera a impulso del entusiasmo de unos o del temor de otros. Era la hora de la paz, de la resurrección de quienes habían sobrevivido en las catacumbas, de la reconstrucción necesaria, quizá también la hora de los rencores y de las venganzas de quienes habían soportado persecución y humillaciones, y no tenían grandeza de ánimo para perdonar”.
Resumen del final del asedio a Madrid
En la noche del día 27 de marzo de 1939, los nacionales entraron en la Ciudad Universitaria, donde se les rindieron más de 2.000 republicanos. El día 28, según el libro «Historia militar de la guerra de España» de Manuel Aznar, “la 16ª división recibe orden de entrar en Madrid. A las 11 de la mañana los primeros elementos que guarnecían la Ciudad Universitaria desembocan en las calles del barrio de Argüelles y en los bulevares, y van ocupando todos los edificios públicos. Poco después se hacen cargo de los depósitos de municiones, del armamento, que los milicianos depositan sin protesta en los lugares señalados, y de todos los servicios de la Villa. La bandera de Falange de Marruecos entra igualmente por el barrio obrero de Vallecas y establece sus puestos de control en las barriadas orientales de Madrid”. Este martes 28 de marzo las tropas de Espinosa de los Monteros irrumpen en las calles de Madrid. Losas entra por Cea Bermúdez y Ríos Capapé por el Puente de Toledo.
En el Ayuntamiento se efectúa el traspaso de poderes entre el anarquista Melchor Rodríguez, alcalde accidental, como representante de los rojos, y Alberto Alcocer, representante de los Nacionales. Al fin había ocurrido lo que para muchos parecía ya imposible: había finalizado el asedio de Madrid.
Bobby Deglané: ¿Como entré a Madrid?
Bajo este título escribía Bobby Deglané en el Semanario gráfico nacionalsindicalista “FOTOS”, en su número 110 correspondiente al 8 de abril de 1939 y editado en San Sebastián. Decía así:
“Quiero, en primer lugar, dejar en claro esta advertencia: mi entrada en Madrid, dos horas antes de que entraran las tropas de Franco, fue meramente consecuencia circunstancial, y de ninguna manera puede ella significar contenido episódico alguno. Este relato de cómo entré en Madrid, no tiene otro alcance que el de procurar que llegue hasta nuestros lectores, en hilvanado estilo, pero en términos objetivos, algo de lo que ocurría en Madrid en los últimos momentos, en que aún actuaban en la capital fuerzas del Consejo de Defensa republicano.
El lunes 27, como consecuencia de las manifestaciones oficiales que el Consejo de Defensa hizo públicas a través del micrófono de Unión Radio de Madrid, y que explicaban las gestiones de paz iniciadas por dicho Consejo ante los emisarios del Generalísimo Franco, gestiones que fueron de plano rechazadas por el Caudillo, por no corresponder, ninguna de ellas a la realidad del momento actual y de la que hemos vivido a través de toda la guerra, grandes masas de milicianos rojos, pasando por encima de sus líneas de la Ciudad Universitaria, se rendían en constante caravana a nuestras fuerzas, que sin movimiento militar alguno, pero con todas las precauciones del caso, en previsión de sorpresas, les iban desarmando, interrogando y remitiendo a los campos de concentración de nuestra retaguardia.
Es conveniente recordar, o por lo menos declarar en esta oportunidad en que la hora de los secretos militares ha terminado, que el campo fortificado que el enemigo tenía en la Ciudad Universitaria debido al tiempo largo de treinta y tres meses que la guerra se estacionó en él, permitió a nuestro enemigo fortificarle de tal manera que una operación ofensiva nuestra en aquel sector habría significado una preparación táctica de gran envergadura. No eran ya sólo las innumerables y tortuosas líneas de trincheras, ni la cantidad de sus armas automáticas, ni el número exorbitante de sus puestos de morteros, sino que también pesaban en el valor táctico, las minas subterráneas y superficiales que por todas partes tenía sembrados el enemigo. Sin embargo, la situación en el día 27 de marzo era muy distinta a la que hasta ahora habíamos vivido en la Ciudad Universitaria. El enemigo había perdido totalmente su moral por las enormes derrotas sufridas y que vinieron a aumentarse, desplomándose verticalmente, con las noticias que confirmaban que el Consejo de Defensa republicano quería rendirse. Y si a esto aún le faltó alguna gravedad, para empeorar la situación moral desastrosa del enemigo, ella vino en la ofensiva que el mismo día 27 inició nuestro Caudillo por Toledo. En estas circunstancias, pasándose sus hombres en gran número a nuestras líneas y huyendo sus oficiales al interior de Madrid en procura de una salida a Valencia, naturalmente la oportunidad de dar un golpe táctico sobre Madrid era clara.
El jefe de la Ciudad Universitaria y al mismo tiempo decano de las fuerzas que la han defendido, teniente coronel Fernández Prieto, ordenó fueran asaltados y ocupados rápidamente los edificios que hasta ahora habían estado en poder del enemigo.
Estos eran el Pabellón de Medicina, el de Odontología, el de Farmacia y el de Filosofía y Letras. Simultáneamente fue asaltada la Cárcel Modelo y el Puente de los Franceses, desde cuyas posiciones quedaban nuestras fuerzas frente y a escasos metros de las primeras barricadas de las calles de Madrid.
Esto ocurrió el 27 de marzo, durante el día y la noche respectiva. Al amanecer del día 28, la caravana de pasados a nuestras filas había perdido completamente el aspecto que hasta ahora había tenido, es decir, de soldados desarrapados, de caras caídas, sin aliento y vencidos moral y físicamente; ahora eran columnas heterogéneas de una romería civil que amenazaba despoblar Madrid, como se permitiera su continuidad. Mujeres, ancianos, niños de corta edad y de todas las clases sociales, conocedores de que los rojos habían abandonado sus trincheras, se descolgaban desde los diversos barrios de Madrid y arriesgando la vida sobre el campo minado de la “tierra de nadie”, penetraban alborozados en nuestras trincheras.
No cabía duda, a ninguno de los que estábamos en la Ciudad Universitaria, que aquel día entraríamos en Madrid. Sólo muy aisladamente se oía alguno que otro paco, empecinado comunista, tirotear nuestras trincheras. Era evidente que la toma de Madrid estaba decidida, que habría bastado con que nuestras tropas saltaran sobre nuestras trincheras y alambradas, para que las barricadas enemigas se hubieran desplomado y Madrid fuera reconquistado para España. Pero el Ejército, cuando obedece a una disciplina militar, no tiene opción de deliberar por cuenta propia y por lo tanto, mientras no se diera la orden superior de salir de las trincheras, nadie podía tomarse la libertad de entrar en Madrid.
Mi situación, en cambio, era muy distinta. Supeditado y además convencido del acatamiento que debía a la autoridad militar, me acerqué al jefe de la División, hoy actual gobernador de Madrid, coronel Losas, a fin de que me autorizara, bajo mi responsabilidad y por cuenta propia, de entrar en Madrid. Esta petición la hacía presionado fuertemente por mi interés periodístico de anticiparme a los acontecimientos, y brindar a mis lectores de “FOTOS”, los últimos momentos del Madrid rojo. La petición me fue lógicamente denegada, en atención a los posibles peligros de un paqueo o del gesto traidor de la clásica emboscada. No obstante estar yo convencido de la razón poderosa que invocaba este heroico e ilustre coronel para denegar mi petición, no pudiendo refrenar mi vocación profesional, salté de las trincheras, pasé sobre nuestras alambradas que durante treinta meses contuvieron los ataques enemigos, y me adentré resueltamente en Madrid con mi uniforme de Falange, pasando previamente por el campo minado. En un rápido esfuerzo, logré llegar hasta el Paseo de Rosales. En vano traté de penetrar en Madrid, pues todas las calles que desembocan a este Paseo, estaban obstruidas por poderosas barricadas de cemento. Salté como pude, perdiendo en el salto el bolso con parte de mi documentación, por sobre la barricada de la calle Marqués de Urquijo y Paseo de Rosales. Cuando caí al otro lado de la barricada, ya estaba en Madrid. Eché a correr por la calle de Marqués de Urquijo en busca de Unión Radio. Había pasado sólo tres calles, cuando ya encontré grupos de mujeres y jóvenes madrileños que llevaban brazaletes nacionales y que cantando se desbordaban camino de las barricadas, para mirar si entraban nuestras fuerzas, que a su vez esperaban con impaciencia la orden de adelante. Uno de estos grupos vio mi uniforme de Falange y creyendo que se trataba de un falangista que salía de su casa vistiendo por primera vez el uniforme, me saludaron con un estentóreo ¡Arriba España! Pero cuando se dieron cuenta de que mi aspecto era más bien de procedencia nacional se abalanzaron sobre mí y abrazándome me llevaron en alto por las calles de la capital de España. Como mi intención era llegar cuanto antes al micrófono de Unión Radio de Madrid, supliqué a estos entusiastas y jubilosos madrileños me permitieran realizar mi intento. Entonces todos gritaron: ¡Sí, sí, a la emisora! ¡Que hable por Unión Radio! Detuvimos a un coche que con banderas de Cruz Roja se veía venir a gran velocidad, mientras sus ocupantes gritaban: ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco! En él, llegué hasta Unión Radio, donde encontré montada en servicio, a las fuerzas de la quinta columna de Madrid, o sea a los españoles, que sin esperar a que entraran nuestras tropas, se lanzaban a la calle en conquista de la capital. Formalizados los trámites de rigor, se me entregó el micrófono de la emisora, a través del cual lancé mi primera crónica de Madrid. Hecho esto salí a la calle, y con enorme sorpresa, yo que creía ser el primero que entró en Madrid, encontré varios coches, que por la Gran Vía corrían atestados de nuestra sección femenina de Falange, que con sus uniformes flamantes gritaban: ¡Arriba España! y ¡Viva Franco!
Los balcones ya ostentaban banderas nacionales y por todas partes subía un solo clamor: ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! ¡Arriba España!
El incidente de Alicante
El general italiano Gámbara ocupaba con su División Littorio la capital alicantina en la tarde del 30 de marzo. En el puerto de Alicante se apelotonaban una masa de 12.000 hombres, entre los que se encontraban gran número de internacionales y unos 300 con armamento. Se intentó reducirlos, entregándose unos 4.000, pero el resto se negó a hacerlo, abriendo fuego y causando al CTV (Corpo Truppe Volontarie) veinticinco bajas. En vista del cariz que tomaba, se cercaron los muelles y se levantaron barricadas de sacos terreros. El incidente era grave y podía derivar hacia situaciones muy peligrosas. La resistencia del Ejército Popular sólo podía explicarse por el temor y por la esperanza de que llegase algún barco para emprender la huída. A lo largo del día se fueron rindiendo más soldados. El comandante del minador “Júpiter” decidió no desembarcar hasta las primeras luces del día siguiente, ordenando a las autoridades del puerto que prohibiesen la salida de buques durante la noche, bajo el peligro de ser cañoneados.
Al amanecer entra en el puerto alicantino el “Júpiter” y cerca de las tres de la tarde, el crucero “Canarias” y un poco después los minadores “Vulcano” y “Marte”.
A las tres de la madrugada del 1 de abril de 1939, el general Gámbara transmite al Cuartel General del Generalísimo el siguiente mensaje: “Situación milicianos puerto está resolviéndose. Hasta ahora, pasáronse cerca de 10.000. Quedan 2.000 declarando voluntad rendición. Por hora avanzada, se han suspendido operaciones desarme y entrega campos concentración. Operaciones volverán emprenderse mañana por la mañana, a las seis horas, y serán terminadas hacia las nueve horas. A las nueve horas expira último plazo concedido para presentación y rendición. Todos los prisioneros han sido aprovisionados con víveres en frío. Se están separando mujeres y niños, que venían concentrados en locales cerrados en la ciudad. Para mujeres y niños se está haciendo rancho caliente. Para todos se provee un servicio sanitario. Vigilancia milicianos que quedaron en puerto está confiada a repartos nacionales desembarcados hoy (sic). La vigilancia de los desarmados y presentados todavía está a cargo de los legionarios italianos. Gámbara”.
A las nueve de la mañana finaliza el incidente, entregándose los postreros de Alicante.
El último parte de guerra
En el palacio del Paseo de la Isla de la ciudad de Burgos, se encontraba el Generalísimo Franco aquejado de una afección gripal, la primera vez en toda la guerra que había enfermado. Cuando se le comunicó el final del incidente de Alicante, y después de dar las gracias, tomó una cuartilla para redactar, excepcionalmente, de su puño y letra un parte de guerra.
El primitivo texto decía así:
“En el día de hoy, después de haber desarmado a la totalidad del Ejército Enemigo rojo, han alcanzado las fuerzas nacionales sus Últimos objvos. militares. La guerra ha terminado”.
«Últimos» estaba escrito con mayúscula, y «objetivos», abreviadamente.
Franco lo leyó y acto seguido se prestó a rectificar, ya que casi nunca gustaba de la primitiva redacción que daba a sus escritos. Quitó lo de «después de haber desarmado a la totalidad del Ejército Enemigo rojo», quedando así: “…cautivo y desarmado el ejército rojo…” (con minúsculas). También cambió lo de “fuerzas” por el término más popular y humano de “tropas”. Rectificó “Ultimos” dejándolo en minúscula y escribió “objetivos” con todas las letras.
El parte, definitivamente, quedó así:
“Parte Oficial de guerra correspondiente al 1º de Abril de 1939, III Año Triunfal. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. LA GUERRA HA TERMINADO”. Burgos, 1º de Abril de 1939. Año de la Victoria. EL GENERALÍSIMO: Franco.
Posteriormente, el Caudillo lo redactó limpiamente y ya sin correcciones y tachaduras, lo pasó a manos del mecanógrafo de turno.
Firmada por Franco la copia mecanografiada, fue llevada urgentemente por el teniente coronel Barroso a los locales de Radio Nacional. A las diez y media, Fernando Fernández de Córdoba lo leyó con gran emoción. Ante aquel micrófono había dicho tiempo atrás a todos los españoles que se había ocupado Bilbao, Santander, Lérida, Castellón, Barcelona, Madrid… Ahora ya, afortunadamente, no quedaban más capitales en toda España: se habían agotado como objetivos militares.
Aquel famoso parte debe ser unido indisolublemente al siguiente mensaje:
“En los momentos en que con la victoria final recogemos los frutos de tanto sacrificio y heroísmo, mi corazón está con los combatientes de España y mi recuerdo con los caídos para siempre en sus servicios. ¡Arriba España! Generalísimo Franco”.
Franco recibe. la Cruz Laureada
La Real y Militar Orden de San Fernando es la máxima condecoración militar española, que se concede al valor y al heroísmo frente al enemigo. Fue creada por las Cortes de Cádiz en 1811, y ratificada por Fernando VII en 1815 para premiar los servicios prestados por las tropas nacionales y extranjeras durante la guerra de la Independencia. A lo largo del tiempo ha sufrido diversas modificaciones, tanto en lo que se refiere a la condecoración en sí como en lo que atañe a las condiciones que se exigen para su otorgamiento.
A partir de 1920, en que se aprobó el Reglamento de la Orden de San Fernando, y de las reformas introducidas en el mismo en 1925, se vio libre de toda clase de favoritismos políticos y cortesanos, y se convirtió únicamente en un premio al valor. “La Real y Militar Orden de San Fernando –dice el artículo 1º) del citado reglamento- tiene por objeto premiar los heroicos servicios militares en campaña.” La efigie de San Fernando figura únicamente en la placa de la Gran Cruz –que se concede tan sólo a los generales en jefe- y en la venera de la banda. Para los restantes individuos del ejército, sin distinción de categorías, existe la cruz sencilla, que consiste en cuatro espadas formando una cruz, cuyas empuñaduras se tocan, rodeadas por un círculo de laurel.
Varela impone la Laureada a Franco
El 19 de mayo de 1939, antes de iniciarse el primer Desfile de la Victoria –descrito como “entrada oficial de Franco en Madrid”, según orden dada por Serrano Suñer– que se iba a celebrar en el madrileño Paseo de la Castellana, el general Francisco Gómez Jordana, dio lectura al Decreto por el cual se concedía al Caudillo la Gran Cruz Laureada de San Fernando. Tras la lectura, el bilaureado general José Enrique Varela Iglesias, después de unas palabras, impuso a Franco la máxima condecoración al valor militar que le había concedido el gobierno, con la firma de su ministro de Defensa y su vicepresidente, al hacerse eco de tres iniciativas: la del rey don Alfonso XIII, en su condición de antiguo Gran Maestre de las Órdenes Militares; el Ayuntamiento de Madrid, en acuerdo que elevó al gobierno y el Capítulo de la Orden de San Fernando, integrado por todos los caballeros laureados bajo la presidencia del propio Varela.
Pese a la lluvia, más de medio millón de madrileños acudieron a la cita militar, que duró cerca de seis horas, y en la que participaron 250.000 hombres, 3.000 camiones, 1.000 cañones, 3.000 ametralladoras y 600 aviones. Más de doscientos periodistas extranjeros fueron acreditados para contemplar el desfile, ocupando una tribuna frente a la del Generalísimo. Desfiló primeramente el general jefe del Ejército del Centro, Saliquet con su Estado Mayor. Le seguían el cuartel general y unidades a pie y motorizadas del C.T.V. (Corpo Truppa Volontaria), con Gambara y cinco generales italianos al frente; representaciones de Marina, Caballería, Carros de combate, Infantería, Batallones de esquiadores, Banderas de Falange, Enlaces motorizados, Artillería, Servicios de Antigás, Escuadrones de Policía Montada del Sur, Ingenieros, Legión Cóndor y quinientos “viriatos” portugueses tras el capitán Nunes de Oliveira. También desfiló, a caballo, el general Solchaga, con su Estado Mayor, jefe de las Brigadas de Navarra, compuestas por las divisiones 45 y 63, llevando al frente de cada grupo una línea de banderas españolas. A continuación lo hacía el general Rafael García Valiño, al frente del Ejército del Maestrazgo. Después los Tabores de Regulares y el Tercio. En este momento cruzaron por el cielo los primeros aviones, formando escuadrillas perfectas. Franco presenció el desfile teniendo a su derecha al general José Enrique Varela Iglesias y a su izquierda al general Andrés Saliquet Zumeta.
Al término del desfile el general Saliquet ofreció al Caudillo y a los principales mandos un vino de honor en el palacio del Banco de España. Franco habla a sus compañeros con todo el entusiasmo renovador derivado de la victoria. Brindó con esas palabras: «Nosotros tenemos ahora que cerrar la frivolidad de un siglo. Que desterrar hasta los últimos vestigios del espíritu de la Enciclopedia. Hablo de revolución sin que me asuste la palabra». Posteriormente el Generalísimo se dirigió a su residencia accidental, el palacio de la Huerta, de la marquesa de Argüelles.
El diario ABC de Madrid del día siguiente recogía así la noticia:
«La ceremonia celebrada ayer durante cinco horas largas en el Paseo de la Castellana suspendió los corazones. Fue una comunión de entusiasmo y, al propio tiempo, un alarde de profunda y universal sustancia política. Tenía la sugestión de lo nuestro, localizado en el tiempo y en el espacio; pero tenía también un aire insólito de manifestación ecuménica. Ni el desfile interaliado de 1918, que reunió en el Arco del Triunfo y la Plaza de la Concordia 80.000 combatientes, ni el celebrado hace semanas en Berlín, ni el que dos veces al año convoca la propaganda del Komintern en la Plaza Roja dan idea de la parada de ayer. Más numerosa que todas y tan moderna, rítmica y ordenada como el más exigente Estado Mayor haya podido soñar, este espectáculo dice lo que puede ser España, lo que será España si cada español se hace digno de la vida profesional y en la vida social de la épica manifestación que acaban de ofrecer a sus coterráneos y al mundo los Ejércitos de Franco.»
Franco recibe las insignias de la Cruz Laureada
El 17 de julio de 1940, en el palacio de Oriente, el general Varela impuso a Franco las insignias de la Gran Cruz Laureada de San Fernando, asistiendo todo el Gobierno y los capitanes generales de cada región militar. Con este motivo el Caudillo dirigió a sus compañeros de armas el siguiente discurso:
“Mi general, señores generales, jefes y oficiales de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire:
Habéis querido tener la gentileza de valorar este preciado galardón, queriendo ser vosotros los que me ofrecieseis como muestra de cariño y lealtad esta preciosa cruz de San Fernando, que compendia los ideales de todo militar, por su significado en el orden de los servicios de la Patria.
No podemos, en este día y en estos momentos, dejar de recordar su significado, y cómo esta cruz de San Fernando ha ido tejiéndose, día tras día, con las esperanzas, las ilusiones y los laureles de las sucesivas victorias, como también se fue dibujando su venera con la sangre de nuestros Caídos, sobre las espadas y bayonetas de nuestros soldados. Sea, sobre mi pecho, rúbrica de un mandato de nuestros muertos, y, sobre el corazón, símbolo de estima, de caballerosidad que nos acerque a los Caídos y un motivo de evocación en el cotidiano batallar con las asechanzas humanas, legítimas y necesarias para templar el espíritu de los hombres y para fortalecer el coraje de los soldados.
Sea esta evocación de las espadas sangrantes orladas de laureles el recuerdo que nos acerque a los que cayeron sin poderla ostentar. Que nos separe de las pequeñas miserias para acercarnos a las grandezas de nuestra Patria. Y en los días de contrariedad, cuando la debilidad intente invadir nuestro espíritu, evoquemos aquellos otros momentos de soldados, de grandiosa elocuencia de verdad y de enorme fortaleza en que ante una camilla parda, ante el cuerpo rígido del Caído, sucumbían las diferencias y los orgullos y quedaba sólo lugar para el testimonio mudo de admiración ante la grandeza y el heroísmo; sea éste el módulo de nuestras honradas ambiciones.
Os digo esto porque somos los españoles un pueblo olvidadizo, porque acostumbramos a vivir al día, porque no miramos hacia atrás, porque no sabemos ver la cadena de héroes, porque no contemplamos la suma de sacrificios.
Hemos hecho un alto en la batalla, pero solamente un alto en la batalla; no hemos acabado nuestra empresa. No hemos hecho la Revolución. No se ha derramado la sangre de nuestros muertos para volver a los tiempos decadentes del pasado. No queremos volver a los tiempos blanduchos que nos trajeron los tristes días de Cuba y Filipinas. No queremos volver al siglo XIX. Hemos derramado la sangre de nuestros muertos para hacer una Nación y para forjar un Imperio. Y al decir que hemos de hacer una Nación y crear un Imperio no pueden ser esto palabras vanas en nuestra boca, y no lo serán. Hemos de forjar la Unidad de España, una España mejor, plena de grandeza y de contenido político; hemos de hacer política, señores. Mucha política. Y digo política llenándoseme el corazón con la palabra. No la política mala de los tiempos del siglo XIX. No la política liberal, que enfrentaba al hermano con el hermano. No la política de división de nuestras clases, que despertó vuestro desprecio y justamente os encastilló en los cuarteles, sino la política de Unidad de España. Pues habéis de saber que esos Siglos de Oro de nuestra Historia, esos siglos que miramos como cimientos y fundamento de la Nación española, los siglos en que Isabel y Fernando llevaban sus pendones por España, eran hermanos del que ahora alumbramos. Una España dividida, una España sojuzgada, una España llena de miserias, una España rica en cicateros y egoísmos, fue la que ellos encontraron. ¿Y qué es lo que hicieron los Reyes Católicos? ¿Qué fue su primer acto del matrimonio de Isabel? El primer acto político, el de preparar la unidad de España uniendo los dos grandes pedazos en que estaba dividida y sacrificando las conveniencias y el corazón por la grandeza de la Patria. Acto político, eminentemente político, de una reina ejemplar, y que significó el derrumbamiento del poder de los señoríos y el alivio de la miseria de las clases del pueblo con la supresión del despotismo secular de las tierras de España; sino actos eminentemente políticos de los Reyes Católicos. Y cuando asumió el rey todos los poderes y vinculó en la Corona las maestrías de las Órdenes Militares, las fuerzas de choque de entonces, ¿qué hizo, más que un enorme acto político para fundir el poder de los Ejércitos de entonces con el del Soberano? ¿Y qué fueron Cisneros y Mendoza, al lado del rey, abrazados estrechamente a él, más que la Unidad de la Cruz y de la Espada presidiendo un pueblo? ¿Y qué significado tuvieron las epopeyas de la Reconquista, más que la ejecución constante y sistemática de la directriz política de la Nación? ¿Y qué la expulsión de los judíos más que un acto racista como los de hoy, por la perturbación creada por el logro de la Unidad por una raza extraña adueñada de un pueblo y esclava de los bienes materiales? ¿No son estos actos eminentemente políticos? Y cuando se emprende la conquista de las Indias, con nuestras sabias leyes y con nuestros adelantados, va la política universalista de España con sus banderas y su Cruz, y un sentido católico evangelizador preside la política de aquellos tiempos. Y hasta en los últimos momentos, cuando aquella santa reina pone su firma en el testamento, suscribe un testamento político para su pueblo: el mandato de Gibraltar, la visión africana, unidad política, expresión política, mandatos políticos que pasados cuatro siglos, aún perduran en eterna lección.
Ésta es mi inquietud. Que sintáis toda esta vida de España. Que abráis vuestro corazón a la Unidad. Que aprovechemos la lección que estamos recibiendo. Vivimos los momentos más interesantes de nuestro siglo. No queremos la vida fácil y cómoda. Queremos la vida dura, la vida difícil, la vida de los pueblos viriles. Nos asomamos a Europa con títulos justos y legítimos. Quinientos mil muertos por la salvación y por la Unidad de España ofrecimos en la primera batalla europea del orden nuevo. No estamos ausentes de los problemas del mundo. No han prescrito nuestros derechos ni nuestras ambiciones; la España que tejió y dio su vida a un continente se encuentra ya con pulso y con virilidad. Tiene dos millones de guerreros dispuestos a enfrentarse en defensa de sus derechos. Pero no serían nada estos guerreros, no sería nada nuestro material, ni nuestra fortaleza, si entre las divisiones de un pueblo pudiera el enemigo abrir su brecha.
Yo estoy seguro de que ahora y siempre habréis de formar alrededor de mí el cuadro. Yo estoy convencido de que vosotros, que convivís con el pueblo, sabréis comprenderlo, pues no en vano, en las reuniones castrenses y en vuestros cuarteles he visto yo llorar de emoción a los jefes y a los oficiales al recibir las confidencias y las pequeñas miserias de la vida de sus soldados. Si la vida de España ha de ser milicia necesita de las virtudes militares y del espíritu de disciplina. Es el Ejército espejo en que la nación se mira, y por ello, hoy, en que la gran inquietud de España se va haciendo carne con esta Revolución nacional, que ha de elevar a tantas clases y ha de dar satisfacción, y, por lo menos, la sonrisa al enemigo, ya que no le podemos dar la alegría, habéis de ser vosotros el más fuerte jalón que hemos de poner en el camino, con toda la comprensión, con toda la grandeza del espíritu, con toda vuestra lealtad y con toda vuestra disciplina.
Disciplina, que es nervio de las virtudes castrenses. Disciplina y Unidad, que son el secreto de esas fantásticas victorias de los campos de Europa. Que no admite reservas, condición ni menoscabo. Disciplina, que tiene un hermoso ejemplo de meditación en ese hombre caído, sobre una camilla parda, que no preguntó ni adónde iba ni cómo le mandaban. Esa es la disciplina. Uno que manda, con su empleo responsable ante las jerarquías superiores, cuando no ante el supremo juicio de la Historia, y otros que, ciegos, le siguen y obedecen, como siguieron a Fernando e Isabel, como siguieron a nuestros caudillos en las tierras remotas de América y como me seguiréis vosotros.
En homenaje a nuestros muertos, en recuerdo de éstos, afirmad conmigo: ¡Arriba España!.
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