INTRODUCCIÓN
El comunismo libertario o anarquismo se presenta históricamente como una de las corrientes más radicales de la modernidad política. Frente a la exaltación hegeliana del Estado y a la concepción marxista de la historia como proceso necesario regido por fuerzas impersonales, los anarquistas colectivistas propusieron la supresión del Estado y la colectivización de la vida económica como vía para la emancipación humana. Esta pretensión, envuelta en un lenguaje idealista que exalta la supuesta bondad natural del hombre, se acompañó en la práctica de una estrategia de acción directa que no dudó en recurrir a la violencia y al terrorismo como instrumento de transformación social.
El texto analiza las raíces intelectuales del anarquismo moderno en figuras como Proudhon, Bakunin, Kropotkin y Tolstoi, poniendo de relieve sus afinidades profundas con el liberalismo individualista, pese a la retórica anticapitalista de muchos de sus postulados. La negación de toda autoridad, de la ley y del principio mismo de soberanía desemboca en una concepción de la libertad entendida como pura ausencia de límites, lo que convierte la crítica al Estado en una crítica más amplia a cualquier forma de orden político estable.
En el contexto español, el anarquismo adquirió una relevancia singular durante la Segunda República y la Guerra Civil, especialmente en regiones de fuerte implantación sindical y base agraria. Su conflictiva relación con el marxismo —marcada por divergencias doctrinales irreconciliables y por enfrentamientos sangrientos en el seno del propio bando revolucionario— ilustra las tensiones internas de la revolución moderna. El análisis del comunismo libertario permite, así, comprender no sólo un episodio histórico concreto, sino una de las expresiones más extremas de la ruptura moderna entre razón, orden social y autoridad.
Contra el mítico prestigio atribuido por Hegel al Estado ―«El Estado es la encarnación de la divinidad en la historia»[1]― y también por Marx, se situaron los anarquistas colectivistas; esto es, los que sostenían que la transformación social se realizaría mediante la supresión del Estado por la colectivización económica bien organizada[2]. Este grupo, más bien secta, se caracteriza por su extraordinario idealismo verbal, por su canto a la idílica bondad humana, y por sus procedimientos drásticos y terroristas[3]. Sus principales teorizantes fueron tres aristócratas rusos: Mijaíl Bakunin (1814-1876), el príncipe Kropotkin (1842-1921) y Lev Tolstoi (1828-1910)[4].
Proudhon (1809-1865) fue el principal antecesor teórico del anarquismo, aunque no de sus métodos terroristas. Bakunin -completamente germanófobo-, que se había adscrito por un tiempo a la Primera Internacional de Marx -totalmente rusófobo-, pronto se separará de él. Ambos tienen una formación intelectual claramente liberal, pero Marx penetra más a fondo en la genuina raíz monista del liberalismo; no en vano, junto a Engels elogiarán a Spinoza[5]. Mientras que Bakunin, más próximo al común entender de que el liberalismo es la ideología que se debe combatir por la causa del pluralismo sin límite, siente repulsión por toda autoridad, disciplina o ley. De esta comprensión del liberalismo, entiende que éste ha de llevarse hasta sus últimas consecuencias, y que por ello la idea de Dios es la negación total de la libertad humana. Bakunin abandona la carrera militar y su patria rusa para instalarse en Berlín donde estudia e Fichte y a Hegel.
Es un hecho histórico un tanto paradójico, pero escasamente conocido, que el anarquismo ha tenido con frecuencia mejores relaciones humanas con el liberalismo burgués que con el izquierdismo socialista. En el transcurso de la Segunda República, los liberales radicales de Lerroux, aliados entonces con la derecha de la CEDA, consiguen que los anarquistas se abstengan en las importantes elecciones generales del 19 de noviembre de 1933. Caso que no se repetirá después en las elecciones del 16 de febrero de 1936. En Andalucía y Cataluña, donde mayor presencia tenía el anarquismo en España, se produjeron las mayores abstenciones, lo que cooperó a la gran derrota de los socialistas. En Cataluña, en mayo de 1937 se vivió una auténtica guerra civil dentro de la Guerra Civil[6], cuando los comunistas, por orden de Stalin, empezaron a aniquilar a sus compañeros de bando anarquistas, y también a sus aliados trotskistas del POUM, llegando en 1938 a despellejar vivo a su líder Andrés Nin en Alcalá de Henares[7].
La ideología de Bakunin condujo a la más violenta campaña de exaltación terrorista definidos por los mismos anarquistas como «propaganda del hecho». En la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX una oleada de atentados terroristas fue llevada a cabo por los anarquistas, aunque los hilos de la trama conspiratoria se encontraran casi siempre en manos principalmente la masonería, organización clave para entender la historia de la Edad Contemporánea. Sin caer en el extremo de atribuirle a ella todos los sucesos históricos, tampoco puede obviarse para comprender los movimientos anticristianos. Fueron asesinados el zar de Rusia, el heredero del imperio austrohúngaro, varios reyes como los de Italia y Portugal, y en España primeras figuras de la política como los presidentes Cánovas (conservador), Canalejas (liberal) y Dato (conservador), así como el cardenal de Zaragoza, Soldevilla, figura preminente del sindicalismo católico. Con base en esta ideología surgirá un anarquismo sindical con multitud de seguidores en las naciones del sur de Europa[8].
En el pensamiento de Bakunin destaca la idea de la eliminación del Estado, considerado siempre como represivo y la desaparición de los ejércitos, ya que serían innecesarios al desaparecer los Estados, sustituidos por comunas; esto es, pequeñas células en régimen de autogestión. Dentro de estas comunas la propiedad sería colectiva, así la supresión paulatina de la propiedad privada debía iniciarse con la supresión también progresiva del derecho de herencia. Al llamado anarco-colectivismo de Bakunin, que supone la colectivización de los medios de trabajo, el capital y la tierra, pero no de los frutos, sucede el anarco-comunismo de Kropotkin que predica la necesidad de colectivizar no sólo los instrumentos sino también los productos. Su argumento es que en una economía industrial es imposible determinar la parte de trabajo de cada uno y, en consecuencia, la riqueza acumulada pertenece a todos. Como se comprobará en la práctica de la conducción de la Guerra de España desde 1936 en medida ascendente, el marxismo y el anarquismo se encuentran separados por inconjugables diferencias ideológicas[9]:
- a) Diferente concepción de la historia. Marx concibe la historia como un proceso de fuerzas suprapersonales, cuyas piezas son las clases sociales, mientras que Bakunin, más individualista, centra su atención en el hombre concreto, al que considera capaz de vencer las fuerzas de la historia.
- b) Marx afirma que la revolución social ha de prepararse con una primera fase de toma de conciencia, siendo protagonizada por los obreros industriales. Por su parte, Bakunin asegura que los campesinos son las masas revolucionarias en potencia.
- c) Postulado de Marx es la conquista del poder por la dictadura del proletariado. La oposición de Bakunin a toda forma de poder le lleva a rechazar de plano la dictadura del proletariado, llegando a ser conocidos los anarquistas como socialistas antiautoritarios.
- d) La aceptación de los marxistas del juego político de la democracia liberal, interviniendo en las elecciones y parlamentos, les separa radicalmente de los anarquistas, que abominan de la política, no fundando partidos políticos sino sindicatos. El negarse a participar en el juego electoral y en la vida parlamentaria les restará influencia, un caso clarísimo es el Frente Popular, donde los socialistas bolcheviques de Largo Caballero y Negrín -por orden de Stalin- terminarán por someter y engullir a los anarquistas de la CNT-FAI tras la primera «guerra civil dentro de la Guerra Civil» durante mayo de 1937 en Barcelona.
Diferenciándose de las creaciones fantásticas y escasamente probatorias del ingenio de Marx y Bakunin, Kropotkin, aunque previó una última ofensiva del proletariado contra el Estado, se opuso al terror. El gran escritor ruso Tolstoi, acentuó el rechazo a la violencia: su profundo cristianismo le induce a la paz y la caridad completa en un acto de entrega del individuo a la sociedad[10]. El anarquismo prendió sobre todo en los países eslavos y mediterráneos de base agraria mayoritariamente, mientras que el revisionismo marxista, o más bien el socialismo que se integra en la legalidad demócrata-liberal, se asienta en cambio en las poblaciones germánicas de Europa con un índice muy superior de industrialización[11].
CONCLUSIÓN
El comunismo libertario o anarquismo revela, en su núcleo doctrinal, una profunda desconfianza hacia la razón política y hacia cualquier forma de autoridad estable. Al concebir la libertad como negación de la ley y del Estado, termina por disolver los fundamentos mismos de la vida social, sustituyendo el orden por una utopía de comunas autogestionadas cuya viabilidad histórica se ha mostrado ilusoria. La exaltación de la bondad natural del hombre, heredera de un optimismo antropológico de raíz ilustrada, contrasta con los resultados concretos de la acción anarquista, frecuentemente marcada por la violencia, la fragmentación del poder y la imposición del terror como “propaganda del hecho”.
La experiencia histórica del anarquismo en Europa y, de modo particular, en la España de la Segunda República y de la Guerra Civil, pone de manifiesto la contradicción interna de un movimiento que, al rechazar toda mediación institucional, quedó expuesto a ser instrumentalizado o aniquilado por fuerzas políticas más organizadas, como el marxismo bolchevique. Las luchas fratricidas dentro del campo revolucionario muestran hasta qué punto la negación del principio de autoridad no elimina el poder, sino que lo deja en manos de quienes están dispuestos a ejercerlo sin límites.
En última instancia, la crítica al comunismo libertario remite a una cuestión de fondo: la imposibilidad de construir una comunidad política estable sobre la base de una libertad concebida como pura espontaneidad sin norma. La historia del anarquismo confirma que la supresión del Estado no conduce a la armonía social prometida, sino a nuevas formas de coerción, a la disolución del orden y a la negación práctica de la razón política. En este sentido, la experiencia anarquista se convierte en una advertencia permanente sobre los riesgos de toda utopía que pretende rehacer la sociedad desde cero, prescindiendo de la naturaleza humana, de la ley y de las mediaciones institucionales que hacen posible la convivencia.
[1] Hegel, G. W. F., Fundamentos de la filosofía del derecho, Marcial Pons, Madrid 2017, p. 171.
[2] Cf. Taibo, Carlos, Anarquismo y revolución en Rusia 1917-1921, Los Libros de la Catarata, Madrid 2015, p. 23.
[3] Cf. González Calleja, Eduardo, La violencia en la política. Perspectivas teóricas del empleo deliberado de la fuerza en los conflictos de poder, CISC, Madrid 2002, p. 445.
[4] Cf. Vicens Vives, Jaime, Historia general moderna, Montaner, Barcelona 1975, vol. II, p. 415; Gran Enciclopedia Rialp, Rialp, Madrid 1971, voz Anarquismo, vol. II, p. 153; voz Bakunin, vol. III, p. 604.
[5] Cf. Urdanoz, Teófilo, Historia de la Filosofía, BAC, Madrid 1975, vol. V, p. 144.
[6] Cf. Payne, Stanley-Tusell, Javier (dirs.), La Guerra Civil. Una nueva visión del conflicto que dividió España, Temas de hoy, Barcelona 1996, p. 381.
[7] Cf. Payne, Stanley, La revolución española, Ariel, Barcelona 1971, pp. 117 y 307-309; Seco Serrano, Carlos, Historia de España. Época contemporánea, Gallach, Barcelona 1971, vol. VI, pp. 100 y 274; Comellas, José Luis, Historia de España contemporánea, Rialp, Madrid 2008, pp. 435 y 464.
[8] Cf. Fazio, Mariano, Historia de las ideas contemporáneas, Rialp, Madrid 2006, p. 230.
[9] Para una amplia visión de conjunto, aunque soportablemente parcial véase, Cole, G. D. H., Historia del pensamiento socialista, Fondo de Cultura Económica, Méjico 1963, vol. II. La obra completa consta de siete volúmenes con un total de más de tres mil páginas de la que se puede extraer abundante información.
[10] Cf. López Cambronero, Marcelo-Mrowczynski, Artur (eds.), La idea rusa. Entre el Anticristo y la Iglesia. una antología introductoria, Nuevo Inicio, Granada 2009, p. 101; Hauser, Arnold, Historia social de la literatura y el arte, vol., II, Penguin Ramdom House, Madrid 2012, p. 395; Zweig, Stefan, Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas, Acantilado, Barcelona, 2012, p. 213; Fazio, Mariano, Seis grandes escritores rusos, Rialp, Madrid 2016, p. 138.
[11] Cf. Vicens Vives, Jaime, Historia general moderna, Montaner, Barcelona 1975, vol. II, p. 415.
