Muchos de los diplomáticos, militares y funcionarios soviéticos o comunistas extranjeros enviados a España volvieron a la URSS para recibir una generosa “recompensa” por sus servicios prestados, aunque el resultado fue variando. El embajador Marcel Rosenberg, el agregado comercial Arthur Stashevsky y el cónsul en Barcelona, Vladímir Antonov-Ovseenko, fueron fusilados entre 1937-1938, dentro de las Purgas; Vladímir Yefimovich Gorev, miembro del Estado Mayor y que ayudó al general Miaja en la defensa de Madrid, fue fusilado a su regreso en 1939; el rumano Manfred Stern, activo en la inteligencia militar y jefe de la XI Brigada Internacional, fue enviado a un Gulag en 1939, donde murió en 1954; Mikhail Koltsov, corresponsal de Pravda y colaborador del Ministerio de Defensa, fue acusado a su regreso por André Marty de ser un espía de la Gestapo y fusilado por ello en 1942; Alexander Orlov, el mismo jefe del NKVD en España, fue convocado por Stalin en 1938, pero, temiendo una posible purga, acabó exiliándose con su familia a los EEUU, donde permaneció hasta su muerte en 1970, denunciando los crímenes del estalinismo mientras se lavaba las manos con respecto al asesinato de Nin cuando fue interrogado por el FBI. Otro desertor, el agente Walter Krivitski, tuvo menos suerte, al ser encontrado muerto en un hotel de Washington en 1941.
En cuanto a José Díaz, este se vio obligado a retirarse a la URSS en plena guerra para verse atendido de un cáncer de estómago, solo para no volver a España jamás. Después de la victoria franquista, en 1942, ahora en plena guerra entre la URSS y la Alemania nazi, y en la más completa desolación, se suicidó el 20 de marzo arrojándose desde la ventana de un hotel de Tiflis (Georgia) al no soportar más el cáncer. Dolores Ibárruri le sucedería en la secretaría general del PCE. Quizás toda aquella carrera de maquinaciones, odio y propaganda no podría haber acabado de otra forma.
