INTRODUCCIÓN
En el verano de 1965, cuando la guerra de Vietnam entraba en una fase de clara escalada militar, el presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, decidió informar y sondear a diversos jefes de Estado occidentales sobre la situación y la necesidad de recabar apoyos internacionales. Entre los destinatarios de aquellas cartas se encontraba el jefe del Estado español, Francisco Franco, en un momento en el que España buscaba consolidar su papel en el bloque occidental durante la Guerra Fría.
El intercambio epistolar entre Washington y Madrid ofrece una ventana privilegiada a la diplomacia del periodo y a las distintas lecturas estratégicas del conflicto vietnamita. Mientras Johnson subraya la necesidad de incrementar la presencia militar y de mostrar unidad frente al comunismo asiático, la respuesta de Franco introduce una reflexión más amplia sobre la naturaleza política de la guerra de guerrillas, los límites del poder militar y las dinámicas internas de los países del sudeste asiático.
Carta del Presidente de EE.UU. a Francisco Franco:
En los últimos meses se ha incrementado la agresión abierta contra el pueblo y el Gobierno del Vietnam y les han sido impuestas muy graves cargas a las fuerzas armadas y al pueblo vietnamita.
Durante dicho período, como VE. conoce, y a causa de la firme y rígida oposición de Hanoi y Pekín, no han podido tener éxito los reiterados y constructivos esfuerzos realizados por muchos gobiernos para llevar este problema a la mesa de conferencias.
A lo largo de estos últimos días he estado revisando la situación a la luz de recientísimos informes, procedentes de mis colaboradores de mayor confianza. Aunque aún no se han adaptado decisiones definitivas, puedo decirle que parece seguro será necesario incrementar las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en un número que podría igualar, o ser superior, al de los 80.000 hombres que se encuentran ya allí.
Deseo sepa V.E. que al propio tiempo que realizamos este importante esfuerzo adicional, continuaremos haciendo todo posible esfuerzo político y diplomático para abrir paso a un arreglo pacífico.
Continuaremos también usando toda clase de prudencia y moderación para evitar que la guerra pueda extenderse en el continente asiático. Nuestro objetivo sigue siendo el de que finalice en Vietnam toda injerencia exterior de forma que el pueblo de dicho país pueda decidir su propio futuro.
En esta situación debo expresarle mi profunda convicción personal de que las perspectivas de paz en Vietnam aumentarán grandemente en la medida en que los necesarios esfuerzos de los Estados Unidos sean apoyados y compartidos por otras naciones que comparten nuestros propósitos y nuestras preocupaciones. Sé que su Gobierno ha mostrado ya su interés y preocupación concediendo asistencia. Le pido ahora que considere seriamente la posibilidad de incrementar dicha asistencia mediante métodos que indiquen claramente al mundo y quizás especialmente a Hanoi— la solidaridad del apoyo internacional a la resistencia contra la agresión en Vietnam y al establecimiento de la paz en dicho país.
He pedido al embajador Duke se ponga a su disposición para cualquier consulta que desee hacerle sobre este asunto.
Sinceramente,
Lyndon B. Johnson
PRESIDENTE DE LOS EE.UU. DE AMERICA”
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Carta de respuesta de Francisco Franco:
“Mi querido Presidente Johnson:
Por otra parte, aun reconociendo la insoslayable cuestión de prestigio que el empeño pueda presentar para vuestro país, no se puede prescindir de pesar las consecuencias inmediatas al conflicto. Cuanto más se prolongue la guerra, más empuja al Vietnam a ser fácil presa del imperialismo chino, y aun suponiendo que pueda llegar a quebrantarse la fortaleza del Vietcong, subsistirá por mucho tiempo la acción larvada de las guerrillas, que impondrá la ocupación prolongada del país en que siempre seréis extranjeros. Los resultados, como veis, no parecen estar en relación con los sacrificios.
La subversión en el Vietnam, aunque a primera vista se presente como un problema militar, constituye, a mi juicio, un hondo problema político; está incluido en el destino de los pueblos nuevos. No es muy fácil al Occidente comprender la entraña y la raíz de sus cuestiones. Su lucha por la independencia ha estimulado sus sentimientos nacionalistas; la falta de intereses que conservar y su estado de pobreza les empuja hacia el social-comunismo, que les ofrece mayores posibilidades y esperanzas que el sistema liberal patrocinado por el Occidente, que les recuerda la gran humillación del colonialismo.
Los países se inclinan en general al comunismo, porque, aparte de su poder de captación, es el único camino eficaz que se les deja. El juego de las ayudas comunistas rusa y china viene siendo para ellos una cuestión de oportunidad y de provecho.
Es preciso no perder de vista estos hechos. Las cosas son como son y no como nosotros quisiéramos que fueran. Se necesita trabajar con las realidades del mundo nuevo y no con quimeras. ¿No es Rusia una realidad con la que ha habido que contar? ¿No estaremos en esta hora sacrificando el futuro a aparentes imperativos del presente? A mi juicio, hay que ayudar a estos pueblos a encontrar su camino político, lo mismo que nosotros hemos encontrado el nuestro.
Ante los hechos nuevos, no es posible sostener la rigidez de las viejas posiciones. Una cosa es lo que puedan acordar las grandes naciones en Ginebra y otra es el que tales decisiones agraden a los pueblos. Es difícil de defender en el futuro y ante los ojos del mundo esa división artificial de los países, que si fue conveniencia de momento dejará siempre abierta una aspiración a la unidad.
Comprendo que el problema es muy complejo y que está presidido por el interés americano de defender a las naciones del sudeste asiático de la amenaza comunista; pero siendo ésta de carácter eminentemente político, no es sólo por la fuerza de las armas como esta amenaza puede desaparecer.
Al observar, como hacemos, los sucesos desde esta área europea, cabe que nos equivoquemos. Guardamos, sin embargo, la esperanza de que todo pueda solucionarse, ya que en el fondo, los principales actores aspiran a lo mismo: los Estados Unidos, a que el comunismo chino no invada los territorios del sudeste asiático; los Estados del sudeste asiático, a mantener a China lo más alejada de sus fronteras; Rusia, a su vez, a que su futura rival, China, no se extienda y crezca, y Ho Chi Minh, por su parte, a unir al Vietnam en un Estado fuerte y a que China no lo absorba.
No conozco a Ho Chi Minh, pero por su historia y sus empeños en expulsar a los japoneses, primero, a los chinos después y a los franceses más tarde, hemos de conferirle un crédito de patriota, al que no puede dejar indiferente el aniquilamiento de su país. Y dejando a un lado su reconocido carácter de duro adversario, podría sin duda ser el hombre de esta hora, el que el Vietnam necesita.
En este interés superior de salvar al pueblo vietnamita y a los pueblos del sudeste asiático, creo que vale la pena de que todos sacrifiquen algo.
He deseado, mi querido Presidente, haceros estas reflexiones confidenciales en el lenguaje directo de la amistad. Aunque sé que muchas están en vuestro ánimo, le expongo lealmente mi juicio con el propósito de ayudar al mejor servicio de la paz. y del futuro de los pueblos asiáticos.
Su buen amigo,
Francisco Franco
JEFE DEL ESTADO ESPAÑOL”
Nota: En julio de 1965, ante el cariz que estaba tomando la guerra del Vietnam, el presidente de los Estados Unidos, Lindón B. Johnson, envió cartas a varios jefes de Estado occidentales… El embajador Biddiey Duke entregó personalmente a Franco la correspondiente. Como bien se trasluce en el texto, el presidente de EE. UU. le da cuenta de sus proyectos y reclama alguna ayuda por parte de España, sin descartar la colaboración militar…
CONCLUSIÓN
El cruce de cartas entre Lyndon B. Johnson y Francisco Franco ilustra dos enfoques distintos ante un mismo conflicto: la lógica de la contención militar propia de la política estadounidense en plena Guerra Fría y una lectura más política y estructural de la subversión en el sudeste asiático. La respuesta de Franco, al margen de su contexto ideológico interno, aporta un análisis que subraya las dificultades de una victoria exclusivamente militar en guerras de guerrillas y el peso de los factores nacionalistas y sociales.
Como documento histórico, esta correspondencia ayuda a entender cómo se percibía la guerra de Vietnam desde Europa y hasta qué punto el conflicto desbordaba el marco regional para convertirse en un problema global. También muestra la importancia que Estados Unidos otorgaba al respaldo simbólico y político de sus aliados, incluso de aquellos geográficamente alejados del teatro de operaciones, en la construcción de una narrativa de legitimidad internacional para su intervención.
