La figura de Francisco Franco ha sido objeto de innumerables interpretaciones, análisis y juicios históricos. Sin embargo, existen testimonios que proceden de personas que tuvieron con él un trato directo y que permiten aproximarse a aspectos de su personalidad que difícilmente pueden conocerse desde la distancia.
Entre estos testimonios destaca el del arzobispo de Valencia, don José María García de Lahiguera, quien tuvo ocasión de tratar personalmente a Franco y de dirigirle los Ejercicios Espirituales en dos ocasiones, en 1949 y 1953. Con motivo del funeral celebrado en Valencia, el prelado recordó aquellas experiencias y ofreció una visión centrada no en el político, el militar o el Jefe del Estado, sino en lo que él denominaba «el alma» de Francisco Franco.
Su homilía pone el acento en tres aspectos fundamentales: la fe, la caridad y la humildad. Más allá de cualquier valoración política o histórica, sus palabras constituyen un testimonio personal de alguien que conoció a Franco en un ámbito de especial intimidad y que quiso transmitir lo que, según su experiencia, había descubierto en él.
Este texto recoge aquel testimonio y permite acercarse a una dimensión de Franco que con frecuencia queda relegada frente a su condición de militar, gobernante y protagonista de una de las etapas más controvertidas de la historia contemporánea de España.
Don José María García de Lahiguera dirigió dos veces los Ejercicios Espirituales a Franco y a su esposa, una vez en 1949 y otra en 1953. Con motivo del funeral celebrado por Franco en Valencia, cuando era Arzobispo de aquella Archidiócesis recordó esos dos Ejercicios en una homilía inefable, luego publicada en el Boletín Oficial de aquel Arzobispado. De esa homilía son los párrafos siguientes:
«… Nosotros tenemos que hablar del alma. Ya habrá quien hable de otros aspectos de esta singular persona; ya habrá quien critique el pro y el contra. Cuanto más se hable en contra o en favor, más se está suscribiendo su grandeza. Del que no es nada no se habla ni mal ni bien. Signum contradictionis se dijo de Jesucristo (…). Aquí hablamos de su alma… Para entusiasmaros más, si cabe, y pedir con más fervor, si es posible; para que esa alma nos sirva a nosotros de empuje y acicate, porque fue siempre delante de nosotros marcando caminos de lealtad, de fidelidad, de entrega al cumplimiento del deber, de perseverancia, de estabilidad, de tranquilidad, de naturalidad, y todo con su sonrisa imperturbable. Al tropezar con esas almas grandes, no sé qué pasa que parece que no se conmueven, pero intuimos en su interior un mundo inmenso que no podemos conocer.
La historia de Franco es la historia de su alma. Interesa, pues, asomarnos a su alma. Esta siempre se asoma por el rostro y por los ojos nos parpadea, como haciéndonos guiños expresivos de su ministerio interior. Y ¿quién vio despacio esos ojos? ¡Yo, yo! ¡Muchas veces! Puedo deducir algo de su alma, que veía asomada a su rostro y la veía hablar con la mirada de sus ojos. No hablo de memoria. Hablar podemos hablar todos. ¿Quién no habla de esta persona? ¿Quién no habla de Franco? ¿Quién no habla del Caudillo? ¿Quién no habla del Generalísimo? Pero yo hablo con otro conocimiento: he estado con él horas, muchas horas, muchísimas horas; en silencio los dos solos, en la intimidad de unos días imborrables en que quiso que yo —pobre pecador— le dirigiera los Ejercicios Espirituales el año cuarenta y nueve; y no sé por qué en el año cincuenta y tres dijo: ‘Los quiero repetir con el mismo Don José María’.
Y me dio pie a escuchar, me dio pie a observar, me dio pie a contemplar, me dio pie a profundizar; sin pensar que con el tiempo yo tendría ocasión de hablar de su alma, para poder mejor rezar…, para poder mejor orar con conocimiento de causa.
I. Franco era un hombre de fe. Hay muchísimas cosas, amadísimos hijos, que se conocen en la intimidad del trato de las personas y que parece que se contradicen con lo que de fuera interpretan los demás.
Franco era un hombre pendiente siempre de Dios. Pendiente siempre de la fe que anidaba en su alma, en la que nunca jamás hubo crisis. Con referencia a las crisis, que tenía que contemplar en este tiempo —y que todos lamentamos— siempre se expresaba con acertado diagnóstico, como de médico espiritual, diciendo: «Eso, eso es crisis de fe». ¡Qué verdad, qué verdad! ¡Era un hombre de fe! (…).
Tenía fe en Dios. Cómo me gozaba yo cuando en cualquier conversación salían las frases: «Si Dios quisiera», «No sé lo que haría Dios en ese caso», «Probablemente Dios decidiría». Siempre Dios. ¿Recordáis los mensajes de fin de año? —¡este año ya no lo oiremos!— Siempre, al final, o en medio, ocurría la ocasión oportunísima —era acertado en todo—, salía a relucir su fe en Dios. Era un hombre de fe. Pero no de fe de relumbrón. Fe que se basaba en las obras.
¡Ay, amadísimos hermanos! Perdonad que os haga esta confidencia; a mí no me ha sorprendido lo más mínimo su mensaje de despedida a los españoles. Me ha consolado; me ha alegrado por su oportunidad. Pero no me ha sorprendido. Tenía que decir eso a última hora quien siempre vivió de eso y siempre vivió para eso. Al dictar para que corriera la pluma, hacía a España participante gozosa por cuanto dice; llorosa, por cuanto lo dice; y siempre, siempre dolorosa por cuanto escribir aquel maravilloso testamento supone el hecho que expresa la frase tan leída estos días: «Franco ha muerto». Un hombre que vive así, tiene que morir así, y tiene que escribir, al fin de la vida, de esta forma».
Cita a continuación párrafos de su testamento o mensaje último a España, que incluiremos al final de este libro. Luego dice:
«Sí, Franco fue un hombre de fe. Su alma está gozando no de la fe, sino de la visión de los misterios que encierra la fe. Qualis vita, finis ita. Como es la vida, es la muerte.»
Se refiere luego a que la fe de Franco fue una fe práctica y alude al hecho ya consignado aquí de que Franco era de una conducta intachable, sobre todo en la práctica de la caridad con respecto al prójimo. Por más que lo intentó no pudo obtener de sus labios una palabra de censura para los demás, una palabra contra la caridad, como ya aquí hemos dicho en varias ocasiones, ni siquiera para con los que no le seguían e incluso le criticaban. Ya hemos dicho que ese modo de obrar entra en lo que los maestros de la vida espiritual llaman virtud heroica. El Arzobispo de Valencia continuó después de esta forma:
«Extrañará a todas las gentes otra característica del alma de Francisco Franco. Amadísimos hijos míos, escuchadme, que hablo con sinceridad: la virtud de la humildad. Aclamado, siempre entre aplausos, guardó la virtud de la humildad. En tantas horas de conversación ni una sola vez habló de sí mismo, ni una vez habló de sus cosas; ni una vez refirió lo que él hizo; si acaso las refería en plural. Por mis conversaciones con él no podría yo deducir al Caudillo de la Victoria, ni al Generalísimo de los Ejércitos, ni al Jefe del Estado.
No podría deducirlo, no. Hablaba y cuando —lo recuerdo perfectamente bien— no por indiscreción mía, no por mala idea mía, sino porque se me escapó al preguntar algo que podía redundar un poco en su alabanza (¡jamás por adulación!), noté que con disimulo y naturalidad me empezó a hablar de la sequía que en aquel tiempo tanto perjudicaba a los campos de España.
Hermanos, si esto se vive con naturalidad, es que es así.
En resumen, en mi concepto tiene estas tres virtudes: ser hombre de fe; entregado a obras de caridad, en favor de todos, pues a todos amaba; hombre de humildad. A esa fe y a esa humildad le llevaba un gran deseo. El hombre que es de fe, aunque esté levantado sobre el pedestal del triunfo, todo lo ve venido de Dios. El hombre que es entregado a los demás es fiel a dos palabras de la Santa Misa que pronunciamos al acercarnos a la Comunión, previo el abrazo de la paz. No sé si las habrá copiado sin darse cuenta o dándosela —porque era altamente piadoso—. Pero el hecho es que termina su despedida diciendo que perseveremos en la «unidad y la paz». Frase de la liturgia y frase también de nuestro Jefe de Estado, Caudillo, Generalísimo, al dictar su último mensaje y auténtico testamento (…). El cuerpo murió; pero el alma vive eternamente. Franco vive por toda la eternidad. No digamos: «Así sea», hermanos míos, sino: «así es».

Quien vió a la Iglesia antes y como la vemos hoy, Franco, que tanto hizo por la Iglesia Católica así acabó pagandoselo, entre otras cosas no haberse levantado y evitar que lo sacaran del Valle de los Caídos por parte de este criminal gobierno, permitir la expulsión del Abad del Valle, intentar reformar la estructura del Valle e incluso el derribo de la Santa Cruz, etc. esta es la Iglesia en España, la que sigue diciendo que pongamos la X en nuestras declaraciones de Hacienda, no tienen vergüenza.