El documento que podría llamarse, testamento político de Franco, ha tenido mucha difusión tras la muerte del Caudillo, reproducido en numerosos formatos.
Antes de entrar en el enigma de su génesis, conviene ya desde un principio resaltar que se trata de un excepcional documento. Tanto desde el punto de vista histórico, como literario y humano. Si es fácil encontrar su transcripción, no sucede lo mismo con las reproducciones del mensaje póstumo ológrafo. Y desde luego se desconoce el paradero del documento original. Ciertamente se puede encontrar en internet, pues hoy resulta imposible ocultar un documento, de tanta trascendencia histórica y política, en la era de la información digital. Pero hasta que se ha generalizado la difusión en internet, era muy difícil acceder a la reproducción del documento. Hasta el punto de dar la sensación de que había un interés oculto en que no se conociera. Precisamente porque las reproducciones “oficiales” no se correspondían exactamente con su literalidad.
Aunque sabía de la existencia de tal documento, que desde luego no podía ser una falsificación, tuve acceso a una fotocopia del mismo que por su origen me garantizaba la autenticidad. Me la proporcionó mi buen amigo Carlos Fernández Barallobre, a quien como es lógico pregunté donde había conseguido la copia. El origen me garantiza su autenticidad: se la había proporcionado José María Velo de Antelo, secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco en una reunión que había tenido lugar en el Hostal de los Reyes Católicos en Santiago de Compostela a principios de 1977. Esta era su información:
El Testamento Ológrafo del Caudillo, me lo facilitó José María Velo de Antelo, que era Secretario General de la Fundación Nacional Francisco Franco, en una reunión que tuvo lugar en el Hostal de los Reyes Católicos de Santiago, a principios de 1977, regalándome también una medalla conmemorativa del I aniversario de la muerte del Generalísimo y una insignia dorada de la Fundación.
Velo, diplomático de carrera, era de UNE, el grupo político encabezado por Gonzalo Fernández de la Mora, que se integraría en Alianza Popular con motivo de la Fundación del partido.
En las elecciones de junio de 1977, fue de número 2, por la candidatura de AP en la provincia de La Coruña. Solamente saldría elegida la número uno, María Victoria Fernández España-Fernández Latorre.
Esto me daba la suficiente garantía de la autenticidad del testamento ológrafo del Caudillo que me proporcionaba. Que es el que utilizo en esta investigación.
Lo primero que llama la atención son los añadidos. Como la letra, aún teniendo los evidentes y lógicos rasgos de senilidad, es perfectamente inteligible, de inmediato se comprueba que lo consignado con letra distinta a la del Caudillo, son aclaraciones ante posibles dudas en la lectura del texto manuscrito, pero que se corresponden exactamente con lo consignado de puño y letra por Franco. Esto es así en todas las aclaraciones, excepto en el caso de D. JUAN CARLOS donde se hace evidente que no es una aclaración, sino un añadido. Que, a mayor abundamiento, en todas las trascripciones reproducidas en infinidad de formatos (en todas idénticas, como si fuera una transcripción oficial) se consigna Don Juan Carlos de Borbón algo que no figura en el testamento ológrafo del Caudillo. ¿Por qué no hizo tal precisión Franco? ¿Al no considerarlo necesario por evidente? ¿Fue tal vez un olvido? Pudiera ser, incluso se puede admitir que son las hipótesis más probables. Pero también existe la posibilidad de que, sabiendo que el Príncipe se disponía a entregar el Sahara a Marruecos en cuanto el falleciera -Franco se enteraba de todo- y que también faltaría a su juramento al ser proclamado sucesor a la Jefatura del Estado a título de Rey (en el solemne juramento del 24 de julio de 1969 ante el Pleno del Congreso y el Sanado) donde se había comprometido, poniendo a Dios por testigo, lealtad a Su Excelencia el jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino eludiera a propio intento el citarlo expresamente. Pues si bien ya no podía tener virtualidad política ni legal, era una forma de dejar constancia de que sabía lo que iba a suceder tras su muerte. Porque realmente el documento no es un testamento, es su despedida de los españoles. En que les hace otras advertencias para el futuro, tras una muerte que sabe inminente.
No cabe duda de que el añadido, primero de D. Juan Carlos, y luego ya en la transcripción oficial del texto, Don Juan Carlos de Borbón, subyace el evidente objetivo de que no se pudiera poner en duda la nueva Jefatura del Estado, más allá del formalismo legal.
Pensemos por un momento en el testamento ológrafo de un particular con varios hijos, en el cual el testador designa como legatario a uno de ellos, pero sin consignar el nombre (aunque alegue que no lo hace por habérselo dicho ya en vida) ningún notario protocolizaría un testamento en que persona distinta al testador, añadiera el nombre del hijo que debe ser declarado heredero universal. E igualmente ningún juez le otorgaría la herencia en el caso de que los otros hermanos litigaran con él. Igualmente podríamos decir de una persona que en el testamento ológrafo designe heredero a su mejor amigo, por más que la mujer de uno de ellos anote, bajo lo escrito por el testador, el nombre de su marido. Sirvan estos ejemplos para poner de relieve que Franco en su testamento político -o despedida de los españoles llámesele como se quiera- al no haber consignado el nombre de Don Juan Carlos de Borbón, no lo estaba avalando expresamente al pedir que rodeéis al futuro Rey de España del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y que le prestéis en todo momento el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.
No cabe duda alguna de que estas razones son las que llevaron en su día a realizar el añadido al testamento ológrafo. Y que este fuera casi clandestino hasta su inclusión en internet. Así vemos que, en la obra MANUSCRITOS DE FRANCO editada por la FNFF, entre muchos documentos recopilados, resulta inaudito que no figure el que sin duda es el más importante de todos ellos, su testamento político. Por su propia naturaleza y por ser lo último que escribió en su vida. Por cierto que cotejando la letra de estos documentos con el testamento ológrafo, no es necesario ser perito calígrafo para determinar que todos ellos están escritos por la misma persona. Igualmente sorprende que, en la reciente obra editada en dos tomos, FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE, OBRAS ESCOGIDAS SND EDITORES (1ª edición noviembre del 2024) en el tomo II página 774, se recoja el texto del testamento, al que se le da el carácter de oficial, sin hacer la precisión de cuál era el tenor literal del documento.
Estas anomalías, y su indudable importancia histórica, me han llevado a tratar de desvelar lo que yo califico como Enigma Histórico. Porque, aunque parece aceptado que tanto las aclaraciones como el añadido al texto original son obra de Carmen, la hija del Caudillo, existen otras teorías además de la mía. Pues como ya he expuesto, pudiera ser que el Caudillo, a propio intento, no quiso precisar que era a D. Juan Carlos de Borbón para quien pedía afecto y lealtad. Por ello la honestidad y el rigor que debe presidir toda investigación histórica, me llevan a considerar otras posibilidades que puedan explicar la alteración del documento histórico.
En primer lugar, y antes de consignar esas otras explicaciones, he querido cerciorarme de que efectivamente, quien hizo las anotaciones en el testamento ológrafo fue Carmen, la hija de Franco. Y más allá de lo manifestado por ella en la entrevista que le hizo Alfonso Paso publicada en el diario El Alcázar (donde pudo sentirse mediatizada por razones de Estado) a través de una persona de absoluta confianza, he tenido la confirmación de ello por su nieto Francisco Franco Suelves. Quien corrobora que los añadidos al testamento son obra de su abuela -con la que convivió más de siete años- y me autoriza a citarlo como fuente de la información. Así pues no debe quedar ninguna duda de que las aclaraciones al testamento son obra de Carmen Franco, la hija del Caudillo.
Este es el artículo del Alcázar:
LA DUQUESA DE FRANCO EN UNA ENTREVISTA DE ALFONSO PASO
(EL ALCÁZAR 26 DE MARZO DE 1976)
CARMEN FRANCO EN EL SERENO RECUERDO DEL CAUDILLO
Miren ustedes yo no creí que lo conseguiría. Yo no pensé que Carmen Franco, Duquesa de Franco, iba a recibirme y concederme una entrevista. Pongamos, por un lado, el principal, su serena generosidad. Por el otro coloquemos la intervención de buenos amigos. Yo iba a buscar siete, ocho o diez preguntas que se me antojaban en estos momentos necesarias. Yo iba, sobre todo, a buscar la verdad y nada más que la verdad sobre el testamento político de Franco, que algunos ponen en duda, que otros reputan como falso. Mi labor como entrevistador era doble, pues. Decirle al pueblo lo que había de cierto o incierto en el asunto y hacer una serie de preguntas a una ilustre dama. Carmen Franco ha heredado, seguramente de su padre, la emotividad. Y de él ha heredado una de las más preciosas cualidades que adornaron a nuestros Jefe del Estado: la serenidad, el sosiego. Está frente a mí y a cada pregunta responde como quitando importancia y siempre, constantemente, con los ojos húmedos. Y siempre, constantemente, con una lágrima en los párpados que trata de no traducir en la voz. Sólo al final se le quebrará ella y el periodista no hará preguntas. Por respeto, por admiración.
–Señora Duquesa: usted no se acordará de que cuando yo estrené mi primera comedia, presidió, en el Teatro Infanta Isabel, en el palco de honor, la representación. Fue algo muy emotivo para mí. Mi obra se llamaba “Un tic-tac de reloj”.
–No lo recuerdo bien. Pero de todos modos soy muy aficionada al teatro y siempre que he podido, he asistido a esa clase de espectáculos y, naturalmente, –¡cómo no!– he visto algunas obra suyas. De esa que me habla no me acuerdo.
–Se ha dicho que el Caudillo tenía una preferencia especial por usted hasta el punto de confiarle algunos de sus más íntimos secretos. ¿Es cierto?
–No, era un hombre que ni aún con su familia, las cosas suyas de Estado no solía comentarlas. Lo que sí es cierto es que en la parte humana y en lo que toca a sentimientos familiares, sí se confiaba un poco en mí. Pro yo creo que eso siempre ocurre entre padre e hija. Y en ocasiones, es completamente cierto que me ha pedido que le hiciera alguna cosa que él no podía hacer, y a mí misma me sorprendía cuando me elegía para esas tareas cuando tenía gente de gran confianza, pero supongo que lo haría por ciertos convencimientos interiores. Era hombre, como usted sabe, que tomaba las determinaciones sin que nadie lo supiera y sólo después descubríamos que casi siempre había elegido lo mejor. Pero quiero insistirle que, en general, no me ha hecho partícipe exclusiva de ninguna decisión que afectara a los problemas de Gobierno. Muchas veces la gente, cuando papá vivía, me contaba inquietudes y problemas para que yo se los hiciera llegar. Yo le decía siempre: “Te cuento esto para que estés informado”. Papá no hablaba mucho y, desde luego, no había forma de mediatizarle. Por supuesto, ni la gente que tenía a su alrededor ni su familia. Papá, cuando yo le hablaba de lo que querían los demás, me escuchaba atentamente. Al final decía: “Gracias, hija”. Y nadie sabía qué decisión iba a tomar. Únicamente esta última vez en que ya no podía levantarse de la cama, me requirió de una manera más intensa. Papá era muy secreto y muy suyo.
Cada vez que Carmen Franco dice papá tengo que apretar los labios para no soltar un caudal de lágrimas o ni sumirme en una terrible melancolía. Ese “papá”. Dicho por Carmen, lleno de sencillez, me llega al alma, me tortura y me hace ponderar más lo que hemos perdido TODO LO CONTRARIO DE UN INTRANSIGENTE
–¿Qué virtud estimaba más en su padre?
–Yo pienso que era muy comprensivo con las debilidades ajenas. Así como nosotras, mamá y yo, nos indignábamos por cosas que pasaban, él siempre buscaba una disculpa a las motivaciones de las gentes. Se me antoja que era lo que ahora llaman humano. Poseía una tremenda humanidad y disculpaba con una vaga sonrisa lo que los demás no querían disculpar. Era todo lo contrario que un intransigente.
–¿Recuerda usted alguna figura histórica por la que sintiera predilección su padre?
–Pienso que tal vez Carlos I, el emperador. Yo le acompañé la primera vez que fuimos a visitar Yuste, que en aquella ocasión estaba medio derruido y allí demostró con pocas palabras su admiración por Carlos I. Y en algunos capítulos de sus Memorias, sobre todo en los primeros, aquellos que tratan de su infancia y juventud, declara que cuando él llegó, contando catorce años, a la Academia de Toledo, lo que más le impresionó fue la inscripción que hay en la estatua del emperador: “Quedaré muerto en África o entraré vencedor en Túnez”. No olvide usted que mi padre fue siempre un militar y tenía un concepto militar de la vida. Por ello esa voluntad de vencer o morir le impresionaba de niño y yo creo que le ha impresionado siempre. Otro detalle más cuando en Toledo se hizo la exposición del emperador Carlos I, se quedó largo rato contemplando el mapa en el que constaban todos los viajes del emperador, sus luchas y sus batallas. Luego se volvió a nosotros y pude advertir en su cara un gesto de satisfacción. Sin duda fue el emperador Carlos la figura histórica preferida por papá. Así al menos lo entiendo yo.
–¿Le dijo alguna vez su padre alguna frase inolvidable para usted?
–No recuerdo ninguna frase por encima de otras. Piense usted que mi padre era ante todo un hombre muy sencillo que rehuía las frases decisivas y que tenía un extremado pudor para pronunciar cosas definitivas. Si recuerdo algo era su enorme sentido del humor que muchos españoles no han valorado suficientemente.
–Dígame, Carmen… ¿Cuál era la visión que usted, como hija, tenía de su padre?
–En mi primera infancia cuando yo era una niña, recuerdo a mi padre mucho más alegre que luego, cuando tuvo la responsabilidad de gobernar España. Cristóbal, mi marido, dice que papá era muy callado, y en mis recuerdos de niña hay un papá hablador, comunicativo, que muy pocos han llegado a conocer. Toda mi familia insiste también en su alegría cuando todavía no era Jefe del Estado. Mamá, la tía Pilar… Todos dicen de él que en ocasiones resultaba demasiado hablador. No cabe la menor duda que las responsabilidades del Estado le hicieron más hermético y menos jubiloso. Y pienso que eso es lógico, Lo que sí le puedo contar es una frase que él tenía siempre en los labios refiriéndose a su juventud. Decía: “Cuando yo era persona…”. En el momento en que fue Jefe del Estado no se consideró persona. Es curiosa la entereza y fortaleza con que asumió todas las responsabilidades de su cargo, se apartó del mundo y de sus cosas para concentrarse en el gobierno de España. Vivió para el país. A mí, en ocasiones, se me antojaba su vida la de un monje. Pero lo llevaba con una enroma alegría interior.
PATRIOTA A ULTRANZA
–Franco amaba a España y a los españoles. Los españoles son muy difíciles de amar. ¿Cómo lo consiguió?
–Recuerdo que papá se molestaba mucho cuando alguien delante de él decía que si fuésemos un país sajón todo andaría mucho mejor. Defendía los valores hispánicos y las virtudes del pueblo español en todo trance y para la cosa más simple. Yo, a mis niñas, que son otra generación, les advertía siempre: “No se os ocurra decir delante del abuelo que un coche extranjero es mejor que uno español no sólo le indigna, sino que le hace daño”. Poseía tal sensibilidad para lo español que, para él, encima de todo estaba lo nacido en la patria y además solía explicarnos que el carácter español era, sin duda, el mejor carácter que se podía tener. Desde luego era un patriota a ultranza. Por ejemplo, destacaba al soldado y al campesino español por encima del de otras naciones y lo razonaba con mucha congruencia. Hasta los mismos defectos le parecían positivos y juzgaba que en la mayoría de las ocasiones eran explotados por los demás. No veía en el español ni cosa mala ni cosa que no tuviera remedio.
–¿Se lamentó su padre alguna vez de no haber tenido un hijo varón?
–Al contrario. Lo mismo mi madre que mi padre convenía en que estaban encantados de haber tenido una niña porque suponían que les iba a hacer mucha compañía. Yo tardé bastante en nacer. Cuando vine a mundo papá era ya General y mi abuelo, el padre de mi madre, siempre me llamaba “La Morita”. Ni siquiera mi abuelo pensaba que habría podido nacer chico. Mi abuelo, el padre de mi madre, le decía: “Carmen, será mucho mejor que tengas una niña. La “Morita” te querrá mucho, porque como Franco, con la fuerza que tienen y vigor, si tienes un hijo se te irá a la Luna”.
–¿Cuándo tuvo su padre el presentimiento de que se acercaba su muerte? ¿Le dijo algo?
–Últimamente no empleaba la palabra muerte. Yo se la he oído hace más años. Pero últimamente dejó de emplearla. Es bien cierto que el primer día que se encontró mal, por un lado, creía que podía salir, pero por otra parte hizo todos los planes para que la muerte no le cogiera de improviso. Por eso tuvo grandes discusiones con los médicos. El jueves, viernes y sábado del mes de octubre, advirtió a los médicos: “A partir del sábado pueden hacer conmigo lo que quieran. Hasta entonces yo me pertenezco a mí mismo”. E incumplió los consejos que le habían dado de que se quedara en la cama e hiciera más reposo. Tenía la reunión previa del Consejo, la recepción del Ministro de Asuntos Exteriores… La hizo por encima de todo. Pozuelo, el médico, le indicó. “Es demasiado riesgo, Excelencia”. Mi padre preguntó: “¿Qué clase de riesgo?”. “Riesgo vital”. Mi padre se encogió de hombros y dijo: “Muchas gracias, Pozuelo”. Y se fue al despacho. En esos tres días, catorce, quince y dieciséis es cuando él comprendió que estaba en trance de morir. El sabía que el año anterior, cuando tuvo la tromboflebitis no le había fallado el corazón, pero también sabía perfectamente que estaba trabajando con un infarto de miocardio encima.
–¿A su juicio era hombre de buena salud?
–Sí; sobre todo poseía una gran resistencia al cansancio físico. Digería piedras y dormía apaciblemente.
TETAMENTO AUTÓGRAFO
–El testamento que legó a la Patria se lo dictó a usted. Algunos lo han puesto en tela de juicio. ¿Quiere decirme algo de esto?
–No me lo dictó, Lo tenía él escrito. El día que él tuvo la crisis cardíaca por la noche yo había salido con mi madre de compras. Mi madre me dijo: “Estoy preocupada porque esta noche tu padre no se ha encontrado bien. Tenía muchísima angustia. Llamó al criado que dormía en una habitación cercana, cosa que casi nunca había hecho. El criado le preguntó que si le parecía bien que llamaba a la enfermera”. La enfermera, que solía estar en El Pardo desde que papá se puso malo, vino y observó que la había subido la tensión muchísimo. El criado dijo: “Excelencia… ¿Le parece bien que me quede?”. Y mi padre contestó: “Sí”. Eso fue precisamente lo que alarmó a mi madre. Mi padre jamás pedía ayuda y se bastaba solo consigo mismo. Cuando yo estuve junto a él le pregunté si quería que llamásemos al médico y me contestó afirmativamente. Sudaba muchísimo. Aquello estaba sucediendo la noche de un miércoles. El jueves los médicos diagnosticaron el infarto. Él escribió ese testamento que conocen los españoles entre el jueves, viernes y sábado. El sábado aún se movía por El Pardo un poco. El domingo tenía el abdomen muy hinchado. El lunes tuvo otra crisis cardiaca. Debió ser el martes cuando, desde la cama, me dijo que fuera a su despacho y le pidiera la llave al ayudante. En el despacho de papá no se puede entrar. Ni siquiera él mismo. La llave la tenía un ayudante que era quien se encargaba de abrir y cerrar esa puerta. Fernando Suárez cumplía esta misión. Lo que mi padre me dijo concretamente, fue: “Entra en el despacho y, debajo de unos papeles, encontrarás un bloc. Tráemelo”. Encontré el bloc junto con unos papeles que le llevé también por si en última instancia me había equivocado. Pidió quedarse a solas conmigo. Se convenció de que lo que le interesaba era lo escrito en el bloc. Y luego, con absoluta serenidad, me dijo: “Léelo, a ver si lo entiendo”. Papá tenía cierto pudor de su letra. Creo que les pasa a todas las personas de cierta edad y más si están afectadas por el Parkinson, como le ocurría a mi padre. Él no pronunció la palabra testamento. Dijo, concretamente, despedida. Empecé a leer el texto y había algunas palabras que no las entendía. Él me hacía corregir el texto con un bolígrafo. Me ordenó: “Cuando lo pases a limpio, rómpelo”. De este modo, en letra de imprenta y en la parte de encima, he aclarado algunas palabras de él que podían quedar un poco confusas. Yo desobedecí a mi padre. No rompí el original de él. A papá no le gustaban las tachaduras. Cuando mandaba copiar un discurso hacía que le devolvieran el original y lo guardaba, o en algunos casos lo rompía. En fin, pasé el texto a máquina y luego se lo volví a leer a él. Lo único que me hizo corregir finalmente fue el párrafo en el que hablaba del futuro Rey de España. Mi padre precisó que detrás de esa frase fuera el nombre don Juan Carlos de Borbón, y así me lo hizo poner. Después me añadió: “Ponlo definitivamente en limpio y si me pasara algo se lo das al Presidente. Si no, pues ya lo romperemos”. Jamás pronunció las palabras “si me muero”, o “después de mi muerte”.
¡QUÉ DURO ES!…
–¿Durante su última enfermedad, recuerda alguna frase o alguna actitud que le impresionara especialmente?
–Las crisis cardiacas la aguantó con una enorme serenidad. Lo que más me impresionó fue cuando tuvo las hemorragias, que lo llevaron a operar a la enfermería del cuartel del Pardo. En aquellos momentos repetía incesantemente: “¡Qué duro es…! “¡Qué duro es…!” A mí me daba la sensación que quería decir “¡Qué duro es morirse!”. En resumen, que era muy difícil. Los cardiólogos, por darle conversación, le hablaban de sus bodas de oro con el Generalato, que se iban a producir ahora en febrero. Un médico dijo “Tenemos que celebrar eso, Excelencia”. Mi padre miró al médico. Sonrió tiernamente y dijo: “Si llego, claro”.
–¿Tenía una absoluta esperanza el Caudillo en el porvenir de España?
–Sí, Él no dudaba. Era un hombre de una gran fe. Cuando más preocupado lo noté fue a raíz de la última campaña de Europa contra nuestra Patria, la que coincidió prácticamente con su enfermedad. Él siempre resolvía los grandes problemas con un “Dios nos ayudará”. En esta ocasión a que me refiero le vi francamente preocupado. Pero pienso que lo que le preocupaba realmente no era la campaña contra nuestra nación, sino la decadencia de Europa.
–¿Y la actitud del Papa, señora?
–No le afectaba demasiado. Él tenía un concepto muy amplio y muy espiritual de la religión y la separaba siempre de la política del Vaticano. Algunos amigos, algunas personas le comentaban de la actitud de la Iglesia y él solía contestar muy brevemente: “La Iglesia temporal es una cosa y Dios y la religión son otra”.
–¿Cree usted que durante su enfermedad sufrió mucho física y moralmente?
–A él le preocupaba que su enfermedad coincidiese con momentos en los que le país le necesitaba. Se lo dijo así a los médicos le desazonaba mucho ver que estaba enfermo cuando había que tomar decisiones. Concretamente, cuando se puso enfermo dijo: “Tengo que ir al Consejo porque no quiero ser un problema más para España”. Finalmente, cuando tuvo los problemas de tipo pulmonar sufrió mucho. Durante ese período solía quejarse con un gemido muy suave, pero si se le preguntaba si le dolía algo, respondía con firmeza que no. Luego, cuando se le aplicaron sedantes, los sufrimientos fueron decreciendo. Yo insistí mucho en que esto se hiciera porque veinte días de agonía son francamente terribles.
–Por último, señora duquesa… ¿Cuál fue su situación personal ante la muerte de su padre, y qué es lo que siente ahora?
–No sé. Un vacío, como es natural. En casa, todo ha ido condicionado por la presencia de mi padre. Mis hijos iban a ver a su abuelo, venían de ver al abuelo. Yo iba a ver a papá, venía de ver a papá… verá usted, he estado una semana fuera, tal vez para tranquilizarme un poco. En Indonesia. Al volver aquí, a España, en el avión yo no concebía llegar y no ir al Pardo a ver a papá.
Y se le quiebra la voz. Y por primera vez durante la entrevista tiene que apretar los labios para guardar un sollozo. Tiene los ojos llenos de lágrimas y, sin embargo, la expresión serena y sonriente. No voy a preguntar ni una palabra más porque soy un caballero y porque admiro la fortaleza de esta mujer. Sólo diré que he tenido entre mis manos el testamento político del Caudillo y que he sentido cómo el pulso me temblaba y cuarenta años de Historia se hacían vivas entre mis dedos.
Alfonso Paso.
Sin duda un impresionante testimonio del que quedan pocas dudas sobre su veracidad. No obstante, surgen algunas incertidumbres. Resulta extraño que Franco pidiera a su hija que, tras la transcripción de su despedida de los españoles, destruyera el documento. Cuando le constaba que solamente la permanencia del original sería la prueba de su autenticidad. Máxime que, como afirma su hija -y se comprueba en los manuscritos de Franco- había guardado muchos otros. Algunos muy delicados, como la minuta para la recepción al general Yagüe en la que le iba a decir cosas tan duras sobre su deslealtad como que meaba sangre.
Un hombre con tan larga trayectoria política como Franco, resulta extraño que ordenara la destrucción de un elemento tan esencial como su testamento ológrafo. Y Carmen Franco reconoce que no cumplió la orden que le daba su padre. Orden que por su propia naturaleza tenía visos de ser la última. Y esto lo reconoce ante la evidencia de que el documento original había tenido difusión. ¿Por qué no justifica el incumplimiento de la última voluntad de su padre? Parece evidente que por comprender la importancia que tenía conservarlo.
¿Pudiera ser que, siendo consciente de esa importancia, las “razones de Estado” le llevaran a justificar, no ya las aclaraciones, sino el añadido? Vemos que la fecha de la publicación del Alcázar es el 26 de marzo de 1976, han transcurrido tan solo cuatro meses de la muerte de Franco. Y al parecer ya circulan rumores que ponían en duda su autenticidad… ¿de todo el documento o de alguna parte esencial de él?
En cualquier caso, a la vista de la evolución de España, y especialmente tras haber sido sancionada la Ley 52/2007, cabe preguntarse si en el caso de que ello fuera posible, Franco hubiera ordenado a su hija que borrara el esencial añadido. Dejando el testamento en su redacción manuscrita original.
El intento de esclarecer este enigma histórico obliga a no ocultar otras teorías. Por más que siendo tan absurdas, deberá ser el propio lector quienes les dé, o les niegue en absoluto, toda credibilidad. Y me permito yo avanzar una opinión personal. Estas rocambolescas opiniones, tienen toda la traza de formar parte de un proceso de intoxicación. Y cuando esto sucede, a parte del conocido “quid prodest” hay que buscar su origen en los servicios de inteligencia, nacionales o extranjeros. Dentro de un elaborado plan de intoxicación. Porque cuando los servicios de inteligencia preparan una acción encubierta, siempre debe formar parte de ella un “plan de decepción” encaminado a que no pueda descubrirse la autoría o la responsabilidad de la acción.
Y ese plan de decepción incluye siempre, siempre, noticias falsas y “pistas erróneas” con las que se trata de dificultar la investigación. Y el procedimiento más eficaz es orientarla en una dirección equivocada. Sabiendo que los investigadores, una vez seguido el señuelo, son muy reacios a admitir que han sido engañados. Abandonando por ello todas las investigaciones necesarias para busca un nuevo hilo que permita desenredar la madeja. Veremos a continuación dos ejemplos, que a pesar de su carácter rocambolesco -especialmente el segundo- han llegado a ser publicados por prensa más o menos “seria” (debido a la difusión de dichos medios) lo cual puede ser otro indicativo de que su origen está en Servicios de Inteligencia como procedimiento de crear confusión evitando o dificultando establecer los hechos reales. Como puede ser el conocimiento de la verdad en torno al mensaje póstumo del Caudillo.
Primero consignaremos los textos, para a continuación hacer algunas observaciones. Y empezamos por el menos rocambolesco de ellos, el de Pedro Fernández Barbadillo.
¿Dónde está el testamento de Franco?
Publicado en Libertad Digital 20/11//2025 (
https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2015-11-20/pedro-fernandez-barbadillo-donde-esta-el-testamento-de-franco-77296/
El texto que se suele llamar su testamento político, pero que Franco tituló Despedida, lo escribió en un bloc a mediados de octubre de 1975, unos días antes de caer definitivamente enfermo. Su hija conservó el original.
En febrero de 1971, el presidente Richard Nixon envío al general Vernon Walters a Madrid a entrevistarse con el jefe del Estado español para preguntarle qué ocurriría en España después de su muerte. Walters relató la impresionante conversación con un Franco cercano a cumplir los ochenta años y ya deteriorado por el Párkinson en sus memorias y en una entrevista en ABC. El militar, intérprete, diplomático y espía norteamericano quedó conmovido por la serenidad del caudillo, tal como cuenta en Silent Missions:
I walked slowly downstairs wondering how many men in any walk of life could talk so dispassionately about theoir own death.
Franco estaba en contacto con la muerte desde que a los 19 años llegó a Melilla en su primer destino después de graduarse en la Academia Militar de Toledo. Nicolás Gómez Dávila escribió: «El moderno cree que la muerte es «natural», salvo cuando le toca morir». Y Franco se comportó ante su propia muerte de manera poco moderna.
El texto que se suele llamar su testamento político, lo escribió él solo en torno al 18 de octubre de 1975, unos días antes de caer definitivamente enfermo. Así lo relató su hija en una entrevista (El Alcázar, 26-3-1976) hecha por Alfonso Paso y en la que respondía a José Luis López Aranguren, que había puesto en duda la autoría de Franco:
Lo que mi padre me dijo concretamente fue: «Entra en el despacho y, debajo de unos papeles, encontrarás un bloc; tráemelo». Encontré el bloc junto con unos papeles, que le llevé también por si en última instancia me hubiera equivocado. Pidió quedarse a solas conmigo. Se convenció de que lo que le interesaba era lo escrito en el bloc. Y luego, con absoluta serenidad, me dijo: «Léelo, a ver si lo entiendes». Papá tenía cierto pudor por su letra. Creo que les pasa a todas las personas de cierta edad y más si están afectadas por el Parkinson, como le ocurría a mi padre. Él no pronunció la palabra testamento. Dijo, concretamente, despedida. Empecé a leer el texto y había algunas palabras que no entendía. Él me hacía corregir el texto con un bolígrafo. Me ordenó: «Cuando lo pases a limpio, rómpelo».
(…) Yo desobedecí a mi padre. No rompí el original de él. A papá no le gustaban las tachaduras. Cuando mandaba copiar un discurso hacía que le devolvieran el original y lo guardaba, o en algunos casos lo rompía. En fin, pasé el texto a máquina y luego se lo volví a leer a él. Lo único que me hizo corregir finalmente fue el párrafo en el que habla del futuro Rey de España. Mi padre precisó que detrás de esa frase fuera el nombre.
(…) Después me añadió: «Ponlo definitivamente en limpio y si me pasara algo se lo das al Presidente. Si no, pues ya lo romperemos». Jamás pronunció las palabras «si me muero», o «después de mi muerte».
Días después, cuando el estado de salud de Franco empeoró, su hija Carmen entregó las hojas al general José Ramón Gavilán, segundo jefe de la Casa Militar del jefe del Estado, según relata éste en sus memorias, y tan de confianza que cuando Walters vino a Madrid a entrevistarse con Franco, se hospedó en su piso, en la calle del Pintor Rosales.
Carmen se acercó a mí, me cogió del brazo y me introdujo una especie de cucurucho en la bocamanga del uniforme, a la vez que me decía: «Gavilán, tú sabrás lo que tienes que hacer con esto». Una vez a solas, comprobé que aquellas cuartillas eran el testamento de Franco, lo leí y me emocioné. Una vez en mi domicilio, lo guardé en la caja fuerte, informé a mi ayudante acerca del lugar en que se encontraba tan importante documento, por si a mí me pasaba algo, y volví a mi rutina habitual.
El «esperpéntico llanto contenido» de Arias
Gavilán afirma que el 19 de noviembre, perdidas las esperanzas de una recuperación de Franco, entregó el mensaje de éste al presidente de las Cortes, Alejandro Rodríguez Valcárcel
Alechu, toma esto, es el testamento del Caudillo. Tú debes leerlo; Arias no es de fiar.
La respuesta de Valcárcel fue:
José Ramón, no puedo aceptarlo, sólo podría leerlo en la cámara legislativa y tardaría mucho en reunirla. Debes dárselo a Arias.
Valcárcel perdió entonces una ocasión de reforzar su papel en el cambio de régimen que comenzaba. Gavilán no se fiaba del presidente del Gobierno, del que sabía que hablaba mal de Franco y que, encima, era un prepotente y un cobarde (permitió al general Díez Alegría ir a Rumanía y luego negó ante Franco haberle autorizado); pero le entregó las cuartillas con Valcárcel como testigo.
Gavilán añade que el mensaje de televisión en que apareció Arias en la mañana del 20 de noviembre de 1975 para comunicar la muerte del jefe del Estado a los españoles y leer su mensaje estaba grabado.
Cuando vi a Arias en televisión (…) con su esperpéntico llanto contenido, supe que todo era una farsa. Incluso se permitió el lujo de decirle al ministro de Información que él había recibido el testamento de la misma Carmen Franco. Quizás mucha gente no sepa que la alocución había sido grabada, como me confesó el ministro de Información y Turismo, León Herrera: «Le dije: «Presidente, te has emocionado mucho. Hay que repetir». Pero él no quiso, se levantó y se fue.» Llevó su afán de protagonismo hasta las últimas consecuencias.
Las cuartillas mecanografiadas se las quedó Arias, aunque Gavilán le hizo prometerle que se las devolvería. La duquesa de Franco guarda las que escribió su padre y que ella, desobedeciéndole, no rompió.
Ahora unas consideraciones personales sobre estas declaraciones de Pedro Fernández Barbadillo:
No deja de sorprender la confianza del general José Ramón Gavilán con el general estadounidense Vernon Walters (que había tenido una participación esencial en la entrega del Sahara a Marruecos) hasta el punto de alojarse en su casa. Cuando era nada menos que el enviado plenipotenciario del presidente de EE.UU. y podía haberse alojado en cualquier hotel de Madrid. O incluso por seguridad, en la misma embajada de EE.UU. conocida como “La Casa Americana”. Tal hecho extraño sugiere, o al menos da que pensar, si más allá de la simple amistad no habría también una hermandad.
Llama también la atención que tratándose de algo tan importante, como lo que al parecer se quiere dilucidar, se mezclen churras con merinas y se entre en divagaciones que nada tienen que ver con la aclaración de donde se puede hallar el testamento de Franco. También sorprenden los torpedos bajo la línea de flotación que se dedican a Carlos Arias Navarro: (Arias no es de fiar) (Esperpéntico llanto contenido) (Hablaba mal de Franco) (Era un prepotente y un cobarde). Todas estas descalificaciones yo pienso están motivadas porque ya se había planteado, dentro del Gobierno y sus aledaños, la pugna entre quienes fieles al Caudillo pretendían la REFORMA del Régimen, y quienes se preparaban para demolerlo desde sus cimientos mediante una artera RUPTURA.
Ruptura que no solamente pretendía la pequeña e inoperativa izquierda, sino también EE.UU. Y por supuesto Juan Carlos. Tratando de desvincularse de quien lo había designado como sucesor a la Jefatura del Estado a título de Rey. No olvidemos el “encontronazo” que había tenido lugar entre Arias y el Príncipe, cuando éste, en cuanto se hizo cargo interinamente de la Jefatura del Estado el 30 de octubre por la enfermedad del Caudillo, y sabiendo que esta era irreversible, se presentó en el Aaiún sin contar con Arias Navarro (que era el Presidente del Gobierno) para dar el primer paso en la entrega del Sahara a Marruecos. Si bien el zorro de Hassan no culminó la invasión -cruzó la frontera- hasta tener la certeza de que la enfermedad era irreversible y que Franco caminaba ya hacia la tumba. Por ello, a pesar de las seguridades que le había dado el Príncipe al decir que no se derramaría una gota de sangre -es decir, que no se defendería el territorio- no quiso correr el riesgo de que, recuperado Franco, volviera a asumir la Jefatura del Estado. Y ordenara al ejército hacer frente a la invasión.
Las descalificaciones que se vierten sobre Carlos Arias -llegando incluso hasta mofarse de sus sentimientos- bien pudieran ser la venganza hiramita. Pues si como se ha especulado, en algún momento de su vida perteneció a la discreta cofradía, se había convertido en un hermano desobediente.
Y si lo manifestado por Pedro Fernández Barbadillo causa sorpresa e induce a incredulidad, lo que se inserta a continuación, publicado nada menos que por el monárquico ABC con la firma de Guillermo Cortázar, provoca hilaridad. Esto ya no es rocambolesco. Resulta tan increíble que lo único digno de investigar es como, y porque, se atrevió el ABC a publicar algo tan incompatible con su reputación.
Franco no fue el autor de su testamento político
Guillermo Gortázar 18/03/2023 Actualizado 19/03/2023 a las 04:25h.
Era el secreto mejor guardado, hasta ahora. La verdad es que el dictador copió de su puño y letra el ‘testamento político’ redactado por el arquitecto Javier Carvajal.
El libro ‘El secreto de Franco’ revela los detalles. El autor avanza su investigación para ABC Los cinco secretos de Franco para evitar que su dictadura fuese aplastada durante 40 años
El día 12 de octubre de 1975, Franco enfermó de gripe y cinco días más tarde, presidiendo el Consejo de Ministros, padeció un ataque al corazón. Aquella noche, a las tres de la madrugada, el arquitecto Javier Carvajal no podía conciliar el sueño. Por su relación con el Almirante Nieto Antúnez, Carvajal sabía que el final de Franco se precipitaba.
Su mujer, Blanca García-Valdecasas, preocupada por la inquietud de su marido le pregunto qué le pasaba y Carvajal contestó: «No me puedo dormir. Este hombre se va a ir sin dejar nada escrito. No puede ser. Tenemos que hacer algo».
Acto seguido acudió a su estudio de la calle Goya nº 7 de Madrid, ubicado en el mismo piso que su domicilio. Allí tenía una pequeña máquina de escribir portátil marca Olivetti, y en un arranque, en unos minutos hizo un esfuerzo, entre extravagante y genial, de ponerse en la cabeza del dictador y escribió una carta de apenas cinco párrafos.
En el texto, Franco, en primera persona, pedía perdón a «todos», incluso a sus enemigos y pedía a sus seguidores tuvieran para el Rey de España, «el mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado». Javier Carvajal acababa de redactar el testamento político de Franco que iba a tener una importancia decisiva en el inicio de la Transición democrática.
Javier Carvajal llevaba varios días con la idea de entregar a Adolfo Suárez, su jefe político en la asociación UDPE (Unión del Pueblo Español), un texto para que lo hiciera llegar a Franco, bien a través de su hija, la marquesa de Villaverde, o a través del jefe de la Casa Civil del Generalísimo, el general Fuertes Villavicencio.
Carvajal pasó todo el día siguiente, el 18 de octubre, pensando que quizás había sido un atrevimiento, un exceso, redactar y ponerse en la mentalidad, en el cerebro del Jefe del Estado en un momento tan crítico y elaborar una carta que, si se publicaba justo tras la muerte de Franco, tendría una enorme repercusión.
Además, Carvajal no estaba seguro de la calidad del escrito ni de su oportunidad. En la víspera, había tenido un impulso de redacción que le satisfizo, pero salvo la opinión de su esposa, necesitaba otras referencias para decidirse en poner en conocimiento el contenido de la carta a varias personas relevantes que tendrían que persuadir o convencer a Franco sobre la conveniencia de firmar aquel texto.
Se trataba de dar varios pasos, cada cual más difícil e improbable. Lo primero era consultar a sus amigos sobre la calidad y oportunidad de su escrito. Después, tenía que aprobarlo Adolfo Suárez, que éste (o quien él dijera) asumiera un riesgo político de primer orden y lo hiciese llegar a la familia de Franco; que a la familia de Franco les pareciera pertinente; que el Jefe del Estado, enfermo de gravedad, lo aceptara y firmara y que el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, eligiera el momento más propicio, de mayor efecto, para leerlo.
Franco apreció la importancia y calidad de aquel mensaje póstumo y decidió reforzar su contenido haciendo creer a la opinión pública que no era un texto de encargo, sino que él mismo lo había redactado. Con gran esfuerzo, dada su precaria salud, copió a mano textualmente la carta que le facilitó su hija Carmen sin cambiar apenas dos palabras.
Breve, directo, conciliador
Unos días antes, Javier Carvajal comentó con su cuñado José Guillermo García-Valdecasas, jurista, escritor y director durante treinta años del Colegio Español de Bolonia, la necesidad de redactar una carta de despedida de Franco a modo de Testamento político. José-Guillermo desaconsejó a su cuñado y amigo que escribiera un texto largo, clásico, «a la romana» pues no sería creíble ni por la erudición ni por el carácter de Franco. El Testamento político tenía que ser breve, directo, y conciliador… Y sobre todo, que la carta de despedida reforzara la difícil posición política del Príncipe Juan Carlos frente a inmovilistas y rupturistas.
El manuscrito, de puño y letra del Caudillo, apareció en la prensa poco después para demostrar que lo había redactado el general Franco en sus últimos días de capacidad política e intelectual. El Testamento político de Franco sorprendió e influyó en el conjunto de la clase política franquista y en el Ejército.
Resulta notable que un arquitecto, sin experiencia política, fuera capaz de dar con una redacción tan afinada teniendo en cuenta que Javier Carvajal no era un ‘escribidor’, un periodista, un escritor ‘negro’ con experiencia: Carvajal era un prestigioso profesional, catedrático en la Escuela de Arquitectura de Madrid; tampoco era un político, no era siquiera miembro del Movimiento Nacional. Su reciente incorporación a la UDPE respondía más a un intento de colaborar con los reformistas del régimen hacia la libertad, la democracia y la estabilidad que a una vocación política que, en su caso, fue circunstancial y breve.
Más que una anécdota
El secreto de falsificar la autoría del Testamento político es mucho más que una anécdota. Posibilita una cierta revisión de la Transición en la que resulta relevante el reforzamiento del Rey y de los reformistas y la complicidad de diversos actores (el más destacado e inesperado el líder de los inmovilistas: José Antonio Girón de Velasco) que participaron activamente en la teatralización de la autoría y el mantenimiento de este secreto durante casi cincuenta años.
Después de su crisis cardiaca del 17 de octubre, entre el 18 y el 23 de octubre, el Jefe del Estado dispuso de los últimos seis días con capacidad de discernir y actuar en la dirección de importantes asuntos políticos que iban a marcar e influir poderosamente en el régimen, en sus dirigentes, en el desarrollo político y por tanto en el conjunto de la vida de los españoles. Después del 23 de octubre Franco estuvo incapacitado para decidir cualquier cuestión política e, incluso, cualquier tema referente a su salud.
Entre el 20 de octubre y el 22, Franco y su hija, la marquesa de Villaverde, orquestaron una operación destinada a fortalecer la posición política del futuro Rey, sabiendo que el Príncipe iba a nombrar a Torcuato Fernández-Miranda como presidente de las Cortes. La revelación del secreto que narro en este libro permite sugerir que Franco emergió en aquellos días como un reformista de ultratumba y un actor positivo en la operación de la Transición democrática. Franco no quiso una reforma en vida pero facilitó el camino de la reforma política después de su muerte.
La corriente de opinión y los dirigentes franquistas más hostiles a la reforma del régimen parecían, en 1975, un muro infranqueable a cualquier iniciativa en favor de los planes democráticos del Rey. De ahí la sorpresa de los periodistas, políticos y dirigentes del régimen cuando José Antonio Girón de Velasco, el líder más destacado del Bunker franquista e inmovilista, fue determinante en favor de la elección de Torcuato Fernández-Miranda como presidente de las Cortes, el primero de diciembre de 1975.
La inclusión de Fernández-Miranda en la terna de elegibles fue un ‘misterio’ que tampoco desveló Girón de Velasco en sus memorias publicadas en 1994: si la memoria no me falla. Ahora, en este libro relato y documento la razón que llevó a Girón de Velasco a ‘traicionar’ a su amigo, el inmovilista Rodríguez de Valcárcel, que contaba con el voto e influencia de Girón de Velasco para continuar en el cargo de presidente de las Cortes. La actitud de Girón de Velasco se explica por su conocimiento y complicidad en el secreto de Franco.
En este libro sugiero, y creo poder demostrar, que la operación de comunicación y propaganda desarrollada por Franco y su hija, entre el 20 y el 22 de octubre de 1975, facilitó por completo la agenda reformista del Rey.
En otras palabras, sin la acción secreta de Franco y su hija, la Transición habría discurrido de un modo diferente. El montaje de la publicación en Televisión Española el 20 de noviembre de 1975, del Testamento político de Franco, con la participación de Antonio Girón de Velasco, arrastró a los más inmovilistas del régimen en favor de la capacidad política del Rey, en diciembre de 1975 y primeros meses de 1976, para elegir a Torcuato Fernández-Miranda presidente de las Cortes.
La libertad y la democracia habrían llegado en todo caso a España después de la muerte de Franco, pero en otras fechas, de otro modo y con otros protagonistas. Estos hechos que relato afectaron, en 1976, a todos los españoles y asombraron a los observadores extranjeros.
Franco asumió el texto de la carta de despedida a los españoles y eso es lo relevante. Pero el hecho de que Franco quisiera reforzar su alcance y contenido, falsificando su autoría, copiando a mano un texto escrito a máquina, redactado por un tercero desconocido, tenía un indudable significado político.
En este libro recojo numerosos testimonios del Rey, de políticos, colaboradores y personas de confianza del Caudillo que han atribuido a Franco declaraciones en el sentido de que su régimen era personalísimo y que inevitablemente, después de su muerte, vendría un cambio político en el sentido democrático. España estaba interesada en la entrada en la Comunidad Económica Europea y la democracia era el único horizonte posible.
El Rey, fortalecido
El Generalísimo, al atribuirse una redacción ajena se convirtió en un actor que fortalecía al Rey en su carta de despedida y expresaba de modo fehaciente una opción política: pedía para el Rey manos libres en la dirección política de la Nación y no ponía límites al previsible cambio ni referencias al sometimiento del monarca al Movimiento Nacional ni a sus «principios permanentes e inmutables».
En este libro no pretendo contradecir la amplia y reciente bibliografía hostil a la Transición que forma parte de la libertad de opinión y del debate historiográfico. Creo que la Transición de 1976-1978 es la mejor operación política española desde la que articuló Cánovas del Castillo en 1876 y se prolongó hasta 1923. El debate historiográfico es iluminador y positivo. Otra cosa es la ‘verdad histórica’ oficializada en una ley o la torticera utilización política de la historia, desde el gobierno o las instituciones, para alimentar nuevos caminos de exclusión y ruptura de la convivencia de los españoles.
El historiador tiene que atenerse a los hechos. Nuevas evidencias, documentos o testimonios pueden alterar o cambiar la interpretación o percepción de un acontecimiento. Esto es lo que creo aporta este libro: una interpretación novedosa sobre un hecho desconocido, secreto, que abre al menos una visión distinta o complementaria del final de franquismo y permite una visión más completa de la Transición democrática.
El lector compartirá o disentirá de la interpretación que aporto en este libro sobre la Transición revisitada. Pero eso es la esencia de la historia. Un debate sereno y respetuoso sobre nuevas evidencias que nos permiten entender mejor el sentido de una época. Comparto la opinión del historiador Enrique Moradiellos, experto en la amplia historiografía sobre el franquismo:
Casi medio siglo después de haber enterrado a Franco, su figura sigue siendo objeto de polémica, pero irónicamente, a pesar de que ahora se hable tanto de él, quizá no lo conozcamos tanto como pensamos.
¿Se puede imaginar alguien, que alguna persona, pueda meterse en la mente de Franco hasta el punto de escribir algo tan personal como es su testamento o despedida?
¿Alguien puede creerse que el Caudillo se aviniera a copiarlo de su puño y letra en unas cuartillas con el membrete de su escudo?
¿Es creíble que su hija se aviniera a esta farsa?
Se podrían hacer mil preguntas más, pero lo mejor es que se las haga -y conteste- el lector. Para mí, es precisamente este “reportaje” publicado precisamente por el monárquico ABC, la prueba más concluyente de una deliberada intoxicación como parte del “Plan de decepción” que acompaña siempre a las acciones diseñadas por los “servicios de inteligencia” Tanto nacionales como extranjeros.
Visto todo lo anterior, no cabe dudad que estamos ante un enigma histórico. Como he querido titular estas reflexiones. ¿Dónde está el testamento ológrafo de Franco? Ya sabemos que Alfonso Paso lo tuvo en sus manos -y se emocionó- antes del 26 de marzo de 1976 fecha en la que se publicó la entrevista en el diario El Alcázar. También sabemos que hasta la aparición del testamento ológrafo en internet, parecía haber desaparecido misteriosamente de la historia. Hasta el punto de que la inmensa mayoría de los españoles desconocía -o desconoce- que el testamento oficial divulgado está manipulado. Tiene un añadido con mano distinta a la de Franco que puede resultar esencial. Algo que desde luego no sucede con la infinidad de documentos manuscritos en los que se ha basado la investigación histórica a través de los siglos. Y no olvidemos que estas manipulaciones de documentos históricos pueden tener muy graves consecuencias. Tal es el caso, por poner un ejemplo, de la llamada Pragmática Sanción, que alterando la ley Sálica fue el origen de las tres sangrientas guerras carlistas. Otro «regalo» de la Dinastía a los españoles.
Por ello es de la mayor importancia, no tanto localizar el documento original, sino determinar las posibles razones de estado que han propiciado su desaparición. ¿Estará en alguna caja fuerte, dentro de una carpeta con el sello en rojo de MÁXIMO SECRETO y custodiado en algún organismo que tenga por cometido velar por ellos? ¿Será desclasificado cuando se cumplan cien años de la muerte de Franco?
Lo que resulta indudable es la importancia del documento. Pues efectivamente, los militares del Ejército de la Victoria, o de Franco, consintieron la demolición del Régimen que habían jurado defender (la Constitución de 1966 que compendiaba las Leyes fundamentales del Reino y los Principios del Movimiento Nacional) en la creencia de que cumplían la última orden de su Caudillo. Prestándole al Rey Don Juan Carlos de Borbón el mismo afecto y lealtad que a él le habían brindado. Y ello a pesar de sus reticencias. Comprendiendo que la «Ley para la Reforma Política» aprobada en referéndum por el pueblo español, facultaba para una REFORMA, pero no para la RUPTURA que exigían los enemigos de España. Y en definitiva, esa modificación del testamento ológrafo del Caudillo determinaría que el 23 de febrero de 1981 el ejército pudiera ser manipulado. Primero para aceptar el golpe de timón y luego para el ¡abortar misión!
Volviendo a la necesidad de localizar el documento ológrafo, pudiera ser que finalmente haya sido destruido. O incluso que se encuentre en manos de algún coleccionista, nacional o extranjero. Pero en este caso ¿cómo no hay un rastro de su paradero? Se hace pues imprescindible seguirle la pista. Lo que ahora se denomina buscar su trazabilidad. Es decir, seguirle los pasos desde la constancia de su existencia, en marzo de 1976, hasta su desaparición.
El saber que ha sido del testamento ológrafo de Franco, si ha desaparecido, o lo tiene alguien, es imprescindible. Porque es un documento excepcional. Y me atrevo a decir que no sólo para la historia de España, también para la de la Iglesia Católica. Cuando el Papa Pablo VI leyó el testamento de Franco comentó: Nos hemos equivocado con este hombre. Sin duda lo dijo impresionado por tan excepcional documento político y humano. En el que se refleja la grandeza de un acendrado católico. Y este arrepentimiento del Papa era debido, sin duda, a que había sido beligerante con Franco y con el Régimen durante su pontificado.
No deja de ser sorprendente el que empleara el plural mayestático. Porque resulta difícil de creer que al decir nos hemos equivocado se estuviera refiriendo al Espíritu Santo y a él. Pues si bien la infalibilidad del Sumo Pontífice, según la doctrina de la Santa Madre Iglesia, solamente alcanza a los dogmas de fe y la verdad revelada, su beligerancia pública contra Franco -bien es verdad que a consecuencia del Concilio Vaticano II- había causado mucho daño al Régimen. Y también por supuesto a la Iglesia Católica en España. Este arrepentimiento tardío, por las dificultades que había creado al Caudillo, se entiende al considerar su ingratitud con un hombre que había salvado a la Iglesia española de su desaparición durante la persecución del Frente Popular. Y que gracias a su victoria en la Cruzada, además de haber salvado la vida de cientos de miles de católicos -que de otra forma hubieran sido exterminados- recuperó en España la religiosidad perdida. Creando un régimen basado, precisamente, en la justicia social y en la Doctrina de la Santa Iglesia Católica.
Sin duda alguna aquel nos hemos equivocado con este hombre, guarda relación con otro lamento posterior en referencia al propio Concilio Vaticano II: Parece que el humo de Satanás, por alguna grieta, ha penetrado en la Iglesia. Así pues su equivocación al zaherir al Régimen de Franco en sus últimos y difíciles años, no alcanzaba obviamente al Espíritu Santo, sino a algún miembro de la Curia que le habría asesorado. En definitiva, que además de la pestilencia del Maligno, que al parecer se había colado en la Santa Sede, podía haber también infiltración de mandiles.
No obstante, como muy bien dice su hija en la entrevista de Alfonso Paso, para Franco la Iglesia temporal era una cosa, y Dios y la religión otra.
Queda por saber si las oraciones de la Iglesia Militante, unidas a los méritos de los héroes y mártires de la Cruzada, serán capaces de expulsar del Vaticano tanto el humo mefítico como a los mandiles infiltrados en la Iglesia. Pidamos a Dios que ambas cosas se hagan realidad. Para que la nueva fumata blanca impida definitivamente la profanación del Valle de los Caídos.
Sirvan estas líneas para impulsar la investigación que lleve, definitivamente, a localizar el documento original escrito de puño y letra por el Caudillo. Y la ocasión es precisamente en este año de Franco. Cuando se cumplen los cincuenta de la muerte del Caudillo.
Al cumplirse el cincuenta aniversario de la muerte de Franco, sus enemigos hoy en el poder, quieren conmemorarlo para hacer escarnio de su figura histórica. Al parecer su rencor y venganza no han tenido suficiente con haber demolido su ingente obra. Y tras haber profanado su sepultura.
Tal vez están preocupados, porque los españoles terminen comparando la España Una, Grande y Libre en que vivieron felizmente sus padres y abuelos, con la España del Régimen del 78 en que ellos se ven obligados a malvivir. Como resultado de haber demolido la obra de Franco.
Y una consideración final.
Leyendo el insuperable documento que es la despedida del Caudillo, se siente una honda tristeza al comprender que a la agonía física de sus últimos días se unió la agonía espiritual. Comprendiendo que tras su muerte sería abandonado por los mismos españoles a los que tanto quiso y a cuya felicidad y progreso dedicó toda su vida. Posiblemente contaba con que la traición acabaría demoliendo su ingente obra, pero tal vez ni en tal caso, pudiera imaginar que se llegara a profanar su sepultura ni que se pretendiera también profanar el Valle de los Caídos. El monumento que soñó como símbolo de reconciliación de los españoles tras una cruenta guerra civil.
O tal vez si lo intuyó, recordando que a Nuestro Señor Jesucristo lo recibieron con palmas el Domingo de Ramos. Y que ese mismo pueblo, instigado una vez más por escribas y fariseos gritaba ¡¡¡Crucifícale!!! ¡¡¡Crucifícale!!! Ello unido a que tampoco faltaría un Judas. Que tras besarle, lo entregaría a sus enemigos, sancionando la infame Ley 52/2007.
Leyendo entre líneas el testamento político o despedida de Franco, entendemos que su tristeza no venía tanto por la destrucción de su obra personal, como por el hecho de que con ello se haría estéril la sangre de tantos héroes y tantos mártires de la Cruzada… Y se malograría el sudor y la esperanza puesta en una España mejor, de los millones de españoles que durante la paz de Franco le prestaron su afecto y lealtad.
Por eso quiso, abrazando a todos los españoles, gritar junto a ellos por última vez:
¡¡¡ARRIBA ESPAÑA!!! ¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!
Y lo hizo con esa prelación.
Descanse en paz el Caudillo y quede imperecedera memoria de su obra.
