INTRODUCCIÓN
La Carta colectiva del episcopado español del 1 de julio de 1937 constituye uno de los documentos más influyentes y controvertidos del catolicismo español contemporáneo. Redactada por el cardenal Isidro Gomá y Tomás y suscrita por la práctica totalidad de los obispos residentes en España, la misiva pretendía ofrecer al episcopado mundial una interpretación autorizada del conflicto español, en un contexto de intensa guerra propagandística en el exterior.
Este documento no solo buscó describir hechos —la persecución religiosa, el marco ideológico del conflicto y la posición de la Iglesia—, sino también orientar moralmente a los católicos ante una guerra que, por su dimensión internacional y simbólica, trascendía el ámbito estrictamente nacional. Analizar hoy la Carta colectiva exige situarla en su encuadre histórico, comprender las motivaciones de sus autores, las reservas de algunos prelados y el impacto que tuvo en la opinión pública católica mundial.
Encuadramiento histórico
Se encuentra fuera de toda polémica la autoría total de la Carta colectiva del episcopado español por el cardenal Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo y primado de España, él la formuló y salió de su pluma. Se envió un ejemplar a todos y cada uno de los obispos del mundo, no desde la España nacional, sino desde Francia, depositados en las oficinas de correos francesas, para que no fueran interceptados y llegaran a su destino. Fue firmada por todos los obispos residentes en España, después de que dieran una atenta y reposada lectura de sus afirmaciones, las correcciones que éstos hicieron fueron mínimas y todas ellas de estilo más que de fondo. Este fue el documento más decisivo e importante de toda la guerra, y, además, el más polémico de toda la historia del episcopado español hasta la fecha, que ha hecho correr auténticos ríos de tinta en su estudio.
El 22 de febrero de 1937, Gomá había pedido su parecer a los obispos españoles mediante una circular, en la que indicaba cómo algunos obispos le habían insinuado la conveniencia, en las circunstancias que se estaban viviendo, de publicar un documento colectivo del episcopado[1]. Las respuestas de los prelados fueron favorables en su gran mayoría, lo que permitió al cardenal tener un amplio margen de libertad al respecto. El 10 de mayo el primado se reunió con el general Franco, y éste ante la feroz campaña propagandística adversa en el extranjero ―especialmente en Francia, Inglaterra y Suiza―, debido en gran medida a que en ella tomaron parte muy activa intelectuales católicos liberales, junto con sacerdotes y religiosos nacionalistas vascos y catalanes en el exilio; pidió al cardenal que los obispos tomaran alguna medida[2]. Franco atribuía esta actuación a la malquerencia histórica hacia España, el miedo a situaciones de dictadura y a la labor de zapa del judaísmo y la masonería. Gomá indicó a cardenal Pacelli que la campaña internacional era cierta, y que la opinión española estaba extrañada e irritada por ello. Como botón de muestra valgan la frialdad y reservas de L´Osservatore Romano en los primeros momentos de la contienda.
El Generalísimo creía llegada la hora del restablecimiento de la verdad, no consintiendo que España fuera víctima de la orquestada calumnia internacional[3]. Ello había repercutido en las distintas cancillerías, justificando ciertas actitudes de potencias que, no sólo habían restado su simpatía, sino que se habían colocado abiertamente de parte del Frente Popular. Por ello pidió al primado que los obispos españoles publicaran un escrito dirigido al episcopado de todo el mundo para que brillara la verdad. La carta tiene un carácter de crónica histórica, aunque se le procura dar un tono pastoral, teniendo en cuenta el espíritu de la Iglesia y las doctrinas y orientaciones de la Santa Sede.
A pesar de ello, «conviene dejar claro que la carta colectiva no se publicó por iniciativa del general Franco. Es cierto que éste tuvo conocimiento de la misma y exhortó calurosamente al cardenal Gomá que procediera en el sentido que lo hizo, pero también lo es que el primado, cuando notificó a Franco la intención de publicar la carta, su texto, al menos en líneas generales, y la decisión de darla a la publicidad, eran cosas decididas con anterioridad por el cardenal en contacto con los restantes obispos y la Santa Sede»[4].
La contestación recibida de los obispos españoles fue unánime, considerando que tanto en el fondo como en la forma correspondía a la intención de proporcionar, de modo autorizado, el criterio episcopal acerca del Movimiento Nacional. Con el fin, además, de contrarrestar las opiniones y propagandas adversas, sobre todo de los católicos liberales extranjeros. Todos los obispos fueron partidarios de dar al documento la máxima difusión, aunque, dado que continuaban en territorio frentepopulista muchos sacerdotes y seglares aún en prisión, habría que proceder con una serie de cautelas. Hubo algunos obispos que habían puesto el reparo de que su tono era moderado, prefiriendo que se apoyase con mayor decisión y entusiasmo el Movimiento Nacional. A Gomá no le pareció oportuno por no conocer lo que depararía el futuro pues veía con suma preocupación la influencia del paganismo fascista y, especialmente nacionalsocialista en España.
Fue fechada el 1 de julio de 1937 y firmada por la totalidad de los obispos residentes en España, 43, y cinco vicarios capitulares de otras tantas diócesis vacantes. Los obispos que no la firmaron fueron Pedro Segura, anterior arzobispo de Toledo que había sido expulsado de España por la Segunda República el 15 de junio de 1931 y se hallaba residiendo en Roma. Javier Irastorza Loinaz, obispo de Orihuela, que se encontraba en Gran Bretaña, donde pasó la mayor parte de la guerra. Los obispos que se niegan a firmarla fueron el cardenal-arzobispo de Tarragona, Vidal y Barraquer, que se hallaba en la Cartuja de Farneta (Lucca), y el obispo de Vitoria, Mateo Múgica Urrestarazu, residente en Roma. Vidal y Barraquer encuentra el texto «admirable de fondo y forma y muy propio para propaganda»[5].
No obstante, según su criterio, no lo firma porque teme las represalias y le parece que es un riesgo para las relaciones internacionales. Además de estimarlo poco adecuado a la condición y carácter de quienes habían de suscribirlo, pues lo considera demasiado político. No es el momento de detenernos en la controvertida figura del cardenal Vidal y Barraquer que, Dios mediante, dejaremos para otra futura publicación, así como a su enfrentamiento personal con el cardenal Gomá por la cuestión de la primacía de España de la mitra toledana. Sólo nos limitaremos a esbozar una valoración psicológica y moral de su personalidad en relación a Gomá:
- a) Su simpatía no ocultada por el nacionalismo catalán chocaba frontalmente con el acendrado patriotismo de Gomá. De hecho, Vidal gozaba de la amistad del dirigente de la Esquerra Republicana, Luis Companys, quien le salvó la vida en el último momento enviándola a Italia, por ser antiguo compañero cuando ambos estudiaban Derecho civil[6].
- b) Su profunda aversión y envidia del cardenal Gomá, debido a sus superiores cualidades intelectuales, oratorias y literarias que le granjearon gran fama a nivel mundial. Vidal juzgaba que la carrera eclesiástica de Gomá era resultado del cálculo y la ambición. Incapaz de admitir sus méritos, hizo todo lo posible para que no fuera promovido al episcopado, consiguiendo retardar su elección todo lo que le fue posible[7].
Por otra parte, el obispo de Vitoria, Mateo Múgica, dio como única razón para no suscribirla, el estar ausente contra su voluntad, de su diócesis.
Múgica era un tradicionalista, bastante alejado de los presupuestos de los nacionalistas vascos, rechazó siempre, por entenderla profundamente errónea, la alianza que estos mantuvieron, en general con el Frente Popular; y más en concreto con los comunistas. Pero, a la vez, la decisión no precisamente afortunada de la Junta de Defensa Nacional de exigir que fuera alejado de su diócesis y los fusilamientos de 14 de sus sacerdotes [por su actuación en pro del nacionalismo] le indignó profunda y comprensiblemente.
Múgica conocía las corrientes nacionalistas que se habían manifestado en su seminario; no faltan los datos que permiten afirmar que el obispo de Vitoria había tenido más de un choque, antes del Alzamiento, con algunos de sus sacerdotes precisamente por su actuación excesivamente politizada. Sin embargo, el obispo no se manifestó dispuesto a ceder ante la intromisión de las autoridades civiles en el gobierno y en el destino de sus sacerdotes. Cosa distinta es que, en el exilio y rodeado por los sacerdotes igualmente exiliados, Múgica llegara a aparecer ante la opinión pública como símbolo de una Iglesia nacionalista perseguida: una situación totalmente alejada de la realidad. Si la guerra le hubiera sorprendido en alguna de las otras dos diócesis que anteriormente había regido ―Osma o Pamplona―, es bastante probable que su firma hubiera figurado entre las que avalaron la pastoral colectiva y que no hubiera vacilado en anatematizar a los nacionalistas vascos, a semejanza de lo realizado por otros obispos españoles[8].
A la carta de consulta de Gomá sobre la forma y el contenido de la Carta colectiva, le respondía Múgica, desde Roma el 17 de marzo de 1937, de forma positiva al proyecto, dejando la última palabra al cardenal de Toledo y al resto de los obispos[9]. «Podría yo firmar ―responde Múgica al primado― ese documento cuando estuviese física y personalmente en mi puesto, en mi sede episcopal con las garantías que reclaman los sagrados cánones para el libre ejercicio del ministerio episcopal». A esta carta respondió Gomá el 6 de julio diciendo: «me hago cargo de su situación y no me extraña quiera abstenerse de firmar el consabido documento»[10].
La repercusión de la Carta fue enorme, tanto a nivel nacional, como sobre todo internacional, logrando un amplio apoyo para la causa de la España nacional. Incluso determinó el reconocimiento de Franco por parte de algunos países, como fue el caso de Holanda, cuyo Gobierno, tras la publicación de la Carta en la prensa, el 11 de agosto, se reunió para analizar la cuestión. Pio XI aprobó la Carta sin reservas, poniendo de relieve cómo los obispos, a la vez que condenaban el mal viniera de donde viniera, tenían palabras de generoso perdón para cuantos, persiguiendo con crueldad a la Iglesia, habían provocado tantos daños materiales y espirituales a la religión[11]. Pueden condensarse en cinco las ideas principales de la Carta:
- La Iglesia nada tenía que ver con el Alzamiento Nacional.
- A la vez que el Alzamiento, en coincidencia cronológica con él, se había producido una tremenda persecución religiosa, incoada bajo la República, pero que a partir de julio de 1936 había tomado proporciones y modalidades absolutamente inesperadas.
- Esta persecución, íntimamente unida a una revolución social cuyo objetivo era la implantación del comunismo en España, había sido llevada a cabo por anarquistas, socialistas y comunistas.
- La persecución religiosa, dirigida a la eliminación física y moral de la Iglesia en España, había obligado a esta misma Iglesia, a ponerse no tanto junto a los sublevados como detrás de ellos, en un intento de salvar la vida.
- Los que habían protagonizado el Alzamiento y se habían visto posteriormente envueltos en la guerra eran mayoritariamente católicos y cabía esperar de ellos que respetaran a la Iglesia ―e incluso que contaran con ella― a la hora de la reconstrucción de España. Cómo se haría esto último no se determinaba porque por el momento no se sabía. La Iglesia estaba dispuesta a reclamar su libertad y a oponerse a los posibles intentos de que la reconstrucción del país se llevara a cabo al margen ―o contra― el ser tradicional español[12].
En la Carta se transparenta la mentalidad de Gomá, pero que no era distinta de la del resto del episcopado español, formado en la línea tradicional, escolástica y apologética, del pensamiento católico. Se trataba de la misma mentalidad tradicional predominante en los dirigentes y el entero pueblo de la España nacional: un poder político que defendiera a la Iglesia y que intentaba restaurar el ser español de siempre. El respaldo completo al texto, por lo tanto, era lógico, al igual que también lo era no sólo el respaldo, sino la calurosa acogida del episcopado mundial, formado en la misma Tradición católica y el mismo Magisterio pontificio contrarrevolucionario que los obispos españoles. Buscar una singularidad hispana que convierta a los eclesiásticos españoles en los campeones del tradicionalismo, la reacción oscurantista y el fanatismo medieval; además de significar un desconocimiento amplísimo sobre la historia de la Iglesia, constituye una operación mental lastrada por siglos de Leyenda negra[13].
Difusión planetaria
El redactor de la carta, cardenal Gomá, hacía así la denuncia más autorizada en nombre del episcopado español ante la opinión pública mundial de los crímenes cometidos por las izquierdas: jacobinos, socialistas, comunistas y anarquistas. El insigne prelado catalán fue el más decidido defensor de la causa del bando nacional. Pío XI le nombró su representante oficioso ante el Generalísimo Franco, y fue a él a quien se debió en buena medida el reconocimiento del régimen del 18 de julio por parte de la Santa Sede.
La importancia que la Carta colectiva del episcopado español había de tener en España y principalmente a nivel mundial era previsible. Debido a la exposición, por quien tenía autoridad para ello, de los motivos que justificaban el recurso a la guerra ―medida que, por ser extrema, da pie a interpretaciones torcidas o malintencionadas―, constituía una obligación moral de primer orden al proclamar, para quien todavía albergase recelos y suspicacias propias de partido, el empuje netamente católico de los voluntarios[14], que arrastró a una buena parte de los militares. Había que salir al paso y acallar, con el peso del número y de la autoridad de la jerarquía protagonista, la propaganda que en el extranjero sembraban, desfigurando la verdad y encajando los hechos a su ideología, los supuestos «católicos» al servicio del Frente Popular ideado por Stalin: i) los nacionalistas vascos; ii) unos pocos clérigos comunistas, como Lobo, García Morales, Rocafull[15], el canónigo toledano Camarasa o el más cínico entre los propagadores del amasijo de falsedades, el ex-franciscano apóstata Juan Orts y González, que rezumaba menosprecio para con los principios que son la herencia más preciada del pueblo español; iii) aquellos que, al calor de las jugosas prebendas frentepopulistas, como el democristiano Ossorio Gallardo, o el católico-comunista José Bergamín, de repente sintieron desentumecerse su anquilosada fe.
La izquierda siempre ha sido maestra de propaganda estallante, por lo que muchos católicos liberales, y por ello acomplejados, se dejaban embaucar por sus palabras. Los miembros del bando nacional se encontraban tan absorbidos por la campaña militar, angustiosa en sus inicios al partir de una situación francamente adversa en relación con el Frente Popular, y por conservar la unidad entre sus propias filas, que no se cuidaron de oponer propaganda a propaganda. Razonando como militares que eran, les pareció suficiente con tener la razón moral, y olvidaron demostrarla. El bando nacional perdía la batalla propagandística[16]. Cuando se tuvo noticia entre los nacionales de que en el extranjero muchos de sus hermanos en la fe no los apoyaban, sino que los miraban con suspicacia, entonces surgió la necesidad de justificación, a fin de desengañar a los espíritus entenebrecidos. Aunque los obispos no habían callado.
Las cartas pastorales del cardenal primado de Toledo se hicieron célebres en el mundo entero: El caso de España (23-XI-1936); la Carta abierta al ministro Aguirre (10-I-1937); La Cuaresma de España (30-I-1937). Siendo traducidas al francés, inglés, italiano, portugués, alemán y polaco, con tiradas de varios millares de ejemplares[17]. El primer escrito había sido la carta pastoral del obispo de Salamanca, Mons. Enrique Pla y Deniel, Las dos Ciudades (30-IX-1936), en la que con gran vigor teológico-jurídico se afirmaba la licitud del Movimiento Nacional. Ya en los comienzos del conflicto, (6-VIII-1936), los obispos de Vitoria y Pamplona habían publicado conjuntamente una instrucción pastoral a sus diocesanos declarando ilícito el consorcio vasco-comunista, y donde afirmaban: «En el fondo del Movimiento cívico-militar de nuestro país, late, junto con el amor de la patria, en sus varios matices, el amor tradicional a nuestra religión sacrosanta». El resto de los obispos que libremente podían escribir al no encontrarse perseguidos en la zona bajo el poder del Frente Popular, publicaban instrucciones y cartas pastorales, en las que claramente se unían al Movimiento Nacional y bendecían a los héroes caídos en campaña por Dios y por la Patria. Resúmenes de estas instrucciones fueron traducidas al francés, inglés y portugués.
Con las sonoras victorias de la campaña del Norte en 1937[18], fuera de España el Movimiento Nacional ya no parecía una ambiciosa e irreflexiva rebelión de los cuarteles, sino que representaba a la España católica y tradicional que se ensanchaba a costa de la anti España atea-marxista. Se iba configurando un embrión de Estado que reconstruía su administración y sus tribunales de paz y de guerra conforme a las normas de la civilización cristiana. Su carácter quedaba ya bien visible y asentado, lo que había de ser en el día del triunfo final todos podían comprobarlo por lo que ya era realidad en el territorio liberado por los nacionales. Los obispos, al escribir a sus hermanos de todo el mundo para deshacer errores y disipar dudas, podían apoyarse más en realidades tangibles que en proyectos o hipótesis.
El elemento más importante y valioso para la causa católica de España, entre los frutos logrados por la Carta colectiva, fue sin duda la adhesión sincera y ferviente del episcopado mundial. Son muchos los que, al contestarla, colectiva o privadamente, hacen suyas las apreciaciones sobre el cataclismo moral y religioso que había convertido a la nación española en el principal escenario de la barbarie atea. Numerosos obispos abren su alma a las efusiones de fraterna condolencia por los males que afligían a España. Como constantes de sus escritos de respuesta pueden recogerse: i) el reconocimiento de la justicia de la causa nacional; ii) el rechazo categórico de la barbarie comunista condenando a los verdugos; iii) el ensalzamiento del heroísmo cristiano de los mártires; iv) la confianza en la victoria de los ejércitos que luchan por la fe de España.
De donde se sigue que la autoridad moral de los obispos españoles, es decir, su denuncia testifical del comunismo con los datos y las estadísticas de la persecución religiosa será respaldada por la totalidad del episcopado católico mundial. Con el peso del sentir tan ecuánime de la Iglesia docente universal se desplomó, en buena medida, la calumnia del apasionamiento político con el que los mal intencionados católicos liberales culpaban a los obispos españoles. La difusión de la Carta colectiva fue altísima, puesto que, al mismo tiempo que informaba al mundo entero acerca de la sangrienta persecución anticatólica, sufrida a manos de los que en el extranjero pasaban por ser «pacíficos demócratas republicanos» de un «gobierno legítimo salido de las urnas», daba la voz de alerta sobre los peligros de la expansión de la revolución marxista-leninista[19]. A pesar de la gran extensión del documento, publicaron íntegramente la Carta colectiva del episcopado español en el extranjero:
En Canadá, L’Action Catholique (Quebec), n. del 13 y 16 de septiembre de 1937; La Survivance (Etmonton), 13 septiembre. En los Estados Unidos, New York Times, 4 septiembre. En Italia, La Civiltà Cattolica, 18 septiembre y 2 octubre. L’Avenire d’Italia, que fue publicando la serie de contestaciones de los obispos bajo el título «La Chiesa per la Spagna martire», y con él todos los periódicos de gran circulación en Italia. En Holanda Herstel (Utrecht), órgano de la Confederación de Obreros Católicos con una tirada de 15.000 ejemplares, 9 septiembre. En Bélgica, La Cité Chrétienne, 5 septiembre; la Revue Catholique des idés et de faits (Bruselas), 6 agosto; La Cité Nouvelle, La Libre Belgique, La Métropole (Amberes), 7 agosto ; Nouvelle Revue Théologique. En Francia, La Croix, 13 de agosto y 27 septiembre. En Inglaterra: The Tablet (Londres), 14 agosto; The Universe. 13 agosto; Catholic Herald, Catholic Times. En Irlanda, Irish Independent, 14 octubre. En el Brasil, A Uniao (Río Janeiro), 26 septiembre. En Costa Rica, Eco Católico (San José). En el Perú, por orden del arzobispo de Lima, EI Amigo del Clero. En el Uruguay, El Mensajero del Corazón de María (Montevideo). En Austria, el Wiener Kirchenblatt, con una tirada de 150.000 ejemplares.
Sin contar con las decenas de revistas de índole religiosa por entonces con un número de tirada de varios miles de ejemplares. No hubo diócesis en todo el mundo en que no se tuviera noticia de las palabras de los valientes obispos españoles. Los periódicos seculares que también dieron a conocer la Carta colectiva fueron centenares por todo el mundo: no pudiendo sustraerse a su publicación, no hubo rotativo que no se creyese obligado a comentarla, según el color de sus ideas o ensalzándola criticándola, máxime cuando la polémica aguzó la curiosidad de la opinión pública mundial.
La excepción más notoria de Occidente la constituyó Inglaterra. La conjuración del silencio, denunciada por Pío XI en Divini Redemptoris como encubridora de la revolución marxista, apareció en toda su crudeza con ocasión de la Carta colectiva. Los diarios ingleses de máximo prestigio, en cuyas cajas resonantes hallaban eco los rumores más insignificantes de las carreras de caballos de Ascot o las regatas entre Oxford y Cambridge, esto es, el Times, Daily Telegraph, Morning Post, Daily Express, Daily Herald, Daily Mail, no juzgaron de la menor importancia informativa la Carta colectiva. Es decir, un documento en que se explicaba el pleito que más apasionaba entonces al mundo civilizado, porque a pesar de su carácter nacional, se trataba de un conflicto bélico no privado sino universal, dada la cosmovisión antitética de sus protagonistas.
Antes de seguir tratando de la Carta colectiva, es preciso que nos detengamos, porque este es el punto en el que el lector inteligente se detiene reflexivamente para atar cabos. No es casual que hayan sido historiadores ingleses quienes hayan implantado universalmente la versión de la Guerra de 1936 completamente coincidente con la propaganda del Frente Popular. Tanto a nivel académico como popular. Ahí van los nombres de los principales: Paul Preston, Hugh Thomas, Ian Gibson, Gerald Howson, Antony Beevor, Helen Graham, etc. A los que han de sumarse sus fervorosos discípulos españoles, bien regados con subvenciones públicas y prebendas sin tasa tanto por parte del PSOE como por el PP: Santos Juliá, Reig Tapia, Julián Casanova, Ángel Viñas, Enrique Moradiellos, Marta Bizcarrondo, etc. Sin olvidarnos del patriarca de todos ellos, el comunista Manuel Tuñón de Lara. Desconocer al enemigo, no en general sino minuciosamente, es síntoma de una miopía fatal que conduce a la derrota, de modo que analícese el número y difusión de sus publicaciones:
- a) Los ejemplares que de todos ellos se hallan en las distintas bibliotecas, tanto en las universitarias como en los centros educativos de secundaria, así como en cualquier biblioteca pública de un municipio o barrio de una gran ciudad.
- b) El peso de sus citas en los manuales universitarios y en los libros de texto de educación secundaria, así como en los trabajos para la adquisición de grados académicos.
Tampoco es casualidad que la principal difusora a nivel internacional de la Leyenda negra continúe siendo Inglaterra[20]. Toda una propaganda de guerra con un desarrollo sorprendente, pues, si bien ha sido descartada incluso por un buen número de historiadores europeos, permanece en España con una fuerza enorme. Para los británicos, la apuesta de invertir en la destrucción del Imperio español y reemplazarlo por repúblicas fácilmente intimidables y manipulables tuvo un éxito que superó todas sus expectativas. A partir de 1824, los fabricantes británicos encontraron una manera de salir de su crisis postnapoleónica inundando las regiones de la América hispana con sus productos, adquiridos con préstamos tomados de los bancos británicos y que luego se utilizarían para intimidar aún más a los noveles y frágiles gobiernos hispanoamericanos. Los poderosos intereses mercantiles de la elite comercial británica son los que están en el fondo de la gigantesca obra de marketing político que es la Leyenda negra. «El anticatolicismo fue la excusa»[21], como anota Gullo. Lo que no puede marginar a un segundo plano un aspecto decisivo que es el odium theologicum, propio del apóstata hacia la fe que abandonó y que no era otra que el catolicismo con el que España se identificó desde el antiguo reino visigodo y la Reconquista.
Si se contrastan en una breve comparativa los resultados históricos de los procesos coloniales franceses, ingleses u holandeses con la idea española de civilización, la diferencia es abismal. El triunfo histórico del protestantismo se debió al decisivo apoyo que los príncipes alemanes ofrecieron a Lutero, pues su revolución religiosa les brindaba el motivo ideológico con el que revestir sus verdaderas intenciones:
- a) Apoderarse de los bienes de la Iglesia.
- b) Mantener sus privilegios feudales.
En el caso inglés ocurre exactamente lo mismo con Enrique VIII, la herejía anglicana no buscaba más que expropiar a la Iglesia de sus bienes a fin de utilizarlos como medio de sometimiento de la nobleza. Con las diferencias propias de su idiosincrasia, como es el caso de su mayor activismo agresivo, el calvinismo holandés también responde a parámetros muy similares. Luego la concepción economicista fue decisiva en el despliegue de las tres principales ramas del protestantismo desde sus orígenes. De ahí que, a causa de la influencia economicista protestante tan presente en la política centroeuropea desde la Paz de Westfalia en 1648, las colonias de los países citados antes se utilizaron como lugares de explotación económica primordialmente, con una gestión centralizada desde las capitales de los países europeos, considerando a los nativos como esclavos al servicio del gobierno invasor. La prueba histórica documental se encuentra en sus leyes constitucionales, lo que tuvo, obviamente, consecuencias devastadoras para los nativos. En cambio, los reyes de las Españas erradicaron las costumbres bestiales de los países que conquistaban, culturizando primorosamente a los naturales por medio de las órdenes religiosas. Culminando en de los matrimonios[22] sacramentales entre españoles y nativos que santificaba el mestizaje. Sus descendientes nacerían con la plenitud de derechos y deberes de hijos de Dios y súbditos de la Monarquía Hispánica.
Las afirmaciones de Gullo antes citadas son corroboradas por las obras de historiadores como Raymond Carr o Henry Kamen[23], también negrolegendarios, pero éstos de lo más moderado. De este modo la historiografía española, especialmente de la Edad Moderna y Contemporánea, aunque también la medieval negando la Reconquista e idealizando el islam pacífico y multicultural, viene lastrada por una serie prejuicios que se han perpetuado hasta convertirse en el metarrelato hegemónico. A la hora de seleccionar y analizar las fuentes primarias, es la ideología la que se impone a la irrecusable realidad documental, logrando destruir el estudio veraz de los hechos al imponer el espectáculo mendaz de su infamia.
Para concluir, volvemos de nuevo a la Carta colectiva que fue divisoria en el terreno del periodismo católico francés, pues, de partida, el periodismo civil era decididamente hostil a ella a causa de su laicismo militante. Alienados con el Frente Popular a pesar de la evidencia de los hechos, los filósofos Maritain y Mounier, se mostraron recalcitrantes, posicionándose en contra del documento episcopal, mientras que Paul Claudel, el poeta cumbre del catolicismo contemporáneo, lo hizo a favor. Claudel, autor del ya famoso canto a los mártires de España, que prologa la obra de Estelrich La persécution religieuse en Espagne, publicaba en Le Figaro el artículo Anarquía dirigida, que glosa la Carta colectiva: «El documento, redactado con moderación y apoyado en testimonios y hechos irrecusables, exhibe un cuadro vivo y exacto de esta guerra civil y de los últimos cinco años de revolución. Es de esperar que el Episcopado francés, a quien se dirige, así como nuestra prensa católica, le darán la mayor publicidad». Y más adelante añade con intuición profética: «No puedo menos de aconsejar a los lectores de Le Figaro, que lean detenidamente este notable documento, del que acabo de dar un resumen insignificante. Los católicos tienen, entre ellos, un deber de solidaridad».
No enumeraremos las estadísticas completas de todas las naciones porque nos llevaría demasiado lejos y cansaría al lector. Resulta innecesario para el cuadro de conjunto que es la naturaleza propia de este ensayo, bastan los datos apuntados, a modo de índice de lo acaecido en todo el mundo.
Realismo documental y asertivo
La carta no demuestra ninguna tesis de partida, sino que se limita a relatar hechos concretos, con el fin de evitar las tergiversaciones de la propaganda del Frente Popular, que negaba tanto las matanzas de sacerdotes como la destrucción de templos[24]. Con un estilo sobrio, preciso, despojado de retórica y literatura, la Carta colectiva del episcopado español, como expresión de su sentir unánime, era una imperiosa e inapelable proclamación de suprema autoridad, teniendo una fuerza muy superior a las anteriores declaraciones individuales de cada obispo. Por consiguiente, debiera haber puesto fin a las dudas de ciertos católicos formales que no acababan de asumir la doctrina tradicional y el hecho, probado repetidas veces en la historia, de que la religión católica puede, en determinados casos, verse precisada a acudir a la fuerza de las armas para defenderse[25].
En este punto jugó un papel decisivo la campaña de noticias tendenciosas, intrigas y sofismas de sacerdotes separatistas vascos, tanto en Francia como en el mismo Vaticano. Su finalidad consistía en justificar moralmente el posicionamiento político del «catoliquísimo» PNV junto a las anticatólicas izquierdas, para lo que había que limitar el intrínseco impacto religioso de la guerra en sus contendientes, negando los motivos y aún el hecho mismo de la persecución religiosa en la retaguardia. Pretendían con ello manchar con la sangre sacrílegamente vertida la causa de la España católica alzada en armas para defender los derechos de Dios, a sus sacerdotes y sus templos. No resultaba nada sencillo para los separatistas vascos el proclamarse católicos a ultranza, al mismo tiempo que hacían causa política común con la revolución comunista[26]. Sobre todo, cuando éstos se encontraban exterminando a la Iglesia Católica en el resto de España.
Muy superiores intelectualmente y poseyendo magnanimidad (nobleza de ánimo), aquellos obispos eran muy distintos de los actuales, ya que no se inhibieron cobardemente de su sagrada responsabilidad frente a la verdad en la exposición imparcial de los hechos verídicos y en la enunciación de los principios morales católicos[27]. Unos fueron mártires y otros confesores. La complejidad de la situación planteada no fue una excusa para ellos, pues cuando mayor es la confusión, es cuando más necesaria se hace la voz del pastor. Cuando el deber del magisterio pastoral urge[28] es, precisamente, cuando lo intrincado o abstracto de las cuestiones puede, con más ocasión y con mayor gravedad, confundir y perder a las almas. Aquellos obispos lo sabían, motivo por el que ―a diferencia de los obispos actuales―, se negaron a: i) defender una filosofía de orden social refractaria a reconocer los problemas reales de nuestros días; ii) rehuir los graves compromisos episcopales con Dios y con las almas; iii) mantenerse a la expectativa de quién triunfaría en la contienda para posicionarse.
Estos criterios inmanentistas no podían ser la norma de unos sucesores de los Apóstoles que ―insistimos―, a diferencia se los actuales, tenían una fe operante que llevó a doce de ellos al martirio, mientras que los funcionarios eclesiásticos actuales están dispuestos a cualquier indignidad y traición para no ser «crucificados» por los medios de comunicación en manos de políticos ateos y la opinión pública manipulada por ellos.
La Carta colectiva ofrece la característica básica de no ser una tesis doctrinal, por lo que no se aventura por la vertiente de la especulación, asentando afirmaciones o formulando críticas más o menos discutibles. El alegato episcopal se apoya constantemente sobre la piedra granítica de los hechos, y sólo emite los juicios de valor que de ellos inmediatamente se desprenden. Asimismo, sólo rechaza las aseveraciones inmediatamente desmentidas por los hechos. En este realismo documental y asertivo se encuentra su fuerza persuasiva, de la convicción íntima y profunda que despierta en toda suerte de lectores. Su inspiración fue puramente sacerdotal, mesurada y caritativa, sin el menor rencor, infundiendo en sus palabras un acento de sinceridad y de nobleza. Entre sus líneas se detecta la meditación del tratado de san Bernardo Sobre las costumbres y oficios de los obispos[29] así como de la Regla pastoral de san Gregorio[30].
No tememos caer en generalizaciones indebidas o falacias ad hominem cuando afirmamos que, a diferencia de los actuales que son promocionados a dedo, aquellos obispos, habiendo aprobado las exigentes e imparciales oposiciones del cursus honorum eclesiástico entonces vigente, eran hombres muy leídos. Y de lecturas y relecturas sólidas, atentas y reposadas, no estólidas. Por lo que se demuestra la repercusión que tiene adquirir una sólida formación humanística, filosófica y teológica, ya que proporciona, además de equilibrio psicológico y espiritual, orden y rigor mental, desarrolla la capacidad de comprender y expresar las ideas, así como la aspiración a perfeccionarlas.
La posición de los obispos españoles aparece clara e inexpugnablemente justa, al mismo tiempo que saturada de la dignidad y la caridad cristiana que corresponde a hombres de Dios y embajadores de Nuestro Señor Jesucristo. La complejidad del conflicto, con la correspondiente colaboración extranjera en ambas partes, no altera la fisonomía particular de los dos contendientes, sino que agranda el horizonte, trocado ya el de una simple batalla local a otra universal, donde habría de decidirse la suerte de la civilización cristiana y del comunismo en Europa y en el mundo. Para desentrañar el verdadero sentido de la guerra, sus páginas constituyen un verdadero estudio de psicología colectiva, sin entelequias. Y son notables su exactitud y objetividad, al aplicarse no a lo anecdótico, sino a lo esencial. La rareza de la conjunción de simplicidad y solemnidad del documento despertó en todas partes enorme curiosidad, que se trocó en profunda emoción al conocerse su contenido. No basta con haberla leído a modo de una mera dosis de información de alta importancia, es preciso releerla y meditarla.
La acusación que se lanzó al episcopado español, como institución, de mezclar la causa religiosa con la política es netamente producto del liberalismo, empeñado en encerrar a la Iglesia en las sacristías. La exclusión de la Iglesia de toda política, aunque a ella se ventilasen los intereses sagrados de Dios y de las almas, corre pareja con aquella otra máxima liberal de separar esquizofrénicamente en dos la persona humana, en pública y privada, individuo y persona. Sobre la persona, la Iglesia sí que poseería autoridad moral, en cambio, sobre el individuo, en el sentido de «ciudadano» que le da el derecho político moderno, de ninguna manera no. Como puede comprobarse, en los años 30 ya consta la extensión del error más común entre los católicos: creer que la Iglesia carece de cualquier derecho de enseñar sobre cuestiones políticas[31]. Por supuesto, siendo los liberales quienes determinen qué es o no es lo que debe considerarse político. Como puede observarse, los problemas no empezaron con el Vaticano II, y quienes no lo entiendan continúan viviendo en una alucinada expedición alienígena de regreso a un pasado que nunca existió. Siguiendo el principio de irrealidad de su apología sentimental-maniquea, el Pleistoceno habría sido el ideal de la Tradición.
Resulta extremadamente difícil suponer que todos los cambios introducidos en la Iglesia desde el Vaticano II hubieran podido operarse de la noche a la mañana como por arte de ensalmo, sin apenas oposición reseñable. Más bien ha de tenderse a aceptar que ya existía previamente en la masa eclesial, en las mentalidades y la cultura, pero especialmente en los asesores teológicos de la jerarquía, no sólo la capacidad sino también la predisposición a los cambios que hicieron posible dicha transformación. Cuando una tragedia[32] tiene lugar, normalmente no hay una única causa, sino un cúmulo de varias. No puede comprenderse cabalmente el desarrollo de los acontecimientos históricos si no se tiene en cuenta la diversidad de los factores desencadenantes.
El interés de las almas no está limitado por las cuestiones estrictamente religiosas, sino que se extiende a toda la esfera de las actividades humanas, porque en todas ellas el hombre ha de ajustarse a la Ley moral natural y cristiana y, por extensión, al derecho natural y cristiano. Por ello a la autoridad de la Iglesia no le está vedado el campo político. Éste no habría de ser una excepción, cuando en él, como en cualquier otro, se plantean cuestiones que atañen muy de cerca a la libertad de la Iglesia y al bien de las almas[33]. La autoridad jerárquica puede en estricto derecho fallar sobre un partido o un movimiento político, en tanto en cuanto su programa o su actividad se opongan al bien religioso o a las prescripciones de la moral propias del bien común. En modo alguno hace la Iglesia dejación de sus funciones espirituales, ni traspasa los linderos de su competencia, sino que cumple su misión propia, que es la de velar por los derechos de la Iglesia ―que son los de Dios― y el bien de las almas.
Como documento decisivo y ante las polémicas que generó por todo el orbe, la Carta colectiva produjo sus frutos principales: informar y convencer. Tras la carta episcopal la discusión sobre la actitud que se imponía a los católicos ante el conflicto ya era imposible. Se equivocaron grandemente los católicos liberales que, tendenciosos, desde el inicio de la guerra fueron acumulando los equívocos, y alimentando confusiones, creando verdaderas nubes de miasmas de toda clase. El documento de los obispos pulverizaba literalmente todos los sofismas y ambivalencias con que fueron saturando a sus lectores las publicaciones católico-liberales[34] que, por lo común y no casualmente, también mostraban considerables dosis de hispanofobia patentes o latentes.
Como resultados positivos de la Carta colectiva afirma Salas Larrazábal:
El documento episcopal tuvo un amplio eco en todo el mundo y contra lo que temía el cardenal Vidal y Barraquer, produjo en la zona republicana unos efectos contrarios a los que supuso. En la España nacional fue acogida, naturalmente, con enorme satisfacción y, de momento, permitió una mejoría de las relaciones con el Vaticano. El gobierno de Valencia reaccionó dando muestras de moderación que permitieran desvirtuar la pésima imagen que de su régimen se había dado. El católico Irujo, entonces ministro de Justicia, comenzó a ser tenido en cuenta, se redujo notablemente la virulencia de la persecución, se libertaron algunos sacerdotes presos y se permitió a los católicos adictos al sistema que intentaran establecer contactos con la Santa Sede para restablecer unas relaciones interrumpidas, pero jurídicamente subsistentes. El Vaticano envió a la España nacionalista a monseñor Antoniutti, con la misión oficial de ocuparse de la repatriación de los niños vascos evacuados y con la oficiosa de comprobar sobre el terreno la situación con vistas a un posible establecimiento de relaciones oficiales […].
Las victorias de los nacionales en marzo y abril de 1938 y la falta de gestos eficaces de buena voluntad por parte del Gobierno, entonces ya establecido en Barcelona, llevaron a elevar las representaciones diplomáticas con Franco al nivel de nunciatura, con el nombramiento de monseñor Cicognani, como nuncio de Su Santidad en Burgos y a Yanguas como embajador de España en el Vaticano. Acontecimientos éstos que se produjeron en abril y tomaron carácter oficial en mayo. Todavía intentó el Gobierno de Barcelona llegar a algún tipo de acuerdo con la Santa Sede tomando como base el punto sexto de los trece programáticos del segundo Gobierno de Negrín. La Iglesia pedía actos explícitos de buena voluntad y Negrín, que en ningún caso estaba dispuesto a volver a la situación legal anterior al 18 de julio y quería establecer las relaciones entre la Iglesia y el Estado tomando como modelo el sistema soviético, se negaba a concederlos, aunque sí se mostraba dispuesto a hacer la vista gorda ante una reapertura del culto por parte de los católicos y más concretamente de los católicos frentepopulistas de Barcelona, pantomima a la que no se prestó el vicario general de la diócesis, doctor Torrent. Estos conciliábulos, aun fracasados, eran vistos con notable disgusto en Burgos donde molestó especialmente el nombramiento del doctor Rial, administrador apostólico de Tarragona, como vicario general de Lérida[35].
Unidad católica en la cruzada contra el marxismo y recapitulación
Importa subrayar este aspecto a fin de contextualizar el texto de la Carta colectiva, porque la continuidad de la civilización cristiana en España se encontraba en trance de desaparecer. Con el triunfo del Frente Popular, la nación habría pasado a ser satelizada por la URSS como pudo comprobarse que sucedió con los países del Este después de la Segunda Guerra Mundial. No es una afirmación gratuita, ya que el mismo Frente Popular terminó por ser satelizado por la Unión Soviética como muestran las amargas quejas de Azaña a lo largo de sus memorias[36]. Como Cuerpo Místico de Cristo[37] que es la Iglesia, los obispos del mundo respondieron al llamamiento de sus hermanos de España como un deber ínsito en el dogma de fe de la comunión de los santos[38]. La respuesta fue cordial, generosa y efusiva con un veredicto común, siendo los intereses de Dios los de todos sus hijos. Entendiendo que existe una comunión de los santos en el mérito[39], al igual que hay una comunión de los militantes en la milicia, es decir, en el sacrificio, el dolor y el combate. A diferencia de la amorfa Iglesia actual perdida en la indefinición del caos, aquellos católicos se sabía miembros y soldados activos y vigilantes de la Ciudad de Dios[40], lo que propició un renacimiento del ideal hispánico.
Durante la guerra de España el mundo se hallaba dividido por los conceptos políticos de democracia y antidemocracia. Una división que había penetrado todas las esferas de la vida civil e invadía también la religiosa, presentándose publicitariamente la contienda como un enfrentamiento entre el fascismo y la democracia. El movimiento anarco-comunista español levantó hábilmente desde el principio de la contienda el banderín internacional de la defensa de la democracia[41]. El aparato de propaganda comunista aliado con el periodismo liberal indujo a millones de personas a caer en el engaño. De manera que, por amor a una idílica e inexistente democracia, por todo el mundo fueron favorables las opiniones hacia los políticos que, precisamente, habían asesinado la democracia liberal republicana[42]. El carácter democrático o no de un régimen lo dan la Constitución, las instituciones y el Gobierno[43], y desde el fraude electoral del 16 de febrero de 1936 la mitificada Segunda República carecía ya de legitimidad alguna, reducida a una broma macabra. Hagamos una recapitulación final, con ánimo de memorización a pesar de la pedagogía progresista, ya que sin ella no puede haber aprendizaje.
En medio del vacío de poder por la huida de Alfonso XIII ante unos resultados electorales municipales no suficientemente satisfactorios para los monárquicos, apareció en La Gaceta de Madrid, de 15 de abril de 1931, un decreto en el que cierto «Comité» republicano proclamó que había «tomado el Poder sin tramitación y sin resistencia ni oposición protocolaria alguna», designando como presidente del nuevo Gobierno «con plenos poderes» a Niceto Alcalá-Zamora. A partir de aquel momento el mencionado Gobierno legisló copiosamente, por decreto, sobre materias que, a tenor de los principios de la democracia liberal en los que decía ampararse, cualquier sistema supuestamente democrático debería regular constitucionalmente. Se aspiraba a que aquella legislación fuera convalidada posteriormente por las Cortes, pero, a pesar de ello, también tuvo algunos puntos bastante oscuros, como la revanchista Ley de Defensa de la República, que siempre deslegitimó a esa República y a la propia Constitución de 1931; o la misma Comisión de Responsabilidades de las Cortes, considerada ya desde entonces como un tribunal político, ajeno a los principios de seguridad jurídica y separación de poderes.
Tras las elecciones generales de junio de 1931 comenzaron los debates constitucionales, en los que afloraron los asuntos más controvertidos, tales como: i) la capital cuestión religiosa; ii) las limitaciones a la propiedad privada; iii) las aspiraciones de los nacionalismos separatistas; iv) el voto femenino, que el PSOE pretendió negar a las mujeres: «hoy, […] es peligroso conceder el voto a la mujer»[44], afirmó Victoria Kent, la musa socialista acompañada de la musa comunista la Pasionaria. El resultado de aquellos debates fue un texto censurable: i) porque no se pactó, sino que se impuso por la mayoría electoral a la minoría; ii) porque no garantizaba el derecho fundamental a la propiedad; iii) porque era profundamente anticatólico, lo que incluso condujo a la dimisión del presidente del Gobierno, Alcalá-Zamora, y de su ministro de Gobernación, Miguel Maura. Precisamente, debido a este ambiente radicalizado y revanchista, el diputado José Ortega y Gasset escribió en septiembre de 1931, con amargo desencanto, una de sus frases más conocidas: «¡No es esto, no es esto! La República es una cosa, el radicalismo es otra. Si no, al tiempo»[45]. Motivo por el que los sectores sociales más conservadores le dieron la espalda.
El grave problema que llevó al fracaso de aquella Constitución y de su «República democrática de trabajadores», fue la radicalización de las fuerzas políticas revolucionarias, con el consecuente y gravísimo deterioro del orden público que la acompañó a lo largo de sus cinco años de existencia. Fenómeno explicable, porque, en aquel contexto, fue relativamente sencillo conducir a la violencia a gran número de personas ideologizadas y hambrientas de la justicia de la que les habían privado el caciquismo y su monarquía liberal implantada desde un siglo antes. Este deterioro del orden público ya se había manifestado en mayo de 1931 con la quema de iglesias, colegios, bibliotecas y conventos, continuó con la sangrienta revolución socialista de octubre de 1934, culminando, tras la victoria del Frente Popular en las elecciones fraudulentas de febrero de 1936, con una violencia política que provocó más de cuatrocientos muertos.
Ciñéndonos estrictamente al esquema liberal-parlamentario, la consolidación de cualquier Estado democrático necesita un marco jurídico adecuado y el respeto a los principios que deben inspirarlo, pero también resulta imprescindible la imposición de las garantías de seguridad necesarias para la práctica pacífica de los derechos ciudadanos. Algo que, formalmente, sólo pudo darse durante tres meses en todo el periodo republicano. El resto del tiempo España estuvo sometida a sucesivas declaraciones generales o parciales de los estados de guerra, alarma y prevención, de tal forma que la excepcionalidad jurídica fue regla y la normalidad, rareza. En definitiva, el cúmulo de situaciones excepcionales, junto con la prolongada y constitucionalizada vigencia de la Ley de Defensa de la República, privaron a los ciudadanos, de iure y de facto, de sus derechos políticos más elementales.
Millares de víctimas de aquella violencia política y la instrumentalización de los socialistas y los separatistas, para los que la República sólo era o bien un instrumento de la revolución marxista que conduciría a la dictadura del proletariado, o de la secesión, alfombraron el descrédito de aquella constitución de 1931 y de su modelo político. Al comenzar la guerra el 18 de julio de 1936, aquel presunto Estado democrático ya fracasado, que había tenido dieciocho gabinetes en cinco años, renunció por completo a cualquier traza de legitimidad cuando adoptó la decisión de entregar armas al pueblo el 19 de julio y encomendar su defensa a las milicias revolucionarias marxistas. Además, en semejante situación, los sucesivos gobiernos republicanos ni siquiera se molestaron en decretar el Estado de guerra, manteniéndose el de alarma impuesto con motivo de la celebración de las elecciones del 16 de febrero de 1936. En cambio, sorprendentemente, ese Estado de guerra se declaró casi al final de la contienda (19-I-1939), por dos razones: i) para justificar los excepcionales modos de gobierno republicanos, nada ajustados a una legalidad democrática; ii) para obtener el reconocimiento jurídico internacional como beligerante en un conflicto armado de cara a la próxima rendición militar.
En 1873, la Primera República nació como un régimen revolucionario auspiciado por minorías liberales intransigentes que propugnaban la separación Iglesia-Estado[46]. En abril de 1931, la Segunda República nació como un régimen liberal, en el que, desde el mes siguiente a su proclamación, la actividad y soflamas de unos parlamentarios fanáticos jacobinos con una concepción patrimonialista del poder, alentaron la violencia de las masas analfabetas con la quema de iglesias, colegios, bibliotecas y conventos; terminando por confluir en una revolución de tipo soviético ya con los primeros asesinatos de sacerdotes y destrucción de templos en la revolución socialista de octubre de 1934[47]. Dicha revolución, siempre reivindicada por las izquierdas, sirvió de ensayo general para pasar a ampliarse a partir de julio de 1936 a todo el territorio nacional.
Ante toda la anterior recapitulación de hechos históricos, la Carta colectiva del episcopado español, mostró que la lucha titánica que ensangrentaba el suelo de la España católica y tradicional era la lucha entre la civilización cristiana y la pretendida civilización del ateísmo jacobino-socialista, factor decisivo que aportaba a la guerra su carácter de singularidad. La voz del episcopado español encontró eco en centenares de obispos, sacerdotes y misioneros distribuidos por los cinco continentes y que, en miles de iglesias, colegios y conventos predicaron la verdad de los hechos de la España nacional, pidiendo a Dios por su triunfo. Millones de entendimientos comprendieron el verdadero trasfondo de la guerra, por lo que sus simpatías se dirigieron, inconmoviblemente, al bando católico que peleaba contra las fuerzas coordinadas del anticatolicismo, enemigas y agresoras de la única religión verdadera. Por lo que un pueblo cristiano y valiente salía a paso decidido a luchar y morir por la causa de la cruz. Frente a los tópicos de la Leyenda negra[48], la historia de España se encuentra repleta de heroísmos y de cruzadas por la fe católica. Los reinos cristianos hispánicos combatieron en una Reconquista de ocho largos siglos contra la invasión musulmana que se abalanzó sobre la Cristiandad. La Monarquía Católica contuvo el empuje de los herejes protestantes con las picas de los Tercios en Alemania y en Flandes, hundiendo para siempre las amenazas turcas en el Golfo de Lepanto, conquistando, cristianizando y civilizando todo el continente americano[49].
Las proezas obradas por los españoles en la historia habían sido silenciadas por siglos de hegemonía del relato negrolegendario[50], en donde se cargaban las tintas sobre la malicia oscurantista hispánica. Sin embargo, la Carta colectiva operó un cambio considerable en buena parte de la opinión pública mundial que, por ejemplo, contempló asombrada tanto el heroísmo militar de los héroes del Alcázar de Toledo, como el valor cristiano con el que miles de españoles daban la vida en el martirio por Nuestro Señor Jesucristo. El testimonio irrefragable del documento episcopal echaba por tierra las dudas con la descripción de los horrores perpetrados contra todo lo divino, que habían convertido a España, tanto en un santuario de mártires y confesores de Cristo Rey como de cruzados, que arriesgaban su vida por la salvación de la Cristiandad.
Pretendiendo hablar en nombre de la filosofía cristiana que hipostasiaba en su persona, y con su característica patologización de la Edad Media y todo lo que a ella recordara, Jacques Maritain se propuso demostrar muy razonadamente que la guerra de España, a lo más que podría aspirar a llamarse era «lícita», pero jamás santa. Nunca cruzada. Un mero juego de palabras desacreditado en sí mismo a causa de su partidismo. Acaso el teólogo podría inclinarse a aceptar los reparos del intelectual galo sobre el recurso a las armas, si demostrara un poco más de conocimiento de la doctrina teológica referente a dicha materia. Se necesitaba la audacia que proporciona la soberbia para dar lecciones de teología a los obispos de la nación teológica por antonomasia hasta 1965. Un individuo obra moralmente bien al defender su vida, su casa y su familia contra los que osan atacarlas. La nación posee igual derecho de legítima defensa contra las fuerzas subversivas y destructoras. Apadrinando un Frente Popular anticristiano que se empeñaba en publicitar como democrático y legítimo, Maritain justificaba las políticas democratacristianas y socialdemócratas que, tras ser aceptadas en toda su amplitud por el Vaticano II, han destruido hasta los más hondos cimientos de la civilización occidental.
Siguiendo la estela de las revoluciones anteriores de Rusia y Méjico[51], la revolución comunista en España destapó el proceso de la ofensiva mundial anticristiana, a modo de «frente antiteo-antidivino», con el fanatismo antirreligioso más exaltado y feroz que se había conocido. Al movimiento internacional orquestado por la masonería[52] se le unió, confluyendo con él y dominándolo, el de la Internacional comunista. La táctica empleada con España consistía en una tenaz y hábil propaganda, a tenor de las directrices soviéticas para la creación de Frentes Populares y, paralelamente, de la circulación de sus tópicos (libertad, democracia, antifascismo) para el desprestigio en el extranjero del Movimiento Nacional hasta el punto de que resultara odioso. Soliviantando contra él a la opinión pública con toda clase de infundios y diatribas ―como el caso de la falsa matanza de la plaza de toros de Badajoz[53]―, en virtud del inconsciente regusto con que las turbas ideologizadas escuchan la murmuración contra el enemigo en virtud del sistema político.
Controversias con liberales y separatistas
En Europa la discusión fue de lo más acre y dolorosa debido al histerismo democrático por el peso político y cultural del liberalismo. Resultaba extremadamente difícil que la opinión pública extranjera se percatase ordinariamente de los matices y perfiles implicados en la guerra de España. La Carta colectiva, como quedará luego ratificado por el sentir de cientos de obispos del mundo entero, consideraba la guerra española ínsita en un orden religioso universal. Para aquellos que convierten la democracia liberal ―comprendida como la única forma digna de gobierno y su fundamento― en un objeto de fascinación y claudicación, por lo que toda otra forma de gobierno queda excluida pues supondría la regresión al feudalismo medieval, un gobierno sin Cortes, sin sufragio universal, sin libertad omnímoda de prensa y de palabra, resulta un gobierno tiránico abominable que no conoce el nuevo y sagrado dogma incontrovertible de la revolución: los derechos del hombre.
Impermeables a esas sensiblerías democráticas imposibles de cimentarse en la realidad, examinemos concisamente las fases de la controversia que tuvo como resultado el que la Carta Colectiva se convirtiera en cebo de la curiosidad para los aficionados a las letras, multiplicándose las ediciones, con el consiguiente eco a causa de los abundantes comentarios en la entonces abigarrada prensa católica. Teniendo como resultado que la masa de los fieles quedara ganada para la España católica, aunque un grupo de intelectuales franceses[54] ―François Mauriac, Gabriel Marcel y el italiano Luigi Sturzo― alentados y dirigidos por Jacques Maritain, no cejaran en su empeño de desacreditar el escrito de los obispos españoles en nombre de un cristianismo sentimentaloide, antiteológico y antihistórico.
Acostumbrados a no recibir sino loores, a que se les mirase extasiados como eminentes y exclusivos portavoces de la cultura católica y paladines de las letras del catolicismo, condenaban la guerra en sí misma, y el Alzamiento Nacional por ir contra la doctrina sobre la sumisión debida a los poderes constituidos de hecho. Con lo cual declaraban implícitamente ilícitas todas las Cruzadas[55] medievales y la misma Reconquista española, y en lógica, hasta la resistencia de los belgas en 1914[56], ya que el derecho a resistir no dependía de que un trozo de territorio nacional quedara aún fuera del poder constituido, de facto, por el invasor. Para aquellos nuevos teólogos modernos, toda la teología católica se encontraría encerrada, reducida, recluida a las encíclicas papales, no cuidándose de indagar el alcance de éstas, que evidentemente no iban a innovar ni discurrir por rumbos desusados en los grandes Padres y Doctores de la Iglesia. Eran otros tiempos, el asalto y toma del gobierno de la Iglesia por el modernismo no se había producido todavía.
Cuando estalló la guerra en 1914, el emperador Francisco José pidió a Benedicto XV una bendición para sus ejércitos. El pontífice no quiso dársela puesto que había católicos en los dos bandos. Por el contrario, Pío XI envió espontáneamente una bendición para Franco, por medio del cardenal Gomá, y la repitió de modo más público y solemne en la recepción de los eclesiásticos refugiados en Roma: «Vaya Nuestra bendición, por encima de todo interés humano, y en manera especial para los que han tomado sobre sí la carga, dura y peligrosa, de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión; que es como decir los derechos y dignidad de la conciencia, primera condición y base sólida de todo bienestar humano y civil» (14-IX-1936).
Los separatistas vascos incurrieron en una equivocación moral y política de primer orden a subordinar la fe a la política. A fin de lograr el anhelado Estatuto de autonomía como paso previo a la declaración de independencia, se aliaron con los anarquistas, socialistas y comunistas, no obstante, las vehementes prohibiciones de sus obispos, así como del mismo papa[57]. De los separatistas vascos partirá y en ellos se fundará la más eficaz y artera impugnación de la Carta Colectiva. Como preámbulo preciso para entender el pleito con el separatismo vasco y desde distintos puntos de vista, apuntemos unos pocos hechos indiscutibles:
- a) Históricamente. Los vascos jamás han constituido un Estado: Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, eran señoríos o merindades independientes entre sí, con diversidad de fueros. Navarra, mucho más. Las tres provincias vascongadas escogieron por cabeza suya al rey de Castilla en el siglo XIV; Navarra quedó incorporada en 1512[58]. Por tanto, ni la historia ni la tradición reclaman ninguna autonomía vasca con vocación de independencia. Tampoco el centralismo del Estado borbónico, porque, a pesar de que Vasconia había sido despojada de sus fueros por los gobiernos liberales[59], estaba sometida al régimen común, fuera de la parte económica, que se regía por un concierto muy favorable, verdadero privilegio sobre las demás provincias. Para hallar la base del nacionalismo vasco, su fundador, Sabino Arana Goiri[60], perseguía el extremo ridículo de retroceder mil años[61], detectando dónde empezó a desviarse la historia de su pueblo.
- b) Socialmente. Los vascos separatistas, aliados de los frentepopulistas, no representaban a la totalidad del noble pueblo vasco, sino que eran los menos. Ni Navarra, ni Álava se sumaron a ellos, sino contra ellos, también muchos en Guipúzcoa. Donde más independentistas había era en Vizcaya y en Bilbao, la ciudad menos vasca por el concurso de mineros e industriales del resto de España. Allí tuvo su feudo el socialista Indalecio Prieto que despreciaba a los vascos y sus tradiciones por ser hondamente cristianas. La campaña del Norte la libraron principalmente, por la parte nacional, los heroicos carlistas navarros. Es un relato fabulado el que la guerra de 1936 fuera el enfrentamiento, por un lado, de los vascos, contra otro, de los españoles. Se trataba de vascos contra vascos, en realidad, de una pequeña guerra civil, dentro de la guerra civil general. Guerra de hermanos en sangre, lengua y religión, como decían los obispos de Vitoria y Pamplona, exhortando y mandando, con todo el peso de su autoridad episcopal, que los separatistas desistiesen de su empeño enloquecido en la suicida alianza con los comunistas.
- c) Políticamente. Estudiando las fuentes primarias, esto es, los escritos de Sabino Arana, su fundador, la ideología del Partido Nacionalista Vasco es esencialmente racista, debido a que es en la pureza y superioridad de la raza vasca[62], no en la historia, donde pretendía afianzar su peculiar patologización de la diferencia.
- d) Diplomáticamente. EI Gobierno de Bilbao hizo caso omiso de las peticiones recibidas tanto del Vaticano como de sus legítimos obispos, para rendirse y evitar el derramamiento de sangre. Asimismo, también rechazaron la paz separada que les ofreció el Generalísimo Franco prefiriendo rendirse a los fascistas italianos en Santoña en 1937[63], traicionando así el bloque político conformado con sus aliados socialistas, comunistas y anarquistas en el Frente Popular.
- f) Complicidad con el aparato represivo marxista. El Gobierno vasco del PNV tenía en Bilbao su sede, de lo que cabe preguntarse cuál fue el motivo por el que consintió los asesinatos de centenares de presos políticos en Vascongadas, entre los que se encontraban más de un centenar de sacerdotes. Los nacionalistas vascos se sirvieron de su catolicismo sui generis, utilizado como pantalla propagandística, a fin de ocultar y negar la persecución religiosa del Frente Popular, descalificando como calumnias los datos vertidos en la Carta colectiva.
- g) Los 14 sacerdotes separatistas fusilados. Sin entrar a juzgar los casos singulares, pero sí la ley general[64], fueron condenados por los tribunales militares, como hubiera hecho cualquier gobierno democrático de la época con aquellos que indujeran al pueblo a levantarse en armas y unirse a los enemigos de la patria[65]. En cualquier caso, no se puede acusar a los nacionales, ya que aplicaron ―a escala mínima― el mismo programa defendido por el Gobierno de Bilbao, como recordó el célebre separatista José Antonio Aguirre en su discurso de 22 de diciembre de 1936: «El carácter religioso no podrá eximir de las responsabilidades derivadas de actuaciones políticas contrarias a la ley». Las escasas penas capitales efectuadas al inicio de la contienda contra el clero independentista vasco, debido a su activismo y colaboracionismo militar con el PNV, fueron cortadas radicalmente por Franco cuando llegaron a su conocimiento.
- h) El envío de más de 12.000 niños vascos, gran número de ellos arrancados de sus hogares contra la voluntad de sus padres, al amparo del Frente Popular francés o de los gobiernos ruso y mejicano, lugares y compañías muy poco recomendables para que aquellos niños conservaran la fe católica. Los gobernantes de Vascongadas se sirvieron del sufrimiento de criaturas inocentes que fueron cosificadas como instrumento de propaganda política contra España. Instrumentos inconscientes de las miras políticas nacionalistas. Fueron exhibidos por salones y ciudades, en fiestas coreográficas o folclóricas como representantes ingenuos de una ancestral cultura artística vasca considerada como un simple exotismo arcaico, más florido, pero equiparable al de los pueblos mongoles del Asia.
CONCLUSIÓN
La Carta colectiva del episcopado español de 1937 fue, ante todo, un intento de fijar un relato eclesial de la Guerra Civil en un momento en que la batalla de la opinión pública internacional resultaba tan decisiva como la militar. Su amplia difusión, el respaldo explícito del episcopado mundial y la reacción que suscitó entre católicos liberales, nacionalistas y sectores laicistas muestran hasta qué punto el documento logró situar el conflicto español en un marco de confrontación ideológica y religiosa de alcance global.
Leída desde el presente, la Carta revela tanto las convicciones profundas de la jerarquía eclesiástica de la época como los límites de una interpretación condicionada por el clima político y cultural de los años treinta. Su valor histórico reside no solo en lo que afirma, sino en lo que permite comprender: el modo en que la Iglesia española se percibió a sí misma en una encrucijada dramática, la manera en que buscó legitimarse ante el mundo y la huella duradera que dejó en la memoria, el debate historiográfico y la comprensión del papel de la Iglesia en los conflictos del siglo XX.
[1] A primeros de febrero de 1937, la Santa Sede enviaba a Gomá nuevas instrucciones acerca de la posibilidad de publicar una Carta colectiva del episcopado español sobre la verdad de la cooperación de los católicos con los comunistas, cf. Granados, Anastasio, El cardenal Gomá primado de España, Espasa, Madrid 1969, p. 170. El cardenal concluye que los anteriores escritos a los nacionalistas vascos no han tenido eficacia porque han sido tergiversados, en cambio, confía al Vaticano, en líneas generales, un escrito que ya tenía formulado para la Secretaría de Estado. Se trata de un documento, acomodado a las circunstancias presentes, sobre el cual había recibido indicaciones de distintos sectores, obispos incluidos, desde el estallido del conflicto. El 10 de marzo de 1937, el cardenal Pacelli comunicaba al primado que dejaba tal asunto a su juicio. Gomá se mostraba escéptico en cuanto a su eficacia y a la oportunidad de su publicación, por ello lo había remitido a Roma. Sin embargo, eran mayoría en el episcopado español los favorables al documento, como el mismo cardenal sostiene, pues afirma actuar no por cuenta propia, sino como portavoz de los obispos españoles, cf. Rodríguez Aisa, Mª Luisa, El cardenal Gomá y la guerra de España. Aspectos de la gestión pública del Primado 1936-1939, CSIC, Madrid 1981, p. 233.
[2] Cf. De la Cierva, Ricardo, Franco. La Historia, Editorial Fénix, Madrid 2000, p. 348.
[3] Salas Larrazábal, Ramón, «Los católicos ante la Guerra Civil», en Ruiz Giménez, Joaquín, Iglesia, Estado y sociedad en España, 1930-1982, Argos Vergara, Barcelona 1984, p. 92. La obra está concebida como un homenaje al cardenal Tarancón a fin de justificar acríticamente el giro copernicano de sus posiciones teológicas y políticas. No obstante, posee valiosos datos a pesar del enfoque.
[4] Fliche, Agustín-Martin, Víctor, Historia de la Iglesia, EDICEP, Valencia 1979, vol. XXVI, tomo I, p. 588.
[5] Casañas Guasch, Luís-Sobrino Vázquez, Pedro, El cardenal Gomá. Pastor y Maestro, Estudio Teológico de san Ildefonso, Toledo 1983, vol. II, p. 333.
[6] Cf. Comas, Ramón, Isidro Gomá-Francesc Vidal I Barraquer. Dos visiones antagónicas de la Iglesia española de 1939, Salamanca 1977, p. 127. Considero esta obra un relato histórico fuertemente sesgado, lleno de omisiones nada veniales y de groseras tergiversaciones. Francamente ideologizado y subsidiario de la línea del nacional-progresismo catalanista que ha hundido a la Iglesia en Cataluña.
[7] Cf. Dionisio Vivas, Miguel Ángel, Isidro Gomá ante la Dictadura y la República, instituto Teológico san Ildefonso, Toledo 2012, p. 24.
[8] Redondo, Gonzalo, Historia de la Iglesia en España 1931-1939, Rialp, Madrid 1993, vol. II, p. 317.
[9] Cf. Rodríguez Aisa, Mª Luisa, El cardenal Gomá y la Guerra de España. Aspectos de la gestión pública del Primado 1936-1939, CSIC, 1981, p. 239.
[10] Cárcel Ortí, Vicente, La persecución religiosa en España durante la II República (1931-1939), Rialp, Madrid 1990, p. 284.
[11] Cf. Rodríguez Aisa, Mª Luisa, El cardenal Gomá y la Guerra de España. Aspectos de la gestión pública del Primado 1936-1939, CSIC, 1981, pp. 478-479. La carta del cardenal Pacelli, del 5 de marzo de 1938, fue publicada también en L´Osservatore Romano del 3 de septiembre de 1938, n. 204, 4.
[12] Redondo, Gonzalo, Historia de la Iglesia en España 1931-1939, Madrid 1993, vol. II, p. 315.
[13] Cf. Vélez, Iván, Sobre la Leyenda negra, Encuentro, Madrid 2014, p. 269.
[14] Cf. Casas de la Vega, Rafael, Las milicias nacionales en la guerra de España, Editora Nacional, Madrid 1974, p. 51. Las obras del autor lo convirtieron en una figura preponderante de la historiografía cultivada por militares ―al igual que a los hermanos Salas Larrazábal―, dado que él mismo era general.
[15] Lo cual no impidió que en su exilio mejicano escribiese una notable obra de filosofía política tomista en absoluta concordancia con la Tradición católica, cf. Gallegos Rocafull, José M., El orden social según la doctrina de santo Tomás de Aquino, Editorial Ius, México 1947.
[16] Viene de antiguo la incapacidad intelectual para contrarrestar las mentiras del enemigo a modo de una disfunción congénita. Una aproximación correctora, aunque con inexactitudes, pero de superior talento y genio, aunque desde perspectivas políticas necesariamente matizables, cf. Laje, Agustín, La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha, Sekotia, Madrid 2022.
[17] A la muerte del cardenal primado, fueron recogidas en, Cardenal Gomá, Por Dios y por España 1936-1939, Casulleras, Barcelona 1940. Tras más de quince años fueron rescatadas en, Cardenal Gomá, Pastorales de la Guerra de España, Rialp, Madrid 1955. Desde entonces y dado el completo vuelco político que supuso el Vaticano II para la Iglesia en España, nadie se había atrevido a reimprimirlas.
[18] Cf. Sagarra, Pablo-González, Óscar-Molina, Lucas, Grandes batalla de la Guerra Civil Española 1936-1939. Los combates que marcaron el desarrollo del conflicto, La Esfera de los Libros, Madrid 2016, p. 239.
[19] A pesar de estar llevándose a cabo durante aquellos mismos años, todavía faltaban décadas para que fuera denunciada la ejecución de aquellos considerados por el comunismo como «enemigos de clase», del mismo modo que la persecución y eliminación de los disidentes, cf. Conquest, Robert, El gran terror. Las purgas estalinistas de los años treinta, Luis De Caralt, Barcelona 1974.
[20] Cf. Álvarez Recio, Leticia, Rameras de Babilonia. Historia cultural del anticatolicismo en la Inglaterra Tudor, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca 2006, p. 32.
[21] Gullo, Marcelo, Nada por lo que pedir perdón. La importancia del legado español frente a las atrocidades cometidas por los enemigos de España, Espasa, Madrid 2022, p. 168.
[22] Anota santo Tomás que «Todo aquello a lo que el hombre tiene inclinación natural, la razón lo aprehende como bueno, y por consiguiente como operable», cf. S. Th., I-II, q. 94, a. 2.
[23] Cf. Moa, Pío, Galería de charlatanes, Actas, Madrid 2022, 19, pp. 31 y 51. Con espíritu y método científico, el autor desmonta la mentalidad de un buen número de tejedores de patrañas mitológicas, pero que fungen como lo historiadores oficiales del sistema.
[24] El historiador eclesiástico y liberal, Cárcel Ortí, Ricardo, acusa al documento de «aplicar la etiqueta de comunista sin el menor matiz», La gran persecución. España 1931-1939. Historia de cómo intentaron aniquilar a la Iglesia Católica, Planeta Barcelona 2000, p. 132. Olvidando que la bolchevización del PSOE desde el verano de 1933 provocó que el socialismo español llegara a ser, en el plano ideológico, indistinguible del comunismo de Moscú en su aplicación de la ortodoxia marxista-leninista. No es baladí que Largo Caballero, presidente del partido, fuera aclamado como el «Lenin español», o incluso que, fuera, el mismísimo Stalin pidiera al PSOE moderarse, cf. Togores, Luis, Historia de la Guerra Civil española, La Esfera de los Libros, Madrid 2011, p. 43. Un interés especial del volumen lo constituyen su claridad, orden y síntesis, además de la importante selección final de lecturas comentadas, aportando rigurosos criterios historiográficos. En definitiva, una obra muy completa que sirve a modo de manual.
[25] Las condiciones de la guerra justa implican la condena del error moderno del pacifismo claudicante, cf. Pío IX, Syllabus, 1864, n. 62. Este documento es el más fuertemente combativo contra la Modernidad.
[26] Sobre la centralidad de la revolución en el pensamiento marxista, cf. López, Daniel, La Revolución de octubre y el mito de la revolución mundial, Pentalfa, Oviedo 2019, p. 119.
[27] CIC, can. 386 §1. Nótese la fuerza de los términos empleados.
[28] CIC, can. 760.
[29] Cf. San Bernardo, Obras completas. Tratados (2º), BAC, Madrid 1994, vol. II.
[30] Cf. Gregorio Magno, Regla pastoral, Ciudad Nueva, Madrid 2002.
[31] Cf. Gambra, Rafael, Curso elemental de filosofía, Guillermo Escolar, Madrid 2022, p. 351. Esta publicación resulta un instrumento pedagógico de gran valor para introducirse en la filosofía clásica.
[32] Sobre la concepción y finalidad de la tragedia, cf. Aristóteles, Poética, 1499 b 12-14.
[33] Cf. CIC, can. 747 §2.
[34] Cf. Sardá y Salvany, Félix, El liberalismo es pecado, Luz de Trento, Madrid 2022, p. 98. Esta obra era un clásico muy conocido y leído a comienzos del siglo XX, que ha visto considerablemente mermada su influencia hasta su extinción ante los vaivenes eclesiásticos. Sería una frivolidad intolerable pensar que el autor es un obtuso o un necio incompetente incapaz de comprender el genuino pensamiento político-social católico, en realidad las conclusiones a las que llega, preliminarmente, se derivan de premisas dogmáticas.
[35] Salas Larrazábal, Ramón, «Los católicos ante la Guerra Civil», en Ruiz Giménez, Joaquín, Iglesia, Estado y sociedad en España, 1930-1982, Argos Vergara, Barcelona 1984, pp. 95-97. No obstante, la política vaticana, aunque claramente favorable a Franco no sólo por considerarle virtual vencedor de la contienda, sino también por su constante afirmación de fidelidad a la Iglesia, se mostraba reticente ante la influencia totalitaria de los gobiernos alemán e italiano en la España nacional a través de la Falange.
[36] Azaña, Manuel, Obras completas, Taurus, Madrid 2008, vol. VI.
[37] Cf. Pío XII, Mystici corporis, 1943, n. 3. Sin afirmaciones que constituyan un indebido agigantamiento post mortem de su persona, Pío XII fue un firme valedor los principios teológicos tradicionales, estrechamente ligados a la vida y estructuración jurídica de la sociedad eclesial como sociedad perfecta. La actual situación de decadencia que atravesamos, en buena medida proviene del rechazo y aversión del modelo de Iglesia como sociedad perfecta, lo que supone abandonar el concepto de Iglesia como entidad jerárquica y orgánicamente estructurada según las normas jurídicas. Tras el Vaticano II la Iglesia se ha convertido en una entidad fluida e indefinible ―pueblo, comunión, colegialidad, sinodalidad―, en estado de cambio perpetuo y, por lo tanto, susceptible de toda clase de transformaciones e hibridaciones.
[38] Cf. S. Th., III, q. 8, a. 3.
[39] Cf. S. Th., II-II, q. 183, aa. 2-3.
[40] Sobre la Civitas Dei y la civitas terrena como sociedades místicas supratemporales, pero también en su dimensión temporal y rectora, cf. Truyol y Serra, Antonio, El Derecho y el Estado en San Agustín, Editorial Revista de Derecho Privado, Madrid 1944, 177. Tras la atenta lectura de los textos agustinianos, se llega a la conclusión de que no tiene parangón en la dilatada historia de la sociedad eclesial la contemporánea actitud extasiada ante la mera palabra «mundo». La prosperidad material ulterior a la Segunda Guerra Mundial sirvió de contexto interpretativo al triunfalismo mundanizante y rousseauniano de la Iglesia del Vaticano II.
[41] Cf. Bolloten, Burnett, La Guerra Civil española. Revolución y contrarrevolución, Alianza, Madrid 2015, p. 877. Una obra definitiva y de primera magnitud sobre esta cuestión. De hecho, en su primera edición el título original fue «El gran camuflaje», para definir la estrategia comunista respecto a la democracia.
[42] Cf. Álvarez Tardío, Manuel-Villa García, Roberto, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, Espasa, Madrid 2017, p. 447.
[43] Sobre la elaboración ideológica del contractualismo y la mitología del constitucionalismo véase, Ayuso, Miguel (ed.), El problema del poder constituyente. Constitución, soberanía y representación en la época de las transiciones, Marcial Pons, Madrid 2012, p. 37.
[44] Moa, Pío, Por qué el Frente Popular perdió la Guerra Civil. Causas y consecuencias históricas, Actas, Madrid 2019, p. 200.
[45] Palacios Bañuelos, Luis, Historia de la Segunda República española, Almuzara, Córdoba 2021, p. 821.
[46] Cf. Martí Gilabert, Francisco, La Primera República española (1873-1874), Rialp, Madrid 2017, pp. 130 y 136. El anticatolicismo también estuvo presente en la inestabilidad política y los abundantes disturbios.
[47] Cf. Payne, Stanley, La primera democracia española. La Segunda República, 1931-1936, Paidós, Barcelona 1995, p. 255. Un gran trabajo de análisis y síntesis histórica no lo suficientemente valorado.
[48] Cf. Pérez, Joseph, La leyenda negra, Gadir, Madrid 2009, p. 53. Contiene abundantes afirmaciones gratuitas, que requerirían de un desarrollo teológico comparativo entre el catolicismo y el protestantismo, sin el cual no pueden ser comprendidas sus realizaciones históricas concretas.
[49] Para una síntesis muy completa de la historia nacional y magníficamente narrada véase, Esparza, José Javier, Te voy a contar tu historia. La gran epopeya de España, La Esfera de los Libros, Madrid 2023.
[50] Cf. López-Linares, José Luis, España. La primera globalización, Plaza y Janés, Barcelona 2022, p. 171.
[51] Cf. Pío XI, Acerba animi, 1932.
[52] Cf. Castiglioni, Carlos, Historia de los papas, Labor, Barcelona 1948, vol. II, p. 482.
[53] Cf. Martín Rubio, Ángel David, Los mitos de la represión en la Guerra Civil, Ediciones Grafite, Madrid 2005, p. 117. Estudio de primera importancia de un importante historiador.
[54] Sobre la apostasía de Francia a consecuencia de la Revolución, cf. Sáenz, Alfredo, El cardenal Pie. Lucidez y coraje al servicio de la verdad, Gladius, Buenos Aires 2007, p. 485.
[55] Luego san Bernardo, doctor de la Iglesia, habría cometido un gravísimo pecado al predicar la segunda cruzada, cf. Cantera, Santiago, San Bernardo o el Medievo en su plenitud, Criterio Libros, Madrid 2001, p. 127. Aunque antes habrían de ser juzgados como reos en el tribunal del pacifismo demócrata moderno los pontífices que las convocaron, cf. Sandoval, Luis Mª, Nueve siglos de cruzadas. Crítica y apología, Criterio Libros, Madrid 2001, p. 204. Sin olvidar tampoco que habría que condenar a aquellos santos canonizados que participaron en las cruzadas, como el caso de san Luis Rey de Francia, en la Reconquista, como Fernando III el Santo, o que se alzaron en armas frente al invasor como santa Juana de Arco, cf. Sáenz, Alfredo, Arquetipos cristianos, Gratis Date, Pamplona 2005, p. 28.
[56] Cf. MacMillan, Margaret, 1914 De la paz a la guerra, Turner, Madrid 2013, p. 747.
[57] Sobre las alianzas y concomitancias con el comunismo, cf. Pío XI, Divini Redemptoris, 1937, n. 58.
[58] Guipúzcoa en 1200; Álava, en 1332; Vizcaya, en el reinado de Juan II, padre de Isabel la Católica. Navarra queda perfectamente pacificada e integrada desde 1524, cf. Del Burgo, Jaime Ignacio, Carlos V. emperador de Occidente y pacificador de Navarra, Almuzara, Córdoba 2021, p. 568.
[59] Cf. Payne, Stanley, España. Una historia única, Temas de Hoy, Madrid 2008, p. 225.
[60] Cf. Comellas, José Luis, Del 98 a la Semana trágica. Crisis de conciencia y renovación política, Biblioteca Nueva, Madrid 2002, p. 182.
[61] Cf. Vizcarra y Arana, Zacarías, Vasconia españolísima, Publicaciones Españolas, Madrid 1971, p. 101. El autor fue un sacerdote de una vasta cultura, procedía del carlismo por vía de la escisión integrista de Nocedal. Colaborador de la revista monárquica Acción española, en su prolongada estancia en Argentina fue quien acuñó el término de «Hispanidad», terminando sus días como obispo auxiliar de Toledo.
[62] El califa (sucesor de Mahoma) Abderramán III (891-961) de la dinastía de los Omeya, que habían construido en Al-Ándalus un emirato independiente, es decir, un Estado que no rendía obediencia política al califa de Bagdad, pero que sí estaba sujeto a su autoridad religiosa. Era hijo y nieto de concubinas vasconas entregadas a los emires como prenda de los pactos políticos de sumisión. Porque los vascones, al igual que muchos hispano-visigodos, lejos de resistir como hacían los mozárabes, también habían pactado con el enemigo sarraceno, pasando a ser conversos al islam. De manera que tenían más sangre hispana que árabe, esto es, eran muladíes de linaje hispano, cf. Fanjul, Serafín, La quimera de al-Ándalus, Siglo XXI, Madrid 2004, p. 54.
[63] Cf. Vaca de Osma, José Antonio, La larga guerra de Francisco Franco, Rialp, Madrid 1991, p. 289.
[64] Cf. Martín Rubio, Ángel David, Salvar la memoria. Una reflexión sobre las víctimas de la Guerra Civil, Fondo de Estudios Sociales, Badajoz 1999, p. 70.
[65] Cf. Costa, Faustino, El delito y la pena en la historia de la filosofía, Editorial Hispanoamericana, México 1953, p. 161.
