La prudencia y el perfil político de Franco
Una de las más reconocidas características del general Franco era su prudencia. Su mismo aspecto personal, calmado pero serio, le hacía parecer un tanto enigmático. No exteriorizaba grandes emociones y mantenía un notable autocontrol desde épocas muy tempranas de su vida.
Todo ello le hacía poco accesible. No era fácil saber lo que Franco pensaba; por su parte, él solía escuchar con atención y sopesar todos los aspectos de un asunto antes de tomar ninguna decisión. Con el paso del tiempo, estas características fueron acentuándose, a la vez que su autoridad crecía, sobre todo después de la época del aislamiento tras la Segunda Guerra Mundial.
Una consecuencia de la forma de ser de Franco era que resultaba muy difícil adivinar cuál era su ideología o si, acaso, tenía alguna, lo que revistió especial importancia una vez fuera nombrado jefe de Estado; sus antecedentes no permitían suponer ninguna inclinación particular, ya que, como muchos militares, todo lo que mostraba era una tendencia monárquica y conservadora muy genérica.
De hecho, una parte nada menguada de su inicial prestigio ante los suyos se debía a que no se le conocían no ya veleidades políticas, sino ni siquiera querencias claras. Esa ausencia de una fuerte ideologización le incluía, sin dificultad, como parte del conservadurismo español.
A Franco, hombre joven, le distanciaba una generación de muchos generales con los que compartió destino. Él, al contrario que ellos, no solo temía sino que comprendía la amenaza del comunismo en toda su extensión y sabía que suponía el mayor reto al que se enfrentaba la nación española; además, conocía los métodos que empleaba el comunismo para imponerse e infiltrarse en los partidos de izquierda y su disposición implacable a alcanzar sus objetivos por cualesquiera medios y a cualquier coste.
No cabe la menor duda de que el anticomunismo fue la convicción más firme e intensa de Franco durante la mayor parte de su vida, al menos desde las elecciones que llevaron fraudulentamente al poder al Frente Popular en febrero de 1936. Pero, obviamente, el anticomunismo no es una ideología y, por lo demás, resulta compatible con el conservadurismo, con el liberalismo, con el tradicionalismo o con el fascismo, por lo que no presupone una confesión ideológica concreta.
Sobre todo en los primeros tiempos, tras el estallido de la guerra, la prudencia de Franco permitió que todos le considerasen de los suyos. Para los falangistas, un general joven y audaz necesariamente tenía que sentirse atraído por la doctrina nacional-sindicalista, en lugar de por las viejas fórmulas conservadoras; además, las corrientes imperantes en Europa así lo aconsejaban.
Para los monárquicos no había duda de que Franco era uno de los suyos; de hecho, el rey había sido su padrino de boda. Para los militares resultaba obvio que el mando de Franco redundaría en su beneficio; y los carlistas también albergaban esperanzas de que el Caudillo instauraría un Estado confesional y, quién sabe, quizá hasta la monarquía legítima.
El equilibrio político y las bases del pensamiento de Franco
La realidad es que Franco buscó construir sobre el terreno común que compartían las distintas fuerzas nacionales, dejando de lado aquello que les diferenciaba. Esto facilitó que cada uno de ellos creyese durante mucho tiempo que Franco estaba ejecutando su proyecto y que era cuestión de tiempo que llevase a su lógica conclusión el programa en su conjunto.
Desde el primer momento, Franco se esforzó por mantener el equilibrio entre los distintos grupos que conformaban el Movimiento, favoreciendo a aquellos que, por diferentes razones, resultase más conveniente utilizar en cada momento.
Así, mientras el Eje germano-italiano triunfaba en Europa, los falangistas no solo tuvieron un claro protagonismo en los gobiernos, sino que tiñeron el régimen con sus consignas y arreos externos, y por momentos parecieron detentar el poder (lo que, desde luego, apenas fue un espejismo). Para 1945, Franco comenzó a emplear a los católicos de la ACNP, acentuando el carácter exclusivamente anticomunista de su régimen y relegando discretamente los elementos más concomitantes con el fascismo. Entre tanto, los carlistas seguían participando activamente y los monárquicos aguardaban a la espera de su oportunidad, pensando en que esta llegaría más pronto que tarde, dada la situación internacional.
No obstante, Franco seguiría incluyendo falangistas en sus gobiernos hasta el final, aunque para fines de los años cincuenta ya predominaban los tecnócratas cercanos al Opus Dei, que dieron al régimen un aire completamente distinto en su segunda mitad.
Pero entonces, ¿qué ideología tenía Franco, si es que tenía alguna?
Si concebimos como ideología un sistema cerrado de creencias explicativo del mundo, no podemos decir que Franco tuviera, propiamente, una ideología; como sucede a la mayor parte de la gente, por otro lado. Pero Franco sí tenía creencias arraigadas, aunque estas no constituyesen un sistema.
Para comprender a Franco hay que tener en cuenta su formación militar, que dejó impresa en él una huella indeleble, y dentro del mundo militar su africanismo: Franco –como él mismo admitió– no se explicaría sin África. Su carácter castrense es, pues, esencial, aunque no se trate de una categoría ideológica.
También la religiosidad es fundamental para explicar a Franco. Se ha pretendido sembrar dudas acerca de sus creencias en la época más temprana, donde aquella no desempeñó el relevante papel que jugaría más tarde. En todo caso, los rumores que han corrido en cuanto a la distancia del futuro Caudillo con el catolicismo en aquella primera época no encuentran sostén histórico real, y su religiosidad a lo largo de la vida (y esto es lo sustancial) no deja lugar a la duda.
Catolicismo, monarquía y configuración del régimen
Más allá de su amor por la religión, que le acompañó hasta el postrero instante, lo sustancial es el papel que el catolicismo y la Iglesia jugaron en la España del franquismo. Si alguna característica ideológica se mantuvo inalterada durante todo el periodo franquista, esa fue el catolicismo. Este ciertamente cambió desde los inicios del régimen hasta su final, pero no porque el poder político así lo desease, sino a su pesar.
Por otro lado, Franco era, indudablemente, monárquico. La solución que dio a su régimen en la persona de Juan Carlos de Borbón es escasamente sorprendente; la verdad es que los desencuentros entre los monárquicos y el franquismo que jalonaron la historia del régimen cabe atribuirlos, casi sin excepción, a los primeros.
La realidad es que a Alfonso XIII apenas le quedaron partidarios tras su ignominiosa partida. Puede resultar sorprendente que en una sociedad tradicionalmente monárquica como la española sucediese ese fenómeno, pero lo cierto es que así fue. Asociada a la corrupción de la Restauración, a una cierta frivolidad y al compadreo con las élites –además de su evidente connivencia con la dictadura de Primo de Rivera, que pese a su popularidad inicial era ahora fustigada por unos y otros–, la monarquía se encontró sola frente a sus enemigos que, si bien no eran pocos, distaban por entonces de ser poderosos y estaban, además, desunidos.
Durante la República, apenas hubo controversia en torno a la forma de Estado. El nuevo régimen había llegado aupado por un amplio apoyo popular, y los monárquicos creían que habrían de pasar muchos años antes de que pudiera pensarse en una restauración. Debatiéndose cuestiones de más hondo calado, la derecha conservadora se proclamó “accidentalista” en cuanto a la forma de Estado, lo que equivalía a reconocer la República aunque fuese a regañadientes.
Los sublevados del 18 de julio lo hicieron al grito de “¡viva la República!”, no como añagaza, sino porque apenas tenía nadie deseo de un retorno de don Alfonso a España. Era evidente para todos que en la Guerra Civil no se dilucidaba pleito sucesorio alguno.
Entre los militares rebeldes no faltaban, desde luego, los monárquicos, aunque muchos de estos subordinaron sus afectos por la institución a la estabilidad de España y del régimen; por lo demás, los había también republicanos.
Una parte sustancial de la derecha se había acostumbrado a ese accidentalismo proclamado durante los años de la República, mientras que otra defendía la monarquía tradicional y, por tanto, un rey distinto a Alfonso XIII. Además, el que constituía por entonces el grupo político más importante entre los sublevados, la Falange, era adversa a la monarquía, a la que su jefe, José Antonio, había declarado “gloriosamente fenecida”.
Monarquía, pragmatismo y visión política de Franco
Aunque una parte de los monárquicos se convirtió en una molestia para el régimen (más irritante que peligrosa), sobre todo tras la muerte de Alfonso XIII y el final de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de ellos —como ha quedado dicho, por lo demás escasos— compatibilizaba su fe en la corona con el régimen.
La urgencia que imprimió a sus aspiraciones el heredero de la corona, Juan de Borbón, a la muerte de su padre, sumado a los desatinos de sus consejeros —que siempre parecían elegir la peor opción—, constituyó la más eficaz barrera para retrasar la restauración de la monarquía en España, y no contribuyó precisamente al aumento de la popularidad de la institución entre los españoles.
En un sentido ideológico, Franco era un hombre profundamente conservador pero regeneracionista al mismo tiempo. En Franco hubo siempre un propósito de que España alcanzase un desarrollo económico que la situara a la altura de sus vecinos europeos: quiso siempre la modernización de España, si bien creyó encontrarla en caminos distintos según los momentos históricos.
Su ausencia de dogmatismo —y, en consecuencia, su pragmatismo— fue lo que permitió no perseverar en ensayos fracasados u obsoletos. Esa mentalidad es la que explica que el paso de la autarquía a la estabilización pudiera realizarse sin grandes sobresaltos y como expresión del mismo régimen, sin hacer violencia de sus principios.
Ciertamente, esa flexibilidad atañía esencialmente a cuestiones de tipo práctico. Sobre las cuestiones de principios no había dudas, se tratase de la identidad católica de España o de su unidad. Desde el punto de vista de Franco, el sistema de partidos había demostrado, además de una probada ineficacia, ser causa de las divisiones entre los españoles y del consecuente enfrentamiento entre estos.
La visión de Franco, sin embargo, no era enteramente tradicional, sino que combinaba esta con un crudo realismo: de hecho, el franquismo no solo presenta un balance particularmente favorable a la parte de la sociedad contra la que hizo la guerra (clase trabajadora o regiones periféricas), sino que transformó —casi hasta la aniquilación— a la España sobre la que se había alzado el 18 de julio (la rural y tradicional).
En algunos casos puede establecerse, sin lugar a la duda, que el régimen tuvo justamente ese propósito, si bien en otros fue el resultado de procesos no previstos pero que, en todo caso, no fueron detenidos por él.
De la misma manera, siendo monárquico, Franco no estaba dispuesto a imponer la monarquía a cualquier precio y, de hecho, durante la mayor parte de la Segunda República no tuvo objeciones esenciales contra esta. Aunque a Franco no le gustaba el nuevo régimen, acataba su legitimidad —que admitía por deserción de la corona— mientras respetase la ley.
Esa fue la razón de que no se sumase hasta el final a la conspiración que estalló el 18 de julio: esperó que el gobierno recondujese la situación, y solo cuando esto se demostró inviable —lo que acaeció para Franco, como para muchos, tras el asesinato de Calvo Sotelo— se sumó a la rebelión.
Franco ante la República y el liderazgo en la Guerra Civil
Su postura ante la República se corresponde, a grandes rasgos, con la de la CEDA, es decir, con la derecha conservadora. Por eso, su participación en la rebelión del 18 de julio tenía, en principio, el objetivo de reconducir la República, y no de suprimirla; iba contra el gobierno, no contra la República.
Es innegable que desde febrero de 1936 el país había entrado en una deriva de inseguridad física y jurídica muy peligrosa; las organizaciones de la izquierda radical dominaban las calles sin apenas oposición, exceptuando las represalias que la Falange tomaba ocasionalmente, e imponían su imperio por toda España. El proceso se aceleró durante la primavera y la violencia alcanzó las cotas más altas a comienzos del verano, culminando con el asesinato del más significado líder de la oposición.
Pero Franco fue, de entre los sublevados, uno de los militares menos decididos a la hora de ir a la sublevación: siempre, durante toda su vida, puso especial énfasis en la necesidad de atenerse a la legalidad mientras fuese posible.
Si fue elegido como Generalísimo por sus compañeros, ello se debió a que era el que más prestigio había alcanzado entre ellos, a lo ponderado de sus juicios, a disponer del Ejército de África, a los éxitos alcanzados en el campo de batalla y a su capacidad de recabar ayuda extranjera (que no acaparó, sino que hizo distribuir entre sus colegas de todos los frentes). Él jamás hizo ademán alguno de alentar su candidatura, quizá sabedor de que acabaría siendo elegido de todos modos, pero lo cierto es que no lo hizo.
Eso sí, una vez proclamado, demandó la entrega de todo el poder, convencido como estaba de que esa era la única forma de llevar a buen puerto la difícil empresa de ganar la guerra. Y no le faltaba razón.
Este aspecto es importante para entender lo que pudiera constituir la ideología de Franco. El Caudillo, aunque sin grandes conocimientos de la historia de España, era en cambio un hombre muy consciente de la época que le había tocado vivir; pensaba que el conservadurismo, apoyado por las clases medias, carecía de todo empuje y posibilidad de triunfo en contraste con el entusiasmo proletario que nutría a las organizaciones revolucionarias.
Y tenía razón. Durante la segunda parte de la Restauración y la Segunda República, la clase media española, temerosa del radicalismo obrero en un país de grandes injusticias sociales, se mostraba incapaz de plantar cara en la calle a la izquierda radical, que a las alturas de 1934 ya era casi toda. El dominio de la calle se transmitía a la política general del país de forma muy vívida y alteraba el devenir cotidiano y el sosiego social.
Ante la acometividad revolucionaria, como perfectamente vio Ramiro Ledesma, la derecha solo tenía una esperanza: el ejército.
El papel del ejército y la naturaleza del régimen de Franco
Durante el siglo XIX, los políticos habían recurrido al ejército para solventar sus pleitos. En especial la izquierda que, en la época anterior al surgimiento de la Internacional, era el progresismo liberal. Como la corona, más inclinada hacia los moderados, vetaba el acceso al poder del liberalismo progresista, los políticos de este signo llamaban al ejército en su auxilio, lo que este regularmente atendía.
Pero los militares raramente obtenían provecho de esta situación y jamás instituyeron un régimen propiamente militar; por lo general, establecían un sistema de gobierno más o menos autoritario, al frente del cual podía situarse ocasionalmente un militar, pero que, a todos los efectos, actuaba del mismo modo que un gabinete civil. El planteamiento más autoritario del reinado de Isabel II se produjo de la mano de un político civil (como era Bravo Murillo, en cierto modo tan parecido al propio Franco), y no de un militar.
El de Franco no fue, pues, un régimen militar, sino el régimen de un militar al frente de gobiernos civiles y, según el tiempo transcurría, cada vez más civiles en todos los sentidos. Su condición militar no le alejó del pueblo español, aunque con el tiempo el engrandecimiento de su figura a los ojos de la población le situó más allá del bien y del mal; pero nunca existió nada parecido a un culto a la personalidad.
Pese a lo cual, se instaló una tendencia que justificaba a Franco en toda ocasión; se le atribuían los logros del régimen y se le exoneraba de toda culpa en los aspectos más negativos.
Ningún historiador niega la enorme popularidad de Franco, al menos entre el final de la Segunda Guerra Mundial y su muerte, aunque en los años finales el entusiasmo se hubiera enfriado ante la inminencia del cambio que se avecinaba. Pero el apoyo de la población es incuestionable, incluso en los primeros años de su gobierno, como lo demuestra el prácticamente nulo eco popular a la actividad de los maquis.
Si se hubiera convocado un referéndum, en condiciones homologables a las europeas, sin duda lo hubiera ganado por muy amplio margen; esas condiciones se produjeron en los referenda que, en efecto, se convocaron (y que, de hecho, fueron test de asombrosa popularidad para el régimen) y el resultado fue abrumadoramente positivo.
Aunque con posterioridad se ha cuestionado la limpieza de dichas consultas, en su momento nadie en España ni fuera de ella las puso en duda; y lo que, en todo caso, se cuestionó fue la dificultad de hacer propaganda en contra de la tesis defendida por el gobierno, no las cifras de adhesión que se produjeron en las urnas.
Franco no se oponía a las consultas populares y a que el pueblo se manifestase al respecto de la forma en que era gobernado, siempre que las cuestiones que estimaba esenciales estuviesen a salvo y no se pusieran en tela de juicio.
De ninguna manera se iba a retornar en vida de Franco al sistema de partidos políticos que, en último análisis, había sido el causante del desastre republicano desembocado en guerra civil.
Pero Franco también tenía una cierta conciencia de que a su muerte las cosas no serían iguales, si bien creía que los países occidentales terminarían evolucionando hacia una especie de régimen en parte semejante al suyo. Solo la resistencia de poderosas fuerzas ocultas a la vista de la población evitaba que triunfase lo que estimaba el orden natural y lógico de las cosas.
Masonería, judaísmo y visión geopolítica en el pensamiento de Franco
Esas fuerzas ocultas no eran otras sino las de la masonería, que se imponían en los países occidentales a sus pueblos. A ese respecto, el Caudillo estaba excelentemente informado. Sabía que una parte importante de la élite anglosajona y europea estaba compuesta por miembros de la masonería o de organizaciones asociadas a ella, y que los primeros líderes con los que tuvo que lidiar, tanto Roosevelt —y su sucesor Truman— como Churchill, formaban parte de ella.
Los conocimientos de Franco acerca de la masonería no eran en absoluto elementales ni maniqueos; al contrario, opinaba que era una institución patriótica en Inglaterra y en los Estados Unidos, o en Francia, aunque en España resultaba todo lo contrario, pues iba en contra de aquello que constituía la esencia del ser español.
Pero, sobre todo, recibía información interna desde los niveles más altos de la sociedad secreta, y conocía los entresijos de algunas de sus principales ramas.
La mezcla que en alguna ocasión hacía de la masonería con el judaísmo —plasmada en el empleo del término “judeomasónico”— se sostenía en una plausible razón: estimaba que la masonería constituía un poder internacional cuyos fines coincidían con los de la élite financiera cosmopolita, parte sustancial de cuyos componentes era de origen judío.
Además, la conocida sobrerrepresentación de los judíos en la revolución comunista estableció en toda Europa una identificación entre ambos, algo que hasta cierto punto Franco compartía. La referencia al judaísmo en sus distintas versiones implicaba esencialmente la del carácter internacional de unos judíos que tan pronto impulsaban las finanzas internacionales como el comunismo.
La visión de Franco podría ser acertada o no, pero distaba de ser simplista. Distinguía perfectamente entre las distintas fuerzas que rechazaba como enemigas de España; así, escribía en 1949 que “judaísmo, masonería y comunismo son tres cosas distintas que no hay que confundir”.
Situado, empero, en la perspectiva de la tradición católica, consideraba a todas ellas igualmente peligrosas. Por eso continuaba asegurando que tanto el judaísmo, como la masonería y el comunismo trabajaban “muchas veces en el mismo sentido y se aprovechan unos de las conspiraciones que promueven los otros”.
El judaísmo al que se refería Franco se correspondía con esa élite financiera y cosmopolita que deploraba, pero en modo alguno a la generalidad del pueblo judío.
Por eso, sus alusiones al “judaísmo” en absoluto constituían parte de una cosmovisión antisemita. Como el resto de sus compañeros africanistas, Franco jamás manifestó la menor tendencia al racismo, y ni siquiera compartía el desprecio cultural hacia las etnias no europeas, tan característico de su tiempo.
Aunque hoy se ignora con frecuencia, buena parte de los militares coloniales europeos tenía una visión mucho más positiva de los colonizados que la generalidad de la opinión pública y, por supuesto, que la mayor parte de los políticos de sus países.
Y en el caso de los españoles, esos militares incluso desarrollaron una cierta islamofilia y un visible filosefardismo.
Franco: relaciones con los judíos y perfil ideológico
Las relaciones de Franco con los judíos en el norte de África fueron buenas; allí aprendió a valorar el apoyo de las comunidades hebreas frente a la enemiga de una parte de la población local marroquí. Por lo demás, su comportamiento al respecto de la persecución sufrida por los judíos durante la IIGM no deja lugar a la duda. Y el posterior, pese a la política del Estado de Israel hacia España, no desdijo estos antecedentes.
En resumen, la ideología de Franco no era nada excepcional en el panorama de la derecha conservadora española: monárquico sin estridencias, anticomunista, receloso de un liberalismo al que culpaba de los males de España y a quien el fascismo resultaba incomprensible. Como una gran parte de la sociedad española, Franco observó con gran preocupación el ascenso de las fuerzas revolucionarias pero, como la parte más inteligente de la derecha, entendió desde el principio la urgencia de emprender profundas reformas sociales, tanto por la necesidad objetiva de las mismas como porque desactivaban el potencial revolucionario. En muchos sentidos, los precedentes del régimen franquista hay que buscarlos en Miguel Primo de Rivera, Antonio Maura y Calvo Sotelo.
Franco fue un hombre considerablemente flexible y pragmático, nada o muy poco dogmático en materia política, y bien capaz de llevar a cabo ajustes profundos sin poner en peligro el sistema en su conjunto. Su vida personal, frugal y ascética, se avenía muy bien con sus concepciones políticas.
En términos generales, el reflejo de su ideología que fue el régimen franquista, lejos de ser fascista fue, cabalmente, todo lo contrario: el apoliticismo del propio Franco constituía, en el fondo, la negación misma de la pretensión fascista (totalitaria) de comprender el mundo bajo la especie de la política y en clave ideológica. Ese apoliticismo se tradujo en la característica falta de dinamismo del franquismo, especialmente en su segunda mitad; consciente de ello, para paliar dicha deficiencia se creó el Frente de Juventudes, que daba salida a las ansias de participación política presentes en cualquier sociedad y, sobre todo, en su juventud.
Como muchos otros regímenes de la Europa de fines de los años 30 y primeros 40, el establecimiento de un régimen conservador coloreado de fascismo fue la mejor salvaguarda para que el fascismo no tuviera en sus países la menor oportunidad. Mucho antes de la derrota del Eje en la IIGM, la Falange había sido relegada al papel de comparsa en el seno del régimen. Se la podía sacar a pasear de ser conveniente, pero jamás constituiría un poder autónomo, y mucho menos se impondría en el seno de la España nacional.
Los elementos fundamentales del régimen —y que, por tanto, constituyeron su columna vertebral hasta el final— fueron, en definitiva, dos: el ejército y la Iglesia. Todos los demás aparecen y desaparecen en su historia según las necesidades y las conveniencias políticas de cada momento. Para Franco, no eran esenciales.
