ABC . 01 de Abril de 1953
Hoy hace catorce años que cesó entre los españoles el cruento diálogo de las armas. Rendidas sin condiciones las fuerzas de la República roja, un viento de victoria azotó nuestras banderas. Se había hecho la paz. En este mismo lugar, José María Salaverria publicó entonces un artículo histórico: «Esta página ha sido recuperada». En rigor, era España entera la que recuperábamos para nosotros y para nuestros hijos.
El día 1 de abril del año 1939 fue algo más que el definitivo aplastamiento de algo tan recusable y ensangrentado como la República. Fue un cambio de signo en nuestra trayectoria nacional, la restauración de la concepción hispánica del Universo. Actora de esta hazaña fue una nación en armas acaudillada por Franco, a la que dieron cohesión, disciplina y norte el Ejército, capitaneado por el Generalísimo, y el contenido doctrinal de nuestro Movimiento. Esta es la razón de que queramos dedicar nuestro número de hoy a los que combatieron. Con los de nombre glorioso y con los anónimos está en este instante nuestro recuerdo. Sin otra fe que la fe en España y ante un futuro personal de increíble modestia, fueron millares los que en los riscos, al pie de las nubes y en alta mar dieron cuanto tenían. Sobre sus sagradas cenizas caminas.
Vienen hoy a nuestras páginas cuatro soldados para dar testimonio de las virtudes militares. Son el teniente general Bermúdez de Castro, el almirante Estrada, el general Millán Astray y el general Jorge Vigón. Sus temas son la previsión y la inteligencia, la disciplina, el valor y el honor. Como decíamos en nuestro editorial «Pascua militar», del pasado 6 de enero, éstas son las virtudes que mantienen a los pueblos enhiestos, y les permiten caminar dignamente sobre la Historia. Son los hombres en armas quienes dan a las naciones una silueta corva de mancera o un perfil rectilíneo de mástil.
En un aniversario tan entrañable como el que vivimos hoy, es preciso huir de la retórica e ir a la medida de las verdades inamovibles. Los españoles debemos el triunfo a cuantos lucharon a las órdenes de Franco, y a éste la existencia y la salud que hoy disfrutamos. Aquel millón de hombres que el 1 de abril marchaba tras el rojo y gualda de nuestra auténtica bandera con fe intrépida y entrega heroica, traía sobre sus hombros la victoria. Ellos siguen siendo nuestra garantía y nuestra seguridad. Todo iba a encontrar su apoyatura última, su posibilidad de existencia histórica en el redoble de los tambores victoriosos. Esto es lo que no podremos olvidar jamás. Sería injusto y arriesgado en grado sumo.
Una vez calladas las armas, los veteranos propenden al olvido de las trincheras. De ahí que periódicamente sea necesario traer el pasado a nuestro recuerdo. Rememorar el Día de la Victoria no es un modo alguno abrir una herida antigua ni recordar errores de equivocados compatriotas. Esta sería una interpretación resentida y baja de este aniversario. Los vencedores dieron, años ha, su mano a los vencidos, y la España partida de nuestra guerra se ha hecho una en la geografía y en el corazón. Lo que importa recordar es lo costoso del triunfo y la magnitud de la aportación al mismo de los guerreros.
Ellos seguirán velando desde sus cuarteles no por ambición personal, ni siquiera por un amor sano a la gloria. Su intimidad no nos es desconocida, porque hemos vivido con ellos en los cuartos de banderas. Y lo único que les puede mover son sus virtudes. Fue la disciplina lo que un día les hizo alinearse, impertérritos, ante la muerte. Fueron la inteligencia y el sentido de la previsión quienes permitieron a nuestro Caudillo, secundado por los mandos, crear de la nada un Ejército, aprovisionar los frentes, unificar los mandos y loas operaciones. Fue su valor quien le impulsó al heroísmo frente a fuerzas superiores y mejor armadas, en la enloquecedora soledad de las plazas sitiadas, en la desnudez de los barbechos, frente a los carros blindados y ante los piquetes de ejecución en la indefensa cautividad. Y fue, en suma, el sentido del honor quien le llevó a la lucha. Había que ser fieles a las esencias imperecederas de España. Frente a los asesinatos perpetrados desde el Poder, frente a la disolución de las minorías rectoras, frente al desmoronamiento de nuestra estructura social, frente a la suplantación de la concepción hispánica del Universo, frente a la sorda guerra contra la Fe, no fue el deseo de una vida más cómoda, sino ese sentido radical y último, que es el motor de las grandes acciones, el sentido del honor y la ambición de una España renacida lo que movió a nuestros combatientes. Mientras haya un millón de españoles acaudillados por Franco en los que estén vivas las esencias del Movimiento Nacional y esas cuatro virtudes militares, España estará a salvo de cualquier conspiración de fuera o de dentro, inmune a los desfallecimientos y garantizada contra cualquier quiebra.
Hoy queremos decir, del modo más entrañable y solemne, a nuestros soldados de ayer y de siempre, que no hemos olvidado su sacrificio, que nos sabemos vinculados a ellos y que seguimos creyendo, como hace catorce años, en la fuerza insobornable de sus virtudes. Sobre esta página, definitivamente recobrada de las manos que la profanaron durante tres años de cautividad, repetimos, más sinceramente que nunca, con el mayor de los poetas hispánicos:
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera;
honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron!
Como la polvareda que deja un gran pueblo nos describió hace años un extraordinario pensador. Hoy se podría definir nuestro presente como el verdor de una sementera jaspeado con la frágil ceniza de millares de mártires, cuya floración hace posible la mano providencial del Caudillo de España.
Por el almirante don Rafael Estrada Arnaiz en el ABC . 01 de Abril de 1953
Al ver escrita esta voz, o al oírla, tanto el lector como el oyente evocan la imagen de una correcta formación militar, de un marcial y brillante desfile: la del soldado u oficial que tras el bizarro chasquido de los tacones al juntarse en la posición de firmes, se yergue ante el superior, abombado el pecho, en posición de saludo, y en la más expresiva actitud de respetuoso acatamiento a las órdenes que recibe. Esas imágenes mentalmente se ligan a la palabra «disciplina», como ésta acude a los labios al comentar la visita a un cuartel limpio, aseado: al salir de un barco en el que en sus costados, estructuras, mamparos y artefactos guerreros no hay manchas ni rozaduras; al ver en las calles grupos de soldados o marineros bien vestidos, discretos en su comportamiento: mas, sin embargo, tanto la actitud militar del inferior ante el superior como el buen orden de cosas en el cuartel, a bordo de un barco, y el del personal militar en público, sólo revelan una de las múltiples facetas de la disciplina: la espectacular; la de la buena presentación: la policía.
El Diccionario nos dice que disciplina es la «Observación de las leyes y ordenamientos de una profesión o instituto», pero la Real Academia tuvo buen cuidado de añadir: «Tiene mayor uso hablando de la milicia y de los estados eclesiásticos secular y regular». No es fácil la concisa definición de una voz que ofrezca la complejidad de esta que nos ocupa. Todos la entienden, o así lo creen: ven la disciplina en la subordinación absoluta, en la ciega obediencia al mando en trayectoria de abajo hacia arriba, y, sin embargo, la disciplina se forja y fructifica a la inversa, porque el mando es quien la crea y la mantiene. La imagen viva, luminosa, de la disciplina, no emerge del brillo de una tropa marcial, o de un barco bien cuidado, surge con máximo esplendor de las ruinas de una posición o fortaleza no rendida; de los restos de un avión abatido; de un barco que se hunde con la bandera ondeando. Nada más elocuente acerca de la disciplina que la sencilla frase «sin novedad en el Alcázar», del general Moscardó.
Efectivamente, el fundamento, la base de la disciplina, es la subordinación, la obediencia, y ésta se inculca en la milicia desde que el soldado o el marinero pone el pie en el cuartel o en el barco. En aquella Escuela Naval que flotó en aguas ferrolanas, la fragata «Asturias», el consejo o la consigna que en tono enérgico daban los caballeros aspirantes antiguos a los de nuevo ingreso en su primer día a bordo era: «Desde ahora en adelante tenga bien presente que ya no podrá decir: «ni no quiero, ni no puedo, ni no debo», y en nuestra juvenil mente quedaba impreso el concepto básico de la disciplina: «la antigüedad es un grado en la milicia».
Muy reciente teníamos entonces la sublime muestra de disciplina de la Escuadra del almirante Cervera en Santiago de Cuba. El «sentido del honor» jugaba su máximo papel en la faceta del «sacrificio consciente», la que con más pureza reluce de las que integran el concepto «disciplina»; fue aquel un broche digno del cierre del largo y glorioso capítulo de la Historia de nuestro singular paso por las Indias de Occidente.
En aquella ocasión, todos, desde el heroico almirante hasta el mas humilde marinero, sabían que iban a la muerte y no hubo una sola voz que protestase. Todos corrían igual suerte. El prestigio del mando enmudeció las bocas y alzó los corazones. El «prestigio del mando» había conseguido la maravillosa unanimidad en una empresa en la que nada materialmente había que ganar; la única victoria en perspectiva era entonces la conquista de la inmortalidad por la conservación del honor patrio, y un ejemplo más de disciplina militar de los que al mundo dio nuestra España.
En esta ocasión, que no ofrecía el premio material y la trascendencia que en aquella otra cervantina «la más grande que vieron los siglos», no hubo el milagro salvador que operase el cambio del horizonte sombrío en otro despejado de clara luminosidad que hiciese viable el objetivo: mas, si no lo hubo entonces, el milagro acaeció en nuestra guerra de Liberación, acaso por la enorme trascendencia que el fracaso tendría. La Virgen de África veló por el éxito del paso del convoy por el Estrecho, acontecimiento iniciador de la última reconquista de España. La fe religiosa y la fe en el Caudillo hizo desaparecer el peligro inminente del hundimiento de una Flota de transporte débilmente protegida.
«El ideal religioso y el amor patrio» son, pues, factores primordiales de la disciplina, que el prestigio del mando impone sin recurrir a castigos ni amenazas. Desde el instante del vil asesinato de Calvo Sotelo, todos aguardábamos el advenimiento del general que habría de acaudillar la Cruzada, y desde el instante en que la acertada designación fue conocida, la disciplina en el más alto grado nació por si misma, y la suerte fue echada. El entusiasmo por la justa causa y la fe en el mando, al actuar con decisión y firmeza, obró el milagro de la disciplina a ultranza entre civiles y militares: el Alto del León pasó a llamarse de Los Leones por el valor heroico del grupo de jóvenes de Renovación Española que puso tope a la invasión roja en Castilla; los Requetés de la nunca bien alabada Navarra derrocharon su valor legendario en montes y valles; resurgieron las falanges romanas, cunas de la disciplina, y los falangistas, de todos los órdenes sociales, cubrieron los puestos a bordo de los barcos que, con prisa febril se alistaron en El Ferrol del Caudillo, recuperados unos, otros en vías de construcción.
Aquellas dotaciones improvisadas, al calor de una entusiasta oficialidad, en escaso tiempo asimilaron las diversas especialidades de a bordo y dieron la muestra más notable de la más inteligente disciplina. La prontitud en ocupar sus puestos de combate al sonar los timbres de alarma batía todas las marcas. Recuerdo, y no sin cierta emoción, el espectáculo que, en noche aciaga, ofrecían algunos marineros que, desnudos, impávidos aguardaban en sus puestos las órdenes del mando. El zafarrancho les había sorprendido en el mejor de los sueños y sabían que la rapidez en la acción era vital en un encuentro nocturno.
Refiriéndome concretamente al crucero «Canarias», su dotación era un armónico y fraternal conglomerado de jóvenes, procedentes de todas las clases sociales. En verdadera hermandad convivían íntimamente los marineros, procedentes de la inscripción costera con los voluntarios, profesionales y estudiantes de las más diversas carreras. La rudeza innata de los unos se avenía bien con la educación y cultura de los otros, porque a todo unía el mismo alto ideal, y todos se hallaban sujetos a una misma disciplina. Para mantener ésta no se requerían castigos, y al escribir esta palabra acude a la memoria: el trato de cuerda; el palo; la carrera de baquetas … que en la cubierta de las galeras y galeones, ante la guarnición y la chusma formada, aplicaban para mantener en vigor la disciplina, y en ocasiones, para ejemplaridad, sometíase al delincuente de grave delito al suplicio de pasar bajo la quilla, castigo inmediato al definitivo de ser colgado del penol de una verga.
Era la del «Canarias» una tripulación maravillosa que difícilmente podrá alistarse en barco alguno. Algo de esto observó el capitán de navío de la Armada de Su Majestad Británica, Mr. Pott, comandante del «Lión», similar a nuestro crucero, en visita que a éste efectuó en 1938 en Palma de Mallorca. Me comunicó su impresión de extrañeza ante la actitud y aspecto de nuestra marinería, y para comprobar la información que le di al caso, llamé al azar a unos marineros cercanos y la suerte hizo que uno fuese abogado y otro estudiante de ingeniero.
La disciplina trae consigo el valor, porque impulsa al soldado a marchar de cara a la metralla, y a seguir avanzando en el subsuelo de la mina, a sabiendas que de un momento a otro hará explosión la contramina. El arraigado concepto de la disciplina espera el dolor físico y crea gestos de imponente gallardía: el del cabo Anfiloquio González, del regimiento de San Marcial, en el monte Bizquiavi, que enarbola su brazo desgajado en el otro sano, blandiéndolo en el aire a modo de bandera patria o de máximo y elocuente atributo de mando bien ganado; el del soldado de Infantería de Marina Manuel Lois, del «Baleares», que coge en sus brazos el proyectil que se halla a punto de hacer explosión y que fatalmente ha de provocar la del repuesto del cañón que Lois sirve. Abrasado su cuerpo, su alma grande voló hacia la inmortalidad. Muchos ejemplos de abnegación heroica pudiéramos citar, que ocurrieron durante la Cruzada en tierra, en la mar y en el aire, elemento en el que García Morato marcó la pauta de un concepto del deber del más alto y majestuoso vuelo.
La Disciplina no es posible separarla de las otras virtudes militares, es madre de todas ellas y las exalta en los momentos cumbres. El buen escritor, autor del Diccionario Militar, don José Almirante, cultísimo general de Ingenieros, confiesa, con su elocuencia característica, la imposibilidad de definir concreta y brevemente esta voz que tantos conceptos abarca. Se manifiesta en formas muy diversas y no es comparable la externa, la aparente, de un país a otro. En cada nación el soldado tiene su propia idiosincrasia, y en nuestra España, todo hombre tiene su personalidad, y de ahí el consejo de Eguiluz: «El capitán ha de tratar bien a sus soldados y hacer que los demás oficiales lo hagan así, porque no hay cosa alguna de que el español reciba más disgusto, ni sienta más, que de las malas palabras».
El soldado y el marinero de nuestra última Cruzada era tal y como deseaba el conde de Santa Gadea, que fuese o se pareciera: «en la obediencia, virtud y devoción, al religioso; en el valor, largueza y verdad, al caballero; en la diligencia, vigilancia y paciencia, al buen marinero». Con tales soldados y aquellos heroicos alféreces provisionales, dignos descendientes de los «magníficos señores» que sirvieron en los Tercios de Flandes, nadie dudó del glorioso fin de la Cruzada.
Con la fe en Dios, el amor a la Patria y la confianza en el Mando nace la hombría de bien, y, por tan virtud, la Disciplina, que forja héroes en las milicias de tierra, mar y aire, como crea mártires y santos en las Milicias de Cristo.
Por el general don Luis Bernúdez de Castro en el ABC del 1 de Abril de 1953
Son muchas las cualidades del Ejército de Franco que en la guerra de Liberación han contribuido a la victoria, sin qu epueda calificarse cuál de ellas ejerció mayor influjo en el triunfante resultado: todas son indispensables a la guerra, hasta el punto de que la carencia de una sola inutiliza a las demás. Aparte del valor, la disciplina, y la educación del soldado, el prestigio del general en jefe y del Cuerpo de oficiales generales y particulares, ganado no por sus jerarquias, sino por haberlo adquirido con fuego y sangre, han coincidido con el «sentido del honor» -frase feliz del director de ABC- (porque el honor es un sentimiento y no un concepto) y con, la buena instrucción táctica (eso que llaman los moros con exacta palabra «tener manera».
Las campañas de Africa, desde la de 1909, han sido el afilador del ánimo militar de España; grandes maniobras con bajas y escuela de guerra para todos los empleos y las Armas; Yebala y el Rif fueron una práctica de mandos con terreno difícil y enemigo valiente; las operaciones y los servicios iban perfeccionando el manejo de un ejército en campaña.
Evidente era el desequilibrio entre el ejército rojo y el nacional; los nacionales no contaban más que con su decisión de morir o vencer; los rojos lo tenían todo; dinero, armamento moderno abundantísimo de todas las fábricas del mundo (con el que se fue armando su adversario) y ayuda moral y material de todas las naciones europeas. ¡Ah!, si los militares que no pudieron escapar de la zona infernal y los que fueron asesinados se hubiesen volcado en las filas republicanas, posiblemente la victoria habría estado indecisa y quizá se inclinara hacía éstas; pero aquellos militares, que perecieron de hambre o martirizados en las checas y en los solares y en las cárceles, despreciaron los ofrecimientos de adelantos en sus carreras y aun de pingües fortunas, y al enemigo le faltó la «inteligencia». Si alguno de sus mandos sabía planear y dirigir una operación, los que habían de realizarla ignoraban en absoluto el modo de hacerlo.
¡Qué oficialidad, de general a sargento, y con qué inconsciencia entregaban al azar la vida de sus subordinados!
Si no hubiese sido tan trágica, tan siniestra, tan cruel aquella época de maldades, el heroico Muñoz Seca, que se burlaba de su segura y próxima muerte, habría escrito la comedia más graciosa de todo su admirable repertorio; cosa era de mucho reír contemplar los modos de aquellas multitudes que se creían ellas mismas un Ejército; vaya un botón de muestra:
Hallándose el que firma sentado en el paseo de los Terreros, de El Escorial, para que le diera el sol a su nietecillo Luis (hoy teniente del Regimiento de la Guardia), no sin riesgo, ciertamente, vinieron a sentarse en el mismo banco dos jefes, que saludaron con el «salú» habitual: ambos calzaban alpargatas sucias y sobre el pecho de sus desabrochadas guerreras lucían los óvalos de esmalte azul, emblema del Servicio Mayor y la barra dorada de comandante. Uno sacó un periódico y el otro un pitillo; el lector, después de recorrer con la vista la primera plana, dijo al oyente: «Oye esto es muy güeno; escucha: Telegrama de Nueva York; se ha celebrado una imponente manifestación por España democrática, en que miles y miles de personas desfilaron pidiendo que los Estados Unidos declaren la guerra a Franco; parece que el Gobierno norteamericano va a estudiar el asunto». Luego de una pausa preguntó el oyente: «¿Nueva York es nuestro?» A lo que el interrogado contestó_ «Hombre, no seas bruto; Nueva York está en Londres.»
El general de la división de estos cultos y distinguidos jefes era un aprovechado estudiante de tercer año de Derecho, que, sin duda, pensaba como el coronel del cuento del admirable escritor francés y teniente de Infantería Alfred de Vigni; el cuento es como sigue.
Con su anteojo de campaña contemplaba Napoleón en la batalla de Austerliz el choque de un regimiento de coraceros y una masa enorme de Caballería enemiga: el coronel francés embistió al enemigo con tal heroísmo, que lo puso en fuga. Entusiasmado Bonaparte, ordenó a un ayudante de órdenes que buscará al denodado coronel y le comunicase que le concedía el ascenso a general sobre el campo de batalla.
No sin trabajo halló a dicho jefe en manos del cirujano del regimiento, que trataba de recomponer un sablazo terrible desde la frente al occipucio. Enteróse el herido de la buena nueva, y comenzó a gritar: «¡A ver!, que me traigan un caballo; que venga un ordenanza; darme el cinturón, el sable, las manoplas; voy a darle las gracias a Su Majestad el Emperador».
– ¡Pero qué ha de ir usted, mi coronel!, si tiene usted los sesos fuera, y en cuanto se mueva se le caerán al suelo -exclamó el cirujano; a lo que gritó el ascendido:
– ¡No importa!, ¡no importa!, ¡ya no los necesito!, ¡soy general!, ¡soy general!
Por el general don José Millán Astray en el ABC del 1 de Abril de 1953
El valor, como el amor, el honor y la religión, se practican más sencillamente que se define. «Valor militar», llamémosle así, es por el que los hombres arrostran el peligro y llegan a sacrificar su vida, exaltándose con el nombre de virtud, cuando se emplea en nobles ideales: Dios, Patria, Honor, Caridad y Libertad con Justicia. «Valor cívico» es el que ofrendamos para lograr o defender nuestros ideales, para abrir paso a la verdad, hasta llegar a la Verdad suprema, que es Dios. En el «valor cívico» se sacrifica más, y tiene más mérito que el «valor militar». En éste se pone en peligro la vida, jugándosela, si llega el caso, aun sabiendo casi seguro que se va a perder. Como el heroico Sanjurjo, por no citar más que un solo nombre y ya un glorioso muerto, que se sacrificó, conocedor del peligro que le amenazaba, para luego, más adelante, morir sacrificado. En el «valor cívico» se arriesga todo cuanto se tiene, lo más nuestro, lo más querido, el fruto de nuestros trabajos, de nuestros éxitos. Y se juega la carrera, los bienes, la libertad, el patrimonio de los hijos, tal vez la miseria. Por esto, el valor cívico es mucho más grande que el valor de jugarse la vida.
Como escribo por grata invitación del ABC, satisfaré sus deseos y hablaré de la Legión. El «valor legionario» ofrece variadas manifestaciones: el «valor heroico», del que ama el peligro y no solamente se juega la vida, sino que llega, en algún momento sublime, a regalarla hasta con desdén. El «valor estoico» es ecuánime, es constante ante todos los peligros sin arrebatos ni depresiones. Y «la bravura», intermedia y mejor entre el heroísmo y el estoicismo; el bravo, sin dejarse llevar por ímpetus de inflamado entusiasmo, sin pensar que lo están mirando o que lo pueden mirar, sin temer al enemigo porque sea mucho ni despreciarlo porque sea poco, domina sus nervios y conserva la calma; en término vulgar, «no pierde la cabeza». Y, desde luego, y aun con la misma bravura y hasta sin ella, basta con la vergüenza o negra honrilla para no temblar jamás. Y cuando el riesgo aumenta y se acerca la muerte, no pierde su sonrisa ni su optimismo, que ha de comunicar a sus tropas. Y así, en un lance duro del combate, cuando la tropa de al lado deja el sitio atropelladamente, el jefe dice: «No, no se retiran: cambian de posición».
Como soy militar de la Infantería española y de la Legión, después de rendir el culto que mi corazón legionario guarda para todos los que murieron en la Legión y todos los que han sufrido por ella, voy a satisfacer un deseo, ya que se me presenta ocasión propicia para decir lo que está latente en mi corazón. ¿Valor heroico? El de los maquinistas, fogoneros, guardafrenos, guardabarreras, ferroviarios, que asombra el número de sus muertos y heridos. Los tranviarios y los guardias de la circulación. Los bomberos. ¡Hay que verlos avanzar, decididos, con la cabeza gacha y el pico en la mano, buscando el foco del incendio! ¡Bomberos! Yo os he visto. Yo os saludo. Los mineros y los peceros, unos y otros, llegado el momento, son héroes; pero cuando su bravura alcanza las cumbres es cuando hay que ir en busca de los compañeros sepultados o accidentados por el grisú, el derrumbamiento, la inundación o las emanaciones de gas letal. Los pirotécnicos de fuegos artificiales, los obreros de las fábricas de explosivos, y entre ellos, las obreras, mujeres que trabajan en los talleres de carga de detonadores, fáciles de estallar. ¡Ellas tienen un pequeño sobresueldo de «peligro»! Los alegres y castizos albañiles, siempre valientes, y más cuando trabajan en obras que ellos ven y prevén, por lo que sea, que el peligro les acecha. ¡Y siguen cantando en el andamio!
¡A esta áurea lista hay que añadir a tantos! A todos los que, en la práctica de la caridad pública, privado familiar, ofrendan su vida al contagio de temibles o mortales enfermedades, y más en las epidemias. Por cierto que en nuestras explicaciones de doctrina legionaria, alguna vez les preguntábamos: «Cuando a una ciudad la haya asolado la peste y queden los cadáveres insepultos y nadie quiera entrar en aquel pueblo, ¿quién irá a enterrar a los muertos?» Y con bronca voz contestaban todos a una: «¡Los legionarios!». Y los médicos y las enfermeras de guerra y de paz, los visitadores de las sociedades de caridad, alojamientos. ¿Cuántos sois los que habéis podido ir a visitar los tugurios, las cuevas y los mechinales en donde viven hacinados los humildes, los pobres y los miserables? Yo os lo aseguro; se necesita más valor, mucho más, para entrar allí y sentarse con ellos que para otros hechos por los que se reciben aplausos y recompensas.
Las Hermanas de la Caridad, a las que tanto quiero y tanto debo. Los que asisten a los leprosos. Los Hermanos de San Juan de Dios, que cuidan de los niños enfermos, tullidos, pobres y miserables, algunos que, como dicen los Hermanos, «los primeros días, cuando los traemos, muerden como perritos». Y los heroicos misioneros, que abandonan la Patria, algunos ya para siempre, como aquel padre jesuita, legionario, que me decía cuando le estrechaba entre mis brazos, despidiéndose: «Porque me voy a una misión en la que hay muy pocos que vuelvan». Y todos, misioneros y misioneras, no sólo luchan con los salvajes y los infieles, sino que luchan también con el clima y las enfermedades exóticas. ¡Terrible mosquito «stegomya», del vómito de la fiebre amarilla, que das más miedo al verte en el camarote o en la tienda de campaña que las mismas balas, por fuerte que silben!
Y por si esto no bastara, hoy, en medio del mundo civilizado, hay prisioneros torturados y esclavos que, con la fe en Cristo, convierten en placer sus dolores y esperan el día, no lejano, en que recobrarán su perdida libertad. ¡Qué pena para nosotros, católicos fervientes, que ya se acabaran aquellos tiempos de las Cruzadas, en que se podía, con un estandarte, una espada y un caballo, arengar a los cruzados diciéndoles: «¡Por Dios y por la Fe, vamos por ellos!»
¡Marines y aviadores, hombres del aire y de la mar: el puesto de honor os corresponde!
Y en nuestros gloriosos Ejércitos, en Melilla, año de 1921 (Annual). El general en jefe dice: «Las noticias son que el enemigo va a atacar fuerte. Cuento con mil regulares y con dos mil legionarios». El jefe de Estado Mayor: «Perdón: la Legión no ha traído más que mil legionarios.» El general en jefe insiste: «¡Dos mil!» El jefe de la Legión: «Sí, dos mil legionarios. Muchas gracias, mi general».
En la Ciudad Universitaria, el enemigo ataca por la mina. En una trinchera hay un cartel, en el que, debajo del emblema de la Aviación, se lee: «Esta compañía está dispuesta a volar sin necesidad de aeroplanos.»
Y ya de la mano, y así como van abriéndose los capullos de las rosas conforme avanza la primavera, al hablar del valor, acabamos por entonar un himno al valor hispánico. ¡Españoles de la Liberación! ¡70.000 muertos, 350.000 heridos, 50.000 caballeros mutilados de guerra por la Patria, al lado del inmenso número de los mártires!
Y con este valor español, imperecedero e inextinguible, estamos seguros y firmes de que en cada momento, y sea cómo sea, por el favor de dios, alcanzaremos para España el puesto de honor y de respeto entre todas las naciones que nos corresponde por derecho propio.
Por el general don Jorge Vigón en el ABC del 1 de Abril de 1953
Cuando, tras la derrota, llega la hora de las amargas reflexiones, uno de los conductores de las tropas rojas -quizá el más destacado técnicamente- al discurrir sobre las causas del fracaso, venía a parar en la conclusión de que no habían sido ni el azar, ni el gesto desdeñoso de la fortuna, sino el acierto del Generalísimo para lograr una auténtica superioridad.
Y apurando los conceptos y perfilando las ideas, señalaba como causas especificas de la derrota: «la pugna entre los partidos, extendido a las unidades militares; la codicia de los partidos para obtener puestos de mando, aunque para cubrirlos hubiera que nombrar a los más ineptos; la equivocación de los comisarios políticos que derivaban su función hacía la conquista de prosélitos para su partido; la difusión del emboscamiento; la resistencia a declarar el estado de guerra para que el mando no pasara al Ejército; la actitud de los fieros defensores del fuero civil, constantemente preocupados de una temida dictadura que, para que ningún jefe militar se rebelase brillantemente, extremaron de tal modo su celo en el segundo semestre de 1938, que apenas dejaban hablar de aquéllos a los periódicos…»
El análisis es bastante exacto. Y fácil comprobar que en el campo nacional se evitaron casi todos estos errores; y cuando se inició en alguno de ellos, no faltaron a la cita la abnegación y el fervor precisos para acudir al remedio del daño.
Por eso España pudo revivir, vuelta a la plena salud y a la gloria, porque los vencedores habían luchado de espaldas, y cargados de desdén, a toda clase de pugnas de partidos; porque habían demostrado su valor, y apenas si en su alma cabía para los impúdicos emboscados un desprecio mayor cuando más floreciente podía parecer su fortuna; porque habían aprendido en la guerra la calidad de las virtudes castrenses, y ya por eso no podía anidar en ellos el recelo de lo militar y del militarismo; y porque los soldados habían descubierto en sus jefes y en sus generales valores de reflexión, de discurso, de juicio, y de conducta, que siglo y medio de necedad venía regateándoles y que ahora veían cómo en ajuste que ellos pesaran más que la gala de la mocedad, la severidad de la pedantería o la gracia de un buen estilo literario.
Si en el origen y en el curso del Movimiento no se dejan traslucir de tan evidente modo el fondo profundamente religioso, podría uno sentirse tentado a descubrir como estimulo de aquella conducta el sentimiento del honor.
La duda comienza cuando se piensa que en el otro campo, pocos o muchos, también había algunos que habían tomado partido y trataban de ajustar su conducta a unas normas que imaginaban exigencia de su honor.
Lo que ocurre es que, como escribió Peñalosa, para que el honor constituya un sistema útil para valorar en todos los casos la rectitud o la inconveniencia de una conducta es preciso que «no dependa de la rueda de los tiempos, ni del diverso lugar en que se vive, ni menos de la ilusión»; el verdadero honor no está «en la virtud del poder y de la fuerza, sino en la del corazón ordenada a Dios como al fin eterno de todos los pensamientos de los hombres».
Por eso sucedió que aquellos nuestros viejos compañeros de armas que creían inspirar sus actos en las normas del honor acertaron el camino del deber exactamente en la medida en que su código de valores y su actitud vital acataban, quizá sin sospecharlo ellos mismos, cierto número de preceptos tomados del Decálogo, que eran como el poso que en su conciencia habían dejado una civilización secular.
He aquí por qué, en todos los órdenes de la vida, presta aún muchas veces un valioso servicio el respeto a este honor, que era para Burkardt «la mezcla misteriosa de conciencia y de egoísmo que le queda al hombre moderno cuando, por su culpa o sin ellas, ha perdido lo demás; fe, amor y esperanza»; un estímulo humano que induce a cumplir rectamente nuestros deberes cuando nuestra vida no está ya inspirada por unos imperativos religiosos.
El honor así entendido es más exigente que las leyes y los reglamentos castrenses, pero mucho menos riguroso que la ley de Dios; y también menos clemente y piadoso que la justicia divina.
Pero, si por ignorancia o por presuntuosa vanidad, se ha prescindido del conocimiento de las verdades últimas, el problema fundamental de la vida, el de determinar en las grandes crisis de qué lado está el deber, se plantea con caracteres pavorosos a la inteligencia desprovista del instrumental preciso para el caso. En los momentos apremiantes de la revolución y de la guerra, por ejemplo, aquellos para los que -consciente e inconscientemente- conservaban vigencia las normas de la moral cristiana acertaron a resolver correctamente el problema, aunque no siempre de acuerdo con su inmediato y personal interés. En muchos de los otros pesaría quizá más la conveniencia, o la comodidad, del momento. No seria justo, sin embargo, imaginar que no hubiera algunos -quizá bastantes- que marcharan en dirección opuesta a la nuestra por una falta de apreciación de lo que pedía el deber: por un concepto equivocado del honor.
Y no puede pensarse en ellos sin dolor y sin piedad.
Primera parte:
