A las seis menos cuarto de la mañana del día 22 llegó el Cortejo a Almansa, con hora y cuarto de adelanto sobre el horario previsto. Es curioso que precisamente en las horas de la madrugada era cuando más deprisa se caminaba y cuando casi siempre se adelantaban los horarios; la razón es tan sólo una: el frío. El frío que hacía andar más deprisa a los camaradas portadores y que no aconsejaba el rezo dé rosarios o el canto de ritos funerales, para que no se hiciera más duro de lo que ya, era formar en el Cortejo. De día, o en las primeras horas de la noche, cantos litúrgicos y rosarios influían en gran medida en la marcha parsimoniosa del Cortejo; pero en la madrugada había que tender a marchar con cierta rapidez, para que el esfuerzo continuado e intenso hiciera olvidar un poco la dureza de la hora y del frío.
Almansa rindió un homenaje impresionante-uno más-a los restos de José Antonio; a pesar de la hora intempestiva a que se llegó, a pesar de la hora y cuarto de anticipación sobre el horario previsto con que se entró, en el pueblo, éste se encontraba materialmente cuajado de gente; de gente de Almansa y de gente llegada también de todos los pueblos limítrofes y de algunos bastante distantes. En noche cerrada, y ante una Iglesia derruida por la horda roja, se rezó un responso por el clero local y después se marchó, entre una multitud enorme y sobre un piso materialmente cubierto de hierbas silvestres, a otra Iglesia, ésta ya en buenas condiciones, donde se cambiaron las andas y se cantó un funeral. Ya de día, terminada la ceremonia religiosa, de nuevo a la carretera, no sin antes haberse efectuado el relevo de Provinciales, entregando el féretro la de Sevilla y haciéndose cargo de él la de Huelva.
Desde ahora, en las andas, dieciséis camaradas en lugar de los doce que habían conducido el féretro hasta Almansa. Precisamente el cambio de andas obedeció a una doble necesidad: por, una parte a construir unas andas más ligeras, que aminorasen el peso del túmulo que se elevaba a unos trescientos kilogramos; y por otra, a que siendo las andas de más longitud, fuera posible que entraran en cada uno de sus brazos cuatro camaradas en lugar de tres, con lo cual eran dieciséis los portadores en lugar de doce, disminuyendo con esto notablemente la cantidad de peso a soportar por cada uno de ellos.
A la salida de Almansa, ya en pleno día, el Cortejo se detuvo unos instantes ante un paso a nivel cerrado. Un mercancías pasó-todavía un poco más lentamente que a su marcha ordinaria-y todos los obreros rindieron un cálido homenaje a, José Antonio, asomados a portezuelas y ventanillas, saludando brazo en alto. Allí unos trabajadores, tinos hombres de esta España callada y laboriosa, rindieron su homenaje al hombre sencillo, cordialmente entrañable, que supo marcar desde sus años jóvenes los caminos del futuro de nuestra Patria, como los railes marcaban en aquel instante su camino a la locomotora que arrastraba el tren.
Carretera adelante se van desgranando los kilómetros; ya apenas hay novedades, ajustado todo dentro del ritmo seguro y escueto del Cortejo, sin que ocurran imprevistos. Tan sólo nos angustia de cuando en cuando el tiempo; no porque falte, sino porque sobra. Se llega con puntualidad a los relevos, gracias, entre otras cosas, al concurso de los sacerdotes, a sus rezos y a sus cantos que emplean aproximadamente una hora en cada trayecto.. En un telegrama a Ridruejo pido autorización para entrar en Madrid antes del horario previsto. El texto del telegrama fué: «CORTEJO AL MANDO DE LA PROVINCIAL DE CACERES SE APROXIMA A BONETE. TENEMOS QUE FORZAR EXTRAORDINARIAMENTE PARA NO ADELANTAR SOBRE EL HORARIO PREVISTO Y AUN ASI A VECES NO LO CONSEGUIMOS. RUEGO ME AUTORICES PARA LA ENTRADA EN MADRID EN LA MAÑANA DEL DIA VEINTIOCHO Y LA CEREMONIA DE EL ESCORIAL PARA LA MAÑANA DEL DIA VEINTINUEVE. TODO SE. DESENVUELVE NORMALMENTE CON MAGNIFICO ESPIRITU Y HONDA EMOCION. CONTESTAME A LA ESTACION MOVIL DE FALANGE DE TELEGRAFOS. EN RUTA. ¡ARRIBA ESPAÑA!» Pero las ceremonias de Madrid y de El Escorial iban demasiado adelantadas para que se pudieran introducir modificaciones en el horario previsto. Teníamos, pues, que seguir a la misma marcha. Liso, sencillo, llano, igual, kilómetro tras kilómetro, hora tras hora, pasa el día; ya de noche, en Bohete, relevo y rosario en su pequeña Iglesia lugareña; paredes desnudas en este templo campesino que todavía quieren recordar el paso de la horda; silencio impresionante en todas las gentes y murmullo recatado de hondas oraciones, tanto dentro como fuera del templo; que si éste estaba lleno, lleno también estaba el pueblo todo. Y luego entre el lejano, por tan próximo, De Profundis de las Secciones Femeninas, entre antorchas otra vez, en marcha carretera adelante, adentrándonos en el frío de la noche, y cada vez un poco más cerca de nuestro destino último.
Así entramos en la noche más dura de todas las que tuviera el Cortejo. Dejamos Bonete a nuestra espalda y nos acercamos a Villar de Chinchilla, adonde habíamos de llegar a las tres de la madrugada. El frío fué intensísimo; nunca hizo tanto o nunca, por lo menos, lo sentí como aquella noche; varios camaradas cayeron sin conocimiento pero pronto se reanimaron y pronto volvieron a ocupar su puesto en
el Cortejo; en plena noche, en medio de una carretera, otro episodio. Dos sacerdotes, jóvenes los dos, pidieron se les permitiera llevar las andas. Era tanto el interés que ponían en su demanda, tenía tanto sentido de homenaje póstumo su petición, que accedí a ella sin vacilar; no sé demasiado si hice bien o mal, si mantuve o quebré el ceremonial del traslado. Pero allí habla calor hondo, había voluntad serena, veneración a José Antonio; y revestidos, llevaron unos centenares de metros las andas, en la cabecera de las mismas. La noche ya en madrugada se hizo un poco más clara. Y después, cuando dejaron su puesto al ser relevados, supe de persecuciones, de cárceles y de sacrificios de todas -clases, vencidas por aquellos sacerdotes. De aquellos dos sacerdotes jóvenes que en medio del campo y de la noche pudieron llevar el cuerpo de José Antonio sobre sus hombros, y en los cuales, bajo las vestiduras sacerdotales, se adivinaba una limpia camisa azul, cuyo cuello-¿indiscreto?-se insinuaba ligeramente.
En Villar de Chinchilla, a las tres de la madrugada del día 23, tiene lugar el relevo de la Provincial de Teruel por la de Huesca. Sencillo relevo, en medio del pueblo iluminado y desvelado, que había sido también capaz, como todos, de no dormir y de hacer todo cuanto estuvo a su alcance para que el paso de José Antonio revistiera mayor solemnidad. En la Casa Cuartel de la Guardia Civil tuvo lugar la firma de actas y otra vez, entre hileras de, antorchas, a la carretera, en demanda de Chinchilla adonde habíamos de llegar a las doce no sin que antes se hubiera hecho cargo de las andas, a mitad del camino, la magnífica Falange de Navarra y al frente de ella el camarada Correa Veglisón.
Un kilómetro antes de Chinchilla-Chinchilla de Montearagón-nos esperaba Jesús Muro al frente de sus falanges zaragozanas, vieja guardia todos, ex combatientes todos, mutilados muchos, exponente claro y rotundo todos ellos de las verdades trascendentales de la Falange. No habían sido capaces de aguardar en su relevo F se había adelantado casi un kilómetro a él formando en medio del campo para esperar la llegada del Cortejo. Sin ninguna novedad se celebró el relevo y, ya Muro al frente del mismo se incorporó a él, abriendo marcha la Falange Montada de Pozo Cañada, que había dé marchar hasta Albacete. Esta era la etapa más larga de todas las que habían de cubrirse; tenía quince kilómetros; es decir, la distancia entre Chinchilla y Albacete, pero se prolongó hasta dieciséis kilómetros, pues el relevo se tomó antes de Chinchilla. Y en Chinchilla tuvo el Cortejo uno de sus momentos de mayor emoción: se seguía la carretera, atravesando al pueblo; a un lado y otro una densa cobertura de la carretera por la segunda línea local; el pueblo lleno, todas sus gentes al sol radiante de aquella mañana clara; un silencio absoluto en el que sólo destaca el paso escueto y firme de los portadores… A una ventana, abierta y sola, llega corriendo una chiquilla; advierte la presencia del féretro y, en la misma ventana, vuelta la cabeza hacia el interior de la casa, grita con su voz niña: «¡Madre, madre, que pasa José Antonio! Todos los ojos se volvieron hacia aquella chiquita y en más de uno asomaron las lágrimas. Porque en verdad José Antonio, más presente que nunca, pasaba…



Albacete
ASI un día de marcha-desde las doce a las veinte- había de llevarnos a Albacete. Albacete que bien merece, unas líneas especialmente dedicadas a él. En primer término destaca la labor de los camaradas de esta Provincial. Todos ellos, empezando por el propio Jefe Provincial, camarada Lozano, hicieron cuanto les fué humanamente posible para contribuir al éxito del Cortejo. De magnífico espíritu, desarrollaron una actividad extraordinaria y fueron los mejores colaboradores del Jefe del sector, Enrique Samaniego, al que resolvieron infinidad de problemas y dificultades.
Ya una representación de ellos había salido a recibir al Cortejo en el límite de su provincia., Después el Gobernador Civil y las Jerarquías del Movimiento fueron a recibirlo a Almansa. Y en todo momento, la Falange de Albacete dió muestras de su magnífico espíritu de colaboración y demostró que no le dolían sacrificios ni sinsabores cuando del traslado de José Antonio se trataba. La llegada del Cortejo a Albacete fué realmente magnífica. Era la primera población importante que atravesábamos y aunque los pronósticos no podían ser más halagüeños, la realidad los superó en gran medida. El Cortejo marchaba precedido por la Falange Montada de Pozo Cañada, provista de antorchas. Desde cinco kilómetros antes de llegar a Albacete la carretera estaba materialmente llena de gente, todos con antorchas, y el campo en su parda llanura, aparecía con profusión de hogueras. La configuración del terreno, abierta llanura, producía un efecto realmente impresionante, siendo el cuadro un conjunto de luz y tinieblas difícil de narrar e imposible de reproducir. Allá en lo alto, con sus perfiles desvaídos en la prima noche, pero con la seguridad presento del rombar de sus motores y sus haces luminosos esparcidos sobre la carretera, aviones de España se llegaba al Cortejo para recoger sus oraciones y acercarlas al cielo.
Orden perfecto; silencio emocionado y absoluto; antorchas, muchas antorchas; hasta los niños más pequeños las llevaban. Así llegó el Cortejo hasta el parque de Albacete, donde el lugar del relevo, tibiamente iluminado por una luz verdosa, repleto de hachones mezclados con los árboles, tenía caracteres de leyenda. A la ocho y media, Muro invocaba el nombre de José Antonio y Lozano contestaba su ¡Presente!. Albacete se había hecho cargo del féretro. Desde allí, a través de las calle de la población, más atestadas de gente que la carretera hasta la Jefatura de Falange, su fachada cubierta por una gran bandera; y tras un responso, otra vez en marcha hacia la Iglesia de San Juan donde el féretro permaneció doce horas, hasta la mañana siguiente, permanentemente custodiado por Jerarquías y Falangistas, unidos todos el esa sencilla igualdad ante la muerte que ha sido una de las más acusadas notas del traslado de José Antonio. Ante el féretro, rindiéndole honores, desfilaron dos Compañías del Ejército y las Organizaciones del Movimiento unas y otras en el más absoluto y profundo silencio. Durante toda la noche oró la Sección Femenina ante e cuerpo de José Antonio. De cuatro y media a seis se rezaron misas. Nuestra Señora de los Llanos se hacía más tierna…
A las ocho de la mañana, después de un funeral a que asistieron todas las Jerarquías provinciales del (falta del original)
Por el ancha Castilla
DENTRO de la normalidad más absoluta se hizo la jornada; relevo tras relevo llegamos a La Roda a las dos y media de la madrugada. Habíamos pasado La Gineta, donde el sentir hondo y pensar sencillo del Párroco y de las autoridades locales y del Movimiento se vió recompensado por el éxito; y se habían sucedido en los relevos las provincias de Albacete, Tarragona, Barcelona y Gerona. Lérida debía hacerse cargo dé la Presidencia del Cortejo en la Roda. Magnífico este pueblo, materialmente cuajado de antorchas que se encendieron en tan gran profusión que se hacía difícil respirar, y en el que hubo un ligero incidente, sin la menor consecuencia por otra parte, motivado por un chiquillo que encendió una bengala junto a un depósito de gasolina. La luz azul y el sonido de la bengala ardiendo, destacando sobre la luz rojiza de las antorchas y el silencio del relevo, hizo creer a alguien que se había inflamado el depósito de gasolina. Afortunadamente esto no había ocurrido y tras una ligera alarma en las masas de público que asistían al relevo, éste terminó, y el Cortejo subió a la Iglesia del pueblo, donde, tras un responso, continuó su camino. Sin nada nuevo se continuó adelante. Se dejó la tierra de Albacete para entrar ya en tierras de Cuenca. Minaya quedó atrás y con ella el Provencio, Las Pedroñeras, El Pedernoso y Mota del Cuervo fueron sucesivamente transitados por el Cortejo en medio del mayor concurso de multitudes, en tanto que Álava, Guipúzcoa, Vizcaya, Santander, Asturias y Lugo se relevaban en su escolta al Fundador. En campos de Mota del Cuervo se rezó la misa del domingo por el canónigo de la Catedral de Cuenca, don Juan García Plaza, en un altar improvisado en medio del campo, dando vistas a llanuras absolutas que cobraban calor de leyenda cuando se recordaban proféticas palabras de José Antonio; de este mismo José Antonio que ahora las atravesaba a hombros de sus camaradas en su último viaje a través de las tierras de España, por la que fué capaz de sacrificarlo todo.
A la entrada de la Mota se hace cargo del Cortejo el Jefe Provincial de Cuenca, camarada Alegría. La Mota tiene emoción honda; allí hay Falange que recuerda el andar dé José Antonio… Por aquí pasó en un mayo templado; en esta casa entró; habló allí, saludó allá…
Tras una breve detención en la Iglesia de Mota del Cuervo, otra vez carretera adelante a hombros de la Falange de Cuenca, en demanda ahora de las tierras toledanas. En la venta de Don Quijote, donde Alonso Quijano velara las armas, entre Mota del Cuervo y Quintanar de la Orden, relevó la Falange de Ciudad Real a la Falange de Cuenca. Junto al relevo, un indicador de carretera marca «A El Toboso». Una gesta española pasaba ante otra. Don Quijote y José Antonio se saludaban allá arriba, junto a alguno de los luceros que parpadeaban de emoción.
En cualquier trayecto, al paso del Cortejo y a un lado del camino, un labriego de rostro moreno, arrugado, vestido con ropas pardas que se confunden con la tierra recién arada, levanta el brazo con cierta timidez; no lo hace bien, no es esto lo suyo. ¡Es tan viejo! Ni él mismo queda conforme; por eso cuando se acerca el Cortejo con la mano izquierda se quita, además, la gorra. Y sin embargo, aún se le ve indeciso. Por fin, cuando José Antonio pasa, se olvida de todo y vuelve a lo suyo; a lo que ha vivido durante tantos años, a lo que le enseñara su madre; súbitamente se deja caer de rodillas y hace la señal de la cruz. Es entonces, precisamente entonces, cuando su persona adquiere toda la grandeza seca y emotiva de Castilla. Es entonces, precisamente entonces, cuándo se tiene la prueba irrefutable de que José Antonio y su Falange han calado hondo hasta la misma entraña de nuestro pueblo.
Muy bien la Falange de Cuenca y magnífico el Jefe Local de Mota del Cuervo, que tuvo una intervención activísima en la preparación del Cortejo en tierras de su provincia, y cuya gestión sirvió para dar descanso y tranquilidad a los Jefes de Ruta que sabían que, ocurriera lo que ocurriera, el Jefe Local de la Mota cumpliría aquello a que se había comprometido con toda puntualidad.
Unas líneas para la Falange de Ciudad Real, la que más aportó al Cortejo en proporción a sus medios y los desplazamientos que tenía que realizar y que cubrió totalmente de hombres y antorchas el trayecto que le correspondiera hasta Quintanar de la Orden.
Otra vez atravesando pueblos, entre multitudes fervorosas, entre rezos y lágrimas, entre antorchas y brazos en alto, camino ya de Madrid. Uno tras otro, Quintanar, Corral de Almaguer, Villatobas, Ocaña, Aranjuez. Los relevos comienzan a, ser plenamente próximos; ya están, Toledo en los portadores de andas y Madrid en la escolta armada; ya unos y otros son madrileños.
Entre Corral de Almaguer y Villatobas tuvo lugar un relevo, en el cual intervinieron, por primera vez, los portadores de la provincia de Toledo; hasta allí habían llegado los portadores de la de Cuenca. También allí intervinieron por primera vez las Centurias madrileñas, las viejas Centurias de la Falange madrileña de antes de la guerra, reconstruidas en lo posible para estas jornadas, dando escolta armada a su gran camarada.
Todos los pueblos que se traviesan se vuelcan en entusiasmo silencioso; no hay una sola voz y, sin embargo, quizás por eso, la emoción es honda como en ningún lugar u ocasión. Son pueblos que saben bien de persecuciones y de horrores; son pueblos en los que se cebó despiadadamente la horda roja. Por esto quizás tienen un estilo más seco, más austero y al mismo tiempo más hondo, al sumarse al duelo de José Antonio. Como aquél de Villatobas, quizás el pueblo que proporcionalmente más ha puesto en este Cortejo sin precedentes. En este pueblo de Villatobas todas las autoridades locales y del Movimiento, igual que su Párroco, desplegaron el mayor celo y actividad para que el Cortejo tuviera en su tránsito la mayor solemnidad. El éxito coronó sus esfuerzos… Y cuando en pleno rosario, ante la modesta capilla, ten avión lanzaba sus focos en vuelo bajo, sobre el féretro, se adivinaba una casualidad decretada por la Providencia para que la satisfacción de aquellos modestos vecinos fuese más completa.
Después de Villatobas, toda vestida de cal nueva y de paños de luto, Ocaña, con su activo Jefe Local, cubierto el pueblo de banderas y flores. Después el camino de Aranjuez. Falanges suceden a Falanges, y Orense, Pontevedra, La Coruña, León, Palencia, Zamora, Valladolid -¡viejas J. O. N. S.!-, Guadalajara y Toledo sienten en los hombros de sus camaradas el cuerpo de José Antonio.

Junto a las aguas del Tajo
ES ya mañana bien entrada cuando desde la cumbre de los contrafuertes que mandan en el caminar del Tajo, se enfrenta el Cortejo con Aranjuez. Bruscamente, tras una vuelta de la carretera y una pequeña cuesta, aparecen los jardines reales, los palacios y el brillar de las aguas. Desde aquí ya cuesta abajo, hasta la misma plaza de San Antonio, donde se efectúa el relevo. Aranjuez, frívolo, fácil, palaciego y amable tiene hoy perfiles austeros, escuetos, castrenses y monacales; ha olvidado su papel de Real Sitio, y es espectador emocionado y par. ticipe solemne del Cortejo que lleva a José Antonio hasta su lecho de piedra segoviana, allá en los altos de San Lorenzo.
Después del relevo, a hombros de la Falange toledana, entre piedras solemnes y fuentes claras, junto a verdes aguas y amarillas hojas secas, el Cortejo sigue adelante, a ganar el Tajo primero, a subir después la Cuesta que le ha de abrir los, caminos de la altiplanicie madrileña.
Escena cuajada de honda significación el paso de un puente en construcción a la salida de Aranjuez, sobre el Tajo, dando cara a la cuesta de la Reina. Allí los trabajadores pidieron llevar a José Antonio, sobre las tablas mal seguras del puente provisional, el hombro en el anda, en la mano la herramienta, el Cortejo, obrero y militar, es la respuesta de nuestra España imperecedera a quienes habían destrozado a José Antonio y habían hecho volar las recias piedras del puente sobre el Tajo. Signo inequívoco del paso de la horda, las piedras removidas, los sillares deshechos, los cuerpos destrozados; y signo de la Nueva España este poner piedra sobre piedra, este avanzar por los caminos de la Patria a paso lento, pero seguro, inexorable, como nuestros destinos eternos, parsimonioso en la evidencia de metas próximas.
Atrás queda Aranjuez; en las andas los camaradas de Toledo; en la escolta, aquellos otros de Madrid. Unos y otros con recuerdo de dolores infinitos en las almas y cicatrices de heridas en los cuerpos. Vieja guardia todos; hombres que supieron ser voluntarios para una escolta de luceros en aquellos días en que casi todos habían perdido el pulso de España y que atinaron en su papel de levadura de este pan nuestro de Victoria.
Así nos enfrentamos con la Cuesta de la Reina, la última para Madrid, la de la tierra arada por las trincheras que ya se desmoronan. De ahora en adelante el Cortejo entrará en tierra donde es palpable el zarpazo doloroso de la guerra. Hasta ahora estuvo caminando por tierras que vivieron la dominación roja en toda su trágica duración. De ahora en adelante marcharemos por entre tierras de primera línea, sacudidas por la guerra, y junto a casi todos los hombros de los camaradas, del Cortejo, aparecerá también un ángulo plateado. Las viejas centurias de las horas primeras están en sus puestos. Grandes claros en sus filas señalan tributos de sangre a la Victoria española. Centurias de treinta hombres y a su mando José Antonio. Así es la Falange. Y delante la carretera abierta y limpia, marcando un camino en cuyo tránsito no se puede desfallecer, de la misma manera que nuestros Caídos jalonan el camino que inexorablemente hemos de cubrir guiados por el pensamiento claro y la mano segura del Caudillo nuestro.
EL Cortejo está al pie de la Cuesta de la Reina; toda ella cubierta densamente, casi hombro a hombro; allí forman Falange, C. N. S., Secciones Femeninas y Organizaciones Juveniles. Todo el campo está lleno de gentes; vinieron hasta aquí en trenes, camiones, automóviles, coches, carros labrantines, carretas y acémilas; muchos, muchísimos, vinieron también a pie, que José Antonio sólo una vez en la vida había de estar sobre las carreteras de España. Más de quince mil personas en los márgenes de la Cuesta de la Reina y aprovechando sus recodos, sus desniveles, para alcanzar a ver durante más tiempo el Cortejo. Estamos en tierras de combate, en las que se luchó duramente, y en las que durante meses y meses se alzaron frente a frente las trincheras enemigas; hoy todo es unidad; y un chiquillo destaca su silueta sobre una peña, en la que quizás un día estallaron los obuses o que fué utilizada, como puesto avanzado de vijías, y racimos de gentes coronan los cabezos que tantas balas oyeran silbar.
Lentamente se inicia la subida; paso a paso se gana la primera curva… luego la segunda… después la tercera y así hasta el final; unos aviones, cruces que, colgadas del cielo se acercan desde el horizonte, vuelan sobre el Cortejo y dejan caer flores,, en lluvia de paz y homenaje. Las Secciones Femeninas cantan el De Pro f undis y el Cortejo lento, parsimonioso, va camino del último ocaso antes de Madrid. La noche está cada vez un poco más cerca; ya se termina la subida, ya la Falange toledana entrega las andas a la Falange de Mallorca; ya los perfiles se hacen vagos, inseguros, y las hogueras abren al cielo sus rosas de fuego vivo.
Ha terminado la Cuesta de la Reina; estamos ya en la altiplanicie madrileña, de cara a la capital de España; atrás quedan trincheras que la paz ha de convertir poco a poco en surcos; y junto a las camisas
viejas de la más vieja Falange, forman esos otros camaradas ejemplares cuyas camisas se han hecho tan viejas como la que más, al teñirse en sangre de héroe, en sangre de sus propios dueños, porque así lo necesitaba la grandeza de España que les subía desde el corazón y que los lanzaba al combate con serenidad de quien sabe, que aun muriendo, ha de seguir en vida en los destinos de su Patria. La puesta del sol confunde también las ropas de Falange con las ropas campesinas; estas pobres, humildes ropas, que se acercaban silenciosas al borde de la carretera y que de rodillas en sus cunetas ven pasar el cuerpo del hombre que como nadie las comprendió y que como nadie supo hablarles el lenguaje hondo que llega hasta el corazón.
Siguen llegando al Cortejo Autoridades y Jerarquías; a estas horas todas han pasado por el Cortejo; y en ese «todas» comprendemos una enumeración que necesariamente sería incompleta si se quisiera hacer individualizada. Varias veces en el Cortejo Serrano Súñer y varias también Muñoz Grande, Gamero y Finat. También en esta tarde de vísperas se llegan al Cortejo los camaradas que estuvieron al frente de la Falange del Madrid rojo y que bajo la dirección política de Alfaro y Valdés supieron jugar bravamente la partida de la muerte; con ellos, junto a ellos, y tras el féretro de José Antonio, caminan también aquellas legiones abnegadas y heroicas que cerra. ron los ojos bajó el contacto mortal del plomo de los asesinos…
Entre hogueras y antorchas, siempre adelante. La carretera se hace estrecha, tantos son los coches que a ella llegan; tan sólo gracias a la, rígida disciplina del Cortejo se mantiene libre el camino; y toda esta disciplina fue necesaria, aunque también es verdád que fue suficiente. Llega el Cortejo a Valdemoro; hay un nuevo relevo; ahora, bajo las andas, la Falange de Salamanca, con su carga de recuerdos y de luchas. Han pasado ya definitivamente las horas de luz y atrás, muy atrás, quedaron las tierras con olor a mar; los campos de Madrid, también castellanos, se abren ante el Cortejo y una escuadra de fusiles sigue al frente del mismo, empujando tinieblas y distancias. Uno a uno se van ganando los kilómetros y Aladrid está ya en el ambiente del Cortejo, llevando hasta él sus gentes iriodestas, sus gentes atareadas, aquéllas para quienes cada hora tiene un afán y un signo de deber y de esfuerzo. Y mezcladas, con la mezcla de las grandes urbes, gentes también de las frivolidades, indiferentes a los gestos cesáreos y que son incapaces de comprender incluso la grandeza de una muerte ejemplar. Para aquellas gentes que se llegan al Cortejo silenciosas, que se arrodillan a su paso y que alzan sus brazos en saludo falangista con emoción entrañable, buscar al Cortejo es sacrificio y hacerlo tiene a veces valor y signo de abnegación. Para ellos amor y respeto. Para éstas otras… tan sólo desprecio y pocd;,porque ante esta crónica de verdades secas, quiero decir que en las proximidades de Madrid hubo gentes-¡pobres gentes!-que creyeron que el Cortejo podía ser un lugar de exhibición y esparcimiento y que con la estúpida despreocupación de sus días ayunos de tareas, entre el teatro y la cena, iban, fueron, a ver «aquello». «Aquello» que para ellas nada era, nada podía ser, porque vivían y viven al margen de todo lo trascendental; «aquello» que, seguramente, les pareció tonto. Para estas gentes nuestro caminar de centenares de kilómetros quizás no tenía otra significación que la puramente coreográfica. Damita hubo que se atrevió a pedir al Jefe de Ruta un puesto en el anda y no es para descrita la cara de asombro que puso cuando se le contestó «esto es para falangistas…». Y sin embargo, incluso estas gentes, se quedaron absortas al borde del camino; esto sólo José Antonio, y sólo José Antonio muerto, lo pudo lograr.
Así, con caminar igual y seguro, se llegó a Pinto, donde se hace cargo del Cortejo la Falange de Logroño que a su vez, después de una noche en vela, lo ha de entregar, a las cinco y media de la mañana, cuando también es todavía noche, a la Falange de Burgos, en el kilómetro 10 de la carretera de Madrid a Alicante.
Ya aquí, Burgos en las andas, hace acto de presencia el Madrid más puntual; ya Madrid está también en el Cortejo, íntegro, total; con él los supervivientes de la » Remsa», nombre que tan claro suena para todos los falangistas. Y tras el amanecer, que atrae al Cortejo campesinos y obreros, aquellos de las tierras que se atraviesan, éstos de los arrabales que se presienten, se une al Cortejo la Centuria «José Antonio», la que vino hasta aquí y hasta El Escorial llegará, como premio a su sentido puntual y exacto del deber.
Son ya las ocho de la mañana; se están cruzando los pasos a nivel que son como escalones en la entrada de Madrid; son ya las ocho y media de la mañana; se reza el último rosario de esta primera gran etapa de carretera; al fondo de ella, entre las formaciones que ya la cubren, se quiere adivinar el Puente de la Princesa. Estamos ya en Madrid, en su barrio dé Usera, 1 que tantos recuerdos nos trae de dolores y de luchas. Después de tres años largos, muy largos, José Antonio vuelve a Madrid. Lo dejó, por esta misma carretera, en una primavera abocada al verano, lleno de vida; vuelve a él, por esta misma carretera, en un otoño casi invierno, agrandado en la muerte. Y junto a él forman densas legiones de caídos que marcan rumbos ciertos a los hombres de España.

