Por Samuel Ros y Antonio Bouthelier
En esta población actuaron, a las órdenes de Mario Peña, Jefe de todas las milicias concentradas, los camaradas Luis Valdés Socuéllamos, Luis Nieto Calvo, Francisco González Barrera, Francisco Morales Hins y Roberto Ortis e Isla, con el cometido que se especifica a continuación: Luis Nieto y Francisco Morales llevaron la instrucción, formación y control de las Unidades de primera y segunda línea.
Francisco González, la de las Unidades de O. J., y todos ellos llevaron como auxiliares a los correspondientes Delegados de cada Provincial.
Luis Valdés y Roberto Ortis se encargaron de los Servicios de control y vigilancia, con el auxilio del Delegado Provincial de Información de Alicante.
EL 18 de noviembre, por todas las carreteras de España se cumplía el angustiado anhelo de la guerra: acudir a la ciudad de Alicante, con desprecio y olvido de otros lugares y otras direcciones. Lo que fue centro de gravedad de la preocupación española y, después centro de su dolor, se convertía en esta fecha en centro de su deber.
La marcha hacia el punto fijo de, la costa mediterránea, tan pequeño como la sepultura de un hombre y tan grande como la ambición de un Imperio, tuvo para todos los españoles la común conciencia de un mismo deber. Por eso los hombres acudieron hacia la ciudad de Alicante desnudos de toda otra preocupación y sentimiento que no fuese aquel que nace ante la exigencia del más penoso deber humano.
«Quien tiene que enterrar a su padre, no puede pensar en otra cosa sino en enterrar a su padre». Así, con el ánimo de esta sencilla y, profunda verdad, con el gesto serio y digno de las circunstancias, acudió la Falange, a enterrar a su primer Jefe y fundador.
En pocas horas, la ciudad de Alicante había multiplicado su población de tal forma, que sus hoteles fueron insuficientes para alojar a las representaciones oficiales. Se tuvo que ordenar el traslado a aquel puerto del barco «Ciudad de Alicante» para esté fin.
Las calles estaban totalmente ocupadas por miles de falangistas, que no podían tener otro acomodo que el íntimo de su alma satisfecha en el honroso puesto de servicio. Jamás se volverá a repetir en una ciudad levantina una concentración tan numerosa y con la particular fisonomía que tuvo en aquella fecha. No tembló en la multitud ni el bullicio de fiesta al que tan fácilmente arrastra el clima y la luz del Mediterráneo, ni la desordenada algarabía que da a su duelo el alma popular.
Al fin, tras de la noche del 18, nacida simplemente para esperar el día siguiente, libre como ninguna de impaciencia para el tiempo y olvido del tiempo, llegó la mañana del día señalado para la exhumación de José Antonio. Desde las primeras horas fue incesante el desfile de gentes de toda condición hacia el cementerio y la; que fue su cárcel. Las milicias comenzaron a formar en las orillas del cauce por donde debía pasar más tarde el Cortejo hacia la Basílica de San Nicolás.
Fue un día limpio, con el seno hinchado de una primavera, que daba a las banderas, sobre su duelo, el alegre y permanente temblor de la victoria. Por los caminos del mar llegaban los primeros barcos de guerra al encuentro del Capitán caído y llegaban las barcas de la C. N. S. al encuentro del Camarada Fundador, que había nacido y había muerto para unir los hombres con los hombres y las tierras con las tierras y los mares con los mares.
La ciudad estaba totalmente, vestida de luto. Las fachadas de filas de casas se cubrían de paños negros. Una cruz monumental debía de recibir al futuro Cortejo. Grandes coronas de laurel con la palabra ¡PRESENTE! cubrían los ángulos de la arquitectura. Interrumpido el tráfico, el silencio espeso sólo estaba pendiente de la hora reservada a la voz de las campanas que debían anunciar el primer golpe de la piqueta sobre el nicho de José Antonio.
A las tres de la tarde, en el cementerio municipal de Nuestra Señora del Remedio-un cementerio de grandes cuadros limitados por avenidas con árboles jóvenes, fué exhumado el cuerpo de, José Antonio del nicho donde reposaba desde los primeros días de la liberación, con la permanente guardia fiel de los camaradas de la Provincial de Alicante y las cinco rosas, renovadas cada día por la solicitud de la Sección Femenina de la misma Provincial.
La carrera desde el nicho hasta la capilla del panteón de los Caídos de la provincia de Alicante, y desde este panteón hasta el zaguán de entrada, estaba cubierta por camaradas de la primera línea con sus respectivos guiones de combate. Junto al nicho, formando calle, estaba la Centuria de «José Antonio» que iba a darle escolta hasta el Monasterio de El Escorial, con su escuadra y guiones rindiendo la guardia de honor. El guión de esta Centuria, bajo el nombre de José Antonio, lleva este lema bordado: «La muerte espera a los que han de morir». A la izquierda del nicho y al fondo, en formación densa, aguarda la Centuria de «Ramón Laguna», que ha de ser la primera portadora del cuerpo de José Antonio desde el panteón de los Caídos hasta la Basílica de San Nicolás. Formaba también. detrás de estas fuerzas una compañía de honor de la guarnición, con bandera y música, y la peculiar formación de la infantería española.
A la derecha del nicho, en formación dispersa, aparecía la Bandera de primera línea de Callosa del Segura, lugar de donde partió la primera expedición de socorro hacia la cárcel de Alicante. También se encontraban en formación dispersa los supervivientes de las cinco Centurias de primera línea de Madrid, y juntó al zaguán de entrada, formando callejón, la primera Bandera de la primera línea de Elche. El nichocapilla del panteón de los Caídos está adelantado sobre un bloque de nichos donde reposan aquellos más fieles camaradas que cayeron por El. Se encuentra la capilla recubierta en su fondo con la bandera roja y negra y el suelo alfombrado con flores rojas y hojas de laurel. A las tres y media llega el féretro al Panteón de los Caídos. La caja que guarda el cuerpo de José Antonio se abre ante su hermano, su primo Miguel, los miembros de la Junta Política, Dionisio Ridruejo, José Meléndez, Sancho Dávila, el General Sagardía, el Jefe Provincial de Alicante, Luis Castelló, con sus Delegados de servicio; el entonces Jefé Provincial de Madrid, Jaime Foxá; el camarada Gumersindo García Fernández, Javier Millán Astray, Mario Pena, Jefe de todas las milicias concentradas en Alicante; el conserje del cementerio y algunos más. Javier Millán Astray y el conserje del cementerio fueron, en compañía de Miguel Primo de Rivera, quienes reconocieron el cadáver de José Antonio cuando se efectuó la liberación de Alicante y fue trasladado desde la fosa común al nicho.
El cuerpo es trasladado de una caja a la otra tomando los extremos de la bandera nacional que le envuelve. Se coloca sobre él la bandera roja y negra de la Falange. Oficiados en la capilla del Panteón de los Caídos los sencillos actos litúrgicos por el Capellán de la Falange de Alicante, por el Capellán de la Casa de José Antonio y Ordenes religiosas, izan sobre sus hombros el cuerpo de José Antonio los camaradas de la Centuria de «Ramón Laguna», y el Cortejo emprende su marcha hacia la capital. En la puerta del cementerio se unen al Cortejo los Consejeros Nacionales Fernández Cuesta, Panizo, Luis Santa Marina, José Miguel Guitarte, el General Aranda con su Estado Mayor, las autoridades provinciales locales, los Jefes Provinciales de Teruel, Ciudad-Real, Salamanea y algunos más. Está formado el Cortejo por: la Cruz parroquial alzada, con sus acólitos; una escuadra de la Centuria de escolta en una sola línea apretada, con armas a la funerala; sacerdotes con sus vestiduras sagradas; el féretro, que portan 12 camaradas de la Centuria de «Ramón Laguna», y, a ambos lados, 12 camaradas de la Centuria de escolta, con el armamento. La primera presidencia está compuesta por su hermano Miguel y su primo Miguel. A izquierda y derecha de ambos, los miembros de la Junta Política, Dionisio Ridruejo, José Luna Meléndez, Sancho Dávila y el Delegado Nacional del S. E. U. José Miguel Guitarte. Forman la segunda presidencia el General Aranda, el Jefe Provincial del Movimiento, el Gobernador militar, el Presidente de la Diputación, el Alcalde, el Gobernador civil y representantes del Obispo. Le siguen en una tercera presidencia los Delegados Provinciales de servicio, Diputados Provinciales y Concejales del Ayuntamiento de Alicante. Y cierran el Cortejo, en formación de 11 hombres en fondo, las siguientes fuerzas: Centuria de «José Antonio», Centuria de «Ramón Laguna», una compañía de Infantería de la guarnición, las cinco primeras Centurias de las milicias de Madrid, la Bandera dé Callosa del Segura y la de Elche. Hasta el paso a nivel, en la entrada de la población, el trayecto está cubierto por apretadas filas de camaradas de la segunda línea de la provincia de Alicante, y frente a la Casa de José Antonio, 120 flechas de Alicante, con armamento, rinden Honores al féretro a su paso.
En la Casa de José Antonio, la Jefe Provincial de la Sección Femenina empieza el Santo Rosario a la vista del Cortejo, y son veinte mil camaradas de la Provincial de Alicante las que contestan el rezo, que hace del aire rumor de plegaria.
En, el paso a nivel se unen a su cabeza 60 cadetes con telones encendidos. A la entrada de la Avenida de Alfonso el Sabio, y al pie de la monumental Cruz de los Caídos, aguardaba S. I. el Sr. Obispo de la Diócesis, quien presidió hasta la Basílica de San Nicolás, donde debía de reposar José Antonio aquella noche.
Apenas una palabra rozaba el silencio, sólo perturbado por la fúnebre voz de las campanas de todas las parroquias. Desde mucha distancia podía escucharse el rítmico y fuerte paso de los portadores de andas, que había de estar presente sobre el suelo de España, sin interrupción, largas jornadas, hasta apagarse junto a la tumba de El Escorial fué un rumor como recogido del mar y enterrado en El Escorial.
Desde el paso a nivel hasta -el centro de la Avenida de Alfonso el Sabio, la carrera estaba cubierta, en bloques densos de formación, por las unidades de las Organizaciones Juveniles de Alicante, interrumpidas en alguna parte del trayecto por fuerzas de la guarnición. Muy próximo a la Basílica, aprovechando el espacio de un solar, se concentraron cinco mil flechas de la Sección Femenina.
La puerta principal de la Basílica de San Nicolás da a una plaza rectangular, cuyos edificios aparecen totalmente cubiertos por paños negros. Aguardan en la puerta de la Basílica las Jerarquías del Partido. A la izquierda de la puerta, mirando a ella, Pilar Primo de Rivera, Serrano Súñer, Delegados Nacionales, los miembros de la Junta Política, Mercedes Sanz Bachiller, Secretario General del Partido, y los Ministros Sánchez Mazas, Gamero del Castillo e Ibáñez Martín. A la derecha, Consejeros Nacionales y autoridades locales. Dando frente a la fachada y cerrando las bocacalles,,cuatro Centurias de cadetes en apretados bloques rinden sus armas y sus guiones cuando aparece el Cortejo. En la puerta de la Basílica se hace cargo de los restos de José Antonio el Presidente de la Junta Política, camarada Serrano Súñer, quien, con otros miembros de la Junta, lleva el féretro hasta el catafalco que se levanta en la nave frente al altar mayor. Permanecen al pie del féretro, en relevos consecutivos, los 12 hombres de la escolta permanente, y lo circundan en formación dispersa tres Centurias de la primera línea de Alicante. En las gradas del altar, S. I. el Sr. Obispo, con sus familiares y acólitos, siguen. el Santo Rosario que pasa la Jefe Provincial de la Sección Femenina, con el que se inicia el velatorio, que ha de continuar toda la noche, por los miembros de la Junta Política y por los Consejeros ]Nacionales en turnos sucesivos. El pueblo se agolpa en torno de la iglesia y va formando la inmensa fila que durante toda la noche tiene que pasar frente al féretro de José Antonio, con un respeto sobrecogedor en sus almas y una difícil rigidez en el cuerpo, que hace de su saludo la más conmovedora oración. Es de noche y todo el cielo de Alicante, está cubierto por el fuerte resplandor rojizo de las inmensas hogueras que en los Castillos de Santa Bárbara y de San Fernando anuncian haberse cumplido el primer trayecto del traslado. Las milicias que cubrieron la carrera se dispersan manteniendo él mismo silencio que guardaron en su formación. Todos los hombres están metidos en sí mismos y nada externo les preocupa ni distrae de la visión del Cortejo, que han de tener durante toda su vida grabada en el alma.
***
A las seis de la mañana del día 20 comienzan los solemnes funerales, oficiados por S. I. el Sr. Obispo de la Diócesis. Aún arden las hogueras de los castillos y juntan su luz a la de una madrugada que tenia que perpetuarse en la Historia con una significación singular: luz de esperanza en el cielo y luz de fuego en la tierra, que rindieron su ardor tras el cumplimiento de su servicio.
Una multitud espesa y silenciosa se agolpa tras las milicias y fuerzas que cubren el trayecto del Cortejo.
En el interior de la Basílica, las voces graves de los rezos litúrgicos elevan al cielo su oración, y los emocionados rostros de las jerarquías y dignidades se encuadran en el espacio donde se levanta el túmulo, formando el riguroso cuadro de esta Historia de España que revive tras el sueño de siglos.
Estaba la iglesia severamente adornada; sólo revestidas las paredes con negros crespones, una gran cruz en rojo sobre el lienzo del altar mayor y, ambos lados, los yugos y las flechas de la Falange. El túmulo, escoltado por milicias, alternando la bayoneta con el cirio. Sobre el féretro, envuelto en la bandera roja y negra, las cinco rosas permanentes de la Sección Femenina de Alicante.
Terminadas las Honras fúnebres, se cubrió el féretro Con el paño negro bordado por la Sección Femenina de Madrid, llegado en aquel preciso instante, y de nuevo se izó el cuerpo de José Antonio a hombros de los camaradas de la Junta Política. Los doce puestos de las andas estaban cubiertos por las primeras Jerarquías del Partido.
El silencio es extraordinario. Los hombres y los elementos participan de una misma emoción, como si la vida se hubiese recogido en sí misma para ser especta, dora del magno acontecimiento histórico. El mar y el cielo están extraordinariamente serenos, sin el temblor de una nube ni de una ola. El aire parecía contener su aliento; la quietud extática de las formaciones alineadas y, de las masas concentradas y la fija arquitectura que alcanza en su reposo hasta los barcos, todo se ha paralizado menos él Cortejo, que avanza majestuosamente, anunciándose por el isócrono ruido de su paso.
En la plaza de Von Konoblock, junto al muelle, hay formadas fuerzas del Ejército de Tierra, Mar y Aire, y un inmenso bloque de veinte mil camaradas de la C. N. S. del Mar, con sus banderas. Dando frente a la calle por donde ha de desembocar el Cortejo se ha levantado una gradería de fábrica, cerrada por un frontis con el yugo y las flechas y el repetido nombre de JOSE ANTONIO: iPRESENTE! En los escalones de este graderío forman, alternados, camaradas del mar con remo y camaradas de la tierra con fusil. En su base, 12 pescadores mantienen extendida una red. A ambos lados de esta construcción se han formado otros bloques de camaradas de la C. N. S., en número de treinta mil, y a su frente, una Centuria de flechas con casco y armamento en formación densa. Desde esta plaza a la Basílica de San Nicolás cubren la carrera Organizaciones Juveniles y una compañía del Ejército de Tierra con casco de guerra, bandera y banda de música.
Cuando desemboca el Cortejo por la estrecha calle que da a la alameda situada junto al mar, el momento es de extraordinaria emoción. Los barcos de guerra, con sus tripulaciones formadas en cubierta, con el brazo en alto, comienzan las salvas de ordenanza, que no han de cesar mientras el Cortejo desfile por el paseo junto al mar. Desde el minador «Júpiter», un camarada grita el nombre de JOSE ANTONIO, cuyo ¡PRESENTE! se contesta desde el mar y la tierra con voz cerrada y potente. En el cielo aparece una escuadrilla de aviones de la base de Alcantarilla, que evoluciona sobre el Cortejo a escasa altura, arrojando ramas de laurel y flores.
Forman junto al malecón, en primer término y de proa, lanchas pesqueras, y a continuación, lanchas motoras y de vela. Cierran esta concentración los buques de la Escuadra: llevan éstos a media asta las banderas nacional y de Falange, y todas las embarcaciones, en lo más visible de sus mástiles, el Yugo y las Flechas en rojo. En las lanchas de, primer término se ven detalles de conmovedora ornamentación: retratos de José Antonio, los 26 Puntos de Falange, trozos de sus discursos recortados de periódicos se reparten por todos los lugares de la embarcación, como si fuesen consignas llovidas del cielo. En la plaza de Von Konoblock detiene su marcha el Cortejo y se efectúa el relevo de los miembros de la Junta Política por Consejeros Nacionales, que le han de transportar hasta la Casa de José Antonio. Todo el trayecto junto al mar está sobrecogido de emoción. Las Organizaciones Femeninas, que forman en la Alameda, rinden sus banderas al paso del féretro; se suceden sin interrupción las salvas y los atronadores y disciplinados gritos de ¡JOSE ANTONIO!, dirigidos desde la cubierta del «Júpiter».
En la mitad aproximada de este paseo, y al paso del Cortejo, cuando le da frente, una grúa que sostiene un gran bloque de cemento sepulta lentamente en el agua el primer signo de este caminar que se inicia a través de las tierras de España. Sobre este bloque se alzará el monolito inicial de los que han de perpetuar el relevo de las Falanges hasta finalizar en El Escorial, término de la jornada y reposo definitivo de José Antonio.
La ceremonia del primer relevo, efectuado ante la Cárcel Provincial-hoy Casa de José Antonio-, fué impresionante. El Consejo Nacional entregó el cuerpo de José Antonio a la Falange Provincial de Alicante, que ha de cubrir la primera etapa. Queda recogida la ciudad en sí misma mientras el Cortejo, desnudo de escoltas multitudinarias, inicia sus primeros pasos en la carretera.
Pasos de la Falange, firmes e iguales a los últimos pasos. Caminar de hombres de las diferentes tierras de España en un mismo servicio, como cumplimiento de la Unidad por la que murió y viven el primer Jefe Nacional de la Falange, José Antonio Primo de Rivera.
Las noches y los días se han convertido en jornadas.


El mar a la espalda
LA ceremonia seguía su desarrollo normal entre el entusiasmo de los millares y millares de personas que asistían a ella en los diversos lugares del recorrido, y ya comenzaban a llegar a los puntos de concentración los camaradas a quienes había de caber el honor de intervenir en la conducción de José Antonio por las carreteras de la provincia de Alicante. A las siete y media de la mañana formaban ante la Casa de José Antonio los primeros grupos de portadores de andas; eran camaradas de la Provincial de Alicante y de las LocaIes de Alcoy y Callosa de Segura,- entre otros, que habían de salir de aquel punto antes que el Cortejo, para situarse en los lugares donde, según el ritual previsto, habían de hacerse cargo de la conducción del féretro. A las ocho de la mañana salieron todos ellos, debidamente agrupados por núcleos de treinta y seis, ocupando los camiones que el General Aranda había puesto a nuestra disposición y que habían de llegar hasta El Escorial, en un constante superarse, y poniendo de manifiesto el entusiasmo de sus conductores. De la puerta de la Casa de José Antonio partieron a esa hora cuatro grupos de portadores de andas. El primero de ellos, constituido en su mayoría por camaradas de Alcoy, que había de tomar el relevo diez kilómetros más adelante, junto con la Delegación provincial de Murcia; los otros tres, constituidos por camaradas de Callosa de Segura, uno de los pueblos de España preferidos por José Antonio, que habían de escalonarse a lo largo de la carretera para cubrir otros tantos relevos consecutivos. En la misma Casa de José Antonio quedaron los camaradas de Alicante, que, junto con la Jefatura Provincial propia, habían de cubrir los primeros diez kilómetros de la carretera.
Mucho antes de la llegada del Cortejo estaba la carretera densamente cubierta por camaradas de la segunda línea, y mucho antes también de que se anunciase grandes núcleos de gentes de todas clases venían carretera adelante, para situarse ante la Casa de José Antonio, a fin de asistir a la ceremonia del primer relevo. Pronto también tuvieron que comenzar a actuar los camaradas del Cuerpo de Vigilantes de Carreteras, que de una manera tan intensa y continuada habían de trabajar a lo largo de todo el trayecto. Hombres modestos éstos, a los que deseo en este momento rendir el homenaje a que se han hecho acreedores por su conducta ejemplar y que, dirigidos por el Comandante Cabanellas, han puesto de manifiesto de manera clara y patente el calor hondo que alienta en su pecho por las verdades más enteras, de la Falange. Comenzaron a llegar coches y camiones con gente, a los que había necesariamente que hacer despejar de la carretera, pues todos pugnaban por situarse en los lugares más próximos a la Casa de José Antonio. Entonces comenzó a funcionar, precisamente en las personas de estos Vigilantes de carreteras, a quienes antes he aludido, lo que propiamente pueden llamarse servicios de ruta del Cortejo. Casi en menos tiempo del que se emplea en narrarlo quedó despejada la carretera, con ese sentido claro y sencillo de la disciplina y del orden que es característico de la Falange. Cada cual en su sitio, los que ya se encontraban en él fueron ejemplo para los que continuaban llegando. Entre las dos columnas de gallardetes que flanqueaban la Casa de José Antonio estaba ya el estilo de la ruta; como lo estaba en el Cortejo, que lentamente se acercaba a nosotros y que hasta entonces no habíamos podido ni siquiera ver. Ni podían verlo ninguno de los camaradas que habían de intervenir en la ruta, en su caminar lento y constante por las carreteras de España, a través de cerca de quinientos kilómetros, hasta llegar a los sillares de El Escorial, desde las arenas blandas que limitan al mar de nuestro Levante.
También a la hora marcada llegó ante la Casa de José Antonio la, ambulancia que había de acompañarnos hasta El Escorial, en previsión de posibles y aun probables accidentes o desfallecimientos: A cargo del médico don Francisco Serra Naya, y conducida por Enrique Ruiz Verdú y Fernando Quilis Caplliure, con Carlos Manero Guardiola y Ricardo Comas Pérez como ayudantes, en el mismo momento de su llegada comenzó-el servicio; no, afortunadamente, el servicio facultativo, que normalmente había de ser el que le hubiera correspondido, pero sí un servicio que no por más modesto era menos importante y fue, andando las horas, no menos eficaz. Porque ya cuando llegó surgió la necesidad de buscar acomodo a las andas de repuesto, que habían de llevarse junto al Cortejo, y, no teniendo a mano otro medio de transporte más adecuado, dentro dé esa ambulancia se acoplaron como mejor pudimos. Si por una de las ventanillas traseras de la Ambulancia salían los largueros de las andas; si estos largueros dejaban traslucir el papel de furgoneta que entonces comenzó a asumir la Ambulancia, para llegar a serlo íntegramente pocas horas después, no por eso estaban menos satisfechos Serra y sus hombres; ellos creyeron ir para servir de médicos y enfermeros; resultaba que servían de otra cosa; lo cierto, lo que les llenaba de satisfacción, era que servían y que habían de servir a José Antonio durante diez días. Era una prueba más de voluntad de servicio, y el servicio era el calor que se derramaba a lo largo de España al paso del cuerpo de José Antonio.
Un murmullo denso, firme y quedo de la multitud que se encontraba cerca de la Casa de José Antonio me hizo volver la cabeza; una sacudida de todos los nervios se produjo en mí y en iodos los camaradas que habían de seguir hasta El Escorial; lejos, unos seiscientos metros más abajo, hacia un pequeño recodo, la carretera; en él acababan de aparecer dos motoristas marchando al más lento caminar de sus máquinas; pocos momentos después, la Cruz, de las .Navas doblaba la curva y aparecía ante nuestros ojos. ¡Allí estaba ya el Cortejo! ¡Allí estaba ya José Antonio, camino de su última morada de piedras imperiales! Al otro lado, a nuestra espalda, la carretera nos marcaba una ruta de cuatrocientos sesenta y tres kilómetros. Un murmullo, plegaria apasionada, movió nuestros labios: José Antonio, tú qué supiste ser tan fuerte ante la vida y ante la muerte, pide a Dios que tengamos fuerza y rigor para cumplir nuestro compromiso, para llevarte hasta El Escorial, y para que, una vez allí sepamos hacer nuevamente carne y hueso las verdades eternas de tu ejemplo.
Ya el Cortejo se acercaba. La carretera, libre, absolutamente despejada de coches y vehículos, que en ningún caso habían de cruzarse con él. Y en ella, ya solos, los camaradas que habían de constituir el Cortejo propiamente dicho: la delegación de la Provincial de Alicante y, a su frente, aquel camarada sencillo y ejemplar que la rige, Luis Castelló, del que conservo el más grato recuerdo; la escolta armada que había de caminar durante diez kilómetros; los portadores de andas que habían de llevar el féretro durante este primer trayecto de carretera; todos rígidamente firmes, formados en fila de a dos en la margen izquierda con un gesto duro en sus rostros y un húmedo rebrillar .en los ojos. Esperaban a su camarada, a aquel primer camarada proféticamente ejemplar, que sólo a unos metros de distancia de aquel mismo lugar había sido inmolado por la brutalidad cruel de nuestros enemigos. Unos muros nos separaban del sitio donde, hacía justamente tres años, había sido asesinado José Antonio.
Lentamente, solemnemente, se acercaba el Cortejo a nosotros; un temblor de emoción nos embargaba a todos; ya era perfectamente visible el féretro, envuelto en una sencilla bandera de Falange, precedido por la Cruz de las Navas, llevada por un sacerdote revestido; nunca se sabrá bastante por nadie que no lo haya presenciado, la emoción de los momentos que precedieron y siguieron a los relevos; en las andas, el Consejo Nacional; ocupando la cabecera del anda derecha, el Presidente de la Junta Política, Excmo. Sr. Serrano Súñer.
El camarada Cabanas, Jefe de Ceremonial, había llegado unos momentos antes, tan sólo los suficientes para cambiar una impresión rápida… Pasaron los sacerdotes y, ante la misma puerta de la Casa de José Antonio, tuvo lugar el primer ¡Alto!, ya con sabor de marcha por carretera. Descendieron el féretro, lo dejaron descansar sobre la carretera todavía de Alicante y comenzó el relevo. Serrano Suñer se destacó de las andas; frente a él, emocionadísimo, Luis Castelló; el Jefe Provincial de Alicante, el camarada que, llevaba días y días sin tener un momento de descanso. Y entonces, entre el silencio emocionado de la multitud, impresionante silencio hecho de dolor y de admiración: ¡JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA! ¡PRESENTE! Dos voces tan sólo pronunciaron estas palabras: la primera, la del Presidente de la Junta Política, que entregaba el cuerpo de José Antonio a los camaradas de Alicante que supieron custodiarlo durante tantos meses; la segunda, la de Luis Castelló. El relevo había empezado y, con él, el caminar por las tierras de España en demanda de la mole solemne y gigante de San Lorenzo de El Escorial. Se separaron los Consejeros Nacionales de las andas, dejando su puesto a los camaradas que integraban la escuadra de honor de la provincia de Alicante. Cabanas me hizo entrega, más con el gesto que con la voz, del mando de la comitiva. Los Jefes de Ruta ocuparon sus puestos y tomaron las disposiciones necesarias para comenzar la marcha. Una escuadra de fusiles, delante; inmediatamente después, la Cruz del Clero alicantino; a continuación, la Cruz de las Navas; después, el féretro, a hombros, esta vez, de la escuadra de honor de Alicante;, luego, ya andando el Cortejo, se quedó atrás, cerrando la carretera, el Consejo Nacional. Entraron en sus puestos, a medida que el féretro pasaba ante ellos, los camaradas integrantes de la Delegación de Alicante; tras, ellos, las banderas de la Provincial; en su custodia, otra escuadra de fusiles, y tras éstos, los portadores de andas. El Cortejo estaba en marcha. Atrás quedaba Alicante, con su mar abierto y llano, emocionado todavía por las ceremonias que había contemplado, con un vibrar de sirenas, cañonazos y campanas, que anunciaban el comienzo de la más grande peregrinación de todos los tiempos. Poco a poco, la carretera se desenvuelve tras nosotros, cerrada, junto a la misma Casa de José Antonio, por un nutridísimo grupo de personas; en él figuran gentes del pueblo nuestro, de las más modestas, junto con Generales, Laureados, Consejeros, Ministros y Miembros de la Junta Política; todos juntos, en un solo y mismo grupo, unidos por el fervor común ante la marcha del hombre que supo inflamarnos en los mismos y concretos anhelos; las más diversas jerarquías, desde las más altas, unieron con los más modestos camaradas sus hombros para sostener las andas que llevaban a José Antonio; formaron en los mismos grupos y sintieron un mismo palpitar de emoción. Toda España, unida y firme, se fundió en este homenaje gigantesco, como se fundían y confundían ministros y jornaleros, generales y soldados, en el grupo enorme de personas que desde la puerta de la Casa de José Antonio veían alejarse al Cortejo después del primer relevo. Y todo en un silencio denso y opaco, en el que ya entonces comenzó a destacar el paso rápido y firme, vibrante y seco, procesional y militar que había de ser característico del Cortejo que llevó a José Antonio hasta su última morada entre las piedras de la más adentrada Castilla.
Cuando ya el Cortejo se perdió tras la primera vuelta de la carretera, tuve ocasión de dejarlo unos momentos para volver atrás a ordenar la marcha de los vehículos que habían de seguir la comitiva. Los Consejeros se habían apartado al pórtico de la Casa de José Antonio. y las Falanges Femeninas de Alicante desfilaban ante ellos; voces tiernas y quebradizas gritaban ante la misma puerta, el ¡José Antonio! de ritual; y a cada uno de ellos un centenar de voces, todavía infantiles, lanzaban al aire el ¡PRESENTE! de rigor. Es la última visión de Alicante que conservo en aquella hora clara de la mañana del 20 de noviembre de 1939. A las nueve cincuenta de la mañana de ese día 20 había tenido lugar el primer relevo de carretera del Cortejo de José Antonio.
Sobre la ruta
UN kilómetro, aproximadamente, llevaría recorrido la comitiva, cuando me volví a unir a ella; ya el Cortejo iba adquiriendo el perfil clásico que lo acompañará hasta El Escorial; delante, destacados del mismo entre quinientos y ochocientos metros, los motoristas del Cuerpo de Vigilantes de Carreteras y uno de los coches de servicio; después, a partir de ellos, la carretera absoluta, y completamente limpia de gente, que se arracimaba en las cunetas. La escuadra de fusileros, paso lento, fusil a la funerala, precedía a la Cruz de la Provincial de Alicante y a la Cruz de las Navas, ambas llevadas por sacerdotes en continua plegaria, rezada unas veces, cantada otras; tras ellos, en un espacio libre e inmediatamente delante del féretro, el Jefe de Ruta de turno, que en aquella ocasión, todavía con el nerviosismo de las primeras horas, eran tres camaradas, pues durante más de veinticuatro horas habíamos de mantenernos todos en el Cortejo. A continuación, el féretro, llevado por doce camaradas, junto a los cuales marchaban los otros doce que habían de relevarlos, y junto a ellos, a cada lado, la escolta armada de otros doce camaradas, también con sus fusiles a la funerala:
Seguía inmediatamente la Presidencia, integrada por la Delegación Provincial de Alicante, presidida a su vez por el Jefe Provincial, la escuadra de honor de Alicante. A su vez, las banderas, custodiadas por otra escuadra armada, y, finalmente, cerrando el Cortejo, las escuadras de portadores, y centenares y centenares de personas que acompañaron entonces, como acompañaron otras durante el trayecto a la comitiva. Y ya al final, lejos de ésta, los coches de servicio, la ambulancia de Alicante, que empezaba a adquirir un acusado carácter de furgoneta, el camión de servicio y las ambulancias del Grupo hospital Automóvil «José Antonio Primo de Rivera», que habían de acompañarnos hasta El Escorial y que, llanamente brindadas por su Jefe, Comandante Médico Agustín López Muñiz, habían de ser el comedor y dormitorio de los camaradas que constantemente teníamos que permanecer junto al Cortejo y que a buen seguro, de no contar con esas ambulancias, entonces más beneméritas que nunca, (al menos desde nuestro particular punto de vista), hubiéramos quedado junto a cualquier cuneta de la carretera, agotados por el esfuerzo y por la falta de reposo, y con el dolor hondo de ver cómo José Antonio se alejaba, irremediablemente.
Por fin, una gran cantidad de coches, camiones y. camionetas cerraban la marcha, todos ellos de, gentes que marchaban en el Cortejo, a veces durante kilómetros y kilómetros, contenidos todos lejos del mismo, sin turharlo con el ruido de motores, por la rígida disciplina que se impuso a todo lo largo del camino.
Ya entonces hube de notar la presencia, junto a Luis Castelló, de un Consejero Nacional. De alguna edad, de aspecto un tanto rústico, marchaba cabizbajo y silencioso tras las andas en que reposaba el cuerpo de José Antonio. Era Joaquín Bernal. Me acerque-a él y, tan satisfecho me encontraba de la marcha del Cortejo, que ingenuamente hube de preguntarles ¿Qué te parece? -Bien, bien-fué su contestación, más expresada por sus movimientos de cabeza que por las palabras, que apenas llegaron a entreabrir sus labios. ¿Rezaba? ¿Soñaba?…
Los relevos de ruta se sucedían con absoluta normalidad; unos camaradas se situaban correctamente ordenados junto a los que llevaban las andas, ajustando su paso al paso monorrítmico y urgente de los portadores; en un momento dado, en el silencio profundo que presidió en todo momento el Cortejo, se oía la voz del Jefe de Ruta: ¡Al-to!. Parada en seco del Cortejo, e inmediatamente otra orden de ¡Relevad!, que era rápida y puntualmente ejecutada. Cuando el relevo había tenido lugar, los camaradas que habían sido relevados daban cara al féretro y, brazo en alto, permanecían rígidamente firmes. De nuevo el Jefe de Ruta ordenaba: ¡Firmes!, y a continuación: «izquierda… derecha… izquierda… derecha:.. izquierda:.. derecha…», y al justo sonido del paso marcado al unísono, «marchen…», y el Cortejo reanudaba su camino, entre silencio de hombres y llanto de mujeres, con el rás… rás… rás… rás…, urgente y exacto, militar y enlutado de los camaradas portadores de las andas. A los pocos instantes, todo en silencio, sin una voz, casi sin un -gesto, una nueva escuadra pasaba a ocupar el puesto del relevo, a un lado y a otro de las andas, y todo seguía igual, denso y firme, exacto y puntual, como un palpitar de corazones que existe sin descubrirse- demasiado, que es preciso y que es callado. Y así una vez, y otra, y miles de veces a lo largo de diez días y de cerca de quinientos kilómetros de carretera.
Rápidamente nos acercábamos al primer relevo. Habiéndose calculado inicialmente la velocidad de marcha en dos kilómetros a la hora, la velocidad que obteníamos superaba con mucho éste proyecto. Por esto y porque nos habíamos propuesto como condición imprescindible, que a la vez era necesidad absoluta, la más exacta puntualidad del Cortejo, hubo que comenzar inmediatamente a ajustar el pasó al horario marcado; y comenzaron los ensayos. El paso lento de corte clásico en procesiones era imposible de llevar; .el considerable peso del féretro y las andas, cerca de trescientos kilogramos en su conjunto, no permitía mantenerse en un solo pie todo el tiempo que exige el paso lento; por otra parte, el paso lento hubiera dado al Cortejo un carácter procesional, que queríamos evitar; no se trataba de una procesión; tampoco de un entierro corriente; era la última marcha militar de José Antonio a hombros de sus camaradas y el -paso tenía que reunir esa característica de rapidez, de nervio, de fibra, de lo militar, junto con la lentitud y solemnidad más acusadas. Entonces surgió el paso corto T rápido, que terminó por establecerse a todo lo largo de la ruta y que ya antes de que ésta concluyera había sido bautizado, no sabemos por quién, con el nombre de paso «José Antonio». Un paso extraordinariamente corto, en ,el que cada pisada servía para avanzar escasamente un pie, y muy rápido, para que el peso de las andas y del féretro no hiciera vacilar a los portadores. Este fué el paso del Cortejo; ese mismo paso vivo y rápido que muchos de los que esto leéis habéis tenido ocasión de marcar, sintiendo sobre vuestros hombros el peso de José Antonio, y que otros muchos habréis escuchado a través de las emisiones de radio, cuando se acercaba el Cortejo al lugar donde se encontraban instalados los micrófonos. – La distancia que cumplía recorrer a la Delegación Provincial de Alicante se aproximaba a su fin, y con éste se acercaba el primer relevo; precisamente aquel en que se experimentó la única anomalía importante ocurrida en los mismos, ya que el relevo de fusiles y portadores de andas tuvo lugar unos centenares de metros antes que el relevo de las Provinciales. Le correspondía hacerse cargo del féretro a los camaradas de la Provincial de Murcia, precisamente una de las Provinciales que tuvieron una intervención más destacada en el traslado, por el celo que pusieron en el cumplimiento de su misión, por la cantidad de camaradas que concurrieron con ella y por haber cubierto materialmente de flores la carretera en una extensión superior a un kilómetro. Hecho el relevo de fusileros y de portadores de andas, continuó unos momentos más al frente del Cortejo la Provincial de Alicante, hasta llegar al lugar donde se encontraba la representación de Murcia, al frente de la cual su Jefe Provincial, con la Cruz alzada, banderas, sacerdotes y jerarquías, a más de una interminable fila de camaradas, de representantes de las secciones femeninas y de cadetes y flechas, que se extendían, formados en fila de a uno, a lo largo de la carretera, varios centenares de metros. De una manera sencilla y emocionada, se repitió en medio del campo la ceremonia que horas antes había tenido lugar ante la Casa de José Antonio. El Jefe Provincial de Alicante gritó su nombre, y en labios del-Jefe Provincial de Murcia encontró eco su voz en un rápido y escueto ¡PRESENTE! Se saludaron ambos camaradas y, en tanto se extendían y firmaban las actas de la entrega, tres descargas cuajadas, unidas y apretadas como un haz de flechas nuevas, lanzaron al aire la noticia de que había tenido lugar el primer relevo. A la derecha de la carretera, lejos unos centenares de metros de ella, un cerro descarnado, alto, cerraba el horizonte; contra él fué a estrellarse el ruido de las descargas y él nos devolvió centuplicado por el eco ese mismo ruido, como si hasta la misma tierra quisiera unir su voz solemne y rotunda al relevo de José Antonio. En los ojos de muchos de los camaradas que estaban presentes había un brillar de humedad emocionada; muchos de ellos, casi todos sabían lo que cuestan meses y meses de lucha; unos conocían la dureza de los frentes de batalla; otros, la pérdida casi total de las esperanzas de contemplar nuestro amanecer, de hundirse para siempre entre los muros de una prisión roja; unos y otros se habían vuelto más duros, más ásperos, cien veces, más duros y más ásperos de lo que eran al empezar nuestra contienda; y, sin embargo, todos se emocionaban sobre aquella carretera cuando, bajo el sol espléndido de un magnífico día de nuestro Levante, el cuerpo de José Antonio, de nuestro José Antonio, más nuestro entonces que nunca, pasaba de manos de un Jefe Provincial a manos de otro Jefe Provincial, y la pólvora sellaba, con sus secos estampidos, el saludo de estos dos camaradas a Aquel que supo enseñarnos con su ejemplo el camino del deber entero y del sacrificio silencioso.
Después del primer relevo
CANTAN los sacerdotes dé Alicante sus últimios Salmos de despedida; cantan los sacerdotes de Murcia el responso de recepción; ya, las actas firmadas, el relevó ha terminado; los portadores de la escuadra de honor de Murcia ocupan sus puestos; el suyo, el Jefe de Ruta del Cortejo, y, en medio de un silencio solemne, é pone en marcha éste. Comienzan a andar los escuadristas que forman la vanguardia del mismo; sigue la Cruz alzada de Murcia y la Cruz de las Navas y a continuación los sacerdotes; unas órdenes breves: «alzad el féretro, firmes; y después: izquierda… derecha… izquierda… derecha…» Ya en marcha. Y otra vez el paso igual, monorrítmico, trae una plegaria a los labios de todos los espectadores. Lentamente, el Cortejo se va alejando, sobre flores, carretera adelante, en tanto qué se unen a él las secciones femeninas y los cadetes y flechas de Murcia. Lejos, allá lejos, en lo alto de un pequeño desnivel de la carretera, los camaradas qué han venido desde Alicante lo ven marchar con un dejo de nostalgia; algunos cantan pausadamente el «Cara al sol»; otros rezan; los más, callan. Y de entre ellos destácanse dos que no se resignan a quedarse, que no se deciden a abandonar el Cortejo; son los camaradas José M.ª Marco Cecilia y Juan Marco García, ambos de Alicante, que llevan días y días sin saber lo que es descansar, que se han superado a si mismos superando sus fuerzas, y que se acercan a m, para decirme que van a seguir hasta el confín de la provincia.
-Pero ¿sabéis lo que estáis diciendo? Si faltan setenta y cuatro kilómetros y treinta y siete horas; ¿cómo vais a comer y cómo vais a dormir?
José M.ª Marco, «Marco el pequeño», como le llamábamos en el Cortejo, me contesta tranquilamente: -Y tú, que vas hasta El Escorial, ¿cómo vas a comer y cómo vas a dormir?
Su respuesta tiene demasiada lógica para que pueda ser contestada rebatiéndola. Ha sido el comportamiento de estos dos camaradas tan magnífico y puede su ayuda ser tan importante que, en parte por egoísmo y en parte por premiar su abnegación, decido en aquel mismo momento incorporarlas al Cortejo y que sigan con nosotros hasta El Escorial o hasta donde podamos.
Vuelvo a preguntarles
-¿Queréis venir hasta El Escorial?
-¡ Hombre… !-en tanto» que una sonrisa de satisfacción abre sus rostros.
-Bueno, pues de acuerdo.
Decid a vuestros camaradas que venís con nosotros; seréis uno más en el ser» vicio, y lo que sea de uno será de los demás.
Un abrazo en plena carretera termina este breve diálogo; allá lejos, el Cortejo se perfila en el horizonte próximo con toda la solemnidad de su perfil escueto. Los dos Marcos salen corriendo para alcanzarlo; yo vuelvo sobre mis pasos para volver a Alicante en uno de los coches de servicio a preparar los relevos que próximamente tienen que salir de esta ciudad para, por carreteras secundarias de desviación, adelantar al Cortejo y situarse puntualmente en sus puestos.
Quienes nos hubieran visto hablar rápidamente, nerviosamente; en mitad de la carretera, abrazarnos y salir corriendo cada uno en dirección contraria, hubiera pensado que estábamos locos; quienes nos vieron, viendo todavía el Cortejo que llevaba a José Antonio hasta El Escorial, no pensaron, a buen seguro, de nosotros que lo fuéramos; y es que entonces, como durante todo el Cortejo, quienquiera que sintió su emoción, vivió su dolor y contempló su paso, tenía algo de «loco». Cuando menos, ese destello anormal que produce en los cerebros más equilibrados encontrarse en un ambiente que, siendo muy difícil de describir, es algo muy real y exacto, un espectáculo que no se ha presentado durante muchos siglos y que tardará quizás muchos en volverse a presentar, si sucesos de esta alcurnia, de este dramatismo y grandeza, son susceptibles de reproducción en el tiempo.
Caminando
ERAN aproximadamente las dos de la tarde cuando dejé al Cortejo para volver a Alicante. Después de preparar las expediciones de sucesivos relevos, de almorzar brevemente y de comprar algo de comer para los camaradas, volví a la carretera. Alcancé, el Cortejo en el preciso instante en que sobre él evolucionaba un avión que, en repetidas pasadas, arrojaba flores sobre el mismo. Una gran cantidad de gente bordeaba la carretera o seguía en silencio el féretro; estábamos llegando aun cruce de caminos cuajado de multitud, ya cerca del pueblo de Monforte. Durante mi ausencia había tenido lugar un nuevo relevo; ahora marchaba la comitiva presidida por el Jefe Provincial de Valencia, y toda la carretera aparecía alfombrada de flores y mirto.
Me acerqué a uno de los Jefes de Ruta-hay que decir qué a aquella hora los tres estaban en el Cortejo, que no habían abandonado un solo instante desde la salida de Alicante y después de recibir la noticia de que ninguna anormalidad había ocurrido y que todo se desenvolvía perfectamente, saludé al camarada Rincón de Are, llano, Jefe Provincial de Valencia, que entonces ocupaba la presidencia. En ella vi de nuevo al Consejero Nacional, Joaquín Bernal, que, a pesar de no ser ningún muchacho, venía también ininterrumpidamente desde Alicante. Le pregunté si había comido algo y me contesto que sí, de una manera que demostraba patentemente lo contrario; le dice saber que en los coches de servicio encontraría algún alimento y tuve que insistir repetidas veces para que se decidiera a abandonar el Cortejo. Cuando lo hube conseguido y lo dejé tomando un bocado, marché adelante para ocuparme del orden en Monforte, primer pueblo que había de atravesar el Cortejo. Adelanté a éste y adelanté a los flechas navales de Valencia, que, en rígida y cuidada formación, constituían su vanguardia. Magníficos los chiquillos. Verdaderamente ejemplares. Recorrieron los diez kilómetros de su jornada con el paso característico del Cortejo, sin un desfallecimiento. Sus trajes blancos en la primera noche y su juventud los convertía en foco de luz y esperanza que abría marcha al Cortejo. Dejé éste atrás. Todo estaba en perfecto orden; la carretera, cubierta en su totalidad por camaradas de Monforte, y gente, mucha gente, contemplando las hogueras que-ya casi noche-comenzaban a encenderse a ambos lados de la carretera.
Mucho antes de llegar el Cortejo a Monforte ya se encontraba todo el mundo en su sitio, no siendo ciertamente el Párroco del pueblo el que más tardara en ocuparlo. Encargué a Marco «el Pequeño» que comprara algunos bocadillos, ya que las provisiones que había adquirido en Alicante resultaron totalmente insuficientes para tantos como, sin preverlo, nos acompañaban; hablé con el Párroco de Monforte para indicarle el lugar donde debía situarse para cantar un responso, y volví hacia la entrada del pueblo. La noche había cerrado entretanto. Los camaradas de Falange de Telégrafos se acercaron para decirme que tenían situada en Monforte la estación móvil, a completa disposición del Cortejo, y que a todo lo largo de la ruta ha prestado magnífico servicio; estuve con, ellos breves minutos y volví hacia la entrada del pueblo. La noche era ya casi total. En un recodo de la carretera, a la entrada del pueblo, se enciende en aquel momento una hoguera colosal, de vivo y ruidoso chisporroteo; las calles comienzan a llenarse de antorchas y se ven mejor las flores que cubren el camino. Las Secciones Femeninas ocupan ambos lados y el servicio de orden es perfecto. En este momento, el Cortejo aparece junto a la hoguera que casi- ocupa todo el fondo de la escena. Las figuras de su componentes se destacan, oscuras, sobre el color de la llama, y. sobre ellos, sobre sus hombros, la silueta del féretro es una rotunda afirmación del deber cumplido, de todos los sacrificios. Ya también el Cortejo marcha flanqueado de antorchas, y a ambos lados, del féretro, seis faroles completan el cuadro, que tiene más de místico que de funerario.
Ha empezado la primera noche.
DANDO, ya entre dos luces, se rezó un rosario, en medio del campo, lleno de gentes y de silencios, el Cortejo adquirió un tono más intensamente emocional del que hasta entonces había tenido. Sobre un fondo de llamas se destacaban las figuras rígidas de los camaradas, y el tono severo de los cánticos sacerdotales elevaba la grávida trascendencia del lugar y de la ceremonia. Y, sin embargo, toda la emoción del primer rosario de los atardeceres quedó borrada ante el cuadro intenso, firme y desgarjado del primer pueblo que atravesara el Cortejo. Hasta entonces éste habla tenido la sublime grandeza que lo acompañará hasta el fin, cuando caminaba por carreteras separadas de lugares habitados, en cuyas márgenes formaban los camaradas campesinos, venidos desde muy lejos para rendir un último tributo al Precursor. Pero en este pueblo levantino que atravesamos en la primera noche del día 20 de noviembre de 1939 había un tono trágicamente firme que imprimía desconocidos tornasoles a la emoción del Cortejo. Todo Monforte estaba en la carretera; pero no sólo Monforte:. centenares, millares de campesinos habíanse reunido allí para presenciar el paso solemne. Los había de Agost, de Pozo Blanco, de Elche, de todos los pueblos de la comarca, en fin. En la plaza de Monforte se apiñaban los camiones, los «turismos», los carros, los vehículos de todas clases, y cualquier claro entre los cultivos estaba también ocupado por más camiones, por más carros y siempre por gente y más gente.
El pueblo, lleno. Y todas las casas, herméticamente cerradas, colgadas de luto, con sus balcones y ventanas cubiertos por banderas nacionales y del Movimiento, o por simples colgaduras blancas con un crespón negro, o sencillamente negras. Todo envuelto en un densa silencio, tan sólo levemente turbado por el chisporroteo de las antorchas y de las bengalas. Rotundo amasijo de silencio y luz que, derramado sobre millares de personas reunidas en el hondo homenaje al hombre ejemplar que supiera marcar rumbos nuevos a todos los españoles, daba al Cortejo caracteres exactos de visión desligada por completo de la realidad del siglo XX. Podía entonces uno creerse situado ante un cuadro maravilloso de excepcional patetismo; quizás ante una pesadilla o ante una fabulosa imaginación irreal. Desde luego, ante cualquier cosa despegada. de este mundo.
Apenas pasadas las primeras casas del pueblo, junto a una pequeña explanada, deteníase el Cortejo y se unía a él el Párroco de Monforte. Otra vez al aire los cantos litúrgicos, sobre el fondo lejano del De Profundis cantado por las Secciones Femeninas que cubren la carretera; ese De Profundis, tan grave de ordinario, que se convirtió en la carretera en un adiós lírico de las mujeres de España. Y después, pueblo adentro, entre líneas de brazos en alto, entre murmullos de oraciones, entre lágrimas del, pueblo nuestro, sobre el fondo rotundamente igual del «paso» del Cortejo.
Fué en Monforte donde por primera vez se tuvo la sensación plena de lo ultrahumano; allí, cuajado el pueblo de antorchas que hacían difícil el respirar, destacadas entre ellas las bengalas de luz intensa de que eran portadores los camaradas de la Falange valenciana, el Cortejo tuvo toda la intensidad trágica y militar que había de renovarse cada noche hasta la llegada a El Escorial. En Monforte asistieron al paso del Cortejo Pilar y Miguel Primo de Rivera; con ellos, Dionisio Ridruejo. Y en Monforte tuvieron una de sus más acusadas impresiones. Es que. aquello tenía entonces, como tuvo hasta el fin, las horas de mayor trascendencia emotiva, precisamente, en la noche.
Quedó atrás Monforte y con nosotros siguieron durante varios kilómetros centenares de aldeanos que se sumaron al Cortejo y que se unieron al rosario que se rezó aproximadamente un kilómetro después de pasado el pueblo. Por entre las luces de las antorchas me buscó una señora, ya de alguna edad. Era la madre de Juan Marco que venía á pedirme que cuidara de su hijo, ya que éste, a pesar de encontrarse enfermo, seguía con el Cortejo. La madre pedía cuidado para su hijo. Ni por un momento pidió que su hijo dejara la comitiva. Ya entonces el horario comenzaba a acuciarnos; llevábamos un adelanto sobre el previsto. Se caminaba, considerablemente más deprisa dé lo que se había calculado, y surgió la necesidad de atemperar la marcha del Cortejo al horario fijado, pues de otra manera se podían producir graves trastornos a toda la organización de relevos y de los demás servicios-radio entre otros-que habían hecho sus proyectos de acuerdo con el plan que se había facilitado. Era preciso marchar más despacio. Desde entonces se comenzó a trabajar para lograrlo, si bien hasta después de pasado Villena no había de conseguirse plenamente esa sincronización.


Con espíritu de servicio
DESPUÉS de haber ordenado la manera de retrasar la marcha-y es difícil comprender lo que cuesta andar despacio cuando se llevan a hombros cerca de trescientos kilogramos de peso-abandoné el Cortejo; volví atrás y por carreteras secundarias lo adelanté, yendo a salir a Elda poco tiempo antes de su llegada. En las calles de Elda, ya rebosantes las gentes, encontré casualmente al Jefe de la Centuria «José Antonio», Teniente Abad, que marchaba hacia su puesto de relevo; y ya entonces le comuniqué mi propósito de pedir autorización para que la Centuria «José Antonio» acompañara hasta El Escorial al Cortejo, como premio al magnífico comportamiento que venía observando. Posteriormente este comportamiento había todavía de mejorarse. Bien merecen unas líneas los camaradas de esta Centuria.
Había empezado su labor varios días antes de la puesta en marcha de toda la ceremonia, y esa labor había sido realmente agotadora. Durante más de cuarenta y ocho horas tuvieron en Alicante servicio casi ininterrumpido; ninguno de sus componentes pensó con demasiada preocupación en el descanso o en alimento. Para ellos lo único que tenía realmente importancia era la misión que se les había encomendado: nada menos que la guardia en el Cementerio. Varios, de entre ellos, sufrieron desvanecimientos; pero apenas repuestos, volvían a ocupar su lugar. Después vinieron todas las ceremonias .

Ya en Alicante me habían pedido que procurase llevarlos hasta El Escorial; les hice ver que esto no dependía exclusivamente de mí y que en puridad de principios, con arreglo al ceremonial previsto, sumisión terminaba en Almansa, al límite de la provincia de Alicante.
Pero cuando vi su conducta, cuando me hice cargo plenamente de su entusiasmo, de cómo soportaban las fatigas y las privaciones, no pude por menos de telegrafiar a Madrid, a los miembros de la Junta Política delegados para el traslado, concretamente a Ridruejo, pidiéndoles autorización para que esta Centuria fuese la guardia de honor del Cortejo en Madrid y en El Escorial. El texto del telegrama fué: «MAGNIFICO ESPÍRITU SERVICIO Y EJEMPLAR COMPORTAMIENTO CENTURIA «JOSÉ ANTONIO»
LA HACEN ACREEDORA A UNA RECOMPENSA QUE CONTANDO DE ANTEMANO CON TU ASENTIMIENTO LE OTORGO LLEVÁNDOLA HASTA EL ESCORIAL DONDE ENTRARA EN COLUMNA DE HONOR. ¡ARRIBA ESPAÑA!» Esto es lo que en Elda comuniqué a José Abad, y la respuesta no se hizo esperar demasiado. Ridruejo felicitaba a la Centuria y la autorizaba para acompañarnos hasta El Escorial. En adelante los camaradas de la «José Antonio» no sentían ni siquiera frío. Alguno caía como una pelota en las crudas noches de Sax y La Encina; pero un rato en la ambulancia y un sorbo de coñac le hacían reaccionar y nuevamente volvía a su puesto -abriendo marcha, al lado del Cortejo, tras las banderas-con su paso de siempre, con su fusil al hombro, y en un extraño brillo en los ojos. -¿Era fiebre? ¿Era entusiasmo? ¿Era voluntad de servicio? ¿Era homenaje a José Antonio? Posiblemente de todo el todo. Lo cierto ex que la Centuria «José Antonio» observó un comportamiento ejemplar, no separándose un momento de su Jefe. Su abnegación y constancia extraordinarias, a pruebas de frío, cansancio y ayuno, parecía una penitencia que ofrecían por haber acontecido en su tierra la muerte de José Antonio.
Dejando atrás Elda marché hacia Madrid. Iba tranquilo, pues sabía el Cortejo en buenas manos. Samaniego, Merlo y Casaús hubieran sido capaces de caminar hasta el agotamiento antes que permitir una anomalía. Cuando volví a reunirme al Cortejo adquirí la seguridad de que no había pensado equivocadamente. En Elda, la elegante y suntuosa presentación de la Provincial de Jaén, contrastaba con la figura polvorienta, despeinada y la cara llena desangre de uno de los Jefes de Ruta ,que, incansable, rendía con su esfuerzo de falangista en acto de servicio su mejor homenaje al Jefe asesinado.
A partir de Elda la carretera era una continua hoguera. Comenzaban éstas en el mismo pueblo, donde una Cruz de Caídos alzaba sobre el cielo oscuro la muda queja de sus brazos abiertos a todos los vientos, no se sabe bien si en protesta por el asesinato cometido o en gesto de afecto hacia los que cayeron cara al sol de nuestro amanecer. Después las hogueras seguían durante kilómetros y kilómetros. Cuando el Cortejo pasase por allí su ritmo sería más lento y hasta los corazones distanciarían sus movimientos; la sensación sería, necesariamente, un caminar entre llamas.
Quedaron al frente del Cortejo mis camaradas de Ruta, Samaniego, Merh y Casaús. Yo corría hacia Madrid para asistir a los funerales de mi pobre padre, también asesinado, precisamente tres años antes, por la misma horda que nos arrebatara a José Antonio.
CUANDO después de dieciocho horas volví a incorporarme al Cortejo, caía la tarde y éste se aproximaba al final de la provincia de Alicante; grandes núcleos de gentes de todas clases se encontraban estacionados en la carretera a bastantes kilómetros del Cortejo; les aguardaban seis, ocho, quizás más horas de espera, bajo el frío de la noche, junto a las cunetas de las carreteras; pero nada importaba. Allí había hombres y mujeres, niños y ancianos, dispuestos a esperar; habían venido desde muchos kilómetros a ver a José Antonio y nada les importaba la espera, pues era garantía de que lo verían. Todo antes que exponerse a llegar cuando el Cortejo hubiera ya pasado.
Cuatro horas largas faltaban para llegar al límite de las provincias de Alicante y Albacete, y ya en aquel lugar, donde iba a celebrarse un relevo, había más de un millar de personas. Más adelante, la carretera se colmaba de gente en los cruces de los caminos y en las proximidades de las alquerías; todos se agrupaban alrededor de grandes hogueras para combatir el frío ya intensísimo que comenzaba a sentirse. Todavía seguimos algún kilómetro adelante hasta llegar a la vanguardia del Cortejo formada por los motoristas y el coche del servicio. Envié a mi conductor a descansar llevaba cerca de cuarenta y ocho horas de ininterrumpido trabajo-, y me incorporé al Cortejo. Al frente de él seguía Samaniego. Ningún descanso había tenido este camarada ejemplar desde nuestra salida de Alicante, iba materialmente deshecho y con un suspiro de alivio acogió mi llegada, «¡gracias a Dios!, ¡creí que no iba a poder resistir hasta que volvieras! Sacando fuerzas de flaqueza, pues mis fuerzas estaban tan mermadas como las suyas o poco menos, lo envié también a descansar. Todavía me preguntó, que cuándo descansaba yo, pero le tranquilicé diciéndole que había podido dormir en el coche. Después hube de enterarme que, además de la dureza de la jornada, había sufrido una hemorragia bucal bastante intensa, consecuencia de sus encías deshechas por la avitaminosis sufrida bajo el dominio rojo. Realmente debía tener Samaniego un aspecto fantasmal cuando en la noche pasada marchaba al frente del Cortejo, con el cansancio de la larga jornada cubierta, sucio por el camino, sin afeitar y con un hilillo de sangre entre las comisuras de los labios. Cuando con ese aspecto llegó destacado al pueblo de Sax para preparar el relevo de provinciales que allí se efectuó, he tenido noticias que produjo verdadera impresión en quienes lo vieron.
Pocos momentos después de marcharse Samaniego atravesó el Cortejo un momento sumamente difícil: eran aproximadamente las ocho de la noche. Soplaba un viento helado que calaba los huesos, todavía no acostumbrados a la rudeza del frío; hacía falta verdadero espíritu, firme decisión para continuar en la tarea; y esto dió lugar a que diversos camaradas de los que formaban el grupo de portadores de turno, se rezagasen agrupados junto a las hogueras que bordeaban la ruta; así fueron quedándose atrás dos en esta hoguera, cuatro en la de más allá, tres en aquella otra. Y en un momento dado, me encuentro con que tengo dos relevos de portadores escasos. La papeleta era francamente grave, pues con dos únicos turnos no era posible pensar en continuar una marcha normal y regularla durante los tres o cuatro kilómetros que todavía nos faltaban para llegar al próximo relevo. Cierto que se hubiera podido echar mano de los camaradas que se encontraban escalonados a todo lo largo de la carretera; pero esto era demasiado importante, pues hubiera faltado selección de los mismos y deseo de todos era que sólo quien de verdad lo mereciera,, pudiera ostentar el honor de llevar a José Antonio. Afortunadamente la oportunísima llegada de los camaradas de la provincial de Alicante que venían a despedir el Cortejo al terminar la tierra de su jurisdicción, y la llegada, junto con ellos, de Mario Peña y de todos los camaradas que con él habían trabajado tan ejemplarmente en Alicante, solventó de momento la dificultad. Luis Nieto marchó a reunir a los rezagados, otros se adelantaron a buscar a los que esperaban tomar el relevo más adelante y hubo quien volvió hasta Villena a reunir otro grupo de camaradas; la consecuencia fue que a los pocos minutos existían en el Cortejo muchos más portadores de los que eran necesarios, continuándose sin la menor dificultad este trayecto y sin que en ningún otro momento volviera a presentarse dificultad semejante.
Entre tanto nos acercábamos rápidamente al relevo próximo en que la Provincial de Cádiz debía entregar el féretro a la de Córdoba, a las diez de la noche; había precisión absoluta dé llegar puntualmente; este era nuestro firme propósito, y estábamos decididos a que no se alterara lo más mínimo el horario, previsto; como llevábamos un ligero adelanto, se retrasó el paso y se hizo un pequeño alto junto a una venta de la carretera, ante la puerta de la cual ardía una pira gigantesca; durante está parada se rezó el Santo Rosario y se continuó después hasta alcanzar el relevo, al cual se llegó a las diez menos cuarto de la noche del día 21. Habíamos llegado quinté minutos adelantados.
Entre una enorme concurrencia se verificó este relevo, precisamente en el límite de las provincias de Alicante y de Albacete; en medio del campo, a las diez de la noche, con frío enorme, el terciopelo que envolvía el féretro ya blanco de escarcha, más de dos millares de personas palpitaban de emoción ante la sencilla ceremonia del relevo, con su ¡PRESENTE! en carne viva, con su triple descarga de fusilería, con sus rezos y sus cantos litúrgicos. Después, ya en la Presidencia del Cortejo el Jefe Provincial de Córdoba, se reanudó la marcha; acabábamos de entrar en la provincia de Albacete. Nos adentrábamos en tierra llana. El mar había quedado definitivamente a nuestras espaldas, con su ambiente cálido y acogedor. De ahora en adelante el hielo y la escarcha serían los compañeros de nuestras noches claras; pero nadie había de abandonar su puesto y centurias relevarían a centurias y legiones a legiones como si se tratase de un simple paseo. Durante estas horas de perfiles duros, en la noche cruda, José Antonio había de recibir el homenaje sacrificado de sus mejores camaradas. Nunca faltaría una oración; nunca los perfiles inseguros de la carretera que se adentra en las tinieblas dejarían de albergar en su seno de oscuridad una bandera rendida al paso del Precursor; nunca la luz de las antorchas dejaría de alumbrar su camino, ni el calor de las hogueras de aliviar el frío de sus portadores; tampoco faltaría una mujer arrodillada en rezo lloroso, o el camarada brazo en alto, montando guardia bajo las estrellas, al margen de sucias ambiciones para que fuera seguro el paso de su Jefe caído bajo el plomo de la horda.
La Mancha comenzaba a abrirnos sus caminos rectos, dirigidos en flecha al corazón de España; Levante terminaba. Su homenaje emocionado de tierra litoral, de arena mojada por el azul de nuestro mar, había de encontrar su gemelo en este otro homenaje que comenzaba ahora, de hombres y mujeres, de tierra adentro, de llanuras absolutas, donde el tiempo y la distancia parecen perderse colgados de lejanos y visibles campanarios.
La llanura castellana comenzaba a anunciarse. Y el Cortejo seguía su marcha ininterrumpida, de día y de noche, bajo el sol o bajo la luna y las estrellas, hacia la morada de piedra que la voluntad de nuestro Caudillo y Jefe Nacional había elegido para descanso perpetuo y honor póstumo de nuestro José Antonio.
A las diez en punto de la noche tuvo lugar el relevo de la provincia de Córdoba por la de Cádiz, precisamente en el límite mismo de las provincias de Alicante y Albacete. Un arco de laurel de grandes proporciones se encontraba precisamente en este límite y allí las jerarquías de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N.S. de Albacete llegaron a recibir también los restos de José Antonio, y hasta allí fueron a despedirlo los camaradas que, ocupando puestos de mando en la Falange alicantina, habían colaborado con tanta intensidad al buen éxito de la ceremonia y habían contribuido a solucionar con su presencia los momentos difíciles que la falta de portadores nos habían planteado poco antes.
Los sacerdotes de Córdoba cantaron un «miserere», y después- de las descargas de fusilería, oídas en esta ocasión en toda España, como también lo fueron en otras muchas, gracias a la colaboración de los servicios de Radio Nacional, cerraron la sencilla ceremonia. Y otra vez adelante, entre centenares de personas venidas de multitud de pueblos circundantes, considerablemente alejados algunos de ellos de la carretera.
Nos adentrábamos en la noche; delante del Cortejo, en vanguardia vigilante y atenta, tres camaradas de la Centuria «José Antonio» marchaban en descubierta, ordenando la ruta. Así entramos en la primera noche de frío intensísimo que atravesó el Cortejo; otras peores habían de sucederle, sobre, todo la inmediata, que fue la más cruda de todas; pero ya en esta los hielos hicieron carne en algunos camaradas que, en su mismo puesto de servicio, cayeron desmayados. Antes no habían proferido una sola queja; tampoco después. Fué tan sencillo como perder el conocimiento; recogerlos, transportarlos a las ambulancias, reanimarlos y volver nuevamente a su puesto de servicio. Fue tan sencillo como es el cumplimiento del deber en la Falange. De nada sirvieron las insistentes órdenes que se les dieron para que continuaran en las ambulancias; de nada sirvió tampoco que se les hiciera ver que su concurso no era necesario, que podía suplirse su ausencia. En el mismo momento en que se encontraron nuevamente con fuerzas para caminar, dejaron la ambulancia y volvieron a ocupar su puesto en el Cortejo. Que allí iba José Antonio y que no en balde José Antonio había sabido sacrificarlo todo por cumplir los rígidos y estrictos deberes que él a sí mismo se propusiera…
Así llegarnos, sin otra novedad, a las últimas horas de la noche; el frío era cada vez más intenso y para todos nosotros, acostumbrados todavía a la tibieza del litoral mediterráneo, se hacía casi insoportable. Seguramente sólo en muy rara ocasión fuera del traslado de José Antonio, hubiéramos continuado nuestra marcha por la carretera ateridos y agotados.
Así nos acercamos al amanecer; y con su proximidad, todavía en la noche, pero ya al filo del amanecer, pisando sobre escarcha, con el féretro completamente blanco y sobre los hombros, sobre nuestros capotes, una ligera capa de cristalitos de hielo que también los blanqueaban, tuvimos la gran lección de todo el Cortejo; la lección de los que llegaban a él-en esta noche o en otras que siguieron-tan sólo a cumplir un deber.
Filo que hiere a los escenógrafos de esfuerzos frustrados fue el cuerpo de José Antonio llevado sobre los campos de España. Promesa de seguro amanecer era aquel calor hondo de pueblo enfebrecido que acompañaba su paso. Y en la hora difícil de la noche última, al filo del amanecer de un nuevo día, formaban junto. a las cunetas de las carreteras sus amigos mejores.
Allí estaban los que sólo sabían de sacrificios silenciosos; allí acudían a rendirle sus banderas, a musitar para él sus oraciones, los camaradas de campos y aldeas que a lo ancho de España se irguieron en falanges apretadas al conjuro de sus verdades lisas, de sus exigencias rotundas. Allí todo era carne y hueso, pasión y verdad, dolor y juramento. De los que formaban a tu paso todos eran tuyos porque eran de la Patria. Unos ex cautivos; otros ex combatientes; aquéllos y éstos cautivos siempre de una gran ambición de Patria grande y aquéllos y éstos, todos, combatientes también siempre de nuestros limpios ideales. Allí nada quedaba para la galería, nada se ofrendaba a la publicidad. Por eso todos los que han visto el Cortejo en esa hora tan duramente fría del amanecer conservan en su espíritu la huella de su fiebre y la pasión de su entusiasmo. Nunca fué el paso de un hombre tan impresionante, José Antonio, como tu paso, a hombros de tus camaradas, en esa hora, todavía en tinieblas, en que la oscuridad se agarra al filo del amanecer y en que el viento helado se ciñe a todo el cuerpo.
A lo largo de diez días y de casi quinientos kilómetros has pronunciado, José Antonio, el gran discurso de tu ejemplo; en él se hablaba de virtudes silenciosas, de sacrificios puntuales, de tensión, de amor y fiebre. Pero el trémolo de tu paso era rigor de Falange austera y militar, más que nunca, cuando el frío y las ausencias atacaban a tus portadores. Dolía el hombro y el corazón de ausencias, pero los hombros se apretaban ala madera, pugnando por acercarse a ti, por estar más junto a ti, renovando promesas solemnes que antaño se hicieron en cualquier mañana clara. Entonces, los rostros curtidos de nuestros campesinos, los ojos llorosos de nuestras mujeres de aldea, adquirían él afecto tierno de las verdades más hondas. «Gloria a José Antonio, nuestro amigo» se oyó de resecos labios campesinos en una noche cruda, cuando las manos ateridas apenas podían ayudar a sostener una antorcha. Aquellas palabras salieron de tan hondo que nadie pensó en callarlas. Quienes entonces te llevaban, apretaron los dientes y miraron al cielo; era su verdad honda e íntima la que se había dicho; es que ellos eran también tus amigos, tus mejores amigos, tus buenos humildes amigos, que habían andado decenas de kilómetros, que habían abandonado las majadas, que se habían separado de sus bueyes labranceros, que habían arrinconado el azadón, para rendirte un homenaje más; el más puro homenaje que en la Falange tuya puede rendirse: colaborar en el esfuerzo ,duro, con el solo premio del esfuerzo mismo.
Al filo del amanecer, José Antonio, has vuelto a decir verdades rotundas; duras y claras como tus mejores verdades. También al filo del amanecer han estado junto a ti tus amigos mejores; duros y claros como la Falange. Teñidos de dolor por tú muerte, con, los ojos y el cerebro fijos-en un millón de tumbas que queda atrás. Y con la promesa firme de que ni tu muerte, ni la de ese millón que te da escolta y en el cual también dejaron padres, hermanos, hijos, camaradas, será estéril. También estos caídos presintieron el amanecer antes de morir, y supieron morir para que este amanecer fuera más seguro. Como lo presentiste tú mismo en aquella hora mañanera del otoño madrileño, cuando por primera vez llamaste, juntó a ti a tus camaradas, para que formasen en las escuadras estrictas del sacrificio silencioso y del deber austero.
Así, lentamente, firmemente, entre frío de noche Y calor de multitud, nos acercábamos a Almansa, después de haber sido relevada la Jefatura Provincial de Córdoba por la de Sevilla.
