Franco aclamado en la Plaza de Oriente el 1 de Octubre de 1975 junto a su sucesor
Alcanzada la victoria, era preciso levantar al país de sus ruinas que eran inmensas y, para evitar las convulsiones que lo agitaban desde hacía más de un siglo, rehacer un Estado en el que los españoles pudieran convivir pacíficamente.
En Burgos, el 1 octubre 1936, Franco sólo se había encontrado con los escombros de los regímenes anteriores. La República, que con un anticlericalismo anacrónico se había enfrentado a los católicos, se había mostrado incapaz de imponer un orden elemental. Pero antes de ella, la monarquía liberal, envejecida y agrietada, se había derrumbado por sí sola. El carlismo preconizaba la monarquía tradicional; el falangismo, un Estado autoritario nacional-sindicalista. En el extranjero, los grandes autócratas, Hitler, Mussolini y Stalin, dominaban la política europea. La fórmula autoritaria se imponía.
Franco dirigía una coalición de españoles de matices diferentes, y a veces divergentes, a los que unían el catolicismo, el patriotismo, la hostilidad al comunismo y a una forma de democracia que pudiera abrirle paso. Se esforzó en mantener la unión descartando los motivos de división, así como la restauración de la monarquía, que aplazó.
Acertó al aliar la flexibilidad diplomática con la firmeza y el arte de dejar que los problemas se fueran madurando.
Para realizar aquella unión, Franco quiso fundir las diferentes corrientes de la España nacional en un Movimiento único que habría de constituir el marco político de la nación. «Jefe sin partido» tomó la Falange, «movimiento sin jefe» desde la muerte de José Antonio Primo de Rivera, y la unió a los carlistas y a los demás grupos monárquicos. Organizó después su Gobierno (19 abril 1937). Desde su proclamación gobernaba con la ayuda de una Secretaría General del Estado, que dirigía su hermano mayor Nicolás, y de una Junta Técnica del Estado, puramente administrativa. En enero de 1938 estableció su primer ministerio, luego el Consejo Nacional y la Junta Política, que se reunieron rara vez.
Restablecida la paz, Franco completó los engranajes de un Estado que, condenando el régimen de división de partidos, había de asentarse en la familia, el municipio y los sindicatos. Puso en marcha la organización sindical, concebida según una fórmula unitaria (6 diciembre 1940) y posteriormente las Cortes (1942).
El sistema dejaba la primacía al poder ejecutivo, por consiguiente, al general Franco. Ello le permitió hacer frente a las situaciones dificilísimas en que lo colocó la Guerra mundial.
El conflicto mundial estallaba cuando España andaba necesitada de paz y de créditos para su reconstrucción. Franco, a pesar de la ayuda que el Eje le había proporcionado durante la guerra, estaba resuelto a no tener en cuenta sino el interés de España.
Proclamó la neutralidad española. Después de las victorias alemanas que, en junio de 1940, establecieron la hegemonía del III Reich en Europa, Franco se vio invitado a unirse al Eje para abatir a Inglaterra. La ayuda germano-italiana prestada al campo nacional, ciertas afinidades ideológicas, la posibilidad de recuperar Gibraltar y de reconstruir un imperio colonial a costa de las democracias vencidas fueron los argumentos aducidos por los partidarios de la intervención.
Franco resistió a esos llamamientos. En las entrevistas con Hitler (23 nov. 1940) y de Bordighera con Mussolini (12 febo 1941), se escudó en la precaria situación económica de España para evitar la entrada en guerra, aun sin romper con los jefes del Eje. La guerra de Rusia le permitió dar satisfacción a aquéllos mediante el envío de la División Azul al frente del Este, sin entrar en el conflicto. Cuando la derrota alemana apareció como posible, Franco atrajo la atención de los anglo-sajones sobre el peligro de abandonar Europa al comunismo ruso. Pero las ilusiones de los ingleses en su fuerza y de Roosevelt sobre Stalin hicieron que tales advertencias fueran vanas.
Terminada la guerra, la diplomacia rusa desencadenó violentas campañas para derrocar al «régimen franquista», aislándolo y asfixiándolo económicamente. Franco, sostenido por la. opinión pública española, sacó partido del creciente recelo de los anglosajones respecto a los rusos para resistir a esa presión, incluso cuando la Asamblea General de la ONU recomendó la retirada de Madrid de las misiones diplomáticas (13 dic. 1946). Su diplomacia, dirigida desde el verano de 1945 por un católico militante, Alberto Martín Artajo, supo ganar para la causa de España a la mayor parte de las naciones hispánicas, a los países árabes y a clanes influyentes del mundo financiero y político norteamericano. La guerra fría le permitió conseguir que se derogaran en la ONU las medidas contra España y, más tarde, después de laboriosas negociaciones, que se concluyeran los acuerdos hispano-norteamericanos que eran una verdadera alianza (1953). La firma, aquel mismo año, del Concordato con la Santa Sede y la entrada de España en la ONU constituyeron notables éxitos diplomáticos y la descolonización pacífica de Marruecos mantuvo viva la amistad hispano- marroquí.
(En ampliación)
