INTRODUCCIÓN
La relación entre la Iglesia Católica y el comunismo constituye uno de los capítulos más tensos de la historia contemporánea. Desde el siglo XIX, el magisterio pontificio identificó en el socialismo y el comunismo no sólo un error político, sino una cosmovisión radicalmente incompatible con la fe cristiana y con el orden natural de la sociedad. Las condenas formuladas por Pío IX, León XIII y, de manera sistemática, por Pío XI y Pío XII, no se limitaron a señalar los excesos prácticos de los regímenes revolucionarios, sino que apuntaron al núcleo doctrinal del comunismo: su materialismo ateo, su negación de la propiedad y de la familia, y su voluntad de destruir toda referencia trascendente en la vida pública.
Esta cronología de condenas muestra una continuidad doctrinal clara en la respuesta de la Iglesia frente a una ideología que aspiraba a rehacer la sociedad desde presupuestos contrarios a la ley natural y a la revelación cristiana. Encíclicas, alocuciones y documentos pontificios configuraron un cuerpo coherente de enseñanza que advertía de los peligros sociales, morales y espirituales del comunismo, subrayando su carácter totalitario y su intrínseca hostilidad a la religión.
El recorrido se vuelve especialmente significativo al contrastar esta tradición magisterial con el cambio de orientación que se produjo a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. La política de apertura y diálogo con el bloque soviético —la llamada Ostpolitik— introdujo un giro pastoral que, al silenciar la condena explícita del comunismo, marcó una ruptura práctica con la línea anterior. Analizar esta evolución permite comprender no sólo un debate histórico, sino una de las claves de la crisis doctrinal y política que atraviesa la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Pío IX:
Esa abominable y sobre todo irracional doctrina llamada comunismo que, de admitirla, acabará por destruir desde sus cimientos los derechos, los bienes y propiedades de todos y hasta la misma sociedad humana[1]
y prosigue:
el socialismo y el comunismo, sistemas perversos contrarios a la condición natural de las cosas humanas[2]
el funesto error del comunismo y del socialismo, teorías impías[3]
socialismo, comunismo, sociedades secretas, sociedades clérico-liberales. Estas pestilenciales doctrinas han sido condenadas repetidas veces con fórmulas concebidas en los términos más graves[4].
El pontífice León XIII define el comunismo como
mortal pestilencia que se infiltra por las articulaciones más íntimas de la sociedad humana, poniéndola en peligro de muerte […], hombres sectarios, que con diversos y bárbaros nombres se denominan socialistas, comunistas y nihilistas, se empeñan por ejecutar el plan de derribar los fundamentos mismos de la sociedad civil[5]
nada hay sabiamente establecido por las leyes humanas y divinas para la seguridad y decoro de la vida que quede íntegro o intacto en sus manos[6]
todos conocen perfectamente las gravísimas palabras y la firme constancia de ánimo con que nuestro glorioso predecesor Pío IX, de feliz memoria, ha combatido tanto en sus alocuciones como en sus encíclicas enviadas a todos los obispos del mundo contra los inicuos intentos de las sectas y particularmente contra la peste del socialismo[7]
si bien los socialistas, abusando del mismo Evangelio, a fin de engañar más fácilmente a los incautos, tienen la costumbre de desnaturalizarlo para conformarlo a sus doctrinas, sin embargo, existe una diferencia tan grande entre los perversos dogmas de la plaga del socialismo y la purísima doctrina de Cristo, que no la hay ni la puede haber mayor[8]
es necesario que pongáis sumo cuidado en que los hijos de la Iglesia Católica no se inscriban o den su nombre en esa secta abominable ni la favorezca en modo alguno[9]
Seguimos con León XIII, el llamado «papa de los obreros»:
esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza mortal para la sociedad civil[10]
Así, en nuestra encíclica Quod apostolici muneris hemos demostrado con razones convincentes las utópicas monstruosidades de los socialistas y los comunistas[11]
debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues que daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer, repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común[12]
Pío XI:
para resolver la cuestión social el socialismo propone un remedio que, siendo mucho peor que el mismo mal, arrojaría a la sociedad humana a más graves peligros[13]
el fundamento propio del socialismo es contrario a la fe cristiana, […] el comunismo posee un carácter impío e inicuo[14]
nada hay a lo que no se atreva ni nada que respete y, una vez conseguido su intento, tan atroz e inhumano se manifiesta que parece cosa increíble y monstruosa[15]
el socialismo, ya se considere como doctrina, ya como hecho histórico, ya como acción, si sigue siendo verdadero socialismo es incompatible con los dogmas de la Iglesia Católica, ya que su manera de concebir la sociedad se opone diametralmente a la verdad cristiana[16].
Continúa Pío XI:
los destructores de todo orden, llámense comunistas o como se quiera […] dirigen con suma audacia sus fuerzas a promover, suprimido todo freno y rotos los vínculos de la ley tanto humana como divina, la más atroz de las guerras contra toda religión y contra el mismo Dios, proponiéndose arrancar de raíz de la mente de los hombres, desde su más tierna edad, toda idea o sentimiento religioso, sabiendo muy bien que, borradas de la mente humana la ley y las enseñanzas divinas, ya no les quedará nada por intentar[17]
El primero y más grande y general peligro es, indudablemente, el comunismo en todas sus formas y grados. Todo él amenaza y abiertamente impugna o tenebrosamente pone insidias a la dignidad individual, a la santidad de la familia, al orden y seguridad de la sociedad civil y, sobre todo, a la religión y, hasta la abierta y organizada negación de Dios, y más señaladamente a la religión católica y la Iglesia Católica[18].
Y concluye el pontífice con este último texto a menos de un año de promulgar la encíclica contra el comunismo, Divini Redemptoris:
peligro grande, total, y peligro universal; universalidad que, invocada y proclamada constantemente y sin velos, se la procura, además, y se la promueve con una propaganda que no economiza medios de ninguna clase; tanto más peligrosa cuanto, como últimamente viene haciendo, toma actitudes menos violentas y en apariencia menos crueles a fin de penetrar en medios menos accesibles y obtener ―como desdichadamente obtiene― connivencias increíbles, o al menos silencios y tolerancias de inestimable ventaja para la causa del mal, de funestísimas consecuencias para la causa del bien[19].
Finalizamos este apartado de textos magisteriales de la Iglesia con el papa Pío XII, sucesor del papa Pío XI:
Quien siendo bautizado profesa una doctrina atea (en cualquier forma) es apóstata, vale decir reniega de la fe cristiana y, por tanto, se separa de la Iglesia, consecuencia (apostasía) que incluye el comunismo[20].
Pero todo cambió con Juan XXIII, el primer papa felicitado entusiásticamente por Radio Moscú en el momento de su elección, con él se produjo la apertura de la Iglesia al diálogo con el mundo comunista, la Ostpolitik, sellada con el inicuo pacto de Metz, a dos meses antes de iniciarse el Vaticano II. Sucedió así, historiado por Romano Amerio[21] y recogido por Ricardo de la Cierva.
En agosto de 1962 y en esa ciudad francesa, se concluyó un pacto formal entre la Santa Sede, representada por el cardenal francés Tisserant, por encargo del papa Juan XXIII, y el metropolita Nikodim, enviado del patriarcado ortodoxo de Moscú, que como sabemos no era, en lo político, más que un satélite del Partido Comunista y el Estado soviético, por el que el Patriarcado aceptaría una invitación formal de enviar observadores al concilio Vaticano II, y la Santa Sede se comprometía a que durante el concilio no se formulase condena alguna sobre el comunismo[22].
Esto no son teorías conspiranoicas, la prensa francesa, tanto la católica como la laica y la comunista, se hicieron eco del acuerdo[23], aunque el Vaticano y la URSS siempre callaron al respecto.
Continua de la Cierva: «Las órdenes se cumplieron. En las actas del concilio figuran las palabras capitalismo, totalitarismo, colonialismo, pero no aparece el término comunismo, […] hasta en tres ocasiones la comisión competente se negó a que el esquema mencionase explícitamente al comunismo». Las firmas de 450 obispos que participaban en el concilio, solicitando una renovación de las condenas al comunismo, literalmente, quedaron olvidadas en el cajón de la mesa de un despacho[24]. Asimismo, la palabra comunismo desaparece de los labios y la pluma de Juan XXIII y Pablo VI. La Iglesia mártir del silencio dejará de ser aquella que se encontraba perseguida y oprimida en los países comunistas para pasar a serlo el Vaticano, rechazando así el martirio (testimonio) de la verdad y la coherencia, supeditando la fe a la política, convencido del triunfo mundial del comunismo en la Guerra Fría. Todo ello en nombre de la «pastoral», palabra mágica empleada desde el Vaticano II para justificar cualquier cesión de la Iglesia al espíritu del mundo en aras de una religión universal masónica.
Concluye De la Cierva:
Por exigencia de Kruschef la Santa Sede, mediante un pacto formal con su enemigo histórico, dio carpetazo a un asunto que constituye uno de los puntos más negros de la Iglesia en la Edad Contemporánea. El Concilio Vaticano II era un concilio pactado con la URSS comunista que tenía aherrojada a la Iglesia del silencio. En la misma basílica de san Pedro donde reposaban, en las criptas, los restos traicionados de Pío XII, que había atribuido el comunismo soviético a la obra de Satán. El pacto de Metz y el silencio del concilio sobre el comunismo, que tras la condena de Pío XII equivalía a una tolerancia, fue capital para el montaje y desarrollo de la estrategia soviética que preparaba ya el asalto cristiano-marxista a las Américas desde la plaza de armas cubana[25].
El sucesor de Juan XXIII, Pablo VI, junto con su secretario de Estado el cardenal Agostino Casaroli implementarán la política vaticana procomunista mediante el nuevo dogma de la iglesia modernista: el diálogo. Gracias a ellos, el diálogo con el comunismo sirvió para su blanqueamiento, avanzando a una nueva fase a través del llamado «compromiso histórico» entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano.
[1] Pío IX, Qui pluribus, 1846, n. 5. Al igual que había ocurrido desde Pío VI (1775-1799), desde su llegada al solio de san Pedro, para este papa y sus sucesores hasta 1962, no cabía ningún compromiso con el mundo de la Ilustración si la Iglesia quería permanecer fiel a su misión contra el espíritu revolucionario, avatar último de la estrategia demoníaca contra el orden natural y divino.
[2] Pío IX, Nostis et nobiscum, 1849, n. 24.
[3] Pío IX, Quanta cura, 1864, n. 4.
[4] Pío IX, Syllabus, 1864, IV.
[5] León XIII, Quod apostolici muneris, 1878, n. 1.
[6] Ibíd., n. 2.
[7] Ibíd., n. 4.
[8] Ibíd., n. 6.
[9] Ibíd., nn. 11 y 12.
[10] León XIII, Diuturnum illud, 1881, n. 17.
[11] León XIII, Humanum genus, 1884, n. 6.
[12] León XIII, Rerum Novarum, 1891, n. 11.
[13] Pío XI, Quadragesimo anno, 1931, n. 10.
[14] Ibid., n. 111.
[15] Ibid., n. 112.
[16] Ibid., n. 117.
[17] Pío XI, Charitate Christi compulsi, 1932, n. 5.
[18] Pío XI, Siamo ancora, 1936, n. 11.
[19] Ibid., 12.
[20] Decreto del Santo Oficio, 1-VII-1949, reiterado el 4-IV-1959.
[21] Amerio, Romano, Iota Unum. Estudio sobre las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX, Criterio Libros, Madrid 2003, pp. 66-67. Obra extraordinaria que desmonta cualquier falacia fideísta.
[22] De la Cierva, Ricardo, Las puertas del infierno. La historia de la Iglesia jamás contada, Fénix, Toledo 1995, pp. 599-600. Ulteriormente, el autor condensó esta obra de casi 1.000 páginas en una más manejable de 400, Historia esencial de la Iglesia Católica en el siglo XX. Asalto y defensa de la roca, Fénix, Toledo 1997. Libro donde también condensa sus anteriores trabajos acerca de la infiltración del comunismo en el cuerpo eclesial por medio de la Teología de la liberación, hoy Teología del pueblo.
[23] Cf. La Croix, 15-I-1963; France Nouvelle, 22-I-1964, n. 16; Le Monde, 16-XI-1965.
[24] Cf. Wiltgen, Ralph M., El Rin desemboca en el Tíber. Historia del concilio Vaticano II, Criterio Libros, Madrid 1999, p. 312. El libro es el fruto de las crónicas elaboradas por el mismo autor, presente durante la duración de todo el evento conciliar para el mundo de habla anglosajona.
[25] De la Cierva, Ricardo, Las puertas del infierno. La historia de la Iglesia jamás contada, Fénix, Toledo 1995, p. 601. El autor era un consumado historiador, pero no un filósofo y teólogo, por lo que le faltan el método y los necesarios instrumentos conceptuales para comprender el modernismo en su totalidad. De ahí que, siendo una autoridad a nivel mundial en lo que se refiere a la masonería, fuera superado en sus análisis y argumentos por Manuel Guerra, filósofo, filólogo y teólogo de gran sabiduría.
