Fuerza Nueva. 29 de Marzo de 1975. Num. 429
En este 1 de abril de 1975 conmemoramos los españoles -al menos los que seguimos siendo fieles al espíritu del 18 de Julio, el único válido para nosotros- el 36 aniversario de la Victoria de las armas nacionales sobre el «vencido y derrotado Ejército rojo» -no «republicano», como «ahora» tantos le apellidan-, con lo que la Guerra de Liberación quedó conclusa y una nueva era de paz quedó abierta para la Patria.
Un año más en la celebración, en la firmeza y en la esperanza, no en la estéril nostalgia, ni en el triunfalismo inoperante de los cucos o de los satisfechos por oficio. Un año más en la fe y en la voluntad absoluta y permanente de seguir siendo fieles a la doctrina que dio vida a la Cruzada, a los Principios irreversibles del Movimiento Nacional, clave, guía y fundamento del nuevo Estado de derecho que enmarca la realidad constitucional del país.
Una rememoración en este tiempo de cobardías, de enanos y traidores, en la cual queremos sacar al aire las banderas de la fidelidad, de la lealtad y del honor. Banderas que siguen sin conocer el desánimo, la claudicación, la fácil demagogia o el cobarde oportunismo, y que, enhiestas, mantienen el norte, la guía, de las generaciones que combatieron, y aquellas otras que las han sucedido en el correr histórico de España.
Es una vez más la fecha de la recordación de los que cayeron, arma al brazo y en lo alto las estrellas, a lo largo y ancho de la geografía patria; de aquellos que murieron por Cristo y por España en las cárceles y chekas, que hoy también tantos tratan de encerrar su recuerdo en el desván de los más vergonzosos olvidos.
Una fecha histórica que nos obliga a mantener la guardia e impedir que el tremendo sacrificio de tantos miles de españoles, que con su heroísmo o su trabajo impidieron que no se consumase el suicidio histórico de nuestro pueblo, quede en la más baldía de las epopeyas, en razón a los contubernios, a la acción, violenta o no, de los eternos enemigos que con complicidades de todos conocidas, tratan de hacer retornar a España a los caminos de la disgregación, el odio, el subdesarrollo y la anarquía, al no ser, en definitiva, de la Patria.
Una victoria que ha de renacer todos los años con la fuerza del primer día, porque fue una victoria para todos los españoles sin discriminación alguna: para los vencedores y para los vencidos, porque era la victoria que los hombres del Movimiento queríamos hiciese posible la realidad de una doctrina generosa que se basa en la unidad entre los hombres, las clases y las tierras de España; que desea el triunfo de la justicia social, la más exacta y cristiana dignidad de la persof1a humana, la más amplia libertad y el logro del más completo bienestar y desarrollo de todo orden para quienes componen la gran colectividad nacional.
Y en esta fecha, también, a la par que ratificamos nuestra postura al servicio irrenunciable de la Patria, queremos señalar, una vez más, los peligros que se derivan de esa acción tenaz, subversiva y enmascarada, cuando no abierta y militante, de quienes, traicionando sus juramentos, sus íntimas convicciones, tratan de conculcar, precisamente, ese ideario, esa Victoria, y dar paso nuevamente a situaciones felizmente superadas de disgregación, anarquía, enfrentamiento clasista, dentro de un renovado afán de llevar a España por derroteros nefastos de partitocracia y liberalismo, cuando no de declarado marxismo.
Es decir, volver a una España rota, enfrentada, subdesarrollada e injusta socialmente. Una España que en modo alguno podemos admitir, aun cuando el enemigo exterior e interior se esfuerce cotidiana mente en ello. y para esto, una vez más también, quisiéramos invitar, en auténtico servicio, al pueblo español al reforzamiento a ultranza de la unidad entre los hombres que siguen fieles al ideario joseantoniano, a las más puras esencias del tradicionalismo, para que, dejando inútiles rencillas, personalismos suicidas y apetencias insignificantes, sientan 1a llamada de la Patria y marchemos unidos hacia el mañana que, como decía la vieja canción, «nos promete Patria, justicia y pan».
Ramón de Tolosa en Fuerza Nueva. 29 de Marzo de 1975. Num. 429
Es curioso comprobar cómo los grandes eslóganes del comunismo internacional son adoptados miméticamente -¡buenos tontos útiles!- por una serie de instituciones y personas que en realidad no podemos tachar de profesar la filosofía de Marx o Lenin, pero que, sin embargo, le hacen el juego, haciendo suyas las normas o ideas que, lanzadas a los cuatro vientos por los secuaces del comunismo, son difundidas después por estos elementos que, más que compañeros de viaje, resultan los clásicos tontos al servicio de una dogmática que les es totalmente ajena.
Así vemos ahora, por no remontamos a ejemplos más antiguos, cómo las consignas comunistas de, por ejemplo, «el Ejército tiene que ser apolítico y solamente debe defender las fronteras de la Nación contra la agresión exterior», son adoptadas, como genuina expresión propia por gentes que por historia, vocación y puesto son totalmente anticomunistas, pero que caen en la trampa y no se dan cuenta que lo que hacen es adoptar posturas y expresiones que han nacido de la fábrica de propaganda del marxismo internacional.
El caso más típico lo tenemos en la palabra «Reconciliación, que hoy nos abruma con su difusión a través principalmente de ciertos estamentos eclesiales de nuestro país.
La «Reconciliación Nacional» en unión del «Frente Democrático» -después «Junta»- fueron expresiones o líneas de actuación política nacidas en el seno de Partido Comunista español, y vieron la luz del brazo de La Pasionaria y de Santiago Carrillo. Después, una parte de la Iglesia, como decimos, la ha hecho suya, tal vez sin darse cuenta, pese a que no podemos olvidar la auténtica infiltración del comunismo en ciertos cuadros y asociaciones de la Iglesia española.
Por ello, en esta fecha de la Victoria, que coincide en este año con la más fuerte campaña en pro de la ((Reconciliación», tendríamos que preguntar a sus voceros más ilustres si lo que se pretende con eso .es seguir una consigna comunista y tratar de sustituir el recuerdo, la efemérides de la victoria de las armas nacionales, por una motivación marxista, amparada en un supuesto humanitarismo que lleve a los poderes públicos a olvidarse de tan alta fecha trascendente, clave de la realidad del Estado y de la vigente constitucionalidad de, mismo, por un sentimiento de culpa y «borrón y cuenta nueva» en base a una motivación cristiana de amor fraterno, pero que realmente oculta un propósito decidido de hacer bajar la guardia para introducir más cómodamente el «caballo de Troya» que haga desaparecer el Régimen.
No hay caso lógico para pedir una «Reconciliación», pues ésta ya fue ofrecida generosamente por Franco al terminar la Cruzada de Liberación y aceptada por quienes con ideas opuestas, pero limpia acción, aceptaron la derrota armada y se sumaron al quehacer colectivo nacional, integrándose en una labor comunitaria de desarrollo y progreso y del país, sin que nadie interfiriese su vida ciudadana, su vivir social y colectivo.
La «Reconciliación» sólo la piden los que siguen pensando en la revancha, en los «cuatro veces treinta y nueve años» que tan «humanitariamente» nos ha prometido de castigo La Pasionaria, a los que somos fieles al Movimiento Nacional -claro es que sólo para los que se salvasen del paredón- y en cuyo ánimo no existe ningún deseo reconciliatorio y menos de amnistía o indulto por «nuestros crímenes o ideas políticas». Lo triste es que haya personas que caigan a estas alturas en la trampa y les hagan el juego. Los demás que se suman al coro o toman la iniciativa -sean clérigos o seglares-, por mucho que se disfracen de cara a la opinión, no pueden ocultar su auténtica intencionalidad política y su clara obediencia a las consignas que reciben de los diversos Comités Centrales de las distintas ramas que por ahí pululan al servicio del marxismo-comunismo.
Eduardo Marquina en Fuerza Nueva. 29 de Marzo de 1975. Num. 429
Hijos de todas las familias,
de todas las casas,
que amojonan la tierra española
por toda la hechicera variedad de su mapa,
desfilan, milites,
en columna apretada,
rígido el paso, alegres
del triunfo las caras,
por el cauce común de la vena mayor
que da sangre, en Madrid, al corazón de España.
Hijos de todas las familias
de todas nuestras casas:
doscientos cincuenta mil
claros cachorros de progenie hispánica,
emblema y parte del millón
de intrépidos soldados de la Patria,
que valen, al justiprecio
de la boca de Franco exacta,
¡cinco millones de héroes en potencia,
porque han nacido y son «hombres de España»!
Tres años de guerra:
los hogares sin leña que arda,
rota la Cruz, quemadas las cosechas,
cavernas las ciudades, profanación las casas;
tres años de aspérrima lucha:
partida España en dos, las Democracias,
-que eran porque no fuimos,
y vivían vendiendo nuestra ruina- empeñadas
en prolongar nos la agonía
con la astucia feroz de su cínica farsa;
tres años, en ronda famélica,
a nuestra puerta, agazapada,
esperando el cadáver donde clavar las uñas
la soviética hiena del Asia.
y hoy, al salir de esos tres años,
de noche milenaria,
sobre tapiz de flores,
entre espigas de Burgos y levantinas palmas,
al hilo de marmóreos palacios, renacidos
bajo dosel de pinos y castaños y acacias,
por el cauce común de la vena mayor
que palpita en Madrid, centrando el mapa;
¡doscientos cincuenta mil
cachorros de España,
que desfilan, marcando el latido
español con el paso a compás de su marcha!
Van arma al brazo, como los quería
José Antonio, broncíneas las caras
al paso alegre de la paz,
banderas desplegadas,
las cinco rosas sobre el haz
de las cinco flechas de grana.
Un nombre -Franco, Franco, Franco-
el nombre, símbolo y flor de España,
salta de todas las bocas,
se apoya en todas las gargantas,
y atraviesa el espacio, prendido
en el vellón del aire de la Patria.
¿Querían los enemigos
de dentro y de fuera de casa
triturar, para el riego de la estepa oriental,
el olivo español, mantenedor de lámparas?
¿Querían quitarle, a la Historia,
su penacho central de ibéricas llamas?
¿Querían arrancarle a Extremadura
la bigornia intacta,
donde afilaron los conquistadores
el esternón en proa de sus barcas?
Y en Yuste ¿querían machacar
la corona imperial que forjó entre batallas
Carlos de Gante, Emperador de Europa
y fraile de España?..
¿Querían matar, en las aguas del Tajo,
el temple de nuestras espadas?
¿Desalojar el honor español
de la Custodia del Alcázar?
¿Arrancarle a Aragón, en Teruel,
la rosa de sus entrañas?
¿Desvencijar el arco del Ebro,
a un golpe de espolón de gallo de Francia?
¿Raer lo hispánico del orbe
y enterrarlo, y ponerle de tapa
-transportándola en barcos Inglaterra-
la mole del Himalaya?..
¡Vano afán!… Levantaron su maza en el aire,
y, al dar golpe en la tierra, ¡se les partió la maza!
Olvidaron que el sello
de la acción española es hacer con el alma.
La mano ahorma; pero el alma crea,
¡y crear es sacar las cosas de la nada!
Sin oro, sin barcos,
desde el África,
por encima del mar,
saltando rígida, una Espada
nos señaló el camino y -contra todos-
¡sacó adelante a España!
Tanto rigor de muerte,
profanación, martirios, luto, orfandad y lágrimas,
no habrán sido otra cosa,
en profecía de albas,
¡que el bendito dolor del parto de un Ejército!
-Helo en pie ¡para siempre!… ¡Viva España!
Mujeres, madres
que lo engendráis, desde Navarra;
manos labriegas
que le sembrasteis pan en Castilla la parda;
niños, doncellas, abuelas y abuelos
de todos los rincones de las provincias anchas,
gentes de paz y de tesón,
rústicos puntillosos, de cordura y de brasa,
sacerdotes que en tierra española
mantenéis la católica Palabra,
poetas que soñáis, trabajadores,
sabios, artistas, pensadores, nautas,
ha nacido el Ejército;
¡al trabajo, otra vez! Hay quien monta la guardia.
Soldados del Imperio, voz de nuestros afanes,
aguja en el telar de nuestras ansias,
versos de acero y sangre, ellos tejen el canto
de la Victoria en carne humana.
Traen la segura paz, porque ellos son la fuerza,
al pie de sus banderas desplegadas;
el pan y la justicia, porque ellos son rehenes
del bieldo y las balanzas;
el porvenir, porque ellos son la fe,
y la Historia inmortal, porque ellos son la espada.
¡Gloria a su creador! La boca justa
de Franco ha sonreído en la mañana:
calmas de Sembrador sobre campos de espigas.
¡Plata de albores de esperanzas!
Nos ha dado el Ejército, que es el Imperio en ciernes:
¡por Dios y por la Patria,
nuestras vidas en haz para el Caudillo!
¡Saludo a Franco! ¡Arriba España!
Traición en Fuerza Nueva. 27 de Marzo de 1976. Num. 481
CUANDO los soldados nacionales. al mando del Caudillo Franco, entraban, como fin de la Cruzada de Liberación, por las calles del hasta entonces Madrid rojo, ahora hace treinta y siete años, bien ajenos estaban en aquel momento -estábamos- de que nosotros o nuestros hijos, al cabo de estos años, volveríamos a ver por estas mismas calles, liberadas con la sangre de nuestros mejores, con el sacrificio de todos los españoles, al mismo enemigo desfilando con sus emblemas y banderas, con sus puños cerrados, con sus gritos de odio y de traición, no en razón de una victoria adversa en una hipotética nueva contienda fratricida, sino en virtud de la acción complaciente de muchos de los que entonces se ufanaban de la Victoria y después se sirvieron de ella para medrar y alcanzar honores, riquezas y puestos de prebenda.
Porque esto es lo que está sucediendo al amparo de esos que se han olvidado de sus juramentos y de sus deberes para con la Patria, con cuanto representa el mandato de nuestros muertos. Y con ellos sus hijos, a los que no han sabido educar en el culto a la verdadera política, en el legado respetuoso y firme de unos ideales que han sido la base de nuestro desarrollo y paz a lo largo de casi cuarenta años de vida española, y que hoy son los integrantes de esas minorías traidoras que hacen el juego a las dos grandes Internacionales que mueven los hilos del mundo: la Internacional capitalista y la Internacional marxista.
Sabemos que la palabra «traición» encierra una calificación grave, terrible diríamos, que conlleva en sí el descrédito social, el desprecio unánime y la repulsa de los hombres de bien, ante quienes cae tal concepto denigratorio. Sabemos esto y muchas veces nos duele en lo profundo de nuestra alma, en lo más hondo de nuestro sentir como españoles, tener que calificar así a muchos de los que en tiempos fueron nuestros compañeros, nuestros camaradas, o a aquellos que, en razón de una fidelidad libremente aceptada, no han sabido mantenerla en el correr del tiempo, sin más razón aparente que su ansia de poder y su sentido de la oportunidad.
Jamás nos hubiese gustado. ni nunca pensamos tener que hacerla, que ahora tras treinta y siete años transcurridos bajo el mismo Estado, bajo las mismas instituciones fundadas por Francisco Franco con el consenso mayoritario de nuestro pueblo, tuviésemos que haber salido al palenque público, a las calles y plazas de la Patria, a desenmascarar y tildar con toda razón de traidores a tantas gentes, a tantos hombres que un día se vanagloriaron con nosotros de un triunfo nacional, de la Victoria en suma. Jamás pensamos que al paso de una sola generación, que nosotros creíamos crecería en el amor y la fe que dio vida al 18 de julio de 1936, nuestra juventud. los hombres y mujeres de España, hayan sido moldeados en gran parte, conculcados sus sagrados ideales, envenenados sus afanes de patriotismo, dignidad y servicio auténtico al pueblo, a la comunidad nacional de la cual todos formamos parte.
Momentos innegables de traición política y pública son los que en estas horas decisivas estamos atravesando. No de otra cosa se puede calificar cuando vemos tolerados los separatismos; los marxismos, consentidos; los criminales y subversivos. campando casi libres, cuando no beneficiándose de indultos suicidas. Cuando vemos tanta componenda, tanto entreguismo, tanta ingratitud, tanta cobardía personal y colectiva. Cuando vemos cómo se pretende hacer el clásico borrón y cuenta nueva. más que en su razón a un sentido de concordia. por razón de una triste ambición de poder o de una cobardía infinita. cuando no en obediencias tenebrosas e inconfesables.
Muchos han dicho últimamente que nos encontramos en la hora de los enanos. Es cierto, pero los enanos no tendrían poder, ni las ratas saldrían de las cloacas, si antes no tuviese carta pública de naturaleza la traición dentro de nosotros mismos.
Franco lo dijo: «El enemigo está dentro», pero no sería temible si sólo fuese aquel que ya combatimos y vencimos en ocasión pasada, frente a frente, cara a cara, por las ciudades y los campos de la Patria. El enemigo está dentro porque dentro está, cada día a mayor escala. la traición y el entreguismo más vergonzoso.
Sin embargo, pese a ello, la España nuestra. la España una, grande y libre, razón de ser de aquella Cruzada, de aquel «entrar en Madrid» hace treinta y siete años, sigue en pie, presta de nuevo al combate, con el ánimo tenso, el corazón firme, arma al brazo, buscando, con la fe puesta en Dios y la fidelidad al mandato de nuestros caídos, ese auténtico mañana de justicia social, de libertad, grandeza y honor para España y los españoles.
Manuel Machado en Fuerza Nueva. 27 de Marzo de 1976. Num. 481
¡Bien venido, Caudillo!
Bien venido a tu Madrid,
con la palma de la lid
y con la espiga del pan.
Dios bendice el santo afán
que tu espada desnudó
y la victoria te dió,
poniendo en esa victoria
toda la luz de la gloria
de un mundo que se salvó.
Con esa hueste triunfal
que tras tu enseña desfila
-y que lleva en la mochila
estrellas de general-,
de la barbarie oriental
vencer supiste el espanto,
y alcanza tu gloria tanto
que con tu invencible tropa
fue España escudo de Europa
como en Granada y Lepanto.
De tu soberbia campaña,
Caudillo noble y valiente,
ha resurgido esplendente
una y grande y libre España.
Que hoy sean tu nueva hazaña
estas paces que unirán
en un mismo y puro afán
al hermano y el hermano…
Con la sombra de tu mano
es bastante, ¡Capitán!
Maruja Moreno Méndez en Fuerza Nueva. Del 28 de abril al 12 de Mayo de 1984. Num. 865
El pueblo español, cautivo en una red psicológica, ha sido desarmado de sus más altos ideales y valores morales, desgajado de su raíz histórica y tradicional, traicionado en sus más intimas esencias, despojado hasta del bienestar material que había alcanzado a costa del esfuerzo y del estímulo en un régimen que, nacido de una victoria militar, tenía sus hondas raíces en las entrañas del alma española. Ese pueblo que vivía la ilusión de trabajar en una empresa común, ha perdido la paz.
Palabras como solidaridad, colectivo, común, se han distorsionado y se convierten en las bocas de los que hoy ampulosamente las pronuncian en grotescas muecas que cuando menos nos hacen sonreír. Pueblos de España, esta frase machaconamente repetida, ha sustituido a esa otra tan entrañable de pueblo español. La solidaridad se ha convertido en una palabra hueca que nos hace odiar lo que antes amábamos. Lo colectivo se ha plural izado para recordarnos que hay clases, grupos, capillas. y lo común, lo que nos une, no es ya más que la pobreza, la miseria, el miedo, la vergüenza, las lacras y el terror. No han respetado ni siquiera la dignidad nacional. Se ríen de nosotros como nación, en nuestras propias narices, teniendo por representante ante el mundo al protagonista de chistes tontos, y uno siente pena de que se haya podido caer tan bajo. Ríes por no llorar cuando te dicen que España ya tienen peso específico en el conjunto de las naciones. Sí, se nos ha adjudicado el papel de payaso internacional. Sientes lástima de que se haya minado de tal manera el espíritu nacional que tengamos que pasar por trances como el del ametrallamiento de unos pesqueros para que, allá en el fondo de nuestra alma, la indignación riegue esa semilla agostada que fue en su día el orgullo de ser españoles.
La primavera tímidamente se ha asomado a España, otra primavera más. Otro 1.º de abril nos ha contemplado. Yo medito sobre lo que me rodea, y no me gusta. No me gusta lo que estamos preparando para nuestros hijos. Me duele que se haya echado a Dios de las escuelas. Me duele que se quiera manipular nuestras conciencias y nuestra libertad, la de verdad –esto es muy grave-, desde medios tan poderosos como la radio y la televisión. Me duele que el sábado, uno de los pocos días en que muchos padres dejamos a los niños ver la televisión por la noche, nos regalen con tristes muestras de basura nacional, y haya que apagar ese aparato que tanto bien podría hacer y que tanto daño está haciendo. Hay un claro empeño en minar los valores más profundos y serios de la familia y de la moral. Me duele que se tergiverse la historia. las noticias. las verdades. y me duele mucho más que todo esto se haga engañando. disfrazándolo de cultura y de democracia. La cultura es algo muy distinto de este sucedáneo adulterado que nos quieren hacer tragar, y respecto a la democracia, yo no siento una especial inclinación hacia este término. porque creo que en su versión liberal es algo utópico y trasnochado y tengo serias dudas sobre su operancia efectiva. Pero eso no quita que la respete como cualquier teoría política. y por eso no me gusta que se prostituya empleándola alegremente para tapar sucios manejos de reconversión… ideológica.
Me sonrío al contemplar esas campañas tan conmovedoras del cambio de pistolas por balones, yesos movimientos tan dudosamente pacifistas, cuando por otro lado se está fomentando la corrupción de costumbres en todas las esferas, se despenalizan crímenes tan abominables como el aborto, se liberaliza el consumo de drogas, causa y origen de innumerables delitos, aparte la destrucción psíquica y física de nuestros jóvenes, se ofrece trato preferencial a asesinos sin escrúpulos, y se coarta con leyes injustas el deber-derecho de los padres a la educación de sus hijos. ¿Es qué no son todas estas situaciones formas expresas de propiciar la violencia con unas consecuencias imprevisibles que pueden llegar a desbordarnos y a la destrucción sistemática de nuestra sociedad? Como así está sucediendo.
Puede haber dictaduras, y de hecho las hay, respaldadas por diez millones de votos. No hay que ir muy lejos para encontrarlas. Para terminar esta mi particular conmemoración del 1.º de Abril, día en que Francisco Franco, Generalísimo de los Ejércitos, firmó el parte de la Victoria, una última consideración. Aquello de un hombre, un voto, es muy bonito si fuera verdad. Mi voto, y no es petulancia, sino puro raciocinio, jamás puede ser igual que el de la anciana señora del parque de atracciones del señor Tola. ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Cuántos millones de votos nulos, Señor! Porque el papelito que yo eché en ese cajón de cristal iba respaldado por mi libertad para pensar, una libertad con mayúscula que no me puede arrebatar nadie, en nombre de esa otra libertad chata y pequeñita, ni los votos irresponsables, ni ningún partido internacionalista. Por eso es tan grave manipular el pensamiento de la persona, y por eso concretamente hoy, traigo a la consideración de los que me lean, el nuevo parte que puede producirse el día menos pensado, y sin mucho tardar, y que puede llevarnos, por mor de una obsoleta y falsa democracia, a la más tiránica de las dictaduras, de las que nunca más se retorna.
Viene de:
