El presidente de la República, Manuel Azaña Díaz, en el año 1938 se trasladó con el Gobierno, primero a Valencia y luego a Barcelona, comenzó a pensar en la posibilidad de terminar con el cruel conflicto civil, manifestándose contrario a proseguir la guerra a cualquier coste, en contraste con lo que pensaba el entonces Presidente del Gobierno el doctor Juan Negrín.
El 18 de julio de 1938, con motivo del segundo aniversario del inicio de la guerra, Azaña pronunció un discurso en el Salón de Cent del Ayuntamiento barcelonés, conocido como el de las “P” (Paz, Piedad y Perdón). Su intención básica era pedir el retorno a la concordia nacional bajo un contexto en el que la guerra estaba prácticamente perdida para la República, que contrastaba con el eslogan gubernamental de las tres “R” (Resistir, Resistir, Resistir).
Pues bien, a los ocho días de hablar de piedad y perdón, Azaña reflejaba en sus Diarios, «que le habían refregado 58 muertos fusilados en Montjuich.»
Para las alturas de 1938 era comprensible que Azaña pronunciara este discurso, ya que de hecho, el presidente de la Generalitat, Luis Companys, en conexión con Azaña, venía intentando un armisticio con Franco. La estrategia del Presidente de la República era clara: ya no se trataba de ganar una guerra, pues estaba perdida; era el momento de mirar hacia el porvenir solicitando de los vencedores “Paz, Piedad y Perdón”. La guerra, en efecto, terminaría pronto, el 1 de abril de 1939.
Juan Negrín, por todos los medios, intentaba prolongarla hasta introducirla en el conflicto bélico europeo, que parecía inminente, como así fue, con la invasión de Polonia por los Ejércitos alemanes el 1 de septiembre de 1939, dando comienzo con este hecho la II Guerra Mundial.
Ya al comienzo de la guerra civil, los asesinatos indiscriminados en Madrid, en un espacio que se suponía bajo el control del gobierno, como era la cárcel Modelo de Madrid, angustiaron al presidente de la República Manuel Azaña que, algunas veces, pudo oír directamente los disparos de algunas ejecuciones desde las ventanas del Palacio Real de la capital de España. Por eso, cuando se cumplía un año desde el inicio de la contienda, dijo en un discurso:
«Ninguna política se puede fundar en la decisión de exterminar al adversario».
El 7 de febrero de 1939, huyó de Cataluña exiliándose en la embajada de París, y el 27 de febrero de 1939, desde Callonges-sous-Salève dimitió como Presidente de la República, mediante una carta que envió a Diego Martínez Barrio, Presidente de las Cortes de la República Española, en estos términos:
«Excelentísimo señor:
Desde que el general jefe del Estado Mayor Central, director responsable de las operaciones militares, me hizo saber, delante del Presidente del Consejo de Ministros, que la guerra estaba perdida para la República, sin remedio alguno, y antes de que, a consecuencia de la derrota, el Gobierno aconsejara y organizara mi salida de España, he cumplido el deber de recomendar y proponer al Gobierno, en la persona de su jefe, el inmediato ajuste de una paz en condiciones humanitarias, para ahorrar a los defensores del régimen y al país entero nuevos y estériles sacrificios. Personalmente he trabajado en ese sentido cuanto mis limitados medios de acción permiten. Nada de positivo he logrado. El reconocimiento de un Gobierno legal en Burgos por parte de las potencias, singularmente Francia e Inglaterra, me priva de la representación jurídica internacional necesaria para hacerme oír de los Gobiernos extranjeros, con la autoridad oficial de mi cargo, lo que es no solamente un dictado de mi conciencia de español, sino el anhelo profundo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo. Desaparecido el aparato político del Estado: Parlamento, representaciones superiores de los partidos, etcétera, carezco, dentro y fuera de España, de los órganos de consejo y de acción indispensables para la función presidencial de encauzar la actividad de gobierno en la forma que las circunstancias exigen con imperio. En condiciones tales, me es imposible conservar, ni siquiera nominalmente, ese cargo a que no renuncié el mismo día en que salí de España, porque esperaba ver aprovechado este lapso de tiempo en bien de la paz.
Pongo, pues, en manos de V.E., como Presidente de las Cortes, mi dimisión de Presidente de la República, a fin de que vuestra excelencia se digne darle la tramitación que sea procedente. Manuel Azaña.»
Después de unos días de descanso en Callonges-sous-Salève, se fue a París a negociar la publicación de sus Memorias y su librito La velada en Benicarló.
“La Nouvelle Revue” se encargó de la publicación en francés de La velada, y, al mismo tiempo que traducían su obra teatral La corona, se preparaba la edición española de La velada en Buenos Aires. Azaña convino también en París la publicación de once artículos sobre el tema de la guerra civil.
Con la declaración de guerra entre Francia y Alemania, Azaña y su esposa Dolores Rivas Cherif, tuvieron que salir hacia el sur, encontrando una casa en Arcachón frente al mar y rodeada de árboles.
A comienzos de febrero de 1940, Azaña experimentó dolores en la parte alta del pecho, cerca de la garganta, y una fatiga que iba en aumento. Los médicos le diagnosticaron la enfermedad que padecía de años atrás del corazón. Le vino a sumarse una afección renal y una pleuresía.
En Pyla-sur-Mer, Manuel Azaña recibió la visita de Juan Negrín, dos hombres de género áspero que se habían enfrentado acremente y que se habían separado como enemigos, pero al conocer Negrín el mal que tenía Azaña, le ofreció llevárselo a Inglaterra en un barquito que estaba fondeado en Burdeos. Azaña rehusó, manifestando que con Negrín no iría a ninguna parte y menos a Inglaterra.
A los pocos días, el comisario le hizo saber a Azaña que se encontraba en zona alemana, y que el prefecto le autorizaba para que se fuese a Montauban, donde falleció el 4 de noviembre de 1940.
