— ¡Eh…, mi general: quieren hablar con usted estos cantaradas!
El Generalísimo Franco me miró, escrutador, atento. Sonriente. Estábamos en Valladolid, en alguna ceremonia, cuando faltaban muy pocos días para que se promulgase el Decreto de Unificación (19 de abril de 1937). En aquel instante no podía ni siquiera intuir que iba a permanecer casi cuarenta años voluntariamente a las órdenes de aquel hombre. Recuerdo, sí, que le sostuve la mirada y que me sugirió un pequeño aplazamiento para el encuentro. En mayo, le visité. En abril, y tras los sucesos de Salamanca, me había designado consejero nacional del Movimiento, lo cual no me impidió que empezase diciéndole:
—Verá usted: antes que nada, quiero decirle una cosa. Los falangistas no estamos acostumbrados a que nos nombren los jefes por decreto. El Movimiento Nacional puede jugar muy malas pasadas al empeño revolucionario de Falange…
El Caudillo me interrumpió:
— El Movimiento es Falange Española. Lo demás, se le suma…
— Sí, pero…
— No tema usted ni teman los jóvenes falangistas. Como jefe nacional de FET y de las JONS, seré riguroso y fiel con la doctrina del fundador, José Antonio. En la medida que España pueda ir alcanzando las metas de todo aquello que ahora pudiera parecer ilusión, esa ilusión se convertirá en realidad. Si ve usted algún día que soy infiel al servicio de la España ipie quiere la Falange, puede decírmelo.
Creo que no volví a hablar con él en toda la guerra. Puedo decir sin embargo que, a lo largo de los años, en las legítimas discusiones de gobierno, contradije en muchas ocasiones sus indicaciones. Sólo en una ocasión y en servicio del régimen tuve con él una discusión tensa, larga. Pero hay mucha tela que cortar en este relato hasta llegar a la contemplación del ocaso de un tiempo que puso a España en pie, tras dos siglos de indignas y humillantes postraciones o derrotas. Por otra parte, el Caudillo era un profundo conocedor de los hombres. Sin la trascendencia de aquel durísimo encuentro dialéctico que se registra en las postrimerías de su vida terrena, tuve otra discusión tremenda con él cuando fue abolida la obligatoriedad del saludo nacional. Todavía no comprendo cómo tuvo la paciencia de escucharme a lo largo de la mañana, durante las deliberaciones de la Junta Política y, con posterioridad, en la conversación que por la tarde mantuve con él en su despacho del palacio de El Pardo.
Pero volvamos al segundo encuentro. Esta vez, en el despacho del palacio de La Isla, de Burgos. Quiero hacer un breve paréntesis antes, para recordar que poco tiempo después de la jornada del 20 de noviembre de 1975, y cuando el clamor de los ex alcanzaba sus posiciones más delirantes, escribió Antonio Tovar un artículo en el que me aludía en una forma poco cortés, si se considera que su vinculación al falangismo fue inequívoca y conocida. Oí que decía, al hablar de mí, que en la Falange Española anterior al 18 de julio de 1936 yo era tan insignificante que no existía; o que, si existía, era en papeles secundarios, inadvertidos para la inmensa mayoría de los camaradas. Le contestó, con un admirable artículo, publicado en El Alcázar, el eminente Rafael García Serrano, que se nos fue cuando comprendió que «su» guerra había concluido hacía muchos años. Recuerdo con gratitud esta intervención, aunque en rigor, nunca dije que yo figurase en los cuadros directivos de la Falange, en cuya primera fila estarán siempre los nombres de José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos, Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda, Manuel Hedilla Larrei… y tantos otros cuya relación permanece todavía en el corazón de los supervivientes de aquella excepcional etapa de la vida española. Dicho esto, aclararé que formé parte de las escuadras del joven Movimiento desde que amaneció ante las largas llanuras de Castilla, como respondiendo a la augusta voz conocida de la historia, y que me moví en los grupos jerárquicos, cumpliendo sus órdenes e incluso aceptando, alguna vez, el ingrato deber de tomar la iniciativa. Pronto asumí funciones de mando directo, y, en virtud de ellas, se produjo mi segundo encuentro personal con Francisco Franco en el palacio de La Isla, de Burgos, en el verano de 1939. Ese día me habló de lo que había representado la contienda para España. Y de lo que tendría que representar para el futuro el ingente movimiento de paz, libertad, trabajo y justicia que había que poner en marcha.
— De momento, vamos a pasarlo mal. ¡Habrá que apretarse el cinturón y habrá que pedirle a este pueblo magnífico más sacrificios todavía! Media España está aniquilada en sus centros de producción y la reincorporación de los hombres que han luchado al trabajo y a la vida cotidiana será difícil. De vez en cuando paraba: me miraba y pestañeaba. Yo le escuchaba con una atención absoluta, particularmente cuando me dijo tras uno de aquellos silencios:
— Por otra parte, la guerra en Europa es inminente. Se levantó y, con un puntero en la mano, se acercó a un mapa de Europa y Asia, desplegado. Luego, como quien explica una lección, me dijo:
— El pacto germano-ruso durará lo que dure la indecisión de Inglaterra. Luego se romperá… Y comenzó a explicarme la guerra que estaba por venir con la rotundidad del profesor que ofrece una conferencia sobre un tema estudiado concienzudamente.
—… Alemania se verá obligada a prescindir de Rusia. Se verá obligada a prescindir de Rusia, si es que Rusia no le hace antes una jugada a la propia Alemania para intentar destruirla. La conversación terminó con una frase tremenda: —… Por último, los Estados Unidos entrarán en el conflicto, y desde ese momento se iniciará una guerra sin cuartel entre los invencibles y los inagotables. De nuevo volvió a guardar silencio.
— ¡… Ganarán los inagotables! Nunca creí que el Generalísimo pensase en la victoria germana. Hendaya es una prueba de ello, como lo fue cuanto hizo entre el 1 de setiembre de 1939 y el día en que Adolfo Hitler puso fin a su existencia en el bunker de la Cancillería de Berlín. Desde agosto de 1939, mis contactos con el Caudillo fueron más asiduos de lo que lo habían sido en los años de la contienda.
— ¿Está el señor ministro?
— No está. — Bueno, pues adiós. El ordenanza me miró:
— Por favor, ¿quién es usted?
— El capitán José Antonio Girón de Velasco, de la Tercera Bandera de Burgos.
— ¡Quédese aquí! Ahora vendrá el señor ministro. Efectivamente, Serrano Suñer tardó como diez o quince minutos en llegar. Tira de cartas y me enseña una que le escribía Martínez de Bedoya, a la sazón delegado nacional de Auxilio Social y en la que calificaba de traición la composición que se había dado al gobierno y que él atribuía a un triunfo de la CEDA. Con la carta, trasladaba su dimisión irrevocable y añadía, creo recordar: «Con mi actitud, están totalmente de acuerdo los más destacados falangistas vallisoletanos y madrileños.» Citaba a Montes, Valdés, Alfaro, entre otros varios.
—¿Qué opinas de esta carta?
—No tengo elementos de juicio suficientes para juzgarla.
— Lee esta otra. Y me larga otra del jefe provincial de Auxilio Social en Madrid. Se llamaba Teodoro Jiménez. Era el mismo texto que el anterior, pero dirigido a Martínez de Bedoya, para que Martínez de Bedoya se la mandase a Serrano Suñer.
— De esta carta ya tengo algún elemento de juicio: está dictada por el propio Martínez de Bedoya —le dije.
— ¿Vamos a dar una vuelta?
—Como quieras. La noche caía sobre la ciudad, que, con el fin de la contienda y la euforia, tan legítima como lógica, de la victoria, vivía un especial apogeo. Burgos era todavía la capital de la España liberada. El Jefe del Estado permanecía en la ciudad que registraba una ebullición como acaso jamás la vivió. El calor no era sofocante y el hecho de que el día fuera festivo mantenía concurridísimos los paseos, las calles y las plazas. En la parsimonia arrogante de Ramón Serrano Suñer tuve la sensación de que más que pasear con un joven falangista, me exhibía como quien luce a un tigre. La verdad: me sentía incómodo. Pero, de una parte, la disciplina debida al mando y, de otra, la curiosidad por ver en qué quedaba aquello frenaban el impulso de darme media vuelta y regresar a Madrid. Con lo que me había dicho de Martínez de Bedoya me sobraba para suponer que, efectivamente, el joven y eficaz delegado de Auxilio Social y de Auxilio al Combatiente había sembrado su propia cosecha de confusión sobre otros sectores de Falange respecto a la crisis en la que salieron Larraz, Benjumea, Alarcón de la Lastra… Pero la conversación seguía. Más que la conversación, puntualizaré, el monólogo de quien ya había conquistado a pulso el mote de cuñadísimo, lanzado tanto por la aparente influencia de Ramón Serrano Suñer en Francisco Franco, como por el ingenio del propio pueblo español. Total, que el ministro del Interior seguía con lo suyo, al tiempo que caminábamos por el Espolón.
— Martínez de Bedoya se ha portado peor que un radical socialista. Y por aquí no voy a pasar. Fíjate —me decía— que yo hace tiempo, al terminar la guerra, le dije a Franco: «Mi general, ha llegado el momento de hacer una crisis que dé satisfacción a todos los ex combatientes, que justifique, en lo puramente personal, el enorme esfuerzo realizado por todos ellos, la sangre vertida, las calamidades. Creo que debes hacer una crisis en la que primen los nombres más gratos y cercanos a la juventud que ha luchado durante tres años para sacar a España adelante…»
Serrano hacía de vez en cuando pequeñas pausas, como pidiéndome, sin pedirlo, mi asentimiento. Yo guardaba silencio, aunque sin perderme un ápice de sus palabras ni de sus gestos.-
—Ya sabes cómo es el general —insistía el ministro del Interior—. No me dijo ni una sola palabra. Pero yo a los pocos días insistí en el tema y entonces me contestó: «Prepárame una lista.» Y le di la lista que ha salido, con la sola excepción de Martínez de Bedoya. Cuando confeccionaba la relación, llamé a Martínez de Bedoya y le dije: «Bedoya, hay que sacrificarte y tú tienes que hacerte cargo de los Sindicatos.» «¡De ninguna manera!», me contestó. Y añadió «Yo, para actuar en política, necesito tener en la mano los resortes de mando o no acepto…» «¡Si es que no me dejas terminar! Escucha: no seas impaciente, hombre. Tienes que hacerte cargo de los Sindicatos.» «¡He dicho que no!», insistió. «Escucha: he dicho de los Sindicatos y a la vez del Ministerio de Trabajo.» Bedoya abrió los ojos y me contestó: «¡Ah! Eso ya es otra cosa…» La conversación empezó a interesarme. Le escuchaba por encima del espectáculo de aquel Burgos repleto, festivo, feliz.
— Empecé a trabajar en la lista de gobierno. Martínez de Bedoya me hizo un organigrama del Ministerio de Trabajo y Acción Sindical. Entonces él y Albujan incluyeron algunas correcciones sobre el esquema vigente durante la gestión de Pedro González Bueno. La verdad es que quedó bastante perfeccionado y se marchó a Madrid en espera de noticias. Pero, mira por dónde, se le ocurrió al general don Juan Vigón ir a visitar al Caudillo. Se trataba de una visita de amistad, sin otra trascendencia. Pero Franco aprovechó la presencia de don Juan Vigón y le explica: «Mira, hacía falta crear el gobierno de la victoria; es decir, tenía que hacer una crisis para que el gabinete pudiera encauzar, ya en la posguerra, todo el esfuerzo de la juventud combatiente. Tengo aquí los nombres —le dijo Franco a Vigón— y me gustaría que te llevaras la lista para estudiarla y que me dieras tu opinión.» «De ninguna manera, mi general —contestó Vigón al tiempo que añadía—, lo que tú hagas, para mí está bien hecho.» Hubo un pequeño forcejeo, pero ya conoces a Franco. «Tú llévate esta lista, la estudias y, si encuentras algún reparo, me lo dices.» Vigón siguió resistiéndose, pero al final aceptó. Luego de leerla detenidamente, le hizo una objeción que a mi modo de ver —me decía Serrano Suñer— tenía mucho sentido común. Era ésta: ((Todo me parece perfectamente, mi general. Es gente capacitada, preparada y que ha demostrado el suficiente valor. Si acaso te diría que no me parece demasiado acertado el poner a Martínez de Bedoya, con sus veinticuatro años, en el primer gobierno de la paz. Quiérase o no, éste será el primer gobierno de los combatientes y este chico no ha pisado un frente. Ni ha oído un tiro. ¿No crees que puede ser como una bofetada para todos los que se han jugado la vida? No quiero decir con esto que la labor realizada por él no merezca ese puesto, pero a mi entender es lo suficientemente joven y tiene tiempo de esperar.»
La razón del general don Juan Vigón era evidente. Eso no tenía que explicármelo Serrano Suñer. Por eso comprendí que 110 se le pudiera objetar nada. De nuevo Serrano me sacó de mis pequeñas cavilaciones.
— Pues, fíjate, le llamé y después de ensalzar una y otra vez su labor de auxilio a las poblaciones liberadas, su extraordinario sentido de la organización, e incluso de añadir por mi cuenta y, por suavizar las cosas, que yo no compartía la tesis de los militares, según la cual primero había que demostrar valor y luego ser ministro, me dijo: «¡Claro, lo que ellos querían es que yo fuera a la guerra! ¡Pues ni a ésta, ni a ninguna otra iré jamás!»
El ministro del Interior siguió paseando, pero en silencio. Yo no decía ni una sola palabra, pero al cabo de un buen rato siguió:
— En aquella ocasión le disculpé. Fue una actitud de soberbia, pero en cierto modo me pareció comprensible. Pero de pronto recibo esta carta que te he enseñado. Esta carta la va a hacer circular y yo te aseguro que a este miserable le meto en Fuerteventura hasta que se pudra. Llegábamos a Las Garitas. Me paré y le dije:
— ¿Tú para qué me has llamado? ¿Para contarme esto o para que te dé mi opinión?
— Para decirte la verdad e informarte.
— Ni tú ni nadie va a convencer a los falangistas de que esto que tú haces no es un atropello…
— Estoy dispuesto a ir uno por uno, si fuera preciso…
— Eso no lo vas a hacer. ¿Mi consejo? Que te olvides de Martínez de Bedoya. Yo me figuraba que me iban a nombrar algo y tal y como estaban las cosas me dije: «¡Uf, me marcho!» Así que por la mañana, me acerqué a ver a Serrano Suñer para despedirme: «Como tengo que cerrar las nóminas de la compañía, me voy.» Le dije esto, como le podía haber dicho que me quería comprar un dirigible. Fue lo primero que se me ocurrió. El ministro del Interior me miró a los ojos con cierta angustia.
— ¡Hombre! ¿No puedes esperar un poco?
— No. Ya no puedo esperar más. Si no quieres nada…
Y tras cuadrarme respetuosamente, me di la vuelta y me marché. Lo que no sabía yo es que en Madrid me estaba esperando la Guardia Civil. Pararon el coche y, tras saludarme, el oficial me dijo: «Vuelva usted inmediatamente a Burgos. Preséntese al general don Agustín Muñoz Grandes.» El general Muñoz Grandes había sido nombrado en aquellos momentos ministro secretario general del Movimiento. Total: di media vuelta y volví a Burgos. Creo que serían alrededor de las nueve de la noche cuando entré en el edificio, al tiempo que salía el ministro.
Se paró y me miró:
— ¡A la orden de vuecencia: se presenta el capitán de infantería José Antonio Girón de Velasco!
— ¡Ah! ¿Es usted Girón?
—Sí, señor.
—Venga conmigo. Echamos a andar por los soportales para ir a cenar al hotel Condestable. Y allí me dijo:
— Usted está nombrado delegado nacional de Ex combatientes.
—No, señor —respondí.
— ¿Por qué?
—Sencillamente. Creo que voy a servir mejor a la Falange sin ser delegado nacional de ex combatientes. Muñoz Grandes, enjuto, cetrino, de mirada inquisidora, contestó:
— Muy bien. Le voy a dar la oportunidad de satisfacer su deseo. ¡Péguese un tiro!
— No me resulta financiera su proposición: acepto.
Me volví para Madrid. Pero antes fui a Valladolid, donde Rivero Meneses, a la sazón gobernador civil, Luis González Vicens, y algún otro, estaban preparando un tinglado de abrigo, incitados a ello seguramente por la interpretación que de la crisis les había ofrecido Martínez de Bedoya o las personas que Martínez de Bedoya puso en circulación con tal fin. Me dijeron, sin rodeos, que no aceptaría nadie ningún cargo, como protesta. Me hablaron de solidaridad. De unidad. De fortaleza. O sea, que el que aceptase un cargo del flamante gobierno quedaba desterrado de los contornos afectivos e ideológicos de Falange Española. Los escuché con toda atención. Cuando se cansaron de hablar, les dije:
— Pues yo ya he aceptado. He sido nombrado delegado nacional de ex combatientes. Ahora bien, como no quiero llevaros la contraria, vamos a resolver el asunto en un momento.
Me levanto y me doy media vuelta, echo a andar y entonces me pegáis un tiro por la espalda y asunto concluido.
Naturalmente, no me pegaron ningún tiro. González Vicens me pidió, incluso, que le acompañara a ver a Ramón Serrano Suñer para que le desmilitarizara. Acepté y le presenté a Serrano Suñer.
Entonces se sacó de la manga una historia truculenta según la cual yo le había denunciado ante don Agustín Muñoz Grandes. La historia era, más o menos, que advertí al ministro secretario general del Movimiento de que Luis González Vicens estaba preparando una rebelión de la Falange. Como nunca fui amigo de las medias tintas, aproveché que en octubre iba una comisión de Valladolid a la Secretaría General del Movimiento, para, cuando estaban todos reunidos, en presencia de Muñoz Grandes, interrumpir el protocolo y decir:
— ¡Perdón, mi general! Como todos los aquí reunidos somos de Valladolid, yo quisiera rogarle, si no le sirve a usted de molestia, y si lo considera oportuno, que conteste a esta pregunta: ¿En algún momento he denunciado ante usted a algún falangista de Valladolid o de cualquier otro lugar?
Don Agustín Muñoz Grandes quedó realmente sorprendido.
— Pero ¿cómo dice usted eso?
— Simplemente para que lo sepan estos señores.
