La relación entre Manuel Azaña y Francisco Franco comenzó a estar marcada por la desconfianza mucho antes del estallido de la Guerra Civil. Durante los primeros años de la II República, Azaña, que mantenía una opinión poco favorable hacia buena parte del generalato español, identificó en Franco una figura militar diferente: un general con capacidad, prestigio y, sobre todo, potencial para convertirse en un referente dentro del Ejército.
Los apuntes recogidos por Azaña en sus diarios permiten aproximarse a la percepción que tenía del entonces joven general. Su decisión de cerrar la Academia General Militar de Zaragoza provocó un primer enfrentamiento con Franco, que pronunció un discurso de despedida que recibió una valoración desfavorable por parte del ministro de la Guerra.
Pero aquel desencuentro no sería el único. Un segundo episodio, menos conocido, se produjo cuando el Gobierno decidió procesar al general Dámaso Berenguer y Franco manifestó su intención de actuar como defensor militar. La iniciativa adquirió relevancia pública y puso de manifiesto la posición que Franco comenzaba a ocupar dentro del Ejército.
A partir de estos episodios, el texto de Francisco Torres analiza la actitud de Azaña ante Franco y plantea hasta qué punto el político republicano veía en él a un militar potencialmente peligroso para el futuro de la República. La pregunta de Azaña durante la sublevación de Sanjurjo —«¿dónde está Franquito?»— se presenta así como una muestra significativa de la atención que prestaba a sus movimientos.
En su diario, en los inicios de la II República, Manuel Azaña, que tenía escaso aprecio por los militares y por el generalato, muestra de hondo desprecio, anotó que Franco era el único general temible (atención al dato para el sin fin de tontos que escriben sobre el casi desconocido general sin prestigio).
Chocó con Franco cuando impulsó el cierre de la Academia de Zaragoza y le colocó la única nota desfavorable por su discurso de despedida (Franco que no era de los de la memoria democrática no la eliminó después).
Hubo un segundo choque más desconocido. Azaña decidió procesar al general Dámaso Berenguer.
Franco anunció que actuaría como defensor militar (Franco tenía notoria experiencia).
Salió en la prensa.
Azaña rebuscó en los reglamentos para impedirlo y al final lo consiguió.
Temía al “rebelde” Franco, que había anunciado que no se vendería por un cargo, defendiendo a un general en un proceso de fuerte trascendencia mediática que podía darle un mayor liderazgo.
En el 32 preguntará ante la asonada de Sanjurjo: ¿dónde está franquito?
Estaba obsesionado con él. Después pensó en la opción de atraerlo.
