Pocos textos transmiten con tanta intensidad el dolor de una despedida y la fuerza de un recuerdo como este escrito de Miguel Primo de Rivera dedicado a su hermano José Antonio. Redactado en Alicante el 20 de noviembre de 1939, tres años después de la ejecución del fundador de Falange Española, el relato combina la emoción personal de un hermano con la admiración política hacia una figura convertida en símbolo para miles de seguidores. A través de recuerdos de prisión, de las últimas palabras compartidas y del traslado de sus restos, el autor ofrece un testimonio cargado de sentimiento, fe y evocación histórica que refleja el significado que José Antonio alcanzó para el movimiento falangista tras su muerte.
Por MIGUEL PRIMO DE RIVERA
HACE tres años que nos separaron. En el frío silencio de la cárcel escuché los pasos que se acercaban a mi celda, el temible ruido de las cerraduras al abrirse, y unos hombres que entraron a decirme: «Baja para despedirte de tu hermano».
Llegué adonde tú estabas; dormías en un jergón de paja sobre el suelo. Te despertó el ruido de nuestros pasos y la luz que encendieron.
Al verme, mi semblante te lo dijo todo, y tu rostro se iluminó con la sonrisa clara y la luz de los ojos. Aceptaste el final esperado con la misma entereza con que afrontaste el principio.
Me abrazaste, y tus palabras estremecieron a los verdugos, porque era el alma la que hablaba.
Yo te dije: «José Antonio, ruega por nosotros».
Otra vez me diste la luz de tu sonrisa, y nos separaron para siempre.
Poco después, caído sobre el montón de pajas de mi lecho, oí los disparos que te mataban.
Nuestros años de hermanos, nuestros meses de cautiverio juntos, esperando la muerte,, tus palabras y tus actos pasaban en tropel por mi razón y mis lágrimas.
Pero en la angustia y en el dolor que nos ahogaban me dabas la sonrisa final, que lo curaba todo…
Continuó la guerra y, para mí, la cárcel. Días eternos encendidos de fe, noches sin fin, consteladas de: esperanzas. Se aplacaba el dolor, y una vez y otra vez, siempre, me dabas, con el recuerdo, la sonrisa que yo no comprendí.
Hace tres años que nos separaron, y hoy vuelvo junto a ti. Hoy vengo con la Falange para recoger tu cuerpo del sitio en que cayó. Y entre los brazos que se han alzado para llevarte, entre los brazos que se han alzado para estar contigo, Dios me ha dejado saber el misterio de tu sonrisa.
¡Qué bien supiste que ibas al supremo puesto de mando! ¡Qué bien sabías que tu voz iba a llegar a los hombres de camisa azul y arma al brazo!
Hoy lo he entendido todo. Sé el porqué de esta ruta en camino enemigo, donde hay que perdonar-la Falange es amor y amor es principio-, y conozco el designio de tu tumba imperial.
En la tarde azul de Epifanía, en la clara noche de estrellas y de luna, te he visto sonreír igual que en la mañana de aquel otro noviembre. Y ante el pueblo tremendo que te espera, ante los camaradas que te siguen, te digo igual que entonces: «José Antonio, ruega por nosotros».
¡Arriba España!
Alicante, 20 de noviembre de 1939. Año de la Victoria.
