INTRODUCCIÓN
El anticatolicismo constituye, según el planteamiento del presente análisis, el verdadero denominador común que permitió la convergencia de corrientes políticas muy distintas dentro del amplio espectro de las izquierdas durante la Segunda República y la Guerra de 1936. Más allá de sus divergencias programáticas —jacobinos, socialistas, comunistas, anarquistas o separatistas—, el odio a la Iglesia y a la tradición católica actuó como cemento ideológico que facilitó la legitimación del Terror Rojo y la normalización de la violencia contra personas e instituciones religiosas.
El texto examina cómo la persecución anticatólica no fue un fenómeno improvisado ni importado tardíamente por agentes soviéticos, sino que se incubó en el propio proceso revolucionario español, alimentado por una cultura política anticristiana ya presente en amplios sectores del republicanismo y del socialismo. La construcción de un relato maniqueo de la historia —donde la Iglesia aparece sistemáticamente demonizada— permitió justificar moralmente la eliminación del adversario, al tiempo que se imponía un silencio cómplice o una aceptación tácita por parte de sectores que se presentaban como “moderados”.
Este análisis conecta el caso español con un fenómeno más amplio: la persistencia del imaginario marxista en la cultura occidental contemporánea y la hegemonía de una historiografía que, bajo el ropaje del antifascismo, ha tendido a minimizar o relativizar los crímenes del comunismo. En este marco, la cristofobia aparece no sólo como un factor histórico concreto, sino como un elemento estructural de una cosmovisión que pretende desplazar a la religión del espacio público y reconfigurar la memoria colectiva según parámetros ideológicos…
La persecución anticatólica de la Segunda República a tenor de su definición oficial puede ser calificada de «genocidio» y «holocausto católico». Los miembros de la masonería, Azaña, Martínez Barrio y Companys participaron en la creación o aceptación del Terror Rojo, habida cuenta del indiscutible carácter anticatólico (gnóstico) de la masonería. Dato importante a retener: el Terror Rojo comenzó antes de la llegada de los soviéticos en apoyo del Frente Popular en octubre-noviembre de 1936[1]. Fue autóctono. De modo que se impone la pregunta: ¿qué unía a la izquierda jacobino-burguesa y a la revolucionaria-proletaria para perpetrarlo en común? Lo que unía a organizaciones totalmente dispares en sus programas políticos es el odio asesino contra los católicos y el catolicismo, o sea, la «cristofobia». Circunscribiéndonos al plano histórico en sentido estricto, las investigaciones y preguntas no cesan:
- a) ¿Por qué esa matanza de católicos, inspirada por la prensa y defendida por los líderes del Frente Popular, acabó siendo aceptada u ocultada, esto es, compartida, también por los supuestos moderados?
- b) ¿Por qué tantos españoles de izquierdas se empeñaron en matar a los españoles católicos, que no habían hecho ni pretendido hacer lo mismo con ellos?
Respuestas: hasta la revolución de octubre de 1934, porque, ocupando el lugar de Dios, querían disponer de la vida y hacienda ajenas con toda la batería legal emanada durante el bienio republicano-socialista (1931-1933). Y desde las elecciones fraudulentas de febrero de 1936, porque disponían de todos los resortes del poder[2].
El socialismo, que no es más que un liberalismo colectivista, es una ideología que sigue viva, mutando en sus formas externas, pero con su delirante aspiración al poder intacta. Además de una ideología letal, el comunismo, convertido por Lenin en una maquinaria política sin escrúpulos, es una inquebrantable voluntad de poder. Siguiendo a Lewis, si el mayor éxito del diablo es haber convencido a las masas de que no existe[3], la supervivencia del marxismo, pese a ser el peor monstruo político de todos los tiempos, con más de cien millones de víctimas, se basa en su acta de defunción falsificada. Con el consiguiente indulto moral que le han extendido innumerables historiadores[4].
Aunque diluida, la visión marxista-maniquea de la historia hegemónicamente anega las redacciones de los medios de comunicación, las cátedras universitarias y los libros sobre la Segunda República y la Guerra de 1936. Con el acatamiento lacayuno de la derecha liberal, la izquierda política, cultural y mediática ha sustituido la verdad histórica por la ideología del pensamiento débil, carente del ejercicio de la racionalidad. La causa de tal trayectoria radica en la acreditada esterilidad intelectual de las izquierdas y los separatismos en España, incapaces de generar un pensamiento de alguna envergadura. Se proclamen anarquistas, marxistas, comunistas, socialistas o jacobinos identificados con el régimen del Terror de la Revolución francesa, jamás fueron capaces de aportar a sus doctrinas una brizna de pensamiento propio, autóctono. Una adaptación razonable, no digamos ya una crítica, y no porque no hayan producido una prolífica literatura, al contrario, su literatura es abundantísima, pero de un nivel intelectual extremadamente bajo. Con unos textos contradictorios, agotadores y penosamente reiterativos, caracterizados por un moralismo ramplón y un supuesto razonamiento que no es tal, porque se basa en un sentimentalismo sectario que rara vez va más allá de la argucia asentada en prejuicios.
Nada remotamente parecido a las obras de los grandes intelectuales tradicionalistas del siglo XIX y comienzos del XX, como Jaime Balmes, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Vázquez de Mella o Ramiro de Maeztu. Como tampoco de liberales moderados como Salvador de Madariaga, Miguel de Unamuno, Eugenio D´Ors o Gregorio Marañón.
Los «intelectuales» de izquierdas, y a su rebufo los de derechas, tomaban los «textos sagrados» de los ideólogos alemanes, franceses, ingleses o rusos, y abundaban interminablemente en ellos, simplificándolos al nivel del panfleto y el griterío. Convencidos con una ciega fe política ―es decir una fe religiosa sustitutoria― de representar en exclusiva al «pueblo», a los «trabajadores», al «progreso». Su tema predilecto y único aglutinante de las distintas ramas izquierdistas es la fobia anticatólica, ofreciendo una buena muestra de su literatura procaz, destiladora de odio, injuriosa y soez[5]. Partiendo de la creencia en la insondable criminalidad de la Iglesia, de este modo cualquier demagogia o calumnia contra ella quedaba justificada sin requerir el menor esfuerzo intelectual en su justificación. Así la Iglesia, «por consiguiente, era merecedora de los mayores castigos»[6]. Recuérdense las burdas patrañas difundidas entre el pueblo durante el siglo XIX, como la del envenenamiento de las fuentes por los frailes o la de los caramelos por las monjas. Difamaciones que, durante la Segunda República y la Guerra se transformarán en que las iglesias y los conventos eran arsenales de armas y puestos de tiro de los religiosos[7].
Tras esta reflexión que he intentado que fuera lo más ampliamente documentada, abro ahora un nuevo espacio de investigación que considero de gran interés. Si con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial el Partido Comunista más potente de Europa era el alemán, después del conflicto lo será el Partido Comunista Francés (PCF), con su misión de defender las estrategias políticas del Partido Comunista de la URSS (PCUS). El PCF siempre fue una organización orientada a la defensa de la política totalitaria que emanaba desde la Unión Soviética[8]. Protegió sus secretos y escondió sus crímenes. Desde sus inicios, el PCF fue cómplice leal y compañero del naufragio intelectual y moral en el que desembocó sin solución la Rusia controlada por los soviets[9]. El marxismo en su vertiente francesa, exquisita y culta («izquierda caviar» o «gauche divine»), ejercerá un fuerte influjo sobre los entonces intelectuales católicos de moda, como Mauriac, Mounier y Maritain. Que, a su, vez influirán decisivamente sobre la jerarquía eclesiástica tras la última contienda mundial en la rendición al liberalismo y la aceptación del socialismo.
Volviendo al paralelismo entre la España de la Segunda República y la Rusia soviética, ésta era un país que, en el momento de la Revolución bolchevique, se encontraba en plena transición a la democracia: el zar ya había abdicado en febrero de 1917 y el Gobierno era presidido por el socialdemócrata Kerenski. Proceso derribado en virtud de una narrativa que falta por completo a los hechos acontecidos en la realidad. En la línea de los grandes historiadores del comunismo como Stephane Courtois y Richard Pipes, conviene precisar una redefinición de la historia y de la propia Revolución rusa. Los revolucionarios de octubre de 1917 dan un golpe de Estado contra una democracia liberal incipiente, resultado de la revolución de febrero, la misma que derribó al zarismo en Rusia[10]. Lenin, Trotsky y Stalin atacaron conscientemente una democracia en formación con un gobierno socialdemócrata al frente, pues no creían ni en esa ni en ninguna otra democracia[11].
Esta dinámica que explica el caso ruso ha de ser también empleada como hilo unificador del proceso desarrollado en España. Es la línea de lo expuesto por el catedrático norteamericano Ronald Radosh, que señaló la importancia que tenía el estalinismo en el interior de la Segunda República antes y durante la Guerra de 1936[12]. Estos datos son claves para comprender la Carta colectiva del episcopado español de 1937, así como la carta pastoral Las dos ciudades del obispo Pla y Deniel de 1936, junto a otros numerosos escritos del cardenal Gomá y demás miembros del episcopado durante y después de la Cruzada hasta la llegada al solio pontificio del cardenal Montini, Pablo VI en 1963. Un personaje de una profundidad dramática insondable.
Pablo VI fue un intelectual cuyos mentores, principalmente franceses, eran los arriba mencionados, tan comprensivos e interesados en el pensamiento marxista. El primero de ellos, Mauriac, era un literato sobredimensionado, celebrado (que no célebre), no tan brillante como pretenden. Ahora bien, Mounier y Maritain eran filósofos personalistas y el personalismo es la corriente filosófica que se halla en la base de la actual crisis de la Iglesia, cuya verdadera alma es el neomodernismo; al que el personalismo, como derivación del existencialismo, sirve de fundamento intelectual al separar la razón de la fe, la política de la religión, el sentimiento de la racionalidad, a la que debe someterse para que, a su vez, la razón se someta a la fe revelada. En el discurso personalista, la fe, con su contenido intelectual-doctrinal (metafísico y dogmático), ha quedado devaluada a una simple experiencia y «encuentro» con las categorías mentales subjetivas de cada individuo. Por eso todos en la Iglesia guardan un bochornoso silencio cuando, contra el dogma de que Dios ha establecido una única religión verdadera, Bergoglio afirma heréticamente que «Todas las religiones son un camino para llegar a Dios […]. Y como Dios es Dios para todos, todos somos hijos de Dios» (12-IX-2024). Una falacia fácilmente desmontable no ya desde el dogma[13], sino desde la mera lógica formal.
Volviendo al caso español, los marxistas deseaban alcanzar el poder y lo intentaron por todos los medios, porque, siguiendo la distinción de Gramsci, diferencian entre «Poder» (cultural) y «Gobierno» (político). Además, los sucesos de los años 30 sirvieron para edificar una narrativa democrático-antifascista que continúa funcionando a pleno rendimiento a modo de legitimador absoluto. Es más, el metarrelato de la izquierda se encuentra en auge especialmente desde la llegada de Zapatero al poder en 2004[14].
Después de la hegemonía socialista alcanzada en 1982, cuando en 1993 el PSOE creía próxima la pérdida del gobierno a causa de su corrupción desenfrenada ―como posteriormente sucederá en 1996―, las izquierdas hicieron del ambiente social previamente creado en torno a la República y la Guerra un arma política para acorralar a la ya de por sí acobardada derecha liberal. En definitiva, la derecha actual sería la heredera directa de aquellos fanáticos «fascistas» que habrían destruido la maravillosa y paradisíaca República, y que, refrendados por la Iglesia más integrista y retrógrada, asesinaron a tantos de sus preclaros defensores. Argumento del mayor efecto, por cuanto la derecha, siempre pusilánime ideológicamente y encerrada en la autojustificación del economicismo tecnocrático, rehuía aclarar mínimamente la historia y luchar por algo que lejanamente se pareciera a una «batalla por las ideas», llegando ella misma a aceptar en buena parte la interpretación social-comunista del pasado. Interpretación que, cabe precisar e insistir, es de carácter histórico-materialista, luego dialéctico-marxista y, por tanto, antidemocrática[15]. A menos que se perciba la profunda realidad jurídico-política del régimen de 1978 como lo que es en verdad: una democracia socialista.
De la mano de todo lo anterior, no podíamos por menos de reservar un espacio para deliberar sobre la masacre de Paracuellos, así como en las Checas existentes en la ciudad de Madrid, unos episodios sobre los que sigue decretado un denso manto de silencio y olvido[16]. La reivindicación por borrar de la historia los hechos reales se articula con la finalidad de no proponer una interpretación alternativa a la historiografía oficial marxista. Los historiadores han edificado un relato alejado completamente de la realidad, carente de fuentes documentales primarias, con objeto de condenar en bloque el franquismo, como sucede con las leyes de Memoria Histórica y Memoria Democrática. Así se justificarían a los miles de asesinos estalinistas que llegaron a campar a sus anchas estableciendo un verdadero régimen de terror[17] en la retaguardia del Frente Popular.
En definitiva, el socialismo real, socialismo científico o comunismo siempre ha sido exactamente igual de totalitario, igual de liberticida e igual de inhumano y anticristiano en todas las épocas y lugares. Armado con un nutrido arsenal de literatura he intentado presentar la imagen real, no la romántica, de la ideología más destructiva del siglo XX. Terminamos aquí nuestra investigación histórico-crítica acerca de la vocación criminal del comunismo, de los errores que encierra y que se plasman en los crímenes que lo dejan en evidencia. Por desbordar el marco cronológico de nuestro estudio, dejamos para otro volumen tratar con más amplitud las cuestiones en las que el comunismo-socialismo junto con amplios sectores de la Iglesia ha caminado y caminan de la mano, tales como:
- a) La conversión del episcopado español al PSOE con motivo de la Transición.
- b) El apoyo de la Iglesia en Vascongadas al terrorismo marxista-maoísta de la ETA.
- c) La Teología de la liberación como justificación ideológica de la guerrilla marxista-leninista en Hispanoamérica. Actualmente, un subproducto de ella ―la Teología del pueblo― es el arma del populismo indigenista que se está imponiendo en la Iglesia, tanto en sus documentos oficiales como institucionalmente.
- d) La complicidad del Vaticano de Francisco con las narco-dictaduras comunistas de Iberoamérica, esto es, el denominado «socialismo del siglo XXI»[18]. Como es el caso de Lula, Maduro, Ortega, Evo Morales, los hermanos Castro o Díaz Canel. Del mismo modo que su estrecha amistad también con los autodenominados «movimientos populares», con los que ha celebrado numerosos encuentros. Pues no se trata de una pandilla de aventureros idealistas, sino de grupos de presión política regados con abundante dinero público, que utilizan el análisis y las categorías marxistas ―junto con la hispanofobia― para exportar lo que ellos mismos llaman «socialismo cristiano».
- e) Los oscuros pactos firmados por el cardenal Parolin y Francisco con China, que es la dictadura comunista más antigua (1949) y feroz de la historia, cuyo fruto ha sido la sumisión de la Iglesia Católica a los dictados del Partido-Estado bajo el eufemismo de la inculturación, cuando precisamente es una inversión de ella. Según el informe del Departamento de Estado norteamericano (8-I-2020), la persecución religiosa en China está siendo de una intensidad sólo inferior a la Revolución cultural (1966-1969), cuando la campaña represiva de Mao Tse Tung causó millones de víctimas en el país. La obstinada persistencia del Vaticano bergogliano en el anómalo y secreto acuerdo con China tiene estas consecuencias: i) traiciona el testimonio de los mártires; ii) compromete el mandato otorgado a san Pedro por Nuestro Señor Jesucristo de confirmar en la fe[19]; iii) convierte a los clérigos, de facto, en portavoces de un régimen despótico y criminal; iv) otorga al Partido Comunista derechos de nominación episcopal[20]; v) deja a los fieles desamparados y desmoralizados[21].
[1] Cf. Suárez, Federico, Manuel Azaña y la guerra de 1936, Rialp, Madrid 2007, p. 64; Marco, José Mª, Azaña. Una biografía, Libros libres, Madrid 2007, p. 229; Barraycoa, Javier, Los (des)controlados de Companys. El genocidio catalán, julio 1936-mayo 1937, Libros Libres, Madrid 2016, p. 183.
[2] Cf. Ministerio de Justicia, Causa general de la dominación roja en España, Akrón, León 2008, p. 299.
[3] Cf. Lewis, C. S., Cartas del diablo a su sobrino, Rialp, Madrid 2021, p. 14.
[4] De los principales ha dado buena cuenta en un análisis ágil y breve pero profundo, Moa, Pío, Galería de charlatanes, Actas, Madrid 2022.
[5] Para un detenido examen de la documentación original véase, Revuelta González, Manuel, El anticlericalismo español en sus documentos, Ariel, Barcelona 1999.
[6] Cárcel Ortí, Vicente, Víctimas caídos y mártires. La Iglesia y la hecatombe de 1936, Espasa, Madrid 2008, p. 72; La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939), Rialp, Madrid 1990, p. 214; La gran persecución. Historia de cómo intentaron aniquilar a la Iglesia Católica, Planeta, Barcelona 2000, p. 49.
[7] Cf. Montero Moreno, Antonio, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, BAC, Madrid 2004, p. 26.
[8] Cf. Fitzpatrick, Sheila, Lunacharski y la organización soviética de la educación y de las artes (1917-1921), Siglo XXI, Madrid 2017, p. 45.
[9] Cf. Cohen, Stephen F., Bujarin y la revolución bolchevique. Biografía política 1888-1938, Siglo XXI, Madrid 2017, p. 154.
[10] Cf. Rappaport, Helen, Las hermanas Romanov, Taurus, Barcelona 2015, p. 421.
[11] Cf. Marie, Jean-Jacques, Stalin, Palabra, Madrid 2001, p. 147; Service, Robert, Lenin. Una biografía, Siglo XXI, Madrid 2017, p. 403; Trotski. Una biografía, Ediciones B, Barcelona 2010, p. 331; Stalin. Una biografía, Siglo XXI, Madrid 2018, p. 279.
[12] Cf. Radosh, Ronald-R. Habeck, Mary, España traicionada. Stalin y la Guerra Civil, Planeta, Barcelona 2002.
[13] No es posible presumir la ignorancia, ya que implicaría el reconocimiento de la incompetencia para el puesto que ocupa. Luego, la intencionalidad de Bergoglio es evidente. En el fondo se trata de ignorar despectivamente la particularidad cristiana por imperativo del relativismo, considerado como el concepto más apropiado para unir a las personas y culturas, sin permitir si quiera una pequeña ventaja de favor o simpatía por el cristianismo, cf. León XIII, Humanum genus, 1884, nn. 1 y 13; Inmortale Dei, 1885, n. 14; san Pío X, Pascendi, 1907, nn. 5-6, 8 y 13; Pío XI, Mortalium animos, 1928, nn. 1-2; CEC, nn. 846-848; Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus, 2000, nn. 20-22; S. Th., I-II, q. 103, a. 2.
[14] Cf. Moa, Pío, El iluminado de la Moncloa, Libros Libres, Madrid 2006, p. 201; De la Cierva, Ricardo, ZP, tres años de gobierno masónico, Fénix, Toledo, 2007, p. 67.
[15] Cf. Negro, Dalmacio, Historia de las formas del Estado. Una introducción, El Buey Mudo, Madrid 2010, p. 330.
[16] Cf. Casas de Vega, Rafael, El terror, Madrid 1936. Investigación histórica y catálogo de víctimas identificadas, Fénix, Toledo 1994, p. 75; Esparza, José Javier, El terror rojo en España. Una revisión de la Causa general, Áltera, Barcelona 2007, p. 167; Ruiz, Julius, El terror rojo. Madrid 1936, Espasa, Madrid 2012, p. 256; Paracuellos. Una verdad incómoda, Espasa, Madrid 2015, p. 365; Vidal, César, Checas de Madrid. Las cárceles republicanas al descubierto, Planeta, Barcelona 2003, p. 89; Paracuellos-Katyn. Un ensayo cobre el genocidio de la izquierda, Libros Libres, Madrid 2005, p. 123; Schlayer, Félix, Matanzas en el Madrid republicano. Paseos, Checas, Paracuellos, Áltera, Barcelona 2006, p. 94; Guijarro, José Francisco, Persecución religiosa y Guerra Civil, La Esfera de los Libros, Madrid 2000, p. 441.
[17] Cf. Esparza, José Javier (ed.), El libro negro de la izquierda española, Chronica, Barcelona, 2011, p. 167.
[18] Cf. Revel, Jean-François, La gran mascarada. Ensayo sobre la supervivencia de la utopía socialista, Taurus, Madrid 200, p. 215. Hay un sordo fatalismo en sus palabras.
[19] Cf. Lc 22, 32.
[20] Violando prohibición establecida en, CIC, can. 377 §5. Inmediatamente después del Vaticano II, la Santa Sede presionó sin cesar a los gobiernos de las pocas naciones confesionalmente católicas que todavía quedaban ―España entre ellas― para acabar con el limitado derecho de presentación de obispos, como una expresión histórica de su fe. Derecho que pasó a ser rechazado como una intrusión intolerable de las autoridades políticas en la libertad de la Iglesia. Sesenta años después, Bergoglio ha otorgado el mismo privilegio a la organización más brutalmente anticatólica de la historia, el Partido Comunista Chino.
[21] Las declaraciones de Francisco sobre la renovación de dichos pactos con el Gobierno socialista de Xi Jinping fueron: «Estoy contento con los diálogos con China, el resultado es bueno. También estamos trabajando con buena voluntad para el nombramiento de los obispos. Para mí China es una ilusión, en el sentido de que me gustaría visitarla. Es un gran país, admiro a China, respeto a China. Es un país con una cultura milenaria, con capacidad de diálogo y de comprensión, que va más allá de los diferentes sistemas democráticos que ha tenido». Ahora bien, ¿cuándo ha experimentado la República Popular China un sistema democrático? Sólo un ser malvado y cegado por la ideología puede hacer este tipo de afirmaciones, cf. North, Robert C. El comunismo chino, Guadarrama, Madrid 1965, p. 95.
[22] Cf. Arendt, Hannah, Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental, Encuentro, Madrid 2007, p. 13; Lewin, Moshe, El siglo soviético ¿Qué sucedió realmente en la unión soviética?, Crítica, Barcelona 2017, p. 309.
