INTRODUCCIÓN
La figura del cardenal Enrique Plá y Deniel ocupa un lugar central en la interpretación religiosa de la Guerra Civil española. Intelectualmente formado en Roma, pastor de sólida tradición tomista y hombre de gobierno prudente, Plá y Deniel fue quien dotó de formulación doctrinal a la lectura del conflicto como “Cruzada” en su célebre pastoral Las dos Ciudades (1936). Su pensamiento, lejos de limitarse a una adhesión coyuntural a un bando político, se muestra profundamente enraizado en la teología clásica, el derecho natural y la concepción tradicional de las relaciones entre Iglesia y Estado.
Este artículo recorre su trayectoria vital y eclesial —desde sus primeros años de formación hasta su etapa como primado de España— para comprender el papel que desempeñó en uno de los momentos más dramáticos de la historia contemporánea de España. A través de sus escritos pastorales, de su relación con el poder político y de su acción de gobierno episcopal, se revela un prelado que concibió su misión como defensa de la fe, de la civilización cristiana y del orden moral frente a la revolución ideológica que asolaba el país.
El ministro de exteriores, Serrano Suñer describe así al obispo catalán: «Fue un obispo que, al poseer una excelente formación y un recto espíritu patriótico, supo defender a la Iglesia y colaborar lealmente con el Estado»[1], y al que «el pueblo llamaba con cariño y gracia «Su Menudencia» porque era de estatura muy pequeña»[2].
Nació en Barcelona el 19 de diciembre de 1876, y poco después, cuando sólo contaba cinco años de edad, falleció su madre. Su padre, hombre religioso y ferviente católico, tuvo que hacerse cargo de la familia numerosa compuesta de siete hijos. El futuro cardenal primado comenzó sus estudios de bachillerato a los nueve años para, nada más finalizarlos, ingresar en el seminario de Barcelona. A los 18 años de edad, apenas finalizado el primer curso de Sagrada Teología, fue a preparar el resto de los estudios sacerdotales a Roma, finalizando su formación con los doctorados en Teología y Derecho Canónico en la Pontifica Universidad Gregoriana y el de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino. Su estancia y estudios en la Roma eterna forjarán su personalidad eclesial. Fue ordenado sacerdote en Roma en la iglesia de San Apolinar el 15 de julio de 1900, celebrando su primera misa el día 31 del mismo mes en la capilla de las religiosas de Jesús María de San Gervasio, de su ciudad natal.
Destinado a la diócesis de Barcelona, fue nombrado profesor del Seminario donde explicó las asignaturas de Oratoria Sagrada, Patrología e Historia de la Filosofía, a la vez que desempeñó el cargo de director de la revista Reseña Eclesiástica. Dirigió tres publicaciones de apostolado obrero: El Social, Anuario Social y Revista Social. Fue también presidente de la Junta Diocesana de Acción Católica. Al mismo tiempo, publicó varios escritos científicos, entre ellos, Crítica de la Escuela Histórica según los principios de Santo Tomás sobre la mutabilidad de las leyes, y Balmes y el sacerdocio. Se consagró también con todas sus fuerzas a las obras de apostolado obrero que jamás abandonó a lo largo de toda su carrera eclesiástica, después de haber fundado en los primeros años de sacerdote el Patronato Obrero de la populosa barriada de Pueblo Nuevo, en los arrabales de Barcelona y en donde gastó gran parte de su fortuna personal. El Patronato, años más tarde, fue la víctima preferida de los anarquistas durante la Semana Trágica de 1909, cuando saquearon e incendiaron el edificio.
El 4 de diciembre de 1918 fue preconizado obispo de Ávila por el papa Benedicto XV. En la catedral de la Ciudad Condal fue consagrado obispo el 8 de junio de 1919 por el nuncio Mons. Ragonessi, tomando posesión de su diócesis al mes siguiente, al mismo tiempo que dirigió una carta pastoral a sus nuevos feligreses, haciendo de ella un tratado de líneas y doctrinas firmes y hondas. En ella expresa su programa e impresiones al llegar a Ávila:
Emoción al pisar la tierra venerada por las huellas de la Seráfica Doctora santa Teresa de Jesús. Hondo temor al cargo episcopal, sólo vencido por el acatamiento a la manifestada voluntad de Dios. Entrega total al cargo pastoral. Súplica de oraciones para su fiel y fructuoso desempeño. Primeras y fundamentales exhortaciones: no os dejéis apartar de Dios, como pretende el enemigo de vuestra salvación, por la blasfemia, por la profanación de los días festivos, por el incumplimiento del precepto pascual, por la heterodoxia, por el socialismo, por la inmoralidad. Rendidas gracias por el filial recibimiento. Quotidie morior del pastor y su primera paternal bendición[3].
Durante el largo periodo en que rigió los destinos de la diócesis abulense (1919-1935), trabajó intensamente realizando una gran labor.
Realizó tres concursos generales de Parroquias, practicó cada cinco años la Visita Pastoral completa en una diócesis vastísima y en aquella época muy deficiente en vías de comunicación, de las que a veces carecía en absoluto, como algunas parroquias de la abrupta sierra de Gredos. Ya desde entonces sus visitas pastorales comprendían no sólo las escuelas y centros de apostolado, casas rectorales, cementerios, oratorios, etc., sino que también examinaba minuciosamente los detalles de las necesidades materiales y espirituales de cada parroquia[4]
En algunas ocasiones, fue visitado por personalidades de la política, entre ellas el presidente de la Generalidad de Cataluña Francisco Maciá que, al acercarse, junto con otros jefes separatistas, a Pla y Deniel le saludaron en catalán. El obispo contestó, con la mayor naturalidad, en castellano: «No les extrañe que les hable en español. Como obispo de Ávila, soy castellano viejo»[5]. Era un hombre de Iglesia, ante todo y sobre todo. En enero de 1935, fue preconizado obispo de Salamanca por el papa Pío XI, pero, antes de su partida para ocupar su nuevo destino, donde llegó a escribir las más celebradas y discutidas pastorales, se despidió de todos los diocesanos de Ávila con una carta pastoral:
El Vicario de Cristo nos trajo hace dieciséis años a Ávila y nos mandó partir para Salamanca. Hemos estado entregados totalmente a la Diócesis, pero sentimos deficiente nuestra labor ante el ideal del cargo episcopal. […] Os damos nuestros últimos consejos de padre, como os los daríamos en el lecho de la muerte. Conservad la fe en toda su integridad y pureza. No apostatéis, obreros, de la fe, seducidos por la herejía socialista, sino propugnad un legítimo obrerismo, discípulos fieles del Divino Obrero de Nazaret. Evitad los errores del laicismo, dando siempre al César lo que es del César, pero no negando jamás a Dios lo que es de Dios en la vida individual, familiar y social. La Acción Católica es el antídoto del laicismo. Los católicos han de considerar como una necesidad propia lograr el sustitutivo del abolido Presupuesto de Culto y Clero. Adiós a los sacerdotes; exhortación a la fidelidad a las Leyes eclesiásticas; hemos compartido la persecución; esterilidad e ineficacia del burocratismo eclesiástico y necesidad del fuego del apostolado. Gratitud a los religiosos y religiosas[6].
A su entrada en la «españolísima y por tanto católica Salamanca», donde se ocupó, sobre todo, de la restauración de la histórica Universidad Pontificia, se dirigió al cabildo catedralicio, clero en general y fieles de la diócesis con una larga y cálida pastoral. El hecho más sobresaliente durante su estancia como obispo de Salamanca fue, sin lugar a dudas, la guerra española de 1936 en la que Pla y Deniel jugó un papel decisivo. El 31 de agosto de 1936, se dirigió por carta al cardenal de Toledo y Primado de España, Isidro Gomá, pidiéndole consejo sobre la postura de la jerarquía ante el Alzamiento Nacional:
Mi venerado Sr. Cardenal:
Le envío la adjunta por mediación del Sr. Obispo de Pamplona por haber visto en la prensa que estaba V. Emcia. en el balneario de Navarra. Hoy he recibido el adjunto telegrama dirigido a mí, pero para hacerlo llegar a manos de V. Emcia., lo he abierto para ver si es que suponían que estaba en Salamanca, o que debiese venir a esta ciudad. Como verá es un mensaje-telegrama del obispado irlandés. Si a V. Emcia. le conviniese venir a Salamanca hasta cuando pueda ir a Toledo hágalo con toda libertad, pues ya sabe puede disponer de este palacio como suyo. Aquí, gracias al Señor en toda la diócesis no ha habido ningún incendio de iglesias, ni asesinato de sacerdotes. El ejército domina total y completamente la provincia, con mucha ayuda personal y económica de los paisanos.
Puesto a escribirle, le consulto sobre la actitud que oficialmente hemos de adoptar los prelados. Es evidente para mí la licitud del movimiento militar y así lo he dicho a todos antes y después de él. He cedido a las autoridades militares cuantos edificios y objetos han pedido. He dado al visitar a los heridos 1.500 ptas. para los mismos. Mas al ser requerido como todos los vecinos para entregar una cuota directamente para el Ejército la he dado también (negarme no se podía), mas he rogado no se publicara mi nombre. La razón para esto fue que en los días que la entregué se hacía público que la Santa Sede enviaba protestas al Gobierno de Madrid por los atropellos a personas y cosas eclesiásticas en muchas provincias. Me parecía que, si oficialmente los obispos figurábamos en la suscripción del Ejército contrario al Gobierno de Madrid, era declararnos beligerantes y dar un argumento al Gobierno madrileño para excusar los atropellos en la actitud de los obispos. Sé que muchos obispos (el arzobispo de Santiago, el obispo de Ciudad Rodrigo) han obrado igual. Pero recientemente los obispos de Vitoria y Pamplona, que en su primera pastoral dicen: «Nos, Obispos de la Santa Iglesia, no podemos pronunciarnos más que en el fuero de nuestra conciencia sobre el magno hecho de que es teatro España en estos momentos», después han dado cada uno 30.000 pesetas por la diócesis y otras cantidades por el seminario, etc. Esto hace que los que hemos procedido de otra manera aparezcamos como tibios. Creo ha sido una lástima no haya habido uniformidad debido a la dificultad de ponerse de acuerdo. Nuestro arzobispo de Valladolid está en San Sebastián y por tanto no podemos comunicarnos con él. Le agradecería me manifestase su autorizado criterio sobre la actitud oficial de los obispos y momento en que debamos declararnos.
Mande y disponga de su affmo. En Xto. a. y s.s. q.b.s.s.p. Enrique. O. de Salamanca[7].
Como él mismo ha dejado patente, sus relaciones con las autoridades del bando nacional fueron siempre muy cordiales. «Estaba firmemente convencido de que toda autoridad viene de Dios y que todos, seglares y sacerdotes, tenemos una tarea común: el establecimiento del Reino de Dios»[8]. Fue leal a su patria y siempre gozó de fama de independencia y rectitud. En sus relaciones con las autoridades hubo de tener muy a menudo caridad, comprensión y mucha paciencia porque los temas en los que le hicieron intervenir no siempre fueron gratos para él. Hubo luchas, dificultades y momentos de tensión, sabiendo dominarse y poner espíritu de comprensión, decidiendo con energía siempre que fue preciso. Cuantos le trataron fueron testigos de su cortesía, de su honradez y de su extraña clarividencia para percatarse de la gravedad de los asuntos e iluminarlos con la luz de su buen sentido.
Nunca intentó disimular la justificación de la guerra de España como una Cruzada y así utilizó esta palabra por vez primera en su pastoral Las dos Ciudades[9] (30-IX-1936). Sin duda, lo que le movió a redactarla fue el discurso de saludo del papa Pío XI el 14 de septiembre de 1936 en Castelgandolfo, ante unos centenares de evadidos de la zona en poder del Frente Popular, donde les saludó «como venidos de la gran tribulación». Así, pues, quien primero hizo uso del término Cruzada en sentido estrictamente religioso ―antes se hablaba en la prensa de «Cruzada patriótica»― fue el obispo Pla y Deniel, aunque José Javier Esparza dice que sería «el obispo Doménech, luego secundado por los demás, quien presenta la Guerra Civil como una Cruzada de la fe católica contra sus enemigos»[10]. Sin embargo, no dice ni cómo ni cuándo la utiliza, aunque parece que fue el 26 de agosto. También el obispo de Pamplona Marcelino Olaechea en unas letras que escribió solicitando ayuda económica, decía: «No es una guerra civil la que se está librando, es una Cruzada, y la Iglesia, mientras pide a Dios la paz y el ahorro de la sangre de todos sus hijos ―de los que la aman y luchan por defenderla, y de los que la ultrajan y quieren su ruina―, no puede menos de poner cuanto tiene a favor de sus cruzados»[11]. El 31 de agosto, el sevillano Tomás Muñiz, arzobispo de Santiago de Compostela, es quien refuerza su sentido, épico e histórico, cuando aduce las matanzas y destrucciones de personas y cosas religiosas que tienen lugar en esos días en la zona frentepopulista como prueba de que «la Cruzada que se ha levantado contra ellos [nuestros enemigos] es patriótica, […] pero fundamentalmente una Cruzada religiosa, del mismo tipo que las Cruzadas de la Edad Media, pues ahora como entonces se lucha por la fe de Cristo y por la libertad de los pueblos»[12].
En cualquier caso, si no fue Pla y Deniel el primero en utilizar esa noción en sentido estrictamente religioso, sí que podemos considerarle su mejor y mayor propagandista cuando la escribió en su pastoral Las dos Ciudades, lo que hizo que brotara espontáneamente, tanto en el ámbito popular como en el de numerosos combatientes. Años más tarde diría sobre esta pastoral:
No fue nuestra carta pastoral Las dos Ciudades, ni en nuestra intención ni en su texto, una soflama de obispo partidista que viniera en ayuda de una facción. No sabríamos hacer esto nunca. Fue el adoctrinamiento episcopal a los diocesanos en momentos graves y difíciles sobre sus deberes para con la religión y con la patria. El magisterio episcopal no se debe ejercer sólo sobre cuestiones teóricas y abstractas; debe orientar a los fieles ante los graves problemas concretos que la realidad presenta. Esto hicimos en 30 de septiembre de 1936, aplicando las doctrinas de santo Tomás, de san Roberto Belarmino y de Suárez a aquel monumento trascendental de la historia de nuestra España. Declaramos la licitud del Movimiento y su carácter de Cruzada después de que el gran pontífice Pío XI había dado sobre toda consideración política su «bendición de una manera especial a cuantos se han impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión, que es como decir los derechos y la dignidad de las conciencias, la condición primera y la base segura de todo humano y civil bienestar[13].
Estas últimas palabras recogidas del discurso de Pío XI que pronunció el 14 de septiembre ante los obispos, sacerdotes, religiosos y seglares prófugos de España, son las que llevaron a Pla y Deniel a escribir aquella pastoral, en la que, frente al vandalismo de los hijos de Caín, contrapone el heroísmo y el sublime y fructífero martirio de los hijos de Dios, marcando de esta manera un hito trascendental en el proceso de dar carácter de confesionalidad a la guerra en curso. El obispo ya había sido testigo del odio antirreligioso con el incendio de templos y conventos en mayo de 1931; con los asesinatos de decenas de sacerdotes y religiosos, incluso seminaristas cometidos por los socialistas y demás compañeros de viaje en octubre de 1934; a lo largo del primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular en las elecciones fraudulentas de febrero, volvieron a incendiarse iglesias, algo de lo que llegaría a quejarse hasta el propio Azaña. Ya comenzada la guerra, se entera del fusilamiento de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús situada en el Cerro de los Ángeles que tuvo lugar el 7 de agosto y cuya fotografía, donde se puede ver a varios milicianos con sus fusiles apuntando a la imagen, impresionó sobremanera a todo el orbe católico. También del asesinato de miles de religiosos, sacerdotes y religiosas, nada más comenzar las acciones bélicas.
Su pastoral Las dos Ciudades aparece avalada por la doctrina ya consagrada de los autores clásicos (santo Tomás de Aquino, san Roberto Belarmino y Francisco Suárez), así como del Código de Derecho Canónico[14], que, a juicio del obispo catalán, garantizaban suficientemente la razón del Alzamiento Nacional[15]. Cita también al eximio dominico Francisco de Vitoria, como padre del Derecho internacional, por quien sentía verdadera admiración, como buen tomista. Habla del problema social y de la ideología revolucionaria marxista con la que estaba intentando resolverse erróneamente.
A los pocos días de escribir esta pastoral, gustosamente cedió su Palacio Episcopal al general Franco que lo utilizó como Cuartel General durante su estancia en Salamanca, pasando el obispo a ocupar las dependencias del Seminario. Antes entregó su cruz pectoral, su anillo y un donativo a la suscripción nacional. Su secretario particular, el sacerdote José María Bulart, pasó a ser capellán del nuevo jefe del Estado y con él seguiría hasta la muerte del Caudillo en 1975. Por otro lado, «nunca intentó disimular, ni dentro ni fuera de España, la justificación de la Cruzada y su honda estima hacia el jefe del Estado, al que siempre profesó sincero y leal afecto. Por eso cobra más valor su postura clara y valiente de defensa de la más decidida autonomía de la Iglesia con respecto a la estructura temporal. Armonía, sí; pero sin confusiones. Cada uno, Iglesia y Estado, tienen una misión propia, peculiar»[16].
El 12 de octubre siguiente tuvo lugar en la Universidad de Salamanca la conmemoración de la Fiesta de la Raza, acto presidido por Carmen Polo de Franco y junto a ella estaban sentados Pla y Deniel, el filósofo existencialista Miguel de Unamuno, el general y fundador de la Legión española Millán Astray[17] y los oradores José María Pemán, José María Ramos, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, Francisco Maldonado, catedrático de Literatura, y el teólogo dominico Fr. Beltrán de Heredia. Al terminar José María Pemán su intervención, Miguel de Unamuno que no tenía pensado intervenir, tomó la palabra y, entre otras cosas, dijo:
Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes, llamándoles la anti España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo que, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana, que no queréis conocer, y yo, que, como sabéis nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Eso sí es Imperio, el de la lengua española[18]
La concordia entre Unamuno y el prelado era muy natural. Habían coincidido en reuniones de patronatos de los que ambos eran miembros y siempre mantuvieron un trato cordial y amistoso. Incluso «Unamuno escribió algún artículo elogioso para la labor pastoral del Dr. Pla y Deniel y, concretamente, para alguna de sus pastorales»[19]. Sin embargo, el obispo catalán no tuvo ningún inconveniente, el 20 de marzo de 1942, en declarar prohibida e incluir en el Índice de obras prohibidas, una de las obras más célebres del ilustre vasco: Del sentimiento trágico de la vida. Y lo hacía con estas últimas palabras:
declaramos que el libro Del sentimiento trágico de la vida está claramente comprendido en la prohibición por el canon 1399 del Código de Derecho Canónico de los libros que intentan destruir los mismos fundamentos de la religión, cuales son las verdades de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma conocidas por la sola razón natural. Aparte de esta oposición entre la razón que nos dice que Dios no existe o al menos no es demostrable y que el alma es mortal y nuestro instinto vital que nos hace anhelar la inmortalidad y la unión con Dios, en la cual lucha consiste, según el autor, el sentimiento trágico de la vida, tema principal de la vida, se niegan en el mismo la verdadera divinidad de Cristo (aun cuando haga del mismo grandes elogios como muchos racionalistas y modernistas y aún diga que “los hombres hicieron Dios al Cristo”), el dogma de la transubstanciación eucarística y la eternidad de las penas del infierno; razón por la que está comprendido dicho libro en la condenación del ya citado canon 1399, que prohíbe los libros que impugnan o burlan de los dogmas católicos. Por todo lo cual declaramos que ningún católico pueda editar dicho libro, ni, sin especial permiso de la Santa sede, venderlo, leerlo o retenerlo[20].
Lo mismo ocurrió con la novela de Rafael García Serrano La fiel Infantería, Premio Nacional de Literatura José Antonio Primo de Rivera en 1943. El Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Toledo (17-I-1944), firmado por el cardenal Plá y Deniel, publicaba el siguiente Decreto:
Es deber gravísimo de los obispos el vigilar los libros que se publican, condenando aquellos que, por sus doctrinas o la licencia de su lenguaje y narraciones inmorales, pongan en peligro la fe o las buenas costumbres de los lectores; y el convenio de 7 de junio de 1941 entre la Santa Sede y el Gobierno español establece que, entretanto se llega a la conclusión de un nuevo Concordato, el Gobierno español se compromete a observar las disposiciones vigentes en los cuatro primeros artículos del Concordato de 1851, el tercero de los cuales establece que el Gobierno dispensará apoyo a los obispos cuando hubiere de impedirse la publicación, introducción o circulación de libros malos y nocivos. Examinada serena y objetivamente la novela La fiel Infantería, de don Rafael García Serrano resulta:
1º Que se proponen como necesarios e inevitables los pecados de lujuria en la juventud (págs. 195 y 302).
2º Que en la novela se describen varias veces cruda e indecorosamente escenas de cabaret y de prostíbulo en la juventud (págs. 195 y 302).
3º Está salpicada toda la novela de expresiones indecorosas u obscenas (págs. 76, 86, 96, 155, 263, 276, etc.).
4º Aun cuando varios de los personajes de la novela manifiestan sentimientos religiosos, aparecen éstos como algo rutinario; y al lado de ellos se destacan muchas expresiones de sabor escéptico y volteriano y de regusto anticlerical, aun en labios de soldados nacionales (págs. 97, 113, 118, 207, 218, 275, 295, etc.).
Por todo ello, la lectura de esta novela resulta muy nociva para la juventud, debilitando su fe, su piedad y la moralidad de costumbres; por lo cual, así lo declaramos y denunciamos oficialmente, cumpliendo nuestros deberes pastorales. Se nos ha comunicado antes de la publicación de este Decreto, y lo recogemos con satisfacción, que la Vicesecretaría de Ecuación Popular había ordenado la recogida de los ejemplares que aún quedasen de la edición y prohibido publicar nuevas ediciones en tanto no sea la novela satisfactoriamente corregida.
Como es lógico, a García Serrano no le gustó en absoluto este decreto firmado por el cardenal primado, por eso escribió: «Que Dios me perdone cuanto haya que perdonar, pero inmediatamente me di cuenta de que este decreto arzobispal era sectario, injusto y sacristanesco»[21]; sobre todo que tuviera esa reacción por una novela que aún no había leído, según declaró Pla y Deniel a José Luis de Arrese, a la sazón ministro Secretario General de FET y de las JONS. Este fue un grave error de Pla, en que se dejó arrastrar por las presiones de un grupo de padres de la Acción Católica, que confundían la pureza y modestia cristianas con el puritanismo protestante, siendo una equivocación frecuente en la época que no se producía en la Monarquía Católica de los siglos XVI y XVII. Con medidas tan absurdamente puritanas como esta de Pla y Deniel, la Iglesia se atraía así, innecesariamente, la enemistad de la intelectualidad falangista que a finales de los años 50 se apartará progresivamente del catolicismo. La ucronía es la reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos, no obstante, aunque el terreno de la historia-ficción les esté vedado a los historiadores, habría sido de un enorme interés haber podido conocer el pensamiento y la ejecutoria del obispo catalán cuando:
- a) Como aplicado filósofo y teólogo, hubiera visto de qué manera el Concilio Vaticano II hizo desaparecer de la enseñanza teológica a todos los grandes maestros de la tradición escolástica que él cita continuamente: santo Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Roberto Belarmino, Jaime Balmes, etc.
- b) Como celoso pastor de la Iglesia, hubiera visto cómo Pablo VI: i) eliminó el Índice de libros prohibidos[22]; ii) disolvió la venerable institución eclesiástica del Santo Oficio; iii) no actuó jamás contra los sembradores de herejías; iv) abolió de facto y a golpe de decreto la milenaria liturgia romana, imponiendo un rito nuevo y fabricado para agradar al hombre moderno; v) inició el diálogo cordial y amistoso con los comunistas, los socialistas y los protestantes, con el que la religión católica no ganó nada y lo perdió todo.
- c) Como experto canonista, hubiera leído el nuevo Código de Derecho Canónico promulgado en 1983 por Juan Pablo II, un texto en alto grado de ruptura con las fuentes, el método y el contenido del Corpus Iuris Canonici que Pla y Deniel estudió, y con el Código de Derecho Canónico de 1917 que puso en práctica como obispo.
- d) Como guardián escrupuloso de la fe y de las costumbres, hubiera leído la invitación a la comunión sacrílega de los adúlteros presente en el documento Amoris laetitia (2016), o la estimulación al reconocimiento y bendición «pastorales» a las parejas homosexuales de la herética Fiducia supplicans (2023)[23]; así como si se hubiera asomado a los libros pornográficos que ha publicado el inefable Tucho, Prefecto del Dicasterio de la Fe, el antiguo Santo Oficio en época de Pla.
Podría continuar esta lista con lo referente a: i) la erradicación de la sotana como hábito tradicional del sacerdote, junto con el vituperio y la persecución a quienes todavía osen utilizarla; ii) la flagrante violación del principio de no contradicción por parte de los documentos papales bajo el pretexto nominalista de «la hermenéutica de la continuidad»; iii) el entusiástico apoyo de la Conferencia Emasculada Española a la Constitución agnóstica, positivista, divorcista y abortista de 1978, que ha barrido la fe católica de la nación en dos generaciones; iv) la aberración del acto ecuménico de Asís de 1986; v) el apoyo del Vaticano de Bergoglio a la masónica Agenda 2030, así como a todos los gobiernos comunistas de Iberoamérica, etc. Lo dejamos aquí para no extendernos más.
Mucho antes de que se produjera esta reacción contra uno de los libros de Miguel de Unamuno[24] y de Rafael García Serrano, Pla y Deniel publicó el 8 de mayo de 1938 la pastoral Los delitos del pensamiento y los falsos ídolos intelectuales. La causa estuvo en el lanzamiento de una serie de publicaciones con el título significativo de Breviarios del Pensamiento español que había propuesto el jefe del Servicio Nacional de Propaganda, Dionisio Ridruejo, luego voluntario de la División Azul. Se inició con textos de Donoso Cortés a los que siguieron otros, entre ellos uno de Miguel de Unamuno. Esta inclusión produjo la publicación de la citada pastoral en la que culpaba de tremenda irresponsabilidad a muchos profesores de la Universidad, no sólo en el orden político sino también en el orden doctrinal:
Las herejías, los errores que en todos los siglos se han ido levantando contra la Iglesia, habrían acabado con ella sin el Magisterio infalible de la misma. Con éste nada han podido contra la fe cristiana; antes, al contrario, han servido para que se fijasen con mayor precisión las verdades de la revelación y el lenguaje de la fe, para que creciesen, como dice el Concilio Vaticano, «en el individuo y en toda la Iglesia, en el transcurso de periodos y siglos, la inteligencia, la ciencia, la sabiduría; pero sólo en su género, esto es, “en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma sentencia”. Por ello la Iglesia ha ejercido siempre su derecho y su deber de condenar las doctrinas contrarias a las verdades reveladas, y no sólo las doctrinas en abstracto, sino los libros infectos de tales doctrinas o perniciosos a la moralidad y a las buenas costumbres. Los heresiarcas, los incrédulos y racionalistas se han burlado generalmente en su orgullo de las condenaciones de los concilios, de la inserción de sus obras en el Índice de los libros prohibidos[25].
A principios de 1939, el embajador español ante la Santa Sede, José Yanguas Messía, presentó al secretario de Estado, cardenal Pacelli, la necesidad de que la sede tarraconense fuera ocupada por el obispo Pla y Deniel en sustitución del cardenal Vidal i Barraquer. Se quería una autoridad eclesiástica a la altura de una misión que marchara en perfecta inteligencia con las autoridades de Estado. «El cardenal Pacelli hizo presente a Yanguas Messía la extrema gravedad de la exigencia del Gobierno nacional de que la Santa Sede apartase a un cardenal arzobispo de su sede. Yanguas replicó que existía el precedente de la renuncia impuesta al cardenal Segura ocho años antes. Y reiteró las acusaciones de los nacionales a Vidal i Barraquer»[26]. Así y todo, este cardenal catalán nunca renunció a su sede de Tarragona, muriendo en el exilio años después. Por otra parte, Yanguas no tuvo inconveniente alguno en presentar, en la misma Secretaría de Estado, «una nota de protesta ante la decisión de que Pla y Deniel no prestara juramento de fidelidad al jefe del Estado»[27], cuando años más tarde tomó posesión como Primado de España. Pero la causa estaba en que «Pío XII no veía bien que los obispos prestasen ningún tipo de juramento; además no había sido previsto en el Convenio del pasado mes de junio». Si antes quien erraba injustamente contra la obra de García Serrano era Plá y Deniel, ahora eran las autoridades franquistas quienes desbarraban.
El 19 de mayo de 1939, con España estrenando la paz lograda con la victoria en la Cruzada de Liberación Nacional, tuvo lugar en Madrid un gran desfile que ocupó durante toda la mañana el paseo de la Castellana. Dos días después, Plá y Deniel terminaba de escribir su segunda gran pastoral sobre la guerra, El triunfo de la Ciudad de Dios y la Resurrección de España, que daba comienzo con estos párrafos:
Hemos vivido juntos tres años históricos, de vida intensa, de preocupaciones y temores, de gozos y emociones; juntos hemos vertido lágrimas por infortunios patrios y hemos orado para que el Señor de los ejércitos diera el triunfo a nuestros combatientes… […]. Y desde julio de 1936 a abril de 1939 se ha desarrollado en nuestra España la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, como ha dicho S.S. Pío XII en su alocución a nosotros los españoles para congratularse de la victoria. Guerra civil sangrienta, duradera y de proporciones no vistas hasta ahora en otras guerras civiles, pero guerra civil con caracteres de verdadera guerra internacional en el suelo de España y santa Cruzada, no sólo por Dios y por España, sino por defender la civilización cristiana en el mundo[28].
El 31 de octubre de 1941 había sido promovido por Pío XII al arzobispado de Toledo, tomando posesión el 25 de marzo de 1942. «Toledo es la gloria de España, y España es una nación privilegiada por Dios Nuestro Señor». «Por mucho que amemos a España nunca será idolatría, porque amando a España servimos a Dios» son algunas de las frases que pronuncia en Toledo cuando, entre clamores de júbilo, es recibido por los toledanos, después de que ante ellos pronunciara estas palabras: «Nos, Enrique Pla y Deniel, Arzobispo de Toledo, prometo y juro que de ahora en adelante cuidaré y conservaré con todas mis fuerzas, siguiéndolos con paternal afecto, los derechos, privilegios, constituciones y laudables costumbres de esta santa Iglesia toledana, así como el honor del cabildo y beneficiados de esta misma Iglesia»[29].
Ahora bien, la archidiócesis se encontraba totalmente devastada. Los componentes del Frente Popular habían destruido e incendiado la mayor parte de sus templos, expoliado sus bienes y asesinado por odio a la religión a 286 sacerdotes diocesanos más otro centenar de religiosos de ambos sexos. El panorama era desolador y alarmante por la escasez de sacerdotes, sin embargo, todavía tuvo tiempo, a los pocos días de llegar, de enviar unas palabras de saludo a la América española en favor de la paz mundial. Al mismo tiempo, al final recordaba que
España, misionera y civilizadora, que ha dejado su huella bienhechora en todos los continentes; España hidalga, caballeresca y generosa, que tiene también sus justas reivindicaciones, pero que pone por encima de todo ello los altos ideales de espiritualidad, invocándolos en estos momentos de tragedia; y el arzobispo de Toledo, como Primado de las Españas, al dirigir un saludo a los excelentísimos prelados de las naciones hispanoamericanas y a esos pueblos hermanos, pide al Señor que la raza hispana, fiel a sus nobles destinos, aporte al trágico conflicto mundial una colaboración que apresure los momentos de una paz justa y bienhechora[30].
Difícil tarea la que tuvo que desarrollar para poder reconstruir los cientos de templos parroquiales y tantos otros lugares sagrados que habían quedado prácticamente reducidos a cenizas durante la dominación marxista. Como Primado de España fue presidente de la Conferencia de los Metropolitanos españoles, y presidente de la Junta Suprema de Acción Católica. Renunció, en cambio, a todos los cargos civiles de procurador en Cortes (lo fue solamente durante el primer trienio), del Consejo del Reino y del Consejo de Regencia. Solamente «por ser un organismo consultivo técnico, al que pertenecía por razón de su nombramiento como arzobispo de la diócesis primada, retuvo el cargo de miembro del Consejo de Estado»[31]. Fue miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Consejo de Obispos de la Pontificia Universidad Eclesiástica de Salamanca y presidente de la Dirección Central de la Acción Católica Española, que, bajo su dirección, tuvo un importante auge, principalmente en lo que se refiere a los movimientos obreros que tanta importancia tuvieron en España, a pesar de que, a partir de mediados de los años 60 sirvieron de refugio y plataforma a los comunistas que lograron infiltrarse en su organización. Pla y Deniel se hallaba en posesión de la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y de la gran cruz del Yugo y las Flechas, además del collar de la Orden de San Raimundo de Peñafort.
Con motivo de haber finalizado la Guerra Mundial en Europa, en mayo de 1945, Pla y Deniel escribió una nueva carta pastoral dando las «gracias a Dios por haber librado a España de la guerra y por haber terminado el horrísono fragor de las armas modernas en la atormentada Europa»[32]. Pero la lucha no había finalizado contra Japón en el frente del Pacífico, por eso al acabar el conflicto de manera definitiva en agosto de ese mismo año, vuelve a escribir una nueva carta pastoral que tuvo un amplísimo eco en el mundo y que aprovechó al mismo tiempo para hablar en ella de la contienda española, bajo el título La Iglesia no provocó la guerra civil, y que comenzaba diciendo:
Los obispos españoles en nuestra Carta colectiva de 1937 a todos los obispos del mundo, redactada y suscrita en primer término por nuestro venerable predecesor el insigne cardenal Gomá, dijimos claramente que los obispos españoles no habíamos provocado la Guerra Civil ni conspirado para ella; pero que, colectivamente, formulábamos nuestro veredicto en la cuestión complejísima de la guerra de España, “porque aun cuando nuestra guerra fuese de carácter político o social, ha sido tan grave su repercusión de orden religioso y ha aparecido tan claro desde sus comienzos que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, obispos católicos, no podíamos inhibirnos ni dejar abandonados los intereses de Nuestro Señor Jesucristo sin incurrir en el tremendo apelativo de los canes muti, con que el profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia”[33].
El 18 de febrero de 1946 fue creado cardenal por Pío XII quien le impuso el birrete rojo distintivo de la dignidad cardenalicia. Pocos meses después, participó con un magnífico discurso en la clausura del IV Centenario de la muerte del fundador del Derecho internacional, Francisco de Vitoria por quien él sentía una enorme admiración, que reconoce en estas palabras:
hemos venido por nuestra parte a asistir a la solemne clausura del IV Centenario del maestro Fray Francisco de Vitoria, a renovar nuestra profesión de fe de discípulos suyos: en su espíritu, en su manera de entender el tomismo y la escolástica, aun en aquellos años felices y ya lejanos de nuestro magisterio de Cuestiones Disputadas de Filosofía con su método oral de lecturas, en nuestra adhesión a las doctrinas más capitales de Vitoria sobre el origen de la potestad civil y la determinación del sujeto de autoridad, y, sobre todo, en sus admirables doctrinas sobre la licitud e ilicitud de la guerra y de los derechos y deberes del vencedor, que constituyen a Francisco de Vitoria en verdadero fundador del Derecho internacional[34].
Participa también, con otra carta pastoral, en el Referéndum Popular sobre el proyecto de ley aprobado por las Cortes sobre la sucesión a la Jefatura del Estado, que se celebró en 1947. Protesta enérgicamente en 1949 contra la detención en Hungría del cardenal Mindszenty por los comunistas. Más tarde enviaría, en 1951, un mensaje de protesta ante la persecución religiosa en las naciones del este de Europa y Asia sovietizadas. El 1 de mayo de 1956 dirige una encendida predicación a los obreros y al año siguiente, con motivo de la fiesta de san José Obrero, sintetiza aquellas ideas en una carta pastoral.
En su última estancia en Roma para asistir al Cónclave en el que saldría elegido Pablo VI, el cardenal Pla y Deniel publicó una nota en la prensa italiana, que tuvo amplio eco mundial, desmintiendo los rumores de que el Jefe del Estado español hubiera influido cerca de los cardenales españoles para tratar de obstaculizar la subida al solio pontificio de algún cardenal. En esta ocasión, manifestó que el Gobierno se había mostrado siempre respetuoso a este respecto, sin hacer peligrosas intromisiones que, por otra parte, nunca hubieran sido aceptadas[35].
Una ejecutoria que será seguida a la inversa por Pablo VI. Un papa frustrado y fracasado, sin crédito y hundido en una depresión profunda que ―mientras abandonaba el gobierno de la propia Iglesia en los momentos más álgidos de la crisis posconciliar― no dejó de entrometerse en las decisiones políticas del régimen, en un constante abuso de su autoridad papal apoyado en la buena fe y la papolatría de los gobernantes españoles, empezando por el mismo Franco. Además de violar cínicamente su grandilocuente discurso sobre la «legítima autonomía de las realidades temporales»[36]. A tenor de los actos y pronunciamientos de aquel nefasto y dañino pontífice que fue Pablo VI, dicha autonomía sólo era permitida para los liberales, socialistas y comunistas. Todo muy católico.
El 5 de julio de 1968 falleció Pla y Deniel a los 92 años de edad a consecuencia de una embolia. Tras el lema de su escudo episcopal Fiat voluntas tua quedaba encerrada la vida y la personalidad del que hasta ese momento había sido cardenal Primado de España y que durante 27 años rigió la archidiócesis toledana habiendo dejado el siguiente testamento espiritual:
Siendo cierta la muerte de todo hombre, y sólo inciertos el modo y momento, y disponiendo el ceremonial de los obispos que éstos, en vida y muerte, adoctrinen con su ejemplo y con su palabra a los fieles que tienen encomendados; no sabiendo si estaré en estado de poder en la hora de mi muerte hacer mi última exhortación pastoral a mis amadísimos sacerdotes y fieles toledanos, la escribo en estos días en que me hallo retirado practicando ejercicios espirituales en compañía de otros hermanos en el episcopado.
Carísimos sacerdotes a quienes consagré ministros del Señor o a quienes, consagrados ya por alguno de mis antecesores, me tocó presidir como obispo: recordad siempre que fuisteis ordenados sacerdotes para estar al servicio de Dios y de las almas; para ello necesitáis conservar siempre vuestra vida interior e ir creciendo en ella; debéis dar ejemplo de santidad a los fieles con vuestra vida inmaculada, con vuestro desinterés, con vuestro espíritu de caridad y de abnegado y ardiente celo por la salvación de las almas.
Carísimos fieles: procurad ante todo la salvación de vuestras almas, que para esto os ha puesto Dios en este mundo, en una vida temporal, muy breve siempre comparada con la vida eterna. No dejéis el cumplimiento de vuestros deberes religiosos, pues sin él no seréis reconocidos como verdaderos cristianos en el día del juicio. Mujeres: no seáis con vuestra inmodestia responsables de los pecados de los hombres. Padres de familia: cuidad de la cristiana educación y vigilancia de vuestros hijos. Los que tenéis riqueza no olvidéis los deberes de caridad que ella impone. Patronos y empresarios: no os hagáis responsables de injusticias no dando salarios suficientes a vuestros obreros o poniendo precios excesivos a vuestras mercancías. Obreros: no os despojéis de vuestra dignidad de hijos de Dios, ante el cual gozáis de plena igualdad con los que ante los hombres temporalmente os aventajan, seducidos por la fantástica igualdad que predica el comunismo, convertida, si triunfa, en despótica tiranía que atropella la dignidad de la persona humana. Estos son los últimos consejos de quien ha sido padre de vuestras almas y que ahora os pide una oración por la suya.
En Los Negrales, a 3 de julio de 1961
Cardenal Pla y Deniel, arzobispo de Toledo[37].
A las seis de la tarde del día 8 de julio tuvo lugar la inhumación de los restos del cardenal Primado con todos los honores de Capitán General y con el antiguo ritual de exequias para un príncipe de la Iglesia, cuyo cuerpo fue llevado a hombros de sus sacerdotes. La comitiva fúnebre siguió el recorrido habitual de la procesión del Corpus Christi, aunque a la inversa, y el cadáver recibió sepultura en la catedral primada, en la capilla de la patrona de Toledo Nuestra Señora del Sagrario.
CONCLUSIÓN
Enrique Plá y Deniel encarna un modelo de obispo propio de una Iglesia que no se concebía a sí misma como mero acompañamiento espiritual de la sociedad, sino como custodia activa de la verdad, del orden moral y del bien común cristiano. Su intervención en la Guerra Civil, su justificación teológica del Alzamiento como Cruzada y su posterior acción como primado de Toledo no pueden entenderse al margen de la mentalidad eclesial de su tiempo, firmemente anclada en la escolástica, el magisterio pontificio preconciliar y la defensa de la civilización cristiana frente al totalitarismo ateo.
Más allá de las controversias que su figura suscita hoy, Plá y Deniel representa una generación de pastores que asumieron el riesgo de pronunciarse en los momentos decisivos de la historia, convencidos de que el silencio ante el error y la persecución equivale a una forma de complicidad. Su legado, con sus luces y sombras, sigue siendo una clave imprescindible para comprender la relación entre Iglesia, política y conflicto ideológico en la España del siglo XX.
[1] Cárcel Ortí, Vicente, Pablo VI y España, BAC, Madrid 1997, p. 385.
[2] Serrano Suñer, Ramón, Entre el silencio y la propaganda. La historia como fue, Planeta, Barcelona 1977, p. 272.
[3] Pla y Deniel, Enrique, Escritos pastorales, Ediciones Acción Católica Española, Madrid 1946, vol. I, s/p. Hasta la fecha es la única biografía de que se dispone.
[4] Ibíd., p. 46.
[5] Ecclesia, n. 172, 28-X-1944, 5.
[6] Pla y Deniel, Enrique, vol. I, p. 33.
[7] Gallego, José Andrés-Pazos, Antón, Archivo Gomá. Documentos de la Guerra Civil, CSIC, Madrid 2001, vol. I, p. 102-103.
[8] Sainz Pardo, Antonio, Enrique Plá y Deniel. Un cardenal fiel y prudente, Edibesa, Madrid 2008, p. 78.
[9] Pla y Deniel, Enrique, Escritos pastorales, Ediciones Acción Católica Española, Madrid, 1949, vol. II.
[10] Esparza, José Javier, «Franco una interpretación metapolítica», en Razón Española, Madrid 1999, n. 95, p. 295.
[11] De Meer, Fernando El Partido Nacionalista Vasco ante la guerra de España (1936-1937), Eunsa, Pamplona 1992, p. 123.
[12] Gallego, José Andrés, «El nombre de “cruzada” y la guerra de España», en Aportes, Madrid 1988, n. 8, p. 66.
[13] Pla y Deniel, Enrique, vol. II, p. 104-105. Proteger la religión católica no es un privilegio de la Iglesia, sino el cumplimiento de la grave obligación que tienen los estados de dar culto público al Dios verdadero.
[14] CIC/1917, can. 141.
[15] Pla y Deniel, Enrique, vol. II, pp. 109-120.
[16]Sainz Pardo, Antonio, Enrique Plá y Deniel. Un cardenal fiel y prudente, Edibesa, Madrid 2008, p. 78.
[17] Para profundizar en este episodio tan manipulado por la propaganda, así como en la rica y compleja personalidad del general a salvo de los habituales tópicos ahistóricos véase, Togores, Luis E., Millán Astray legionario, La Esfera de los Libros, Madrid 2011, p. 299.
[18] González Egido, Luciano, Agonizar en Salamanca. Unamuno (julio-diciembre 1936), Alianza, Madrid 1986, p. 141.
[19] Sainz Pardo, Antonio, Enrique Plá y Deniel. Un cardenal fiel y prudente, Edibesa, Madrid 2008, p. 49.
[20] Plá y Deniel, Enrique, vol. I, 268.
[21] García Serrano, Rafael, La fiel infantería, Organización Sala Editorial, Madrid 1973, LXXII.
[22] Cf. CIC/1917, cann. 1395-1405.
[23] Por mucho que Bergoglio en su delirio tiránico se crea en posesión de un poder omnímodo y absoluto, un pontífice carece de la potestad para cambiar la ley moral de origen divino y violentar el orden natural, del mismo modo que no puede modificar las leyes de la física. Todo lo cual no hace más que ir en desdoro y desprestigio de la autoridad pontificia. Hasta el Vaticano II el Magisterio de la Iglesia era enunciativo, es decir, a través de los enunciados del depositum fidei enunciaba la verdad revelada. Desde el último concilio, la mayoría de los textos supuestamente magisteriales adoptaron un estilo especulativo y sin concreción.
[24] Plá y Deniel no fue el único ni el último, siguiéndole el obispo de Canarias, cf. De Pildain y Zapiain, Antonio, D. Miguel de Unamuno, hereje máximo y maestro de herejías, Obispado de Canarias, Las Palmas de Gran Canaria 1953.
[25] Plá y Deniel, Enrique, vol. II, p. 281.
[26] Redondo, Gonzalo, Historia de la Iglesia en España 1931-1939, Rialp, Madrid 1993, vol. II, p. 580. Episodio convenientemente exaltado por el sesgo antitradicional del autor que tanto le caracterizaba. En la opinión de los dilapidadores de la victoria de 1939, los vencedores del Alzamiento Nacional no debían asimilar a los vencidos, sino pactar una tregua con ellos.
[27] Redondo, Gonzalo, Política, cultura y sociedad en la España de Franco 1939-1975, Eunsa, Pamplona 1999, t. I, p. 467. La otra gran obra del autor junto con la anterior, de una gran ambición académica y que, lamentablemente, quedó incompleta debido a su pronto fallecimiento en 2006.
[28] Plá y Deniel, Enrique, vol. II, pp. 169-170.
[29] Ecclesia, n. 37, 28-III-1942, p. 8.
[30] Plá y Deniel, Enrique, vol. II, p. 286.
[31] Ibíd., p. 251.
[32] Ibíd., p. 301.
[33] Ecclesia, n. 217, 28-IX-1945, p. 6.
[34] Plá y Deniel, Enrique, vol. II, pp. 323-324.
[35] Sainz Pardo, Antonio, Enrique Plá y Deniel. Un cardenal fiel y prudente, Edibesa, Madrid 2008, p. 57.
[36] Gaudium et spes, n. 36.
[37] Ecclesia, n. 1398, 13-VII-1968, 17.
