A los pocos día de la Liberación de Barcelona (26 de enero de 1939) por las heroicas Tropas del Generalísimo Franco, el capellán castrense José María Vives publicó un interesante artículo el jueves 9 de febrero de 1939 titulado: “Recuerdos del terror. Yo asistí en los últimos momentos de la vida a los fusilados de Montjuich.”
«Barcelona, debe rendir homenaje de admiración y gratitud a los Oficiales y Soldados, Requetés y Falangistas, que en los días 19 y 20 de julio, sucumbieron en las calles de la ciudad, luchando al grito de ¡Viva España! Y también a aquellos que en días sucesivos cayeron fusilados en el Campo de la Bota, en los fosos de Montjuich o cobardemente asesinados en los alrededores de la ciudad.
En la empresa gigantesca de la liberación de España a las órdenes del Caudillo Nacional, le tocó a la guarnición de Barcelona, una parte tan difícil, que solamente podían emprenderla, los que temían su fracaso personal, con tal de que triunfara España. La guarnición de Barcelona y los que a ella se unieron, conocían la fuerza revolucionaria de esta ciudad, aumentada aquellos días, con la ayuda del marxismo internacional, introducido en la capital, con el pretexto de la Olimpiada Popular, sabían que algunos de sus compañeros, obcecados o malvados, obedeciendo órdenes de la masonería, habían pactado con el enemigo y les haría traición; sabían también que no podían contar con las clases adineradas o burguesas de Cataluña, que desde mucho tiempo venían animando al Ejército Español con indiferencia, cuando no con animadversión, y mucho menos podían contar con la clase obrera, a la que habían hecho creer que el Ejército era su mayor enemigo, y no obstante tantas razones para hacerlos desistir, cuando la voz de la Patria llamó a las armas, salieron con ellas en la mano, por las calles de Barcelona, que regaron con su sangre y muchos dieron sus vidas y para los que no cayeron empezó entonces un calvario tan doloroso y amargo que jamás podrá comprenderlo el que no lo haya pasado.
Dios quiso que yo, el más humilde de los Sacerdotes Castrenses del Ejército, tuviera el honor y el consuelo de acompañar a aquellos oficiales y soldados, requetés y falangistas en sus cárceles, primero en Gobernación, después en el «Uruguay» y más tarde en Montjuich. He sido testigo excepcional y a veces único de las virtudes religiosas y patrióticas de aquellas víctimas predilectas de la revolución y creo un deber sagrado dar público y solemne testimonio, como tributo de justicia y para ejemplo y estímulo de sus compañeros y de todos los españoles.
Llegué detenido a Gobernación el mismo día 19, a las tres de la tarde, cuando solamente se encontraban allí como tales un capitán de Estado Mayor y un teniente de Artillería herido. Pero muy pronto fue preciso habilitar varias habitaciones, para contener a todos los oficiales detenidos. Durante la noche del 19 y los días 20 y 21, la chusma capitaneada por los pistoleros de la F.A.I. pedía nuestras cabezas; la oíamos rugir constantemente a las puertas del edificio y aún dentro del mismo patio. De cuando en cuando se asomaba al departamento que ocupábamos algún esbirro, que además de insultarnos, nos amenazaba con su pistola. Por fin, con gran exposición para nuestras vidas, se nos trasladó al “Uruguay” a primeras horas de la madrugada del 23.
Quedamos incomunicados, pero veíamos las hogueras de la ciudad y llegaban hasta nosotros, exagerados, los horrores de los primeros días de revolución. Comprendíamos que estábamos destinados a la muerte, sin esperanza de que nadie, ni nada pudiera salvarnos. Llegaban barcos de guerra extranjeros, que hacían fondo frente a nuestro barco y que parecía contemplaban indiferentes o impotentes nuestra tragedia.
En trances semejantes, el espíritu se eleva hacia lo alto, hacia Dios, y muy pronto, mientras Barcelona sacrílega quemaba sus iglesias, el “Uruguay” y más tarde Montjuich se convirtieron en dos templos desde los cuales incesantemente subía hacia el Altísimo, la oración fervorosa de aquellos corazones varoniles. Nos reuníamos por grupos para rezar y salíamos de nuestra oración más fuertes; sin temor a los que podían torturar nuestros cuerpos, pero no podrían doblegar jamás nuestro espíritu. Y el día que en el “Uruguay”, de una manera prodigiosa, el aire nos trajo unas Formas y pudimos celebrar la Santa Misa, los que pudieron asistir y comulgaron y los que no pudiendo asistir supieron que nuestra cárcel flotante había sido santificada con el Augusto Sacrificio, recibieron la fortaleza para confesar a Cristo y a España Católica.
Fue en aquellos días cuando pude comprobar, como no había comprobado hasta entonces, la eficacia sobrenatural de la Confesión y Comunión para tranquilizar las conciencias, aliviar los corazones, fortalecer los espíritus y transformar los hombres en héroes.
¡Qué noches tan inolvidables las pasadas con los condenados a muerte, encerrado con ellos en el tristemente célebre Guiñol del “Uruguay” o en la celda de Montjuich! ¡Qué momentos de emoción aquellos en que, después de haber confesado y muchas veces comulgado, me daban el último abrazo, el último beso, para sus madres, para sus esposas, para sus hijos! Ahora, al recordarlo se me caen las lágrimas; pero entonces no, ni ellos ni yo llorábamos. Dios nos daba tal serenidad y fortaleza, que los guardias y los de la F.A.I. que nos vigilaban y observaban, quedaban estupefactos.
Fui muchas veces el único que pude comunicar con los condenados después de dictada la sentencia. Fui casi siempre la última persona amiga que les abrazó antes de que partieran para la ejecución; cuando yo los dejaba, ya sólo verían a sus carceleros y verdugos; pues bien, doy mi palabra de sacerdote de que en aquella hora suprema de su vida, en aquellos momentos trascendentales de su existencia, conservaban más que nunca las virtudes de la raza: religiosidad profunda y sincera, patriotismo abnegado y heroico.
Tenían fe en Dios y en España, y esta fe que en aquellos momentos se manifestaba de manera admirable y sublime, les daba la fortaleza de los mártires. Los que antes parecían tibios en su religiosidad, se sentían entonces animados de un fervor extraordinario; con naturalidad, sin nerviosismo se les veía decididos a morir contentos por los dos grandes ideales: Dios y España.
Hechos los últimos encargos para sus familias, desaparecía toda preocupación de interés personal: ni egoísmo, ni rencor, ni odio, ni deseo de venganza; generosa magnanimidad para perdonar a todos sus enemigos, incluso a los que les habían insulta y a veces maltratado cobardemente; incluso a los jueces que les habían condenado.
Tenían la seguridad absoluta del triunfo de la España que ellos anhelaban y amaban y ofrecían generosamente sus vidas.
Los soldados nacionales, a las órdenes del Caudillo, han entrado triunfalmente en Barcelona; la ciudad ha sido liberada sin efusión de sangre; es que la sangre derramada entonces por Oficiales, Soldados, Requetés y Falangistas fue como semilla fecunda sembrada en las calles de la capital catalana y ahora se ha convertido en fruto magnífico: Barcelona Española».
